Tina Vallès: “La literatura no sirve para nada”

En el correr de una semana, tres personas distintas, las tres vinculadas al mundo de la Literatura Infantil y Juvenil, me hicieron la misma pregunta: “¿Leíste el artículo de Tina Vallès en el VilaWeb?”

La primera fue Clara Berenguer, especialista en LIJ que lleva adelante el blog Llibreria Il·lustrada: lo cuenta en su blog. El segundo, un escritor catalán. La tercera, una maestra que está doctorando en bibliotecas escolares. Pienso que la coincidencia demuestra un interés arraigado en lo que refiere a la problemática que el artículo aborda. No comparto todo lo que dice Tina Vallès en la nota. Más adelante comentaré algo sobre el asunto. Pero entiendo que es un artículo que recoge y expresa una preocupación real sobre algunas cosas que, al menos para quienes trabajamos con libros para niños desde una perspectiva más o menos inconformista, se están poniendo chungas.

Traduzco el artículo al castellano, en una versión autorizada por la autora, y lo comparto con ustedes a cuenta de una futura entrega sobre el asunto. Y por cierto, las imágenes de portadas que inserto en el texto a modo de ejemplos van por mi cuenta. Los libros no fueron mencionados por la autora y tampoco acompañan la nota originalmente publicada en el periódico. Fueron elegidos por mí un poco al azar: me consta que hay varios otros que podrían figurar en lugar de esos.

A continuación, pues, el artículo de Tina Vallès:

La literatura no sirve para nada

Si trabajas en una librería o en una biblioteca, puede que un día te pidan: ‘¿Tiene algún cuento para niños que explique la separación de los padres?’ No te asustes. Ese libro seguro que existe. Algún iluminado ya debe haber escrito una fábula bien azucarada, quizás con una familia de conejos como protagonistas, para explicar la separación de los padres a los hijos. Puede ser, incluso, que la primera intención del autor fuese más o menos buena, pero en realidad no hay mucha diferencia entre eso y explicarle las relaciones sexuales hablando de abejas y de flores. La pregunta, si la traducimos a un idioma humano, sería: ‘No sé cómo explicar a mis hijos que mi mujer y yo nos separamos, así que prefiero que se lo explique un desconocido en forma de libro, y luego los niños ya entenderán que la madre coneja es su madre y el padre conejo soy yo.’

Soy consciente de que explicar a los hijos que te separas (mientras pasas el trance de separarte) es duro y difícil. Pero precisamente por eso lo tienes que delegar a… ¿un desconocido? Si no tienes suficientes “herramientas”, el libro lo tienes que leer tú, en el peor de los casos, pero puede que ni siquiera eso, tal vez sólo tienes que aprender a explicarte a ti mismo lo que está pasando, y ya verás luego cómo explicarlo a los hijos con las consiguientes preguntas y comentarios te acabará de formatear el cerebro una vez pasada la tormenta. Sea como sea, es comprensible que alguien acuda a la librería o a la biblioteca desesperado con esta pregunta entre los dientes. Entendido.

tina 02 una historia a dos

Posibilidad 1: La separación de los padres

Otra: ‘¿Tiene algún cuento de niños que se hacen pis en la cama?’ Estoy convencida de que entonces todos los bibliotecarios y libreros asienten con la cabeza hasta desnucarse. Sí, señores, hay gente que eso de que los libros son herramientas se lo han tomado al pie de la letra, y buscan libros que hagan que los niños coman verduras, que no tengan pesadillas, que acaben los deberes… ¿Y sabéis qué? Los encuentran. Esos libros existen. Les podríamos decir libros de autoayuda infantil, y es el escalafón más bajo del sector editorial. Son libros pensados ​​(¿he dicho ‘pensados’?) desde el minuto cero con el objetivo de… hacer que el niño deje de hacerse pis en la cama, coma acelgas, sueñe platos llenos de judías tiernas o termine las multiplicaciones antes de cenar. No hay ahí otra voluntad que la de vender muchos, el texto es secundario, la ilustración viene toda pautada por la editorial, todo el mundo sigue las coordenadas del jefe de marketing y la creatividad queda bien relegada a un segundo plano: quien dice segundo dice decimonoveno.

tina 03 el fantasma quememeo

Posibilidad 2: Niños que se hacen pis en la cama

Y ahora viene la pregunta estrella: ‘¿Tiene algún libro para trabajar las emociones con los niños?’ Sí, ha dicho ‘trabajar’. Miren, resulta que los niños de ahora deben saber identificar las emociones con todo lujo de detalles antes de que se les caigan los dientes de leche. Porque supongo que estamos de acuerdo en que las emociones se pueden clasificar, ¿verdad? ¡Pues, claro! ¿Tienen presente aquello que les ha costado años y años como personas? ¿Aquello de saber en qué son buenos y en qué fallan, lo de interpretar los gestos y las caras de los demás, lo de aprender a ponerte en la piel del vecino, lo de conseguir digerir los fracasos, lo de… VIVIR? Pues ahora te lo enseñan unos libros muy graciosos donde te enumeran los sentimientos y las emociones con un “pantone” bien vistoso y, automáticamente, ¡y gracias a un libro!, te conviertes en todo un experto. ¡Lo que hacen los libros, eh! Y se venden, estos libros, se venden mucho. Y bien cargados de tópicos y mensajes confusos que pretenden clasificar lo que sentimos en carpetas y subcarpetas, como si todos estuviéramos cortados por el mismo patrón y nuestro comportamiento fuera cien por ciento previsible.

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Posibilidad 3: Libro para trabajar las emociones con los niños.

Pensémoslo. Es un error delegar a los libros (o a la escuela, pero este sería otro tema) nuestra responsabilidad como padres. Las personas no tenemos manual de instrucciones. Enseñar a vivir se enseña viviendo, y las respuestas a las preguntas de los hijos no pueden salir de un libro de autoayuda infantil pensado por un departamento de marketing.

¿Os habéis fijado? He dicho libros durante todo el artículo, y no literatura, porque la literatura es otra cosa y no sirve para nada.

Tina Vallès, 27/04/2017, publicado en VilaWeb.

 

 

 

 

“El monstruo de colores” no es un libro de emociones

Debe de ser uno de los errores más extendidos en el ámbito de la literatura infantil y juvenil actual: considerar que el libro “El monstruo de colores”, de Anna Llenas, es un libro de emociones.

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La portada de “El monstruo de colores”, Anna Llenas, Editorial Flamboyant, España, 2012.

La confusión se ha extendido entre promotores de la literatura infantil, vendedores de libros, bibliotecarios, críticos, comentaristas. También entre maestras y maestros de escuela primaria y de educación preescolar. Y ha llegado a padres y madres que, cuando piden “libros de emociones”, están pensando en ese libro, o en otros muy similares a ese.

Esta confusión puntual está asociada a otras dos confusiones tanto o más extendidas:

  • Pensar que los niños y los adultos leen igual, y que encuentran en los libros los mismos asuntos, los mismos contenidos, iguales continentes.
  • Pensar que hay libros que contienen emociones y otros que no las contienen.

Veamos cómo funcionan estas dos confusiones para dar pie a la que nos ocupa: la de pensar que “El monstruo de colores” es un libro de emociones.

El libro de Anna Llenas narra una breve historia. En el inicio hay un monstruo que un buen día se levanta confundido y no sabe qué le sucede. El personaje del monstruo amanece pintado de muchos colores. El dibujo es sencillo y vistoso. Trazos gruesos y papel recortado dibujan un perfil estereotipado que, a la vez de monstruoso, resulta simpático y fácilmente recordable: los ojos grandes, las cejas gruesas, orejas y crestas, dos colmillos que sobresalen de la boca en un rictus perplejo, el cuerpo de dos piezas, cabeza y tronco apenas separados por la línea de la boca, manos y piernas infantiles. El monstruo, desde esa primera página, ya resulta muy atractivo para niños, pues siendo sumamente sencillo, resulta contundente en su expresividad. Y todo ello en una composición despejada y muy cercana al dibujo infantil.

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El monstruo.

Inmediatamente, en la siguiente página, aparece el personaje de una niña, que vendría a ser una suerte de ama del monstruo. La niña adopta el rol adulto en la historia, también el rol del narrador, que se comunica en prácticamente todo el relato en segunda persona, imperativa, rogatoria, desiderativa, demandante: el dibujo de la niña con las manos en jarra sobre la cintura se presenta como otro estereotipo de la “niña-mujer-mandona”. Ella es quien hace que el monstruo se detenga a reflexionar sobre sí: sabemos que la autoridad a veces logra inducir a la autorreflexión.

De buena mañana, cuando el monstruo aún no acaba de despertar del todo, la niña le pregunta si ya se ha vuelto a confundir y a entreverar, y lo rezonga, diciéndole que “no aprenderá nunca”. El personaje de la niña, confeccionado con la misma técnica que la del monstruo (trazo grueso, papel recortado…) tiene también su proximidad con los niños (ocupa el rol de la ama-maestra-tradicional) y con la expresividad infantil (a partir de presupuesto de ese tipo de juego dramatúrgico que tanto entusiasma a pequeños: “¿Jugamos a que soy la maestra?”).

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La niña.

Tras el rezongo inicial, la niña le dice al monstruo que su problema es que se le han mezclado las emociones, coge al monstruo de la mano (aquí ya ha dejado el rol adulto y se convierte en una niña juguetona y risueña) y le propone una solución al problema con el que él se despertó. La solución tiene algo que encanta a los niños y que responde a una de las mayores pasiones infantiles (y epistemológicas): el coleccionismo.

La niña ofrece al monstruo ocho frascos de vidrio donde ha de poner en orden las emociones.

Suponiendo que el niño pequeño no sabe muy bien qué es eso de las emociones, lo que se le ofrece aquí, como juego para resolver el problema del monstruo (que es también el nudo-problema de la historia), es asociar una serie de colores con estados emocionales de la vida cotidiana e ir poniéndolos ordenados en los frascos. Coger algo que en principio está desordenado, clasificarlo de acuerdo con alguna tipología, ordenarlo colocando cada pieza en un lugar seguro, formar un catálogo, proyectar un saber desde el pasado hacia el futuro, recuperar el desorden de lo involuntario, registrarlo y colocarlo en un orden de voluntad: he ahí el arte y la tradición del coleccionismo.

Dice Walter Benjamin en su libro de los pasajes:

Al coleccionar, lo decisivo es que el objeto sea liberado de todas sus funciones originales para entrar en la más íntima relación pensable con sus semejantes. Esta relación es diametralmente opuesta a la utilidad, y figura bajo la extraña categoría de la compleción. ¿Qué es esta ‘compleción’? Es el grandioso intento de superar la completa irracionalidad de su mera presencia integrándolo en un nuevo sistema histórico creado particularmente: la colección.

Y he aquí lo que fascina al niño: lograr esa completitud, la colección, dejando atrás el caos. Poco importa que el conjunto de los objetos coleccionables sea el de las emociones, el de los cromos de animales, el de los cochecitos en miniatura… Lo que seguramente fascina al niño al conocer esta historia es el anhelo secreto de liberar a los objetos de su utilidad y de su funcionalidad acotada e insertarlos en el orden de una proximidad a la mano.

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La colección (un fragmento)

Poco importará al niño, a la hora de entrar en esta historia, para qué puede servir la alegría amarilla, la tristeza azul, la ira roja, la negritud del miedo, el verde de la calma, el rosa (¡ay, el rosa!)… Lo que seguramente motivará su atención será el juego de poner orden en el caos con que la vida nos asalta a diario a través de diferentes objetos, pasibles de ser adquiridos, congelados para conserva, encerrados en el círculo mágico de un frasco de vidrio. Y también, claro, las metamorfosis que provoca en el personaje del monstruo confundido el hecho de ejercitarse en algo tan apasionante como la confección de una colección.

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La colección (otro fragmento)

Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que con las emociones, en la vida real, es difícil establecer cualquier colección: se trata de algo tan inestable, tan volátil, tan difícil de analizar, separar, objetualizar, fijar… Pero poco importa el asunto al niño, cuya fascinación, para el caso de esta historia, se entrega a otro juego mucho más atractivo: el de la colección en sí.

Quizás el detalle de que sean las emociones lo coleccionable le pueda resultar atractivo a un/a maestro/a que, en el apuro de cumplir con plazos pedagógicos, tenga que presentar ese tema en el orden de un currículum que de un tiempo a esta parte viene preocupándose en exceso por la educación emocional de los niños. Quizás, también, le puede resultar atractivo al editor que atiende ese potencial mercado, así como lo atienden también los vendedores de libros. Al niño, en cambio, ello no lo influirá mucho al momento de recepcionar la historia.

He ahí las distintas lecturas que hacen unos y otros.

El éxito comercial del libro, así lo pienso, nace de la conjunción de la necesidad lectora de los adultos, impuesta por el sistema educativo, acogida por el sistema de la industria del libro, y de la fascinación que el asunto del coleccionismo, puesto de manera simpática y estereotipada en el vínculo entre la niña y el monstruo de la historia, despierta en los pequeños. En ese vínculo confuso, esta historia hace basa, y redobla su éxito por la comprobación de que los niños disfrutan de la historia, y que la historia ocupa los primeros puestos de venta año tras año desde su primera edición en 2012.

05 los derivados coleccionables

Productos derivados: la otra colección

Nos queda, al final, el asunto de saber si las emociones pueden delimitar un subgénero literario, vale decir, si hay “libros de emociones” así como hay “libros de aventuras”, “libros de misterio”, “libros de poesía”…

Tiendo a razonar sobre el asunto por el método del absurdo. Propongo que un lector, cualquiera, me ofrezca como ejemplo una lectura literaria que no transmita ninguna emoción. Ninguna. Una lectura literaria que logre proponerse desde el vacío emocional más absoluto.

A mí me resulta difícil imaginar una historia que logre eso. Pero si fuera posible, si llegado el caso alguien me ofreciera esa lectura, la de una historia vacía de toda emoción, puedo imaginarme que esa historia, por sí y ante mí, ya estaría transmitiéndome una emoción.

Como el filósofo coleccionista de Benjamin, no me cierro a que en un futuro, puesto ante el caos emocional que transmite toda la buena literatura infantil y juvenil, me encuentre con un libro así. Y entonces, claro, mi memoria involuntaria se sacudirá ante la sorpresa, y abrirá camino a que mi memoria metódica y voluntaria incluya tal historia en el orden de la colección de mis mejores libros de literatura para niños y jóvenes.

Mientras tanto, dejo librados unos cuantos casilleros de esta colección para poner allí títulos que contengan buenas historias, y por ende, que me transmitan estados emocionales confusos y entreverados: esas historias que suelen ser las más inquietantes y disfrutables para mí.