About Germán Machado

Nací en Montevideo, Uruguay, en 1966. Soy escritor y gestor cultural. Escribo poesía y narrativa para adultos y para niños y jóvenes. Desde 2014 estoy radicado en Vic (Catalunya, España).

Cuando el poder cae como una estaca podrida: a propósito del álbum “Daqui ninguém passa!”

Hay momentos en los que el ejercicio autoritario del monopolio del poder estatal en contra de la población civil se demuestra como un absurdo. Asumir la dimensión del absurdo provoca humor, incluso cuando el trasfondo puede ser dramático. De eso va este libro que hoy, de manera muy especial y acorde a los tiempos que vivimos en Cataluña, queremos recomendar con entusiasmo. Se trata del libro, y permítanme que esta vez haga referencia a la edición en catalán: “D’aquí no passa ningú”, de los portugueses Isabel Minhós Martins y Bernardo P. Carvalho, editado por Takatuka en 2017, con edición también en castellano, publicado originalmente en 2014, en Portugal, de la mano de la editorial Planeta Tangerina.

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D’aquí no passa ningú!, de Isabel Minhós Martins y Bernardo P. Carvalho, Editorial Takatuka, 2017

La historia es sencilla. Un buen día, un general, uno de esos de a caballo y con mayúscula voz de mando, decide que las cosas cambiaron, que él manda ahora, y que todos deben obedecer. De un grito da una orden a un soldado raso, a quien coloca en el centro de la página izquierda del libro, indicándole que no puede dejar pasar a nadie hacia la página del lado derecho. El soldado raso, fusil en mano, hace guardia.

Al rato llega un perro a olfatear su inmovilidad. Un hombre que acompaña al perro se dispone a traspasar el pliegue central de la doble página. El soldado da la orden de alto. El hombre pregunta por qué no se puede pasar a la página de la derecha. El soldado explica que su general se reserva esa página en blanco para pasar a la historia cuando le venga de gusto. El hombre se queja: eso es absurdo, dice. Y ya lo pueden escuchar algunas personas que van llegando a la página izquierda: una pareja de bailarines, dos mujeres que pasean con faldas, dos niños que juegan a la pelota, un anciano que usa un bastón para caminar, otro hombre… La página derecha permanece en blanco.

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Doble página interior, con la página derecha completamente en blanco, reservada para el poder absoluto del General.

La historia es acumulativa: a medida que avanzamos páginas descubrimos que más y más gente va llegando a la página izquierda. Gente de todo tipo. Gente muy diferente, diversa. Gente que comienza a quejarse y a protestar. El soldado permanece inamovible, y aclara a los que protestan que él solo cumple órdenes.

En determinado momento sucede algo inesperado. La pelota con la que jugaban dos niños se escapa y pasa rebotando hacia la página derecha. Todos los que llenaban la página izquierda miran sorprendidos, con ojos desorbitados, cómo esa pelota ha roto el orden y ha rebotado a pesar de la orden. ¡Glups!, suelta uno de los niños. Y en la página siguiente, el otro niño pregunta si puede pasar a buscar la pelota. El soldado concede y permite el paso.

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Ese momento en que el poder se delata desnudo en su absurda prepotencia: el momento previo a la desobediencia y la rebelión.

Al romperse el orden, cuando la pelota atravesó el margen, y al darle continuidad a ese mínimo desorden, cuando el soldado dejó pasar al niño, el soldado se hace consciente de que ya no puede ejercer su papel, y se ve obligado a dejar pasar a todos los demás. En ese momento llega el general y grita que qué es ese desorden. Pero su autoridad ya ha desaparecido, y con ella cualquier perspectiva de poder convertirse en el héroe de esta historia.

La página que se reservaba solo para él fue invadida. La gente se rebeló y desbordó lo absurdo de su poder: un poder que apenas podía oponerse a las consecuencias inesperadas de un simple juego de niños. Y el soldado que hacía guardia, y que fue quien se dio cuenta a tiempo de lo inconducente de su intento de hacer respetar ese poder absurdo, pasó a ocupar el lugar del héroe, defendido y aclamado por la gente tan desobediente como él.

Una historia sencilla, sí, pero profunda en lo que hace a la idea y al regocijo antiautoritario, democrático y libertario de que los límites, las órdenes, las leyes siempre pueden ser revertidas cuando la gente entiende que han dejado de ser legítimas, que se han convertido en un absurdo que hay que superar.

Absurdo que, un poco como en el cuento tradicional de “El traje nuevo del emperador”, son los niños quienes, desde la ingenuidad, desde el juego más elemental, ponen en evidencia, desmontando así los mecanismos mentirosos e ilusorios de ese poder.

 

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¿Y yo qué puedo hacer?, un álbum de José Campanari y Jesús Cisneros

Kant formuló su filosofía racionalista en torno a cuatro preguntas: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre? A caballo de ellas, elaboró su metafísica, su ética, su filosofía de la religión y una antropología, y todo ello orientado a la búsqueda de un bien supremo para la construcción universalista de la individualidad autónoma.

Hoy día, reflexionar concienzudamente sobre estas preguntas, y hacerlo con pausa, sin ansiedades, con rigor, se vuelve difícil. Las pasiones nos ganan. La inmediatez nos apura. El bombardeo comunicativo de acontecimientos que parecen suceder sin solución de continuidad nos abruma. El aislamiento, que no llega a ser superado por la virtualidad de las redes telemáticas, nos impide la deliberación colectiva, que no llega a consolidarse más allá de acontecimientos esporádicos, y eso cuando los acontecimientos esporádicos no enfrenta a unos con otros en una disputa de mónadas imposibles de comunicar, incluso cuando pertenecen al mismo campo de los interesados.

Así y todo, a menudo sucede que aparece una pregunta que serpentea entre las otras cuatro formuladas por Kant, y reformuladas en otras claves más comunitaristas, y se nos impone sin dejarnos visualizar respuesta alguna. Es la pregunta de la impotencia cotidiana, y así se formula: “¿Y yo qué puedo hacer?”.

Esta pregunta da título a un álbum, con texto de José Campanari e ilustraciones de Jesús Cisneros, publicado en 2008 por la editorial gallega OQO. Un álbum sobre el que hoy queremos decir algunas cosas pensadas al ritmo de nuestros apuros cotidianos.

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¿Y yo qué puedo hacer?, José Campanari (texto) y Jesús Cisneros (ilustración). OQO Editora, Pontevedra, España, 2008.

El libro nos presenta a un personaje, un hombre mayor, que vive solo, con su mascota, “en la cuarta planta de un edificio sin ascensor, de un barrio con calles arboladas, de una de esas ciudades atiborradas de gente”. El personaje tiene un nombre, y a la vez no lo tiene. Se llama Equis. Y sabemos que un nombre así, para un personaje, no tiene vocación de nombrar a un particular, sino que de algún modo busca presentarnos a un personaje con capacidad de dar cabida en sí a un universal humano. Diríamos que el señor Equis, ya desde su nombre, pretende ser el representante de un tipo ideal, alguien común y corriente, un ciudadano que bien podrías ser tú, o yo, o el vecino del piso de arriba, con quien nos diríamos “buenos días” o “buenas tardes” al cruzarnos en el ascensor, si fuera el caso que nuestro edificio tuviera ascensor.

El señor Equis, más allá de ser un solitario, es un ser común y corriente, ordenado, rutinario: “Todas las mañanas, mientras toma el desayuno, el señor Equis lee el periódico… sin saltarse un punto ni una coma”. Este acto, la lectura del periódico, es lo que lo pone en contacto con el mundo. Ese contacto no deja de ser problemático para el señor Equis: “Algunas noticias no le mueven un pelo, otras le dibujan una sonrisa y muchas le dan escalofríos desde el dedo gordo del pie hasta la punta de la nariz.” Y día tras día, la lectura del periódico provoca que al señor Equis se le llene el cuerpo de preocupaciones.

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La ilustración en este punto es muy apropiada. Un amplio espacio de fondo vacío, pintado en un tono apagado, al no dar especificaciones de lugar, al no subrayar ninguna característica específica, busca la representación del personaje más como un universal que como un particular. Se nos presenta al señor Equis leyendo el periódico seguido de cerca por su perro. El dibujo en lápiz y acuarelas del personaje se combina con un collage que muestra cómo el torso del señor Equis se va llenando de lo que él lee en el periódico. Al dar vuelta la página, aparecen otra vez las grafías del periódico, incrementadas en su escala al punto de superar en tamaño al personaje, con lo cual se subraya el modo en que el señor Equis, luego de leer las noticias, se siente abrumado por lo que sucede en ese mundo exterior al que él accede a través del periódico. También en esa ilustración, la mascota es el fiel testigo de las preocupaciones del amo, y su presencia constante subraya la ausencia de cualquier otro humano. Las preocupaciones del señor Equis se condensan y toman la forma de la pregunta que da tema y trama al libro y que se instala en la cabeza del personaje para comenzar a dar vueltas allí: “¿Y yo qué puedo hacer?” 

Tal como las preocupaciones al principio, luego es la pregunta la que poco a poco nubla el entendimiento del señor Equis: él ya no puede ver, no puede oler, no puede oír. Y se siente abatido, disminuido, vencido: “Durante todo el día, el señor Equis es incapaz de concentrarse (lleno de preocupaciones y con la pregunta dándole vueltas a la cabeza, es difícil hacer las cosas bien).” Y durante la noche, “las preocupaciones no lo dejan dormir”.

Entonces sucede un cambio: las preocupaciones, que hasta entonces eran informes, un hatillo de ansiedades punzantes, toman una forma verbal que le permitirá al señor Equis recuperar los sentidos y pronunciarse: “Entonces abrió la boca y, de la punta de la lengua, salió la pregunta”. Y una vez que logra esto, el señor Equis se convierte en un ser social y solidario, porque siempre encuentra, al pronunciar la pregunta, a alguien que le sugiere qué hacer: una vecina que necesita que le hagan la compra, una madre que requiere que la lleven en coche al hospital para que atiendan a su hijo, un anciano que le pide comida porque está hambriento…

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También la ilustración destaca esos cambios: ahora hay escenarios de fondo donde el señor Equis ya no se encuentra aislado en medio del vacío. Ahora hay un vecindario preciso en sus colores y con objetos de referencia que marcarán el tránsito del señor Equis en espacios concurridos. Él continuará con su rutina de desayunar y leer el diario, pero su cuerpo ya no se llenará de preocupaciones, porque ahora él sabe que siempre habrá alguien que responderá a su pregunta.

El álbum, a la par de ofrecernos una alternativa al problema subrayado más arriba, el de la impotencia cotidiana que los humanos padecemos enfrentados al bombardeo comunicativo mediático, nos ofrece la posibilidad de reflexionar a fondo sobre el asunto de si la alternativa ofrecida es suficiente. Porque si bien las respuestas que encuentra el señor Equis, y que lo impulsan a actuar en la inmediatez de lo cotidiano, parecen ceñirse al orden de lo particular, limitando el alcance alegórico y universalista con el que se abre la historia en el comienzo, no es menos cierto que el punto de inflexión de la historia se produce en el momento en que el personaje logra verbalizar la pregunta, ponerla en acción. Y esto, el lograr hacer las preguntas correctas en el momento en que son necesarias para uno y para el otro, es tal vez el asunto central de esta historia, más allá de que las respuestas sean satisfactorias solo para un puñado de vecinos y para el interesado que llega a enunciar su necesidad, y todo ello sin tener una repercusión en el orden de lo social, de lo global.

El libro, de última, allí donde sí tiene un alcance universalista, parece una invitación a dimensionar el papel de los cuestionamientos y los autocuestionamientos en el plano de una ética cotidiana, y dimensionar, también, los alcances y las limitaciones que esos cuestionamientos tienen a la hora de orientar la práctica humana. Una invitación que, aquí, atiende por igual a niños y adultos.

Padre, aleja de mí esa pantalla: dos libros de LIJ sobre los “problemas” de la invasión digital

Garabatos y Ringorrangos dedica este post a Celia Turrión, investigadora en literatura infantil y especializada en LIJ digital, responsable del blog Literaturas Exploratorias.

Para celebrar los 8 años del blog, este medio de comunicación digital y virtual con el que cada tanto invado vuestras vidas, elegí comentar dos libros que abordan un asunto que para muchos se ha vuelto problemático dese el punto de vista de la buena salud de la sociedad y el buen desarrollo emocional de la infancia: el problema del modo en que las pantallas de lo virtual invaden el mundo de la realidad cotidiana generando una fractura de lo social, de lo vinculante, de las interacciones cara a cara.

Estos libros contienen dos propuestas diferentes en las que el peso del tema se hace sentir sobre lo formal con diferente intensidad. Son dos propuestas que manifiestan, cada una a su modo, aunque con muchas similitudes, una visión de la infancia más o menos cuidada, más o menos maniquea. Son dos propuestas que también transmiten una visión de las tecnologías de la comunicación virtual más o menos tecnófobas: como si los mundos del libro (el medio elegido para manifestarse), el mundo de la fantasía y el mundo del juego estuvieran absolutamente enfrentados con el mundo de lo virtual, algo que, a poco de pensarlo, nos daremos cuenta de que no es del todo cierto, aunque tampoco sea del todo falso.

El primero de los libros en cuestión es “¡Hola! ¡Hola!”, del norteamericano Matthew Cordell. Un libro del 2012, que la Editorial Juventud publicó en 2014 en castellano y en catalán.

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¡Hola! ¡Hola!, de Matthew Cordell, Editorial Juventud, 2014.

En este libro nos encontramos con una niña como protagonista. En las cinco páginas previas a la portadilla, la niña aparece manipulando una videoconsola portátil, una laptop, un teléfono móvil y un plasma de televisión. Los aparatos parecen negársele, y apenas le ofrecen una repetición de contenidos que la aburren.

Desencantada de ellos, sale a buscar a sus familiares inmediatos. Primero se cruza con su madre. Le dice, “Hola, Mamá”. La madre está trabajando en una laptop y apenas le responde con un “hola”. La escena se repite con su padre, que está mandando un mensaje por el móvil; con su hermano, que está concentrado en una tableta digital y ni siquiera responde el saludo. En las tres escenas sucesivas, presentadas en dobles páginas, la niña está en el extremo inferior izquierdo de la página izquierda: tiene el pelo de color naranja y luce un vestido celeste. La madre, el padre y el hermano aparecen distantes, dibujados en el extremo superior derecho de las páginas de la derecha, y pintados en un estricto color gris aguado. La vida, la animación, la iniciativa, el color: parecen ser exclusividad de la niña. Madre, padre y hermano, inmersos en sus claustros tecnológicos, aparecen sin color, inanimados, inertes.

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¡Hola! ¡Hola!, doble página interior.

Luego, en una doble página que repite el esquema, la niña suspira en la página izquierda y en la página derecha vemos cómo entra una pequeña hoja de un árbol, de color, por una puerta abierta (una puerta gris, como si el gris de las tecnologías se hubiera volcado a todo el interior del hogar).

En la siguiente doble página la niña lanza un “Hummm…” dubitativo y se decide a salir a explorar el mundo exterior. “Hola, hoja”, dice y llega a un árbol otoñal, lleno de hojas amarillas y danzantes. Y sigue en la doble página siguiente, descubriendo a cada paso un aspecto colorido de una naturaleza que la cautiva. “Hola, flor”, en otra página. “Hola, mundo”, avanzando ya en páginas llenas de color. La niña encontrará un río, y en el río, un caballo que responde a su saludo y se lo devuelve, nombrándola por primera vez en la historia: “Hola, Lidia”. No solo el color está en el mundo exterior al hogar, en el mundo real que se separa tajantemente del aguado y gris trasfondo de las tecnologías que invadieron el hogar: también, ahí afuera, florece la fantasía y la comunicación cara a cara, nombre a nombre.

La historia se desboca cuando la niña monta a caballo y comienza un paseo fantástico, rodeada de animales de todo tipo y color: mariposas, un alce, un búfalo, una gallina, un perro, un gorila, una avestruz, una jirafa, un león, dinosaurios, ballenas, peces que vuelan en un cielo azul, pulpos que corren sobre la pradera… parece un desfile de carnaval, que avanza hasta que suena el teléfono móvil de la niña. “¿Hola?”, son sus padres, sí, que desde la grisura distante, la llaman, preocupados, y le preguntan dónde está. La niña vuelve corriendo a casa. Entra y encuentra que en el ambiente gris del hogar la esperan. Pero entonces, la niña comienza a entregarle a su padre, a su madre y a su hermano algunos elementos que porta del mundo exterior, del mundo real. Con la madre intercambia una hoja por la laptop. Con el padre, una flor por su móvil. Con el hermano, una vaquita de San Antonio por su tableta digital. Cuando se producen los intercambios, sucede algo fantástico: la madre, el padre y el hermano recuperan el color. Luego, todos juntos, todos llenos de color, salen tomados de la mano al mundo exterior.

La historia está narrada y dibujada con un humor genial, en un tipo de ilustración muy cercana a la del humor gráfico. Lo que comienza presentándose como un relato de matriz realista, culmina derivándose hacia la fantasía, y el problema que se presenta al principio, se resuelve de una forma fantástica, cuando la niña oficia casi como un hada madrina todo poderosa.

El libro, claramente, hace una crítica al mundo de las pantallas, al mundo virtual. La crítica es que de un modo u otro, la hiperconectividad está obstaculizando la comunicación, el contacto con la naturaleza, la capacidad de fantasear y de ensoñarse tan cara a la infancia. Lo hace destacando que es un problema extendido entre la infancia y el mundo adulto. Y lo hace otorgándole a la niña, representante de la infancia, la capacidad de revertir la situación una vez que ella se siente desencantada.

El segundo libro que comentaré es más reciente, acaba de ser publicado. Se trata de “¿Jugamos?”, con texto del israelí, radicado en Brasil, Ilan Brenman e ilustraciones de la catalana Rocío Bonilla. La editorial Algar es la encargada de la publicación en castellano, mientras que el sello Animallibres lo publica en catalán.

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¿Jugamos?, de Ilan Brenman y Rocío Bonilla, Editorial Algar, 2017

Este libro insiste con el esquema de contraponer un mundo gris en torno a las actividades virtuales y un mundo de color en torno al mundo de las actividades reales. Si vemos la portada del libro veremos que en el centro, en la parte inferior, sentado en el piso y de piernas cruzadas, aparece un niño manipulando una tableta digital. El niño está pintado de gris, con un color de lápiz aguado. A su alrededor aparecen ocho personajes, desbordantes de colores y de alegría, que contrastan de inmediato con el gesto adusto del niño gris. Los personajes de colores portan objetos de juegos muy diversos. Un par están disfrazados. Todos enseñan una actitud dinámica, que contrasta con la pasiva y rígida posición del niño sentado en el piso.

La historia que se cuenta es muy sencilla. Mantiene una estructura repetitiva en la que los ocho personajes de la portada interpelan al niño gris, que se llama Pedro, a quien lo invitan, sucesivamente, a jugar. Primero será la hermana menor, luego su amigo Marc, luego dos amigos de la escuela, el padre, la madre y, finalmente, los abuelos. La pregunta siempre es la misma: “Pedro, ¿jugamos?”. La respuesta, apenas tiene variaciones: “Pero si ya estoy jugando”, contesta el indagado.

La secuencia de preguntas y respuestas mantiene un juego gráfico que también se repite. Quienes están jugando e invitan a Pedro a compartir el juego aparecen en un sector de la doble página a todo color. Pedro aparece en el sector opuesto, en estricto color gris. Cuando se hace la pregunta, los personajes de color están ubicados en un mundo real de color, Pedro se abstrae en un aislado sector blanco de la página, como si estuviera en el limbo. Luego, cuando Pedro responde, él sigue en su mundo gris, el mundo de la tableta digital en la que está inmerso, mientras quienes lo habían invitado a jugar aparecen en un mundo fantástico, derivado de la situación real en la que previamente habían formulado la invitación.

Por ejemplo, en una doble página aparece la hermanita bañándose en una bañera, desde donde invita a Pedro a jugar con ella y con unos muñecos de plástico que flotan alrededor suyo: un patito amarillo, un pulpo, una ballena. En la siguiente doble página, cuando Pedro responde desde su rincón gris que él ya está jugando, en el resto de la doble página aparece su hermanita en un mundo submarino, oceánico, pleno de vida, jugando con un pulpo de verdad, con los peces, con una ballena inmensa. El mismo esquema se repite todo a lo largo de la historia con pocas variaciones.

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Doble página interior: la madre invita a Pedro a jugar.

A veces el mundo colorido fantástico que surge del juego va más allá de la doble página y se nos enseña a través de una doble página desplegable; a veces, Pedro no queda recortado sobre un fondo blanco, sino que se integra con su estricto gris sobre el fondo de color del mundo animado.

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Doble página interior desplegada: el mundo fantástico en el que juega la madre de Pedro.

Tal como en el libro anterior, en este también hay una contraposición clara entre el mundo del juego —un mundo vital, colorido, fantástico, que motiva la imaginación, riquísimo— y un mundo de pantallas virtuales: gris, inmóvil, mortecino, paupérrimo.

Todo va así hasta el final. Cuando aparecen los dos abuelos e invitan a Pedro a jugar. En esta última escena, Pedro está jugando con una videoconsola en el plasma gigante de la casa. Los abuelos repiten la pregunta-invitación. Pedro se gira para responder lo mismo, pero no completa la respuesta. Mira a los abuelos que están disfrazados como para una sesión de circo. Al dar vuelta la página, aparece una doble página extendida que nos enseña a toda la familia jugando dentro de una carpa de circo. Todos de color. También Pedro, quien abandonó el mundo virtual y gris y se sumó al circo colorido de la familia.

La historia, estrictamente, termina ahí. Pero al continuar, tal como en los viejos cuentos populares o en las fábulas morales, nos encontramos con un texto del escritor que intenta aleccionarnos, al modo de las moralejas, y con una larga parrafada, sobre los riesgos de creer en que las tecnologías sirven para solucionar cualquier problema o para hacer más inteligentes, sociables y felices a las criaturas.

Esta segunda historia también está narrada y dibujada con gran calidad. La ilustración de Bonilla, siempre muy cuidada, es muy cercana a los niños, quienes libro tras libro han aprendido a identificar su trazo y su estilo compositivo, lleno de giros y de detalles que subrayan los estados anímicos de los personajes infantiles. También en esta historia hay un corte realista al presentar las escenas y el contexto general, y, luego, un desborde hacia lo fantástico, cuando se quiere contraponer la inteligencia, la sociabilidad y la felicidad del mundo real que se aleja de las tecnologías.

Y al igual que en la otra historia, el problema de la “incomunicación”, el problema de la absorción de lo cotidiano por parte del mundo virtual de las pantallas, termina por resolverse de un modo fantástico: son los abuelos, trapecistas y payasos de un circo familiar tan fabuloso como imaginario, quienes mediante una de las tradiciones más fantásticas del mundo, la tradición circense, terminan por alejar a Pedro del submundo grisáceo de las tecnologías.

“¿Jugamos?” reitera la misma crítica que hace “¡Hola! ¡Hola!” al mundo de las pantallas, al mundo virtual. Pero a diferencia del que comentamos primero, en este último el problema solo existe para un sector de la infancia, niños desviados, niños perdidos en la grisura virtual. Otros niños no padecen el problema: ellos juegan y fantasean llenos de vida. Los adultos tampoco parecen padecer ese problema, y siempre se muestran resueltos a convertir la vida en un campo de flores lleno de fantasía o en una sesión de fiesta circense para los niños.

Casi que había terminado por acostumbrarme a esos discursos que, de manera maniquea, parecen querer culpar a las tecnologías de todos los males actuales de los procesos de comunicación social, o de los defectos de comunicación entre el mundo adulto y la infancia. Por lo general, dejaba correr esos discursos, pero estos libros tuvieron el mérito de hacerme romper con ese acostumbramiento.

Pienso que son dos libros que se basan en un diagnóstico muy incompleto del presunto problema y que tienen el agravante de querer ofrecer soluciones fantásticas a lo que en determinado momento podría llegar a ser un problema muy real. Hay diferencias entre ellos. El primero, al menos, a la niña, que en un momento muy bien especificado padecía un problema de comunicación, se le ofrece la posibilidad de revertir por sí misma la situación. El segundo, lejos de eso, deposita en el mundo adulto, y más específicamente en los ancestros del mundo adulto, una posibilidad fantástica de solucionar algo que, en ningún momento el niño —quizás una víctima de un problema real, pero seguro que victimizado ahora por esta historia— llegó a manifestar como un problema personal, pese a que el gris aguado de sus colores quieran resaltar y señalar que sí lo tiene.

Puedo imaginar, ahora, a un conjunto de adultos pretendiendo utilizar este libro como una herramienta “para trabajar este problema”. También me puedo imaginar a mí mismo leyendo este libro con los niños y conversando con ellos para indagar si de verdad creen que la vida es así: todo el color de un lado y la oscuridad más gris del otro. Y llegado el caso de que algunos me respondan que sí, repreguntar, entonces, en cuál de los dos lados creen que está el mundo virtual y en cual, el real; en cuál lado, el mundo adulto y en cuál, la infancia.

Tina Vallès: “La literatura no sirve para nada”

En el correr de una semana, tres personas distintas, las tres vinculadas al mundo de la Literatura Infantil y Juvenil, me hicieron la misma pregunta: “¿Leíste el artículo de Tina Vallès en el VilaWeb?”

La primera fue Clara Berenguer, especialista en LIJ que lleva adelante el blog Llibreria Il·lustrada: lo cuenta en su blog. El segundo, un escritor catalán. La tercera, una maestra que está doctorando en bibliotecas escolares. Pienso que la coincidencia demuestra un interés arraigado en lo que refiere a la problemática que el artículo aborda. No comparto todo lo que dice Tina Vallès en la nota. Más adelante comentaré algo sobre el asunto. Pero entiendo que es un artículo que recoge y expresa una preocupación real sobre algunas cosas que, al menos para quienes trabajamos con libros para niños desde una perspectiva más o menos inconformista, se están poniendo chungas.

Traduzco el artículo al castellano, en una versión autorizada por la autora, y lo comparto con ustedes a cuenta de una futura entrega sobre el asunto. Y por cierto, las imágenes de portadas que inserto en el texto a modo de ejemplos van por mi cuenta. Los libros no fueron mencionados por la autora y tampoco acompañan la nota originalmente publicada en el periódico. Fueron elegidos por mí un poco al azar: me consta que hay varios otros que podrían figurar en lugar de esos.

A continuación, pues, el artículo de Tina Vallès:

La literatura no sirve para nada

Si trabajas en una librería o en una biblioteca, puede que un día te pidan: ‘¿Tiene algún cuento para niños que explique la separación de los padres?’ No te asustes. Ese libro seguro que existe. Algún iluminado ya debe haber escrito una fábula bien azucarada, quizás con una familia de conejos como protagonistas, para explicar la separación de los padres a los hijos. Puede ser, incluso, que la primera intención del autor fuese más o menos buena, pero en realidad no hay mucha diferencia entre eso y explicarle las relaciones sexuales hablando de abejas y de flores. La pregunta, si la traducimos a un idioma humano, sería: ‘No sé cómo explicar a mis hijos que mi mujer y yo nos separamos, así que prefiero que se lo explique un desconocido en forma de libro, y luego los niños ya entenderán que la madre coneja es su madre y el padre conejo soy yo.’

Soy consciente de que explicar a los hijos que te separas (mientras pasas el trance de separarte) es duro y difícil. Pero precisamente por eso lo tienes que delegar a… ¿un desconocido? Si no tienes suficientes “herramientas”, el libro lo tienes que leer tú, en el peor de los casos, pero puede que ni siquiera eso, tal vez sólo tienes que aprender a explicarte a ti mismo lo que está pasando, y ya verás luego cómo explicarlo a los hijos con las consiguientes preguntas y comentarios te acabará de formatear el cerebro una vez pasada la tormenta. Sea como sea, es comprensible que alguien acuda a la librería o a la biblioteca desesperado con esta pregunta entre los dientes. Entendido.

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Posibilidad 1: La separación de los padres

Otra: ‘¿Tiene algún cuento de niños que se hacen pis en la cama?’ Estoy convencida de que entonces todos los bibliotecarios y libreros asienten con la cabeza hasta desnucarse. Sí, señores, hay gente que eso de que los libros son herramientas se lo han tomado al pie de la letra, y buscan libros que hagan que los niños coman verduras, que no tengan pesadillas, que acaben los deberes… ¿Y sabéis qué? Los encuentran. Esos libros existen. Les podríamos decir libros de autoayuda infantil, y es el escalafón más bajo del sector editorial. Son libros pensados ​​(¿he dicho ‘pensados’?) desde el minuto cero con el objetivo de… hacer que el niño deje de hacerse pis en la cama, coma acelgas, sueñe platos llenos de judías tiernas o termine las multiplicaciones antes de cenar. No hay ahí otra voluntad que la de vender muchos, el texto es secundario, la ilustración viene toda pautada por la editorial, todo el mundo sigue las coordenadas del jefe de marketing y la creatividad queda bien relegada a un segundo plano: quien dice segundo dice decimonoveno.

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Posibilidad 2: Niños que se hacen pis en la cama

Y ahora viene la pregunta estrella: ‘¿Tiene algún libro para trabajar las emociones con los niños?’ Sí, ha dicho ‘trabajar’. Miren, resulta que los niños de ahora deben saber identificar las emociones con todo lujo de detalles antes de que se les caigan los dientes de leche. Porque supongo que estamos de acuerdo en que las emociones se pueden clasificar, ¿verdad? ¡Pues, claro! ¿Tienen presente aquello que les ha costado años y años como personas? ¿Aquello de saber en qué son buenos y en qué fallan, lo de interpretar los gestos y las caras de los demás, lo de aprender a ponerte en la piel del vecino, lo de conseguir digerir los fracasos, lo de… VIVIR? Pues ahora te lo enseñan unos libros muy graciosos donde te enumeran los sentimientos y las emociones con un “pantone” bien vistoso y, automáticamente, ¡y gracias a un libro!, te conviertes en todo un experto. ¡Lo que hacen los libros, eh! Y se venden, estos libros, se venden mucho. Y bien cargados de tópicos y mensajes confusos que pretenden clasificar lo que sentimos en carpetas y subcarpetas, como si todos estuviéramos cortados por el mismo patrón y nuestro comportamiento fuera cien por ciento previsible.

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Posibilidad 3: Libro para trabajar las emociones con los niños.

Pensémoslo. Es un error delegar a los libros (o a la escuela, pero este sería otro tema) nuestra responsabilidad como padres. Las personas no tenemos manual de instrucciones. Enseñar a vivir se enseña viviendo, y las respuestas a las preguntas de los hijos no pueden salir de un libro de autoayuda infantil pensado por un departamento de marketing.

¿Os habéis fijado? He dicho libros durante todo el artículo, y no literatura, porque la literatura es otra cosa y no sirve para nada.

Tina Vallès, 27/04/2017, publicado en VilaWeb.

 

 

 

 

“El monstruo de colores” no es un libro de emociones

Debe de ser uno de los errores más extendidos en el ámbito de la literatura infantil y juvenil actual: considerar que el libro “El monstruo de colores”, de Anna Llenas, es un libro de emociones.

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La portada de “El monstruo de colores”, Anna Llenas, Editorial Flamboyant, España, 2012.

La confusión se ha extendido entre promotores de la literatura infantil, vendedores de libros, bibliotecarios, críticos, comentaristas. También entre maestras y maestros de escuela primaria y de educación preescolar. Y ha llegado a padres y madres que, cuando piden “libros de emociones”, están pensando en ese libro, o en otros muy similares a ese.

Esta confusión puntual está asociada a otras dos confusiones tanto o más extendidas:

  • Pensar que los niños y los adultos leen igual, y que encuentran en los libros los mismos asuntos, los mismos contenidos, iguales continentes.
  • Pensar que hay libros que contienen emociones y otros que no las contienen.

Veamos cómo funcionan estas dos confusiones para dar pie a la que nos ocupa: la de pensar que “El monstruo de colores” es un libro de emociones.

El libro de Anna Llenas narra una breve historia. En el inicio hay un monstruo que un buen día se levanta confundido y no sabe qué le sucede. El personaje del monstruo amanece pintado de muchos colores. El dibujo es sencillo y vistoso. Trazos gruesos y papel recortado dibujan un perfil estereotipado que, a la vez de monstruoso, resulta simpático y fácilmente recordable: los ojos grandes, las cejas gruesas, orejas y crestas, dos colmillos que sobresalen de la boca en un rictus perplejo, el cuerpo de dos piezas, cabeza y tronco apenas separados por la línea de la boca, manos y piernas infantiles. El monstruo, desde esa primera página, ya resulta muy atractivo para niños, pues siendo sumamente sencillo, resulta contundente en su expresividad. Y todo ello en una composición despejada y muy cercana al dibujo infantil.

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El monstruo.

Inmediatamente, en la siguiente página, aparece el personaje de una niña, que vendría a ser una suerte de ama del monstruo. La niña adopta el rol adulto en la historia, también el rol del narrador, que se comunica en prácticamente todo el relato en segunda persona, imperativa, rogatoria, desiderativa, demandante: el dibujo de la niña con las manos en jarra sobre la cintura se presenta como otro estereotipo de la “niña-mujer-mandona”. Ella es quien hace que el monstruo se detenga a reflexionar sobre sí: sabemos que la autoridad a veces logra inducir a la autorreflexión.

De buena mañana, cuando el monstruo aún no acaba de despertar del todo, la niña le pregunta si ya se ha vuelto a confundir y a entreverar, y lo rezonga, diciéndole que “no aprenderá nunca”. El personaje de la niña, confeccionado con la misma técnica que la del monstruo (trazo grueso, papel recortado…) tiene también su proximidad con los niños (ocupa el rol de la ama-maestra-tradicional) y con la expresividad infantil (a partir de presupuesto de ese tipo de juego dramatúrgico que tanto entusiasma a pequeños: “¿Jugamos a que soy la maestra?”).

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La niña.

Tras el rezongo inicial, la niña le dice al monstruo que su problema es que se le han mezclado las emociones, coge al monstruo de la mano (aquí ya ha dejado el rol adulto y se convierte en una niña juguetona y risueña) y le propone una solución al problema con el que él se despertó. La solución tiene algo que encanta a los niños y que responde a una de las mayores pasiones infantiles (y epistemológicas): el coleccionismo.

La niña ofrece al monstruo ocho frascos de vidrio donde ha de poner en orden las emociones.

Suponiendo que el niño pequeño no sabe muy bien qué es eso de las emociones, lo que se le ofrece aquí, como juego para resolver el problema del monstruo (que es también el nudo-problema de la historia), es asociar una serie de colores con estados emocionales de la vida cotidiana e ir poniéndolos ordenados en los frascos. Coger algo que en principio está desordenado, clasificarlo de acuerdo con alguna tipología, ordenarlo colocando cada pieza en un lugar seguro, formar un catálogo, proyectar un saber desde el pasado hacia el futuro, recuperar el desorden de lo involuntario, registrarlo y colocarlo en un orden de voluntad: he ahí el arte y la tradición del coleccionismo.

Dice Walter Benjamin en su libro de los pasajes:

Al coleccionar, lo decisivo es que el objeto sea liberado de todas sus funciones originales para entrar en la más íntima relación pensable con sus semejantes. Esta relación es diametralmente opuesta a la utilidad, y figura bajo la extraña categoría de la compleción. ¿Qué es esta ‘compleción’? Es el grandioso intento de superar la completa irracionalidad de su mera presencia integrándolo en un nuevo sistema histórico creado particularmente: la colección.

Y he aquí lo que fascina al niño: lograr esa completitud, la colección, dejando atrás el caos. Poco importa que el conjunto de los objetos coleccionables sea el de las emociones, el de los cromos de animales, el de los cochecitos en miniatura… Lo que seguramente fascina al niño al conocer esta historia es el anhelo secreto de liberar a los objetos de su utilidad y de su funcionalidad acotada e insertarlos en el orden de una proximidad a la mano.

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La colección (un fragmento)

Poco importará al niño, a la hora de entrar en esta historia, para qué puede servir la alegría amarilla, la tristeza azul, la ira roja, la negritud del miedo, el verde de la calma, el rosa (¡ay, el rosa!)… Lo que seguramente motivará su atención será el juego de poner orden en el caos con que la vida nos asalta a diario a través de diferentes objetos, pasibles de ser adquiridos, congelados para conserva, encerrados en el círculo mágico de un frasco de vidrio. Y también, claro, las metamorfosis que provoca en el personaje del monstruo confundido el hecho de ejercitarse en algo tan apasionante como la confección de una colección.

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La colección (otro fragmento)

Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que con las emociones, en la vida real, es difícil establecer cualquier colección: se trata de algo tan inestable, tan volátil, tan difícil de analizar, separar, objetualizar, fijar… Pero poco importa el asunto al niño, cuya fascinación, para el caso de esta historia, se entrega a otro juego mucho más atractivo: el de la colección en sí.

Quizás el detalle de que sean las emociones lo coleccionable le pueda resultar atractivo a un/a maestro/a que, en el apuro de cumplir con plazos pedagógicos, tenga que presentar ese tema en el orden de un currículum que de un tiempo a esta parte viene preocupándose en exceso por la educación emocional de los niños. Quizás, también, le puede resultar atractivo al editor que atiende ese potencial mercado, así como lo atienden también los vendedores de libros. Al niño, en cambio, ello no lo influirá mucho al momento de recepcionar la historia.

He ahí las distintas lecturas que hacen unos y otros.

El éxito comercial del libro, así lo pienso, nace de la conjunción de la necesidad lectora de los adultos, impuesta por el sistema educativo, acogida por el sistema de la industria del libro, y de la fascinación que el asunto del coleccionismo, puesto de manera simpática y estereotipada en el vínculo entre la niña y el monstruo de la historia, despierta en los pequeños. En ese vínculo confuso, esta historia hace basa, y redobla su éxito por la comprobación de que los niños disfrutan de la historia, y que la historia ocupa los primeros puestos de venta año tras año desde su primera edición en 2012.

05 los derivados coleccionables

Productos derivados: la otra colección

Nos queda, al final, el asunto de saber si las emociones pueden delimitar un subgénero literario, vale decir, si hay “libros de emociones” así como hay “libros de aventuras”, “libros de misterio”, “libros de poesía”…

Tiendo a razonar sobre el asunto por el método del absurdo. Propongo que un lector, cualquiera, me ofrezca como ejemplo una lectura literaria que no transmita ninguna emoción. Ninguna. Una lectura literaria que logre proponerse desde el vacío emocional más absoluto.

A mí me resulta difícil imaginar una historia que logre eso. Pero si fuera posible, si llegado el caso alguien me ofreciera esa lectura, la de una historia vacía de toda emoción, puedo imaginarme que esa historia, por sí y ante mí, ya estaría transmitiéndome una emoción.

Como el filósofo coleccionista de Benjamin, no me cierro a que en un futuro, puesto ante el caos emocional que transmite toda la buena literatura infantil y juvenil, me encuentre con un libro así. Y entonces, claro, mi memoria involuntaria se sacudirá ante la sorpresa, y abrirá camino a que mi memoria metódica y voluntaria incluya tal historia en el orden de la colección de mis mejores libros de literatura para niños y jóvenes.

Mientras tanto, dejo librados unos cuantos casilleros de esta colección para poner allí títulos que contengan buenas historias, y por ende, que me transmitan estados emocionales confusos y entreverados: esas historias que suelen ser las más inquietantes y disfrutables para mí.