«Papeles». O de cómo «las bibliotecas nos cuidan»

Para la celebración del Día de las Bibliotecas, hoy, 24 de octubre de 2022, el Ministerio de Cultura y Deporte ha convocado un concurso de microrrelatos bajo el lema «Las bibliotecas nos cuidan».

Concurso de microrelatos: las bibliotecas nos cuidan

El microrrelato ganador en la categoría adultos se titula «Papeles» y es de mi autoría.

Así pensaba que me sumaría este año a la celebración de las bibliotecas. Pero como la cosa me parecía que daba para más, invité a mi querida amiga, la ilustradora Anna Aparicio Català, a que hiciera un «microcómic» (¿se dirá así?) a partir del relato ganador.

Anna, además de ilustradora, trabaja en una biblioteca, y supongo que ello la motivó a seguirme el juego. Y aquí está todo: el microcómic, el microrrelato, la celebración de las bibliotecas, en su día y en cada día de el año, porque es la verdad: las bibliotecas nos cuidan.

¡Feliz día!

PAPELES

Estaba en la plaza mayor, esperando a mi novia. En eso, pasó una patrulla. Uno de los dos policías, el más alto, me miró mal. Seguro que detectó mi temor, como hacen los perros, cuando olfatean el miedo a la distancia. Vinieron hacia mí, los dos policías. Temí lo peor. Temí que me pidieran papeles. Temí que me detuvieran. Ya me veía enmanillado, subiendo a un avión, deportado a mi país. El policía llegó hasta mi lado, el más alto. Lo seguía el otro, más retacón. Me señaló y me dijo, con una voz seca, tajante: “papeles”. Cogí la billetera del bolsillo de atrás del pantalón. Intenté controlar el temblor de las manos mientras la abría. Tomé el único documento de identidad que tenía en mi poder y se lo di: era mi carné de la biblioteca municipal. El policía alto lo cogió, lo miró, le dio una vuelta en sus manos, leyó mi nombre en voz alta. Miró al retacón. Sonrió, estoy seguro de que sonrió. Entonces, me devolvió el documento y me dijo: “circule”. Y eso hice. Circulé. Rápido, muy rápido.

¿Por qué son necesarios los clubes de lectura para la infancia y la juventud?

Hoy escuchaba el episodio 36 del podcast que Tàndem LIJ dedica a la conversación literaria y los clubes de lectura. Para la oportunidad entrevistaron a Marc Alabart, maestro, crítico de LIJ, promotor de lectura. En menos de una hora, el entrevistado hace un repaso de lo que significan los clubes de lectura en tanto una forma especial de conversación literaria, y vuelca con claridad y contundencia mucha información y buenas ideas, desde su experiencia como dinamizador de unos cuantos clubes, básicamente integrados por niñas y niños de distintas franjas de edades.

En el minuto 29 de la entrevista, el conductor del programa, Guillem Fargas, pregunta al entrevistado lo que ahora recojo como título de esta entrada: ¿por qué son necesarios los clubes de lectura?

Sesión del Club de Lectura «La Butaca Blava» en la librería El Petit Tresor.

Al responder, Marc parece dudar sobre el carácter necesario de estos espacios, y, de alguna manera, relativiza eso de la necesidad. Sostiene que la existencia de los clubes de lectura se emparenta con la existencia de clubes deportivos, con los grupos musicales, con las actividades culturales de tiempo libre: «extraescolares», dice. Sería necesario que existan, responde, por si alguien quiere asistir a ellos. Luego resalta el carácter voluntario de la asistencia a los clubes de lectura, con lo cual, de hecho, niega la obligatoriedad a la hora de asistir, y descarta de esta manera el rigor de la «necesidad». Sabemos que algo es «necesario» si comporta un vínculo estrecho con lo «obligatorio», con lo «ineludible». La educación es necesaria y, por lo tanto, la escuela es obligatoria universalmente. Asistir a la escuela no puede quedar librado a la voluntad de los interesados, sino que es una exigencia que satisface una necesidad individual y social.

En este sentido, entonces, los clubes de lectura no serían «necesarios», aunque por alguna razón, Marc no quiere llegar a este extremo de negar la necesidad.

En principio, la respuesta de Marc parece acertada, así volcada a la relatividad de lo deseable por sobre lo necesario. Discreparía con él en eso de asemejar los clubes de lectura a una actividad extraescolar. Esto es solo un matiz en relación con su respuesta, porque yo prefiero que los clubes de lectura se desprendan del todo de cualquier percepción que quiera asociarlos al aprendizaje escolar de la lectura o de la educación literaria, y cuanto más lejos de relacionarse con lo escolar, mejor.

Asistir a un club de lectura es algo que, en principio, solo debe interesar a los que ya son ávidos lectores: niñas y niños que disfrutan a rabiar de la lectura. En este sentido, no puede haber ninguna obligatoriedad cuando se toma la decisión de asistir. Y sin embargo, por paradójico que resulte, una vez que el niño o la niña están muy metidos en el mundo de la lectura, el club se vuelve necesario para ellos, porque viene a satisfacer una necesidad: la de completar los tres estadios del ciclo de la lectura de un libro.

Entiendo que leemos un libro, cualquier libro, en tres estadios: antes de leerlo; al leerlo; después de leerlo.

Antes de leer un libro, nos aproximamos a él por una recomendación personal, por una exigencia institucional, por la seducción y persuasión del marketing editorial y librero, porque lo hemos visto en algún lado y nos llamó la atención desde la portada y los paratextos… Ese primer estadio de la lectura de un libro es, en general, el resultado de una interacción, la decantación de un proceso de interacción social, salvo, quizás, cuando el puro azar nos puso un libro en las manos, y allí quedamos, individualmente ligados a su lectura.

El segundo estadio es el de la lectura en sí: ese momento de enfrentarnos, libro en mano, con el texto y con todo lo que constituye la propuesta lectora del libro. En general, este momento de la lectura es individual. Aunque la lectura en voz alta, conjunta, puede darle un carácter social: la lectura puede consolidar un vínculo muy fuerte cuando se hace en forma conjunta, vínculo que el libro sostiene.

Finalmente, el tercer estadio de la lectura de un libro es cuando acabamos la lectura del texto y sentimos la necesidad de hablar con alguien sobre lo que hemos leído, lo que nos pareció el texto, la impresión que nos dejó su contenido, los agrados o desagrados que produjo en nuestras emociones, el interés o el desinterés con que nos motivó su lectura… Esta última etapa de la lectura es, de nuevo, y predominantemente, social. Y es, de los tres estadios de la lectura, el que tiene un carácter más fuerte de «necesidad».

No tenemos necesidad de comenzar a leer un libro. No tenemos necesidad de terminar la lectura de un libro. Pero una vez que lo hemos leído, yo diría que tenemos la necesidad de compartir la lectura con alguien.

Sesión del Club de Lectura «La Butaca Vermella» en la librería El Petit Tresor.

Esa necesidad distintiva del tercer estadio de la lectura del libro, el de leer después de leer, es la que puede hacer que un club de lectura sea necesario para mucha gente, y muy en especial, para la infancia y la juventud.

Puede haber sustitutos para satisfacer la necesidad que satisface el club de lectura: por ejemplo, llevar un diario de lecturas personal y escribir en él todo lo que nos pareció el libro que acabamos de leer; o llevar adelante un canal de Youtube y compartir ahí nuestras impresiones; o escribir reseñas y comentarios en un blog; o conversar en el patio del cole con el amigo o la amiga que gustan de leer igual que nosotros… Son diferentes opciones para cubrir la necesidad que nos genera la lectura de un libro, sin dudas.

Como gestor que organiza y da soporte a diferentes clubes de lectura para la infancia, puedo afirmar que el «club de lectura» infantil y juvenil, tal como lo describe Marc Alabart en la entrevista de Tàndem LIJ, es la mejor opción para satisfacer esta necesidad de los lectores que he mencionado. Sobre todo cuando los lectores son niñas y niños, o jóvenes, y no encuentran en otros ámbitos sociales (tal como sería el café o el ateneo para los adultos) la posibilidad de acabar de leer socialmente lo que leyeron individualmente, vale decir: de acabar la lectura de un libro junto a otras personas, tal como cabe a la necesidad de haber leído lo leído en la intimidad o la soledad individual.

El vuelo infinito: libro de poesía de Fran Pintadera

Hace unos días, Pep Molist, que tiene buen oído lector, en el blog de Llibres al Replà, decía de Fran Pintadera que es «uno de los autores contemporáneos que más afina en la creación de cuentos breves y de libros álbumes«. Yo suscribo, y agrego: lean los poemas de este libro y verán que tiene una voz poética que afina, casi, como un pájaro cantor.

Desde la perspectiva, y con la voz, de las aves migratorias, Pintadera nos acerca al vuelo de los pájaros, a su relación íntima con la fascinación de los humanos, al colorido encanto de los plumajes eternos, a los caligramas vitales del anhelo de volar: todo ello, tal vez, como si intentara captar con palabras una metáfora de la vida en toda su extensión.

EL VUELO INFINITO de Fran Pintadera, textos poéticos, y Alejandra Acosta, ilustraciones poéticas. Lo publica KALANDRAKA en su colección Orihuela.

Mi hermano y Bartleby

Daniel Pennac nos ofrece un libro muy personal, emotivo, elegíaco. Un libro en el que hace el duelo de su hermano fallecido, Bernat, 5 años mayor que él, y el favorito de sus hermanos.

Para poder acceder a las profundidades de sus recuerdos y reconstruir en su interior la imagen nunca del todo aclarada de su hermano, Pennac acude al Bartleby de Melville.

Bernat le dio a leer el Bartleby a Daniel muy temprano en la infancia, y este personaje, que al decir de Borges es una representación de la “inutilidad esencial”, asiste al hermano menor para reconstruir su vínculo con el mayor.

Mi hermano, de Daniel Pennac y Bartleby, el escribiente, de Herman Melville.

El libro intercala una “lectura teatral” del Bartleby, hecha por el Pennac lector y dramaturgo, con una reconstrucción autobiográfica del vínculo estrechísimo de ambos hermanos: un relato que vienen a reivindicar, a partir del elogio de la inutilidad y sobre la base del principio de no incrementar la entropía, una hermandad única y hermosa.

El libro, además, nos ofrece una nueva reflexión de Pennac sobre el significado de la lectura, sobre cómo la lectura y la vida se imbrican de tal modo, que es necesario el intenso sentido que da la literatura para poder componer el profundo sentido de las emociones vividas intensa y tensamente, y viceversa.

Bellísima novela, y bellísima relectura del cuento clásico de Melville.

MI HERMANO, de Daniel Pennac, publicado por Random House, 2021.

BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE, de Herman Melville, ilustrado por Stéphane Poulin para una edición espectacular de Alianza Editorial.

Bernat

Bernat fue Bernat. No era necesario decir su apellido, Cormand. Mi vínculo con él comenzó a propósito de una nota que escribí en mi blog en 2014: “Diversidad sexual, matrimonio igualitario, grillas de valores y… ¿literatura infantil?” Era una crítica de un álbum muy malo que abordaba el tema LGTB con un descuido estético brutal. Yo escribí eso, y comparé el engendro con un libro que había dibujado Bernat: El niño perfecto. Elogié su obra al pasar y lo utilicé como manera de decir que, si se le quería hacer honor a la causa LGTB, lo mejor era hacer libros de calidad, como los de Bernat.

Yo ya vivía en Cataluña. Mi crítica le gustó y me lo hizo saber. Viniendo de él, un hombre comprometido con la causa LGTB, aquello fue una alegría para mí.

No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que lo vi en persona. Creo que fue en Bolonia, en 2017, cuando Cataluña fue la invitada de honor. Recuerdo, sí, una oportunidad en la que me lo encontré: fue un día del 2017, el 28 de junio, en un bar de Barcelona, donde se echaba a rodar el proyecto de la Asociació Àlbum. Yo había ido porque me parecía un proyecto que cabía apoyar. Bernat estaba ahí, dando su soporte a la iniciativa.

Por esa época se estrenaba como director de la Revista Faristol. Cuando llegué al bar, me abordó con entusiasmo. Sin muchas introducciones ni circunloquios, me convidó a integrarme al staff de la revista como crítico. Me sorprendió. Esa sí que no me la esperaba. Le dije que sí, claro, era un honor y un gran desafío. Y así, por su iniciativa, me convertí en colaborador del proyecto de renovación de Faristol que encabezó. Estuve un tiempo escribiendo para la revista. Luego, por razones personales, me retiré. Bernat transformó una revista que era muy buena, en una revista que es excelente.

Bernat confió en mí, y confió en el proyecto de El Petit Tresor, al que le dio apoyo cuando lo convocamos. Estuvo en la librería en febrero del 2018, en una de las tertulias LIJterarias que hacemos con bibliotecas y mediadores, para hablar de la crítica de LIJ y de cómo entendía él su papel al frente de la Revista Faristol.

Ese año, salió su libro Los días felices. Se lo publicó Arianna en A Buen Paso. Le dije, cuando lo leí, que me había conmovido mucho. Y le gustó que se lo dijera.

En el 2019 programé con las editoras de L’Altra Tribu una sesión de La Butaca Daurada. Quería comentar el libro Aristotil i Dante, y quería que Bernat viniera. Para mi sorpresa, ellas me revelaron que estaban trabajando con Bernat en una novela. Quedamos en hacer algo con él, pero entonces vino la pandemia, el confinamiento, las dificultades para hacer cualquier actividad. La idea de hacer algo con la editorial se fue postergando. Bernat publicó su novela, “El cap als núvols”, la leí, asistí a la presentación virtual que hizo con sus editoras, donde dijo eso de que él más que ilustrador se sentía escritor, porque de última, él había estudiado filología catalana y tenía un máster de literatura comparada, y al final, lo cierto, es que las palabras eran lo suyo, incluso más que la ilustración. Comentó eso de una manera jocosa, como si tuviera que justificar un cambio de bando, o algo así, justo él, que no se dejaba encasillar en nada, justo él, que hasta el último día no se estuvo a gusto en ningún lugar.

En noviembre me había escrito. Buscaba editorial en castellano para su novela. Me pedía que lo ayudara con eso. No sé si al final la consiguió. Este año, en febrero, estuve virtualmente con él, en las jornadas de la Crítica de Faristol, un encuentro anual al que me convidaron, supongo que por iniciativa de él.

La novela que nos quedó por presentar: lo haremos en tu memoria, Bernat.

Bernat siempre me resultó una persona refinada, culta, tan puntilloso en el dibujo como en su habla y escritura. Seguro que era un amante de la perfección, aunque le agradara asistir a ella travestido: severo en sus gestos, pero tierno cuando hablaba pausado y profundo; duro en su apariencia, pero con una transparencia de fragilidad que se le podía adivinar en su sensibilidad interior. Así lo veía yo.

Si se hubiera dado más tiempo, seguro que hubiera seguido creciendo en la literatura y en la ilustración, porque se le dio de maravillas cada vez que incursionó en ellas.

Si se hubiera dado más tiempo, seguro que hubiera seguido abriendo puertas a la gente que se acercaba a la LIJ, como un día me acerqué yo, sin más créditos que los que él me atribuyó sin pedirme papeles, porque eso de abrir puertas también fue lo suyo.

Si se hubiera dado más tiempo, me hubiera gustado volver a compartir con él su pasión por la buena literatura infantil.

Si me hubiera dado más tiempo, me habría agrado decirle que lo estimaba, y que contara conmigo para lo que fuera. Pero no pudo ser, y eso, esa brutal imposibilidad, es la mayor tristeza, hoy, cuando Bernat se ha ido.

“Quién sabe qué oleajes qué tormentas lo alejaron de la playa de la vida”, recitaba Darnauchans, al inicio de la canción “Ni siquiera las flores”. Y no paro de canturrear esta canción, como si así pudiera calmar en algo este dolor mío y de todos.