About Germán Machado

Nací en Montevideo, Uruguay, en 1966. Soy escritor y gestor cultural. Escribo poesía y narrativa para adultos y para niños y jóvenes. Desde 2014 estoy radicado en Vic (Catalunya, España).

Tres cuentos, tres libros y un recuerdo de infancia

 

En el último mes salieron de imprenta tres libros en los que fui invitado a participar. Por distintas razones, esa participación, ahí, me alegra y me abisma a la vez.

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El primer libro lleva por título Batiscafo en las nubes (hay edición en catalán: Batiscaf als núvols) y lo publica la editorial valenciana Kireei. Para este libro colaboré con un cuento que lleva por título “El caballo de la plaza mayor” y fue ilustrado por Anna Aparicio Català. Hacía tiempo que quería escribir sobre caballos, y el cuento juega con las fantasías que puede generar este cuadrúpedo en las distintas edades de las personas. Las ilustraciones de Anna son una maravilla. Lo publica la editorial valenciana Kireei.

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El segundo libro lleva por título Visual i dits i nas i orelles i gust de cireres, y lo publica la editorial tarraconense Piscina, un petit oceà. Allí participan 39 escritores de literatura infantil y juvenil residentes en Catalunya. Es un libro sin ilustraciones, que viene a reivindicar, en un tiempo en que el predominio de la imagen se hace sentir, el valor de la palabra desnuda, su capacidad para dibujar historias e imágenes en la cabeza del lector. Todos los textos resaltan un sentido, con palabras. Participé con un cuento brevísimo que lleva por título “Aquella trista olor que arribava des del mar”. El libro es un prodigio de diseño gráfico y editorial. Me alegra y me abisma, aquí, el hecho de haber sido incluido en este libro junto a grandísimos escritores de la LIJ Catalana.

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El tercer libro se titula Joaquín Torres García. Arte en construcción, y es un homenaje al artista uruguayo que publica la editorial argentina Calibroscopio. Corría el verano del año 2012. Walter Binder, el editor de Calibroscopio, había viajado desde Buenos Aires a Montevideo y se reunió conmigo en el café Bacacay de Montevideo: teníamos algunas cosas por conversar. Él iba hacia una reunión en el Museo Torres García. Estaba intentando negociar los derechos para publicar un libro sobre el artista uruguayo para la colección Pinta tu aldea. Recuerdo que, café y calor mediante, le hice algunas sugerencias para esa gestión, pero no creo que le hayan servido de mucho. Un año más tarde, cambiando el café por unos chivitos, volvimos a intercambiar alguna idea sobre cómo conseguir la autorización. Walter fue tenaz con el asunto. Cuatro años después de aquella reunión me escribió para decirme que lo había conseguido: tenía los derechos, haría el libro y me convidaba a participar junto a un grupo de colegas de ambas orillas del Plata por los que siento una profunda admiración. Para este libro escribí un cuento breve que lleva por título “En el tren”. Para quien tuvo en su infancia un pasaje intenso por el taller de pintura de Dumas Oroño, alumno él de JTG, publicar un cuento en un libro para niños sobre el maestro del arte constructivista de la escuela del sur, de alguna manera, es agradecer un imaginario de infancia que se expande, aún hoy, en mi memoria, con el olor de los óleos con que dibujaba garabatos aquellos sábados por la mañana, cuando aprendí a dibujar caballos a partir de un rectángulo.

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Una novela en verso, un posteo cada tanto, “Un latido a la vez”, de Sharon Creech.

Hace años comentaba por aquí una novela de Sharon Creech: “Quiere a ese perro”. Hace meses que no comentaba nada. El blog está bastante abandonado, sí. Y como el 17 de junio es el aniversario (¡ya han pasado 9 años desde el primer posteo!), pensé que compartir ahora una lectura que hice en estos días, la de una novela de una autora de la que ya comenté algo en otra oportunidad, podía ser una forma de declarar que el blog sigue vivo, mantener la ilusión de que aún le late algo en su corazón virtual, que sus piernas siguen corriendo sin saber muy bien hacia dónde.

Qué mejor, a tales efectos, que detenerse en este “Un latido a la vez” (Heartbeat, de 2004) de la escritora norteamericana Sharon Creech, que la editorial Milenio acaba de recuperar en castellano (había una edición del 2008) y que Pagès Editors ofrece por primera vez en catalán con el título “Un batec alhora”.

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Un latido a la vez / Un batec alhora, de Sharon Creech, 2018, Editorial Milenio / Pagès editors.

El personaje de esta novela se llama Annie. Tiene 12 años y le gusta correr. Comparte esa afición con su amigo Max. Pero a diferencia de él, a Annie le gusta correr “por el placer de correr”, no aspira a competir, no aspira a integrar ningún equipo de atletas, no aspira a ganar ninguna carrera.

La novela se detiene en narrar cuatro coincidencias que marcan la vida de Annie en un período acotado de tiempo: ella está por tener un hermano; su abuelo está enfermo de señilidad y parece decidido a dejar su lugar en la vida a los que están por llegar; en el curso escolar hay una profesora de arte que le pone de tarea a la clase de Annie hacer 100 dibujos de una misma manzana y otro profesor de lengua que se empeña en que los jóvenes enriquezcan su lenguaje usando mucho el diccionario; su amigo Max está atravesando una típica crisis adolescente y se encuentra enfadado con la vida. Y todo ello es enlazado por el hecho de que Annie corre descalza junto a Max, evitando que la enreden en el equipo escolar de atletismo.

Las anécdotas pueden resultar triviales. La trama es muy sencilla y no parece esconder grandes secretos ni tensiones excesivamente complicadas, si bien se percibe un trasfondo que late a pulso acelerado por debajo de las anécdotas. ¿Qué tiene entonces de bueno esta novela?

Su grandísimo mérito está en la forma: “Un latido a la vez” es una novela escrita en verso libre y está ordenada no por capítulos, sino por poemas más o menos breves, más o menos extensos, planteados como unidades en sí. Y, como poesía que es, tiene en la voz de la protagonista la vía de acceso a una interioridad expresiva, la de Annie, la del entorno social que la rodea, la del mundo por el que corre.

A su vez, la escritura responde a una poética muy cercana a la del poeta Williams Carlos Williams, por aquello de “ninguna idea, salvo en las cosas”, vale decir: una poesía que habilita a  concentrarse intensamente en el devenir fugaz de los acontecimientos y de las cosas, y asignarles a estos la palabra exacta, la palabra que logre correr por delante de la imaginación y de la emoción, para imponerse por encima de las acciones y permitir que se oiga el latido (uno a la vez) que da la pauta del ritmo de la vida. Y todo ello, hay que decirlo, sin aires triunfalistas, sino, más bien, con cierto pesimismo respecto de los logros. En fin, una poética que se nos da un poco a la manera en la que Annie gusta de correr descalza con su amigo Max:

PIES DESCALZOS

Siempre corremos descalzos
Max y yo
porque nos gusta sentir
el suelo
bajo nosotros

tierra arenosa
hojas lisas
ramas crujientes
guijarros pulidos.

Incluso cuando hace frío
corremos por el camino duro, congelado,
las plantas de los pies descalzas
golpeando el suelo.

Incluso cuando nieva
(que casi nunca sucede)
volamos a través de la pelusa blanca
los dedos de los pies hormigueando

nuestros pies rojos
y vivos.

Algunas personas piensan
que estamos un poco locos
corriendo descalzos
en la lluvia y el lodo y la nieve

pero a nosotros no nos lo parece.

Nos parece que eso es lo que hacemos

y es una de las cosas
que más me gustan de Max:
que corra
descalzo
conmigo.

Esta novela de Sharon Creech pone el oído en el ritmo de la vida de los adolescentes, “Pum-pum, pum-pum / pies descalzos golpeando el pasto”, e invita a correr con ellos durante un tramo, escuchando los latidos de esa edad tumultuosa. Y qué gusto hacer eso, poema a poema, en una novela.

“Saltamontes va de viaje”: un Arnold Lobel de paradojas magistrales.

Diversas circunstancias me llevaron en los últimos tiempos a ocuparme de la obra literaria de Arnold Lobel (Los Ángeles, 1933 – Nueva York, 1987). Una de ellas, quizás la más grata, ha sido la reciente recuperación del que para mí es uno de sus libros más significativos: “Saltamontes va de viaje”, publicado por la Editorial Kalandraka.

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“Saltamontes va de viaje”, de Arnold Lobel. Versión original de 1978: Grasshopper on the Road. Para la edición de 2017: traducción al castellano de Pablo Lizcano; traducción al catalán de Maria Luchetti, con el título “El viatge del Saltamartí”; traducción al gallego de Xosé Manuel Lizcano con el título: “Saltón no camiño”.

Una edición que se viene a sumar a la publicación, también en 2017, y por primera vez en catalán, de otro de sus libros: “Mussol a casa” (Owl at home, de 1975), publicado por el sello Ekaré, con traducción de Gasol Trullols. Que se suma, además, a la recuperación, en el mismo 2017, de los cuatro libros de “Sapo y Sepo” (Frog and Toad, de 1970, 1971, 1976 y 1979) en el sello Loqueleo, que ofrece las versiones de Pablo Lizcano (de 1979, 1980, 1981 y 1985, respectivamente), publicadas entonces, y por muchos años, en el sello editorial de Alfaguara Infantil. Y que se suma a la recuperación, otra vez por parte de Kalandraka, de “El libro de los Guarripios” (Book of Pigericks, 1983) que en su momento (1995) había publicado la editorial Altea y era imposible de encontrar.

Como se puede apreciar, a 30 años de su muerte, Arnold Lobel continúa muy presente en el mundo lector de lengua castellana y catalana.

¿Por qué este libro en particular me resulta uno de los más significativos del autor? Porque en apariencia se sale de lo que son las características generales y más fácilmente reconocibles de su obra (al menos de esa parte de su obra que ha circulado en castellano, y por la que mejor se lo conoce en nuestra lengua), a la vez que deja ver, quizás con más claridad que en los otros libros del autor, cuál es la clave de su cuentística: la elisión piadosa del carácter paradójico de la vida; eso que, a esta altura, y 30 años después de su muerte, considero que ha hecho del autor un clásico y un maestro de la LIJ contemporánea.

El personaje central del libro, tal como sucede en toda la obra de Lobel, es un animal con rasgos muy humanos: un saltamontes.

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“Este camino me parece bonito –dijo Saltamontes”

Pero la primera diferencia sustancial de este libro respecto de los otros del autor es que no nos remitirá a un universo hogareño, sino que propondrá, justamente, romper con la estrechez y cercanía de ese universo, que es tan propio de Lobel, y lanzarnos a uno de los grandes temas literarios: el viaje.

 “Saltamontes quería hacer un viaje.
«Encontraré un camino –pensó–. Seguiré ese camino adonde vaya.
Una mañana Saltamontes encontró un camino.
Era largo y polvoriento.
Subía por las colinas y bajaba a los valles.
–Este camino me parece bonito– dijo Saltamontes–.
¡Esta es mi ruta!”

Así comienza el libro. Esta es la introducción a lo que será el viaje del saltamontes y los seis relatos que componen el volumen.

Hablar de grandes temas literarios para referir el viaje de un saltamontes puede parecer una exageración, pero tratándose de Lobel se justifica, porque considero que es ese tipo de tensión paradojal lo que el autor quiere remarcar y ofrecernos con esta historia: la aventura y la sustancia humana de un gran viaje puede acontecer en un espacio estrecho y en un tiempo breve. Esta será la primera paradoja oculta del libro, entre otras tantas.

Lo que se relata del viaje, en principio, dura un día. Comienza por la mañana y termina al anochecer. El recorrido contempla: un tramo de un camino polvoriento; una subida a una escarpada colina; una carrera colina abajo; la travesía de cruzar un charco; una parada a media tarde al borde del camino para descansar; otro tramo más de camino hasta el anochecer; la búsqueda de un lugar al costado del camino para descansar durante la noche. En ese espacio y en ese tiempo se sucederán seis encuentros: el primero con una manifestación de un club de escarabajos fanáticos amantes de las mañanas; el segundo con un gusano malhumorado y necio que habita en una manzana; el tercero con una mosca barrendera obsesionada con la limpieza del polvo; el cuarto con un mosquito barquero que hace gala de una absoluta rigidez normativa; el quinto con tres mariposas que practican una rutina inconmovible; el sexto, y último, con dos libélulas que alardean de su velocidad para volar y nos presentan un modo de vida estresante al punto de lo insoportable. A los seis encuentros sucede un epílogo, que es cuando el Saltamontes se acuesta a dormir y con lo que, de un modo muy abierto, se cierra el libro.

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Del encuentro con la mosca barrendera: “Limpio, limpio, limpio –decía una mosca, que estaba barriendo el camino”.

Cada uno de esos encuentros del saltamontes da pie a un breve relato que pone en práctica lo que en su momento resaltó Yolanda Reyes acerca del estilo literario de Lobel. Lo hizo en un artículo titulado “Arnold Lobel o la poética de las pequeñas cosas” (publicado en la revista “Cincuenta libros Sin cuenta”, N° 1, Bogotá, Fundalectura, 1997, citado en un monográfico de Roberto Sotelo para la Revista Imaginaria), donde en resumen dice que:

…casi podría afirmarse que ese formato riguroso (el de la colección de los libros ‘easy readers’ donde originalmente publicó el autor el grueso de sus cuentos) lo llevó a consolidar ese estilo suyo, tan contenido, y esa simplicidad esencial, en el sentido poético —no simplificador— de la palabra. En efecto, uno de los rasgos estilísticos más notorios en su obra, desde ese entonces, ha sido su laconismo deliberado, en virtud del cual logra pintar, con las palabras esenciales y con los trazos esenciales, lo que constituye también la esencia de la condición humana.

El laconismo, la ternura, la ingenuidad, lo conmovedor, lo íntimo y recogido, lo cuestionador en sus preguntas, la sabiduría experiencial propia de la narración oral que se vuelca en su escritura, todo ello es una marca distintiva en la escritura de Lobel. Podríamos agregar, respecto de su estilo de ilustración, con sus trazos sueltos y finos, con su paleta apagada, con su atractivo aire de tranquila tradicionalidad, que en ningún momento llega Lobel a contradecir los rasgos del estilo de escritura antes compilados, ni la modernidad de sus intenciones literarias y, en todo caso, que la ilustración oficia como un complemento descriptivo a la sencillez de la escritura narrativa del conjunto.

A estos rasgos de estilo hay que sumar otra característica importante de la obra de Lobel: es aquella que lo coloca en la línea de lo mejor de la cuentística moderna norteamericana. Pienso que si su obra llega a cobrar la dimensión clásica y canónica de la literatura infantil es por la forma en que asimila y se inscribe en esa línea maestra del cuento moderno norteamericano que va desde Ernst Hemingway hasta uno de los mejores contemporáneos de Lobel: el mismísimo Raymond Carver.

En sus breves relatos, Lobel hace uso de uno de los recursos narrativos más utilizado en el cuento moderno norteamericano: la elisión, esa idea del iceberg con la que Hemingway definió su cuentística y que luego Carver llevó a un extremo al pedir al cuento que mostrara sin contar (“Show, don’t tell”). La elisión, que exige siempre un lector atento y vigilante, un lector que sea partícipe de lo relatado, un lector que esté dispuesto a reconstruir lo que se oculta en el relato, es uno de los recursos con los que Lobel mejor dirige sus cuestionamientos y con los que mejor transmite su experiencia vital. La elisión, que es la forma moderna en que el relato, como teorizaba Piglia, cuenta dos historias —una en la superficie, otra en secreto—, y que lo hace como si hubiera una sola historia, porque lo más importante se alude, se muestra, se hace notar, pero nunca se cuenta de manera explícita.

¿Qué es lo que estando oculto y elidido del relato igual se hace notar en cada una de las seis historias que suceden durante el viaje de Saltamontes? La perspectiva de que cuando alguien asume un proyecto de vida propio, elegido en libertad y de manera autónoma (encontrar un camino y seguirlo adonde vaya, es lo que desea Saltamontes) ha de enfrentarse, por un lado, con una cantidad de personajes rígidos, intolerantes, exponentes de formas de vida sobre las que cabe la sospecha de si se trata de una buena vida. Así es que el saltamontes se topa con los escarabajos, que en el momento que él manifiesta que además de gustarle las mañanas le gustan las tardes y las noches lo expulsan del club con violencia; con el gusano, que reprocha con necedad al saltamontes el mordisco que este dio a la manzana, porque es su casa más allá de que luego sepamos que era fácilmente sustituible; con la mosca barrendera, que termina por lanzarle encima al saltamontes el polvo del camino, porque no puede detener su faena siquiera para conversar un rato; con el mosquito barquero, que por estar tan atado a sus normas no puede reconocer la realidad más evidente de su inutilidad a la hora de transportar al saltamontes; con las mariposas, que terminan por exigirle al saltamontes que se incorpore a las rutinas a las que están atadas para “siempre”; con las libélulas, que tan preocupadas por hacer todo a la máxima velocidad son incapaces de darse un momento para contemplar y apreciar la belleza de la vida que las rodea.

Por otro lado, y mal que le pese a nuestro protagonista, es posible que también deba enfrentarse con que el hecho de que él mismo puede caer en rigideces de ese tipo. En secreto, las seis historias sugieren que es posible que los personajes de turno piensen en estar haciendo una vida buena o una vida recta, pero que, en el fondo, y esta es otra paradoja, esa vida podría estar deshaciéndolos. Y así, Lobel va un paso más allá y pone en entredicho, incluso, que el saltamontes puede salir de ese círculo de rigideces y de ese bucle de paradojas.

Cada una de los encuentros del saltamontes, una vez que el vínculo entre él y los personajes que aparecen se tensiona, culmina con una frase que se repite como un tozudo estribillo: el saltamontes manifiesta muy discretamente su desconcierto o su disconformidad con lo experimentado en los encuentros y al final, siempre, “sigue camino adelante”.

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“–Fue un placer –dijo el mosquito. Saltamontes le dijo adiós con la mano y continuó andando camino adelante”.

En todo momento, hay una gesticulación piadosa por parte del saltamontes respecto de los otros personajes, como si él supiera que no puede hacer prácticamente nada respecto de los desaciertos vitales de los demás, salvo practicar una discreta tolerancia ante lo que en principio resulta absurdo. Eso es patente en el caso del mosquito barquero, donde la piedad del saltamontes es conmovedora en extremo y donde su tolerancia no tiene límites. Pero hay un momento en el que el saltamontes parece perder la paciencia. Es cuando se encuentra con las mariposas, que insisten en que Saltamontes se sume a la vida porfiadamente rutinaria que ellas tienen:

–No –dijo Saltamontes–. Lo siento, pero no estaré aquí. Estaré de camino. Estaré haciendo otras cosas.
–Es una pena –dijeron las mariposas–. Te echaremos de menos.
Saltamontes, ¿de verdad haces algo diferente cada día de tu vida?
–Siempre –dijo Saltamontes–.
¡Siempre, siempre!
Dijo adiós a las mariposas y echó a andar rápidamente camino adelante.

El cambio en el tono de voz de Saltamontes, la repetición de ese “siempre” que da título al episodio, el hecho de negarse y contraponerse de manera rotunda a lo que le proponen las mariposas: eso es lo que nos insinúa, por contraste con la mesura de todos los otros episodios, el estado de ánimo del personaje central a esa altura del viaje. Y en ese cambio se manifiesta la gran paradoja que subyace en todos los cuentos del libro: lo que en la superficie se afirma, se niega en secreto por debajo. Porque en esa tozuda y contundente respuesta del saltamontes se deja ver que él también, al final, se ata a una norma, se aferra a una rutina (la de seguir “camino adelante”), se obsesiona con una conducta a la que queda adherido más o menos igual que los escarabajos amantes de las mañanas, o que el mosquito barquero que estipula al detalle cómo son las normas para cruzar el charco, o que la mosca que hace del barrer una tarea de Sísifo, o que estas mariposas que “siempre, siempre” hacen exactamente lo mismo y del mismo modo.

En el último relato del libro, cuando Saltamontes deja atrás a las mariposas, parece tornar la calma para él: eso es así cuando su caminar pausado y contemplativo se contrapone, al final de la tarde, a la estresante velocidad de las libélulas. A Saltamontes le queda, para terminar el día, buscar un lugar donde descansar.

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“Saltamontes estaba cansado. Se tumbó en un lugar blando. Sabía que por la mañana estaría todavía allí el camino, llevándole más y más lejos a cualquier parte que quisiera ir”.

La escritora y filósofa Ellen Duthie, en un excelente artículo de su blog, “Preguntas desde el hogar. La mirada científica y filosófica en Arnold Lobel”, donde además de repasar el asunto del título intenta explicar por qué la obra del escritor norteamericano no ha sido atendida por la crítica como era de esperarse, dice lo siguiente sobre los personajes de Lobel, y en particular sobre nuestro Saltamontes:

Los personajes de Lobel son más bien caseros. Como mucho, de vez en cuando, se aventuran a dar una vuelta a la manzana. Es raro que pasen mucho más de media hora fuera de casa. Y cuando lo hacen hay un motivo y un destino claro sobre todo. En ‘El Tío Elefante’, viajan de una casa a otra y de vuelta a la casa original. En ‘Saltamontes en el camino’, el Saltamontes hace del camino su hogar… El camino es conocido, es lo que te encontrarás a la mañana siguiente al despertar, es reconfortante como el hogar.

Estoy de acuerdo con la idea general sobre el carácter “casero” de los personajes de Lobel, si bien pienso que esto es nada más que una de las estrategias mediante las cuales el autor quiere acercarse al universo infantil, y construir desde ahí sus relatos, sin acotarlos a ninguna edad lectora. Pero eso que en sus historias sucede en la superficie de un lugar hogareño, doméstico, tiene unas resonancias de carácter universalista que van mucho más allá de la estrechez de esos escenarios (un poco como sucede en la narrativa carveriana, tan apegada a la sordidez de los interiores). En esta estrategia de Lobel de pintar la casa hay mucho de una vocación paradojal de querer pintar el mundo, lo que coincide con la visión que me hago de la obra global del autor, donde la elisión de lo paradójico es central: se habla de lo pequeño para referir lo grande; se menciona lo cercano, para aludir a lo lejano, y así por delante. En todo caso, entiendo que en este libro, en particular, ese carácter paradojal de su literatura se dimensiona de manera más clara, y si el saltamontes “hace del camino su hogar” y del viaje un andar por casa, es por la necesidad del autor de remarcar el sustrato de la gran paradoja que antes señalamos: incluso allí cuando crees que estás viajando, terminas por quedar parado; incluso allí donde crees que estás haciendo una vida abierta, libre, sin rutinas, terminas por caer en ellas; y todas estas paradojas, a la postre, resultan conflictivas sin terminar de resolverse, salvo en la ilusión superficial de lo inmediato, salvo en la ilusión literaria de los finales de cuento.

Lobel logra escribir estos cuentos de “fácil lectura” —que en apariencia resultan muy sencillos, pero que encierran una complejidad literaria enorme—, de una manera tal que niñas y niños hacen en ellos un tipo de lectura que a la vez de resultar humorística y llena de piadosa ternura deja plantada la semilla de una reflexión profunda sobre la condición humana. Hacer con una maestría sin igual esta propuesta literaria para niños y lograr fascinarlos en torno a las resonancias cuestionadoras que generará en ellos la lectura o la escucha de sus relatos es, de última, lo que convierte a Lobel en un maestro y lo que lo erige a la altura de un clásico de la LIJ contemporánea.

La última paradoja en torno a Lobel es el hecho de que su vida haya sido de tan corta duración y que su obra sea de tan largo y sostenido alcance: eso que al final parece una mala broma que el destino no se ahorró para él.

Álbumes románticos: ¿”Rosa a pintitas” mata “niñas rebeldes”?

En estos últimos tiempos han surgido una cantidad de libros álbumes crossover (cruzados, transversales, sí, pero me encantó que la comercial de una editorial los clasificara así, al referirse a unos libros dirigidos a todo público: infantil, juvenil, adulto) que ponen en tema la cuestión de la nueva oleada de la rebelión de género.

Ha crecido y se ha expandido la movilización de las mujeres en todo el planeta. Mujeres que reivindican —una vez más— derechos, igualdades salariales, conciliación familiar y que se detenga de una vez la violencia machista: los feminicidios, claro, pero también el acoso sexual en todas sus manifestaciones, desde el piropo invasivo hasta el chantaje laboral, desde la utilización de la imagen de la mujer para efectos comerciales hasta la objetualización de sus cuerpos y la cosificación mediática. En fin, una movida que apunta a poner en cuestión los preconceptos, las ideas y los esquemas románticos sobre el amor, arraigados en la ideología patriarcal y burguesa desde hace unos cuantos siglos. Acompañando esta eclosión, como decía antes, han aparecido unos cuantos de esos libros crossover que buscan, no sin cierto oportunismo comercial, y muy apegados a lo políticamente correcto, potenciar una imagen de la mujer activa, repasando las vidas de mujeres que escaparon a los estereotipos de género y que dejaron una huella feminista en sus distintos ámbitos de acción, a la vez de cuestionar las imágenes que los cuentos infantiles tradicionales (cuentos populares, cuentos de hadas) transmiten sobre la niña y la mujer. Uno de los más destacados, entre estos títulos, ha sido, sin dudas, “Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes”, compilado por las italianas Elena Favilli y Francesca Cavallo, donde participaron muchas ilustradoras (hay edición en catalán). Un libro que comenzó con un proyecto de micromecenazgo multimillonario y culminó con una edición mundial en manos de uno de los grupos editoriales más grandes del mundo.

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“Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes”: de micromecenazgo millonario a bestseller profeminista.

Ante un movimiento de estas características, ante la acción decidida y sonora de cualquier sujeto social, siempre es esperable algún tipo de reacción. Y así como Cathherine Deneuve se pone al frente de las firmantes de un manifiesto en contra de la movida del  #MeToo”, en algún lugar del mundo editorial independiente y de vocación artística, debía aparecer un libro, también croosover, que respondiera a la proliferación de esos otros libros sobre mujeres rebeldes, y que volviera a poner en escena, sin prejuicios, con ciertos cuidados estéticos, y hasta con vocación de provocación, los estereotipos más arraigados de la era dorada del conformismo patriarcal moderno. Para muestra, uno de los mejores ejemplos: “Rosa a pintitas”, de la francesa Amèlie Callot y de la ilustradora canadiense Geneviève Godbout (también hay edición en catalán).

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“Rosa a pintitas”: el romanticismo rosa puesto al día.

El libro “Rosa a pintitas” cuenta una historia romántica en torno al personaje de una joven, Adèle, que regentea una cafetería en un pequeño pueblo costero. La cafetería se llama “El delantal a pintitas”. La joven es elegante, alegre, “adorable y brillante”, y gusta de agradar a su clientela con detalles, entre los cuales no faltan los arreglados ramos de flores o la rosa que coloca como arreglo de su peinado. Una joven servicial al frente de un comercio tradicional de pueblo, el café, donde la gente se encuentra para llorar, reír, gritar, pelearse o quererse: un refugio, “como una pequeña linterna que siempre está iluminada”.

Cerca del café hay una tienda de ultramarinos, un almacén, que es atendido por Lucas, “un muchacho de los alrededores, fuerte como un roble, de esos que se levantan la gorra cuando entran al café”, un muchacho que además “sabe hacer un poco de todo con gran destreza”. Lucas suministra las flores a Adèle y también la ayuda con las tareas. Si a Adèle le toca servir y agradar, a Lucas le toca suministrar y reparar. La división doméstica del trabajo según criterios de géneros se cumple de perillas.

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Lucas y Adèle: o el retorno de los estereotipos de género de los años ’50 (fragmentos de las páginas interiores).

La historia, que hay que reconocer que está bien escrita, propende al encuentro entre estos dos personajes. El encuentro se tejerá a partir de un problema que tiene Adèle: ella no soporta la lluvia. La lluvia la deprime de manera fulminante. Cuando llueve, ella se encierra en su casa, se mete en la cama y no tiene fuerzas para nada: pierde el placer de vivir. Tiene su lógica dentro del esquema propuesto: ¿hay algo más libertino que el pasear libremente bajo la lluvia?

En principio, ella no puede con eso y, tal parece, nadie puede ayudarla. Pero un buen día, comienzan a dejar en la cafetería una serie de objetos que terminarán por ayudarla. Unas botas de lluvia, un impermeable, un paraguas: todos de color rosa; sí, rosa, para que quede claro. Gracias a esta ayuda, que obviamente proviene de Lucas, el hombre fuerte y gentil, ella logrará superar su problema y saldrá a la lluvia para terminar encontrándose con su caballero. Nada de autonomía femenina en la superación del conflicto: lo que hay es la iniciativa del hombre y la subordinada aceptación de la mujer, gracias a lo cual llegamos a un final en el que solo faltará comer perdices.

La ilustración del libro le va de perillas. Una ilustración naturalista, figurativa, pintada a lápiz, muy cercana en estilo a la ilustración de las revistas de moda de los años 50, salvo, tal vez, por el dibujo de contornos sin línea y el granulado visible del lápiz. Un tipo de ilustración vintage, donde la insistencia en el dibujo de los vestidos de faldas largas y ceñidos a la cintura, —eso sí, propio de los años de oro del conformismo cultural de mediados del siglo XX—, colabora a subrayar la “feminidad” que se pretende recuperar y poner en escena ante el embate estético subcultural de las rebeldes y las valerosas de otros cuentos. Que la ilustradora del cuento, Geneviève Godbout, trabaje como ilustradora de publicaciones de moda no parece una casualidad en este proyecto editorial.

Confieso que al leer este libro pensé que la historia estaba ocultando algún elemento irónico que se me escapaba. Lo volví a releer con mucha atención para ver si lo encontraba en las entrelíneas o por detrás de las ilustraciones. Y es que un título propenso a la reacción antifeminista, como este, nos hacía ruido en este presente de proliferación de libros con afán activista de género y, también, dentro del catálogo de la misma editorial que publicó el libro “Oso”, de claro aliento feminista, reseñado hace un tiempo en este mismo blog. Pero tras releerlo no encontramos ningún giro irónico, y tuvimos que aceptar que este libro no es otra cosa que un álbum rosa, y que se posiciona a contracorriente de todos aquellos que buscan superar modelos de feminidad propios de otras épocas, pero que resisten a su caducidad.

Mucho no nos preocupa, porque, en el fondo, desconfiamos de los libros hechos ad hoc en relación con temas sociales de difícil solución, libros destinados a niños y niñas con objetivos extraliterarios, ya sea que tengan un signo de izquierdas o de derecha en sus intenciones ideológicas. Pero sí que nos llamó la atención la presencia de un título así dentro de un catálogo que, en principio, parecía orientado en otras direcciones. ¿Será que hoy en día ningún editor escapa a las tentaciones crossover del mercado librero o será que hay ciertos moldes ideológicos que pueden pasar desapercibidos detrás de una historia escrita e ilustrada de manera “bonita”?

Con preguntar alcanza: “¿Por qué?”, de Nikolai Popov

Basta mirar el informativo para darnos cuenta de que son necesarios libros que contengan mensajes fuertes y potentes contra la guerra. Obras de arte que vuelvan a plantear las preguntas más sencillas, las primeras, las que motiven la reflexión.

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¿Por qué?, de Nikolai Popov (1995), Editorial Kalandraka, Pontevedra, 2018.

El artista y diseñador ruso, Nikolai Popov, nacido en 1938, que vivió de cerca los horrores de la guerra, cree que “si los niños y las niñas son capaces de comprender la insensatez de la guerra, si se dan cuenta de cómo es de fácil caer en un ciclo de violencia, quizás en un futuro se conviertan en impulsores de la paz”. Por eso realizó en 1995 este ¿Por qué?, un libro que ahora recupera Kalandraka para su catálogo de “libros para soñar” (publicado en castellano, catalán y gallego).

La historia es bien sencilla: en un escenario bucólico, una ranita solitaria está sentada sobre una piedra olfateando una flor. Su serenidad se hace añicos con la llegada de un ratón con paraguas que se lanza sobre ella y le roba la flor.

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Doble página interior: el inicio del conflicto.

Los padres de la rana toman represalias. Expulsan al ratón y se quedan con el paraguas.

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Doble página interior: la primera represalia.

El conflicto se expande de inmediato y aumenta su virulencia paso a paso, en esa lógica bélica de acciones y reacciones.

El verdor del paisaje inicial, pintado con una delicada paleta de acuarelas y amparado en una brumosa luz veraniega, poco a poco, cede terreno al fragor de las explosiones de violencia, va perdiendo la vitalidad del color y ajusta su paleta a tonos cenicientos y ruinosos. El final es desalentador.

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Doble página interior: el final.

La ausencia de texto en todo el cuento se rompe en la última doble página, cuando en una tipografía adusta y en mayúscula se introduce la pregunta del título: ¿POR QUÉ?

Así, de manera sencilla y potente, la alegoría gráfica, narrada a golpes de imágenes, con un aire inconfundible de fábula, abre el espacio a la reflexión sobre lo insensato de lo acontecido, y sobre sus irreparables consecuencias.

Parafraseando a Idea Vilariño: Inútil decir más / Preguntar alcanza.