Una grata experiencia: Taller de poesía exprés en en la Biblioteca Joan Triadú de Vic

En el día de ayer, con Stel·la, nos hicimos cargo de un taller exprés de poesía con niños en la Sala infantil y juvenil de la Biblioteca Joan Triadú de Vic (Catalunya).

Afiche con el que la Biblioteca convocó al taller.

Afiche con el que la Biblioteca convocó al taller.

El objetivo de este tipo de talleres no es otro que acercar a niños y niñas a la poesía. Ese acercamiento, que se da en una sesión de una hora, se procesa de manera lúdica. Creemos que el juego es un camino válido para acercar la poesía a los niños, los niños a la poesía, y confirmamos esa creencia cada vez que nos abocamos a practicarla.

La dinámica fue más o menos así.

Con Stel·la, luego de presentarnos, leímos algunos de los poemas que habíamos seleccionado. Fue una lectura breve, de sensibilización, donde transitamos por poemas de Joana Raspall, Gianni Rodari, Laura Devetach, uno de mi libro “La Escuela de Gatos de la Señorita Cara Carmina” y, también, algunos de los poemas del libro “El sol i la pluja”, escritos por escolares de Catalunya.

"El sol i la pluja. Poemes de nens i nenes de 6 a 12 anys", selección de poemas escritos e ilustrados por niños y niñas de Educación Primaria de Catalunya. Editorial Barcanova, 1999.

“El sol i la pluja. Poemes de nens i nenes de 6 a 12 anys”, selección de poemas escritos e ilustrados por niños y niñas de Educación Primaria de Catalunya. Editorial Barcanova, 1999.

Como el taller se realizó en modo bilingüe (catalán por parte de Stel·la, castellano por mi parte), la lectura del poema “El ascensor”, de Rodari, dio pie a conversar sobre la cuestión de las distintas lenguas y los distintos poemas.

EL ASCENSOR

Sé bien que un buen día el viejo ascensor
en el cuarto piso no se detendrá
y que, continuando su veloz carrera,
romperá el tejado y lo atravesará.

Entre chimeneas subirá hasta el cielo,
sobre las nubes, más alto que el viento,
y, antes de volver otra vez a casa,
la vuelta entera dará al firmamento.

Del libro “Retahílas de cielo y tierra” (edición de SM, con ilustraciones de Tomás Hijo,2013), en catalán como “Tirallongues del cel i la terra” (edición de Grup 62, con ilustraciones de Bruno Munari, 2014).

Un poema escrito originalmente en italiano, se pudo leer en catalán y también en castellano. En ese mismo punto, la lectura de uno de los poemas del libro “La hormiga que canta”, de Devetach, dio pie para pensar que en poesía, si nos adentramos en ella, hasta las hormigas pueden enseñarnos su lengua y cantar, contar, un poema.

La lectura de los poemas buscaba sensibilizar y generar un clima para “entrar en estado de poesía”. Eso se logró muy rápido con los participantes. Y entonces pasamos al juego.

Los ingredientes para el juego.

Los ingredientes para el juego.

Fue un juego sencillo, un juego de mesa, donde unos dados de fieltro habilitaban a tomar palabras recortadas de adentro de una caja (donde también había comodines); palabras que, turno por turno, los participantes iban pegando en una hoja de cartulina, donde componían los versos que le pasaban al participante de al lado, cuestión de que este continuara el juego, el poema.

Versos en pleno juego...

Versos en pleno juego…

Lo que al principio amagó con ser un nudo de inhibiciones se rompió enseguida y dio lugar a un clima de juego, entre risas, distendido, con una linda algarabía, donde el afán de participar y colaborar permitió que todos los jugadores se abocaran a ir pegando sus palabras (las que sacaban de la caja o las que escribían cuando les tocaba un comodín) para generar los sonidos y el ritmo, un tanto sincopado, de los poemas que asomaban “poc a poc”.

Lectura de uno de los poemas resultantes del taller. Cierre de lujo.

Lectura de uno de los poemas resultantes del taller. Cierre de lujo.

El taller se cerró con la lectura de los textos resultantes, aplaudidos con ganas por sus compositores. Fue, así, una buena jornada de poesía con niños, en una tarde que, si bien un poco nublada, ya dejaba ver que la primavera se acerca.

La primavera, que iniciará, justamente, en el día universal de la poesía.

 

Para tu colección de alegorías: “La caja de las palabras”, de Mar Benegas y Eva Vázquez

para Iris Rivera, ella sabe el porqué

.

Zapatos, camisas, vestidos, si no son del talle adecuado, pueden quedarle grandes a una niña de cuerpo menudo que anda por los 4 o 5 años y que está empezando a hablar con soltura. También, y seguramente, pueden quedarle grandes algunos muebles: como ser una mesa, un armario, una butaca. ¿Puede, acaso, también, una palabra quedarle grande a una niña así? ¿Qué puede significar que una palabra le quede grande a un niño o a una niña?

Así comienza esta historia:

Cuando Ari le dijo a su madre: –Mamá, ¿qué es metáfora?, ella contestó: –Cariño, esa palabra aún te queda grande.

La niña acude entonces a su padre y repite la pregunta. El padre le contesta lo mismo, y agrega:

Hay palabras que tendrás que guardar hasta que estés preparada para saber su significado.

En las dos escenas ilustradas que abren el libro, “La caja de las palabras” (de Mar Benegas y Eva Vázquez), la niña va paseando por la casa la palabra METÁFORA: la lleva a rastras con una cuerda, como si cargara un juguete. En la primera escena, cuando la niña le pregunta a la madre qué es “metáfora”, del juguete solo se muestra la parte delantera META, mientras que en la segunda escena, cuando la niña le pregunta al padre, se muestra la parte trasera FORA. La palabra en cuestión es un juguete inmenso, un juguete tan grande que no solo le vendría a quedar grande a la niña, sino que, también parece, le queda grande a las páginas del libro, o al hogar donde se desarrolla el asunto, e incluso, por qué no, a los padres de Ari.

"La caja de las palabras". Texto de Mar Benegas. Ilustraciones de Eva Vázquez. Editorial Lóguez, España, 2014.

Interior del libro “La caja de las palabras”. Texto de Mar Benegas. Ilustraciones de Eva Vázquez. Editorial Lóguez, España, 2014.

¿Y qué hacer, entonces, con el caos que emerge ante la pregunta de la niña? La madre sugiere: esperar, tener paciencia. El padre sugiere: guardar las palabras para después, y estar preparado. La niña, que tal vez entendió bien el asunto, actúa: se dispone a coleccionar. Ari busca una caja bonita para guardar dentro las palabras de las que no entiende el significado. He ahí la caja de las palabras. He ahí el motivo que subyace a cualquier coleccionista, esa actitud tan propia de la infancia y de los buenos conocedores.

La niña va a recorrer su mundo y, día a día, se encontrará con nuevas palabras que, tal parece, “le quedan grandes”:

Así las fue coleccionando, y crecieron cada día, y todas las guardaba como un tesoro: anónimo, batiburrillo, condensación, intríngulis, psicología, lar, onomatopeya, acrílico…, pero su preferida entre todas seguía siendo metáfora.

La caja de las palabras va cobrando la dimensión de una colección. Una colección en la que el único orden posible es el que la niña da a las palabras según su caprichosa intuición o según el halo mágico de las constelaciones que cada palabra dibuja, involuntariamente, en la memoria del caos que la niña adivina, registra y repara en su praxis de esperanza y paciencia.

Tapa del libro "La caja de las palabras".

Tapa del libro “La caja de las palabras”.

Así irán las cosas hasta que llegue el momento en que, según sus padres, la niña esté preparada para acceder a un mundo previamente ordenado, un mundo en el que los significados queden ordenados de un modo unívoco, y donde a cada palabra le quepa un sentido correcto en el orden del discurso: el mundo del diccionario.

¿Qué sucede, ahí, cuando la niña descubre el diccionario, o sea, cuando descubre que hay otro orden distinto del de su colección? ¿Pierde acaso el encanto del juego? ¿Pierde la tensión dinámica de su praxis de coleccionista, praxis de esperanza y de paciencia adivinatoria? ¿Será que la espesura, la inmensidad, el sonido preferido de la palabra “metáfora” tendrá también un significado preciso, cristalizado en el orden del mundo heredado, el orden del mundo paterno, el orden de “los grandes”? ¿Cabe otra posibilidad?

Walter Benjamin, el filósofo, reivindica la extraña capacidad del coleccionista: la de quitar de contexto a los objetos coleccionados, dispersos, extraviados en el caos, a fin de redimirlos y crear nuevas constelaciones a partir de cada uno de ellos y de los vínculos imaginarios que ofrece su disposición en la colección. Constelaciones y vínculos que pueden resultar absurdos para los ojos de otro que no sea el coleccionista.

En lo que hace al coleccionista, y sin duda en cada uno de sus objetos, el mundo está presente y ordenado. Pero esto en relaciones sorprendentes, incomprensibles sin más para el profano. Pues se encuentra, en efecto, respecto al orden y esquematización que son habituales en las cosas, más o menos como el orden dominante en una enciclopedia confrontado a un orden natural. […] Así, tanto los datos ‘objetivos’ como por supuesto cualquier otro dato, reúnen para el verdadero coleccionista, en cada una de sus posesiones, una completa enciclopedia mágica, un orden del mundo cuyo esbozo es el destino mismo de su objeto.”

Obra de los pasajes, H 2, 7; H 2 a, 1

Todo coleccionista tiene, sin dudas, algo de la predisposición con la que cuenta Ari, la niña de este cuento, a la hora de juntar y guardar palabras. Todo coleccionista sufre la tensión entre los significados de un orden natural con el que se enfrenta (en el caso de Ari, el orden del discurso), que en principio resulta impenetrable, y un orden creado ad hoc, el “orden desordenado” de la colección, el orden caótico de la frase improvisada (“Creo que estas lentejas saben a metáforas, son muy acrílicas“, suelta Ari en un momento), orden que, de primeras, opera como forma de ajustar la ansiedad del sujeto en pos de comprender lo que le es dado esperar, lo que habrá de advenir, a la vez que evita que los objetos coleccionados se pierdan, se extravíen para siempre, se olviden.

En definitiva, el coleccionista –nos avisa Walter Benjamin– juega entre el “desorden productivo” con el que opera una especie de “memoria involuntaria” (la memoria del coleccionista: Ari va juntando-recordando sus palabras en función de encuentros casuales con ellas, encuentros inesperados que suceden en el discurso de la plaza pública) y un orden que la niña aún no conoce, que es el orden de la “memoria voluntaria”, propia del registro que otorga una posición, un número, un espacio unívoco (el orden del diccionario, por ejemplo, el orden de las taxonomías): orden éste que puede hacer desaparecer incluso al objeto en pos de su significado preestablecido. Porque se sabe que a todo impulso creativo le sigue el frío equilibrio del orden; al descubrimiento, la clasificación; a la revolución, la restauración; a la caja de las palabras, el diccionario… Y esa tensión no se salva sin más.

¿Será que la curiosidad de Ari, su praxis de coleccionista con afán salvador, su tesón esperanzado en conocer el destino de las palabras más extrañas (ese mundo desconocido para ella, y que le queda grande), su capacidad de adivinar y construir nuevos significados a partir de los fragmentos rescatados, todo ello, se habrá de perder inexorablemente en la falsa completitud de un nuevo orden impuesto?

Ilustración interior de "La caja de las palabras".

Ilustración interior de “La caja de las palabras”.

Benjamin, el filósofo que, a su modo, también supo coleccionar saberes, pone junto con la figura del coleccionista una segunda figura que parecería querer dejarlo a buen resguardo: la figura del alegórico, la del creador de alegorías, que tendría mucho que ver con la melancolía propia de la infancia, melancolía que no deja de ser, tal como él la concibe, una fuerza de transformación:

Al gran coleccionista le perturba de modo por completo originario la dispersión y el caos en que se halla toda cosa en el mundo. […] El alegórico en cambio representa el polo opuesto del coleccionista. Ha renunciado a iluminar las cosas con el empleo de la investigación de sus afinidades o su esencia. Así que las desliga de su entorno, mientras que deja […] a su melancolía iluminar su significado. El coleccionista, por su parte, liga aquello en que ve correspondencia; así puede alcanzar una enseñanza sobre las cosas por sus afinidades o su sucesión en cuanto al tiempo. […] En lo que atañe al coleccionista, su colección jamás está completa, y aunque le falte una sola pieza, lo coleccionado permanece como mero fragmento, como desde siempre son las cosas en cuanto hace a la alegoría.

Obra de los pasajes, H 4 a, 1

¿Será que acaso la niña de este cuento logre dar el paso que la lleva desde la actitud del coleccionista a la actitud del alegórico, conservando para sí un poco de cada una de esas dos actitudes cómplices? ¿Será que el significado de la palabra METÁFORA, su palabra preferida, va a tener para ella un destino congelado en el orden del diccionario del mundo adulto? ¿O, por el contrario, logrará Ari convertir esa palabra, con su fragmento de significado, en otra cosa, algo que trascienda acaso como una pieza singular en la cosmogonía única del saber adivinatorio de la infancia y del lenguaje más vivo de los que crecen día a día, los que crecen melancolía tras melancolía?

Ilustración interior de "La caja de las palabras".

Ilustración interior de “La caja de las palabras”.

Si te respondo estas últimas preguntas, me temo que estaré revelando, antes de tiempo, lo que para mí es el significado más profundo de este cuento. Creo que no puedo anticipar (sería un “spoiler”) lo que para mí, y adivino que también para el cuento, sería la respuesta a lo que he preguntado más arriba. Y no es que piense que mi interpretación pueda “quedarte grande”, qué va. Es que prefiero que tengas paciencia y que esperes a conseguir este libro y leerlo a su tiempo, o sea, al tuyo. Quién te dice que, entonces, una vez que lo tengas contigo y que lo hayas leído y releído, no puedas incorporarlo a tu colección de los grandes cuentos de la literatura infantil de nuestra época. ¡Quién te dice!

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La caja de las palabras
Texto: Mar Benegas
Ilustraciones: Eva Vázquez
Número de páginas: 40
Encuadernación: Cartoné
Editorial: Lóquez Ediciones