Padre, aleja de mí esa pantalla: dos libros de LIJ sobre los “problemas” de la invasión digital

Garabatos y Ringorrangos dedica este post a Celia Turrión, investigadora en literatura infantil y especializada en LIJ digital, responsable del blog Literaturas Exploratorias.

Para celebrar los 8 años del blog, este medio de comunicación digital y virtual con el que cada tanto invado vuestras vidas, elegí comentar dos libros que abordan un asunto que para muchos se ha vuelto problemático dese el punto de vista de la buena salud de la sociedad y el buen desarrollo emocional de la infancia: el problema del modo en que las pantallas de lo virtual invaden el mundo de la realidad cotidiana generando una fractura de lo social, de lo vinculante, de las interacciones cara a cara.

Estos libros contienen dos propuestas diferentes en las que el peso del tema se hace sentir sobre lo formal con diferente intensidad. Son dos propuestas que manifiestan, cada una a su modo, aunque con muchas similitudes, una visión de la infancia más o menos cuidada, más o menos maniquea. Son dos propuestas que también transmiten una visión de las tecnologías de la comunicación virtual más o menos tecnófobas: como si los mundos del libro (el medio elegido para manifestarse), el mundo de la fantasía y el mundo del juego estuvieran absolutamente enfrentados con el mundo de lo virtual, algo que, a poco de pensarlo, nos daremos cuenta de que no es del todo cierto, aunque tampoco sea del todo falso.

El primero de los libros en cuestión es “¡Hola! ¡Hola!”, del norteamericano Matthew Cordell. Un libro del 2012, que la Editorial Juventud publicó en 2014 en castellano y en catalán.

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¡Hola! ¡Hola!, de Matthew Cordell, Editorial Juventud, 2014.

En este libro nos encontramos con una niña como protagonista. En las cinco páginas previas a la portadilla, la niña aparece manipulando una videoconsola portátil, una laptop, un teléfono móvil y un plasma de televisión. Los aparatos parecen negársele, y apenas le ofrecen una repetición de contenidos que la aburren.

Desencantada de ellos, sale a buscar a sus familiares inmediatos. Primero se cruza con su madre. Le dice, “Hola, Mamá”. La madre está trabajando en una laptop y apenas le responde con un “hola”. La escena se repite con su padre, que está mandando un mensaje por el móvil; con su hermano, que está concentrado en una tableta digital y ni siquiera responde el saludo. En las tres escenas sucesivas, presentadas en dobles páginas, la niña está en el extremo inferior izquierdo de la página izquierda: tiene el pelo de color naranja y luce un vestido celeste. La madre, el padre y el hermano aparecen distantes, dibujados en el extremo superior derecho de las páginas de la derecha, y pintados en un estricto color gris aguado. La vida, la animación, la iniciativa, el color: parecen ser exclusividad de la niña. Madre, padre y hermano, inmersos en sus claustros tecnológicos, aparecen sin color, inanimados, inertes.

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¡Hola! ¡Hola!, doble página interior.

Luego, en una doble página que repite el esquema, la niña suspira en la página izquierda y en la página derecha vemos cómo entra una pequeña hoja de un árbol, de color, por una puerta abierta (una puerta gris, como si el gris de las tecnologías se hubiera volcado a todo el interior del hogar).

En la siguiente doble página la niña lanza un “Hummm…” dubitativo y se decide a salir a explorar el mundo exterior. “Hola, hoja”, dice y llega a un árbol otoñal, lleno de hojas amarillas y danzantes. Y sigue en la doble página siguiente, descubriendo a cada paso un aspecto colorido de una naturaleza que la cautiva. “Hola, flor”, en otra página. “Hola, mundo”, avanzando ya en páginas llenas de color. La niña encontrará un río, y en el río, un caballo que responde a su saludo y se lo devuelve, nombrándola por primera vez en la historia: “Hola, Lidia”. No solo el color está en el mundo exterior al hogar, en el mundo real que se separa tajantemente del aguado y gris trasfondo de las tecnologías que invadieron el hogar: también, ahí afuera, florece la fantasía y la comunicación cara a cara, nombre a nombre.

La historia se desboca cuando la niña monta a caballo y comienza un paseo fantástico, rodeada de animales de todo tipo y color: mariposas, un alce, un búfalo, una gallina, un perro, un gorila, una avestruz, una jirafa, un león, dinosaurios, ballenas, peces que vuelan en un cielo azul, pulpos que corren sobre la pradera… parece un desfile de carnaval, que avanza hasta que suena el teléfono móvil de la niña. “¿Hola?”, son sus padres, sí, que desde la grisura distante, la llaman, preocupados, y le preguntan dónde está. La niña vuelve corriendo a casa. Entra y encuentra que en el ambiente gris del hogar la esperan. Pero entonces, la niña comienza a entregarle a su padre, a su madre y a su hermano algunos elementos que porta del mundo exterior, del mundo real. Con la madre intercambia una hoja por la laptop. Con el padre, una flor por su móvil. Con el hermano, una vaquita de San Antonio por su tableta digital. Cuando se producen los intercambios, sucede algo fantástico: la madre, el padre y el hermano recuperan el color. Luego, todos juntos, todos llenos de color, salen tomados de la mano al mundo exterior.

La historia está narrada y dibujada con un humor genial, en un tipo de ilustración muy cercana a la del humor gráfico. Lo que comienza presentándose como un relato de matriz realista, culmina derivándose hacia la fantasía, y el problema que se presenta al principio, se resuelve de una forma fantástica, cuando la niña oficia casi como un hada madrina todo poderosa.

El libro, claramente, hace una crítica al mundo de las pantallas, al mundo virtual. La crítica es que de un modo u otro, la hiperconectividad está obstaculizando la comunicación, el contacto con la naturaleza, la capacidad de fantasear y de ensoñarse tan cara a la infancia. Lo hace destacando que es un problema extendido entre la infancia y el mundo adulto. Y lo hace otorgándole a la niña, representante de la infancia, la capacidad de revertir la situación una vez que ella se siente desencantada.

El segundo libro que comentaré es más reciente, acaba de ser publicado. Se trata de “¿Jugamos?”, con texto del israelí, radicado en Brasil, Ilan Brenman e ilustraciones de la catalana Rocío Bonilla. La editorial Algar es la encargada de la publicación en castellano, mientras que el sello Animallibres lo publica en catalán.

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¿Jugamos?, de Ilan Brenman y Rocío Bonilla, Editorial Algar, 2017

Este libro insiste con el esquema de contraponer un mundo gris en torno a las actividades virtuales y un mundo de color en torno al mundo de las actividades reales. Si vemos la portada del libro veremos que en el centro, en la parte inferior, sentado en el piso y de piernas cruzadas, aparece un niño manipulando una tableta digital. El niño está pintado de gris, con un color de lápiz aguado. A su alrededor aparecen ocho personajes, desbordantes de colores y de alegría, que contrastan de inmediato con el gesto adusto del niño gris. Los personajes de colores portan objetos de juegos muy diversos. Un par están disfrazados. Todos enseñan una actitud dinámica, que contrasta con la pasiva y rígida posición del niño sentado en el piso.

La historia que se cuenta es muy sencilla. Mantiene una estructura repetitiva en la que los ocho personajes de la portada interpelan al niño gris, que se llama Pedro, a quien lo invitan, sucesivamente, a jugar. Primero será la hermana menor, luego su amigo Marc, luego dos amigos de la escuela, el padre, la madre y, finalmente, los abuelos. La pregunta siempre es la misma: “Pedro, ¿jugamos?”. La respuesta, apenas tiene variaciones: “Pero si ya estoy jugando”, contesta el indagado.

La secuencia de preguntas y respuestas mantiene un juego gráfico que también se repite. Quienes están jugando e invitan a Pedro a compartir el juego aparecen en un sector de la doble página a todo color. Pedro aparece en el sector opuesto, en estricto color gris. Cuando se hace la pregunta, los personajes de color están ubicados en un mundo real de color, Pedro se abstrae en un aislado sector blanco de la página, como si estuviera en el limbo. Luego, cuando Pedro responde, él sigue en su mundo gris, el mundo de la tableta digital en la que está inmerso, mientras quienes lo habían invitado a jugar aparecen en un mundo fantástico, derivado de la situación real en la que previamente habían formulado la invitación.

Por ejemplo, en una doble página aparece la hermanita bañándose en una bañera, desde donde invita a Pedro a jugar con ella y con unos muñecos de plástico que flotan alrededor suyo: un patito amarillo, un pulpo, una ballena. En la siguiente doble página, cuando Pedro responde desde su rincón gris que él ya está jugando, en el resto de la doble página aparece su hermanita en un mundo submarino, oceánico, pleno de vida, jugando con un pulpo de verdad, con los peces, con una ballena inmensa. El mismo esquema se repite todo a lo largo de la historia con pocas variaciones.

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Doble página interior: la madre invita a Pedro a jugar.

A veces el mundo colorido fantástico que surge del juego va más allá de la doble página y se nos enseña a través de una doble página desplegable; a veces, Pedro no queda recortado sobre un fondo blanco, sino que se integra con su estricto gris sobre el fondo de color del mundo animado.

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Doble página interior desplegada: el mundo fantástico en el que juega la madre de Pedro.

Tal como en el libro anterior, en este también hay una contraposición clara entre el mundo del juego —un mundo vital, colorido, fantástico, que motiva la imaginación, riquísimo— y un mundo de pantallas virtuales: gris, inmóvil, mortecino, paupérrimo.

Todo va así hasta el final. Cuando aparecen los dos abuelos e invitan a Pedro a jugar. En esta última escena, Pedro está jugando con una videoconsola en el plasma gigante de la casa. Los abuelos repiten la pregunta-invitación. Pedro se gira para responder lo mismo, pero no completa la respuesta. Mira a los abuelos que están disfrazados como para una sesión de circo. Al dar vuelta la página, aparece una doble página extendida que nos enseña a toda la familia jugando dentro de una carpa de circo. Todos de color. También Pedro, quien abandonó el mundo virtual y gris y se sumó al circo colorido de la familia.

La historia, estrictamente, termina ahí. Pero al continuar, tal como en los viejos cuentos populares o en las fábulas morales, nos encontramos con un texto del escritor que intenta aleccionarnos, al modo de las moralejas, y con una larga parrafada, sobre los riesgos de creer en que las tecnologías sirven para solucionar cualquier problema o para hacer más inteligentes, sociables y felices a las criaturas.

Esta segunda historia también está narrada y dibujada con gran calidad. La ilustración de Bonilla, siempre muy cuidada, es muy cercana a los niños, quienes libro tras libro han aprendido a identificar su trazo y su estilo compositivo, lleno de giros y de detalles que subrayan los estados anímicos de los personajes infantiles. También en esta historia hay un corte realista al presentar las escenas y el contexto general, y, luego, un desborde hacia lo fantástico, cuando se quiere contraponer la inteligencia, la sociabilidad y la felicidad del mundo real que se aleja de las tecnologías.

Y al igual que en la otra historia, el problema de la “incomunicación”, el problema de la absorción de lo cotidiano por parte del mundo virtual de las pantallas, termina por resolverse de un modo fantástico: son los abuelos, trapecistas y payasos de un circo familiar tan fabuloso como imaginario, quienes mediante una de las tradiciones más fantásticas del mundo, la tradición circense, terminan por alejar a Pedro del submundo grisáceo de las tecnologías.

“¿Jugamos?” reitera la misma crítica que hace “¡Hola! ¡Hola!” al mundo de las pantallas, al mundo virtual. Pero a diferencia del que comentamos primero, en este último el problema solo existe para un sector de la infancia, niños desviados, niños perdidos en la grisura virtual. Otros niños no padecen el problema: ellos juegan y fantasean llenos de vida. Los adultos tampoco parecen padecer ese problema, y siempre se muestran resueltos a convertir la vida en un campo de flores lleno de fantasía o en una sesión de fiesta circense para los niños.

Casi que había terminado por acostumbrarme a esos discursos que, de manera maniquea, parecen querer culpar a las tecnologías de todos los males actuales de los procesos de comunicación social, o de los defectos de comunicación entre el mundo adulto y la infancia. Por lo general, dejaba correr esos discursos, pero estos libros tuvieron el mérito de hacerme romper con ese acostumbramiento.

Pienso que son dos libros que se basan en un diagnóstico muy incompleto del presunto problema y que tienen el agravante de querer ofrecer soluciones fantásticas a lo que en determinado momento podría llegar a ser un problema muy real. Hay diferencias entre ellos. El primero, al menos, a la niña, que en un momento muy bien especificado padecía un problema de comunicación, se le ofrece la posibilidad de revertir por sí misma la situación. El segundo, lejos de eso, deposita en el mundo adulto, y más específicamente en los ancestros del mundo adulto, una posibilidad fantástica de solucionar algo que, en ningún momento el niño —quizás una víctima de un problema real, pero seguro que victimizado ahora por esta historia— llegó a manifestar como un problema personal, pese a que el gris aguado de sus colores quieran resaltar y señalar que sí lo tiene.

Puedo imaginar, ahora, a un conjunto de adultos pretendiendo utilizar este libro como una herramienta “para trabajar este problema”. También me puedo imaginar a mí mismo leyendo este libro con los niños y conversando con ellos para indagar si de verdad creen que la vida es así: todo el color de un lado y la oscuridad más gris del otro. Y llegado el caso de que algunos me respondan que sí, repreguntar, entonces, en cuál de los dos lados creen que está el mundo virtual y en cual, el real; en cuál lado, el mundo adulto y en cuál, la infancia.

Tina Vallès: “La literatura no sirve para nada”

En el correr de una semana, tres personas distintas, las tres vinculadas al mundo de la Literatura Infantil y Juvenil, me hicieron la misma pregunta: “¿Leíste el artículo de Tina Vallès en el VilaWeb?”

La primera fue Clara Berenguer, especialista en LIJ que lleva adelante el blog Llibreria Il·lustrada: lo cuenta en su blog. El segundo, un escritor catalán. La tercera, una maestra que está doctorando en bibliotecas escolares. Pienso que la coincidencia demuestra un interés arraigado en lo que refiere a la problemática que el artículo aborda. No comparto todo lo que dice Tina Vallès en la nota. Más adelante comentaré algo sobre el asunto. Pero entiendo que es un artículo que recoge y expresa una preocupación real sobre algunas cosas que, al menos para quienes trabajamos con libros para niños desde una perspectiva más o menos inconformista, se están poniendo chungas.

Traduzco el artículo al castellano, en una versión autorizada por la autora, y lo comparto con ustedes a cuenta de una futura entrega sobre el asunto. Y por cierto, las imágenes de portadas que inserto en el texto a modo de ejemplos van por mi cuenta. Los libros no fueron mencionados por la autora y tampoco acompañan la nota originalmente publicada en el periódico. Fueron elegidos por mí un poco al azar: me consta que hay varios otros que podrían figurar en lugar de esos.

A continuación, pues, el artículo de Tina Vallès:

La literatura no sirve para nada

Si trabajas en una librería o en una biblioteca, puede que un día te pidan: ‘¿Tiene algún cuento para niños que explique la separación de los padres?’ No te asustes. Ese libro seguro que existe. Algún iluminado ya debe haber escrito una fábula bien azucarada, quizás con una familia de conejos como protagonistas, para explicar la separación de los padres a los hijos. Puede ser, incluso, que la primera intención del autor fuese más o menos buena, pero en realidad no hay mucha diferencia entre eso y explicarle las relaciones sexuales hablando de abejas y de flores. La pregunta, si la traducimos a un idioma humano, sería: ‘No sé cómo explicar a mis hijos que mi mujer y yo nos separamos, así que prefiero que se lo explique un desconocido en forma de libro, y luego los niños ya entenderán que la madre coneja es su madre y el padre conejo soy yo.’

Soy consciente de que explicar a los hijos que te separas (mientras pasas el trance de separarte) es duro y difícil. Pero precisamente por eso lo tienes que delegar a… ¿un desconocido? Si no tienes suficientes “herramientas”, el libro lo tienes que leer tú, en el peor de los casos, pero puede que ni siquiera eso, tal vez sólo tienes que aprender a explicarte a ti mismo lo que está pasando, y ya verás luego cómo explicarlo a los hijos con las consiguientes preguntas y comentarios te acabará de formatear el cerebro una vez pasada la tormenta. Sea como sea, es comprensible que alguien acuda a la librería o a la biblioteca desesperado con esta pregunta entre los dientes. Entendido.

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Posibilidad 1: La separación de los padres

Otra: ‘¿Tiene algún cuento de niños que se hacen pis en la cama?’ Estoy convencida de que entonces todos los bibliotecarios y libreros asienten con la cabeza hasta desnucarse. Sí, señores, hay gente que eso de que los libros son herramientas se lo han tomado al pie de la letra, y buscan libros que hagan que los niños coman verduras, que no tengan pesadillas, que acaben los deberes… ¿Y sabéis qué? Los encuentran. Esos libros existen. Les podríamos decir libros de autoayuda infantil, y es el escalafón más bajo del sector editorial. Son libros pensados ​​(¿he dicho ‘pensados’?) desde el minuto cero con el objetivo de… hacer que el niño deje de hacerse pis en la cama, coma acelgas, sueñe platos llenos de judías tiernas o termine las multiplicaciones antes de cenar. No hay ahí otra voluntad que la de vender muchos, el texto es secundario, la ilustración viene toda pautada por la editorial, todo el mundo sigue las coordenadas del jefe de marketing y la creatividad queda bien relegada a un segundo plano: quien dice segundo dice decimonoveno.

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Posibilidad 2: Niños que se hacen pis en la cama

Y ahora viene la pregunta estrella: ‘¿Tiene algún libro para trabajar las emociones con los niños?’ Sí, ha dicho ‘trabajar’. Miren, resulta que los niños de ahora deben saber identificar las emociones con todo lujo de detalles antes de que se les caigan los dientes de leche. Porque supongo que estamos de acuerdo en que las emociones se pueden clasificar, ¿verdad? ¡Pues, claro! ¿Tienen presente aquello que les ha costado años y años como personas? ¿Aquello de saber en qué son buenos y en qué fallan, lo de interpretar los gestos y las caras de los demás, lo de aprender a ponerte en la piel del vecino, lo de conseguir digerir los fracasos, lo de… VIVIR? Pues ahora te lo enseñan unos libros muy graciosos donde te enumeran los sentimientos y las emociones con un “pantone” bien vistoso y, automáticamente, ¡y gracias a un libro!, te conviertes en todo un experto. ¡Lo que hacen los libros, eh! Y se venden, estos libros, se venden mucho. Y bien cargados de tópicos y mensajes confusos que pretenden clasificar lo que sentimos en carpetas y subcarpetas, como si todos estuviéramos cortados por el mismo patrón y nuestro comportamiento fuera cien por ciento previsible.

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Posibilidad 3: Libro para trabajar las emociones con los niños.

Pensémoslo. Es un error delegar a los libros (o a la escuela, pero este sería otro tema) nuestra responsabilidad como padres. Las personas no tenemos manual de instrucciones. Enseñar a vivir se enseña viviendo, y las respuestas a las preguntas de los hijos no pueden salir de un libro de autoayuda infantil pensado por un departamento de marketing.

¿Os habéis fijado? He dicho libros durante todo el artículo, y no literatura, porque la literatura es otra cosa y no sirve para nada.

Tina Vallès, 27/04/2017, publicado en VilaWeb.

 

 

 

 

“El monstruo de colores” no es un libro de emociones

Debe de ser uno de los errores más extendidos en el ámbito de la literatura infantil y juvenil actual: considerar que el libro “El monstruo de colores”, de Anna Llenas, es un libro de emociones.

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La portada de “El monstruo de colores”, Anna Llenas, Editorial Flamboyant, España, 2012.

La confusión se ha extendido entre promotores de la literatura infantil, vendedores de libros, bibliotecarios, críticos, comentaristas. También entre maestras y maestros de escuela primaria y de educación preescolar. Y ha llegado a padres y madres que, cuando piden “libros de emociones”, están pensando en ese libro, o en otros muy similares a ese.

Esta confusión puntual está asociada a otras dos confusiones tanto o más extendidas:

  • Pensar que los niños y los adultos leen igual, y que encuentran en los libros los mismos asuntos, los mismos contenidos, iguales continentes.
  • Pensar que hay libros que contienen emociones y otros que no las contienen.

Veamos cómo funcionan estas dos confusiones para dar pie a la que nos ocupa: la de pensar que “El monstruo de colores” es un libro de emociones.

El libro de Anna Llenas narra una breve historia. En el inicio hay un monstruo que un buen día se levanta confundido y no sabe qué le sucede. El personaje del monstruo amanece pintado de muchos colores. El dibujo es sencillo y vistoso. Trazos gruesos y papel recortado dibujan un perfil estereotipado que, a la vez de monstruoso, resulta simpático y fácilmente recordable: los ojos grandes, las cejas gruesas, orejas y crestas, dos colmillos que sobresalen de la boca en un rictus perplejo, el cuerpo de dos piezas, cabeza y tronco apenas separados por la línea de la boca, manos y piernas infantiles. El monstruo, desde esa primera página, ya resulta muy atractivo para niños, pues siendo sumamente sencillo, resulta contundente en su expresividad. Y todo ello en una composición despejada y muy cercana al dibujo infantil.

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El monstruo.

Inmediatamente, en la siguiente página, aparece el personaje de una niña, que vendría a ser una suerte de ama del monstruo. La niña adopta el rol adulto en la historia, también el rol del narrador, que se comunica en prácticamente todo el relato en segunda persona, imperativa, rogatoria, desiderativa, demandante: el dibujo de la niña con las manos en jarra sobre la cintura se presenta como otro estereotipo de la “niña-mujer-mandona”. Ella es quien hace que el monstruo se detenga a reflexionar sobre sí: sabemos que la autoridad a veces logra inducir a la autorreflexión.

De buena mañana, cuando el monstruo aún no acaba de despertar del todo, la niña le pregunta si ya se ha vuelto a confundir y a entreverar, y lo rezonga, diciéndole que “no aprenderá nunca”. El personaje de la niña, confeccionado con la misma técnica que la del monstruo (trazo grueso, papel recortado…) tiene también su proximidad con los niños (ocupa el rol de la ama-maestra-tradicional) y con la expresividad infantil (a partir de presupuesto de ese tipo de juego dramatúrgico que tanto entusiasma a pequeños: “¿Jugamos a que soy la maestra?”).

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La niña.

Tras el rezongo inicial, la niña le dice al monstruo que su problema es que se le han mezclado las emociones, coge al monstruo de la mano (aquí ya ha dejado el rol adulto y se convierte en una niña juguetona y risueña) y le propone una solución al problema con el que él se despertó. La solución tiene algo que encanta a los niños y que responde a una de las mayores pasiones infantiles (y epistemológicas): el coleccionismo.

La niña ofrece al monstruo ocho frascos de vidrio donde ha de poner en orden las emociones.

Suponiendo que el niño pequeño no sabe muy bien qué es eso de las emociones, lo que se le ofrece aquí, como juego para resolver el problema del monstruo (que es también el nudo-problema de la historia), es asociar una serie de colores con estados emocionales de la vida cotidiana e ir poniéndolos ordenados en los frascos. Coger algo que en principio está desordenado, clasificarlo de acuerdo con alguna tipología, ordenarlo colocando cada pieza en un lugar seguro, formar un catálogo, proyectar un saber desde el pasado hacia el futuro, recuperar el desorden de lo involuntario, registrarlo y colocarlo en un orden de voluntad: he ahí el arte y la tradición del coleccionismo.

Dice Walter Benjamin en su libro de los pasajes:

Al coleccionar, lo decisivo es que el objeto sea liberado de todas sus funciones originales para entrar en la más íntima relación pensable con sus semejantes. Esta relación es diametralmente opuesta a la utilidad, y figura bajo la extraña categoría de la compleción. ¿Qué es esta ‘compleción’? Es el grandioso intento de superar la completa irracionalidad de su mera presencia integrándolo en un nuevo sistema histórico creado particularmente: la colección.

Y he aquí lo que fascina al niño: lograr esa completitud, la colección, dejando atrás el caos. Poco importa que el conjunto de los objetos coleccionables sea el de las emociones, el de los cromos de animales, el de los cochecitos en miniatura… Lo que seguramente fascina al niño al conocer esta historia es el anhelo secreto de liberar a los objetos de su utilidad y de su funcionalidad acotada e insertarlos en el orden de una proximidad a la mano.

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La colección (un fragmento)

Poco importará al niño, a la hora de entrar en esta historia, para qué puede servir la alegría amarilla, la tristeza azul, la ira roja, la negritud del miedo, el verde de la calma, el rosa (¡ay, el rosa!)… Lo que seguramente motivará su atención será el juego de poner orden en el caos con que la vida nos asalta a diario a través de diferentes objetos, pasibles de ser adquiridos, congelados para conserva, encerrados en el círculo mágico de un frasco de vidrio. Y también, claro, las metamorfosis que provoca en el personaje del monstruo confundido el hecho de ejercitarse en algo tan apasionante como la confección de una colección.

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La colección (otro fragmento)

Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que con las emociones, en la vida real, es difícil establecer cualquier colección: se trata de algo tan inestable, tan volátil, tan difícil de analizar, separar, objetualizar, fijar… Pero poco importa el asunto al niño, cuya fascinación, para el caso de esta historia, se entrega a otro juego mucho más atractivo: el de la colección en sí.

Quizás el detalle de que sean las emociones lo coleccionable le pueda resultar atractivo a un/a maestro/a que, en el apuro de cumplir con plazos pedagógicos, tenga que presentar ese tema en el orden de un currículum que de un tiempo a esta parte viene preocupándose en exceso por la educación emocional de los niños. Quizás, también, le puede resultar atractivo al editor que atiende ese potencial mercado, así como lo atienden también los vendedores de libros. Al niño, en cambio, ello no lo influirá mucho al momento de recepcionar la historia.

He ahí las distintas lecturas que hacen unos y otros.

El éxito comercial del libro, así lo pienso, nace de la conjunción de la necesidad lectora de los adultos, impuesta por el sistema educativo, acogida por el sistema de la industria del libro, y de la fascinación que el asunto del coleccionismo, puesto de manera simpática y estereotipada en el vínculo entre la niña y el monstruo de la historia, despierta en los pequeños. En ese vínculo confuso, esta historia hace basa, y redobla su éxito por la comprobación de que los niños disfrutan de la historia, y que la historia ocupa los primeros puestos de venta año tras año desde su primera edición en 2012.

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Productos derivados: la otra colección

Nos queda, al final, el asunto de saber si las emociones pueden delimitar un subgénero literario, vale decir, si hay “libros de emociones” así como hay “libros de aventuras”, “libros de misterio”, “libros de poesía”…

Tiendo a razonar sobre el asunto por el método del absurdo. Propongo que un lector, cualquiera, me ofrezca como ejemplo una lectura literaria que no transmita ninguna emoción. Ninguna. Una lectura literaria que logre proponerse desde el vacío emocional más absoluto.

A mí me resulta difícil imaginar una historia que logre eso. Pero si fuera posible, si llegado el caso alguien me ofreciera esa lectura, la de una historia vacía de toda emoción, puedo imaginarme que esa historia, por sí y ante mí, ya estaría transmitiéndome una emoción.

Como el filósofo coleccionista de Benjamin, no me cierro a que en un futuro, puesto ante el caos emocional que transmite toda la buena literatura infantil y juvenil, me encuentre con un libro así. Y entonces, claro, mi memoria involuntaria se sacudirá ante la sorpresa, y abrirá camino a que mi memoria metódica y voluntaria incluya tal historia en el orden de la colección de mis mejores libros de literatura para niños y jóvenes.

Mientras tanto, dejo librados unos cuantos casilleros de esta colección para poner allí títulos que contengan buenas historias, y por ende, que me transmitan estados emocionales confusos y entreverados: esas historias que suelen ser las más inquietantes y disfrutables para mí.

 

 

 

Locomotora / La Camarena

Podría ser una separación mínima. Resulta que en Cataluña, y en catalán, y en contra de lo que me enseñaron de niño como señal de buena educación, poner el artículo antes del nombre es norma. Entonces, LA Camarena, por Cristina Camarena, estaría admitido. En rigor, se diría LA Cristina. Pero como hacerlo así me sigue sonando muy mal, opto por mantener el respeto y usar el artículo solo con su apellido.

¿Y lo de la locomotora?

Eso es porque esta mujer es una máquina de impulsar proyectos. Pura inquietud. Puro impulso. Temeridad absoluta. Una inmensa generosidad en el compartir y en el involucrar compañeros de ruta. Un manejo de redes impresionante. Una mujer de 26 horas por día. Una locomotora, sin dudas.

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Cristina Camarena promocionando su curso de emprendeduría en La Mirada.

Se la conoce, principalmente, por su emprendimiento más famoso: la Revista Kireei, que ya lleva cinco años en la vuelta, y de la que está por salir en estos días el número 8. También se la conoce por sus cursos de emprendeduría y marketing, que conduce desde La Mirada. Hace unos años, se la jugó a publicar un libro de cuentos ilustrados: Batiscafo. El año pasado intentó otro tanto con un libro de actividades para niños: Mi ciudad imaginada, del que es autora junto con Vireta. Había publicado, antes, un álbum con Lady Desidia, en el sello editorial Lumen, con el título: Wonderland. Y ahora, este año, esta primavera, arranca con un nuevo proyecto que se perfila en la dirección de convertir a Kireei, con todo derecho, en una editorial de libros álbumes para niños con una edad de 1 a 111 años.

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“Mi ciudad imaginada”, de Cristina Camarena y Vireta.

Acaba de salir de imprenta su primer título: Me gustas tú (en catalán: Tu m’agrades), escrito por Noelia Terrer e ilustrado por Laura Miyashiro. Ya entró en imprenta el segundo: Sebastián y el mar (en catalán: En Sebastià i el mar), escrito por Caterina Perez e ilustrado por Coaner Codina, y está a punto de entrar en imprenta el tercero: Breve historia de una pompa de jabón (Història breu d’una bombolla de sabó), ilustrado por Iratxe López de Munáin y escrito por mí.

Hace unos meses estuve con Cristina y me enseñó un cuaderno donde tiene anotados sus proyectos hasta 2019. Eran dos páginas enteras. Llenas de títulos y de nombres de autores admirados. Me dio vértigo. Juro que lo pensé: “esta mujer no para”.

Poder trabajar de cerca con ella, formar parte de sus proyectos, acompañarla a la distancia, casi como un vagón de los que va tirando a una velocidad hipermoderna, es algo que nos llena de orgullo. No podremos ser objetivos al juzgar o al comentar sus logros: ¡están avisados! Dejamos eso para otros. Nos reservamos, eso sí, la vibración, la sacudida, la velocidad, el viento fresco en la cara, la alegría que nos regala acompañarla en este viaje. Y los invitamos a seguir de cerca su ruta, si es que no se distraen, porque como ya dijimos: no hay paradas a la vista.

Desde el blog intentaremos mantenerlos al corriente de lo que vaya surgiendo, pero no podemos garantizar que nos dé el aliento para cubrir todas y cada una de las cosas que surjan. Y eso sí, desde aquí, desde el último vagón, deseamos un buen viaje para LA Camarena, y el agradecimiento por ser la LOCOMOTORA de tantas “cosas bellas”.

Salú.

 

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Cuando los árboles tienen memoria, los buenos libros no tienen edad: “La memòria de l’arbre”, de Tina Vallès

Hace tiempo comenté aquí uno de esos libros que cambiaron en mí, para siempre, la forma de abordar y de entender la narrativa: En las nubes, de Ian McEwan. El libro, cuando yo lo leí por primera vez, estaba publicado en la colección Panorama de Narrativas, de la editorial Anagrama. Una colección destinada a lectores adultos.

¿Qué lleva a un editor a decidir, frente a un texto que no tiene claramente delimitada la edad del lector al que podría dirigirse, en qué colección publicarlo? ¿Para adultos o para niños y jóvenes? Seguramente no hay nada objetivo, y es el olfato del editor lo que lo inclina a buscar una colección juvenil o una adulta: si es que ello no lo decide antes el autor.

Con el libro En las nubes (The Daydreamer), me pasó que llegué a Cataluña y lo encontré publicado con el título El somiatruites en una colección juvenil de Editorial Cruïlla (SM, Catalunya), en la serie naranja de El Barco de Vapor. Me alegró encontrarlo en una colección así, y lo vi como algo de lo más acertado. Mi experiencia de recomendarlo para niños a partir de 9 o 10 años, hasta donde sé, no fue errada.

Todo esto viene a cuento de lo mucho que le he dado vueltas a mi lectura de La memoria de l’arbre, reciente Premi Llibres Anagrama de Novel·la, de la escritora Tina Vallès.

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La memòria de l’arbre, de Tina Vallès. Premi Llibres Anagrama de Novel·la, Cataluña, España, 2017

La novela está escrita desde el punto de vista, y en la voz narrativa, de Jan. Un niño de 10 años al que le cambia su vida cuando los abuelos vienen a vivir a su casa. Joan es el abuelo de Jan. Fue relojero. Está enfermo. Tiene alzheimer y está perdiendo la memoria. El niño y el abuelo, juntos, y cada uno por su cuenta, poco a poco, tienen que asumir esa realidad y se proponen, secretamente, coincidir en una memoria que se desvanece, inexorablemente.

La novela se reparte en 11 capítulos con 11 escenas cada uno. En el primer capítulo se nos cuenta cómo se vive el cambio producto de la mudanza de los abuelos al piso de Jan y sus padres: una vivencia respecto de la cual Jan duda si puede ponerse contento o no. El segundo nos cuenta cómo van comunicándose Jan y Joan en sus caminatas a la escuela, por las calles, tomando a los árboles como puntos de referencia espacial y temporal de un relato en construcción: el de la novela, el de la transmisión de los mitos y recuerdos familiares. El tercero habla de los cuentos y las fábulas que le explican a Jan cuando se va a dormir: los cuentos, el padre; las fábulas, el abuelo. El cuarto es una suerte de reflexión sobre la letra “o” que marca la diferencia entre el nombre del nieto y el del abuelo: la o es alternativamente un hueco, un vacío, un círculo, un agujero por donde se escapan (o por donde emergen) identidades y diferencias; también es el motivo de un juego lingüístico para el narrador, y de un juego de escritura para la autora. El quinto capítulo narra el primer choque frontal con la enfermedad: el abuelo olvida llevar la merienda de Jan a la escuela y eso genera una crisis y un punto de inflexión en el relato y en los vínculos al interior de la cotidianidad familiar. El sexto narra el momento en que toda la familia se despide de la casa donde vivían los abuelos, en su pueblo: es la oportunidad para contrastar pasado y presente, el mundo que queda atrás y el que adviene lleno de pérdidas para unos y de dudosas ganancias para otros, en especial para Jan, que nunca está del todo seguro de si ha de ponerse contento con el hecho de convivir con sus abuelos. El séptimo relata cómo se acomodan todos en el piso nuevo: el hijo, el padre, la madre, la abuela, el abuelo; y nos muestra los vínculos que se van tejiendo al uso de lo dicho y lo no dicho en torno de la enfermedad. El octavo capítulo retoma el juego de la letra “o”, pero esta vez para poner en palabras el asunto de la memoria y del olvido. El noveno capítulo se concentra en el personaje de la abuela, así como el décimo lo hace con el de la madre: ambas chocan respecto de cómo enfrentar la realidad, si bien prima la perspectiva de la madre de Jan, que exige llamar a las cosas por su nombre contra la perspectiva de la abuela, que bien quisiera remendar y tapar todos los agujeros con un ejercicio de costura. El onceavo, y último, capítulo está referido al yo del protagonista, a cómo él, Jan, asume su lugar en la historia que le ha tocado, la historia que pasa a heredar como continuador de un relato generacional.

Los once capítulos se hilvanan en torno de un objeto ausente: un árbol, un sauce (desmai, en catalán), que es mencionado una y otra vez, que se supone que tiene un significado muy importante para el abuelo Joan, pero del cual no se cuenta la historia, sino que se la menciona y se la posterga. El misterio en torno de esa historia particular genera un suspenso subyacente que le da tensión a todo el relato. Una tensión suave. Una tensión auspiciosa. Una tensión que se libera en el último capítulo, cuando Jan parece decidido a asumir su propia voz, su propia mirada, su lugar en el relato de la historia.

La brevedad de las escenas, las elipsis que se abren entre unas y otras, el estilo pausado y contundente del relato, los juegos lingüísticos y metafóricos que redondean cada escena relatada como si de los anillos del tronco de un árbol se tratara: todo ello contribuye a un clima de intimidad en la lectura, una complicidad, una cercanía que nos permite, a los lectores, compartir la vivencia de entrar en el hueco de un gran árbol viejo, acomodarnos allí, y disfrutar de cómo se nos cuenta una historia relativamente sencilla, una historia sobre los significados más profundos de la vida.

Ahora bien, retomando lo del principio, no dejo de pensar en cómo, a menudo, cuando un libro de carácter infantil y juvenil se vuelve sofisticado en su temática y tratamiento, suele aparecer alguien que pregunta: ¿pero este libro es para niños? Y jugando con eso, haciéndole una mueca a eso, me gustaría preguntar ahora si La memoria de l’arbre es un libro para adultos, o si no tiene el suficiente mérito como para convertirse —llevado a otra colección, o reconducido por un buen mediador de lecturas— en un excelente libro infantil y juvenil, teniendo en cuenta aquella idea del francés Michel Tournier con la que definía lo que era para él la literatura infantil: unos textos tan bien escritos, “tan límpidamente, tan brevemente —calidad rara y difícil de alcanzar— que todo el mundo pueda leerlos, incluso los niños”.

Con un buen puñado de títulos publicados en colecciones de LIJ, Tina Vallès (de quien comentamos su libro Bocababa en este blog) tiene ganado un lugar destacado en la Literatura Infantil y Juvenil catalana. La memoria de l’arbre concursó y calificó con la nota más alta en otra categoría: eso está claro. Pero es tan grande el respeto por los lectores que esta escritora pone en sus textos, vayan dirigidos a la edad que vayan, que no dudo que La memoria de l’arbre encontrará lectores de todas las edades en su recorrido hacia el público, y que incluso los niños disfrutarán y se conmoverán al leerla.