About Germán Machado

Nací en Montevideo, Uruguay, en 1966. Soy escritor y gestor cultural. Escribo poesía y narrativa para adultos y para niños y jóvenes. Desde 2014 estoy radicado en Vic (Catalunya, España).

Bajo las piedras: cuando la poesía descubre el mundo y lo sostiene

Han sido días de encierro, días de estar lejos de la naturaleza. Quizás esta experiencia nos hace más sensibles a la hora de acercarnos a un poemario como este Bajo las piedras, de Arianna Squilloni, ilustrado por Laia Domènech.

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BAJO LAS PIEDRAS, poesía de Arianna Squilloni, ilustraciones de Laia Domènech, publicado por Akiara Books para su colección Akipoeta.

Se trata de un libro que desde antes de abrirlo ya nos conduce al campo, a la vida en un entorno rural, donde la naturaleza nos cruzará a cada paso. Y es que en la portada vemos unos pies de niña que pisan la tierra, descalzos. Los dedos se entremezclan con el césped, con hierbas y hierbajos, algunos tréboles, algunas flores silvestres. Una mariposa se detiene sobre los pétalos amarillos. Una araña parece prepararse para tejer su tela. Un pequeño bicho bola, o bicho de la humedad, se mueve con sus patas pequeñas y dudosas. Hay mucha vida en ese palmo de tierra. Muchísima. Vida silvestre. Vida infantil.

Ahí nos disponemos a entrar.

El título indica un lugar: bajo las piedras. El lugar sugiere un misterio a descubrir. Y es que debajo de las piedras siempre se esconde la promesa de algo por encontrar. Lo mismo debería sucede con las palabras poéticas: ellas muestran y ocultan a la vez. La buena poesía desafía a observar a la vez que nos invita a cerrar los ojos. La buena poesía invita a escuchar, a la vez que nos estimula a llegar a esas formas cargadas de silencio. La buena poesía invita a recordar, a la vez que le da al olvido la forma del mito y el misterio. Indagar, descubrir, hurgar: son este tipo de verbos los que la buena poesía ofrece. Y en este libro, como si de levantar una piedra se tratara, encontraremos buena poesía.

Se abre el volumen con una suerte de texto autobiográfico donde una voz se pone en contexto. Habla del campo donde viven y trabajan los abuelos. Todos los poemas asumirán esa voz: hablarán desde una infancia que visita, que acompaña la experiencia de la vida rural. Una voz que habla de plantas, de insectos, de animales voraces que se esconden y se mimetizan, que fingen no estar donde están. Habla de la vida fugaz y de la vida demorada. Habla de los sueños y de las estrellas en el cielo. Habla de lo que nos rodea y de lo que imaginamos cuando la vista se pierde en la lejanía del infinito o en la inmediatez de lo diminuto. Así, desde ese prólogo, entona la voz este libro. Avisa de la poesía que va a escribir a continuación, para recuperar ese mundo vital lejano y cercano a la vez.

El libro contiene dos docenas de poemas. Uno habla de un avellano amigo. Otro de un gato que “al anochecer, asoma los bigotes / en el umbral del bosque”. Un tercero nombra al jabalí que “se mueve ágil en la niebla”. Otros hablan del perejil “verde y frondoso” o de los escarabajos con sus “espaldas crujientes y sucias”. Los habrá que nos abran el apetito con “suculentas alcachofas“. Poemas que llevan títulos que parecen querer hablar de otras cosas aunque no se aparten de lo más cercano, lo más palpable: “Sistemas de navegación”, “La proporción de las cosas”, “El arte de la espera”.

Hay dos poemas que, a mi gusto, parecen querer enlazar el conjunto. Uno de ellos lleva por título “El desamparo de los murciélagos” y dice:

Confiados, los murciélagos
para dormir han escogido
la húmeda oscuridad
del destartalado establo del vecino.
Pasan el día colgados de una viga.

Yo, que soy curiosa,
los he descubierto.

Mientras los observo,
me nombro guardiana de sus sueños.
Es gracias a mí que no caen.

El poema, más allá de que sea una auténtica maravilla, articula las tres dimensiones que toda la poesía de este libro quiere integrar: la dimensión de la vida natural, la dimensión de la infancia, la dimensión del hacer poético que sostiene al mundo.

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En la primera estrofa, menta el mundo oculto de la vida natural que existe en el campo: allí están los murciélagos con sus rutinas de murciélagos, ocupando la oscuridad húmeda de su refugio. En segundo lugar, la voz de la niña que confiesa su carácter: ella es curiosa. Y es eso, la curiosidad, es lo que la lleva a levantar la piedra y mirar debajo. Es ella quien descubre a los murciélagos. Nadie se los ha anunciado. En la tercera estrofa, la fuerza preformativa de la poesía: la niña se nombra guardiana del sueño de los murciélagos, y eso, ese nombramiento, ese acto poético nominativo, es lo que logra que los pequeños mamíferos conserven su estabilidad mientras duermen. Ahí está la fuerza de la poesía.

¿Y no es eso lo que sucede con todo lo demás que la voz poética de la niña descubre y poetiza?

Quiero compartir un segundo poema que entiendo que termina de darnos la pista de todo el conjunto. Es el que lleva por título “Mi abuela, las gallinas y yo”. Dice:

Un día nos levantamos
y en el corral reinaba el silencio.

Por la noche una comadreja había visitado
a las gallinas de mi abuela.

A ella le supo tan mal, que perdió
la vista durante una semana entera.

Empecé entonces a tomarla de la mano
para que supiera que no estaba sola.

Ha sucedido una desgracia que, en la vida del campo, parece tan natural como el hecho de que los murciélagos duerman colgados de una viga: durante la noche, una comadreja hizo estragos en el corral de las gallinas. Pero esto que es del todo natural, golpea a la abuela de la niña de una manera tremenda: la deja ciega durante una semana.

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Quizás eso, la debilidad de esa abuela que en la vejez ya no resiste golpes tan duros, se muestra por primera vez a la niña. Y entonces, nuestra niña, nuestra voz poética, la misma que antes era guardiana del sueño de los murciélagos, aquí descubre el dolor que ciega la debilidad de sus ancestros. Y del mismo modo que en su momento se hizo responsable del sueño de los murciélagos, ahora se hace cargo del dolor de un mundo que se debilita: la niña coge de la mano a la abuela y la acompaña durante su sufrimiento.

De esta manera —que parece sencilla pero que encierra una experiencia cultivada en años de observación, escucha y lectura—, la poesía de este libro no solo levanta la piedra para descubrir qué hay debajo, no solo curiosea en la húmeda oscuridad de los lugares abandonados, sino que también es capaz de cogernos de la mano cuando el sufrimiento se enseñorea y nos ciega: no tanto para guiarnos, como para consolarnos y acompañarnos. Y así, haciendo así, bien puede decir: “es gracias a mí” que todo esto perdurará. Todo esto: la vida natural, la poesía.

Un párrafo extra me exige la ilustración de Laia Domènech. Ese aire melancólico que caracteriza su trabajo está presente aquí con la misma sutileza de siempre. Lo de ella es el susurro de los lápices y de los pinceles que se arrastran despacio, que manchan en filigranas y granulan el papel, no las estridencias del color que sobresalta. Su dibujo es muy vegetal, muy terroso, y así también su paleta. Todo lo que le va muy bien a la poesía de Squilloni y al hermoso libro que diseño la editorial Akiara Books para su nueva colección de poesía Akipoeta: tan de costura a mano, tan de artesanía, tan silvestre, tan de tierra húmeda bajo las piedras…

Matador: un pensamiento sobre lo incorrecto

En una entrevista de 1975, el argentino Juan Filloy hablaba de la necesidad de los escritores de llevar un manicomio adentro.

Él creía que si un escritor solo tiene en su cabeza a una población de personas correctas, una ciudadanía pulcra y ejemplar, su escritura sería monótona e insoportable, porque “la vida correcta es lo más estúpido que hay”.

Desgraciadamente, esta prédica no tiene hoy día mucha andadura en la LIJ. Pedimos corrección, pulcritud, ejemplaridad a cada página. Libros que abordan aspectos de la crueldad de la infancia o caracteres anormales no prosperan con facilidad, si es que llegan a prosperar.

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Nos cuesta tanto aceptar lo que propone un libro como este MATADOR: aceptar eso de que en la infancia, a veces, hacemos cosas equivocadas, incluso crueles, muy crueles. Y que confesarlas nos da mucha vergüenza. Y que esa vergüenza —justamente, esa vergüenza— nos lleva a cometer otros errores, peores errores, crueldades aún más crueles.

Y sin embargo, es cuando recogemos ese guante que nos lanza la anormalidad, la incorrección, lo díscolo, lo perturbador, lo desaliñado, justamente, en ese momento, es cuando tenemos una buena historia, fuerte, potente, removedora, sorprendente y que nos deja pensando mucho tiempo. Pensando, incluso, en el sustento a largo plazo de la maldad y de la bondad.

MATADOR, del escritor brasilero Wander Piroli (1931-2006) y del ilustrador Odilon Moraes. Editorial Babel, Colombia, 2015.

Cuatro deseos y tres libros para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil

El 2 de abril es el aniversario del escritor danés Hans Christian Andersen, nacido en 1805. Este año sería su 215 aniversario.

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En coincidencia con la fecha, el IBBY ha promovido, desde 1967, o sea, ya hace 53 años, la celebración del Día Internacional del Libro Infantil con la finalidad de que las sociedades pongan en valor los buenos libros y las buenas lecturas entre los más jóvenes.

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Cartel conmemorativo del IBBY para el año 2020

Uno podría pensar que desde 1967 hasta aquí, nunca, pero nunca nunca, un día internacional del libro haya sido tan extraño como el que viviremos este año. La incertidumbre extrema ha ganado la partida. Nadie sabe qué pasará con nada de aquí a unos días, unas semanas. Puede ser que el principio esperanza siga funcionando, pero el principio certeza parece del todo suspendido. Pero, de toda maneras, quienes nos movemos en el mundo del libro infantil no dejamos de creer que hay ciertas cosas que, pase lo que pase, seguirán siendo necesarias: las buenas historias, la fantasía y la imaginación creativa, y esa capacidad que tiene la literatura infantil de inventar personajes capaces de hacernos olvidar las peores pesadillas.

Entonces, para celebrar este extraño día internacional del libro, como LIJbrero y como autor del mundo de la LIJ, quisiera expresar cuatro deseos sobre la Literatura Infantil a la vez de recomendar tres libros:

El primer deseo es que la LIJ continúe atravesando los siglos con la vitalidad que conservan los libros escritos por sus autores clásicos y de referencia.

Y en torno a este deseo, recomendaré el primer libro: Mis cuentos preferidos de Hans Christian Andersen. La adaptación es de Albert Jané. Se trata de una recopilación de 12 cuentos del autor danés cuya versión es absolutamente fiel a los relatos originales. La ilustración corre por cuenta de Jordi Vila Delclòs, uno de los mejores ilustradores catalanes de los últimos años, que en este libro realiza un trabajo realista de reconstrucción de época sin sacrificar en lo más mínimo la fantasía que encierran algunos de los relatos ya clásicos.

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Publicado por Combel Editorial, Barcelona, 2007.

 

El segundo deseo es que la literatura continúe facilitando a niñas y niños el mejor acceso a la realidad a través de la fantasía.

Esa era la principal idea de Gianni Rodari sobre la fantasía. Y el segundo libro que recomendamos para acompañar este deseo es el de los Cuentos por Teléfono, quizás el mejor libro de este autor italiano del que en este 2020 celebramos su centenario. La edición que nos ofrece la editorial juventud cuenta con el plus de estar ilustrada por Emilio Urberuaga.

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Publicado por Editorial Juventud, originariamente en 1972, en esta edición, en 2012.

 

El tercer deseo es que la LIJ siga teniendo la fuerza necesaria para comerse las peores pesadillas.

Y en este tiempo tan difícil que atravesamos, recomendamos el tercer libro, uno que ya es un clásico de la LIJ catalana, un título que tuvo en su momento una edición en castellano (de la editorial SM, de 1985, hoy descatalogado) y que auguramos que en algún momento acabe por ser un libro de referencia en la LIJ de todo el mundo, pues tiene la dimensión de una obra fundamental: se trata del libro La Nana Bunilda Menja Malsons, de Mercè Company y Agustí Asensio. El libro explica la historia de una pequeña hada que tiene por tarea aspirar las pesadillas de quienes mal duermen y luego transformar esas pesadillas en pasteles de chocolate: ni más ni menos.

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La edición catalana es una recuperación del año 2011 para la colección Mars, editado por la Fundación Rosa Sensat y la productora cultural Magenta Universal.

 

El cuarto deseo: que la literatura infantil continúe siendo una literatura tan pero tan buena que hasta los niños la puedan leer, y que en breve podamos volver a celebrarla en las calles, en las plazas, en los parques, rodeados de gente que no tenga miedo de dar o recibir un abrazo.

CULOS Y MÁS CULOS

El primer día de ir a la piscina es vivido por Mila, la niña protagonista de este cuento, con absoluta naturalidad. Está ansiosa, porque por un lado la entusiasma ir al club y lanzarse a nadar, y por otro le da un poco de apuro saber si se animará a tirarse al agua. Normal. Tan normal como lo que encuentra cuando acompañada de su madre entra al vestuario femenino: culos, muchos culos, y cuerpos desnudos de todo tipo y color y edad y voluptuosidades. El final del cuento, además de premiar al personaje, hace lo que todo el libro intenta: celebrar la riqueza, el buen sabor de la lectura libre.

1, 2,3… ¡Culos!, de Annika Leone y Bettina Johansson, Editorial Gato Sueco, España 2019.

La desnudez humana, habitualmente censurada en la literatura infantil, cuando aparece en algún libro lo hace de manera estilizada. A este libro lo que lo convierte en una propuesta potente y atractiva es que rompe con esos dos prejuicios: muestra la desnudez y lo hace aceptando la diversidad del cuerpo humano, sus diferencias, sus “imperfecciones.”

Y todo ello con mucho humor.

El texto de 1, 2, 3… ¡CULOS! es de la “positivista corporal” sueca, Annika Leone, y lo ha ilustrado Bettina Johansson.

La editorial Gato Sueco viene proponiendo un catálogo de libros sobre cuestiones de género y coeducación muy respetuosos de la inteligencia de sus lectores, y muy jugado.

A tener en cuenta.

P.S.: Y pensar que hace unos años yo tuve problemas por escribir la palabra “culo” en una novela…

Maíces de silencio: de a uno se comen los poemas, y engordan.

Vamos a imaginar, por un momento, una escena rural: en el campo, un día soleado, sobre la tierra nutricia y polvorienta, una gallina se desplaza con calma, paso a paso, picoteando aquí y allá unos granos de maíz. Va despacio. Va sin prisa. Sube y baja la cabeza cada vez que conquista un grano amarillo, y otro, y otro más. Los come de a uno. Así engorda.

Esa escena podría ser la metáfora perfecta para ilustrar la lectura de este libro de poesía que lleva por título “Maíces de silencio”, porque el lector que entre en este libro lo hará con calma, poema a poema, leyendo página a página esas estrofas que con el discreto encanto de lo mínimo rompen la quietud del instante y se proyectan hacia la inquietante eternidad del silencio.

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“Maíces de silencio”, de María Crisitina Ramos, ilustraciones de Sandra de la Prada, publica editorial SM, Colección Barco de Vapor, Serie Blanca, Primeros Lectores.

El lector leerá poco a poco, quizás en voz alta. Y callará. Bajará y subirá la cabeza sobre las páginas, como masticando los versos, para luego digerir ese grano luminoso que acaba de conquistar con su lectura. La poesía también es esta forma de leer.

Los poemas que nos ofrece María Cristina Ramos en este libro invitan a saludar lo invisible, lo eludido, lo que no tiene la solidez protagonista de la palabra dicha, sino la presencia agonista que late en el silencio de lo que, no habiendo sido nombrado, ofrece una mayor rotundidad para el pensamiento y para la imaginación:

En esta pecera,
uno, dos y tres,
desfilan dos peces
y otro no se ve.
¿Será pez de luna
o pez de papel?
Sabanita de agua,
¡déjamelo ver!
Dos peces saludan:
—¿Cómo le va a usted?
Pero yo saludo
al que no se ve.
En esta pecera,
uno, dos y tres.

Más de una vez me he quejado del abuso que se hace de las formas populares de la poesía cuando se la escribe para niños y niñas. La rígida normativa que exige el verso menor y la rima marcada se erige como ser y deber de la poesía infantil. Me he quejado de eso, sí, porque, más a menudo de lo deseable, la forma se erige como un vacío que pretende subrayar el carácter infantil de los versos y de las estrofas en desmedro del contenido literario del poema. Es de la falta de poesía de lo que me quejo ahí, cuando lo hago.

Quizás algunos hayan podido leer mi queja como un rechazo global por ese tipo de poesía más cercana a la tradición. Error. A mí me resulta maravilloso leer a una poeta como María Cristina Ramos cuando construye sus poemas con una precisión formal impecable, a la vez que va al núcleo de la poesía y la hace brillar, más o menos como brilla un grano de maíz para la visión polvorienta de la gallina que lo busca bajo el sol, picoteando aquí y allá, donde lo encuentre.

Eso es lo que vuelvo a hallar en este libro que contiene 12 poemas dirigidos a primeros lectores. Cada poema, breve, consume 4 páginas del libro, dispuestas de la siguiente manera:

-Una doble página impresa sobre un fondo de color plano, que contiene el título del poema y una ilustración de detalle;

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Interior, páginas 8-9, título del poema: De sol

-Otra doble página que contiene el texto del poema y su respectiva ilustración en plano general.

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Interior, páginas 10-11, texto del poema.

Las ilustraciones de Sandra de la Prada, de colores vivos, siempre impresas a sangre, pintadas a mano con acrílicos y ceras, prácticamente sin trazos de los contornos en las figuras, contagian un aire de una libertad que juega, a su vez, con una interpretación de los poemas que pasan a ser ilustrados en plan narrativo, saltando del plano detalle, que se ofrece en la primera doble página del título, a un plano general, desplegado en la doble página en que se lee el poema. En todos los casos, el aire que se ofrece en ese pasaje de las páginas coloreadas, que da un tempo de respiro y de reposo a la lectura, refuerza la invitación a entrar en los poemas como quien va picoteando, aquí y allá, la redondez de los silencios, sus granos de maíz, su nutriente.

El libro acaba de ser publicado por la editorial SM de España (setiembre de 2018), y recupera una edición de los poemas que la autora hizo en Argentina, en 2003 con la editorial Ruedamares.