La Biblioteca de Agus y los monstruos: apuntes para un canon LIJero

En estos días estuve escribiendo una nota sobre la serie de “Agus y los monstruos”, de Jaume Copons y Liliana Fortuny, para la revista Fuera de Margen, que será publicada en breve. Allí hablo de sus virtudes literarias y gráficas de esta obra. Pero ahora, quería anotar aquí lo que a esta altura entiendo que es un posible y muy peculiar canon de la LIJ, en torno del cual se construyen muchos aspectos de la trama novelística de esta serie.

Anoto los títulos de acuerdo con el orden de aparición en los distintos números de la serie. Algunos de estos libros son leídos por Agus y los monstruos, otros apenas son citados. Aquí van:

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Tomo I. ¡Llega el Sr. Flat!

1) La isla del tesoro, de R. L. Stevenson

2) Peter Pan, de James Barrie

3) Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain

4) El viento en los sauces, de Kenneth Grahame (con ilustraciones de Ernest Howard Shepard)

5) El barón de Munchausen, de G. A. Bürger

6) 20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne

 

salvemos-el-nautilusTomo II. “¡Salvemos el Nautilus!”

7) Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll

8) El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger

9) Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl

10) La Odisea y La Ilíada, de Homero

11) Asterix, el galo, de R. Goscinny y A. Uderzo

 

Tomo III: “La canción del parque”la-cancion-del-parque

12) Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand

13) Enrique V, de Shakespeare

14) Asesinato en Mesopotamia, de Agatha Christie

15) El libro de la selva, de Rudyard Kipling

16) Tarzán, el rey de los monos, de Edgar Rice Burroughs

 

la-guerra-del-bosqueTomo IV: “La guerra del bosque”

17) Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak

18) El principito, de Aintoine de Saint-Exupéry

19) Max y Moritz, de Wilhelm Busch

20) Toma el dinero y corre, de Woody Allen (está citado como un libro, pero no pude encontrar ninguna referencia bibliográfica).

21) El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien

22) Poemas Dadaistas, de Tristan Tzara

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Tomo V: La leyenda del mar

23) Tifón, de Joseph Conrad

24) El viejo y el mar, de Ernst Hemingway

25) Robinson Crusoe, de Daniel Defoe

26) Pinocho, de Carlo Collodi

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Tomo VI: De libro en libro

27) La historia de Ferdinando, de Munro Leaf y Robert Lawson

28) Las meditaciones, de Marco Aurelio

29) Caperucita roja, de los Hermanos Grimm

30) Pipi Calzaslargas, de Astrid Lindgren

 

Tomo VII: La carta más altaagus-7

31) Superman (cómic del sello Marvel, de 1974)

32) Marcelín, de Sempé

33) Pedro Melenas

34) Cuentos de H. C. Andersen: El patito feo, El soldadito de plomo

35) Ulises, de James Joyce

36) Harpo habla, de Harpo Marx

 

Ustedes podrán decir que hay títulos que no parecen propios de un canon de LIJ. Y estará bien dicho. Por lo pronto, hay que considerar dos cosas. En el volumen 2 de la serie, el Sr. Flat, el monstruo, le recomienda a Agus el libro de Salinger, “El guardián entre el centeno”, pero le dice que lo habrá de leer, sí o sí, cuando sea un poco más grande. Algo similar ocurre en el volumen 7 de la serie, cuando Emma, la bibliotecaria de la escuela, está leyendo el Ulises, de James Joyce, y entonces le dice a Agus que ella se lo está pasando muy bien con la lectura, pero que puede ser que sea un poco pesada para él a su edad, pero que cuando sea grande no se la debe perder.

Claro que esto de las edades de los libros, que las hay las hay, es puesto en cuestión por el propio Sr. Flat, que en el volumen tres, cuando se aprestan a leer “Cyrano de Bergerac”, se contradice, pues, con el consejo que antes le daba a Agus. En ese momento, Agus le pregunta al Sr. Flat si ese libro es para niños, a lo que el Sr. Flat, muy contundente, responde: “Agus, que se sepa, los libros son para el que los quiere leer”.

Y en definitiva, eso ha de valer para esta lista de libros, “porque si no, qué”, diría Jaume Copons, y yo asentiría.

 

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Una historia de amor de alto vuelo: “El día en que me convertí en pájaro”, de Ingrid Chabbert y Guridi

Las guardas del principio y del final son un papel estampado de flores. En la del inicio hay un recorte: es la silueta de un pájaro. La del final sería igual, salvo por que hay dos siluetas recortadas, dos pájaros. Entre guardas y guardas sucede una historia que justifica ese cambio entre el antes y el después, una de las historias de amor infantil más bellamente contadas. Se titula “El día en que me convertí en pájaro”, la escribe Ingrid Chabbert, la ilustra Guridi, la publica la editorial Tres Tigres Tristes.

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Guarda delantera: la silueta de un pájaro solitario.

La historia comienza con una confesión: “El día que comenzó la escuela, me enamoré”. Es una línea escrita en la parte superior de la primera página par. Debajo de esa línea hay un dibujo trazado en dos dimensiones: un círculo traza la base en perspectiva horizontal, mientras que en la perspectiva vertical, se levanta un arco.

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Unos trazos apenas, casi un boceto, casi un patrón de modelado.

Tenemos que esperar hasta la página siguiente para leer una segunda línea que continúa la confesión anterior: “Era la primera vez”, dice el enamorado. Y debajo de esa línea, descubrir que el dibujo anterior comienza a perfilarse como el andamiaje de la cabeza de un pájaro. ¿Que cómo lo sabemos? Porque el bosquejo coincide con la ilustración de portada.

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Portada del libro “El día en que me convertí en pájaro”, de Ingrid Chabbert y Guridi.

En las cuatro siguientes páginas, el relator sigue confesando cómo se enamoró de Candela, una compañera de clase. Dice que al llegar a su casa hizo muchos dibujos de ella. Dice que mientras él la ve a ella, ella no la ve a él. La ilustración, mientras tanto, parece ir por otro lado, pues lo que relata, o mejor dicho, lo que traza en bocetos, como en un patrón de modelado, es la construcción de la cabeza de un pájaro, así, al modo de un cabezudo para un desfile de disfraces. Esto lo sabemos recién en la sexta página ilustrada, donde descubrimos a un niño que se está poniendo la cabeza del pájaro sobre sus hombros (ilustración que coincide con la de la portada del libro). Todo está dibujado en un riguroso trazado de carbonilla negra sobre el fondo crema del papel, con apenas algunos trazos o rellenos de blanco.

De inmediato, la secuencia de páginas pares e impares se interrumpe y aparece una doble página. En el centro de la doble página hay dibujada una niña que extiende su mano para darle apoyo al vuelo de un pájaro.

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“Candela es una apasionada de los pájaros”.

La niña, dibujada también en carbonilla y al modo de la secuencia precedente, está rodeada de dibujos de pájaros fuera de escala. Dibujos que parecen recortados de alguna enciclopedia decimonónica. También, allí, entreveradas con los recortes, se adivinan dos siluetas de pájaros: las mismas que aparecen en las guardas. El texto de esa doble página nos dice que “Candela es una apasionada de los pájaros”. El relato sigue siendo el del narrador de las primeras páginas. Pero a partir de aquí, relato e ilustración coinciden. Comienzan a “hablar” de lo mismo.

En las siguientes páginas, el narrador nos hablará de esa pasión de Candela por los pájaros y la hará contrastar con la pasión de él con Candela. El texto y la ilustración se refuerzan. Narran lo mismo. Narran la divergencia entre el interés de Candela y el interés del confieso enamorado, que además de fijar su atención en Candela, comienza a fijarla en los pájaros. Así, hasta que decide convertirse en uno.

El narrador se disfraza de pájaro. Y la historia, por arte de su exageración romántica, se convierte en una comedia de humor. Porque para el niño no es fácil continuar su vida cargando semejante disfraz de pájaro. No es fácil estar con sus amigos en el salón de clase, jugar al fútbol, trepara a un árbol, mojarse con la lluvia… Y es que nunca es fácil cargar con los disfraces tenaces de la seducción.

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Las dificultades de llevar un disfraz.

El desenlace sucede cuando finalmente, Candela y el niño pájaro se enfrentan y se miran. “Nuestras miradas se cruzan, por fin”. Dice el relato. Y entonces, el cuento remonta vuelo en un desenlace muy apropiado para una historia de amor, para una historia de pájaros, para una historia de alto vuelo.

Lo maravilloso de este libro es cómo alterna las diferentes modalidades de articulación entre texto e ilustración: a veces coincidentes, a veces divergentes; a veces el texto anticipando a la ilustración, a veces la ilustración anticipando al texto; a veces dobles páginas sin texto, a veces páginas con texto y sin ilustración. Y todo ello con una estricta economía de recursos gráficos y textuales, con lo cual hace que toda la historia se perfile como un proceso de modelaje, un proyecto que parece estar trazando los planes de una conversión: la de un niño en pájaro, la de una imposibilidad en una posibilidad, la de la indiferencia en el amor.

No hay nada más parecido a un pájaro que un libro. Las tapas y las páginas, una vez a medio abrir, pueden simular las alas que se despliegan para volar. Así y todo, que un libro vuele no depende tanto de la mecánica del objeto como de la forma en que narra una historia, y de cómo nos ilusiona con ello. “El día que me convertí en pájaro” logra levantar vuelo e ilusionarnos: como un libro, como un pájaro, como una bella historia de amor.

 

 

 

 

 

“Alma y la isla”, o de cómo escribir una novela entre demonios y amuletos mágicos

Llegó de la mano de mi padre. Era muy negra. Solo se le veían los ojos blancos y asustados y los bucles cayéndole por las mejillas.

Para llegar hasta aquí había hecho un viaje muy largo. Yo lo sabía. Pero a mí solo me parecía un demonio.

Quien narra es Otto. Un niño de 10 años que habita en una isla del Mar Mediterráneo, a medio camino entre la costa de Túnez y la península italiana. Y esa es la primera impresión que le causa Alma, una niña de Etiopía, que acaba de ser salvada de un naufragio por el padre de Otto, pescador de la isla, quien la llevó a vivir a su casa, pues estaba sola y perdida.

Es la primera impresión de Otto, sí, y también es la primera impresión que nos causará la lectura de esta novela: “Alma y la isla“, escrita por Mónica Rodríguez e ilustrada por Ester García. Una novela que comienza sin concesiones y termina igual, 43 capítulos y 117 páginas después.

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“Alma y la isla”, de Mónica Rodríguez, ilustrada por Ester García, Editorial Anaya, 2016. XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil.

Los primeros capítulos nos hablan de una isla que se ve enfrentada al drama de la inmigración ilegal: la llegada de los ahogados.

El mar dejó de ser azul.

No fue fácil acostumbrase a ver los cuerpos meciéndose entre las olas. O las filas de muchachos, de mujeres, de hombres empapados, tiritando bajo las mantas que les entregaban los de salvamento.

Habla de cómo los habitantes de la isla se acostumbran a convivir con ese desastre, marcando una cierta distancia: una distancia y un acostumbramiento que se rompe para Otto cuando su padre decide llevar a Alma a su casa.

Los siguientes capítulos hablan del conflicto emocional al que se enfrenta Otto cuando intenta dejar de ver a la niña como un demonio que llegó a complicarle la vida, a ocupar su espacio vital, a exponerlo frente a sus amigos y amigas, a convertirlo en objeto de burla de sus hermanos, a retratarlo frente a su madre y su padre como si él fuera un niño caprichoso y egoísta.

Cuando las cosas se ponen difíciles en la convivencia diaria, rondando la mitad de la novela, Otto acude a un amuleto que le había dado otro inmigrante. Un amuleto mágico, que le permitirá entender a la niña, conocer su historia, reconocerla en su humanidad desvalida, acercarse a ella, ver su dolor y su sonrisa, aceptar sus agradecimientos. Comunicarse. Acompañarla. Entender a la niña y entenderse a sí mismo, sus conflictos, sus temores, sus propias carencias afectivas. Entender a la niña, entenderse a sí mismo y permitir a los lectores acercarse a la historia de Alma, previo al naufragio que la arrastró hasta la isla.

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El amuleto, objeto de mediación entre Otto y Alma. Ilustración interior a media página de Ester García.

Todo el proceso que lleva a Otto desde la impresión demoníaca del inicio hasta un acercamiento entrañable con la niña está escrito con sumo cuidado. Cuidado en el respeto por el conflicto interior del personaje infantil. Cuidado en la maestría que despliega la autora a la hora de iluminar con una concisión rotunda y de un modo entrañable, conmovedor y poético, todo lo que a poco de andar en la novela deja de ser un “tema difícil” y se convierte en una historia, un relato dramático y hermoso, que sucede adentro del lector: un lector que irá hasta el final y llegará conmovido hasta la médula.

Cualquiera podría pensar que, en la vida real, los amuletos mediadores no existen, y que la solución mágica puede ser un atajo para la resolución de conflictos en esta ficción. Pero la escritora parece estar más que avisada al respecto. Por ello, en una de las escenas más conmovedoras de la novela, ya cerca del desenlace, cuando Otto y Alma deciden compartir dos mitades del amuleto mencionado, se produce un diálogo que es iluminador. Otto pregunta a Alma:

—¿Cómo puede ser? —pregunté tocándome el amuleto—. Lo de la magia, ¿cómo puede ser?

Ella se encogió de hombros.

—No magia aquí —dijo señalando su trozo de amuleto—. Magia aquí. —Y puso su dedo en mi corazón—. Y aquí. —Lo llevó ahora hasta mi sien y lo apoyó con suavidad. Sonrió—. Amuleto solo ayuda.

A esa altura, el lector no puede más que dejarse tocar por ese dedo y sentirlo como un roce que pide, que exige casi, acciones verdaderas. Y a tal punto, la autora sabe que no hay soluciones mágicas, que deja un final abierto en la historia. No es un final feliz, no. Nos ahorra esa falsa ilusión. Pero tampoco es un final que paralice. La mesura de la escritora, y su cuidado, llegan hasta el apéndice final.

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Alma, vista por Ester García. Color y juego de detalles poéticos: el barco navegando el pelo azabache de la niña en la dirección de un destino incierto pero mejor; la gacela que escapa del vestido como si quisiera regresar a un estado natural perdido; un sol rojo e intenso en el lugar del corazón.

Una mención aparte merece el trabajo de ilustración de Ester García para esta novela, tan a tono con la escritura en lo que hace a concisión descriptiva y a vuelo poético. Son ilustraciones que en sus detalles subrayan los aspectos mágicos y más sensibles de la trama, y que con su trabajado colorido generan un contraste frente a la oscuridad del asunto, al punto de que parecen querer recordarnos la necesidad de echar luz o la necesidad de ese roce sensible con que los niños pueden indicarnos dónde está el corazón y dónde la cabeza a la hora de entender los dramas de esta vida o de lidiar con los demonios, propios y ajenos.

La novela obtuvo el XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil; seguramente, de un modo más que merecido.