Tina Vallès: “La literatura no sirve para nada”

En el correr de una semana, tres personas distintas, las tres vinculadas al mundo de la Literatura Infantil y Juvenil, me hicieron la misma pregunta: “¿Leíste el artículo de Tina Vallès en el VilaWeb?”

La primera fue Clara Berenguer, especialista en LIJ que lleva adelante el blog Llibreria Il·lustrada: lo cuenta en su blog. El segundo, un escritor catalán. La tercera, una maestra que está doctorando en bibliotecas escolares. Pienso que la coincidencia demuestra un interés arraigado en lo que refiere a la problemática que el artículo aborda. No comparto todo lo que dice Tina Vallès en la nota. Más adelante comentaré algo sobre el asunto. Pero entiendo que es un artículo que recoge y expresa una preocupación real sobre algunas cosas que, al menos para quienes trabajamos con libros para niños desde una perspectiva más o menos inconformista, se están poniendo chungas.

Traduzco el artículo al castellano, en una versión autorizada por la autora, y lo comparto con ustedes a cuenta de una futura entrega sobre el asunto. Y por cierto, las imágenes de portadas que inserto en el texto a modo de ejemplos van por mi cuenta. Los libros no fueron mencionados por la autora y tampoco acompañan la nota originalmente publicada en el periódico. Fueron elegidos por mí un poco al azar: me consta que hay varios otros que podrían figurar en lugar de esos.

A continuación, pues, el artículo de Tina Vallès:

La literatura no sirve para nada

Si trabajas en una librería o en una biblioteca, puede que un día te pidan: ‘¿Tiene algún cuento para niños que explique la separación de los padres?’ No te asustes. Ese libro seguro que existe. Algún iluminado ya debe haber escrito una fábula bien azucarada, quizás con una familia de conejos como protagonistas, para explicar la separación de los padres a los hijos. Puede ser, incluso, que la primera intención del autor fuese más o menos buena, pero en realidad no hay mucha diferencia entre eso y explicarle las relaciones sexuales hablando de abejas y de flores. La pregunta, si la traducimos a un idioma humano, sería: ‘No sé cómo explicar a mis hijos que mi mujer y yo nos separamos, así que prefiero que se lo explique un desconocido en forma de libro, y luego los niños ya entenderán que la madre coneja es su madre y el padre conejo soy yo.’

Soy consciente de que explicar a los hijos que te separas (mientras pasas el trance de separarte) es duro y difícil. Pero precisamente por eso lo tienes que delegar a… ¿un desconocido? Si no tienes suficientes “herramientas”, el libro lo tienes que leer tú, en el peor de los casos, pero puede que ni siquiera eso, tal vez sólo tienes que aprender a explicarte a ti mismo lo que está pasando, y ya verás luego cómo explicarlo a los hijos con las consiguientes preguntas y comentarios te acabará de formatear el cerebro una vez pasada la tormenta. Sea como sea, es comprensible que alguien acuda a la librería o a la biblioteca desesperado con esta pregunta entre los dientes. Entendido.

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Posibilidad 1: La separación de los padres

Otra: ‘¿Tiene algún cuento de niños que se hacen pis en la cama?’ Estoy convencida de que entonces todos los bibliotecarios y libreros asienten con la cabeza hasta desnucarse. Sí, señores, hay gente que eso de que los libros son herramientas se lo han tomado al pie de la letra, y buscan libros que hagan que los niños coman verduras, que no tengan pesadillas, que acaben los deberes… ¿Y sabéis qué? Los encuentran. Esos libros existen. Les podríamos decir libros de autoayuda infantil, y es el escalafón más bajo del sector editorial. Son libros pensados ​​(¿he dicho ‘pensados’?) desde el minuto cero con el objetivo de… hacer que el niño deje de hacerse pis en la cama, coma acelgas, sueñe platos llenos de judías tiernas o termine las multiplicaciones antes de cenar. No hay ahí otra voluntad que la de vender muchos, el texto es secundario, la ilustración viene toda pautada por la editorial, todo el mundo sigue las coordenadas del jefe de marketing y la creatividad queda bien relegada a un segundo plano: quien dice segundo dice decimonoveno.

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Posibilidad 2: Niños que se hacen pis en la cama

Y ahora viene la pregunta estrella: ‘¿Tiene algún libro para trabajar las emociones con los niños?’ Sí, ha dicho ‘trabajar’. Miren, resulta que los niños de ahora deben saber identificar las emociones con todo lujo de detalles antes de que se les caigan los dientes de leche. Porque supongo que estamos de acuerdo en que las emociones se pueden clasificar, ¿verdad? ¡Pues, claro! ¿Tienen presente aquello que les ha costado años y años como personas? ¿Aquello de saber en qué son buenos y en qué fallan, lo de interpretar los gestos y las caras de los demás, lo de aprender a ponerte en la piel del vecino, lo de conseguir digerir los fracasos, lo de… VIVIR? Pues ahora te lo enseñan unos libros muy graciosos donde te enumeran los sentimientos y las emociones con un “pantone” bien vistoso y, automáticamente, ¡y gracias a un libro!, te conviertes en todo un experto. ¡Lo que hacen los libros, eh! Y se venden, estos libros, se venden mucho. Y bien cargados de tópicos y mensajes confusos que pretenden clasificar lo que sentimos en carpetas y subcarpetas, como si todos estuviéramos cortados por el mismo patrón y nuestro comportamiento fuera cien por ciento previsible.

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Posibilidad 3: Libro para trabajar las emociones con los niños.

Pensémoslo. Es un error delegar a los libros (o a la escuela, pero este sería otro tema) nuestra responsabilidad como padres. Las personas no tenemos manual de instrucciones. Enseñar a vivir se enseña viviendo, y las respuestas a las preguntas de los hijos no pueden salir de un libro de autoayuda infantil pensado por un departamento de marketing.

¿Os habéis fijado? He dicho libros durante todo el artículo, y no literatura, porque la literatura es otra cosa y no sirve para nada.

Tina Vallès, 27/04/2017, publicado en VilaWeb.

 

 

 

 

“El monstruo de colores” no es un libro de emociones

Debe de ser uno de los errores más extendidos en el ámbito de la literatura infantil y juvenil actual: considerar que el libro “El monstruo de colores”, de Anna Llenas, es un libro de emociones.

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La portada de “El monstruo de colores”, Anna Llenas, Editorial Flamboyant, España, 2012.

La confusión se ha extendido entre promotores de la literatura infantil, vendedores de libros, bibliotecarios, críticos, comentaristas. También entre maestras y maestros de escuela primaria y de educación preescolar. Y ha llegado a padres y madres que, cuando piden “libros de emociones”, están pensando en ese libro, o en otros muy similares a ese.

Esta confusión puntual está asociada a otras dos confusiones tanto o más extendidas:

  • Pensar que los niños y los adultos leen igual, y que encuentran en los libros los mismos asuntos, los mismos contenidos, iguales continentes.
  • Pensar que hay libros que contienen emociones y otros que no las contienen.

Veamos cómo funcionan estas dos confusiones para dar pie a la que nos ocupa: la de pensar que “El monstruo de colores” es un libro de emociones.

El libro de Anna Llenas narra una breve historia. En el inicio hay un monstruo que un buen día se levanta confundido y no sabe qué le sucede. El personaje del monstruo amanece pintado de muchos colores. El dibujo es sencillo y vistoso. Trazos gruesos y papel recortado dibujan un perfil estereotipado que, a la vez de monstruoso, resulta simpático y fácilmente recordable: los ojos grandes, las cejas gruesas, orejas y crestas, dos colmillos que sobresalen de la boca en un rictus perplejo, el cuerpo de dos piezas, cabeza y tronco apenas separados por la línea de la boca, manos y piernas infantiles. El monstruo, desde esa primera página, ya resulta muy atractivo para niños, pues siendo sumamente sencillo, resulta contundente en su expresividad. Y todo ello en una composición despejada y muy cercana al dibujo infantil.

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El monstruo.

Inmediatamente, en la siguiente página, aparece el personaje de una niña, que vendría a ser una suerte de ama del monstruo. La niña adopta el rol adulto en la historia, también el rol del narrador, que se comunica en prácticamente todo el relato en segunda persona, imperativa, rogatoria, desiderativa, demandante: el dibujo de la niña con las manos en jarra sobre la cintura se presenta como otro estereotipo de la “niña-mujer-mandona”. Ella es quien hace que el monstruo se detenga a reflexionar sobre sí: sabemos que la autoridad a veces logra inducir a la autorreflexión.

De buena mañana, cuando el monstruo aún no acaba de despertar del todo, la niña le pregunta si ya se ha vuelto a confundir y a entreverar, y lo rezonga, diciéndole que “no aprenderá nunca”. El personaje de la niña, confeccionado con la misma técnica que la del monstruo (trazo grueso, papel recortado…) tiene también su proximidad con los niños (ocupa el rol de la ama-maestra-tradicional) y con la expresividad infantil (a partir de presupuesto de ese tipo de juego dramatúrgico que tanto entusiasma a pequeños: “¿Jugamos a que soy la maestra?”).

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La niña.

Tras el rezongo inicial, la niña le dice al monstruo que su problema es que se le han mezclado las emociones, coge al monstruo de la mano (aquí ya ha dejado el rol adulto y se convierte en una niña juguetona y risueña) y le propone una solución al problema con el que él se despertó. La solución tiene algo que encanta a los niños y que responde a una de las mayores pasiones infantiles (y epistemológicas): el coleccionismo.

La niña ofrece al monstruo ocho frascos de vidrio donde ha de poner en orden las emociones.

Suponiendo que el niño pequeño no sabe muy bien qué es eso de las emociones, lo que se le ofrece aquí, como juego para resolver el problema del monstruo (que es también el nudo-problema de la historia), es asociar una serie de colores con estados emocionales de la vida cotidiana e ir poniéndolos ordenados en los frascos. Coger algo que en principio está desordenado, clasificarlo de acuerdo con alguna tipología, ordenarlo colocando cada pieza en un lugar seguro, formar un catálogo, proyectar un saber desde el pasado hacia el futuro, recuperar el desorden de lo involuntario, registrarlo y colocarlo en un orden de voluntad: he ahí el arte y la tradición del coleccionismo.

Dice Walter Benjamin en su libro de los pasajes:

Al coleccionar, lo decisivo es que el objeto sea liberado de todas sus funciones originales para entrar en la más íntima relación pensable con sus semejantes. Esta relación es diametralmente opuesta a la utilidad, y figura bajo la extraña categoría de la compleción. ¿Qué es esta ‘compleción’? Es el grandioso intento de superar la completa irracionalidad de su mera presencia integrándolo en un nuevo sistema histórico creado particularmente: la colección.

Y he aquí lo que fascina al niño: lograr esa completitud, la colección, dejando atrás el caos. Poco importa que el conjunto de los objetos coleccionables sea el de las emociones, el de los cromos de animales, el de los cochecitos en miniatura… Lo que seguramente fascina al niño al conocer esta historia es el anhelo secreto de liberar a los objetos de su utilidad y de su funcionalidad acotada e insertarlos en el orden de una proximidad a la mano.

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La colección (un fragmento)

Poco importará al niño, a la hora de entrar en esta historia, para qué puede servir la alegría amarilla, la tristeza azul, la ira roja, la negritud del miedo, el verde de la calma, el rosa (¡ay, el rosa!)… Lo que seguramente motivará su atención será el juego de poner orden en el caos con que la vida nos asalta a diario a través de diferentes objetos, pasibles de ser adquiridos, congelados para conserva, encerrados en el círculo mágico de un frasco de vidrio. Y también, claro, las metamorfosis que provoca en el personaje del monstruo confundido el hecho de ejercitarse en algo tan apasionante como la confección de una colección.

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La colección (otro fragmento)

Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que con las emociones, en la vida real, es difícil establecer cualquier colección: se trata de algo tan inestable, tan volátil, tan difícil de analizar, separar, objetualizar, fijar… Pero poco importa el asunto al niño, cuya fascinación, para el caso de esta historia, se entrega a otro juego mucho más atractivo: el de la colección en sí.

Quizás el detalle de que sean las emociones lo coleccionable le pueda resultar atractivo a un/a maestro/a que, en el apuro de cumplir con plazos pedagógicos, tenga que presentar ese tema en el orden de un currículum que de un tiempo a esta parte viene preocupándose en exceso por la educación emocional de los niños. Quizás, también, le puede resultar atractivo al editor que atiende ese potencial mercado, así como lo atienden también los vendedores de libros. Al niño, en cambio, ello no lo influirá mucho al momento de recepcionar la historia.

He ahí las distintas lecturas que hacen unos y otros.

El éxito comercial del libro, así lo pienso, nace de la conjunción de la necesidad lectora de los adultos, impuesta por el sistema educativo, acogida por el sistema de la industria del libro, y de la fascinación que el asunto del coleccionismo, puesto de manera simpática y estereotipada en el vínculo entre la niña y el monstruo de la historia, despierta en los pequeños. En ese vínculo confuso, esta historia hace basa, y redobla su éxito por la comprobación de que los niños disfrutan de la historia, y que la historia ocupa los primeros puestos de venta año tras año desde su primera edición en 2012.

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Productos derivados: la otra colección

Nos queda, al final, el asunto de saber si las emociones pueden delimitar un subgénero literario, vale decir, si hay “libros de emociones” así como hay “libros de aventuras”, “libros de misterio”, “libros de poesía”…

Tiendo a razonar sobre el asunto por el método del absurdo. Propongo que un lector, cualquiera, me ofrezca como ejemplo una lectura literaria que no transmita ninguna emoción. Ninguna. Una lectura literaria que logre proponerse desde el vacío emocional más absoluto.

A mí me resulta difícil imaginar una historia que logre eso. Pero si fuera posible, si llegado el caso alguien me ofreciera esa lectura, la de una historia vacía de toda emoción, puedo imaginarme que esa historia, por sí y ante mí, ya estaría transmitiéndome una emoción.

Como el filósofo coleccionista de Benjamin, no me cierro a que en un futuro, puesto ante el caos emocional que transmite toda la buena literatura infantil y juvenil, me encuentre con un libro así. Y entonces, claro, mi memoria involuntaria se sacudirá ante la sorpresa, y abrirá camino a que mi memoria metódica y voluntaria incluya tal historia en el orden de la colección de mis mejores libros de literatura para niños y jóvenes.

Mientras tanto, dejo librados unos cuantos casilleros de esta colección para poner allí títulos que contengan buenas historias, y por ende, que me transmitan estados emocionales confusos y entreverados: esas historias que suelen ser las más inquietantes y disfrutables para mí.

 

 

 

Locomotora / La Camarena

Podría ser una separación mínima. Resulta que en Cataluña, y en catalán, y en contra de lo que me enseñaron de niño como señal de buena educación, poner el artículo antes del nombre es norma. Entonces, LA Camarena, por Cristina Camarena, estaría admitido. En rigor, se diría LA Cristina. Pero como hacerlo así me sigue sonando muy mal, opto por mantener el respeto y usar el artículo solo con su apellido.

¿Y lo de la locomotora?

Eso es porque esta mujer es una máquina de impulsar proyectos. Pura inquietud. Puro impulso. Temeridad absoluta. Una inmensa generosidad en el compartir y en el involucrar compañeros de ruta. Un manejo de redes impresionante. Una mujer de 26 horas por día. Una locomotora, sin dudas.

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Cristina Camarena promocionando su curso de emprendeduría en La Mirada.

Se la conoce, principalmente, por su emprendimiento más famoso: la Revista Kireei, que ya lleva cinco años en la vuelta, y de la que está por salir en estos días el número 8. También se la conoce por sus cursos de emprendeduría y marketing, que conduce desde La Mirada. Hace unos años, se la jugó a publicar un libro de cuentos ilustrados: Batiscafo. El año pasado intentó otro tanto con un libro de actividades para niños: Mi ciudad imaginada, del que es autora junto con Vireta. Había publicado, antes, un álbum con Lady Desidia, en el sello editorial Lumen, con el título: Wonderland. Y ahora, este año, esta primavera, arranca con un nuevo proyecto que se perfila en la dirección de convertir a Kireei, con todo derecho, en una editorial de libros álbumes para niños con una edad de 1 a 111 años.

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“Mi ciudad imaginada”, de Cristina Camarena y Vireta.

Acaba de salir de imprenta su primer título: Me gustas tú (en catalán: Tu m’agrades), escrito por Noelia Terrer e ilustrado por Laura Miyashiro. Ya entró en imprenta el segundo: Sebastián y el mar (en catalán: En Sebastià i el mar), escrito por Caterina Perez e ilustrado por Coaner Codina, y está a punto de entrar en imprenta el tercero: Breve historia de una pompa de jabón (Història breu d’una bombolla de sabó), ilustrado por Iratxe López de Munáin y escrito por mí.

Hace unos meses estuve con Cristina y me enseñó un cuaderno donde tiene anotados sus proyectos hasta 2019. Eran dos páginas enteras. Llenas de títulos y de nombres de autores admirados. Me dio vértigo. Juro que lo pensé: “esta mujer no para”.

Poder trabajar de cerca con ella, formar parte de sus proyectos, acompañarla a la distancia, casi como un vagón de los que va tirando a una velocidad hipermoderna, es algo que nos llena de orgullo. No podremos ser objetivos al juzgar o al comentar sus logros: ¡están avisados! Dejamos eso para otros. Nos reservamos, eso sí, la vibración, la sacudida, la velocidad, el viento fresco en la cara, la alegría que nos regala acompañarla en este viaje. Y los invitamos a seguir de cerca su ruta, si es que no se distraen, porque como ya dijimos: no hay paradas a la vista.

Desde el blog intentaremos mantenerlos al corriente de lo que vaya surgiendo, pero no podemos garantizar que nos dé el aliento para cubrir todas y cada una de las cosas que surjan. Y eso sí, desde aquí, desde el último vagón, deseamos un buen viaje para LA Camarena, y el agradecimiento por ser la LOCOMOTORA de tantas “cosas bellas”.

Salú.

 

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Cuando los árboles tienen memoria, los buenos libros no tienen edad: “La memòria de l’arbre”, de Tina Vallès

Hace tiempo comenté aquí uno de esos libros que cambiaron en mí, para siempre, la forma de abordar y de entender la narrativa: En las nubes, de Ian McEwan. El libro, cuando yo lo leí por primera vez, estaba publicado en la colección Panorama de Narrativas, de la editorial Anagrama. Una colección destinada a lectores adultos.

¿Qué lleva a un editor a decidir, frente a un texto que no tiene claramente delimitada la edad del lector al que podría dirigirse, en qué colección publicarlo? ¿Para adultos o para niños y jóvenes? Seguramente no hay nada objetivo, y es el olfato del editor lo que lo inclina a buscar una colección juvenil o una adulta: si es que ello no lo decide antes el autor.

Con el libro En las nubes (The Daydreamer), me pasó que llegué a Cataluña y lo encontré publicado con el título El somiatruites en una colección juvenil de Editorial Cruïlla (SM, Catalunya), en la serie naranja de El Barco de Vapor. Me alegró encontrarlo en una colección así, y lo vi como algo de lo más acertado. Mi experiencia de recomendarlo para niños a partir de 9 o 10 años, hasta donde sé, no fue errada.

Todo esto viene a cuento de lo mucho que le he dado vueltas a mi lectura de La memoria de l’arbre, reciente Premi Llibres Anagrama de Novel·la, de la escritora Tina Vallès.

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La memòria de l’arbre, de Tina Vallès. Premi Llibres Anagrama de Novel·la, Cataluña, España, 2017

La novela está escrita desde el punto de vista, y en la voz narrativa, de Jan. Un niño de 10 años al que le cambia su vida cuando los abuelos vienen a vivir a su casa. Joan es el abuelo de Jan. Fue relojero. Está enfermo. Tiene alzheimer y está perdiendo la memoria. El niño y el abuelo, juntos, y cada uno por su cuenta, poco a poco, tienen que asumir esa realidad y se proponen, secretamente, coincidir en una memoria que se desvanece, inexorablemente.

La novela se reparte en 11 capítulos con 11 escenas cada uno. En el primer capítulo se nos cuenta cómo se vive el cambio producto de la mudanza de los abuelos al piso de Jan y sus padres: una vivencia respecto de la cual Jan duda si puede ponerse contento o no. El segundo nos cuenta cómo van comunicándose Jan y Joan en sus caminatas a la escuela, por las calles, tomando a los árboles como puntos de referencia espacial y temporal de un relato en construcción: el de la novela, el de la transmisión de los mitos y recuerdos familiares. El tercero habla de los cuentos y las fábulas que le explican a Jan cuando se va a dormir: los cuentos, el padre; las fábulas, el abuelo. El cuarto es una suerte de reflexión sobre la letra “o” que marca la diferencia entre el nombre del nieto y el del abuelo: la o es alternativamente un hueco, un vacío, un círculo, un agujero por donde se escapan (o por donde emergen) identidades y diferencias; también es el motivo de un juego lingüístico para el narrador, y de un juego de escritura para la autora. El quinto capítulo narra el primer choque frontal con la enfermedad: el abuelo olvida llevar la merienda de Jan a la escuela y eso genera una crisis y un punto de inflexión en el relato y en los vínculos al interior de la cotidianidad familiar. El sexto narra el momento en que toda la familia se despide de la casa donde vivían los abuelos, en su pueblo: es la oportunidad para contrastar pasado y presente, el mundo que queda atrás y el que adviene lleno de pérdidas para unos y de dudosas ganancias para otros, en especial para Jan, que nunca está del todo seguro de si ha de ponerse contento con el hecho de convivir con sus abuelos. El séptimo relata cómo se acomodan todos en el piso nuevo: el hijo, el padre, la madre, la abuela, el abuelo; y nos muestra los vínculos que se van tejiendo al uso de lo dicho y lo no dicho en torno de la enfermedad. El octavo capítulo retoma el juego de la letra “o”, pero esta vez para poner en palabras el asunto de la memoria y del olvido. El noveno capítulo se concentra en el personaje de la abuela, así como el décimo lo hace con el de la madre: ambas chocan respecto de cómo enfrentar la realidad, si bien prima la perspectiva de la madre de Jan, que exige llamar a las cosas por su nombre contra la perspectiva de la abuela, que bien quisiera remendar y tapar todos los agujeros con un ejercicio de costura. El onceavo, y último, capítulo está referido al yo del protagonista, a cómo él, Jan, asume su lugar en la historia que le ha tocado, la historia que pasa a heredar como continuador de un relato generacional.

Los once capítulos se hilvanan en torno de un objeto ausente: un árbol, un sauce (desmai, en catalán), que es mencionado una y otra vez, que se supone que tiene un significado muy importante para el abuelo Joan, pero del cual no se cuenta la historia, sino que se la menciona y se la posterga. El misterio en torno de esa historia particular genera un suspenso subyacente que le da tensión a todo el relato. Una tensión suave. Una tensión auspiciosa. Una tensión que se libera en el último capítulo, cuando Jan parece decidido a asumir su propia voz, su propia mirada, su lugar en el relato de la historia.

La brevedad de las escenas, las elipsis que se abren entre unas y otras, el estilo pausado y contundente del relato, los juegos lingüísticos y metafóricos que redondean cada escena relatada como si de los anillos del tronco de un árbol se tratara: todo ello contribuye a un clima de intimidad en la lectura, una complicidad, una cercanía que nos permite, a los lectores, compartir la vivencia de entrar en el hueco de un gran árbol viejo, acomodarnos allí, y disfrutar de cómo se nos cuenta una historia relativamente sencilla, una historia sobre los significados más profundos de la vida.

Ahora bien, retomando lo del principio, no dejo de pensar en cómo, a menudo, cuando un libro de carácter infantil y juvenil se vuelve sofisticado en su temática y tratamiento, suele aparecer alguien que pregunta: ¿pero este libro es para niños? Y jugando con eso, haciéndole una mueca a eso, me gustaría preguntar ahora si La memoria de l’arbre es un libro para adultos, o si no tiene el suficiente mérito como para convertirse —llevado a otra colección, o reconducido por un buen mediador de lecturas— en un excelente libro infantil y juvenil, teniendo en cuenta aquella idea del francés Michel Tournier con la que definía lo que era para él la literatura infantil: unos textos tan bien escritos, “tan límpidamente, tan brevemente —calidad rara y difícil de alcanzar— que todo el mundo pueda leerlos, incluso los niños”.

Con un buen puñado de títulos publicados en colecciones de LIJ, Tina Vallès (de quien comentamos su libro Bocababa en este blog) tiene ganado un lugar destacado en la Literatura Infantil y Juvenil catalana. La memoria de l’arbre concursó y calificó con la nota más alta en otra categoría: eso está claro. Pero es tan grande el respeto por los lectores que esta escritora pone en sus textos, vayan dirigidos a la edad que vayan, que no dudo que La memoria de l’arbre encontrará lectores de todas las edades en su recorrido hacia el público, y que incluso los niños disfrutarán y se conmoverán al leerla.

 

Ave se escribe con A, de Aurelio, de Avecedario, de Antonio Rubio

A Antonio Rubio se le da la poesía para niños. No es novedad. Su trabajo en ese terreno puede configurar un recorrido lector que levanta vuelo desde la cuna hasta la luna, desde la bebeteca hasta la biblioteca escolar más avanzada, desde los pajaritos de papel hasta el más completo avecedario poético ilustrado.

A vuelo de pájaro, repasaré tres libros de su factoría, los tres publicados por la editorial Kalandraka, que, a mi entender, validan la afirmación anterior.

UNO. El primero, uno pequeño, uno para los más pequeños, de los que integran la colección de la cuna a la luna, ilustrado por Óscar Villán (quien ilustra toda la colección).

Se sabe que esa colección está consolidada como una de las mejores propuestas, literaria y gráfica, para introducir a los niños en el juego de la poesía. Son libros de formato pequeño, en cartoné, que se proponen como un breve poema donde la reiteración de imágenes y de sonidos configura, en su musicalidad y colorido, un arrullo. Entre esos libros, rescato ahora “Pajarita de papel”.

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Pajarita de papel, Antonio Rubio y Óscar Villán, Kalandraka, España, 2005.

El libro tiene un poema que nos habla de una pajarita de papel que pone la mesa e invita a un amigo a comer. En cada página par, aparece la pajarita de papel dibujada y un verso octosílabo que dice “Pajarita de papel”. En cada página impar, aparece ilustrada una acción relacionada con el acto de poner la mesa, debajo de la cual, en una línea, otro verso octosílabo. El poema se completa en 14 páginas de cartón rígido. Dice:

Pajarita de papel
Pone en la mesa un mantel

Pajarita de papel
En el mantel una jarra

Pajarita de papel
Con agua para beber

En el mantel un frutero
Con fruta para comer

Pajarita de papel
Ahora invita a pajarito

Pajarita de papel
Y se sienta junto a él.

El ritmo está dado por la reiteración, por la medida de los versos y por algunas rimas propuestas, ya sea entre pares e impares o entre algunos versos impares. La sencillez, tanto del poema como de la ilustración, potencia el vuelo conjunto de toda la propuesta y el disfrute garantizado de los más pequeños cuando se les lee en voz alta, cuando se les enseña el libro o cuando se les deja para manipular, yendo y viniendo entre sonidos e imágenes.

DOS. El segundo libro que traigo a volar aquí se titula “Aurelio”, y en la edición con que recupera Kalandraka este título, está ilustrado por Federico Fernández. Aurelio es un cuento en verso, o un poema extenso que cuenta la historia del robo de las cinco vocales y de su búsqueda. Nos habla de este peculiar murciélago que ha robado las vocales para hacerse su bello nombre: AUrElIO.

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Aurelio, de Antonio Rubio y Federico Fernández. Edición de Kalandraka, 2016.

En este libro, poesía y juego se combinan de forma magistral a la hora de dar visibilidad y sonoridad a las vocales. Si en el primer fragmento del poema se nos avisa la desaparición y búsqueda de las vocales, en el segundo ya sabemos que las ha robado el murciélago Aurelio. Y es fácil repasar la palabra murciélago, y descubrir allí cada una de las vocales, o repasar el nombre de Aurelio, y encontrar también esa peculiaridad vocal, cosa que la tipografía destaca dando un color diferente a cada una de las cinco.

Luego, el poema va observando, siempre en una versificación adecuada al encuentro con palabras y sonidos, cómo se presentan las vocales en las distintas palabras que las contienen (o que las liberan), a la vez que la ilustración dibuja las letras dotándolas de vida o de una llamativa objetualidad gráfica. Veamos cómo procede con la A:

Con una a,
va
la
sal
al
mar.

Con una a y otra a,
se baña la rana,
se lava la lana,
se canta el tam-tam.

Con una a y otra a y otra a,
nadaba
el calamar
en altamar.

Es un juego perfecto de construcción rítmica. Una lógica implacable de distribución algorítmica de vocales en las palabras y en las onomatopeyas, y de palabras y onomatopeyas en los versos, con un in crescendo sonoro, un ejercicio que se repetirá hasta el final con cada una de las vocales.

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Dos dobles páginas del interior de Aurelio, donde la propuesta gráfica juega tanto como la poesía.

Un in crescendo que también es gráfico y tipográfico, porque el ilustrador acompaña el ritmo de los poemas invitándonos a un juego completo, un juego que puede ser tanto un deleite para el lector como una diversión para quien está aprendiendo la escritura del abecedario.

El poema culmina con una suerte de alabanza para este murciélago Aurelio, que tiene la “manía ejemplar” de robar vocales por “donde quiera que va”, y que incluso nos desafía, en el último tramo del poema, a encontrar palabras que contengan las cinco vocales sin repetir ninguna. Aurelio termina por raptar tres de estas: bIsAbUElO, cIgÜEñAtO, EUcAlIptO. Pero sabemos que el murciélago no se conforma sólo con estas tres palabras. Por eso, tal vez, el último verso del libro dice que ha raptado “otras muchas palabras más”, con lo cual nos está invitando a seguirlo en su vuelo, en su juego, a buscar entre las OscUrIdAdEs donde Aurelio esconde las palabras con las que nos enseña a jugar y con las que juega a enseñarnos.

TRES. El tercero, y último, de los libros que quiero ventilar se titula “Las alas del Avecedario”. Si “Pajarita de papel” estuvo dirigido, y llegó a las manos, de los prelectores, si “Aurelio” estuvo dirigido, y fue un deleite, para los primeros lectores, este “Avecedario”, seguramente, gustará mucho a unos lectores anteriormente entrenados en el disfrute de la poesía del autor.

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Las alas del avecedario, de Antonio Rubio y Rebeca Luciani, Editorial Kalandraka, España, 2017.

El libro contiene 27 poemas. Cada poema lleva por título el nombre de una especie de ave. Los poemas se nos presentan en orden alfabético, según cada uno de los nombres de las aves: Avestruz, Búho, Cuco… y así hasta el Zorzal. El libro parece haber sido escrito por Rubio bajo el influjo de dos de las musas canónicas: Urania, musa de la poesía didáctica, y Talía, musa de la comedia y de la poesía bucólica. Y es que los poemas se ofrecen entre una vocación docente —que aspira a brindar información sobre cada ave y su hábitat natural, como si se inscribiera en el marco enciclopédico de lo que un abecedario ofrece— y una vocación lúdica y dialógica, tan presente en la poesía de este poeta en general, y muy particularmente en poemas de este libro donde preguntas y respuestas alternan dando ritmo y forma a los poemas.

En cualquier caso, el despliegue de formas poéticas se ajusta a la multiplicidad de aves en cuestión. Así lo vemos, alternativamente, en ese aire de modernidad presente en los haikús que hacen girar la cabeza del búho:

Noche de búho.
Auditorio de estrellas.
Cantante oculto.

¡Uh, uh!

Ulula, ulula
el búho solitario.
Calla la luna.

¡Uh, uh!

Ojos de sabio
relumbran en lo oscuro.
Búho sagrado.

Como también lo vemos en la referencia a las tradicionales formas del romancero que recoge la simbología de las fieles tórtolas:

Tortolica del amor,
ave mística afamada,
esposa en el Cancionero
y en vuelo no fatigada.

Tortolica que ni en flor
posas, ni en la verde rama,
¿dónde aprendiste el zureo
que cantas cerca del agua?

Aguardando que mi amor
antes del alba llegara,
aprendí en la Fontefrida
arrullos de enamorada.

La ilustración del libro estuvo a cargo de Rebeca Luciani, que parece haberse dejado guiar por las mismas musas en su trabajo, pues a todas vistas acompañó al poeta en ese afán didáctico de dar al dibujo de los pájaros un colorido aire naturalista, pero sin perder en ningún momento la ocasión de entregarse al juego dialógico, a tal punto que en la ilustración del poema de la Oropéndola (Oriolus Oriolus) aparece la mano del lector (¿el lector ilustrador?) que dibuja al pájaro, como si así forzara a la ilustración a responder, en un diálogo franco y sereno, a la propuesta del poema.

oropendola

La oropéndola: “Y es monógama y esdrújula / si te apetece… ¡Dibújala!”. Interior del libro con ilustración de Rebeca Luciani.

La escritura de Antonio Rubio, sin dudas, es una invitación al vuelo que en cualquier edad nos puede regalar la lectura de un poema.