¿Un álbum policial?: “Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto)”, de Inés Calveiro y Rodolfo Walsh

Tengo la impresión de que quienes comentan o teorizan sobre la evolución del álbum narrativo, por lo general, no se detienen en los componentes que responden al género o a los subgéneros narrativos stricto sensu. Leo artículos que aclaran, a menudo, que el libro es narrativo en su esquema literario, pero el comentarista, el crítico o el estudioso no se detiene en considerar el modo en que lo es. En general, con los álbumes narrativos, es como si el análisis detenido de las interacciones entre imagen y texto ya fuese suficiente a la hora de comentar el libro, y no hubiera, entonces, mayor necesidad de andar especificando las correspondencias de género narrativo que el álbum puede llegar a comportar.

En los álbumes narrativos, así lo pienso, no estaría mal deslizar comentarios en esa dirección, pues también el ojo puede detenerse, y mirar, y leer mejor, si va prevenido sobre esas correspondencias. A mí, por ejemplo, que en el comentario de un álbum se diga que hay elementos del género de terror, o cierto aire del género de la bildungsroman (género de aprendizaje y de formación), o componentes típicos de la picaresca, o la tensión de un western, o que es de carácter epistolar, o que se asemeja al género de relato psicológico de autoayuda emocional, etcétera: todo ello me aporta elementos para la lectura, y lo entiendo como una clave muy oportuna que enriquece la interpretación del significado global del libro, así como sus detalles más ricos, o los más pobres.

Pienso que hay álbumes narrativos para los que ese tipo de comentario puede ser clave a la hora de pensar en la significación global, y para evaluar la interacción entre texto, imagen y gráfica que ofrece el álbum en su construcción. En ese sentido, no sabría cómo hablar de un libro como “Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto)” si no me detuviese en las claves de género del policial clásico.

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Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto). Texto de Rodolfo Walsh. Concepto e ilustraciones de Inés Calveiro. Editorial Calibroscopio, Argentina, 2015.

Este libro, publicado por la editorial argentina Calibroscopio, ilustrado por Inés Calveiro, se basa en un cuento breve del argentino Rodolfo Walsh. Es un cuento policial, de la primera época del escritor. Fue publicado en una revista en el año 1955. El comisario Jiménez y Daniel Hernández, los investigadores que protagonizan este cuento, protagonizaron también esos primeros cuentos del autor, que responden a un tipo de policial clásico.

En este subgénero narrativo, muy anglosajón en sus orígenes, el crimen es tratado como lo otro de la razón y la investigación del crimen como la resolución de un ejercicio de lógica pura. En el policial clásico hay un crimen, hay un investigador, hay un proceso de investigación y hay una resolución final del caso: son las reglas generales y básicas del género. No importan los motivos sociales ni psicológicos del crimen. No importan los móviles. El crimen es un enigma que debe ser descifrado a partir de los indicios, los signos, los rastros, la lógica y la mecánica de su ejecución. Al investigador no le interesa el porqué, sino tan solo el dónde, el cuándo, el cómo, y, a partir de esas indagaciones, por cierto, el quién de la criminalidad.

Las respuestas a esas preguntas, los investigadores las pueden encontrar sin moverse de alrededor de una mesa en la que se compilan los datos, se trazan las hipótesis y se efectúan una serie de deducciones. La inteligencia del investigador, y no su acción práctica, es lo que conduce a la resolución del crimen. El razonamiento lógico es implacable y todo poderoso para la construcción del relato.

Todas esas pautas del género están compendiadas en este breve cuento donde el texto de Walsh, muy de su estilo, golpetea como las teclas de una vieja máquina de escribir que, con una sequedad metálica, deja grabados sobre el papel todos los elementos del crimen y de su resolución.

El cuento comienza así:

-1-
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.

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“El cuarto portugués estaba muerto”. Doble página interior.

El crimen se produce bajo un paraguas, en una noche de tormenta. Hay tres sospechosos. Del escenario del crimen se conservan los sombreros de los portugueses y el paraguas. Se sabrá la posición que ocuparon los portugueses debajo del paraguas y el modo en que se produjo el asesinato: esos datos darán la clave de la resolución.

El texto se divide en 12 apartados debidamente numerados. En al apartado 12 se agrega un epílogo. Al primer apartado, antes transcripto, le suceden otros 9 que aparecen como rondas de preguntas que formulan los investigadores y que responden, a su turno, los tres portugueses indagados: el primero, el segundo y el tercero. En cada apartado se deja constancia de que el cuarto portugués estaba muerto, que no puede hacer ni decir nada porque “estaba muerto”.

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“El muerto estaba muerto”. Doble página interior.

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–Entonces ¿qué hicieron? –preguntó el comisario Jiménez.
–Uno maldijo la suerte –dijo el primer portugués.
–Uno cerró el paraguas –dijo el segundo portugués.
–Uno nos trajo corriendo –dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.

En el apartado 11 se hace la acusación. El apartado 12 cierra el cuento, y contempla la explicación deductiva de la resolución del caso además de un epílogo.

Todo se escribe con una brevedad y con una economía de recursos muy propia del tipo de escrito de un acta policíaca, o del de las proposiciones silogísticas. En el texto hay una cuota de humor tan ingenioso e implacable como lo es la lógica que se pone en juego a la hora de proponer, abordar y resolver el caso.

Dada esta adscripción del texto al género policial, cabe analizar, luego, las relaciones que a partir de ahí se establecen con la ilustración del álbum y con el diseño gráfico propuesto. Y aquí es donde más nos maravilla este libro, que fue destacado en la última Feria del Libro de Boloña, con una Mención Especial en la sección Nuevos Horizontes.

La apuesta por un tipo de ilustración constructivista, realizada en collage, ofrece una estética mecánica, racionalista y procedimental, muy acorde a la neutralización de cualquier emocionalidad, tal como el género policial clásico impone a la hora de considerar la causalidad del crimen (¡oh, un álbum sin emociones, qué emoción!). La dinámica de la ilustración juega con la propia dinámica silogística del texto y apenas pretende subrayar la tensión que se exige al pensamiento abstracto al momento de seguir las pistas del relato. Oficia así, casi, como un instructivo gráfico para seguir las pistas del relato.

Y si en el texto resulta clave el juego de las anáforas a la hora de hacer una apuesta humorística, no menos anafórico es el juego de la ilustración, que repite las imágenes de los objetos apuntando a respetar una cuadrícula donde los cuatro portugueses resultan puntos cardinales en la geometría criminal, apenas cubierta bajo el paraguas, y que se ahorra todos los detalles que no conduzcan a los símbolos esenciales del crimen y de su resolución. En ese juego, las ilustraciones, y el trabajo de colores (predominancia del gris con toques de rojo y algún amarillo), tienen mucho de pictograma en su puesta en página, con lo cual se refuerza en las imágenes la idea de un mecanismo lector: el del desciframiento de enigmas.

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“Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada”. Doble página interior.

La tipografía elegida es muy apropiada, y apropiado es también el efecto de subrayado que proponen algunos símbolos gráficos dispuestos en la ilustración. Las ilustraciones aparecen como las piezas de un rompecabezas a montar: algo así como los indicios del crimen que se está investigando. Al releer las imágenes, uno no puede dejar de pensar en que hay una lógica y una narrativa de género policial clásico también en la propia ilustración. Todo es acierto en el trabajo de la ilustradora Inés Calveiro, que hace un debut genial con este libro, con el  que honra la idea de apertura de horizontes, de “nuevos horizontes”, tal como fue especialmente mencionada en Boloña.

¡Ellen Duthie me sacó de las casillas!

El viernes pasado, por la mañana, asistí a la conferencia que dio Ellen Duthie para la apertura de las IV Jornadas de Laboratorios de Lectura que organiza la biblioteca Roca Umbert, de Granollers.

El título de las jornadas era “¿Cuál es la pregunta?”, y como bien explicó la coordinadora de las jornadas, Glòria Gorchs, bibliotecaria del área infantil de la Biblioteca Roca Umbert, el programa iba destinado a abordar el asunto del rol de los mediadores de lectura.

quina es la pregunta

¿Cuál es la pregunta? Glòria Gorchs inaugura las IV Jornadas

La etiqueta #brulab16 se corresponde con el nombre de la biblioteca y con esa experiencia genial de los “laboratorios de lectura”, conducidos por un núcleo de las bibliotecarias de LIJ de Catalunya, quienes organizaron las primeras jornadas en 2012, las segundas jornadas en 2013, las terceras jornadas en 2014 y, por motivos desgraciadamente presupuestales, se vieron obligadas a convertir en bienales estos encuentros tan enriquecedores para el gremio, haciéndonos esperar hasta este año para una nueva edición. Como un dato anecdótico pero muy elocuente sobre la necesidad de este tipo de jornadas, algo sobre lo que las autoridades deberían tomar nota, quiero destacar que el cupo de participantes es reducido (unas 80 personas), y que apenas una hora después de abrir las inscripciones por la web, ya estaba completo. La organización de las jornadas es impecable. Un cuidado en la programación y en cada uno de los detalles hacen que las instancias de encuentro se vivan como una fiesta: una fiesta de la reflexión crítica sobre el trabajo diario en torno de la LIJ.

Como las jornadas van dirigidas básicamente a bibliotecarias (me encantaría jugar con eso de marcar el género poniendo as/os, pero desgraciadamente, los hombres, en esta oportunidad, brillaban por su ínfima presencia), y como el temario de estas Cuartas Jornadas iba enfilado hacia el asunto de la mediación, asistí a la conferencia con la cabeza ubicada en esas casillas: las de los roles de mediación de lectura con niños y jóvenes. Y como el tema era el de las preguntas, el carácter de las preguntas, iba muy dispuesto a escuchar esa conferencia inicial (desgraciadamente, fue a la única actividad de las jornadas a la que pude asistir) con la perspectiva de repasar todas las ideas que Ellen Duthie viene desarrollando, teórica y prácticamente, en torno del proyecto de Filosofía Visual con Niños, Wonder Ponder.

ellen en acción

Ellen Duthie en acción

Si las jornadas preguntaban por cuál es la pregunta, era de esperarse que Ellen Duthie, en su conferencia titulada “Contar y pensar. El diálogo filosófico con niños a partir de la literatura infantil”, se explayara en comentar la lógica dialógica que encierra su trabajo con Wonder Ponder y también su propia experiencia como mediadora de lectura en torno al trabajo de años de combinar literatura para niños y filosofía, tal como lo describe en sus blogs “Filosofía de cuento” y “Filosofía a la de tres”. Lo hizo, claro que sí. Pero hizo algo más, y eso, ese algo más que hizo, me sacó de las casillas.

En determinado momento, Ellen interrumpió su conferencia y leyó un cuento: “Silvestre y la piedrecita mágica”, de William Steig (New York, 1907 – Boston, 2003), cuento con el que su autor ganó la prestigiosa Medalla Caldecott, pero que actualmente, y en el mundo hispanohablante, es conocido por ser el creador de “¡Shrek!”.

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Silvestre y la Piedrecita Mágica, un cuento de William Steig

El de Silvestre es un cuento muy sencillo, que tiene muchos parentescos con las fábulas clásicas. Silvestre es un burrito que gusta de coleccionar piedras. Un día encuentra una piedra muy extraña y descubre que, cuando la tiene en la mano, se cumple lo que desea. Luego de experimentar un par de veces, queda convencido de que la piedra tiene poderes. Se dispone a regresar a su casa para contar a sus padres el descubrimiento, pero entonces lo intercepta un león muy hambriento. Paralizado de miedo, al burrito no se le ocurre desear otra cosa convertirse en una piedra. De entre todas las posibilidades que el narrador enumera, esa, justo esa, es la que Silvestre elige para salvar la amenaza. Y eso es lo que ocurre: el burrito se convierte en una roca. La piedrecita mágica queda a su costado, sin contacto. Cuando no regresa a casa, muy preocupados, sus padres lo buscan sin éxito. Pasan las estaciones alrededor de la roca. El burro está ahí, viéndolo y sintiéndolo todo, hasta que un día, sus padres, de picnic en el campo, se ubican a comer justo encima de la piedra. Una sucesión de casualidades permite el reencuentro. Al final, la familia vuelve a estar unida y la piedra mágica terminará guardada en un cajón.

A partir de la lectura del cuento, Ellen comenzó a reflexionar sobre el tipo de preguntas filosóficas que pueden desprenderse de cuentos así de sencillos. Y entonces sucedió. Ella habló de las preguntas y de quién y de cómo las hace: ¿el lector? ¿el mediador? ¿el autor?

Todos, y ninguno, tal vez. Porque el asunto es que el texto, al ser leído, provoque algo que está más allá de sus objetivos, más allá de cualquier “trabajo” con él. Puso un ejemplo de cómo leyó ese cuento de Steig a un grupo de niños. Las preguntas que se disparaban iban por el lado de cómo podía uno sentirse al estar convertido en una roca. Pero esa pregunta, ¿quién la habría de formular?

En ese punto, mientras la escuchaba a Ellen, yo ya había salido de la casilla del mediador y me encontraba de lleno en la casilla del escritor. Pensaba para mí en algo que sugería la conferencia: ¿cuál es el orden de las preguntas que hacemos los escritores en nuestros textos?

¿Y qué era lo que iba pensando? Cuando escribimos desde el oficio, sabemos que las preguntas están relacionadas con el suspenso. Una pregunta bien hecha en un texto genera suspenso, lo que en términos instrumentales no es otra cosa que escribir de manera tal que la respuesta a la pregunta se difiera, párrafo a párrafo, página a página, capítulo a capítulo, y genere en el lector un cúmulo de expectativas que sostienen su lectura en pos de llegar a saber cómo se resuelve el asunto.

Pero ese orden del juego de preguntas y respuestas, ese orden de oficio, instrumental, un escritor lo puede lograr de diferentes maneras. Una de esas formas, claro está, es hacer las preguntas de manera explícita. Se hace la pregunta, se la escribe, pero no se la responde de inmediato.

Un paso más allá, el juego consiste en que el escritor no haga la pregunta de manera explícita: se entiende que él no ha de hacer más que sugerirla. El escritor sugerente sabe que está trabajando para motivar al lector a que se formule la pregunta que, ahora de manera implícita, está en su texto, velada.

Y aún un paso más allá, el escritor ni siquiera sugiere la pregunta, sino que su historia, su modo de contarla, propone una lógica de situaciones que al ser abordadas por un lector abre el texto a una cantidad de preguntas que el escritor ni formuló ni sugirió, pero que están tramadas en el texto ofrecido a la lectura.

“¿Cómo te sentirías siendo una piedra? ¿Te sentirías angustiado y desearías salir de esa situación?”, preguntó Ellen en un momento, luego de leer el cuento. Y esta podría ser una de las preguntas que se desprende de la lectura del cuento de “Silvestre y la piedrecita mágica”, pero la pregunta no está formulada en el texto, y pienso que tampoco está sugerida en el texto, y quizás, quizás, ni siquiera es seguro que llegue a ser formulada explícitamente por el lector que lo lee o el niño a quien le leen el cuento, y sin embargo, esa pregunta sostiene la escritura y la lectura del cuento como un hilo invisible, haciendo de esa historia, que en principio parece muy sencilla, una obra genial que desata un diálogo reflexivo invisible entre autor, mediador y lector.

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Instalación en los pasillos de la Biblioteca Roca Umbert

¿Cuál es la pregunta? era el título de las Jornadas del #brulab16 a donde asistí, en principio, como mediador, y de donde me fui, como escritor, pensando en esa idea fuerte: que en la buena literatura para niños, la pregunta no la hace el texto, sino que la ha de hacer el propio lector en el marco de un diálogo profundo, de orden casi filosófico, con el texto y con el entorno de mediación lectora. El texto, ni siquiera sugiere la pregunta. El texto solo narra una situación desde la cual la pregunta puede (o no puede) brotar.

No sé si la conferencia de Ellen Duthie apuntaba a este tipo de reflexión, pero cuando me sacó de las casillas, su dardo me pegó ahí.

 

 

Tienes un Emilio, y es de Tomi Ungerer

Tomi Ungerer comienza el libro “Ningún beso para mamá” con la historia de un pequeño gato que no se despierta en hora porque tiene un problema con el despertador:

El despertador no ha sonado porque Toni lo desmontó ayer por la noche.

Quería averiguar qué aspecto tenían los segundos, los minutos y las horas.

«El reloj debe de estar lleno de tiempo», pensó. «Oigo como se mueve: tic-tac, tic-tac. Pero ¿cómo lo hará?».

Al desmontar el reloj, su mecanismo interno salta por los aires. El pequeño gato ya no lo puede reparar y opta por arrojar los restos del artefacto por la ventana.

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“Ningún beso para mamá”, de Tomi Ungerer.

Me interesa esta escena porque la entiendo significativa del vínculo, o de la desvinculación, que el autor ha logrado respecto del tiempo: él ha hecho un trabajo de creación de libros que trascienden la mecánica del tiempo, que rompen con cualquier forma de obsolescencia. Tal como el gato Toni, que de manera escandalosa rechaza los besos de su madre y que por una letra no tiene el mismo nombre que el autor, en algún momento de su vida Tomi Ungerer desmontó el tiempo y arrojó por la ventana una obra que ya no cabía adentro de los relojes.

No toda la obra de Ungerer está traducida al castellano y publicada en España (es menos aún la traducida al catalán). Y de la traducida y publicada, no toda se encuentra en librerías. Pero lo asombroso es que los títulos que siguen circulando mantienen una actualidad y una frescura que pareciera que han sido realizados fuera de cualquier época, de cualquier tiempo.

Cojo de las estanterías unos cuantos títulos del autor; unos en catalán, otros en castellano:

-“El ogro de Zeralda”, Ekaré, 2013, publicada originalmente en 1963: tiene 53 años.

-“Els tres bandits”, Kalandraka, 2008-2015, es de 1963: tiene 53 años.

-“On és la meva sabata?”, Kalandraka, 2014, es de 1964: tiene 52 años.

-“Hombre luna”, Libros del Zorro Rojo, 2012, es de 1967: tiene 49 años.

-“Ningún beso para mamá”, Anaya, 2007-2015, es de 1974: tiene 42 años.

-“Flix”, Ekaré, 2013, publicada en 1997: tiene 19 años.

-“El Hombre Niebla”, Lóguez, 2013, es de 2012: tiene 4 años.

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Algunos de los (pocos) libros de Tomi Ungerer disponibles en catalán y en castellano.

Cualquiera de estos títulos, publicados con un cuidado especial por las editoriales en cuestión, parecen libros de ahora, contemporáneos, siempre novedosos para quienes llegan a ellos por primera vez o para revisitarlos. Y eso vale tanto para la fuerza expresiva de la ilustración como para el tratamiento literario de las narraciones: como que no envejecen.

Darle la bienvenida, entonces, a un nuevo título en castellano y en catalán de Tomi Ungerer es, nunca mejor dicho, recibir una novedad. Y no importa que este “Emilio” sea de 1980: está tan fresco como si hubiera sido cosechado en la última primavera. Recién publicado en castellano, en gallego y en catalán por la editorial Kalandraka, puede ser presentado al público infantil y adulto como un libro de ahora, de estos días.

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“Emilio”, de Tomi Ungerer, recién publicado por la editorial Kalandraka.

Cuenta la historia de la amistad entre el capitán Samofar, un célebre buzo, y Emilio (Emili para los catalanes), un pulpo gentil y divertido, que salva al capitán del ataque de un tiburón, iniciando con esa acción una serie de proezas que lo volverán famoso, un superhéroe.

La ilustración, realizada al modo de los comics, a dos tintas (rojo y verde), sobre fondos blancos que prácticamente no dan detalles de los escenarios, son un ejercicio de virtuosismo del autor que, no en vano, ha sido considerado uno de los mejores dibujantes del mundo. En determinado momento de la historia, se interrumpe la narración para dar juego, como en un espectáculo de magia, a que el pulpo se contorsione trazando formas increíbles: una silla, un trineo, un coche, un unicornio, un toro, un pájaro, un elefante… Y eso, que como recién decía, puede ser visto como un mero ejercicio de virtuosismo por parte del ilustrador, se acompasa perfectamente con el relato, para acercarnos mejor al personaje de Emilio y reforzar nuestra admiración hacia él. Nada está de más en el trabajo de este autor, en el que la economía de recursos hace crecer la historia a ocho brazos: los de nuestro superpulpo.

En el blog de Ana Garralón hay un excelente monográfico para acercarnos a este autor polifacético, Tomi Ungerer, que a sus 85 años de edad, cada día dibuja mejor.

Ephemeroptera

Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus, singula dum capti cincumvectamur amore.”
“Pero entre tanto huye, huye irreparable el tiempo, mientras nosotros, atrapados por el amor, damos vueltas una y otra vez a las mismas cosas de una en una.”
Virgilio, Geórgicas (3: 284)

 

Es un tópico literario: el tiempo pasa, el tiempo huye, el tiempo vuela, tempus fugit. Se refiere a lo inevitable de la vida y de la muerte. Muchos poetas, clásicos y modernos, acudieron a él, o quizás sea mejor decir que “lo forjaron”, porque como un metal de campana, o como las manillas de un reloj, es de hierro la idea, y resuena, ding, dong, tic, tac… en nuestras cabezas: se nos va la vida.

Por lo general, la propia idea de que el tiempo vuela va asociada a una suerte de respuesta automática: haz lo que tengas que hacer ahora, no dejes para mañana. Este otro tópico es el del carpe diem.

Cuando somos niños no tenemos muy clara la noción del transcurso del tiempo. Vivimos en un presente eterno. El tiempo siempre es ahora. Pero hay un momento en la vida en que algo nos llama la atención sobre el tópico: despertamos a él. Recuerdo, en particular, una expresión que solía usar mi padre. Él decía: dura lo que dura un lirio. En algún momento, exploré ese dicho, y descubrí que el lirio es un tipo de flor que abre los pétalos por la mañana y se marchita al atardecer. Un día, dura un lirio: tempus fugit. La reflexión sobre la vida del lirio quizás haya sido mi primer contacto con este tópico literario, y seguramente, también, una suerte de iniciación a la melancolía (pero ese es otro tema).

Lirio de un día, solo un día. Y un día, justamente, es el tiempo de vida de los efemerópteros, un orden de insectos conocidos vulgarmente como efímeras.

¿Puede este insecto, la efímera, convertirse en el motivo de una buena historia para niños? ¿Puede, dar pie a un álbum que ponga a la mano de los más pequeños, de manera amena, con una propuesta informativa y narrativa cargada de sensibilidad y de humor, el tópico del «tempus fugit» y asociarlo con un giro de gracia al tópico del «carpe diem»?

La respuesta está en el álbum “Efímera” (“L’efímera”, en catalán), del francés Stéphane Sénégas, publicado recientemente por la Editorial Takatuka.

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“Efímera”, de Stéphane Sénégas (2007), Editorial Takatuka, Barcelona, 2016 (disponible también en catalán: “L’efímera”).

 

Dos hermanos descubren sobre la mesa de su casa a un pequeño insecto que resulta majo, inofensivo y divertido. No saben qué insecto es. Buscan en internet la respuesta. Repasan fotografías de distintos insectos hasta que dan con la información que buscan.

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“Efímera”, doble página interior: el descubrimiento en internet.

El insecto es una efímera. Al leer la información, descubren que este insecto tiene una vida muy breve. “Nomás vive un día”, le grita el hermano mayor al más pequeño, que ya había adoptado al insecto como su amigo. “Qué triste, es demasiado poco. No es justo”, responde el menor. Entonces, ambos hermanos deciden que ese día, que es toda una vida, resulte inolvidable para la efímera. Las horas transcurren y los hermanos le van proponiendo al insecto una serie de juegos y aventuras muy divertidos.

efímera pirata

En el baño se puede encontrar un mar tan efímero como un barco de piratas hecho con papel de diario: los hermanos lo saben, la efímera lo disfruta.

Pero lo inevitable llega sobre el final de la tarde. La efímera muere, y de ese hecho, de la tristeza que arroja ese hecho inevitable (el tempus fugit), sacan una conclusión que viene a ser una lección de vida para ellos (el carpe diem). El insecto tuvo una vida maravillosa, una “súpervida”, porque ellos, los dos hermanos, así se lo propusieron para él: ¿no pueden hacer lo mismo para sus propias vidas?

plan del álbum efímera

El plan del álbum en la web del autor.

Stéphane Sénégas, ya desde las guardas del libro, hace una apuesta al humor. La pequeña efímera aparece alternativamente disfrazada con un casco de aviador, unas plumas de indio, un sombrero de payaso, una gorra de baño, unos lentes de sol…

guardas del libro efímera

Las guardas, como para ir entrando en el juego…

En portadilla, el insecto, con unos ojos enormes, asombrados, quizás asustados, lee la definición del adjetivo “efímero-a” en un diccionario. En la primera página está en el centro de la mesa, iluminada por una lámpara, a la vista de los dos hermanos que la acaban de descubrir. Ilustraciones puestas sobre fondos planos, jugadas a la economía y la efectividad, ofrecen personajes dibujados al modo de los comics, con trazos sencillos y cuidadamente descuidados, pintados en colores planos, con un manejo de la angulación de los puntos de vista que permite la convivencia en escena del pequeño personaje con los personajes de los niños. La incorporación de información no descuida la tensión de un hilo narrativo breve, dado más por las ilustraciones que por el texto, que apenas pone lo necesario en un diálogo dramático mínimo y suficiente como para plantar, en página, los motivos para la reflexión final de los hermanos, los personajes, los niños que leerán.

Un libro de esos que es mejor no dejar para mañana. Un libro que bien puede celebrar los 7 años que hoy cumple este blog.

Contra la eugenesia de la inteligencia emocional: “Bocababa”, de Tina Vallès y Gabriel Salvadó

Para @hijotonto, que se lo había prometido.

En el afán de querer eliminar los defectos humanos, suponiendo que así se ahorraban esfuerzos económicos y sociales, los defensores del pensamiento eugenésico del siglo XIX y XX promovieron barbaridades históricas. Hoy día, la ingeniería genética, ya sea bajo un simple diagnóstico prenatal, hace las cosas un poco mejor. Pero los defectos humanos siguen apareciendo, y las sociedades han de convivir con ellos.

Un poco así sucede con los valores y las emociones: que los hay defectuosos, o lisa y llanamente perversos, y que en la conciencia individual o en sus expresiones sociales nos exigen combatirlos a diario. En la actualidad, la pretensión eugenésica de eliminar esos valores “incorrectos” y esas emociones “defectuosas” vendría a presentarse como la “corrección política”, y pasa por querer desterrarlos de la vista del público, incluso antes de que se manifiesten.

Se ha llegado a pensar que eliminando u ocultando la “incorrección” del alcance de los niños nos ahorraremos problemas. En los libros para niños esa actitud es patente: la eugenesia pretende ocultar o borrar de raíz toda aquella obra literaria que manifieste o exprese las distintas formas de la “incorrección” propias de la infancia. Se cree que así estaríamos poniendo a niñas y niños a resguardo de la inmoralidad y ahorrándonos a futuro muchos problemas. Pero la cosa no parece venir funcionando muy bien.

Chico Ostra (2)

Chico Ostra / Noi Ostra, de Tim Burton.

Antes de ocuparme del libro del que quería ocuparme hoy, voy a citar un ejemplo de literatura infantil “incorrecta” que está relacionado con esto de la eugenesia. Al día de hoy, un libro como “La melancólica muerte de Chico Ostra”, de Tim Burton, que fue concebido como un libro de poesía infantil ilustrado (y a todas vistas lo es), no podría ser editado en una colección destinada a ese público, y de hecho, tanto en castellano como en catalán, fue publicado en colecciones de libros para adultos.

En uno de los poemas que componen el libro se relata el nacimiento de un niño deforme, un niño con cabeza de ostra. Los padres, y la sociedad circundante, sienten desprecio por esa horrible criatura. Los padres, y también un médico consultado, para dejar bien en claro que el pequeño deforme es una carga improductiva para la reproducción de la sociedad, achacan los problemas sexuales de la pareja a la presencia del monstruito. El infanticidio será acometido por el padre al modo de una acción eugenésica. Luego del filicidio, los padres vuelven a su actividad sexual con la perspectiva de reproducirse.

El poema y la ilustración de Tim Burton se desarrolla en un estilo gótico y macabro. Todo el libro está concebido con ese tipo de humor esperpéntico que caracteriza el conjunto de la obra del autor. Un tipo de humor que provoca, luego de la risa nerviosa, una ternura compasiva hacia los personajes que nos presenta: monstruosos, solitarios, inadaptados, débiles o improductivos. Así y todo, más de un censor apartará al Chico Ostra del alcance de los niños. También al libro se le practicará una suerte de eugenesia, por considerarlo inadecuado.

Bocabava _ Tapa

Tapa de la versión en catalán de “Bocabava”, de Tina Vallès y Gabriel Salvadó.

¿Puede correr la misma suerte un libro como “Bocababa”, escrito por Tina Vallès, ilustrado por Gabriel Salvadó y publicado en castellano, en portugués y en catalán (“Bocabava”) por Fragmenta Editorial en su colección, Petit Fragmenta? Esperamos que no. Si dejamos que niñas y niños lo elijan como lectura y si logramos salvar las alarmas de los censores de turno, creemos que el libro podrá hacer un buen camino.

“Bocababa” resulta uno de esos libros poco frecuentes en el panorama editorial de la literatura para niños actual. Es un libro que cuando uno lo termina de leer se queda pensando en qué es exactamente lo que nos quiso decir. Eso está muy bien. Por lo general, la mayoría de los libros actuales tienen mensajes que redundan en explicaciones y autoexplicaciones facilistas o que caen en vacíos expresivos. “Bocababa” en cambio te pone las cosas más difíciles. Es un cuento humorístico, pero de un humor muy particular. Cuenta una historia de amor y salvación, pero de un tipo de amor y un tipo de salvación muy especial. Tiene un personaje infantil como protagonista, pero es un niño algo deforme y monstruoso. Es un candidato para la eugenesia de la corrección política, pero tampoco parece ser del todo incorrecto. Es un libro que cuando lo terminas de leer, luego de reír, de sentir ternura, de ponerte triste y melancólico, quedas con la boca abierta y la mirada perdida: casi, casi como el personaje central.

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“Un nen sense sort, aquest és Bocabava”: primera doble página interior del libro.

“Bocababa es un niño sin suerte. Tiene un ojo distraído y el otro sorprendido, y se pasa el día tropezando con todo y coleccionando chichones porque no mira donde hay que mirar”. Así comienza el texto del cuento, que en la primera ilustración nos muestra al personaje de ojos desviados, que camina con la boca abierta, de donde le cae un reguero de saliva que se dispersa por la calle. El niño es un solitario. Solo tiene un amigo, tan monstruoso como él, que se pasa la mayor parte del tiempo enfermo. Juega juegos extraños, como seguir hormigas y quedar absorto y babeante ante ellas. La descripción del personaje mueve a risa, primero, y a compasión, después. Bocababa es un esperpento que parece condenado a la exclusión.

Un día sucede algo particular. Una feria ambulante se instala en la calle de Bocababa. En un puesto de juegos, el hombre que lo atiende tiene una cantidad de peces de colores que los jugadores pueden ganar con buena puntería a los dardos. A instancias del hombre, Bocababa lo intenta. Un desastre. El hombre que atiende el puesto, y que se salva por poco de que un dardo le atraviese un ojo, igual le concede un premio al niño. Le dará uno de los peces. Pero uno muy particular. El pez se llama Raquitín (Secalló en catalán y Vira-Tripas en portugués) y es tan esperpéntico como el mismo Bocabava: no tiene color, de tan raquítico es transparente, está viejo porque nadie se lo lleva cuando acierta a los dardos, y además “tiene un ojo distraído y el otro sorprendido”. Por aquello de que siempre hay un roto para un descosido, Bocababa y Raquitín se van juntos.

raquitín

Raquitín (Secalló, en catalán; Vira-Tripas, en portugués): bien alejado de los demás peces de colores, en un rincón, abajo, a la derecha, casi invisible.

A partir de ahí, la vida de Bocababa hace un vuelco. Por primera vez, el niño tiene algo por lo que ocuparse y tiene a alguien que parece preocuparse por él. Pero que nadie espere finales felices ni grandes transformaciones. La vida del niño y la del pez seguirán por los grotescos derroteros de siempre, salvo que ahora estarán juntos, se querrán mutuamente, y hasta habrá alguien que los felicite por eso. Lo demás en el texto, así como en la ilustración, es pura forma, y se sostiene en un humor delicadamente grotesco y brutalmente tierno, si se me permite el juego de los oxímorones: todo muy similar a lo que resulta en el Chico Ostra de Burton. Un humor logrado sin estridencias en el texto y mediante unos dibujos que por sobre lo caricaturesco y lo exagerado, no dejan de expresar la ternura con la que poco a poco nos envuelve la historia.

Si no hemos perdido la facilidad de la risa que tienen los niños ante la deformidad, ante lo que falla, ante el error, ante la bobera, ante lo inadaptado e inadaptable, ante lo incontrolado, ante lo que se desvía de la trayectoria de lo correcto y lo normal, ante lo que se tropieza y cae: este libro nos moverá a risa. Al menos en una primera instancia. Luego, quizás, nos mueva a la melancolía, e incluso a la tristeza. Porque no hay nada más melancólico y triste que la resaca que nos deja la risa (el reírnos de, el burlarnos de, el humor) que nos provocan los defectos, las carencias, los esfuerzos mal encaminados de los demás. ¿Y por qué nos reímos de eso? ¿Y por qué es triste después? Nos reímos para tomar distancia, para protegernos, para apartarnos: cuando nos reímos, los torpes, los deformes, los anormales son los otros, no somos nosotros. Y nos ponemos tristes porque más tarde o más temprano, descubriremos que los defectos, las carencias y los esfuerzos desmedidos para manejarnos con la realidad, de una u otra forma, también son los nuestros.

En la actualidad no estamos siendo conscientes de que la corrección política —que en su esfuerzo eugenésico respecto de los malos pensamientos infantiles, que en su compulsión a ocultar la risa maliciosa (o la maldad misma) de la vista de los niños, que en su intento de eliminar las burlas en pro de falsos respetos, que en su obsesión por intentar borrar de nuestro horizonte de expectativas la tullidez del tullido, la deformidad del deforme o la brutalidad del bruto, la monstruosidad del monstruo— lo que está haciendo, de última, es privarnos de la posibilidad de reírnos y de reconocer, en el otro, nuestros propios defectos humanos, demasiado humanos, para terminar barriendo todo debajo de la alfombra.

La evolución de la conciencia moral del niño, que ha de procesarse por el camino de la autonomía, requiere primero reconocer la diferencia, procesarla, asimilarla en el rechazo, en la burla, en la risa y hasta en el miedo que genera. Luego, una vez confrontada con esas sensaciones y emociones, la conciencia moral podrá evolucionar, por la vía del autorreconocimiento, hacia la aceptación y el respeto por el otro. Castrar el proceso podría significar reprimir la “incorrección-nuestra-de-cada-día” y congelarla en un estadio inconsciente, desde el cual, con el tiempo, no hará otra cosa que emerger, una y otra vez, imposibilitada de ser reconocida por quien la lleva consigo de manera más o menos culposa, de manera más o menos brutal.

Cuando un libro, cuando una ficción, pone delante del niño la brutalidad de la vida, y no ahorra una dosis de humor respecto de ello, y habilita a la risa, puede llegar a facilitar el proceso de empatía respecto del otro de una manera mucho más potente que cualquiera de esos libros que prejuzgan la situación e imponen, moralina mediante, la corrección política de una actitud que no tiene por base la motivación auténtica ni el valor autónomamente generado.

Percibimos, en nuestra cultura contemporánea, que cuanto más se predica sobre ética más inmoral resulta la sociedad. La hipocresía está a la orden del día. Como está a la orden del día el desprecio (etnofóbico, xenofóbico, homofóbico) por los otros, y lo más indigno (e indignante) de las burlas e insultos que los adultos no escatiman, así como no escatiman recursos a la hora de construir muros en las fronteras, creyendo que los bárbaros son, siempre, los que están del otro lado.

Me llevó un tiempo darme cuenta de qué es lo que más atractivo me resultó en este “Bocababa” de Tina Vallés y Gabriel Salvadó: es un libro que seguramente hará reír a los niños a la vez que les permitirá empatizar con la mala suerte del personaje, hasta terminar enterneciéndose con él. Mala suerte que, en una de esas, es similar a la que se ensaña a diario con cada uno de nosotros. “Bocababa”, seguramente, los hará reír, los hará compadecer, y sin ninguna pretensión de adoctrinar en la corrección política, quién te dice que no los haga también crecer en su conciencia moral respecto del cuidado de los otros, los diferentes, los desfavorecidos en la lotería biológica o social.