Severo en reversa: “Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva

Dentro de lo que se hace hoy día en materia de poesía para niños hay una línea que siempre me pone a la defensiva: es esa línea de poesía tradicional, popular, más atenta a las formas que a los contenidos, donde la rima parece tan obligatoria como el verso de arte menor. Cuando me encuentro a primera vista con libros de poemas para niños que se apuntan en esa línea, en mi interior se encienden alarmas. Comienzo a leer esperando aburrirme al tercer o cuarto poema del libro. Sigo leyendo esperando llegar a ese límite en que la ñoñería o un exceso de vocación moralista y didáctico me cierra el paso, me deja afuera del poemario, me expulsa. Y es que a menudo, por detrás de esas formas, aparecen temáticas que resultan “infantilizadas” por fuerza de visiones distorsionadas y adultocéntricas más que por una clara atención a la realidad de la infancia a la que se enderezan los poemas. Ante esos libros, mi lectura siempre comienza en el prejuicio. Y el prejuicio es como un erizamiento previo al rechazo.

Sé que son prejuicios, porque a decir verdad, escritos en esa línea de poesía para niños, he tenido la suerte de encontrar grandes libros, creados por versificadores que hacen de cada sonido, cada sílaba, cada palabra, cada verso, cada estrofa y cada poema un despliegue majestuoso de esa creatividad literaria y poética que eleva al lenguaje a niveles superiores de imaginación y sensibilidad. Versificadores de una destreza y de una calidad encomiable y envidiable. Pienso en poetas como María Elena Walsh, Cristina Ramos, Mercedes Calvo, Eugenio Montejo (Eduardo Polo), Cecilia Pisos, María García Esperón, Beatriz Osés, Pedro Mañas… por nombrar algunos de los que me vienen de primera a la cabeza.

Ahora bien, también me sucede a menudo que mi prejuicio se confirma, y al tercer o cuarto poema del libro, abandono la lectura. No crean que me regocijo en eso: en confirmar prejuicios. Por el contrario, me regocijo cada vez que, al encontrar un libro de poesía escrito en esa línea, aparentemente tradicional y formalista, mi prejuicio queda desmentido. Y eso es exactamente lo que me sucedió ayer al encontrarme, de manera inesperada, con el libro “Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva, publicado por Inventa Editores (octubre de 2016, en España).

Sabía que este escritor había publicado otros libros de poesía, pero por a o por b, nunca había llegado a ellos. Cuando comencé a ojear los poemas de este libro, se encendieron las alarmas del prejuicio, pero al segundo poema que leí ya se habían apagado, y al cuarto poema leído no dejaba de maravillarme por lo que estaba encontrando. Al cerrar el libro, luego de un par de lecturas, estaba convencido de que ya podía ir agregando el nombre de Enrique Cordero Seva en esa lista de versificadores encomiables y envidiables, de la que hablo un párrafo más arriba.

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“Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva. Ilustraciones de Malagón. Inventa Editores, Guadalajara, España, 2016.

Enrique Cordero hace aquí un trabajo con el lenguaje que es, en su elevada apuesta por el juego lingüístico, una delicia. Cada poema nos regala un cuidado ejercicio de versificación. En el libro, que contiene veinticuatro poemas, los hay de arte menor y de arte mayor. Hay sonetos. Hay coplas. Hay una galería de formas estróficas que recogen lo mejor de la tradición poética hispánica, pero en cada caso se nota la tensión de esa forma tradicional contrapuesta a una modernidad centrada en la potencial recepción lúdica de la infancia actual. Cada uno de esos poemas está abierto a la lectura por un título escrito en clave de palíndromo: títulos que se leen exactamente igual de adelante para atrás que de atrás para adelante, del derecho y del revés, por la cola o por la cabeza.

“Anula la mamá la luna”, “Ana, lleva avellana”, “Sopas no como con sapos”, “A Lolo dale helado, Lola”, “A jugar, aguja”, “Se van sus naves”: son algunos de los títulos. Y cada título, buscado en su estricta regla palindrómica, funge como una ganzúa para abrir un poema que es un despliegue del juego encerrado en ese encabezamiento.

El poema con que se abre el libro es, además de una invitación explícita a la lectura de lo que vendrá, toda una declaración poética sobre lo ofrecido en el poemario: dar vuelta al mundo para encontrar allí, en el envés, lo otro de la regla; romper con las rutinas y con lo rutinario para dar espacio al juego y a la anormalidad festiva de lo sorprendente y de lo excepcional; movimiento, mucho movimiento; trabajo y esfuerzo de creación poética, muchísimo trabajo; la vida y la poesía puesta en tensión de verticalidad, siempre a punto de mostrar la verdad y la mentira de lo cierto y de lo incierto, de lo que sube y lo que baja, de lo que va y viene, del trabajo y del juego, de lo fantástico y de lo real, del poema y del antipoema. Dice:

Sé verlas al revés

Hay que ver, hay que ver,
yo sé verlas al revés,
eso es,
con zapatos en las manos
y un sombrero entre los pies,
así es,
desmontando la rutina
desde la óptica invertida,
qué movida,
qué trabajo
da observar día tras día
el mundo cabeza abajo…

Alocada cada cola,
dice adiós y hola un ciempiés,
desde una punta y la otra
de un extraordinario tren.

Ven a ver, ven a ver
de la vida y la poesía
el reverso y el envés.

El libro gana mucho con las ilustraciones del humorista gráfico Malagón, quien parece muy atento a seguirle el juego al poeta, y a cada uno de los poemas del libro, con un tipo de ilustración que apuesta al humor surrealista de la imagen sin pisarse nunca con el texto del poema, sino creando por su cuenta, como en el envés de la letra, una imagen gráfica de por sí poética, compuesta por montajes que, de algún modo, pueden ser vistos también como pequeños palíndromos visuales. Para muestra: unos granos de sal.

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“Sed de sal”, un poema y su ilustración.

Lo dicho: suelo acercarme a esta línea de poesía con las alarmas encendidas, pero cuando las alarmas se apagan, qué disfrute. Y ahora, claro, ya me voy a buscar ese otro libro de poesía de Enrique Cordero Seva, el anterior que publicó, y que lleva por título “La mar chalada”, que no sé cómo se me pasó de leer, porque lo que encontré en la web promete más disfrute.

De JIL a LIJ: ida y vuelta: “Una pierna”, de Grassa Toro y Arnal Ballester

JIL: Juego Ingenioso de Lectura. La sigla no existe. Ni tan siquiera creo que haya una definición posible para el objeto en cuestión. Como mucho, al modo más elemental de Wittgenstein, podemos ofrecer una definición ostensiva: “esto es un JIL”, o señalar un cierto “aire de familia” de todas aquellas actividades que contemplen proximidades entre el juego, la actividad ingeniosa, la lectura.

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Una pierna. Grassa Toro, texto; Arnal Ballester, ilustración. Editorial A buen paso. 2016

¿Qué es, por ejemplo, “Una pierna”? ¿Es un juego? ¿Es un libro? ¿Es un objeto de ingenio? Quizás no es nada de eso, y lo es todo junto a la vez. Pero también nos podemos preguntar: ¿qué es un juego?, ¿qué es un libro? Y difícilmente podamos ir más allá de una definición ostensiva y de un aire de familia entre los muchos objetos a considerar.

En cualquier caso, al tomar “Una pierna” de una estantería de la librería nos encontraremos con un envoltorio plástico que contiene una pieza de cartón rígido, plegada. Una faja roja lo envuelve parcialmente. En la faja leemos el título “Una pierna”, y el nombre de sus autores: Grassa Toro (Texto) y Arnal Ballester (Ilustración). Del lado de atrás, en esa misma faja, hay un texto y una foto, además de un pie de imprenta con los datos de la editorial que lo publica: A buen paso.

El texto que está en la faja, al modo de un texto de contraportada, dice:

“Casi todos los seres humanos nacemos con dos piernas; algunos seres humanos se empeñan en que perdamos una, o las dos. Es la guerra. La guerra no es un cuento ni un juego. Este libro que no parece un libro distingue entre el cuento, el juego y la guerra. Si quieres conocer la diferencia, despliega el tablero: lee, mira y juega en paz”.

La foto que está debajo del texto enseña un tablero propio de un juego de mesa.

Tras quitar el envoltorio plástico, nos quedamos en las manos con el tablero de cartón. Allí, en negro sobre blanco, encontramos un texto.

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“Al Teniente Puesto le gustaba jugar”

El texto está numerado en 20 fragmentos (los números están en tinta roja). Por debajo del texto, en tonos de grises, una serie de dibujos desordenados, que apenas siguen la secuencia narrativa del texto. El texto cuenta una historia. La historia se lee como si el tablero de cartón rígido, debidamente plegado, fuera un libro de 4 páginas: la portada (fragmentos 1 a 5), la doble página central (fragmentos 6 a 15), la contraportada (fragmentos 16 a 20).

La historia nos presenta las peripecias de un teniente que gusta de apostar: un guerrero brutal, un ludópata incontinente. En una partida de dados, cuando ha perdido mucho, el teniente, con el afán de recuperarse, llega a apostar su pierna. La pierde. A partir de ese gesto grotesco, el de la apuesta de la pierna, el de cortársela y pagar su apuesta, toda la historia es un increscendo de disparates y de barbaridades.

El cuento relata las acciones de lo que hace el teniente por encontrar una pierna que sustituya a su pierna perdida. La ironía y el humor negro con el que se propone el relato no escatima detalles de crueldad y de sadismo. Al leer, entre risas, podemos darnos cuenta de que la guerra, en su ficción, bien puede ser un juego absurdo y grotesco, tan absurdo y tan grotesco como lo es la guerra cuando deja de ser un juego.

Por cierto, el final del cuento nos ofrece un efecto de resarcimiento, que es también un efecto de catarsis para el lector. El castigo que recibe el Teniente Puesto (a esa altura ascendido a Comandante en mérito de su crueldad bélica) será tan despiadado como las acciones bárbaras que acometió. En este sentido, todo el cuento parece querer cumplir con las tradiciones del relato infantil y popular clásico: es fiel a esa tradición donde lo maravilloso y lo real se entrecruzan de manera velada. Y tal como lo hacen esos cuentos clásicos, el que aquí se narra cuenta para los niños de forma simple, con toques de fantasía, lo más duro de la vida real, de la locura y la brutalidad de la guerra real, a la vez que, con ese castigo ejemplar que se ofrece al final, ayuda al pequeño lector a aliviar la angustia que el relato fue generando.

Pero lo que venimos comentando hasta ahora parece referirse en exclusiva a un libro, a un libro de cuentos propio de la LIJ. Y lo cierto es que hay más, hay mucho más, aquí, en este Juego Ingenioso de Lectura (JIL).

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El juego de la oca, el juego de una pierna.

El cartón rígido que oficia como soporte del cuento al modo de un objeto libresco contiene, en su reverso, un tablero para un juego de mesa. Y aquí, necesariamente, vuelven las referencias a la historia, a la tradición.

Por la misma época en que los hermanos Grimm compilaban los cuentos clásicos, se extendía la costumbre de los “juegos de la oca” y se comercializaban los primeros ejemplares del juego de mesa. La tradición del juego de la oca remonta a épocas anteriores, a la de Perrault, tal vez, cuando eran miembros de la nobleza quienes practicaban esos juegos en su ociosidad de clase.

El juego de la oca consistía en un tablero con 63 casillas. En la casilla 63 estaba el jardín de la oca. Los jugadores debían mover sus fichas por las casillas del tablero de acuerdo con el azar del lanzamiento de un dado que les indicaba cuántas casillas avanzar. Entre las 63 casillas había algunas especiales (la de la oca, la del puente, la del pozo, la de los dados, la del laberinto, la de la cárcel, la de la muerte). Estas casillas podían hacer avanzar al jugador, o podían hacerlo retroceder, o quedarse quieto en un punto del recorrido. Ganaba quien llegaba a la casilla 63: quien entraba al jardín de la oca.

Todo ello, está, a su manera, en su lógica narrativa, en este Juego de una Pierna.

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Las piernas cortadas (casillas 5 y 41) te hacen retroceder hacia una casilla anterior donde haya otra pierna cortada.

Fiel a esa tradición del juego de la oca, el juego de “Una pierna” reproduce en el tablero alternativas similares. Las “reglas del juego de una pierna”, escritas en el reverso de la faja que envuelve y presenta el JIL, despliegan su ingenio a la hora de indicar qué ha de suceder en cada una de las distintas casillas que contiene el tablero: “De corte en corte he perdido el norte”, dice el instructivo, y refiere a las piernas cortadas que aparecen en las casillas 5, 9, 14, 18, 23, 27, 32, 36, 41, 45, 50, 54 y 59, en las cuales, si caes al tirar el dado, tendrás que retroceder hasta la casilla anterior que tenga una pierna cortada; “Corro con esmero, pero caigo en el agujero”, dice, y refiere a la casilla 31, en la cual, si caes, no puedes volver a jugar hasta que no pase otro jugador por ella; “Maldita sea mi suerte, es la mano de la muerte”, dice, y refiere a la mano mortal que están en la casilla 58, en la cual, si caes, debes retroceder a la casilla 1; y finalmente, la casilla de “El jardín de las piernas”, en la cual, para entrar, y ganar el juego, has de sacar con el dado los puntos justos.

Ya desde el título, en su tipografía, podemos ver que no hay ningún detalle descuidado: a las letras A les falta una pierna. Y esa idea, la de la pierna perdida y buscada, oficia como un leitmotiv del diseño del juego en su conjunto, donde cada casilla está ilustrada con el mismo tono humorístico con que se cuenta el relato del teniente apostador. Cada una de las ilustraciones parece encerrar en sí, además de una posibilidad azarosa de avanzar o retroceder en el tablero, una breve historia, apenas referida por una iconografía simple y contundente a la vez. Y todo el juego de la pierna bien puede ser leído como un relato de aventuras, con su presentación, su desarrollo, su desenlace.

El jardín de las piernas, ilustrado en la casilla 63, es el final de la partida. También es el escenario del final del cuento. La ilustración de esta casilla, figuras en negro sobre fondo blanco, es igual en ambos lados del tablero, con lo que se remarca así el paralelismo sugerido (y muy bien logrado) entre relato y juego.

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El jardin de las piernas: casilla 63.

En este sentido, en este Juego Ingenioso de Lectura (JIL), leer y jugar asumen un parentesco muy cercano: cara y contracara de un soporte en común. El aire de familia de los libros y de los juegos se mezcla. No hay un límite. Hay un ir y volver, desde un cuento clásico de LIJ a este JIL dispuesto en consonancia y en contraposición.

“Una pierna” explora esa mezcla, esos límites, y se nos ofrece para leer y para jugar en cada detalle; en cada ilustración (tanto en las que acompañan en grises al texto del relato literario, como las que acompañan en color al “texto” del tablero de juego de mesa); en cada línea de un texto donde infancia y vida adulta, realidad y fantasía, lo tradicional y lo ingeniosamente innovador delimitan lo permitido y lo prohibido a través de un conjunto de reglas, expícitas e implícitas, que el lector y el jugador pueden operar a su gusto, y a su imaginación. “Es así como el autor diseña su objeto, antes que nada, para jugar a confundir el sujeto poético”, dice Ana Lartitegui en el texto de presentación del nuevo número de “Fuera de Margen” que se ocupa, especialmente, de “El objeto libro”: una apreciación que se aplica perfectamente a este JIL, ¿o debiera decir a este libro?, ¿o debiera decir a este juego?

En cualquier caso, JIL y LIJ, aquí, componen una dinámica capicúa, de ida y vuelta, casi como las dinámicas que se pueden plantear entre la lectura de un relato o el relato de un juego, saltando de uno al otro, adelante y atrás, en una pierna.

El trabajo titánico de querer a un árbol: “Mi gran árbol”, de Jacques Goldstyn

En el libro de las “50 cosas peligrosas (que deberías dejar hacer a tus hijos)” no podía faltar esta: “Trepa a un árbol”. Quien de niño pudo disfrutar de esa pequeña gran aventura, sabe el placer que esa actividad —peligrosa, sí—, nos ofrece. Lo que no es tan fácil saber es el peligro que puede llegar a significar hacerse amigo, muy amigo, de un gran árbol.

El libro que hoy me ocupa contempla la actividad de subirse a un árbol y el desafío de querer tener a este por amigo. Se trata de “Mi gran árbol”, escrito e ilustrado por Jacques Goldstyn, publicado originalmente en Canadá, por Éditions de la Pastèque, fue traducido al catalán y al castellano y publicado por la Editorial Tramuntana en 2016.

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La historia comienza con un niño que pierde un guante. Lo va a buscar a la sala de objetos perdidos de su escuela. Bajo la atenta mirada del encargado, busca en una caja que está llena de guantes perdidos. No lo encuentra, pero no duda en llevarse otro cualquiera, uno diferente. Sale del colegio con los dos guantes distintos: uno rojo y uno verde.

El niño, que cuenta toda la historia en primera persona, está feliz y se siente muy original llevando dos guantes distintos. Claro que no demora en constatar que a la gente le causa risa, y hasta le molesta cualquier gesto original y divertido que implique saltarse una norma. El niño que protagoniza esta historia no parece muy preocupado por ello. A él no parece afectarlo el qué dirán. Es consciente de ser diferente a los demás. No le gustan las actividades en grupo. Prefiere andar solo por la vida. Y aclara: “no se piensen que me aburro. Al contrario”.

El monólogo del niño se acompaña por la ilustración a la hora de contar esta historia. La ilustración es del tipo de un cómic, aunque en esta oportunidad, más que una suerte de novela gráfica, configura un álbum narrativo extenso. Sobre fondos blancos, con trazos de tinta, pocos colores rayados a lápiz, el dibujante nos ofrece personajes, objetos y escenarios dibujados con esa ligereza tan bien cuidada que caracteriza a ilustradores como Sempé o Quentin Blake.

Luego de que el personaje nos dice que no se aburre lo vemos en una doble página, repartida en cuatro viñetas de igual tamaño, pescando en el río, estirando la masa de un pastel en la cocina de su casa, jugando al ajedrez, paseando en patineta durante la noche: siempre en solitario. El “silencio textual” de estas cuatro viñetas generan cierto suspenso luego de lo expresado verbalmente, y anteceden la gran confesión: “De todas las cosas que me agradan hacer, la que prefiero es subirme al mi gran árbol. Mi gran árbol se llama Titán”.

Podríamos decir que hasta este momento, e incluso desde antes de entrar en la historia (ya en las guardas delanteras encontramos dibujadas a lápiz en verde una cantidad de hojas de roble), se venía cumpliendo la presentación del cuento. A partir de aquí, con esta confesión, comenzaría el desarrollo.

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“Una vez escalada la primera gran rama todo fluye, todo es más fácil”

El árbol, que es un roble, gana en presencia, y todo comienza a suceder en su entorno. Con sus 500 años de vida, el roble Titán se nos presenta como un gran amigo del niño. El niño lo conoce en toda su amplitud y en cada detalle. Lo ha recorrido desde las raíces hasta las ramas más altas. Ha vivido con él grandes aventuras. Ha conocido toda la vida secreta que el árbol alberga. Ha sido su escondite panóptico para auscultar los secretos de muchos otros personajes de su pueblo. El niño ha compartido años de su vida con el árbol, y siempre, siempre, espera que llegue la primavera, porque es cuando el roble Titán reverdece y el niño más disfruta de su compañía.

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“Estoy impaciente por que llegue la primavera”

Entonces comienza el drama. Llega una primavera en que Titán no se cubre de brotes ni de hojas. El niño espera y ruega que Titán rebrote, pero un día se resigna a que eso ya no suceda. “El Titán ha muerto”, dice el niño. Y él sabe qué se debe de hacer cuando un gato o un pájaro se muere, pero ¿qué puede hacer con su árbol?, ¿cómo enterrar el cadáver de un árbol?

Tras reflexionar sobre eso, el niño pasará a la acción. El desenlace de la historia se cuenta en las últimas 5 dobles páginas del libro (y también en las guardas posteriores). Allí no hay ningún texto. En silencio, en el más pleno silencio, el niño encontrará qué hacer con su árbol, su amigo, su mejor compañero de aventuras, que ha muerto… ¿ha muerto?

“Mi gran árbol” es una historia contada de principio a fin con un humor tierno y conmovedor. Un gran libro para una gran historia. La edición canadiense del libro es finalista en el Prix TD de Littérature Canadienne pour l’enfance et la jeunesse, que se otorgará el próximo 1 de noviembre. También ha sido seleccionado para la 12ava. Edición del premio Atrapallibres 2016-2017, integrando la terna de finalistas en la categoría de lectores de 9 años.

El autor, Jacques Goldstyn, nació en Quebec, Canadá, el primer día del año 1958. Es muy conocido por sus ilustraciones en el campo de la divulgación científica para niños, donde ha publicado varios títulos y colaborado en revistas especializadas. También se lo reconoce como humorista gráfico, con publicaciones de carácter político. En los últimos años se ha volcado con mayor libertad al trabajo en álbumes como el que comentamos, siendo sus publicaciones más destacadas: “Azadah”; “Le prisonnier sans frontières”; “Le petit tabarnak”, entre otros títulos que ya nos gustaría que lleguen por aquí.

¿Taller o desguazadero? Libros que alientan a escribir poesía, y libros que desalientan

 

Hace unos días, Mercedes Calvo citaba un texto de Gonzalo Moure Trenor que dice:

Lo que quiero proponer es que pongan el mandil y el gorro de cocinero a sus alumnos, y que lo hagan ya, porque el siglo XXI, como el siglo XX fue el de la lectura, va a ser el siglo de la escritura. No se queden atrás.

Alejo Carpentier escribió en su libro, El siglo de las luces: “No hay más tierra prometida que la que el hombre puede encontrar en sí mismo.” El trabajo que les encomiendo, por tanto, es poner a sus alumnos a buscar la tierra prometida que, en efecto, solo encontrarán en sí mismos. Ya leen, ya tienen en sus ojos y en su memoria a Peter Pan, a Colmillo Blanco, a Harry Potter, a Pipi Calzarlargas. Ahora tienen que descubrir sus propios personajes. Un siglo nuevo, una actitud nueva.

Desde hace años Mercedes Calvo viene promoviendo esta idea tan sencilla: la mejor forma de acercar a los niños a la poesía es facilitarles todos los elementos necesarios para escribirla. Eso vale, seguramente, para la literatura en general.

Yo soy de la idea de que para escribir poesía hay que leerla, y leerla mucho. Pero así como afirmo esto, no dejo de pensar en que el mejor modo de acercar a un niño o a un adolescente a la química es llevarlo a un laboratorio, darle unos mecheros, unos tubos de ensayo, y alguna sustancia más o menos peligrosa, y que experimenten. Que en el futuro vayan a ser licenciados en química o diseñadores de moda no importa. Sabrán algo de química y, por lo tanto, sabrán algo más sobre la vida. Lo mismo, seguramente, vale para la poesía: no todo el que hoy o mañana asista a un taller de poesía y escriba un poema deberá convertirse en poeta más adelante. Pero como sucede con la química, es bueno andar por la vida conociendo algo más sobre la poesía.

Con esta lógica, entonces, creo que un taller de poesía es algo muy apropiado para acercar la poesía a los niños. Un taller que los desafíe a encontrarse con la poesía, a jugar con ella, a escribirla y a leerla.

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En esa dirección, hace un par de años me topé con un libro que contenía un taller de poesía. El título: “Exploradors al poema. Taller de poesía”. Un libro diseñado y escrito por Josep Pedrals, publicado por la editorial Estrella Polar. El autor, poeta, y activista en esto de llevar la poesía a las escuelas, logró hacer un libro muy tentador en la dirección de motivar a escribir poemas. El libro está propuesto como un viaje en 20 capítulos al corazón de la poesía. Cada capítulos contiene 4 páginas: una con un título y una idea visual, la segunda con algún elemento conceptual, la tercera con un poema ilustrativo de lo que se está comentando, la cuarta con un “laboratorio” que sugiere ejercicios a realizar.  Bellamente diseñado e ilustrado (muy en la línea de la estética cartelista trabajada en serigrafía), el libro se nos ofrece como una tentación, una provocación para acompañar la exploración al poema.

El libro solo está publicado en catalán. Cuando lo leí pensé: ¿hay en castellano algún equivalente? No lo busqué, pero hace unos días me topé con una propuesta que va por el mismo camino. En este caso, la metáfora guía no es la del viaje hacia el poema, sino la de la cocina del poema.

El título: “A juego lento. Taller de poesía”. La obra es de Mar Benegas (que comparte con Pedrals eso de ser poeta y activista) y Carlos Rubio, ilustrador y diseñador. Lo publica Litera Libros. Pienso que a su modo, logra lo mismo que el de Pedrals: tentarnos a escribir poesía, provocarnos el deseo, como si se tratara de un plato muy bien servido.

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El libro tiene cinco secciones: 1) “Este libro y tú”, que presenta una guía de uso del libro; 2) “Para ser poeta”, que propone una actitud ante la poesía; 3) “Juegos de poeta”, que inclina la actitud poética hacia los juegos de palabra; 4) “Cosas y casas de poeta”, que nos acerca a los diferentes tipos de poesía al abasto; 5) “Cocina de poeta”, que ofrece elementos conceptuales al modo de ingredientes para cocinar un poema. En todo el libro hay presente un espíritu de juego y mucho espacio para hacer del libro también un cuaderno de apuntes. La ilustración, jugada al tipo de poemas visuales, collages, ilustraciones conceptuales, está muy bien dispuesta (ya desde el título) en una impresión a dos tintas: azul y negro.

Pienso que tanto el libro de Pedrales como este de Benegas y Rubio pueden ser una buena oportunidad de que un niño o un adolescente se convierta en explorador o cocinero de poemas propios, un poco buscando lo que sugiere Gonzalo Moure, que transcribimos al principio. Quizás el de Benegas sea más accesible para niños más pequeños, pero cualquiera de los dos, puestos a ser talleres, cumplen con lo promovido.

En otra dirección, uno puede toparse con un libro que, pensado como un taller, termine convirtiéndose en un desguazadero, y más que acercar la poesía a los niños, los espante de ella. Desgraciadamente, esa fue la impresión que me causó el libro “Poesía. El primer libro de poemas escrito por ti”, de Ma. Isabel Sánchez Vegara y Elisa Munsó Griful, editado por La Galera.

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Un libro engañoso ya desde el título, porque no hay poesía en la propuesta y porque el ejercicio de “complete su propio poema con las palabras que le damos”, propuesto como una pobre tarea de bricolaje, no es más que una faena de barrer los deshechos de la poesía abajo de la alfombra del aburrimiento. Luego de leerlo, solo me sale desear al futuro escritor de un libro de poemas que el viaje o la cocina de su primer libro vaya un poco más allá, llegue más lejos, porque para la poesía, como para los coches, puede haber talleres que les permita continuar el viaje, o puede haber desguazaderos.

¿Un álbum policial?: “Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto)”, de Inés Calveiro y Rodolfo Walsh

Tengo la impresión de que quienes comentan o teorizan sobre la evolución del álbum narrativo, por lo general, no se detienen en los componentes que responden al género o a los subgéneros narrativos stricto sensu. Leo artículos que aclaran, a menudo, que el libro es narrativo en su esquema literario, pero el comentarista, el crítico o el estudioso no se detiene en considerar el modo en que lo es. En general, con los álbumes narrativos, es como si el análisis detenido de las interacciones entre imagen y texto ya fuese suficiente a la hora de comentar el libro, y no hubiera, entonces, mayor necesidad de andar especificando las correspondencias de género narrativo que el álbum puede llegar a comportar.

En los álbumes narrativos, así lo pienso, no estaría mal deslizar comentarios en esa dirección, pues también el ojo puede detenerse, y mirar, y leer mejor, si va prevenido sobre esas correspondencias. A mí, por ejemplo, que en el comentario de un álbum se diga que hay elementos del género de terror, o cierto aire del género de la bildungsroman (género de aprendizaje y de formación), o componentes típicos de la picaresca, o la tensión de un western, o que es de carácter epistolar, o que se asemeja al género de relato psicológico de autoayuda emocional, etcétera: todo ello me aporta elementos para la lectura, y lo entiendo como una clave muy oportuna que enriquece la interpretación del significado global del libro, así como sus detalles más ricos, o los más pobres.

Pienso que hay álbumes narrativos para los que ese tipo de comentario puede ser clave a la hora de pensar en la significación global, y para evaluar la interacción entre texto, imagen y gráfica que ofrece el álbum en su construcción. En ese sentido, no sabría cómo hablar de un libro como “Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto)” si no me detuviese en las claves de género del policial clásico.

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Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto). Texto de Rodolfo Walsh. Concepto e ilustraciones de Inés Calveiro. Editorial Calibroscopio, Argentina, 2015.

Este libro, publicado por la editorial argentina Calibroscopio, ilustrado por Inés Calveiro, se basa en un cuento breve del argentino Rodolfo Walsh. Es un cuento policial, de la primera época del escritor. Fue publicado en una revista en el año 1955. El comisario Jiménez y Daniel Hernández, los investigadores que protagonizan este cuento, protagonizaron también esos primeros cuentos del autor, que responden a un tipo de policial clásico.

En este subgénero narrativo, muy anglosajón en sus orígenes, el crimen es tratado como lo otro de la razón y la investigación del crimen como la resolución de un ejercicio de lógica pura. En el policial clásico hay un crimen, hay un investigador, hay un proceso de investigación y hay una resolución final del caso: son las reglas generales y básicas del género. No importan los motivos sociales ni psicológicos del crimen. No importan los móviles. El crimen es un enigma que debe ser descifrado a partir de los indicios, los signos, los rastros, la lógica y la mecánica de su ejecución. Al investigador no le interesa el porqué, sino tan solo el dónde, el cuándo, el cómo, y, a partir de esas indagaciones, por cierto, el quién de la criminalidad.

Las respuestas a esas preguntas, los investigadores las pueden encontrar sin moverse de alrededor de una mesa en la que se compilan los datos, se trazan las hipótesis y se efectúan una serie de deducciones. La inteligencia del investigador, y no su acción práctica, es lo que conduce a la resolución del crimen. El razonamiento lógico es implacable y todo poderoso para la construcción del relato.

Todas esas pautas del género están compendiadas en este breve cuento donde el texto de Walsh, muy de su estilo, golpetea como las teclas de una vieja máquina de escribir que, con una sequedad metálica, deja grabados sobre el papel todos los elementos del crimen y de su resolución.

El cuento comienza así:

-1-
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.

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“El cuarto portugués estaba muerto”. Doble página interior.

El crimen se produce bajo un paraguas, en una noche de tormenta. Hay tres sospechosos. Del escenario del crimen se conservan los sombreros de los portugueses y el paraguas. Se sabrá la posición que ocuparon los portugueses debajo del paraguas y el modo en que se produjo el asesinato: esos datos darán la clave de la resolución.

El texto se divide en 12 apartados debidamente numerados. En al apartado 12 se agrega un epílogo. Al primer apartado, antes transcripto, le suceden otros 9 que aparecen como rondas de preguntas que formulan los investigadores y que responden, a su turno, los tres portugueses indagados: el primero, el segundo y el tercero. En cada apartado se deja constancia de que el cuarto portugués estaba muerto, que no puede hacer ni decir nada porque “estaba muerto”.

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“El muerto estaba muerto”. Doble página interior.

-10-

–Entonces ¿qué hicieron? –preguntó el comisario Jiménez.
–Uno maldijo la suerte –dijo el primer portugués.
–Uno cerró el paraguas –dijo el segundo portugués.
–Uno nos trajo corriendo –dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.

En el apartado 11 se hace la acusación. El apartado 12 cierra el cuento, y contempla la explicación deductiva de la resolución del caso además de un epílogo.

Todo se escribe con una brevedad y con una economía de recursos muy propia del tipo de escrito de un acta policíaca, o del de las proposiciones silogísticas. En el texto hay una cuota de humor tan ingenioso e implacable como lo es la lógica que se pone en juego a la hora de proponer, abordar y resolver el caso.

Dada esta adscripción del texto al género policial, cabe analizar, luego, las relaciones que a partir de ahí se establecen con la ilustración del álbum y con el diseño gráfico propuesto. Y aquí es donde más nos maravilla este libro, que fue destacado en la última Feria del Libro de Boloña, con una Mención Especial en la sección Nuevos Horizontes.

La apuesta por un tipo de ilustración constructivista, realizada en collage, ofrece una estética mecánica, racionalista y procedimental, muy acorde a la neutralización de cualquier emocionalidad, tal como el género policial clásico impone a la hora de considerar la causalidad del crimen (¡oh, un álbum sin emociones, qué emoción!). La dinámica de la ilustración juega con la propia dinámica silogística del texto y apenas pretende subrayar la tensión que se exige al pensamiento abstracto al momento de seguir las pistas del relato. Oficia así, casi, como un instructivo gráfico para seguir las pistas del relato.

Y si en el texto resulta clave el juego de las anáforas a la hora de hacer una apuesta humorística, no menos anafórico es el juego de la ilustración, que repite las imágenes de los objetos apuntando a respetar una cuadrícula donde los cuatro portugueses resultan puntos cardinales en la geometría criminal, apenas cubierta bajo el paraguas, y que se ahorra todos los detalles que no conduzcan a los símbolos esenciales del crimen y de su resolución. En ese juego, las ilustraciones, y el trabajo de colores (predominancia del gris con toques de rojo y algún amarillo), tienen mucho de pictograma en su puesta en página, con lo cual se refuerza en las imágenes la idea de un mecanismo lector: el del desciframiento de enigmas.

Tres portugueses_Interior 2

“Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada”. Doble página interior.

La tipografía elegida es muy apropiada, y apropiado es también el efecto de subrayado que proponen algunos símbolos gráficos dispuestos en la ilustración. Las ilustraciones aparecen como las piezas de un rompecabezas a montar: algo así como los indicios del crimen que se está investigando. Al releer las imágenes, uno no puede dejar de pensar en que hay una lógica y una narrativa de género policial clásico también en la propia ilustración. Todo es acierto en el trabajo de la ilustradora Inés Calveiro, que hace un debut genial con este libro, con el  que honra la idea de apertura de horizontes, de “nuevos horizontes”, tal como fue especialmente mencionada en Boloña.