En el nombre del hijo

Una nota periodística de hoy informa sobre los nombres más escogidos para los niños nacidos en Uruguay en 2010.

Ponerle un nombre a un niño, así como nombrar a un personaje en una ficción, no es tarea fácil, pues cada nombre tiene un significado asociado (más allá de que lo desconozcamos o que los significados sean múltiples o ambiguos). Se supone que uno se juega algo cuando elige un nombre para el crío o para el héroe ficticio: la esperanza de un destino va asociada a ese nombre, o al menos la esperanza de que el nombre no desentone con la acción de la persona nombrada.

Y si es cierto que en una narración los nombres nunca son neutros, pues el escritor demiurgo tiene en mente cuál será el sino del personaje en cuestión (y si no lo tiene antes de empezar, bien puede al finalizar cambiar el nombre del personaje), en la vida real parece que tampoco se da tal neutralidad: los padres eligen nombres con algún tipo de expectativa particular. Quieren que los nombres de los hijos homenajeen una idea que se han hecho sobre la futura condición de su descendencia.

Escalera (Ilustración de Fernando de la Iglesia)

De ahí que la elección de nombres tiene distintas consecuencias según la clase social en la que nacen los individuos. Entre los sectores sociales más bajos, para el caso uruguayo, priman Nahuel, Thiago, Kiara, Naomi, Ayelén o Ailén (según se relevó en la maternidad del hospital público). La inclinación es hacia nombres aparentemente extraños, que proceden de un “territorio exterior”, como si eligiendo algo que da la ilusión de extranjería, uno pudiera proyectar para el descendiente la perspectiva de que abandone el terreno en el que le ha tocado en suerte nacer: digámoslo así, que cambie de ambiente.

Entre los sectores sociales más altos (según relevó el periodista en el Hospital Británico, un centro asistencial privado frecuentado por las clases sociales más pudientes), en cambio, primaron Federico, Santiago, Catalina, Sofía y Florencia, nombres más “clásicos”, asociados con una tradición, o con la ilusión del tradicionalismo. La inclinación hacia estos nombres seguramente habla de una perspectiva conservadora respecto de la descendencia, algo así como si los padres quisieran que los hijos no se aparten de sus orígenes sociales y culturales.

En el pasado, al interior de las familias católicas, había recursos infalibles para elegir un nombre: allí estaban el santoral y el nuevo testamento. Pero los tiempos cambian. Hoy día está internet y la televisión, fuentes inagotables de recursos onomásticos donde escoger el nombre más apropiado para la criatura. Y así, en algunos casos, la ficción televisiva se apropia del trabajo nominador de las familias (entre otras apropiaciones). Los padres quieren para sus hijos la suerte del personaje con el que empatizaron en la temporada, siendo la esperanza aquí alejarse de cualquier territorio o tiempo, continuar en la vida la mera ficción de la comedia de la tarde, o una ciber-indicación que evite los desatinos mundanos.

No tengo ni idea de cuál era la esperanza de mis padres cuando eligieron mi nombre. Tampoco tengo idea del grado en que, fuera como Germán o como Álvaro, puedo haberlos defraudado. El lenguaje y los signos son arbitrarios, pero las personas y sus acciones, al menos después de cierta edad, no lo son menos: llámense los «fulanos» como se llamen.

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La vida de la mente: entre la infancia y la juventud (de J. M. Coetzee)

El fin de semana leí el libro Infancia, de J. M. Coetzee. Ahora estoy con Juventud, que sería el segundo tomo de la trilogía de sus memorias.

De Infancia, aunque pueda resultar temerario para más de un promotor de la literatura infantil y juvenil, me atrevo a decir que es un libro apropiado para que lo lean niños y jóvenes que andan rondando la adolescencia, entrando o saliendo de ella.

Infancia, de J. M. Coetzee

Se trata una novela que recrea, en una sucesión de escenas al modo de aguafuertes, algunos años en la vida de un niño sudafricano. Un niño que, sin saber lo que le espera en el futuro, sabe, o cree saber, lo que él espera heroicamente del futuro: convertirse en un artista.

Un niño que sabe, o cree saber, lo que es la «normalidad», pero no se atemoriza viéndose a sí mismo como un «anormal». Un niño, en definitiva, que, a su modo y dadas sus circunstancias, «sabe» muchas cosas:

… Sabe cómo nacen los bebés. Salen pulcros, limpios y blancos del trasero de las madres. Así se lo contó su madre hace años, cuando era pe­queño. La cree sin ponerla en duda: es un orgullo para él que le contara tan pronto la verdad sobre los bebés, cuando a otros niños se les engañaba con mentiras.

Es una señal más de la cultura de su madre, de la cultura de toda su familia. Su primo Juan, que tiene un año menos que él, también sabe la verdad. Sin embargo, su padre se pone nervioso y refunfuña cuando se charla sobre los bebés y de dónde salen; lo que tan solo viene a confirmarle una vez más lo igno­rante que es la familia de su padre.

Sus amigos defienden una versión distinta de la historia: que los bebés salen de otro agujero.

En teoría sabe que hay otro agujero, en el que entra el pene y por el que sale la orina. Pero no tiene sentido que el bebé salga por ese agujero. El bebé, después de todo, se forma en el estómago. De modo que lo más sensato es que el bebé salga por el trasero.

En Infancia nos acercamos a la realidad (¿ficción, memoria?) de un niño que no huye de la complejidad ni de la conflictividad que la vida le presenta: ¿a dónde huir, hacia dónde?

Acercarse a este libro es acercarse a la vida de otros niños en otros tiempos y en otros lugares: y es que un caso particular, bien lo sabemos, puede representar el caso general (un niño, toda la infancia), así como la aldea pintada puede ser un retrato del mundo. Entrar en los pensamientos de este niño (llamémoslo John), compartir sus vivencias, sus búsquedas, sus preguntas, sus miedos, y también sus aficiones, es, sin más, entrar en el imaginario de la infancia, algo que, como se sabe, no es fácil. ¿Cómo es eso posible?: porque Infancia es literatura en su máxima expresión.

Juventud tal vez ya sea más compleja para un pre-adolescente. Pero un joven podría encontrar en esta otra novela cuestiones que hacen a esa edad en la que los conflictos de la infancia se condensan, se tensan y comienzan a chocar con los conflictos de una vida adulta de la que tampoco se escapa así como así.

Es delgado y ágil, pero al mismo tiempo es flácido. Le gustaría ser atractivo, pero sabe que no lo es. Le falta algo esencial, algún rasgo bien definido. Sigue teniendo un aire de niño. ¿Cuánto tiempo va a tardar en dejar de ser un niño? ¿Qué le va a curar de la niñez y lo va a convertir en hombre?

Lo que le curaría, si llegara, sería el amor. Puede que no crea en Dios, pero sí cree en el amor y en los poderes del amor. La amada, la señalada por el destino, será capaz de ver de inmediato más allá de su exterior extraño e incluso insul­so y percibir el fuego que arde en su interior. Mientras tanto, tener un aspecto insulso o extraño es parte de un purgatorio que tiene que pasar a fin de salir algún día a la luz: la luz del amor y la luz del arte. Porque será artista, eso ya hace tiempo que está decidido. Si de momento tiene que ser desconocido y ridículo, se debe a que el destino del artista es sufrir el ano­nimato y el ridículo hasta el día en que se revelen sus verdaderos poderes y quienes se burlan y se mofan de él tengan que callarse.

Hay en esta última novela unas líneas en las que me quiero detener, y con las que quiero culminar esta nota.

Se trata de un momento en la juventud del personaje (la novela está escrita en tercera persona: Coetzee habla de sí mismo como si fuera otro). Un momento particular: el joven Coetzee (¿el personaje, el autor?) está en una biblioteca (en Londres, en la del British Museum) investigando sobre la obra de un escritor inglés (Ford Madox Ford). El joven Coetzee está angustiado y aburrido, pero lee con una férrea disciplina toda la obra del inglés F. M. Ford. En un momento se detiene y reflexiona algo que me parece una pregunta (¿una respuesta?) muy pertinente para cualquier lector y escritor:

La vida de la mente, piensa para sí: ¿a eso es a lo que nos hemos dedicado, yo y esos otros trotamundos solitarios en las entrañas del British Museum? ¿Nos espera alguna recompen­sa? ¿Se disipará nuestra soledad, o la vida de la mente es en sí misma una recompensa?

«La vida de la mente». Darle vida a la mente. Para un joven, para un lector, para un escritor, para una persona quizás esa sea la clave cuando el mero hecho de seguir vivo significa mantenerse en tensión todo el tiempo, intentando no hundirse. Y también, por qué no, darle mente a la vida.

Luego vendrá el Verano.

Ecos de Ver llover

Ver llover

Me encuentro con una grata reseña de Ver llover publicada en Donde viven los libros, blog del Grupo de investigación, difusión y promoción de Literatura Infantil y juvenil.

Gracias.

Un Limerick Porsimeolvido

María Elena Walsh,

si alguien te olvida

seguro es porque baja

en la subida

o lleva en punto muerto

el chasis patituerto

o tiene la coraza

enmohecida.

En la tapa del disco…

María Elena Walsh (1930 – 2011)

¿Quién no lleva en sus entrañas una canción de María Elena Walsh? Piensen unos segundos y traten de entonar una. Una cualquiera. Sí, ésa, la de La Tortuga Manuelita, o aquella otra, la del País de No-me-acuerdo, y el valiente Mono Liso, y la de Juguemos en el mundo mientras el Diablo no está, y la de Cantando al sol como la chicharra, y la de la Pájara Pinta… Cierto: hay una cantidad de canciones. Las evocamos y van saliendo (o entrando, sí). Canciones. Momentos. Infancia vivida. Vínculos. Y  poesía: de la buena, porque María Elena Walsh era, es, será, por sobre todo, una poeta.

Permítanme saludarla con un poema de esos que se piensa que es “para grandes” y no “para niños”. Seguro que María Elena Walsh estará haciendo una mueca frente a esta distinción. Ella escribía para dar vuelta el mundo, para ponerlo del revés, y lo mismo le daba si ese trabajo, ese juego, ese escándalo de sol, lo acometía un lector de 3, de 9, de 27, de 81… ¡Vaya, María Elena Walsh estaba por cumplir 81 años: deberíamos recordárselo!

Buen viaje, Pájara Pinta.

 

Tapa del libro "Hecho a mano" de María Elena Walsh

CANTO LISO

No, no me llamo como los rincones

ni crean que mi lágrima es antigua.

Sucede que en algunas ocasiones

desolación de muerte me averigua

y yo qué voy a hacer, hago su modo,

me pongo su manera y eso es todo.

Cansa, pero no estoy amontonada.

Sólo que hasta curar el maleficio

los ojos se me van de la mirada

y desvivir es mi secreto oficio.

De hastío y simulacro me corono,

piso el amor, trabajo el abandono.

Les pido por favor que no me quejo,

pero eso sí: vería con agrado

que alguien reconociera en un espejo

mi ser a duras penas dibujado.

Que alguien compadecido no sé dónde

sintiera que mi voz le corresponde.

Yo le paso a la gente, le sucedo

al tiempo y el espacio me improvisa.

Entre tinta y papel me tiene el miedo,

el fuego me amenaza con ceniza.

Y a veces no me sirvo para nada,

como una primavera serruchada.

Cuando la eternidad parece tanta,

qué puede hacer un corazón solito.

Escribe sombras, para adentro canta

un silencioso grito manuscrito,

y armas de torpe cazador estrena

para buscar arrimo en alma ajena.

Esto es unánime porque me pasa,

soledad que en ustedes se perdona.

Esto que en tantos ánimos fracasa

da la casualidad que es mi persona.

Por eso y por amor sólo les pido

que no me olviden cuando más olvido.

María Elena Walsh

de Hecho a mano (1970)

Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina.