Contra la eugenesia de la inteligencia emocional: “Bocababa”, de Tina Vallès y Gabriel Salvadó

Para @hijotonto, que se lo había prometido.

En el afán de querer eliminar los defectos humanos, suponiendo que así se ahorraban esfuerzos económicos y sociales, los defensores del pensamiento eugenésico del siglo XIX y XX promovieron barbaridades históricas. Hoy día, la ingeniería genética, ya sea bajo un simple diagnóstico prenatal, hace las cosas un poco mejor. Pero los defectos humanos siguen apareciendo, y las sociedades han de convivir con ellos.

Un poco así sucede con los valores y las emociones: que los hay defectuosos, o lisa y llanamente perversos, y que en la conciencia individual o en sus expresiones sociales nos exigen combatirlos a diario. En la actualidad, la pretensión eugenésica de eliminar esos valores “incorrectos” y esas emociones “defectuosas” vendría a presentarse como la “corrección política”, y pasa por querer desterrarlos de la vista del público, incluso antes de que se manifiesten.

Se ha llegado a pensar que eliminando u ocultando la “incorrección” del alcance de los niños nos ahorraremos problemas. En los libros para niños esa actitud es patente: la eugenesia pretende ocultar o borrar de raíz toda aquella obra literaria que manifieste o exprese las distintas formas de la “incorrección” propias de la infancia. Se cree que así estaríamos poniendo a niñas y niños a resguardo de la inmoralidad y ahorrándonos a futuro muchos problemas. Pero la cosa no parece venir funcionando muy bien.

Chico Ostra (2)

Chico Ostra / Noi Ostra, de Tim Burton.

Antes de ocuparme del libro del que quería ocuparme hoy, voy a citar un ejemplo de literatura infantil “incorrecta” que está relacionado con esto de la eugenesia. Al día de hoy, un libro como “La melancólica muerte de Chico Ostra”, de Tim Burton, que fue concebido como un libro de poesía infantil ilustrado (y a todas vistas lo es), no podría ser editado en una colección destinada a ese público, y de hecho, tanto en castellano como en catalán, fue publicado en colecciones de libros para adultos.

En uno de los poemas que componen el libro se relata el nacimiento de un niño deforme, un niño con cabeza de ostra. Los padres, y la sociedad circundante, sienten desprecio por esa horrible criatura. Los padres, y también un médico consultado, para dejar bien en claro que el pequeño deforme es una carga improductiva para la reproducción de la sociedad, achacan los problemas sexuales de la pareja a la presencia del monstruito. El infanticidio será acometido por el padre al modo de una acción eugenésica. Luego del filicidio, los padres vuelven a su actividad sexual con la perspectiva de reproducirse.

El poema y la ilustración de Tim Burton se desarrolla en un estilo gótico y macabro. Todo el libro está concebido con ese tipo de humor esperpéntico que caracteriza el conjunto de la obra del autor. Un tipo de humor que provoca, luego de la risa nerviosa, una ternura compasiva hacia los personajes que nos presenta: monstruosos, solitarios, inadaptados, débiles o improductivos. Así y todo, más de un censor apartará al Chico Ostra del alcance de los niños. También al libro se le practicará una suerte de eugenesia, por considerarlo inadecuado.

Bocabava _ Tapa

Tapa de la versión en catalán de “Bocabava”, de Tina Vallès y Gabriel Salvadó.

¿Puede correr la misma suerte un libro como “Bocababa”, escrito por Tina Vallès, ilustrado por Gabriel Salvadó y publicado en castellano, en portugués y en catalán (“Bocabava”) por Fragmenta Editorial en su colección, Petit Fragmenta? Esperamos que no. Si dejamos que niñas y niños lo elijan como lectura y si logramos salvar las alarmas de los censores de turno, creemos que el libro podrá hacer un buen camino.

“Bocababa” resulta uno de esos libros poco frecuentes en el panorama editorial de la literatura para niños actual. Es un libro que cuando uno lo termina de leer se queda pensando en qué es exactamente lo que nos quiso decir. Eso está muy bien. Por lo general, la mayoría de los libros actuales tienen mensajes que redundan en explicaciones y autoexplicaciones facilistas o que caen en vacíos expresivos. “Bocababa” en cambio te pone las cosas más difíciles. Es un cuento humorístico, pero de un humor muy particular. Cuenta una historia de amor y salvación, pero de un tipo de amor y un tipo de salvación muy especial. Tiene un personaje infantil como protagonista, pero es un niño algo deforme y monstruoso. Es un candidato para la eugenesia de la corrección política, pero tampoco parece ser del todo incorrecto. Es un libro que cuando lo terminas de leer, luego de reír, de sentir ternura, de ponerte triste y melancólico, quedas con la boca abierta y la mirada perdida: casi, casi como el personaje central.

bocabava interior

“Un nen sense sort, aquest és Bocabava”: primera doble página interior del libro.

“Bocababa es un niño sin suerte. Tiene un ojo distraído y el otro sorprendido, y se pasa el día tropezando con todo y coleccionando chichones porque no mira donde hay que mirar”. Así comienza el texto del cuento, que en la primera ilustración nos muestra al personaje de ojos desviados, que camina con la boca abierta, de donde le cae un reguero de saliva que se dispersa por la calle. El niño es un solitario. Solo tiene un amigo, tan monstruoso como él, que se pasa la mayor parte del tiempo enfermo. Juega juegos extraños, como seguir hormigas y quedar absorto y babeante ante ellas. La descripción del personaje mueve a risa, primero, y a compasión, después. Bocababa es un esperpento que parece condenado a la exclusión.

Un día sucede algo particular. Una feria ambulante se instala en la calle de Bocababa. En un puesto de juegos, el hombre que lo atiende tiene una cantidad de peces de colores que los jugadores pueden ganar con buena puntería a los dardos. A instancias del hombre, Bocababa lo intenta. Un desastre. El hombre que atiende el puesto, y que se salva por poco de que un dardo le atraviese un ojo, igual le concede un premio al niño. Le dará uno de los peces. Pero uno muy particular. El pez se llama Raquitín (Secalló en catalán y Vira-Tripas en portugués) y es tan esperpéntico como el mismo Bocabava: no tiene color, de tan raquítico es transparente, está viejo porque nadie se lo lleva cuando acierta a los dardos, y además “tiene un ojo distraído y el otro sorprendido”. Por aquello de que siempre hay un roto para un descosido, Bocababa y Raquitín se van juntos.

raquitín

Raquitín (Secalló, en catalán; Vira-Tripas, en portugués): bien alejado de los demás peces de colores, en un rincón, abajo, a la derecha, casi invisible.

A partir de ahí, la vida de Bocababa hace un vuelco. Por primera vez, el niño tiene algo por lo que ocuparse y tiene a alguien que parece preocuparse por él. Pero que nadie espere finales felices ni grandes transformaciones. La vida del niño y la del pez seguirán por los grotescos derroteros de siempre, salvo que ahora estarán juntos, se querrán mutuamente, y hasta habrá alguien que los felicite por eso. Lo demás en el texto, así como en la ilustración, es pura forma, y se sostiene en un humor delicadamente grotesco y brutalmente tierno, si se me permite el juego de los oxímorones: todo muy similar a lo que resulta en el Chico Ostra de Burton. Un humor logrado sin estridencias en el texto y mediante unos dibujos que por sobre lo caricaturesco y lo exagerado, no dejan de expresar la ternura con la que poco a poco nos envuelve la historia.

Si no hemos perdido la facilidad de la risa que tienen los niños ante la deformidad, ante lo que falla, ante el error, ante la bobera, ante lo inadaptado e inadaptable, ante lo incontrolado, ante lo que se desvía de la trayectoria de lo correcto y lo normal, ante lo que se tropieza y cae: este libro nos moverá a risa. Al menos en una primera instancia. Luego, quizás, nos mueva a la melancolía, e incluso a la tristeza. Porque no hay nada más melancólico y triste que la resaca que nos deja la risa (el reírnos de, el burlarnos de, el humor) que nos provocan los defectos, las carencias, los esfuerzos mal encaminados de los demás. ¿Y por qué nos reímos de eso? ¿Y por qué es triste después? Nos reímos para tomar distancia, para protegernos, para apartarnos: cuando nos reímos, los torpes, los deformes, los anormales son los otros, no somos nosotros. Y nos ponemos tristes porque más tarde o más temprano, descubriremos que los defectos, las carencias y los esfuerzos desmedidos para manejarnos con la realidad, de una u otra forma, también son los nuestros.

En la actualidad no estamos siendo conscientes de que la corrección política —que en su esfuerzo eugenésico respecto de los malos pensamientos infantiles, que en su compulsión a ocultar la risa maliciosa (o la maldad misma) de la vista de los niños, que en su intento de eliminar las burlas en pro de falsos respetos, que en su obsesión por intentar borrar de nuestro horizonte de expectativas la tullidez del tullido, la deformidad del deforme o la brutalidad del bruto, la monstruosidad del monstruo— lo que está haciendo, de última, es privarnos de la posibilidad de reírnos y de reconocer, en el otro, nuestros propios defectos humanos, demasiado humanos, para terminar barriendo todo debajo de la alfombra.

La evolución de la conciencia moral del niño, que ha de procesarse por el camino de la autonomía, requiere primero reconocer la diferencia, procesarla, asimilarla en el rechazo, en la burla, en la risa y hasta en el miedo que genera. Luego, una vez confrontada con esas sensaciones y emociones, la conciencia moral podrá evolucionar, por la vía del autorreconocimiento, hacia la aceptación y el respeto por el otro. Castrar el proceso podría significar reprimir la “incorrección-nuestra-de-cada-día” y congelarla en un estadio inconsciente, desde el cual, con el tiempo, no hará otra cosa que emerger, una y otra vez, imposibilitada de ser reconocida por quien la lleva consigo de manera más o menos culposa, de manera más o menos brutal.

Cuando un libro, cuando una ficción, pone delante del niño la brutalidad de la vida, y no ahorra una dosis de humor respecto de ello, y habilita a la risa, puede llegar a facilitar el proceso de empatía respecto del otro de una manera mucho más potente que cualquiera de esos libros que prejuzgan la situación e imponen, moralina mediante, la corrección política de una actitud que no tiene por base la motivación auténtica ni el valor autónomamente generado.

Percibimos, en nuestra cultura contemporánea, que cuanto más se predica sobre ética más inmoral resulta la sociedad. La hipocresía está a la orden del día. Como está a la orden del día el desprecio (etnofóbico, xenofóbico, homofóbico) por los otros, y lo más indigno (e indignante) de las burlas e insultos que los adultos no escatiman, así como no escatiman recursos a la hora de construir muros en las fronteras, creyendo que los bárbaros son, siempre, los que están del otro lado.

Me llevó un tiempo darme cuenta de qué es lo que más atractivo me resultó en este “Bocababa” de Tina Vallés y Gabriel Salvadó: es un libro que seguramente hará reír a los niños a la vez que les permitirá empatizar con la mala suerte del personaje, hasta terminar enterneciéndose con él. Mala suerte que, en una de esas, es similar a la que se ensaña a diario con cada uno de nosotros. “Bocababa”, seguramente, los hará reír, los hará compadecer, y sin ninguna pretensión de adoctrinar en la corrección política, quién te dice que no los haga también crecer en su conciencia moral respecto del cuidado de los otros, los diferentes, los desfavorecidos en la lotería biológica o social.

 

En el principio, fue el caos: “Quin caos d’habitació!”, de Xavier Salomó

“Antes del mar y de las tierras y, el que lo cubre todo, el cielo,
uno solo era de la naturaleza el rostro en todo el orbe,
al que dijeron Caos, ruda y desordenada mole
y no otra cosa sino peso inerte, y, acumuladas en él,
unas discordes simientes de cosas no bien unidas.”
Ovidio, Metamorfosis.

Cinco siglos antes de nuestra era, Ovidio dio cuenta del “caos” como origen de todas las cosas. En las cosmogonías clásicas, el caos es la hendidura prexistente a la separación del cielo y de la tierra. Todas las cosas están juntas, entreveradas, pero a la postre se separan y reconstruyen su relación para definir un mundo, un nuevo cosmos, en un orden diferente.

El álbum de Xavier Salomó que vamos a comentar, “Quin caos d’habitació!“, habla de eso. Los protagonistas son dos: un niño y su padre. El espacio de la acción, el escenario, es uno: la habitación del niño.

La historia comienza un lunes a las 7.25h. Es la hora de despertarse. El texto, en la página de la izquierda, luego de marcar la hora con una tipografía al modo de los relojes digitales, recrea la voz paterna que despierta al niño, Pau, y le da algunas órdenes. Sabemos que la voz de mando es la del padre, porque en la ilustración, en la página de la derecha, en el margen inferior izquierdo, vemos su sombra reflejada en la puerta abierta de la habitación del niño. En el otro margen de la página, en diagonal, atravesando toda la habitación hasta el rincón opuesto, vemos al niño arrebujado entra colchas. Se despierta. La habitación luce relativamente ordenada, si bien en el suelo hay dispersos algunos juguetes, algo de ropa, unos papeles.

Quin Caos _ Lunes _ fr

Lunes, 7:25 h.

La acción sigue el día martes, a las 7.25h. La historia, como una rutina, se repite. El padre despierta al hijo y da algunas órdenes. En la ilustración ya podemos adivinar como crece el desorden. Entre las órdenes que da el padre, se demanda la búsqueda de algunos objetos. Para el lector, esas órdenes podrían ser las instrucciones de un juego: buscar en la imagen las cosas que se van escondiendo tras el desorden. Para Pau, es claro, las órdenes son un incordio. Él se está vistiendo y todo es urgencia al levantarse para encarar el día. El padre termina su discurso exigiéndole al hijo que a la tarde ordene la habitación.

Pero llega el miércoles, a las 7.25h. y vemos que la habitación está más desordenada aún que el día anterior. El desorden crece. Las órdenes del padre de recoger ciertos objetos se hacen cada vez más difíciles de cumplir: para el niño, que está sentado en la cama y se restriega los ojos todavía dormidos; para el lector, que debe de prestar más atención si quiere encontrar en la ilustración de la habitación aquellos objetos que el padre demanda.

Quin Caos _ viernes _ fr

Viernes, 7:25 h

Y así pasa el jueves y el viernes. El desorden de la habitación crece a contrapelo del orden rutinario de los días y de las órdenes rutinarias que da el padre, quien expresa su fastidio con la frase que da título al libro: ¡qué caos de habitación! En medio del caos, Pau, sentado en el piso, con la espalda apoyada contra la cama siente la impotencia absoluta y el peor fastidio. Sencillamente, a él le es imposible cumplir con el mandato paterno, poner orden en el caos. Parece abatido. Él mismo es una pieza más en el desorden absoluto de su habitación. La ilustración enseña la exuberancia del caos, su proliferación, la mezcla imposible de objetos impares, el fabuloso desaliño del descontrol. Pau no puede con ello, y el lector se afanará por encontrar allí los objetos que el padre, al modo de una consigna de juego, pide que se encuentren, se lleven, se carguen, se porten.

Entonces llega el sábado. La rutina se rompe. “Sábado, 9.30h” dice el texto con su tipografía digital. El padre abre la puerta de la habitación. Su sombra se dibuja como la de un monstruo enfadado. Cuesta, en medio del caos más absoluto, en medio del abarrotamiento de objetos, encontrar a Pau, que está en la cama, que se tapa con la sábana la cara, que apenas deja ver sus ojos muy abiertos, que muestran una expresión de sorpresa y miedo. Llegados a este punto de lo caótico: ¿Qué hará el padre? La tensión es máxima.

Quin Caos _ Despliegue _ fr

Sábado, 9:30 h: “¡Mordisco!”

En este momento de la historia, la doble página se despliega y deja ver cómo actúa el padre. Por primera vez este aparece de lleno en escena. Irrumpe, gráficamente. Y lo que hace es sumarse al caos, dejarse llevar por el desorden con la pasión del juego sin reglas, del desenfreno. A medida que el juego entre padre e hijo crece, podemos ver cómo la ilustración va despejando con blancos el abarrotamiento de los objetos. La habitación y los objetos que contienen pierden las líneas. Los objetos del escenario se vuelven invisibles. El caos cede su dominio para dejar en el centro de la imagen, solos, fundidos en un abrazo, al padre y al hijo.

Quin caos _ Interior _ Abrazo (2)

“Unas discordes simientes”

La “ruda y desordenada mole” del caos, su “peso inerte”, como lo describe Ovidio, una vez más, ofició como la simiente de algo que debía unirse, y unirse bien. El vínculo entre padre e hijo, una vez liberado del orden rutinario de todos los desórdenes, y de las órdenes rutinarias en contra del gran desorden, ganó su espacio y se colocó en el centro para dibujar, en el despojo final de lo accesorio, lo más importante: el afecto en el que todo vínculo se sostiene. Y así, una ilustración más allá, cuando llegamos al domingo, vemos que todo vuelve a recomenzar, incluso cuando el padre y el hijo ya no aparecen en escena, porque salieron, salieron al mundo.

Xavier Salomó nos ofrece un álbum que no deja de ser un libro-juego, y que, sin pretender plantear ninguna de esas lecciones de hábitos que a menudo instrumentan los libros para niños, pone lo más importante en el centro de lo habitable: los conflictos con los que día a día, más allá y más acá de nuestras fuerzas, nos enfrentamos, y el modo en que, pase lo que pase, orden o caos mediante, a veces logramos solucionar. Y todo lo hace con una simpatía lúdica, con un afecto por los personajes, con un cuidado por el orden narrativo (textual y gráfico), con una calidad de diseño figurativo y con una meticulosidad expresiva que configura este libro como una pequeña joya de la literatura infantil de nuestros días.

Hacía tiempo que lo quería leer, pero el libro agotó rápidamente su primera edición en catalán (de setiembre de 2014) y recién logró su segunda edición en enero del corriente. Un libro que para llegar a Cataluña (en el catálogo de la editorial Curïlla, SM) tuvo que pasar primero por Francia (Éditions du Seuil, 2014), y del cual mucho deseamos que logre pronto una edición en castellano para disfrute de todos los lectores de esta lengua. Mientras tanto, lo seguimos disfrutando en su lengua materna: ¿o deberíamos decir paterna, en este caso?

 

 

 

 

Libros, niños y osos: ni tan salvajes, ni tan hacendosos

A menudo, las lecturas combinadas de distintos libros pueden generar confusiones. Otras veces, en cambio, permiten asociaciones insospechadas. Juzguen ustedes si la combinación de lecturas que voy a comentar a continuación corresponde al primero o al segundo tipo.

Resulta que en estos días acometí la lectura de la novela “Oso”, de la canadiense Marian Engel, publicada el año pasado por la Editorial Impedimenta. Es una novela de finales de los años ´70, que supo ser escandalosa en su momento, en Canadá, y que no deja de ser cuestionadora en el presente.

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“Oso”, de Marian Engel (1976), Editorial Impedimenta, España, 2015.

Lou, una abnegada bibliotecaria, ha de ir a pasar el verano a una isla tan solitaria como ella, para hacerse cargo del legado que le han cedido al instituto histórico donde trabaja: una isla, una vieja mansión octogonal de corte victoriano y una biblioteca que ha de ordenar y catalogar. En la isla, en la casa, y como parte del legado, habita un oso que en tiempos anteriores supo ser una mascota. Entre Lou y el oso surgirá una relación muy especial, que no omite el erotismo en toda su regla.

Pero eso, la anécdota erótica, sexual y bestialista, es solo el motivo conductor de una trama alegórica que apunta, por un lado, a problematizar y cuestionar irónicamente algunos postulados feministas de esa época, cuando la reacción avanzó sobre el movimiento, dispersándolo, dividiéndolo, haciéndolo retroceder, poniéndolo en crisis; y, por otra parte, a cuestionar la búsqueda de la naturaleza salvaje como un camino de escape, romántico e irracional, para el agobio societario, machista, patriarcal, racional y burocráticamente estructurado en el que vive Lou, la bibliotecaria, la mujer, como sus otras congéneres postmodernas; un camino que, en un punto, podría ser postulado como una vía de purificación y redención personal:

Envuelta en el pelaje del oso se sentía arropada en una cesta, acariciada por diminutas olas, protegida por el aliento de bestias amables. Sentía dolor, pero era un dolor dulce y agradable que no pertenecía al sufrimiento mental, sino a la tierra. (…) Siguió acostada junto al oso hasta que los pájaros de la mañana empezaron a cantar. Lo que él le había transmitido, Lou lo desconocía. No era la simiente de los héroes, ni magia, ni ninguna virtud asombrosa, porque ella seguía siendo la misma; pero por un momento intenso y singular había notado en los poros de su piel y en el sabor de su boca que sabía para qué servía el mundo. No se sentía por fin humana, sino por fin limpia. Limpia, sencilla y orgullosa.

A la par que leía esta novela, llegó a mis manos una novedad editorial de literatura infantil. Se trata del álbum “El pequeño jardinero”, la segunda obra que se publica en España de la ilustradora hawaiana Emily Hughes, quien triunfó el año anterior, por estas tierras y por todas partes, con la obra “Salvaje”. Como una lectura te lleva a la otra, obviamente, repasamos los dos títulos de Emily Hughes, pero, vaya a saber uno el porqué, lo hicimos bajo la escrutadora mirada del oso de Lou, o mejor dicho, de “Oso”, de Engel.

Antes de hablar de “El pequeño jardinero” es menester ocuparse de “Salvaje”. Y es que en mi lectura combinada no pude dejar de leer esos dos álbumes de manera triangulada bajo el vértice de la novela “Oso”. En la base de ese triángulo, el jardinero aparecerá como la antítesis de la salvaje, o como un camino de retorno. Ya me explico.

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“Salvaje”, de Emily Hughes (2013). Libros del Zorro Rojo, 2014.

Salvaje” fue publicado por la editorial Libros del Zorro Rojo en 2014. Su éxito se consolidó por aquí cuando fue reconocida con el premio de los libreros de Cataluña como la mejor obra publicada en 2014. En breves líneas, cuenta la historia de una niña muy pequeña que vive en el bosque en estado salvaje. En la primera ilustración vemos a la niña recostada desnuda sobre la vegetación, cuidada muy de cerca por un oso, y bajo la atenta mirada de un pájaro y un zorro.

Seguro que si nuestros censores diarios de cada día hubieran tenido presente la novela “Oso” se habrían escandalizado con esa primera escena. Hasta donde sé, por suerte, nadie se quejó.

Niña con oso _ sin texto en Salvaje

“El bosque entero la aceptó como una más” (primera ilustración interior).

Ni siquiera cuando la niña vuelve a aparecer junto al oso en el río, justamente, el lugar donde en la novela de Engel comienza a insinuarse de forma inquietante la aproximación erótica entre la mujer y el oso. Pero todo el mundo tranquilo, que aquí, en lo salvaje de “Salvaje”, el erotismo no es la anécdota.

Niña con oso en el río _ Salvaje.jpg

“Oso le enseñó a comer” (doble página interior).

Alegrémonos de que los censores no tuvieran la mente influenciada por la lectura combinada de la otra novela, del otro oso. Y es que quizás no viene al caso ninguna aproximación literal, salvo, quizás, la que nos da el sentido de la alegoría de la vuelta a la naturaleza. Sentido que en este álbum de Hughes, de alguna manera, se retoma, afirmando una vez más el mito romántico del buen salvaje, presentado, también aquí, como una fuente de pureza y de felicidad.

“Salvaje” se divide en tres partes. En la primera parte, la niña vive feliz en el bosque, es aceptada por los animales, aprende el lenguaje de los pájaros, come como los osos, juega y se revuelca alegremente con los zorros, comprende la naturaleza y es comprendida por ella. Hasta que llegan los humanos a complicarlo todo. Allí empieza la segunda parte. Los humanos son extraños para la niña, y ella es extraña para los humanos. Estos la quieren reinsertar en una sociedad en la que, a los ojos de la niña, los humanos hacen todo mal: hablan mal, comen mal, juegan mal. La niña es incomprendida y a la vez no comprende a los humanos. La niña se vuelve infeliz. Si la felicidad natural es la tesis del cuento y la infelicidad social es la antítesis, el desenlace, que es la tercera parte del álbum, se nos muestra como una solución que a todos deja contentos: la niña vuelve al bosque porque “no se puede domar algo tan felizmente salvaje”.

El camino de la naturaleza, el llamado de la selva, el carácter antisocial del bosque: todo ello se nos ofrece como un juego vivo y electrizante de colores, de movimientos sugeridos tanto por los planos que se entremezclan como por los trazos que danzan con mucha libertad y espontaneidad.

Ese mismo juego aparece desde el inicio del segundo libro de Hughes publicado recientemente: “El pequeño jardinero”. No se puede discutir que la ilustradora hawaiana tiene su estilo bien definido. No diré nada sobre la coincidencia de que este libro recién aparecido sea editado en España por Impedimenta (sí, sí, la misma editorial de “Oso”). Diré, sí, que con él la editorial Impedimenta se inaugura en el terreno de la edición de libros para niños.

El pequeño jardinero

“El pequeño jardinero”, de Emily Hughes, Editorial Impedimenta.

Y voy a subrayar que en “El pequeño jardinero” se cumple una estructura tripartita similar a la de “Salvaje” (tesis, antítesis, síntesis), aunque con una pequeña variación dada por la inserción de una suerte de prólogo en el que se presenta lo que significa el jardín para el jardinero y una suerte de epílogo en el que se nos muestra lo que representa el jardinero para el jardín.

Entre prólogo y epílogo, lo que tenemos es una primera parte, donde hay un niño muy pequeño, diminuto (¿un duende?), que se esfuerza denodadamente por poner orden, por cultivar y encaminar la vida salvaje de su jardín, pero que no puede hacerlo. La dimensión de la tarea lo supera y lo desborda en tamaño. Luego, al inicio de la segunda parte, desesperado, el niño pequeño pide ayuda y cae rendido. El jardinero enferma de agotamiento. Cae en una especie de sueño depresivo que se extiende en el tiempo. Pero su pedido de ayuda, de una manera extraña, mediante la fuerza de una flor, llega al mundo de los mayores. Y desde ahí le llegará la ayuda requerida. Una pareja de niños mayores se harán cargo del jardín. Pondrán ahí el orden y la belleza que el pequeño anhelaba. Orden y belleza propios del mundo de ellos, tal como se ve representado en una casa que nosotros, los lectores, vemos, pero que el pequeño jardinero no puede ver. La tercera parte, o el desenlace, cuenta que el pequeño jardinero se despierta y se encuentra con el jardín deseado. Y el jardín acoge al pequeño como si este fuera el verdadero artífice de la nueva realidad: una realidad doméstica, domesticada en regla con el mundo de los mayores.

Si en “Salvaje” los censores del mundo adulto no pusieron reparo en la desnudez de la niña al inicio del cuento, seguro que fue porque el desconcierto mayor les debe de haber llegado con la propuesta general del libro: la propuesta del rechazo de los hábitos, las conductas, las normas sociales impuestas desde el mundo adulto. Todo eso que en la novela “Oso” fue la fuente última del escándalo, incluso cuando su final parece más próximo al de “El pequeño jardinero” que al de “Salvaje”.

“Salvaje” es un canto a lo indomesticable, más allá de que la autora hubiera querido que su cuento se leyera como un canto a la tolerancia y la aceptación de la diferencia (así lo dice en una entrevista). Este canto a lo salvaje y a la rebeldía puede hacer feliz a los libreros de Cataluña, quizás también a los lectores infantiles desprejuiciados, pero deja a los padres y a las madres, acostumbrados como están a buscar en los libros para niños mensajes pedagógicos, en una posición incómoda: ¿cómo habremos de explicar a los pequeños que lo de la niña salvaje es una parábola sobra la tolerancia y la aceptación cuando nos vengan a decir que ellos no quieren comer, jugar, educarse bajo las reglas del mundo adulto? Las ilustraciones y la historia tienen un punto de ternura, es cierto, pero el libro no deja de ser una fantasía salvaje. Y eso, aunque no se censure, es difícil de digerir.

Todo lo contrario sucede, tal vez, con la obra de “El pequeño jardinero”. Allí hay una vuelta a la civilización, una vuelta a la ética del trabajo, a los valores de la colaboración, el cuidado, la abnegación y el esfuerzo. Si “El pequeño jardinero” es un canto a la esperanza de los pequeños, esa esperanza no sería otra que la de poder vivir en un mundo en que sean ayudados a crecer y a vivir en paz. Y la sociedad, el mundo de los más grandes, en contraposición con “Salvaje”, aparece aquí como comprensiva ante eso. Todo el libro, de última, puede ser leído como una antítesis del anterior.

Y entonces, ¿qué puede seguir? ¿Cuál podría ser la propuesta de una síntesis entre un libro y otro si nos atenemos a la lógica tripartita que se reparte en cada uno de los títulos?

No lo sé. Ni siquiera sé si eso, la búsqueda de una síntesis, entró en los cálculos de la autora. De todos modos, sé que Emily Hughes está por publicar un nuevo libro. Saldrá en un par de meses en Inglaterra, donde está radicada. A la luz de mi lectura combinada, lo confieso, me inquieta y me intriga sobremanera el título: “Un oso valiente”.

Ya lo estoy esperando.

a brave bear _ Hughes

“A Brave Bear”, Ed. Candlewick, 2016.

“Prohibido ordenar” y “Tic-Tac”: Punto de vista, tiempos y clases sociales

 

Dos libros para niños me motivan a escribir estos comentarios sobre puntos de vista narrativos en los cuentos para niños. El primero de los libros comienza así:

Tomás trabajaba de sereno en una fábrica. Ese día la noche se le había hecho larga. Cuando llegó la hora de salir, todavía no había amanecido.

El libro se titula “Prohibido ordenar”. Lo escribe Mario Méndez, lo ilustra Mariano Díaz Prieto, lo edita Pequeño Editor (Argentina, 2014).

Prohibido ordenar", de Mario Méndez y Mariano Días Prieto, Pequeño Editor, Argentina, 2014.

Prohibido ordenar”, de Mario Méndez y Mariano Días Prieto, Pequeño Editor, Argentina, 2014.

Todo el cuento está contado desde un punto de vista externo a la historia, pero limitado a la perspectiva de Tomás, padre de familia, integrante de la clase obrera.

No abundan los libros para niños que toman una perspectiva así: la del trabajador que regresa en bicicleta a su casa; la del trabajador que vuelve cansado al hogar y se encuentra allí con los rastros, los deshechos, el desorden de las actividades domésticas y familiares que se desarrollan en lo cotidiano de su ausencia.

Desde la perspectiva narrativa de Tomás, el tiempo de trabajo y el tiempo de juego (que no necesariamente es tiempo libre) quedan, en un primer momento, contrastados, separados y en conflicto.

"Prohibido Ordenar", de Mario Méndez y Mariano Díaz Prieto. Página interior.

Tomás trabajaba de sereno en una fábrica… “Prohibido ordenar”, ilustración interior.

A Tomás le toca trabajar por la noche, cuando en su casa la familia duerme. Tomás trabaja mientras, en su casa, antes de ir a dormir, sus hijas y su esposa juegan. Tomás cumple con un orden de trabajo, mientras en la casa lo que se cumple es el desorden del juego. Esa podría ser una rutina, despareja y desfavorable para el trabajador. Pero va a ser que un día sucede algo especial.

Tomás llega a su casa cuando amanece. Al entrar al comedor de la casa, tropieza con un caos de juguetes tirados en el piso. Al principio se enfada. Luego, a medida que recoge las cosas, se detiene en cada una, observa, piensa y va adivinando quién dejó tirado qué. En determinado momento encuentra un dibujo de una de sus hijas. Lo mira. En el dibujo aparece la familia bajo un arcoíris. El enfado inicial, el del cansancio, el que le provocó tropezar con el desorden encontrado, se transforma en otra cosa. Tras descubrir el dibujo, Tomás comienza a imaginar, a partir de cada juguete que va recogiendo, cómo fue el juego durante su ausencia, quién jugó a qué y con quién, cómo jugaron sus seres queridos.

"Luego empezó a guardar...". Ilustración interior.

Luego empezó a guardar… “Prohibido ordenar”, ilustración interior.

Tomás no solo adivina los juegos, sino que también parece entender su ajenidad respecto de la escena doméstica del juego (¿entiende su enajenación?). En ese momento aparece su esposa, recién levantada, que entre los bostezos matinales se disculpa por el caos. Tomás no se molesta. Es más, desde ese día, prohíbe ordenar. Prefiere hacerlo él, todas las mañanas. Es la forma que encontró para ser parte del juego familiar en el que no puede participar. Es la forma que encuentra para subvertir los tiempos del trabajo y los del juego.

El otro libro que me lleva a pensar en estos asuntos es “Tic-Tac”, escrito por Grégoire Reizac e ilustrado por Jörg, publicado por Takatuka (España, 2013).

"Tic-Tac", de Grégoire Reizac y Jörg, publicado por Takatuka (España, 2013). Hay versión en catalán y castellano.

“Tic-Tac”, de Grégoire Reizac y Jörg, publicado por Takatuka (España, 2013). Hay versión en catalán y castellano.

Este cuento está narrado en primera persona por una niña: su punto de vista es el que da la pauta del relato. El tiempo del cuento comienza a transcurrir por la mañana, cuando el padre se apronta para ir a trabajar. El padre aparece como un personaje desquiciado. Corre por un pasillo, supuestamente desde el lavabo a la cocina. La niña lo ve desde su dormitorio, donde está jugando, dándole una mamadera a un gato. La niña nos informa que su padre ha perdido diez minutos entre que se levantó y desayunó. Las quejas del padre por el tiempo perdido, parecen ser una constante en la rutina de la casa por las mañanas. La niña comienza a reflexionar sobre eso: sobre los minutos que se pierden.

La madre queda en casa. La vemos recostada en un sillón hablando por teléfono. La niña piensa que la madre encuentra los minutos que pierde el padre y los guarda para sí. La niña dice que la madre tiene minutos en cantidad. Por eso, es ella quien reparte los minutos, es ella quien los da. “Te doy diez minutos para ordenar la habitación”, dice la madre a la hija, que regatea y pide veinte. La madre es la que administra el tiempo doméstico: le da tiempo a la hija para despertarse y salir de la cama; le da tiempo para desayunar; le da tiempo para mirar la tele; le da tiempo para hacer la tarea escolar. Le da tiempo para ordenar.

Darle tiempo. "Tic-Tac", ilustración interior.

Darle tiempo. “Tic-Tac”, ilustración interior.

La niña regatea minutos y los guarda como si fueran monedas; los guarda para cuando sea grande, cosa de que si los pierde como su padre por las mañanas, o como los conductores de vehículos en los embotellamientos de tránsito, no haya problemas. El padre dice que el tiempo es oro, y la niña, irónicamente, sueña con enriquecerse a medida que acumula minutos perdidos.

Obviamente, la enajenación del tiempo se vive de manera muy distinta en los dos cuentos. Las clases sociales representadas son distintas. Las actitudes vitales son distintas. Las actitudes de los personajes principales son distintas: uno, Tomás, el padre de la clase obrera, busca reconciliar en la tarea de poner orden los tiempos socialmente separados; el otro, el padre de clase media, no busca más que ganar tiempo, mientras el “tic tac” del título parecería el sonido del mecanismo de un detonante más que el sonido de un reloj.

Embotellamiento. "Tic - Tac", ilustración interior.

Embotellamiento y desquicio. “Tic – Tac”, ilustración interior.

Los puntos de vista narrativos son distintos. Pero ambos cuentos tienen en algo en común: abordan el gran problema de la vida cotidiana en el mundo contemporáneo. La enajenación de la vida cotidiana respecto del tiempo vital (y viceversa) y las posibles vías de reconciliación: abiertas o cerradas.

San Agustín decía que todos sabemos lo que es el tiempo, pero que si nos preguntan qué es, ya no sabemos cómo contestar. En todo caso, hay prácticas sociales distintas frente a la cuestión del tiempo vital. Esas prácticas, de última, son las que definen el asunto. Y la pertenencia a distintas clases sociales (obreros-clase media) o a distintas clases etáreas (niños-adultos) o a distintos géneros (masculino-femenino) brinda distintas experiencias y posibilidades.

Tomar en cuenta esas diferencias puede iluminar un relato y un punto de vista narrativo distinto. No tomarlas en cuenta puede oscurecerlo todo. Contrastar esa diferencia en los cuentos para niños es un ejercicio iluminador sobre los condicionantes sociales que se ejercen sobre la vida misma. Porque en ellos, en los diferentes cuentos, puede radicar, para el lector infantil, la apertura de un tiempo por venir incondicionado, un tiempo que aún no, un tiempo no acumulable ni ordenable. Un tiempo libre, sí: que no es necesariamente el del juego. Tampoco el de cualquier lectura.

El año en que la poesía se vendió: poesía “memética” para adolescentes

Quizás el 2015 pase a la historia por haber sido el año en que la poesía se vendió. Aquello de que “la poesía no se vende porque la poesía no se vende”, ingeniosa tautología del argentino Guillermo Boido, ya no será moneda de consolación para poetas que publican libros para que los lean sus amigos, los críticos literarios u otros poetas.

En España, al día de hoy, hay por lo menos 5 o 6 poetas que están vendiendo sus libros de poesía de a miles. Además de tener canales de youtube, blogs, tumblres, twitter, facebook donde han generado audiencias multitudinarias tienen vidriera en las librerías. Recitan sus poemas en festivales a los que acuden espectadores por centenares y compran allí sus libros. Sellos portentosos de la industria editorial mejor aceitada, como Planeta o Espasa, han creado colecciones para publicarlos. Periódicos de gran tiraje han incorporado a sus sesiones de “Los libros más vendidos” una columna para la poesía. Firman con seudónimos como Defreds, Marwan, Rayden, Loreto Sesma y se prestan a colaborar con otros poetas en ciernes. Y venden. Venden muchos libros. Están vendiendo la poesía.

—¿Pero es poesía?

—Sí, es poesía

—Ah, ¿pero es de malísima calidad?

—Sí, también. Como tanta de esa otra que se publica y no se vende.

Sección de poesía en la lista de los libros más vendidos del suplemento El Cultural, del diario El Mundo.

Sección de poesía en la lista de los libros más vendidos del suplemento El Cultural, del diario El Mundo.

El fenómeno no debería sorprender. Hasta mediados del siglo XX, la poesía fue un género popular que llamaba la atención de multitudes: ¿qué decir sobre los homenajes a Juana de Ibarbourou a finales de los años 30, o los conciertos de payadores que llenaban estadios en Cuba por los 40, o las multitudes de lectores que fueron a esperar la repatriación de los restos de Amado Nervo en 1919? La poesía, entonces, era un género literario cercano a la gente, y la gente la leía, la recitaba de memoria, la encontraba en los diarios y revistas, la escuchaba en discos de pasta. Algunos autores también supieron venderla de a miles, incluso después de los años 60, cuando la poesía, a caballo de las subculturas pop, fue todo un movimiento juvenil cercano a la canción y al rock. Incluso Mario Benedetti, hasta no hace tanto, tuvo sus miles de seguidores y vendió sus ciento de miles de libros a un lado y otro del mundo hispanohablante, ¡y eso sin tener cuentas de twitter ni de Facebook!

Pero lo cierto es que la poesía, que se fue desarrollando y evolucionó como un género literario cada vez más sofisticado, cada vez más cerrado sobre sí mismo, cada vez más autorreferente, y por ende, cada vez más para un núcleo exclusivo de lectores muy enterados, con el tiempo (los últimos 40 años, por decir algo) se volvió incomprensible y lejana para el común de los mortales. “La poesía no se entiende”, suele escuchar uno en conversaciones familiares o en charlas durante la cola para entrar al cine. Y uno entiende a los que no entienden. (Por cierto, a la novela y al cuento les sucedió algo parecido: la literatura más sofisticada, la que en términos estrictamente literarios asume y manifiesta una mayor calidad (vale decir: evaluada y criticada en función de las propias pautas y criterios del arte literario), esa literatura, sea cual sea su género, se encuentra cada vez más lejos de las mayorías de lectores pedestres.)

La anterior situación de orfandad de la poesía, claro está, no podía durar mucho en el actual mundo de las telecomunicaciones. Mientras que con las novelas no hubo un corte tan abrupto (al costado de las obras de autores como Thomas Bernhard, Pynchon o Sebald siempre hubo novelas que se vendían a cantidades, ¡ah, los dichosos bestsellers!, y satisfacían la necesidad del discurso narrativo) con la poesía sucedió que ese corte abrupto dejó vacante la satisfacción de las necesidades de un discurso lírico: un discurso que, en algún sentido, diera cuenta de las vicisitudes emocionales y sentimentales del yo autobiográfico, y satisficiera sus pretensiones expresivas más o menos aggiornadas.

Me dirán que las canciones lograban eso de alguna manera. Y es cierto. Pero todos sabemos que no es lo mismo leer en silencio y reflexionar sobre lo leído, que escuchar una canción y cantarla; no es lo mismo, si de lo que se trata es de dar cauce a la reflexión calmada. Así que al menos esa parte de la dialéctica lírica quedaba sin nutrientes en la forma de libros. Me dirán que los poemas de Benedetti, o los libros de poesía de los autores de la “nueva sentimentalidad”, o los libros de cantantes como Sabina bien que podían cubrir esa necesidad. Y también es cierto. Pero sabemos que hoy en día los caminos de la construcción autobiográfica del yo se procesan de maneras que, en cierto sentido, se alejan de las formas en que se construían cuando Benedetti escribía o cuando Sabina todavía tenía voz. En los últimos 20 años, el desarrollo de las nuevas tecnologías de las comunicaciones han dado a luz (o mejor dicho: han dado pantalla) a modalidades de construcción del yo superficiales, instantáneas, discontinuas, dinámicas, flexibles y muy maleables. Modalidades que requieren de un discurso lírico que esté a esa “altura”, en ese plano. Un discurso lírico, por así decirlo, “memético”.

¿Qué quiere decir eso de “memético”? Es un tipo de discurso que responde al juego interactivo de los memes, y al modo en que estos se propagan por las redes de comunicación. Del término (la entrada en la Wikipedia da cuenta de él) me agrada eso de que conjuga memoria y mímesis, o sea, que reproduce una tradición, o incluso, más específicamente, una información cultural de carácter intergeneracional, y que lo hace a través de prácticas imitativas entre pares. Esto, en internet, se manifiesta en la sobreabundancia de publicaciones compartidas con imágenes o máximas: Batman golpeando a Robin y diciéndole que se deje de hacer tal o cual cosa; las frases proverbiales de Paulo Cohelo; las fotos de famosos con una humorada en letras mayúsculas, los dichosos powerpoint… Mensajes superficiales, de rápida amplificación, que permiten a los usuarios decir algo que estaban queriendo expresar, pero que no sabían cómo.

Benedetti en estado memético.

Benedetti en estado memético.

Dados estos ambientes o entornos virtuales, y dadas las necesidades líricas, históricas y humanas, demasiado humanas, el surgimiento de una poesía memética es perfectamente comprensible en la actualidad. Y también será comprensible la baja calidad de esa poesía, si fuera el caso que se la quiera juzgar en términos estrictamente literarios (como aquí, o como aquí).

La lectura de un conjunto de poemas de estos autores superventas, que saltaron de las redes a los libros por gracia de un atento seguimiento que las editoriales hacen en las redes sobre todo lo que se mueve (o se “megustea”), nos hace pensar que todos estos fenómenos comunicativos no soportan del todo bien la crítica literaria. Y seguro que a los autores de esos libros, el asunto los tiene sin cuidado. Ellos, así como sus audiencias, van a su bola, y poco les importa si lo que dicen y escriben ya fue dicho o escrito antes con una calidad poética superior (en eso, los autores son tan adolescentes como su lectores). A ellos les interesa la proliferación del meme, su expansión, la multiplicación viral de las audiencias. Supongo que les reconforta el aspecto económico del asunto, sobre todo cuando se lo han currado, pero no creo que sea esa la fuente de motivación última, que a mi entender estará dada, fundamentalmente, en el mero intercambio memético y no tanto en el plano comercial (cosa que sí le interesa a las editoriales que descubrieron el filón, obviamente), y mucho menos en el literario.

En todo caso, para quienes nos dedicamos a la promoción de la lectura literaria y de la creación literaria, y muy especialmente para quienes hacemos estas cosas de cara a la infancia y la juventud, lo que nos pondrá a discutir frente al fenómeno de esta oleada de poesía adolescente (como la define Marcos Taracido) son otros asuntos extra literarios. Otros asuntos que pasan por decidir si le damos la bienvenida al fenómeno, porque de última se trata de material de lectura que agrada a los adolescentes, o si lo repudiamos, porque de primera su calidad está lejos de lo literario y no pasa de un discurso sentimental cursi, superfluo, vano, almibarado, masificado… En todo caso, la actitud de repudio o la de recibimiento amable del fenómeno por parte de los que “estamos en el mundillo” se considerará fundamentalmente en relación con el asunto de si las lecturas de estos libros conducen luego a la lectura de una poesía de mayor calidad, o no.

Marcos Taracido propone en la nota antes citada algunas cuestiones en favor de darle la bienvenida al fenómeno. Y hoy quiero discrepar con él en un par de puntos de los que considera. Dice Marcos que 1) “Estos adolescentes jamás leerán otro tipo de poesía sin ser obligados”; 2) “Es su poesía: la escogen ellos, llegan a ella a través de los círculos de amigos o redes sociales, no es impuesta por docentes o adultos que les dicen lo que es bueno y lo que no”.

El argumento de Marcos, como vemos, es un argumento que se apoya en la libertad de elección. Pues bien, dudo de tal libertad. La elección libre de una lectura ha de ser una elección informada, y en cuestión de literatura, eso implica la elaboración autónoma de un gusto. Cuanto más autónomo sea el gusto, y cuanto más informada sea la elección, más libre será.

Estoy de acuerdo en las bondades de que un niño, una niña, un adolescente o una joven elijan sus libros. A diario, en la librería, me enfado cuando los padres imponen a sus hijos un libro, incluso pasando por encima de lo que eligieron los pequeños: entre otras razones, porque no siempre se cumple que la elección de los padres (o de los maestros o de los profesores de literatura) sea muchísimo más formada e informada que la que hacen niños y niñas en la librería. Pero lo anterior, más allá o más acá de si los adolescentes elegirán leer algún día algún otro tipo de poesía, una poesía que no sea una cima (o una sima) de cursilería, nos conduce a pensar qué estamos haciendo los promotores de la lectura, sea cual sea el lugar que ocupamos, a favor de crear entre las nuevas generaciones un gusto literario autónomo.

Las grandes editoriales, por lo pronto, y basta mirar catálogos y tapas de libros, tienen un plan muy bien diseñado (gráfico, estilístico y memético) que va en dos direcciones: desde el bestseller adulto a los libros para bebes, y desde los libros para bebes hacia los besteseller para adultos. En las dos direcciones, las líneas estéticas (o anti-estéticas) son coherentes y no dejan ningún flanco al azar: diseñan con rigor un criterio y un gusto estético que se expresa con una fealdad contundente en las tapas, las contratapas y el interior de los libros dirigidos a las distintas edades de ese otro “camino lector unidimensional”. Entremedio, hay toda una oferta de lecturas infantiles, adolescentes y juveniles que tienen en la cursilería su punto de anclaje. Que ahora incorporen la poesía (o bien este sucedáneo memético al uso de las redes adolescentes) no debe llamar la atención. Sus asesores editoriales y de marketing saben lo que quieren, saben cuál es el gusto de los lectores que quieren reforzar y multiplicar, y no le hacen asco a las críticas sesudas, mejor o peor informadas. Las editoriales grandes saben, de última, cómo imponer-una-elección-no-obligada (valga la paradoja).

Pero el argumento de Marcos Taracido, al final, manifiesta escepticismo respecto de la tarea de formar gustos literarios autónomos. Su discurso me suena a retirada. Y conste, sé que Marcos hizo y hace (y seguramente hará, como tantos otros) mucho a favor del desarrollo de un gusto literario autónomo entre las nuevas generaciones. El tema es que todo lo que se hace (que para algunos es mucho, y supone un gran esfuerzo personal) parece poco a la hora de enfrentarse con las conclusiones a las que uno arriba cuando considera la máxima de Sánchez Ferlosio: “…primero llega la Fealdad, luego la Estupidez y finalmente la Maldad”. Todo lo que se hace parece poco cuando percibimos que ese camino que arranca en la fealdad, mal que nos pese, a esta altura, resulta un camino ascendente y en espiral, y no tiene nada que ver con el salto desde un poema cursi a un poema de Quevedo, de Pessoa, de Auden o de quien te guste a vos.

En fin, no le doy la bienvenida al fenómeno, pero tampoco me quita el sueño. Sé que hay un trabajo por hacer en el campo de la promoción de la lectura literaria, que es un trabajo que se hace entre muchos, que es un trabajo que se hace en distintos niveles, que es un trabajo en el que, más allá o más acá de las listas de los libros más vendidos: algo siempre queda. Y de última, que cada uno lea lo que quiera, o lo que pueda.