El vuelo infinito: libro de poesía de Fran Pintadera

Hace unos días, Pep Molist, que tiene buen oído lector, en el blog de Llibres al Replà, decía de Fran Pintadera que es “uno de los autores contemporáneos que más afina en la creación de cuentos breves y de libros álbumes“. Yo suscribo, y agrego: lean los poemas de este libro y verán que tiene una voz poética que afina, casi, como un pájaro cantor.

Desde la perspectiva, y con la voz, de las aves migratorias, Pintadera nos acerca al vuelo de los pájaros, a su relación íntima con la fascinación de los humanos, al colorido encanto de los plumajes eternos, a los caligramas vitales del anhelo de volar: todo ello, tal vez, como si intentara captar con palabras una metáfora de la vida en toda su extensión.

EL VUELO INFINITO de Fran Pintadera, textos poéticos, y Alejandra Acosta, ilustraciones poéticas. Lo publica KALANDRAKA en su colección Orihuela.

Mi hermano y Bartleby

Daniel Pennac nos ofrece un libro muy personal, emotivo, elegíaco. Un libro en el que hace el duelo de su hermano fallecido, Bernat, 5 años mayor que él, y el favorito de sus hermanos.

Para poder acceder a las profundidades de sus recuerdos y reconstruir en su interior la imagen nunca del todo aclarada de su hermano, Pennac acude al Bartleby de Melville.

Bernat le dio a leer el Bartleby a Daniel muy temprano en la infancia, y este personaje, que al decir de Borges es una representación de la “inutilidad esencial”, asiste al hermano menor para reconstruir su vínculo con el mayor.

Mi hermano, de Daniel Pennac y Bartleby, el escribiente, de Herman Melville.

El libro intercala una “lectura teatral” del Bartleby, hecha por el Pennac lector y dramaturgo, con una reconstrucción autobiográfica del vínculo estrechísimo de ambos hermanos: un relato que vienen a reivindicar, a partir del elogio de la inutilidad y sobre la base del principio de no incrementar la entropía, una hermandad única y hermosa.

El libro, además, nos ofrece una nueva reflexión de Pennac sobre el significado de la lectura, sobre cómo la lectura y la vida se imbrican de tal modo, que es necesario el intenso sentido que da la literatura para poder componer el profundo sentido de las emociones vividas intensa y tensamente, y viceversa.

Bellísima novela, y bellísima relectura del cuento clásico de Melville.

MI HERMANO, de Daniel Pennac, publicado por Random House, 2021.

BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE, de Herman Melville, ilustrado por Stéphane Poulin para una edición espectacular de Alianza Editorial.

Bernat

Bernat fue Bernat. No era necesario decir su apellido, Cormand. Mi vínculo con él comenzó a propósito de una nota que escribí en mi blog en 2014: “Diversidad sexual, matrimonio igualitario, grillas de valores y… ¿literatura infantil?” Era una crítica de un álbum muy malo que abordaba el tema LGTB con un descuido estético brutal. Yo escribí eso, y comparé el engendro con un libro que había dibujado Bernat: El niño perfecto. Elogié su obra al pasar y lo utilicé como manera de decir que, si se le quería hacer honor a la causa LGTB, lo mejor era hacer libros de calidad, como los de Bernat.

Yo ya vivía en Cataluña. Mi crítica le gustó y me lo hizo saber. Viniendo de él, un hombre comprometido con la causa LGTB, aquello fue una alegría para mí.

No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que lo vi en persona. Creo que fue en Bolonia, en 2017, cuando Cataluña fue la invitada de honor. Recuerdo, sí, una oportunidad en la que me lo encontré: fue un día del 2017, el 28 de junio, en un bar de Barcelona, donde se echaba a rodar el proyecto de la Asociació Àlbum. Yo había ido porque me parecía un proyecto que cabía apoyar. Bernat estaba ahí, dando su soporte a la iniciativa.

Por esa época se estrenaba como director de la Revista Faristol. Cuando llegué al bar, me abordó con entusiasmo. Sin muchas introducciones ni circunloquios, me convidó a integrarme al staff de la revista como crítico. Me sorprendió. Esa sí que no me la esperaba. Le dije que sí, claro, era un honor y un gran desafío. Y así, por su iniciativa, me convertí en colaborador del proyecto de renovación de Faristol que encabezó. Estuve un tiempo escribiendo para la revista. Luego, por razones personales, me retiré. Bernat transformó una revista que era muy buena, en una revista que es excelente.

Bernat confió en mí, y confió en el proyecto de El Petit Tresor, al que le dio apoyo cuando lo convocamos. Estuvo en la librería en febrero del 2018, en una de las tertulias LIJterarias que hacemos con bibliotecas y mediadores, para hablar de la crítica de LIJ y de cómo entendía él su papel al frente de la Revista Faristol.

Ese año, salió su libro Los días felices. Se lo publicó Arianna en A Buen Paso. Le dije, cuando lo leí, que me había conmovido mucho. Y le gustó que se lo dijera.

En el 2019 programé con las editoras de L’Altra Tribu una sesión de La Butaca Daurada. Quería comentar el libro Aristotil i Dante, y quería que Bernat viniera. Para mi sorpresa, ellas me revelaron que estaban trabajando con Bernat en una novela. Quedamos en hacer algo con él, pero entonces vino la pandemia, el confinamiento, las dificultades para hacer cualquier actividad. La idea de hacer algo con la editorial se fue postergando. Bernat publicó su novela, “El cap als núvols”, la leí, asistí a la presentación virtual que hizo con sus editoras, donde dijo eso de que él más que ilustrador se sentía escritor, porque de última, él había estudiado filología catalana y tenía un máster de literatura comparada, y al final, lo cierto, es que las palabras eran lo suyo, incluso más que la ilustración. Comentó eso de una manera jocosa, como si tuviera que justificar un cambio de bando, o algo así, justo él, que no se dejaba encasillar en nada, justo él, que hasta el último día no se estuvo a gusto en ningún lugar.

En noviembre me había escrito. Buscaba editorial en castellano para su novela. Me pedía que lo ayudara con eso. No sé si al final la consiguió. Este año, en febrero, estuve virtualmente con él, en las jornadas de la Crítica de Faristol, un encuentro anual al que me convidaron, supongo que por iniciativa de él.

La novela que nos quedó por presentar: lo haremos en tu memoria, Bernat.

Bernat siempre me resultó una persona refinada, culta, tan puntilloso en el dibujo como en su habla y escritura. Seguro que era un amante de la perfección, aunque le agradara asistir a ella travestido: severo en sus gestos, pero tierno cuando hablaba pausado y profundo; duro en su apariencia, pero con una transparencia de fragilidad que se le podía adivinar en su sensibilidad interior. Así lo veía yo.

Si se hubiera dado más tiempo, seguro que hubiera seguido creciendo en la literatura y en la ilustración, porque se le dio de maravillas cada vez que incursionó en ellas.

Si se hubiera dado más tiempo, seguro que hubiera seguido abriendo puertas a la gente que se acercaba a la LIJ, como un día me acerqué yo, sin más créditos que los que él me atribuyó sin pedirme papeles, porque eso de abrir puertas también fue lo suyo.

Si se hubiera dado más tiempo, me hubiera gustado volver a compartir con él su pasión por la buena literatura infantil.

Si me hubiera dado más tiempo, me habría agrado decirle que lo estimaba, y que contara conmigo para lo que fuera. Pero no pudo ser, y eso, esa brutal imposibilidad, es la mayor tristeza, hoy, cuando Bernat se ha ido.

“Quién sabe qué oleajes qué tormentas lo alejaron de la playa de la vida”, recitaba Darnauchans, al inicio de la canción “Ni siquiera las flores”. Y no paro de canturrear esta canción, como si así pudiera calmar en algo este dolor mío y de todos.

Rasi de Oro: un caso de metaficción

Dice en la dedicatoria: “Para todas las libreras y los libreros que ayudan a descubrir a niños y niñas lo mucho que les gusta leer”. Leí eso y pensé. Este libro me está dedicado. Este libro es para mí.

El libro lleva por título “Rasi en la librería” e integra la serie de “La pandilla de la ardilla”, una extensa colección de títulos escritos por Begoña Oro e ilustrados por Dani Montero que publica la editorial SM.

Rasi en la librería, de Begoña Oro, ilustraciones de Dani Montero, publica SM, Colección La pandilla de la ardilla, Barco de Vapor serie blanca, 2021.

En este caso, Nora, una de las integrantes de la pandilla, lleva a Rasi a visitar una librería. Se trata de la librería a la que la niña asiste con frecuencia desde que era una bebé, la librería donde fue consiguiendo las lecturas que la han forjado como lectora en un recorrido guiado, auxiliado, por su familia y la librera de confianza.

Recorrido lector: el de Nora, una de las integrantes de la pandilla.

El libro, en una primera lectura, se presenta como una guía, muy completa y muy bien informada (lo digo con conocimiento del caso), de lo que una niña curiosa puede encontrar cuando va de visita a una librería especializada en literatura infantil. Y lo que puede encontrar, además de un mundo de libros ordenados de acuerdo con un recorrido lector, es una librera informada y, si tienes suerte, a la autora de tu vida, tal como sucede en este título.

Entiéndase que si este libro fuera solo eso, una guía informativa sobre qué son las librerías, ya estaría muy bien, porque además de estar bien informado, de presentarse muy completo para primeros lectores, es ameno. Pero en este caso, la narración va más allá, porque en el relato se produce un desdoblamiento metaficcional (un palabrón para decir que lo narrado se refiere a sí mismo, es autorreferencial) que se introduce con sumo cuidado y que encaja pieza a pieza, perfectamente, como en un puzle.

La librera va dejando ver poco a poco que conoce a Nora y a Rasi, lo que, también paulatinamente, sorprende a la ardilla y la intriga. Luego, en un momento, llega a la librería un personaje secundario: una escritora, que no es otra que la mismísima Gran Duquesa, nuestra Begoña Oro, que viene a buscar un libro que encargó.

Begoña y su librera de confianza.

Entonces, la librera le explica a Rasi que la visitante es la escritora de las historias de Rasi: podría ser desconcertante, pero no lo es, porque todo está muy bien narrado. La visita de la autora es la oportunidad para que la librera explique a los personajes qué es una colección, cómo se escribe, cómo se accede a ella de la mejor manera, en qué consiste la lectura de una serie.

El final es un cierre perfecto, pues sucede algo que muy a menudo acontece cuando un niño lee un libro: descubre que puede reconocerse en él.

“Para mirarte como en un espejo / para encontrar en él tu reflejo”, dice la librera en verso cuando explica las posibles utilidades de un libro.

Y a modo de colofón, una última cosa que no puedo dejar de mencionar: como librero, he descubierto que puede ser lo más normal que si un cliente encarga un libro lo dejé pagado, como hace Begoña en esta historia. Y es que me cuesta dar ese paso y pedir a las personas que me encargan libros que dejen un pago a cuenta, porque al final, resulta que tengo un estante con libros pendientes de recoger desde hace demasiado tiempo… Creo que Laura, la librera de esta historia, será para mí una buena fuente de inspiración: ¡un espejo, sí!

Literatura Infantil, Sociedad Anónima

En estos días volvió a saltar la polémica en relación con una colección de libros que comercializará el diario El País. Bajo el lema de “los mejores escritores se alían con los niños”, el diario junto a la editorial Alfaguara lanzarán un refrito de títulos indigeribles escritos por autores de la talla de Almudena Grandes, Mario Vargas Llosa, Eduardo Mendoza, Rosa Montero, Luis Mateo Díez… y Arturo Pérez -Reverte, que parece que fue el de la idea.

Lo del refrito lo digo porque estos libros ya habían salido hace años y, en su momento, recibieron la atención y la critica que les correspondía: hay una nota de Ana Garralón que puso las cosas en su lugar.

No me interesa hablar de los libros, sino del hecho de que esta incursión en el mundo de la LIJ por parte de “los mejores escritores” intente imponer el nombre de los autores como un argumento de venta dentro de un mundo literario en el que el anonimato es norma.

Los “mejores escritores”, en este caso donde la hipérbole la ponen los que comercializan la colección, son autores que se han forjado un nombre en la literatura. Y donde digo “forjar un nombre” bien podría decir que han logrado “imponer una marca”. Todo el sistema de márquetin de la industria del libro posicionó estos nombres como una etiqueta de calidad. La gente compra los libros de estos autores sin dudar, porque claro, son “los mejores”. Más de un comprador, a la hora de leer (una hora, la de leer, que no siempre coincide con la de comprar) se lleva el fiasco; pero no pasa nada, porque incluso cuando uno de estos autores le erra, incluso entonces, haber leído su libro está muy bien visto y nos permitirá reafirmar esa “alianza” con los grandes, alianza de la que se habla al lanzar la colección para pequeños.

Hasta ahí, todo tiene su lógica mercantil. Pero lo curioso, incluso lo extraño, es que esa lógica se quiera traspasar, sin más, al campo de la LIJ. Y digo que es extraño porque, mal que le pese a más de un “gran escritor” de LIJ y a más de un promitente editor de LIJ, ese sistema de márquetin basado en la “marca del escritor” no funciona para la literatura infantil.

Es sabido que el público, en general, no recuerda a los autores (aquí van igualados escritores e ilustradores) de Literatura Infantil y Juvenil. A la mayoría de la gente que busca un libro para regalar a un niño, le nombras a un grande de la LIJ y te quedan mirando como si les hablaras en chino mandarín. Si dices Roald Dahl, por ejemplo, debes aclarar que es el de “Matilda”, porque el nombre no les suena de nada hasta que no lo asocian con la película aquella, sí, tan graciosa la niña. Si hablas de Sendak, por ahí, ahora, más de uno podrá asociarlo con los personajes de “Allá donde viven los monstruos”. No estoy seguro. Tienes a Manolito Gafotas, que es conocido, sí, ¿pero su autora? ¿Lograrías recordar el nombre sin consultarlo en Google? Y tienes a Gloria Fuertes, recordada por el programa de televisión aquel donde leía sus poemas, sí, aunque de sus libros, vaya uno a saber cuáles, cuántos, cuándo… Anna Llenas puede publicar un nuevo título con la perspectiva de ser muy bien vendido, porque ha escrito el gran best seller de la LIJ, pero que repita el éxito dependerá de que se marque y remarque que ella es la autora del “monstruo de colores”, e incluso así, por ahí la cosa, al final, no sale bien.

Y nada, los autores de LIJ acabamos por ser parte de una sociedad muy particular, una sociedad que se mueve en el desconocimiento autoral más absoluto: una sociedad anónima. Y quizás no está tan mal eso, porque, al fin y al cabo: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor.”

—¿Quién era el que cantaba esto?

—Fue un escritor, creo.

—¿Decías que no era un cantante?

—No sé, recuerdo que era hermano de un famoso, ¿no?

—A ver, vamos a buscarlo a Google…

En cualquier caso, y tomen esto como una advertencia comercial, si hoy por hoy les quieren vender libros para vuestras niñas y niños diciéndoles que no sé qué de las grandezas del autor o la autora de turno, pasen de largo. Es una operación de mercadeo sin garantía de calidad. Seguro que es una historia que depende de la necesidad de autores muy señoros y señoras y señores que no están teniendo todas las ventas que necesitan en el mundo de la literatura adulta y “bajan” (caen, vamos) al mundo de la LIJ, “que has visto tú que cada vez vende más”, Arturito.

Pasen de largo, sí, porque además, ya pueden enterarse, la buena literatura infantil, la mejor, seguirá siendo anónima, al menos hasta que no cambien mucho las cosas y se ponga a la LIJ en el sitial que de verdad se merece.