Ni sermones ni milagros: redes (o de cómo dejar de estar en contra de la literatura juvenil).

Días atrás, el escritor argentino Ricardo Mariño publicó un artículo muy bueno a propósito de la promoción de la lectura.  No logro aún darme cuenta si comparto plenamente su perspectiva, pero motivado por su lectura me pongo a escribir para reflexionar sobre una cuestión a la que vengo dándole vueltas desde hace unos días: ¿vale de algo que exista algo así como la literatura juvenil?, ¿tienen razón los que están en contra de ella?, ¿no sería mejor estar a favor?

En este blog escribí sobre literatura juvenil hace un tiempo. Respondía entonces a un artículo que se proponía ir en contra de la literatura juvenil. En rigor, no volveré al punto, pero si voy a retomar algunas cuestiones sobre las que me pronuncié hace poco en una entrevista, donde decía que en Uruguay apenas existe la literatura juvenil.

Quiero aclarar que en lo que respecta al rol de las editoriales locales, no les atribuyo la responsabilidad de que casi no haya literatura juvenil en Uruguay; si bien tampoco la han fomentado especialmente, pues no han buscado cómo captar la atención de esos potenciales lectores con obra made in Uruguay (lo que venden es lo que les llega de las filiales). Y pienso que cuando alguna editorial haga un buen negocio allí, con un autor nacional, las demás se animarán. Cuestión de tiempo (y de mercado).

La pesca milagrosa

“La pesca Milagrosa” de Rafael Santi o Sanzio, (pintada aproximadamente entre 1515 -1516).

Pero si se trata de buscar responsables por esa casi inexistencia, me temo (y soy temerario al afirmarlo, porque lo hago de modo puramente intuitivo, sin una investigación que me avale) que la responsabilidad mayor, en Uruguay (y no sé cómo está el vecindario), está en los mediadores del sistema educativo. Pienso que en la educación secundaria no hay una política, ni tan siquiera una línea clara, para el fomento de la lectura entre los jóvenes. Y que los esfuerzos que se han hecho históricamente en el nivel de educación primaria para promover la lectura se desperdician en el ciclo básico (1º a 3º de secundaria) y ya es muy difícil de remontar la caída en el segundo ciclo (4º a 6º año). En este último tramo, donde la población estudiantil tiene más de 15 años, las opciones son: o se leen los textos marcados en el programa (literatura general) o no se encuentran (ni se ofrecen) lecturas específicas, lecturas que puedan realizarse sin la perspectiva utilitaria del aprendizaje, de la pedagogía, de las calificaciones para la promoción del curso.

Pienso que los docentes de literatura cargan allí con una responsabilidad especial: son los principales responsables de encontrar un tipo de lectura que se adecue a la realidad de esos jóvenes, que los motive a leer por el puro gusto de leer, que les facilite el acceso a otras lecturas (las que a contrapelo de lo inmediatamente placentero logran el gusto en el esfuerzo por superarse). Son responsables de encontrar, ofrecer y promover lecturas que, de última, se ajusten a un trayecto lector particular y propio de la época en la que esos jóvenes viven. Son los que deben “hacer ver el milagro”. Esa responsabilidad, hasta donde yo sé, no está siendo discutida a fondo entre los docentes.

Muchos docentes (también escuché a escritores de LIJ afirmarlo) creen que después de cumplir los 13 años el joven ya está apto para leer cualquier libro. Esta afirmación es tanto o más temeraria que la que yo hice más arriba. Son opiniones que pueden ser ciertas o no: así como yo no tengo datos para demostrar lo que afirmo, ellos tampoco los tienen. En lo personal, me inclino a pensar que, por regla general, no cualquiera, por haber desarrollado sus genitales, está apto para leer cualquier obra. Lo afirmo porque entiendo que hay formas de maduración que no responden a la biología ni a las hormonas, sino a una acumulación cultural que en la mayoría de los casos no sucede.

Intuyo que lo que sucede a esas edades es que el joven (incluso aquel que cuando niño era un buen lector) deja de leer libros (literatura, se entiende) por el puro gusto de leer. Que deja de hacerlo como desarrollo de una práctica sistemática y que no logra, salvo casos excepcionales (individuos muy motivados), o salvo circunstancias sociales específicas (fenómenos virales, como la ola de “Harry Potter” entre los adolescentes), decía, no logra conectar sus lecturas individuales en una red de lecturas sociales.

Pienso que la literatura que se impone en los programas de estudio, por más elevada, por más calidad y por más prestigio que tenga, no cumple el rol de articular esas redes de lecturas socialmente compartidas entre los jóvenes. Los docentes no atienden a esta carencia o dificultad y, salvo casos particulares, vocacionales en extremo, no logran llevar lecturas a los jóvenes, ni logran conducir a los jóvenes a la lectura. Es más, al forzar los tantos, pienso que tienden a alejar a sus estudiantes de la lectura y de la literatura. En el mejor de los casos, su accionar como promotores de la lectura no afecta los trayectos lectores que desarrollan los individuos: sean estos trayectos de abandono (en la mayoría de los casos) o de inclinación a nuevas lecturas (en la minoría de los casos, donde el joven encuentra sus referentes de lectura fuera de la institución, entre otros jóvenes, con otros adultos, en otras redes).

En Uruguay no sabemos (ni bien ni mal) qué es lo que leen los jóvenes, ni cuánto, ni cómo lo hacen. No hay investigaciones al respecto. Todo lo que digamos cargará con el peso de ser una perspectiva sesgada de quien lo dice (eso me incluye, obviamente).

En mi experiencia personal, me ha sucedido que tuve mayor éxito cuando recomendé una lectura como “Médanos” que cuando recomendé leer cuentos de Chejov o de Hemingway. Eso no quiere decir que estos últimos sean peor literatura que la primera. No es eso lo que está en juego. Quiere decir, nada más, que hay un lector joven que está ávido de leer una obra que hable de su tiempo y de la situación de sus pares. Y si es cierto que géneros como el fantasy o las distopías funcionan muy bien en la actualidad entre lectores jóvenes (estos son datos de mercado en otros países), no estaría mal pensar por qué sucede eso, buscar por ahí las inclinaciones actuales de los jóvenes, explotar eso para reforzar los trayectos lectores por caminos de calidad (calidad que no está reñida con ningún género en particular), y evitar confrontar los programas de estudio con esas lecturas ociosas sino, por el contrario, intentar articularlos.

Eso, desarrollar la lectura sin otro fin que la búsqueda del placer en la lectura, es lo que se logró con la literatura infantil en educación primaria en el transcurso de las dos últimas décadas. ¿Será que no se hizo del todo bien? ¿Será que en algún punto la promoción de la lectura en la primera infancia está fallando y eso repercute luego? ¿Por qué no se estudia a fondo esa experiencia y, si fuera el caso de que sigue siendo efectiva, no se la promueve en secundaria?

Creo que formular mejor estas preguntas e intentar responderlas es un gran desafío para los promotores de la lectura en la actualidad, sin importar las edades a las que se apunta. Y creo que esto hay que hacerlo incorporando en las estrategias de promoción una amplia e incisiva mirada sobre las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. El desafío, en definitiva, sería entender cómo funcionan las redes sociales en su rol de promoción autogestionada de lectura, pasando de lo virtual a lo presencial, de lo digital a lo analógico, de un lado hacia el otro. Captar allí, en esos pasajes, las inclinaciones lectoras, las actitudes de lectura, los gustos por leer de los más jóvenes y tratar, luego, de tender hilos desde esos nodos hacia los programas curriculares, y viceversa.

Si es cierto que un milagro puede más que un sermón (eso no lo dudo), estemos atentos a que ese milagro se enrede en la experiencia vital de las nuevas generaciones y pase a operar, milagrosamente, como un nodo más en una vasta red de lecturas: porque de la existencia de nodos así depende que los hilos se sostengan y que la red no sea un mero amontonamiento de agujeros informes.

Y en lo que respecta a los escritores, así como en su momento un autor como Lewis Carroll contribuyó a formar un “lector niño” (más allá de cualquier edad biológica), considero que puede haber en el presente  (y de hecho varios autores lo han puesto en práctica) un modo específico de formar “lectores jóvenes” (más allá de cualquier edad biográfica), y de hacerlo a partir de proponer una relación intrínseca y persistente entre literatura, lectura y juventud. Este será el tema de una próxima entrada.