«El hilo», de Eduardo Abel Gimenez y Claudia Degliuomini

Es un «libro para leer mirando».

Lo anterior podría ser un eslogan o un consejo preventivo y preparatorio para abordar este libro. De hecho lo es, porque así termina la presentación que hace de sí la colección de los libros-álbum de Ediciones del Eclipse, donde fue publicado «El hilo».

El hilo, libro álbum de Eduardo Abel Gimenez y Claudia Degliuomini.

«El hilo», libro álbum de Eduardo Abel Gimenez y Claudia Degliuomini. Ediciones del Eclipse (Argentina, 2010).

Del mismo modo, podría decirse que es un «libro para mirar leyendo».

Los textos son de Eduardo Abel Gimenez. Las ilustraciones y el diseño de arte son de Claudia Degliuomini.

Se trata de un libro que combina cuentos hiperbreves, poemas con efecto final, efecto final de poemas y textos que podrían caer dentro de lo aforístico: esas cosas mágicas que inventa Eduardo Abel Gimenez.

Algo como esto:

Estos pájaros migran hacia el oeste huyendo de la noche.

Pero esa es la parte textual. La otra parte, la plástica, la ilustrativa, no pudo menos que «contagiarse» del texto y soltó amarras: por allí va el hilo de los dibujos hilando todo el libro, hasta el final, en un muy bello trabajo de Claudia Degliuomini.

Algo como esto:

el hilo de Gimenez y Degliuomini

Un interior a doble página de «El hilo».

En fin, que no son dos partes sino una unidad, y que quedó muy bien atada: para leer al hilo de las imágenes; para mirar al hilo de los textos.

(Creo que mejor que decir «muy bien atado», debería haber dicho que este libro quedó muy bien bordado).

Datos en la contratapa del libro.

Algunos datos más en la contratapa del libro.

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W. H. Auden y una biblioteca mínima para educación primaria

Por estos días se hizo público el resultado de un trabajo, el primero, llevado adelante por el ProLEE (Programa de Lectura y Escritura en Español), un equipo técnico dependiente del Consejo Directivo Central de la Enseñanza Pública de Uruguay, cuyos objetivos son fomentar y promover la lectura y la escritura en las escuelas públicas. El trabajo consistió en la elaboración de un libro donde se presenta lo que sería una “Biblioteca mínima para educación inicial y primaria“. Esta publicación recomienda 90 libros de literatura infantil, repartidos entre obras de autores nacionales (46) y obras de autores de otros países (44).

Biblioteca mínima para educación inicial y primaria

La Biblioteca Mínima para Educación Inicial y Primaria sugerida por el ProLEE

En lo personal, fue muy grato encontrar dos de mis libros entre los recomendados: Ver llover y Tamanduá Killer. Un poco por vanidad, claro, y otro poco porque me alegra pensar que la guía pueda ayudar para acercar mis libros y los otros 88 a nuevos lectores.

Luego que pasó esa alegría, y cuando llegó el momento de ponerse crítico respecto del trabajo, me puse a pensar en lo difícil que es hacer una selección así. Y pensé que siempre va a suceder, más allá de los criterios dispuestos para la selección, que habrá gente que quede descontenta y que presente reparos más o menos fundamentados, sea sobre los criterios de selección o sobre las obras elegidas. Y es que siempre sucede eso con las selecciones, antologías, muestras, licitaciones, etcétera, donde entran en juego muchos criterios y muy diversos a la hora de elegir un libro y descartar otro.

Pero no voy a entrar a discutir aquí ni los criterios (argumentados en la publicación) ni la selección (debidamente presentada por géneros de obras, autores, y con una breve nota de reseña). Ya habrá tiempo y lugares más apropiados para esa discusión, porque tengo entendido que el ProLEE abrirá una instancia de intercambio sobre este asunto, lo cual me parece una muy buena iniciativa.

Así y todo, de momento, quiero reflexionar sobre un tema que se ha discutido en torno a la primacía de criterios literarios (estéticos) o la de criterios formativos (pedagógicos) cuando se hacen recomendaciones de lecturas en las aulas. En realidad, no voy a plantear un asunto de principios, sino dejar aquí una cita, una perspectiva, que pienso que hay que tener presente a la hora de discutir estos asuntos.

Quiero reflexionar, decía, y eso intento.

Transcribo, entonces, una cita del poeta inglés W. H. Auden donde hace referencia a la evolución de un lector (y de sus motivaciones e inclinaciones lectoras) a lo largo de su vida. Dice el poeta:

La lectura del niño se guía por el placer, pero su placer es indiferenciado; no puede distinguir, por ejemplo, entre el placer estético y los placeres del aprendizaje o la ensoñación. En la adolescencia comprendemos que hay diferentes clases de placeres, algunos de los cuales no pueden disfrutarse simultáneamente, pero para diferenciarlos todavía necesitamos ayuda. Se trate de comida o literatura, el adolescente busca un mentor cuya autoridad sea convincente. Come o lee lo que su mentor le recomienda y, esto es inevitable, hay momentos en los que se ve obligado a engañarse un poco; tiene que exagerar su afición a las aceitunas o a La Guerra y la Paz. Entre los veinte y los cuarenta años estamos comprometidos en el proceso de descubrir quiénes somos, lo cual implica aprender las diferencias que existen entre las limitaciones accidentales que debemos superar, y las limitaciones inherentes a nuestra naturaleza, que no podemos dejar atrás impunemente. Son pocos los que logran aprender esto sin cometer errores, sin tratar de ser más universales de lo que pueden. (…) Cuando entre los veinte y los cuarenta años alguien se refiere a una obra de arte diciendo “Sé lo que me gusta”, en realidad quiere decir: “No tengo un gusto formado, pero acepto el de mi ambiente cultural”, porque entre las edades mencionadas la señal más evidente de que una persona tiene gusto propio es su inseguridad. Después de los cuarenta, si no hemos perdido del todo nuestra individualidad, el placer puede volver a ser lo que era en nuestra infancia, la guía adecuada de nuestras lecturas.

(W. H. Auden, “Leer”, en el libro “La mano del teñidor. Ensayos sobre cultura, poesía, teatro, música y ópera”, de 1948, editado por Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 1999. Páginas 15-16.)

Piense el lector (sea como lector de este blog o como lector de literatura) hasta qué punto es posible diferenciar, a la hora de fijar criterios para montar una biblioteca mínima (la de la escuela o la de toda una vida), entre cuestiones meramente estéticas o meramente formativas. Yo no sabría cómo hacerlo.

Tarzán y yo

Seguro que mis lecturas de infancia no me convertían en eso que suele llamarse un “lector voraz”. En todo caso leía lo suficiente y con ganas, y lo hacía a dos ritmos: el ritmo de la escuela, durante el período lectivo, y el ritmo del verano, durante la época de vacaciones. Entre salir a jugar o leer, yo prefería jugar. Entre participar de una conversación o leer, yo prefería conversar. Pero leía, sí, y lo hacía con gusto, en cualquiera de los dos ritmos que se me imponían.

En el período lectivo, mis lecturas eran las dadas en clase. Leía lo que tocara. Y como en mi casa siempre hubo biblioteca, acompañaba esas lecturas con “materiales complementarios”: revistas de divulgación, textos enciclopédicos de historia, de geografía, de ciencias. Seguro que también se colaron por entonces cancioneros, libros de poesía y algún libro infantil, de los pocos que se editaban en aquella época. Ese ritmo de lectura me disciplinó como lector. Una disciplina que acepté y asumí de manera más voraz en mi adolescencia y juventud.

Las lecturas del verano, en cambio, eran otras. Era el tiempo de las novelas: Salgari, Kipling, Dumas, Dickens, Cooper, Stevenson, Twain… Y el de las historietas, que sólo eran admitidas en esos días tórridos, a la sombra de la siesta.

Lectura de verano

El Bosque, enero de 1974.

Con mi familia veraneábamos en El bosque, que por aquella época era un balneario en el kilómetro 22 de la Ruta Interbalnearia y que hoy día es parte de una nueva ciudad del Uruguay: Ciudad de la Costa, ciudad dormitorio, en los suburbios de Montevideo. El balneario ya no existe; lo fagocitó el desarrollo urbano de mi ciudad.

Y la separación de lecturas era tan tajante que en esa casa de El bosque había una biblioteca especial, donde había muchos volúmenes de la colección Robin Hood, aquellos de tapas amarillas, y unas cuantas revistas de historietas.

Pero Tarzán era otra cosa. Tarzán interrumpía los dos ritmos de lectura, los atravesaba, los solapaba. Los domingos, en el diario El Día, en su suplemento sepia, el familiar, la última página era toda de Tarzán. Y uno esperaba ese día para abalanzarse sobre esa página. Y después estaba el cine Roy, a unas cuadras de casa, donde rigurosamente inauguraban la matiné del domingo con una película de Tarzán. Debo de haberlas visto todas.

Tarzán

La contratapa del suplemento sepia del extino diario El Día, Uruguay.

Hace poco tiempo alguien me hablaba de la novela de Tarzán, la de Edgar Rice Burroughs, posterior a las primeras historietas. Creo haberla leído, pero no estoy seguro de ello. Tampoco me preocupa no haberla leído, porque Tarzán, para mí, más allá de novelas e historietas, tiene la presencia de un compañero de aventuras desde siempre.

Si otros atravesaban espejos para entrar en las fantasías del lector, para encontrar sus fantasmas de lector; si otros se encerraban en armarios para leer tranquilos: yo en cambio prefería ponerme el taparrabos e ir a la selva, lanzarme en lianas colgadas de los árboles, pelear a cuchillo contra la naturaleza, saltar las dunas y correr al río, que en ese balneario era ancho como un mar. En esas aventuras, yo hacía una experiencia de la lectura a la par de hacer una lectura de mi experiencia, la de la infancia.

Luego supe, con Baudelaire, que había otra selva. Luego supe, con Mallarmé, que había otras tribus y que usaban palabras que Tarzán jamás hubiera podido pronunciar. Luego supe, con Borges, que había otros cuchillos. Luego supe, con Saer, que había otros ríos. Y con Marx supe que había otros enemigos. Pero una y otra vez, Tarzán vuelve y me recuerda cómo jugábamos en la infancia, cómo corríamos, cómo nadábamos, cómo leíamos. Ese fantasma no me deja. Su llamado de la selva, a menudo, me reclama. Entonces vuelvo a tomar un libro, y leo.

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Nota: Este texto fue escrito especialmente para el blog Los niños del Japón. Poéticas de la infancia, que lleva adelante la escritora argentina Alejandra Correa.