About Germán Machado

Nací en Montevideo, Uruguay, en 1966. Soy escritor y gestor cultural. Escribo poesía y narrativa para adultos y para niños y jóvenes. Desde 2014 estoy radicado en Vic (Catalunya, España).

La Biblioteca de Agus y los monstruos: apuntes para un canon LIJero

En estos días estuve escribiendo una nota sobre la serie de “Agus y los monstruos”, de Jaume Copons y Liliana Fortuny, para la revista Fuera de Margen, que será publicada en breve. Allí hablo de sus virtudes literarias y gráficas de esta obra. Pero ahora, quería anotar aquí lo que a esta altura entiendo que es un posible y muy peculiar canon de la LIJ, en torno del cual se construyen muchos aspectos de la trama novelística de esta serie.

Anoto los títulos de acuerdo con el orden de aparición en los distintos números de la serie. Algunos de estos libros son leídos por Agus y los monstruos, otros apenas son citados. Aquí van:

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Tomo I. ¡Llega el Sr. Flat!

1) La isla del tesoro, de R. L. Stevenson

2) Peter Pan, de James Barrie

3) Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain

4) El viento en los sauces, de Kenneth Grahame (con ilustraciones de Ernest Howard Shepard)

5) El barón de Munchausen, de G. A. Bürger

6) 20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne

 

salvemos-el-nautilusTomo II. “¡Salvemos el Nautilus!”

7) Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll

8) El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger

9) Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl

10) La Odisea y La Ilíada, de Homero

11) Asterix, el galo, de R. Goscinny y A. Uderzo

 

Tomo III: “La canción del parque”la-cancion-del-parque

12) Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand

13) Enrique V, de Shakespeare

14) Asesinato en Mesopotamia, de Agatha Christie

15) El libro de la selva, de Rudyard Kipling

16) Tarzán, el rey de los monos, de Edgar Rice Burroughs

 

la-guerra-del-bosqueTomo IV: “La guerra del bosque”

17) Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak

18) El principito, de Aintoine de Saint-Exupéry

19) Max y Moritz, de Wilhelm Busch

20) Toma el dinero y corre, de Woody Allen (está citado como un libro, pero no pude encontrar ninguna referencia bibliográfica).

21) El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien

22) Poemas Dadaistas, de Tristan Tzara

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Tomo V: La leyenda del mar

23) Tifón, de Joseph Conrad

24) El viejo y el mar, de Ernst Hemingway

25) Robinson Crusoe, de Daniel Defoe

26) Pinocho, de Carlo Collodi

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Tomo VI: De libro en libro

27) La historia de Ferdinando, de Munro Leaf y Robert Lawson

28) Las meditaciones, de Marco Aurelio

29) Caperucita roja, de los Hermanos Grimm

30) Pipi Calzaslargas, de Astrid Lindgren

 

Tomo VII: La carta más altaagus-7

31) Superman (cómic del sello Marvel, de 1974)

32) Marcelín, de Sempé

33) Pedro Melenas

34) Cuentos de H. C. Andersen: El patito feo, El soldadito de plomo

35) Ulises, de James Joyce

36) Harpo habla, de Harpo Marx

 

Ustedes podrán decir que hay títulos que no parecen propios de un canon de LIJ. Y estará bien dicho. Por lo pronto, hay que considerar dos cosas. En el volumen 2 de la serie, el Sr. Flat, el monstruo, le recomienda a Agus el libro de Salinger, “El guardián entre el centeno”, pero le dice que lo habrá de leer, sí o sí, cuando sea un poco más grande. Algo similar ocurre en el volumen 7 de la serie, cuando Emma, la bibliotecaria de la escuela, está leyendo el Ulises, de James Joyce, y entonces le dice a Agus que ella se lo está pasando muy bien con la lectura, pero que puede ser que sea un poco pesada para él a su edad, pero que cuando sea grande no se la debe perder.

Claro que esto de las edades de los libros, que las hay las hay, es puesto en cuestión por el propio Sr. Flat, que en el volumen tres, cuando se aprestan a leer “Cyrano de Bergerac”, se contradice, pues, con el consejo que antes le daba a Agus. En ese momento, Agus le pregunta al Sr. Flat si ese libro es para niños, a lo que el Sr. Flat, muy contundente, responde: “Agus, que se sepa, los libros son para el que los quiere leer”.

Y en definitiva, eso ha de valer para esta lista de libros, “porque si no, qué”, diría Jaume Copons, y yo asentiría.

 

Una historia de amor de alto vuelo: “El día en que me convertí en pájaro”, de Ingrid Chabbert y Guridi

Las guardas del principio y del final son un papel estampado de flores. En la del inicio hay un recorte: es la silueta de un pájaro. La del final sería igual, salvo por que hay dos siluetas recortadas, dos pájaros. Entre guardas y guardas sucede una historia que justifica ese cambio entre el antes y el después, una de las historias de amor infantil más bellamente contadas. Se titula “El día en que me convertí en pájaro”, la escribe Ingrid Chabbert, la ilustra Guridi, la publica la editorial Tres Tigres Tristes.

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Guarda delantera: la silueta de un pájaro solitario.

La historia comienza con una confesión: “El día que comenzó la escuela, me enamoré”. Es una línea escrita en la parte superior de la primera página par. Debajo de esa línea hay un dibujo trazado en dos dimensiones: un círculo traza la base en perspectiva horizontal, mientras que en la perspectiva vertical, se levanta un arco.

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Unos trazos apenas, casi un boceto, casi un patrón de modelado.

Tenemos que esperar hasta la página siguiente para leer una segunda línea que continúa la confesión anterior: “Era la primera vez”, dice el enamorado. Y debajo de esa línea, descubrir que el dibujo anterior comienza a perfilarse como el andamiaje de la cabeza de un pájaro. ¿Que cómo lo sabemos? Porque el bosquejo coincide con la ilustración de portada.

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Portada del libro “El día en que me convertí en pájaro”, de Ingrid Chabbert y Guridi.

En las cuatro siguientes páginas, el relator sigue confesando cómo se enamoró de Candela, una compañera de clase. Dice que al llegar a su casa hizo muchos dibujos de ella. Dice que mientras él la ve a ella, ella no la ve a él. La ilustración, mientras tanto, parece ir por otro lado, pues lo que relata, o mejor dicho, lo que traza en bocetos, como en un patrón de modelado, es la construcción de la cabeza de un pájaro, así, al modo de un cabezudo para un desfile de disfraces. Esto lo sabemos recién en la sexta página ilustrada, donde descubrimos a un niño que se está poniendo la cabeza del pájaro sobre sus hombros (ilustración que coincide con la de la portada del libro). Todo está dibujado en un riguroso trazado de carbonilla negra sobre el fondo crema del papel, con apenas algunos trazos o rellenos de blanco.

De inmediato, la secuencia de páginas pares e impares se interrumpe y aparece una doble página. En el centro de la doble página hay dibujada una niña que extiende su mano para darle apoyo al vuelo de un pájaro.

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“Candela es una apasionada de los pájaros”.

La niña, dibujada también en carbonilla y al modo de la secuencia precedente, está rodeada de dibujos de pájaros fuera de escala. Dibujos que parecen recortados de alguna enciclopedia decimonónica. También, allí, entreveradas con los recortes, se adivinan dos siluetas de pájaros: las mismas que aparecen en las guardas. El texto de esa doble página nos dice que “Candela es una apasionada de los pájaros”. El relato sigue siendo el del narrador de las primeras páginas. Pero a partir de aquí, relato e ilustración coinciden. Comienzan a “hablar” de lo mismo.

En las siguientes páginas, el narrador nos hablará de esa pasión de Candela por los pájaros y la hará contrastar con la pasión de él con Candela. El texto y la ilustración se refuerzan. Narran lo mismo. Narran la divergencia entre el interés de Candela y el interés del confieso enamorado, que además de fijar su atención en Candela, comienza a fijarla en los pájaros. Así, hasta que decide convertirse en uno.

El narrador se disfraza de pájaro. Y la historia, por arte de su exageración romántica, se convierte en una comedia de humor. Porque para el niño no es fácil continuar su vida cargando semejante disfraz de pájaro. No es fácil estar con sus amigos en el salón de clase, jugar al fútbol, trepara a un árbol, mojarse con la lluvia… Y es que nunca es fácil cargar con los disfraces tenaces de la seducción.

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Las dificultades de llevar un disfraz.

El desenlace sucede cuando finalmente, Candela y el niño pájaro se enfrentan y se miran. “Nuestras miradas se cruzan, por fin”. Dice el relato. Y entonces, el cuento remonta vuelo en un desenlace muy apropiado para una historia de amor, para una historia de pájaros, para una historia de alto vuelo.

Lo maravilloso de este libro es cómo alterna las diferentes modalidades de articulación entre texto e ilustración: a veces coincidentes, a veces divergentes; a veces el texto anticipando a la ilustración, a veces la ilustración anticipando al texto; a veces dobles páginas sin texto, a veces páginas con texto y sin ilustración. Y todo ello con una estricta economía de recursos gráficos y textuales, con lo cual hace que toda la historia se perfile como un proceso de modelaje, un proyecto que parece estar trazando los planes de una conversión: la de un niño en pájaro, la de una imposibilidad en una posibilidad, la de la indiferencia en el amor.

No hay nada más parecido a un pájaro que un libro. Las tapas y las páginas, una vez a medio abrir, pueden simular las alas que se despliegan para volar. Así y todo, que un libro vuele no depende tanto de la mecánica del objeto como de la forma en que narra una historia, y de cómo nos ilusiona con ello. “El día que me convertí en pájaro” logra levantar vuelo e ilusionarnos: como un libro, como un pájaro, como una bella historia de amor.

 

 

 

 

 

“Alma y la isla”, o de cómo escribir una novela entre demonios y amuletos mágicos

Llegó de la mano de mi padre. Era muy negra. Solo se le veían los ojos blancos y asustados y los bucles cayéndole por las mejillas.

Para llegar hasta aquí había hecho un viaje muy largo. Yo lo sabía. Pero a mí solo me parecía un demonio.

Quien narra es Otto. Un niño de 10 años que habita en una isla del Mar Mediterráneo, a medio camino entre la costa de Túnez y la península italiana. Y esa es la primera impresión que le causa Alma, una niña de Etiopía, que acaba de ser salvada de un naufragio por el padre de Otto, pescador de la isla, quien la llevó a vivir a su casa, pues estaba sola y perdida.

Es la primera impresión de Otto, sí, y también es la primera impresión que nos causará la lectura de esta novela: “Alma y la isla“, escrita por Mónica Rodríguez e ilustrada por Ester García. Una novela que comienza sin concesiones y termina igual, 43 capítulos y 117 páginas después.

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“Alma y la isla”, de Mónica Rodríguez, ilustrada por Ester García, Editorial Anaya, 2016. XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil.

Los primeros capítulos nos hablan de una isla que se ve enfrentada al drama de la inmigración ilegal: la llegada de los ahogados.

El mar dejó de ser azul.

No fue fácil acostumbrase a ver los cuerpos meciéndose entre las olas. O las filas de muchachos, de mujeres, de hombres empapados, tiritando bajo las mantas que les entregaban los de salvamento.

Habla de cómo los habitantes de la isla se acostumbran a convivir con ese desastre, marcando una cierta distancia: una distancia y un acostumbramiento que se rompe para Otto cuando su padre decide llevar a Alma a su casa.

Los siguientes capítulos hablan del conflicto emocional al que se enfrenta Otto cuando intenta dejar de ver a la niña como un demonio que llegó a complicarle la vida, a ocupar su espacio vital, a exponerlo frente a sus amigos y amigas, a convertirlo en objeto de burla de sus hermanos, a retratarlo frente a su madre y su padre como si él fuera un niño caprichoso y egoísta.

Cuando las cosas se ponen difíciles en la convivencia diaria, rondando la mitad de la novela, Otto acude a un amuleto que le había dado otro inmigrante. Un amuleto mágico, que le permitirá entender a la niña, conocer su historia, reconocerla en su humanidad desvalida, acercarse a ella, ver su dolor y su sonrisa, aceptar sus agradecimientos. Comunicarse. Acompañarla. Entender a la niña y entenderse a sí mismo, sus conflictos, sus temores, sus propias carencias afectivas. Entender a la niña, entenderse a sí mismo y permitir a los lectores acercarse a la historia de Alma, previo al naufragio que la arrastró hasta la isla.

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El amuleto, objeto de mediación entre Otto y Alma. Ilustración interior a media página de Ester García.

Todo el proceso que lleva a Otto desde la impresión demoníaca del inicio hasta un acercamiento entrañable con la niña está escrito con sumo cuidado. Cuidado en el respeto por el conflicto interior del personaje infantil. Cuidado en la maestría que despliega la autora a la hora de iluminar con una concisión rotunda y de un modo entrañable, conmovedor y poético, todo lo que a poco de andar en la novela deja de ser un “tema difícil” y se convierte en una historia, un relato dramático y hermoso, que sucede adentro del lector: un lector que irá hasta el final y llegará conmovido hasta la médula.

Cualquiera podría pensar que, en la vida real, los amuletos mediadores no existen, y que la solución mágica puede ser un atajo para la resolución de conflictos en esta ficción. Pero la escritora parece estar más que avisada al respecto. Por ello, en una de las escenas más conmovedoras de la novela, ya cerca del desenlace, cuando Otto y Alma deciden compartir dos mitades del amuleto mencionado, se produce un diálogo que es iluminador. Otto pregunta a Alma:

—¿Cómo puede ser? —pregunté tocándome el amuleto—. Lo de la magia, ¿cómo puede ser?

Ella se encogió de hombros.

—No magia aquí —dijo señalando su trozo de amuleto—. Magia aquí. —Y puso su dedo en mi corazón—. Y aquí. —Lo llevó ahora hasta mi sien y lo apoyó con suavidad. Sonrió—. Amuleto solo ayuda.

A esa altura, el lector no puede más que dejarse tocar por ese dedo y sentirlo como un roce que pide, que exige casi, acciones verdaderas. Y a tal punto, la autora sabe que no hay soluciones mágicas, que deja un final abierto en la historia. No es un final feliz, no. Nos ahorra esa falsa ilusión. Pero tampoco es un final que paralice. La mesura de la escritora, y su cuidado, llegan hasta el apéndice final.

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Alma, vista por Ester García. Color y juego de detalles poéticos: el barco navegando el pelo azabache de la niña en la dirección de un destino incierto pero mejor; la gacela que escapa del vestido como si quisiera regresar a un estado natural perdido; un sol rojo e intenso en el lugar del corazón.

Una mención aparte merece el trabajo de ilustración de Ester García para esta novela, tan a tono con la escritura en lo que hace a concisión descriptiva y a vuelo poético. Son ilustraciones que en sus detalles subrayan los aspectos mágicos y más sensibles de la trama, y que con su trabajado colorido generan un contraste frente a la oscuridad del asunto, al punto de que parecen querer recordarnos la necesidad de echar luz o la necesidad de ese roce sensible con que los niños pueden indicarnos dónde está el corazón y dónde la cabeza a la hora de entender los dramas de esta vida o de lidiar con los demonios, propios y ajenos.

La novela obtuvo el XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil; seguramente, de un modo más que merecido.

2016, el año en que muchos desearon salir volando

Hubo en el año muchas novedades literarias de gran calidad. No es mi idea, en este último post del 2016, hacer un recuento de ellas. Me detendré, en cambio, en algunos libros de gran calidad que tienen en común una motivación peculiar: el deseo de volar.

Que en este año el mundo no ha sido un lecho de rosas, todos lo sabemos. Que varias veces, a raíz de ello, en el correr de los días del 2016 nos han dado ganas de levantar vuelo y escapar del mundo, del universo, de la realidad material, debe de ser una coincidencia en la que varios nos encontramos, un día sí, y otro también. Por ello, tal vez, encontrar en la literatura infantil y juvenil algunos libros que, a su modo, expresen eso, ese estado de ánimo, esa actitud emocional, no debería llamarnos tanto la atención.

Así y todo, en el correr del año me encontré en más de una oportunidad leyendo libros que proponían, justamente, eso: las ganas de levantar vuelo, y escapar.

El primero de ellos que transmite la idea y el deseo, y que lo hace con una historia donde prima la fantasía es “El vuelo de la familia Knitter“, escrito por Guia Risari, ilustrado por Anna Castagnoli, publicado por la editorial A Buen Paso.

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“El vuelo de la familia Knitter”, Guia Rissari y Anna Castagnoli, Ed. A Buen Paso, 2016.

En una tarde “demasiado sofocante hasta para respirar”, el padre expresa un deseo: “Daría cualquier cosa por poder volar…”. Y esa misma tarde, guiados por un canario al que le abren la jaula, pero que no se va, los integrantes de la familia Knitter —padre, madre, dos hijos, perro y gato—, comienzan a aprender a volar. Al tiempo se irán de vacaciones, volando. Y cuando acaben esas vacaciones, habrán de replantearse qué hacer con sus vidas. ¿Volver? ¿Seguir volando?

El cuento no pretende transmitir lecciones: ni morales, ni de vuelo. Pero contagia ese deseo de fuga, de evasión, y también de cambio.

La ilustración de Anna Castagnoli resuelve la narración con un trazo muy volátil, de plumilla y de colores aguados, donde prima una perspectiva en picado que resalta la emoción de mantenerse en el aire.

El segundo libro que encontré, y que también aborda el tópico, fue “Sueños de volar”, escrito por Teresa Marquez, ilustrado por Fátima Afonso, publicado por la editorial Kalandraka.

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“Sueños de volar”, de Teresa Marques y Fátima Afonso, Ed. Kalandraka, 2016.

El libro comienza presentándonos el personaje de una joven que no sabe lo que quiere, pero que si pudiese elegir algo, elegiría volar: “Sentía en su interior una inquietud de ave, un deseo súbito y sabe de viajar lejos, hacia un destino sin mapa”. En este relato, también son las aves quienes impulsan el vuelo de la joven soñadora. Aquí no le enseñan a volar, aquí, simplemente, se la llevan. Y de “sueño en sueño”, el deseo de volar incrementa, asciende, se libera del suelo.

Tampoco en este libro hay ninguna intención de transmitir lecciones, si bien al final se cierra con una suerte de máxima sentenciosa que apunta a revertir la introversión del deseo y del sueño y a salir con decisión hacia lo desconocido que nos aguarda “más allá de nosotros mismos”.

El trabajo de ilustración, a lápices, es impecable. La tensión que genera la contundencia de un dibujo realista para reafirmar situaciones oníricas, todo con un aire surrealista, con una suerte de atmósfera al modo de Magritte, realzan la historia y, en cierto modo, contagian el deseo de la protagonista.

El tercer libro que me llamó la atención, y que terminó por hacerme pensar en una suerte de “tendencia”, fue “Dos alas”, escrito por Cristina Bellemo, ilustrado por Mariachiara Di Giorgio, publicado por la editorial Combel.

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“Dos alas”, de Cristina Bellemo y Mariachiara Di Giorgio, Ed. Combel, 2016. (Hay edición en catalán.)

En este libro, ya desde las guardas, nos encontramos con una sociedad que camina alienada, como extraviada de sí en su completa normalidad cotidiana. Es en un rincón de ese mundo, muy temprano por la mañana, donde y cuando el señor Guillermo, un hombre mayor, un jubilado, encuentra un par de alas en su jardín, al pie de un duraznero (melocotonero, en castellano, presseguer, en catalán). El anciano se pregunta por el dueño de las alas, y sale a buscarlo por el vecindario. Pregunta aquí y allá, busca a quien las extravió, espera a que alguien venga a buscarlas, hasta quiere pagar por ellas, si era el caso que fueran para él. Pero nadie las reconoce ni las reclama, y comienzan a tomar al anciano por loco. Un día, don Guillermo toca las alas y descubre que tienen raíces en tierra. Entonces tiene un recuerdo de su infancia, de algo que enterró allí muchos años atrás: un cofre del tesoro, un puñado de recuerdos para el futuro. No encuentra una explicación para el origen de las alas, pero se decide a cuidarlas como si se tratara de la mejor planta de su jardín. Así, hasta que un día, con esas alas, sale a volar.

El final del libro tiene una condensación poética entrañable. Una interpretación del relato nos llevaría a reflexionar sobre el final de la vida, sobre la muerte. Pero yo prefiero leer el cuento en la clave de ese deseo de levantar vuelo y escapar, porque el señor Guillermo “efectivamente, volaba ligero por sobre la ciudad que todavía dormía”. Volaba ligero por sobre todas las historias “de humanos, o de gatos, o de flores”.

La ilustración, aquí, tiene un aire de volatilidad similar a la de Castagnoli: plumilla, lápices, aguadas. Aunque se acerca más a la ilustración del cuaderno de dibujo del típico urban sketcher, con ese aire de improvisación de quien abandona el estudio de trabajo, el ordenador de cada día, y sale a la calle, observa, capta el desánimo real y desea escapar en un par de manchas de aguada o en unos trazos de tinta a mano alzada.

No sé si tres libros llegan a configurar una tendencia, pero creo entender por qué mucha gente, como están las cosas, tiene sus razones y sus sinrazones para salir volando. En cualquier caso, me gusta la idea de que las alas que vayamos a usar tengan raíces sólidas en tierra, y que viajemos más juntos que separados.

Severo en reversa: “Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva

Dentro de lo que se hace hoy día en materia de poesía para niños hay una línea que siempre me pone a la defensiva: es esa línea de poesía tradicional, popular, más atenta a las formas que a los contenidos, donde la rima parece tan obligatoria como el verso de arte menor. Cuando me encuentro a primera vista con libros de poemas para niños que se apuntan en esa línea, en mi interior se encienden alarmas. Comienzo a leer esperando aburrirme al tercer o cuarto poema del libro. Sigo leyendo esperando llegar a ese límite en que la ñoñería o un exceso de vocación moralista y didáctico me cierra el paso, me deja afuera del poemario, me expulsa. Y es que a menudo, por detrás de esas formas, aparecen temáticas que resultan “infantilizadas” por fuerza de visiones distorsionadas y adultocéntricas más que por una clara atención a la realidad de la infancia a la que se enderezan los poemas. Ante esos libros, mi lectura siempre comienza en el prejuicio. Y el prejuicio es como un erizamiento previo al rechazo.

Sé que son prejuicios, porque a decir verdad, escritos en esa línea de poesía para niños, he tenido la suerte de encontrar grandes libros, creados por versificadores que hacen de cada sonido, cada sílaba, cada palabra, cada verso, cada estrofa y cada poema un despliegue majestuoso de esa creatividad literaria y poética que eleva al lenguaje a niveles superiores de imaginación y sensibilidad. Versificadores de una destreza y de una calidad encomiable y envidiable. Pienso en poetas como María Elena Walsh, Cristina Ramos, Mercedes Calvo, Eugenio Montejo (Eduardo Polo), Cecilia Pisos, María García Esperón, Beatriz Osés, Pedro Mañas… por nombrar algunos de los que me vienen de primera a la cabeza.

Ahora bien, también me sucede a menudo que mi prejuicio se confirma, y al tercer o cuarto poema del libro, abandono la lectura. No crean que me regocijo en eso: en confirmar prejuicios. Por el contrario, me regocijo cada vez que, al encontrar un libro de poesía escrito en esa línea, aparentemente tradicional y formalista, mi prejuicio queda desmentido. Y eso es exactamente lo que me sucedió ayer al encontrarme, de manera inesperada, con el libro “Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva, publicado por Inventa Editores (octubre de 2016, en España).

Sabía que este escritor había publicado otros libros de poesía, pero por a o por b, nunca había llegado a ellos. Cuando comencé a ojear los poemas de este libro, se encendieron las alarmas del prejuicio, pero al segundo poema que leí ya se habían apagado, y al cuarto poema leído no dejaba de maravillarme por lo que estaba encontrando. Al cerrar el libro, luego de un par de lecturas, estaba convencido de que ya podía ir agregando el nombre de Enrique Cordero Seva en esa lista de versificadores encomiables y envidiables, de la que hablo un párrafo más arriba.

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“Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva. Ilustraciones de Malagón. Inventa Editores, Guadalajara, España, 2016.

Enrique Cordero hace aquí un trabajo con el lenguaje que es, en su elevada apuesta por el juego lingüístico, una delicia. Cada poema nos regala un cuidado ejercicio de versificación. En el libro, que contiene veinticuatro poemas, los hay de arte menor y de arte mayor. Hay sonetos. Hay coplas. Hay una galería de formas estróficas que recogen lo mejor de la tradición poética hispánica, pero en cada caso se nota la tensión de esa forma tradicional contrapuesta a una modernidad centrada en la potencial recepción lúdica de la infancia actual. Cada uno de esos poemas está abierto a la lectura por un título escrito en clave de palíndromo: títulos que se leen exactamente igual de adelante para atrás que de atrás para adelante, del derecho y del revés, por la cola o por la cabeza.

“Anula la mamá la luna”, “Ana, lleva avellana”, “Sopas no como con sapos”, “A Lolo dale helado, Lola”, “A jugar, aguja”, “Se van sus naves”: son algunos de los títulos. Y cada título, buscado en su estricta regla palindrómica, funge como una ganzúa para abrir un poema que es un despliegue del juego encerrado en ese encabezamiento.

El poema con que se abre el libro es, además de una invitación explícita a la lectura de lo que vendrá, toda una declaración poética sobre lo ofrecido en el poemario: dar vuelta al mundo para encontrar allí, en el envés, lo otro de la regla; romper con las rutinas y con lo rutinario para dar espacio al juego y a la anormalidad festiva de lo sorprendente y de lo excepcional; movimiento, mucho movimiento; trabajo y esfuerzo de creación poética, muchísimo trabajo; la vida y la poesía puesta en tensión de verticalidad, siempre a punto de mostrar la verdad y la mentira de lo cierto y de lo incierto, de lo que sube y lo que baja, de lo que va y viene, del trabajo y del juego, de lo fantástico y de lo real, del poema y del antipoema. Dice:

Sé verlas al revés

Hay que ver, hay que ver,
yo sé verlas al revés,
eso es,
con zapatos en las manos
y un sombrero entre los pies,
así es,
desmontando la rutina
desde la óptica invertida,
qué movida,
qué trabajo
da observar día tras día
el mundo cabeza abajo…

Alocada cada cola,
dice adiós y hola un ciempiés,
desde una punta y la otra
de un extraordinario tren.

Ven a ver, ven a ver
de la vida y la poesía
el reverso y el envés.

El libro gana mucho con las ilustraciones del humorista gráfico Malagón, quien parece muy atento a seguirle el juego al poeta, y a cada uno de los poemas del libro, con un tipo de ilustración que apuesta al humor surrealista de la imagen sin pisarse nunca con el texto del poema, sino creando por su cuenta, como en el envés de la letra, una imagen gráfica de por sí poética, compuesta por montajes que, de algún modo, pueden ser vistos también como pequeños palíndromos visuales. Para muestra: unos granos de sal.

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“Sed de sal”, un poema y su ilustración.

Lo dicho: suelo acercarme a esta línea de poesía con las alarmas encendidas, pero cuando las alarmas se apagan, qué disfrute. Y ahora, claro, ya me voy a buscar ese otro libro de poesía de Enrique Cordero Seva, el anterior que publicó, y que lleva por título “La mar chalada”, que no sé cómo se me pasó de leer, porque lo que encontré en la web promete más disfrute.