El año en que la poesía se vendió: poesía “memética” para adolescentes

Quizás el 2015 pase a la historia por haber sido el año en que la poesía se vendió. Aquello de que “la poesía no se vende porque la poesía no se vende”, ingeniosa tautología del argentino Guillermo Boido, ya no será moneda de consolación para poetas que publican libros para que los lean sus amigos, los críticos literarios u otros poetas.

En España, al día de hoy, hay por lo menos 5 o 6 poetas que están vendiendo sus libros de poesía de a miles. Además de tener canales de youtube, blogs, tumblres, twitter, facebook donde han generado audiencias multitudinarias tienen vidriera en las librerías. Recitan sus poemas en festivales a los que acuden espectadores por centenares y compran allí sus libros. Sellos portentosos de la industria editorial mejor aceitada, como Planeta o Espasa, han creado colecciones para publicarlos. Periódicos de gran tiraje han incorporado a sus sesiones de “Los libros más vendidos” una columna para la poesía. Firman con seudónimos como Defreds, Marwan, Rayden, Loreto Sesma y se prestan a colaborar con otros poetas en ciernes. Y venden. Venden muchos libros. Están vendiendo la poesía.

—¿Pero es poesía?

—Sí, es poesía

—Ah, ¿pero es de malísima calidad?

—Sí, también. Como tanta de esa otra que se publica y no se vende.

Sección de poesía en la lista de los libros más vendidos del suplemento El Cultural, del diario El Mundo.

Sección de poesía en la lista de los libros más vendidos del suplemento El Cultural, del diario El Mundo.

El fenómeno no debería sorprender. Hasta mediados del siglo XX, la poesía fue un género popular que llamaba la atención de multitudes: ¿qué decir sobre los homenajes a Juana de Ibarbourou a finales de los años 30, o los conciertos de payadores que llenaban estadios en Cuba por los 40, o las multitudes de lectores que fueron a esperar la repatriación de los restos de Amado Nervo en 1919? La poesía, entonces, era un género literario cercano a la gente, y la gente la leía, la recitaba de memoria, la encontraba en los diarios y revistas, la escuchaba en discos de pasta. Algunos autores también supieron venderla de a miles, incluso después de los años 60, cuando la poesía, a caballo de las subculturas pop, fue todo un movimiento juvenil cercano a la canción y al rock. Incluso Mario Benedetti, hasta no hace tanto, tuvo sus miles de seguidores y vendió sus ciento de miles de libros a un lado y otro del mundo hispanohablante, ¡y eso sin tener cuentas de twitter ni de Facebook!

Pero lo cierto es que la poesía, que se fue desarrollando y evolucionó como un género literario cada vez más sofisticado, cada vez más cerrado sobre sí mismo, cada vez más autorreferente, y por ende, cada vez más para un núcleo exclusivo de lectores muy enterados, con el tiempo (los últimos 40 años, por decir algo) se volvió incomprensible y lejana para el común de los mortales. “La poesía no se entiende”, suele escuchar uno en conversaciones familiares o en charlas durante la cola para entrar al cine. Y uno entiende a los que no entienden. (Por cierto, a la novela y al cuento les sucedió algo parecido: la literatura más sofisticada, la que en términos estrictamente literarios asume y manifiesta una mayor calidad (vale decir: evaluada y criticada en función de las propias pautas y criterios del arte literario), esa literatura, sea cual sea su género, se encuentra cada vez más lejos de las mayorías de lectores pedestres.)

La anterior situación de orfandad de la poesía, claro está, no podía durar mucho en el actual mundo de las telecomunicaciones. Mientras que con las novelas no hubo un corte tan abrupto (al costado de las obras de autores como Thomas Bernhard, Pynchon o Sebald siempre hubo novelas que se vendían a cantidades, ¡ah, los dichosos bestsellers!, y satisfacían la necesidad del discurso narrativo) con la poesía sucedió que ese corte abrupto dejó vacante la satisfacción de las necesidades de un discurso lírico: un discurso que, en algún sentido, diera cuenta de las vicisitudes emocionales y sentimentales del yo autobiográfico, y satisficiera sus pretensiones expresivas más o menos aggiornadas.

Me dirán que las canciones lograban eso de alguna manera. Y es cierto. Pero todos sabemos que no es lo mismo leer en silencio y reflexionar sobre lo leído, que escuchar una canción y cantarla; no es lo mismo, si de lo que se trata es de dar cauce a la reflexión calmada. Así que al menos esa parte de la dialéctica lírica quedaba sin nutrientes en la forma de libros. Me dirán que los poemas de Benedetti, o los libros de poesía de los autores de la “nueva sentimentalidad”, o los libros de cantantes como Sabina bien que podían cubrir esa necesidad. Y también es cierto. Pero sabemos que hoy en día los caminos de la construcción autobiográfica del yo se procesan de maneras que, en cierto sentido, se alejan de las formas en que se construían cuando Benedetti escribía o cuando Sabina todavía tenía voz. En los últimos 20 años, el desarrollo de las nuevas tecnologías de las comunicaciones han dado a luz (o mejor dicho: han dado pantalla) a modalidades de construcción del yo superficiales, instantáneas, discontinuas, dinámicas, flexibles y muy maleables. Modalidades que requieren de un discurso lírico que esté a esa “altura”, en ese plano. Un discurso lírico, por así decirlo, “memético”.

¿Qué quiere decir eso de “memético”? Es un tipo de discurso que responde al juego interactivo de los memes, y al modo en que estos se propagan por las redes de comunicación. Del término (la entrada en la Wikipedia da cuenta de él) me agrada eso de que conjuga memoria y mímesis, o sea, que reproduce una tradición, o incluso, más específicamente, una información cultural de carácter intergeneracional, y que lo hace a través de prácticas imitativas entre pares. Esto, en internet, se manifiesta en la sobreabundancia de publicaciones compartidas con imágenes o máximas: Batman golpeando a Robin y diciéndole que se deje de hacer tal o cual cosa; las frases proverbiales de Paulo Cohelo; las fotos de famosos con una humorada en letras mayúsculas, los dichosos powerpoint… Mensajes superficiales, de rápida amplificación, que permiten a los usuarios decir algo que estaban queriendo expresar, pero que no sabían cómo.

Benedetti en estado memético.

Benedetti en estado memético.

Dados estos ambientes o entornos virtuales, y dadas las necesidades líricas, históricas y humanas, demasiado humanas, el surgimiento de una poesía memética es perfectamente comprensible en la actualidad. Y también será comprensible la baja calidad de esa poesía, si fuera el caso que se la quiera juzgar en términos estrictamente literarios (como aquí, o como aquí).

La lectura de un conjunto de poemas de estos autores superventas, que saltaron de las redes a los libros por gracia de un atento seguimiento que las editoriales hacen en las redes sobre todo lo que se mueve (o se “megustea”), nos hace pensar que todos estos fenómenos comunicativos no soportan del todo bien la crítica literaria. Y seguro que a los autores de esos libros el asunto los tiene sin cuidado. Ellos, así como sus audiencias, van a su bola, y poco les importa si lo que dicen y escriben ya fue dicho o escrito antes con una calidad poética superior (en eso, los autores son tan adolescentes como su lectores). A ellos les interesa la proliferación del meme, su expansión, la multiplicación viral de las audiencias. Supongo que les reconforta el aspecto económico del asunto, sobre todo cuando se lo han currado, pero no creo que sea esa la fuente de motivación última, que a mi entender estará dada, fundamentalmente, en el mero intercambio memético y no tanto en el plano comercial (cosa que sí le interesa a las editoriales que descubrieron el filón, obviamente), y mucho menos en el literario.

En todo caso, para quienes nos dedicamos a la promoción de la lectura literaria y de la creación literaria, y muy especialmente para quienes hacemos estas cosas de cara a la infancia y la juventud, lo que nos pondrá a discutir frente al fenómeno de esta oleada de poesía adolescente (como la define Marcos Taracido) son otros asuntos extra literarios. Otros asuntos que pasan por decidir si le damos la bienvenida al fenómeno, porque de última se trata de material de lectura que agrada a los adolescentes, o si lo repudiamos, porque de primera su calidad está lejos de lo literario y no pasa de un discurso sentimental cursi, superfluo, vano, almibarado, masificado… En todo caso, la actitud de repudio o la de recibimiento amable del fenómeno por parte de los que “estamos en el mundillo” se considerará fundamentalmente en relación con el asunto de si las lecturas de estos libros conducen luego a la lectura de una poesía de mayor calidad, o no.

Marcos Taracido propone en la nota antes citada algunas cuestiones en favor de darle la bienvenida al fenómeno. Y hoy quiero discrepar con él en un par de puntos de los que considera. Dice Marcos que 1) “Estos adolescentes jamás leerán otro tipo de poesía sin ser obligados”; 2) “Es su poesía: la escogen ellos, llegan a ella a través de los círculos de amigos o redes sociales, no es impuesta por docentes o adultos que les dicen lo que es bueno y lo que no”.

El argumento de Marcos, como vemos, es un argumento que se apoya en la libertad de elección. Pues bien, dudo de tal libertad. La elección libre de una lectura ha de ser una elección informada, y en cuestión de literatura, eso implica la elaboración autónoma de un gusto. Cuanto más autónomo sea el gusto, y cuanto más informada sea la elección, más libre será.

Estoy de acuerdo en las bondades de que un niño, una niña, un adolescente o una joven elijan sus libros. A diario, en la librería, me enfado cuando los padres imponen a sus hijos un libro, incluso pasando por encima de lo que eligieron los pequeños: entre otras razones, porque no siempre se cumple que la elección de los padres (o de los maestros o de los profesores de literatura) sea muchísimo más formada e informada que la que hacen niños y niñas en la librería. Pero lo anterior, más allá o más acá de si los adolescentes elegirán leer algún día algún otro tipo de poesía, una poesía que no sea una cima (o una sima) de cursilería, nos conduce a pensar qué estamos haciendo los promotores de la lectura, sea cual sea el lugar que ocupamos, a favor de crear entre las nuevas generaciones un gusto literario autónomo.

Las grandes editoriales, por lo pronto, y basta mirar catálogos y tapas de libros, tienen un plan muy bien diseñado (gráfico, estilístico y memético) que va en dos direcciones: desde el bestseller adulto a los libros para bebes, y desde los libros para bebes hacia los besteseller para adultos. En las dos direcciones, las líneas estéticas (o anti-estéticas) son coherentes y no dejan ningún flanco al azar: diseñan con rigor un criterio y un gusto estético que se expresa con una fealdad contundente en las tapas, las contratapas y el interior de los libros dirigidos a las distintas edades de ese otro “camino lector unidimensional”. Entremedio, hay toda una oferta de lecturas infantiles, adolescentes y juveniles que tienen en la cursilería su punto de anclaje. Que ahora incorporen la poesía (o bien este sucedáneo memético al uso de las redes adolescentes) no debe llamar la atención. Sus asesores editoriales y de marketing saben lo que quieren, saben cuál es el gusto de los lectores que quieren reforzar y multiplicar, y no le hacen asco a las críticas sesudas, mejor o peor informadas. Las editoriales grandes saben, de última, cómo imponer-una-elección-no-obligada (valga la paradoja).

Pero el argumento de Marcos Taracido, al final, manifiesta escepticismo respecto de la tarea de formar gustos literarios autónomos. Su discurso me suena a retirada. Y conste, sé que Marcos hizo y hace (y seguramente hará, como tantos otros) mucho a favor del desarrollo de un gusto literario autónomo entre las nuevas generaciones. El tema es que todo lo que se hace (que para algunos es mucho, y supone un gran esfuerzo personal) parece poco a la hora de enfrentarse con las conclusiones a las que uno arriba cuando considera la máxima de Sánchez Ferlosio: “…primero llega la Fealdad, luego la Estupidez y finalmente la Maldad”. Todo lo que se hace parece poco cuando percibimos que ese camino que arranca en la fealdad, mal que nos pese, a esta altura, resulta un camino ascendente y en espiral, y no tiene nada que ver con el salto desde un poema cursi a un poema de Quevedo, de Pessoa, de Auden o de quien te guste a vos.

En fin, no le doy la bienvenida al fenómeno, pero tampoco me quita el sueño. Sé que hay un trabajo por hacer en el campo de la promoción de la lectura literaria, que es un trabajo que se hace entre muchos, que es un trabajo que se hace en distintos niveles, que es un trabajo en el que, más allá o más acá de las listas de los libros más vendidos: algo siempre queda. Y de última, que cada uno lea lo que quiera, o lo que pueda.

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“Eso no se hace”: una poética para niños de Laura Wittner y Carlos Junowicz

Que en este blog somos admiradores de la obra de la escritora argentina, poeta, traductora y bloguera, Laura Wittner no es novedad. A una de sus antologías le dedicamos una entrada hace tres años. Allí exprimimos todas las posibilidades que nos dio la lectura de su poesía.

Pero en esa oportunidad no hablamos de que Laura Wittner también tiene libros publicados para niños. Hasta el momento, cuatro títulos: Cahier du temps (con ilustraciones de Gwen Le Gac , Ed. Actes Sud, París, 2006), La noche en tren (con ilustraciones de Gabriela Regina, Ed. Tres en Línea, Buenos Aires, 2008), Cumpleañeros (con ilustraciones de Claudia Degliuomini, Ed. La Brujita de Papel, Edhasa, Buenos Aires, 2008), Gato con guantes (con ilustraciones de Natalia Colombo, Buenos Aires, Ed. Tres en Línea, 2009). Y decimos hasta el momento, porque en estos días se acaba de presentar un nuevo libro de la autora: Eso no se hace, con ilustraciones de Carlos Junowicz, publicado por la novel Editorial Limonero.

"Eso no se hace", de Laura Wittner y Carlos Junowicz, Editorial Limonero, Argentina, 2015.

“Eso no se hace”, de Laura Wittner y Carlos Junowicz, Editorial Limonero, Argentina, 2015.

Se trata de un libro-álbum que contiene una arte poética. No se trata de un texto científico o filosófico sobre la literatura para niños, sino de un poema que, convertido en álbum, reflexiona sobre las posibilidades de la poesía.

Muchos poetas suelen escribir este tipo de poemas en los cuales intentan aprehender qué es la poesía (algunas artes poéticas han conquistado una fama agotadora: quién no conoce aquellos versos de Becquer que terminan con el célebre “poesía eres tú”). Me tocó, por puro gusto, hace unos años, colaborar con la factura de un almacén de artes poéticas. Ordenamos en la web cientos y cientos de poemas de ese tipo, o de prosas poéticas, que iban por ahí: algunos muy poéticos, por cierto. Pero hasta ahora, nunca había leído un libro para niños que se propusiera el asunto: ofrecer la lectura de una arte poética a los más pequeños. Todo un mérito el de este libro de Wittner que, ironía de ironías, hace lo que no se hace, tal como lo anuncia desde el título.

El texto del poema es sencillo. Comienza enumerando ciertas imposibilidades al modo de reglas de un juego:

Los tigres no titilan.
Los minutos no salpican.

Luego, sobre la mitad del libro, el poema (la arte poética) propone de manera adversativa que, durante la lectura del poema efectivamente sucedió que “titilaron los tigres”, salpicaron los minutos, y así con la negación de cada una de las preposiciones de imposibilidad antes propuestas. Todo ello, para dar lugar a una pregunta:

¿Entonces? ¿Eso se hace o no se hace?

Queda firme, ahí, la idea de que la poesía, su escritura y su lectura, puede dislocar el “mundo” (el lenguaje poético como fuerza abridora de mundo), puede disparar la imaginación hasta el punto de lo fantástico, puede estimular la percepción creativa del entorno inmediato (por más lleno de desencanto que esté), puede invitar a la subversión de las reglas y de los mandatos. Lo puede, y lo hace. Basta para ello que el poeta esté dispuesto a poner en juego la poesía.

La arte poética que el texto propone está ilustrada de un modo acertadísimo por Carlos Junowicz. El ilustrador pivotea sobre los versos del poema (impresos a razón de uno o dos por página doble) y cuenta, a partir de ellos, una historia que es fiel a los elementos del poema en dos niveles: por un lado, es fiel a las imágenes que el poema propone; por otro, es fiel al proceso reflexivo (y autorreflexivo) que implica la escritura de una arte poética.

Para este logro, el ilustrador parte desde la tapa con la imagen de una ventana cerrada sobre un muro gris de una ciudad cualquiera. En el pasaje desde la portadilla a la primera página, sin que aún haya texto, vemos que la ventana se abre y aparece la imagen de un joven que mira a la calle. Ya en la tercera página, en el interior de la habitación, aparece el joven sentado y escribiendo sobre un papel con la ventana abierta al fondo. También aparecen los dos primeros versos del poema.

"Eso no se hace", ilustración interior a doble página.

“Eso no se hace”, ilustración interior a doble página.

Luego hay un salto de escenario y también un desdoblamiento de carácter ficcional: es como si pasáramos a ver las ilustraciones de lo que el escritor está escribiendo. Allí aparecen dos personajes: un niño y una tortuga.

"Los yuyos no preguntan por preguntar". Niño y tortuga irrumpen en la historia que está adentro de la historia.

“Los yuyos no preguntan por preguntar”. Niño y tortuga irrumpen en la historia que está adentro de la historia.

 

Estos dos personajes irán transitando como testigos mudos, y como hilo conductor de la historia ilustrada, por las distintas escenas que propone el poema: las de las imposibilidades y también las que invierten dichas imposibilidades.

Versos adversativos: cosas que pueden hacerse cuando se escribe y se lee un poema.

Versos adversativos: cosas que pueden hacerse cuando se escribe y se lee un poema.

 

Así hasta llegar al momento interrogativo del poema, que se ilustra sobre un fundido en negro que deja sola a la tortuga en la página en blanco, casi llegando al margen del libro.

La tortuga vuelve a aparecer, en la página siguiente, al pie de la silla donde está sentado el escritor, con lo cual queda claro que es un personaje que hace de puente entre los dos niveles de ficción dentro de la historia narrada de manera gráfica: un puente simbólicamente muy apto para acompañar la idea de un lento proceso de asimilación reflexiva. Una página más allá, la última del libro, nos vuelve a llevar a la calle del inicio. El escritor está en la ventana y parecería que cruza miradas con el niño sobre el que estaba escribiendo un rato antes. El niño, a su vez, esta parado en la calle junto a la tortuga y mira, como interrogando, al escritor.

Escena final de la historia, estampada luego de la página en la que concluye el poema, la arte poética.

Escena final de la historia, estampada luego de la página en la que concluye el poema, la arte poética.

Ese cruce de miradas, así lo pienso, nos habla de una escritura para niños que es, en su intencionalidad poética, el esfuerzo por recuperar el imaginario de la infancia, donde los límites del mundo real (lo que no se hace) pueden saltarse en el fantasioso beneplácito que ofrece la lectura. Recuperar ese imaginario fantasioso bien puede ser la arte poética que rige la escritura. Bien puede ser, también, lo que provoque la lectura de este bellísimo libro que acaba de publicar la Editorial Limonero, en un arranque de su andadura que promete.

En una entrevista que está colgada en internet, Laura Wittner dice:

A veces no escribo durante meses. Una vez fueron años. Sin embargo, cada vez que termino un poema disfruto de esa tremenda sensación fugaz, una especie de déjà vu existencial que podría resumirse en algo así como: “Ah, claro. Esto es lo que yo hago”.

Hacía 6 años que Wittner no publicaba un libro para niños: que alegría nos dio en este blog encontrarnos con este libro nuevo y pensar, “Ah, claro. Esto es lo que ella hace, justamente, lo que no se hace”.

Una grata experiencia: Taller de poesía exprés en en la Biblioteca Joan Triadú de Vic

En el día de ayer, con Stel·la, nos hicimos cargo de un taller exprés de poesía con niños en la Sala infantil y juvenil de la Biblioteca Joan Triadú de Vic (Catalunya).

Afiche con el que la Biblioteca convocó al taller.

Afiche con el que la Biblioteca convocó al taller.

El objetivo de este tipo de talleres no es otro que acercar a niños y niñas a la poesía. Ese acercamiento, que se da en una sesión de una hora, se procesa de manera lúdica. Creemos que el juego es un camino válido para acercar la poesía a los niños, los niños a la poesía, y confirmamos esa creencia cada vez que nos abocamos a practicarla.

La dinámica fue más o menos así.

Con Stel·la, luego de presentarnos, leímos algunos de los poemas que habíamos seleccionado. Fue una lectura breve, de sensibilización, donde transitamos por poemas de Joana Raspall, Gianni Rodari, Laura Devetach, uno de mi libro “La Escuela de Gatos de la Señorita Cara Carmina” y, también, algunos de los poemas del libro “El sol i la pluja”, escritos por escolares de Catalunya.

"El sol i la pluja. Poemes de nens i nenes de 6 a 12 anys", selección de poemas escritos e ilustrados por niños y niñas de Educación Primaria de Catalunya. Editorial Barcanova, 1999.

“El sol i la pluja. Poemes de nens i nenes de 6 a 12 anys”, selección de poemas escritos e ilustrados por niños y niñas de Educación Primaria de Catalunya. Editorial Barcanova, 1999.

Como el taller se realizó en modo bilingüe (catalán por parte de Stel·la, castellano por mi parte), la lectura del poema “El ascensor”, de Rodari, dio pie a conversar sobre la cuestión de las distintas lenguas y los distintos poemas.

EL ASCENSOR

Sé bien que un buen día el viejo ascensor
en el cuarto piso no se detendrá
y que, continuando su veloz carrera,
romperá el tejado y lo atravesará.

Entre chimeneas subirá hasta el cielo,
sobre las nubes, más alto que el viento,
y, antes de volver otra vez a casa,
la vuelta entera dará al firmamento.

Del libro “Retahílas de cielo y tierra” (edición de SM, con ilustraciones de Tomás Hijo,2013), en catalán como “Tirallongues del cel i la terra” (edición de Grup 62, con ilustraciones de Bruno Munari, 2014).

Un poema escrito originalmente en italiano, se pudo leer en catalán y también en castellano. En ese mismo punto, la lectura de uno de los poemas del libro “La hormiga que canta”, de Devetach, dio pie para pensar que en poesía, si nos adentramos en ella, hasta las hormigas pueden enseñarnos su lengua y cantar, contar, un poema.

La lectura de los poemas buscaba sensibilizar y generar un clima para “entrar en estado de poesía”. Eso se logró muy rápido con los participantes. Y entonces pasamos al juego.

Los ingredientes para el juego.

Los ingredientes para el juego.

Fue un juego sencillo, un juego de mesa, donde unos dados de fieltro habilitaban a tomar palabras recortadas de adentro de una caja (donde también había comodines); palabras que, turno por turno, los participantes iban pegando en una hoja de cartulina, donde componían los versos que le pasaban al participante de al lado, cuestión de que este continuara el juego, el poema.

Versos en pleno juego...

Versos en pleno juego…

Lo que al principio amagó con ser un nudo de inhibiciones se rompió enseguida y dio lugar a un clima de juego, entre risas, distendido, con una linda algarabía, donde el afán de participar y colaborar permitió que todos los jugadores se abocaran a ir pegando sus palabras (las que sacaban de la caja o las que escribían cuando les tocaba un comodín) para generar los sonidos y el ritmo, un tanto sincopado, de los poemas que asomaban “poc a poc”.

Lectura de uno de los poemas resultantes del taller. Cierre de lujo.

Lectura de uno de los poemas resultantes del taller. Cierre de lujo.

El taller se cerró con la lectura de los textos resultantes, aplaudidos con ganas por sus compositores. Fue, así, una buena jornada de poesía con niños, en una tarde que, si bien un poco nublada, ya dejaba ver que la primavera se acerca.

La primavera, que iniciará, justamente, en el día universal de la poesía.

 

De la cabeza a los pies: poesía catalana para niños

En materia de literatura infantil, una de las cosas que más me llamó la atención cuando llegué a Catalunya fue la importancia que se le da a la poesía para niños. La vi en librerías. La vi en las escuelas, presente desde la primera infancia. La vi en editoriales (de las “grandes”, de las transnacionales) que no suelen publicar mucha poesía en el resto de España o en América Latina. La vi muy bien publicada: cuidada en el arte de edición, cuidada en las ilustraciones. Y la leí. Y traté de traducirla al castellano como ejercicio para apropiármela, junto con el idioma.

LÁGRIMAS Cuando la llorera tira abajo, por las mejillas hacen atajo.

LÁGRIMAS
Cuando la llorera tira abajo,
por las mejillas hacen atajo.

Ahora, luego de un tiempo de dar vueltas por este país, pienso que tiene su lógica esta especial atención que dan los catalanes a la poesía para niños. Si tenemos en cuenta lo que escribía T. S. Eliot en su ensayo “Sobre la función social de la poesía“, lo entenderemos con más claridad. Decía el poeta y ensayista inglés:

Es mucho más fácil pensar que sentir en un idioma extranjero. Por lo tanto, no hay arte más porfiadamente nacional que la poesía. Es posible despojar a un pueblo de su idioma, suprimírselo, e imponerle otro idioma en las escuelas; pero, a menos que se le enseñe a sentir en un idioma nuevo, el viejo no habrá sido erradicado y reaparecerá en la poesía, que es el vehículo del sentimiento.

Catalunya ha defendido su identidad nacional de manera muy fuerte en torno a la defensa del idioma. La lengua es un asunto político de primer orden en esta tierra, y una fuente de resistencia contra el centralismo castellano. No hay que olvidar que, durante el franquismo, en Catalunya se prohibió el uso del idioma catalán, que se lo persiguió y que se lo desterró de las escuelas. No hay que olvidarlo, y hay que considerar esa circunstancia para percibir, por ahí, hasta qué punto la lengua es un asunto de primer orden en lo que hace a la existencia de la nacionalidad de este pueblo “con historia”.

En esa dirección, ofrecer poesía en catalán a los niños es, además de una defensa de la lengua, una vía de reafirmación nacional. En esa labor, los poetas asumen con gusto, y en el caso de la poesía catalana para niños con buen gusto, su papel primordial, el que, según Elliot, pasa por la preservación y la mejora de la lengua:

Podemos decir que sólo indirectamente el deber del poeta, como poeta, es para con su pueblo; su deber directo es para con su lengua: consiste primero en preservarla, y segundo en extenderla y mejorarla.

La poesía para niños, entonces, como una parte no menor de la poesía, es un ámbito en el que las sociedades conectan con el pasado histórico y con la continuidad a futuro de la cultura propia, porque es, también, una puerta de acceso a la lectura de la más elevada poesía de un pueblo. Siendo así, la poesía para niños es el umbral de una lengua y una historia que se quiere viva. Y sigo con Eliot:

La mayoría de las personas educadas se enorgullecen en cierta medida de los grandes autores de su lengua, aunque tal vez no los lean nunca, del mismo modo que se enorgullecen de cualquier otra distinción de su país: algunos autores se vuelven incluso lo bastante célebres como para ser nombrados de vez en cuando en los discursos políticos. Pero la mayoría de las personas no comprenden que con eso no alcanza; que, a menos que sigan produciendo grandes autores, su lengua se deteriorará, se deteriora su cultura y acaso acabe absorbida por otra más fuerte. (…) Una cuestión, por supuesto, es que si carecemos de literatura viva nos volveremos cada vez más ajenos a la literatura del pasado; a menos que mantengamos la continuidad, nuestra literatura pasada se nos volverá más y más remota hasta que nos resulte tan extraña como la de un pueblo extranjero. (…) Hasta cierto punto la poesía puede preservar, e incluso restituir, la belleza de una lengua; también puede ayudarle a desarrollarse, a ser tan sutil y precisa, en las condiciones más complicadas y para los cambiantes propósitos de la vida moderna, como lo fuera en y para una época más simple.

Leía, días atrás, a una periodista que escribía en un diario una nota sobre la actualidad de la poesía infantil catalana y explicaba que cuando ella fue a la escuela no encontró poesía, y que la que encontró no le causó ninguna impresión. Luego, cuando sus hijos comenzaron a ir a la escuela, la abundancia de poesía que llevaban a la casa, en los diferentes cursos, a partir de los 3 años, la hizo leer y reconciliarse con la poesía, que ahora busca por su cuenta más allá de los libros de poesía para niños. Así, la difusión de la poesía en la escuela trasciende al ámbito de la infancia. Los países que no hacen de la lengua una bandera, deberían, de todos modos, tomar nota sobre este tipo de experiencias, y sobre la función social que tiene, siempre, en todo lugar, la poesía.

PIES Si caminan, es corriente que transporten a la gente.

PIES
Si caminan,
es corriente
que transporten
a la gente.

Con esta perspectiva sobre Catalunya y sobre la poesía, uno puede entender mejor la realidad de una escritora de poesía para niños que en el lapso de 13 años publicó, en Catalunya, 35 libros de poesía. Me refiero a Lola Casas. Su poesía tiene una presencia notable en todos los lugares donde se promueve la LIJ catalana: bibliotecas, escuelas, librerías especializadas. Presencia notable y muy merecida, según me dicen, y según he podido contrastar en la lectura de cuatro de esos títulos.

El último libro de poesía que publicó, del cual fui mostrando algunas páginas más arriba, lleva por título “De cap a peus: Poemes del cos humá” (De la cabeza a los pies: Poemas del cuerpo humano). Fue editado por Edelvives de Catalunya (Baula, aquí). Y lleva unas ilustraciones muy a tono con el desenfado de la escritura, ilustraciones que lucen ese humor característico del ilustrador argentino, Gustavo Roldán Devetach (radicado hace años en Barcelona), dibujos que se ubican a medio camino entre el cómic y la caricatura, con una fuerte expresividad (muy “porteña”, muy “anglosajona”, aunque esa genalogía resulte paradójica), que tan atractiva y de tanto agrado resulta para los niños, ya por la gracia del trazo, ya por la comicidad de las escenas muy bien narradas gráficamente.

"De cap a peus: Poemes del cos humá". Lola Casas. Ilustraciones de Gustavo Roldán Devetach. Ed. Baula, Barcelona, Catalunya, 2014.

“De cap a peus: Poemes del cos humá”. Lola Casas. Ilustraciones de Gustavo Roldán Devetach. Ed. Baula, Barcelona, Catalunya, 2014.

Para muestra, dicen que un botón alcanza. No es del todo cierto. Esta nota es un acercamiento de mi parte a la poesía catalana para niños. Seguiré repasando la obra de otros poetas de Catalunya para dar cuenta de otras voces y otras perspectivas sobre la poesía para niños que aquí se escribe y se publica.

Las traducciones de los poemas que puse al pie de las imágenes del libro son de mi cosecha, y quisiera que se las lea como un ejercicio, o como un juego con el que apenas pretendo acercarme mejor a la lengua catalana, porque, como dice el mismo Eliot: “en la poesía uno puede entrar de vez en cuando en otro país, por así decir, antes de tener el pasaporte y el billete”.

Y cierro la nota con este poema del libro que, además de su gracia, muestra que por aquí las escuelas no tienen tantos prejuicios como por otras tierras de habla hispanoamericana, al menos en lo que refiere a nombrar lo más íntimo del cuerpo humano.

PENE Y VULVA Por tenerlos protegidos, el cuerpo los ha ubicado en un lugar muy discreto, calentito y abrigado.

PENE Y VULVA
Por tenerlos protegidos,
el cuerpo los ha ubicado
en un lugar muy discreto,
calentito y abrigado.

 

 

¿Puede la poesía curar a los peces?

Con el título de “Ut pintura”, José Ángel Valente escribe en su libro “Material memoria” (1979), lo que sería una poética que, a la vez de intentar definir a la poesía en general, define el modo muy especial en que este poeta español concibió su propia obra:

Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio. Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como materia natural. Poética: arte de la composición del silencio. Un poema no existe si no se oye, antes que la palabra, su silencio.

Definir la poesía ha sido, para los poetas, un esfuerzo del orden del que hizo el Barón de Münchhausen cuando se estaba ahogando en el fondo del mar: él se tomó de los cabellos y tiró hacia arriba, con lo cual logró ascender a la superficie para salvarse. Claro que no todos los poetas han tenido la suerte del Barón. Los intentos poéticos por definir a la poesía, acumulando tentativas más o menos milagrosas, más o menos enriquecedoras de la definición de poesía, no dejaron de sucederse. Que se acuda al silencio a la hora de intentar una nueva definición de qué es la poesía, entonces, no debería llamar la atención. Y sin embargo, para mí, en el caso que voy a comentar, lo hace.

El libro del que hablaré ahora tiene mucho que ver con lo anterior. Me refiero a “Un poema para curar a los peces”, escrito por Jean-Pierre Simeon e ilustrado por Olivier Tallec (traducido al castellano por Esther Rubio para la editorial Kókinos, que lo publicó en el año 2006).

UN POEMA PARA CURAR A LOS PECES, de Jean-Pierre Simeon, ilustrado por Olivier Tallec. Editorial Kókinos, 2006.

UN POEMA PARA CURAR A LOS PECES, de Jean-Pierre Simeon, ilustrado por Olivier Tallec. Editorial Kókinos, 2006.

En una primera lectura nos encontramos con un cuento sencillo. Adrián tiene un pez que se llama León. Un buen día, el niño descubre que su pez se está muriendo. Y comienza a buscar ayuda para salvarlo.

–¡Mamá, mi pez se muere! ¡Corre!, se muere de aburrimiento, mi querido León.
La Mamá miró a Adrián, cerró los ojos, volvió a abrirlos… Sonrió:
–¡Tienes que darle un poema inmediatamente! Y se marchó a su clase de trombón.
–¿¡Un-po-e-ma!? Pero ¿qué es un poema?

En este punto, la búsqueda del remedio para el pez pasa a ser la búsqueda de una respuesta a esta última pregunta. El niño buscará dos cosas a la vez: el poema que pueda curar a su pez, y la respuesta a esa pregunta.

En esa búsqueda interrogará a varios objetos inanimados: a los fideos que están en el armario de la cocina; a la fregona que está en el armario de las escobas; al polvo que se amontona debajo de la cama de los padres. También interrogará a distintos personajes: a Lolo, el vendedor de bicicletas; a la señora Tortel, la panadera; al viejo Mahmud, que vino del desierto; a la abuela, que pasea con su perro; y al abuelo, que a veces escribe poemas.

¿Es eso? Ah, vale.

¿Es eso? Ah, vale.

Si los objetos inanimados lo desalientan respecto de encontrar un poema entre ellos, las distintas personas a las que pregunta, a cuál más extravagante, le van diciendo cosas muy distintas. El niño, que escucha con atención las respuestas, todas ellas con altas pretensiones poéticas, asiente a cada una con un sencillo “¡Ah, vale!”, pero se queda con la sensación de que nadie logra darle una respuesta acertada a la pregunta sobre qué es un poema: “¡Ni los poetas lo saben!”, comenta, ya al final de su recorrido.

Así, un tanto decepcionado, llega hasta donde está el pez y le dice (o más bien, le recita) lo que sería un resumen de las distintas respuestas que fue recibiendo:

Un poema
es como llevar el cielo en la boca.
Es como el pan recién hecho,
el gusto que queda en la boca
después de comerlo.

Un poema
es escuchar el latido
del corazón de las piedras
Es cuando las palabras quieren volar.
Es un canto desde la prisión.

Un poema
pone las palabras del revés
y ¡ale hop! el mundo es nuevo.

El pez revive al escucharlo. Abre los ojos y habla con el niño por primera vez en su vida. Lo que dice el pez se aproxima mucho a lo que intentó José Ángel Valente en su poética del silencio, y también a lo que intentó el Barón de Münchhausen, cuando estaba a punto de morir ahogado: poesía, sin dudas.

"Lo siento mi querido León, no te he encontrado ningún poema".

“Lo siento mi querido León, no te he encontrado ningún poema”.

El libro, que es una excelente obra para acercarse con los niños a la reflexión sobre qué es y qué no es el poema y la poesía, está ilustrado de forma sencillamente poética, con un trazo dubitativo, a la vez que jugado a la desproporción y al absurdo, lo cual refuerza al texto y lo realza bellamente. Un disfrute pare leer, mirar y pensar.