Bajo las piedras: cuando la poesía descubre el mundo y lo sostiene

Han sido días de encierro, días de estar lejos de la naturaleza. Quizás esta experiencia nos hace más sensibles a la hora de acercarnos a un poemario como este Bajo las piedras, de Arianna Squilloni, ilustrado por Laia Domènech.

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BAJO LAS PIEDRAS, poesía de Arianna Squilloni, ilustraciones de Laia Domènech, publicado por Akiara Books para su colección Akipoeta.

Se trata de un libro que desde antes de abrirlo ya nos conduce al campo, a la vida en un entorno rural, donde la naturaleza nos cruzará a cada paso. Y es que en la portada vemos unos pies de niña que pisan la tierra, descalzos. Los dedos se entremezclan con el césped, con hierbas y hierbajos, algunos tréboles, algunas flores silvestres. Una mariposa se detiene sobre los pétalos amarillos. Una araña parece prepararse para tejer su tela. Un pequeño bicho bola, o bicho de la humedad, se mueve con sus patas pequeñas y dudosas. Hay mucha vida en ese palmo de tierra. Muchísima. Vida silvestre. Vida infantil.

Ahí nos disponemos a entrar.

El título indica un lugar: bajo las piedras. El lugar sugiere un misterio a descubrir. Y es que debajo de las piedras siempre se esconde la promesa de algo por encontrar. Lo mismo debería sucede con las palabras poéticas: ellas muestran y ocultan a la vez. La buena poesía desafía a observar a la vez que nos invita a cerrar los ojos. La buena poesía invita a escuchar, a la vez que nos estimula a llegar a esas formas cargadas de silencio. La buena poesía invita a recordar, a la vez que le da al olvido la forma del mito y el misterio. Indagar, descubrir, hurgar: son este tipo de verbos los que la buena poesía ofrece. Y en este libro, como si de levantar una piedra se tratara, encontraremos buena poesía.

Se abre el volumen con una suerte de texto autobiográfico donde una voz se pone en contexto. Habla del campo donde viven y trabajan los abuelos. Todos los poemas asumirán esa voz: hablarán desde una infancia que visita, que acompaña la experiencia de la vida rural. Una voz que habla de plantas, de insectos, de animales voraces que se esconden y se mimetizan, que fingen no estar donde están. Habla de la vida fugaz y de la vida demorada. Habla de los sueños y de las estrellas en el cielo. Habla de lo que nos rodea y de lo que imaginamos cuando la vista se pierde en la lejanía del infinito o en la inmediatez de lo diminuto. Así, desde ese prólogo, entona la voz este libro. Avisa de la poesía que va a escribir a continuación, para recuperar ese mundo vital lejano y cercano a la vez.

El libro contiene dos docenas de poemas. Uno habla de un avellano amigo. Otro de un gato que “al anochecer, asoma los bigotes / en el umbral del bosque”. Un tercero nombra al jabalí que “se mueve ágil en la niebla”. Otros hablan del perejil “verde y frondoso” o de los escarabajos con sus “espaldas crujientes y sucias”. Los habrá que nos abran el apetito con “suculentas alcachofas“. Poemas que llevan títulos que parecen querer hablar de otras cosas aunque no se aparten de lo más cercano, lo más palpable: “Sistemas de navegación”, “La proporción de las cosas”, “El arte de la espera”.

Hay dos poemas que, a mi gusto, parecen querer enlazar el conjunto. Uno de ellos lleva por título “El desamparo de los murciélagos” y dice:

Confiados, los murciélagos
para dormir han escogido
la húmeda oscuridad
del destartalado establo del vecino.
Pasan el día colgados de una viga.

Yo, que soy curiosa,
los he descubierto.

Mientras los observo,
me nombro guardiana de sus sueños.
Es gracias a mí que no caen.

El poema, más allá de que sea una auténtica maravilla, articula las tres dimensiones que toda la poesía de este libro quiere integrar: la dimensión de la vida natural, la dimensión de la infancia, la dimensión del hacer poético que sostiene al mundo.

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En la primera estrofa, menta el mundo oculto de la vida natural que existe en el campo: allí están los murciélagos con sus rutinas de murciélagos, ocupando la oscuridad húmeda de su refugio. En segundo lugar, la voz de la niña que confiesa su carácter: ella es curiosa. Y es eso, la curiosidad, es lo que la lleva a levantar la piedra y mirar debajo. Es ella quien descubre a los murciélagos. Nadie se los ha anunciado. En la tercera estrofa, la fuerza preformativa de la poesía: la niña se nombra guardiana del sueño de los murciélagos, y eso, ese nombramiento, ese acto poético nominativo, es lo que logra que los pequeños mamíferos conserven su estabilidad mientras duermen. Ahí está la fuerza de la poesía.

¿Y no es eso lo que sucede con todo lo demás que la voz poética de la niña descubre y poetiza?

Quiero compartir un segundo poema que entiendo que termina de darnos la pista de todo el conjunto. Es el que lleva por título “Mi abuela, las gallinas y yo”. Dice:

Un día nos levantamos
y en el corral reinaba el silencio.

Por la noche una comadreja había visitado
a las gallinas de mi abuela.

A ella le supo tan mal, que perdió
la vista durante una semana entera.

Empecé entonces a tomarla de la mano
para que supiera que no estaba sola.

Ha sucedido una desgracia que, en la vida del campo, parece tan natural como el hecho de que los murciélagos duerman colgados de una viga: durante la noche, una comadreja hizo estragos en el corral de las gallinas. Pero esto que es del todo natural, golpea a la abuela de la niña de una manera tremenda: la deja ciega durante una semana.

abuela

Quizás eso, la debilidad de esa abuela que en la vejez ya no resiste golpes tan duros, se muestra por primera vez a la niña. Y entonces, nuestra niña, nuestra voz poética, la misma que antes era guardiana del sueño de los murciélagos, aquí descubre el dolor que ciega la debilidad de sus ancestros. Y del mismo modo que en su momento se hizo responsable del sueño de los murciélagos, ahora se hace cargo del dolor de un mundo que se debilita: la niña coge de la mano a la abuela y la acompaña durante su sufrimiento.

De esta manera —que parece sencilla pero que encierra una experiencia cultivada en años de observación, escucha y lectura—, la poesía de este libro no solo levanta la piedra para descubrir qué hay debajo, no solo curiosea en la húmeda oscuridad de los lugares abandonados, sino que también es capaz de cogernos de la mano cuando el sufrimiento se enseñorea y nos ciega: no tanto para guiarnos, como para consolarnos y acompañarnos. Y así, haciendo así, bien puede decir: “es gracias a mí” que todo esto perdurará. Todo esto: la vida natural, la poesía.

Un párrafo extra me exige la ilustración de Laia Domènech. Ese aire melancólico que caracteriza su trabajo está presente aquí con la misma sutileza de siempre. Lo de ella es el susurro de los lápices y de los pinceles que se arrastran despacio, que manchan en filigranas y granulan el papel, no las estridencias del color que sobresalta. Su dibujo es muy vegetal, muy terroso, y así también su paleta. Todo lo que le va muy bien a la poesía de Squilloni y al hermoso libro que diseño la editorial Akiara Books para su nueva colección de poesía Akipoeta: tan de costura a mano, tan de artesanía, tan silvestre, tan de tierra húmeda bajo las piedras…