Contra la eugenesia de la inteligencia emocional: “Bocababa”, de Tina Vallès y Gabriel Salvadó

Para @hijotonto, que se lo había prometido.

En el afán de querer eliminar los defectos humanos, suponiendo que así se ahorraban esfuerzos económicos y sociales, los defensores del pensamiento eugenésico del siglo XIX y XX promovieron barbaridades históricas. Hoy día, la ingeniería genética, ya sea bajo un simple diagnóstico prenatal, hace las cosas un poco mejor. Pero los defectos humanos siguen apareciendo, y las sociedades han de convivir con ellos.

Un poco así sucede con los valores y las emociones: que los hay defectuosos, o lisa y llanamente perversos, y que en la conciencia individual o en sus expresiones sociales nos exigen combatirlos a diario. En la actualidad, la pretensión eugenésica de eliminar esos valores “incorrectos” y esas emociones “defectuosas” vendría a presentarse como la “corrección política”, y pasa por querer desterrarlos de la vista del público, incluso antes de que se manifiesten.

Se ha llegado a pensar que eliminando u ocultando la “incorrección” del alcance de los niños nos ahorraremos problemas. En los libros para niños esa actitud es patente: la eugenesia pretende ocultar o borrar de raíz toda aquella obra literaria que manifieste o exprese las distintas formas de la “incorrección” propias de la infancia. Se cree que así estaríamos poniendo a niñas y niños a resguardo de la inmoralidad y ahorrándonos a futuro muchos problemas. Pero la cosa no parece venir funcionando muy bien.

Chico Ostra (2)

Chico Ostra / Noi Ostra, de Tim Burton.

Antes de ocuparme del libro del que quería ocuparme hoy, voy a citar un ejemplo de literatura infantil “incorrecta” que está relacionado con esto de la eugenesia. Al día de hoy, un libro como “La melancólica muerte de Chico Ostra”, de Tim Burton, que fue concebido como un libro de poesía infantil ilustrado (y a todas vistas lo es), no podría ser editado en una colección destinada a ese público, y de hecho, tanto en castellano como en catalán, fue publicado en colecciones de libros para adultos.

En uno de los poemas que componen el libro se relata el nacimiento de un niño deforme, un niño con cabeza de ostra. Los padres, y la sociedad circundante, sienten desprecio por esa horrible criatura. Los padres, y también un médico consultado, para dejar bien en claro que el pequeño deforme es una carga improductiva para la reproducción de la sociedad, achacan los problemas sexuales de la pareja a la presencia del monstruito. El infanticidio será acometido por el padre al modo de una acción eugenésica. Luego del filicidio, los padres vuelven a su actividad sexual con la perspectiva de reproducirse.

El poema y la ilustración de Tim Burton se desarrolla en un estilo gótico y macabro. Todo el libro está concebido con ese tipo de humor esperpéntico que caracteriza el conjunto de la obra del autor. Un tipo de humor que provoca, luego de la risa nerviosa, una ternura compasiva hacia los personajes que nos presenta: monstruosos, solitarios, inadaptados, débiles o improductivos. Así y todo, más de un censor apartará al Chico Ostra del alcance de los niños. También al libro se le practicará una suerte de eugenesia, por considerarlo inadecuado.

Bocabava _ Tapa

Tapa de la versión en catalán de “Bocabava”, de Tina Vallès y Gabriel Salvadó.

¿Puede correr la misma suerte un libro como “Bocababa”, escrito por Tina Vallès, ilustrado por Gabriel Salvadó y publicado en castellano, en portugués y en catalán (“Bocabava”) por Fragmenta Editorial en su colección, Petit Fragmenta? Esperamos que no. Si dejamos que niñas y niños lo elijan como lectura y si logramos salvar las alarmas de los censores de turno, creemos que el libro podrá hacer un buen camino.

“Bocababa” resulta uno de esos libros poco frecuentes en el panorama editorial de la literatura para niños actual. Es un libro que cuando uno lo termina de leer se queda pensando en qué es exactamente lo que nos quiso decir. Eso está muy bien. Por lo general, la mayoría de los libros actuales tienen mensajes que redundan en explicaciones y autoexplicaciones facilistas o que caen en vacíos expresivos. “Bocababa” en cambio te pone las cosas más difíciles. Es un cuento humorístico, pero de un humor muy particular. Cuenta una historia de amor y salvación, pero de un tipo de amor y un tipo de salvación muy especial. Tiene un personaje infantil como protagonista, pero es un niño algo deforme y monstruoso. Es un candidato para la eugenesia de la corrección política, pero tampoco parece ser del todo incorrecto. Es un libro que cuando lo terminas de leer, luego de reír, de sentir ternura, de ponerte triste y melancólico, quedas con la boca abierta y la mirada perdida: casi, casi como el personaje central.

bocabava interior

“Un nen sense sort, aquest és Bocabava”: primera doble página interior del libro.

“Bocababa es un niño sin suerte. Tiene un ojo distraído y el otro sorprendido, y se pasa el día tropezando con todo y coleccionando chichones porque no mira donde hay que mirar”. Así comienza el texto del cuento, que en la primera ilustración nos muestra al personaje de ojos desviados, que camina con la boca abierta, de donde le cae un reguero de saliva que se dispersa por la calle. El niño es un solitario. Solo tiene un amigo, tan monstruoso como él, que se pasa la mayor parte del tiempo enfermo. Juega juegos extraños, como seguir hormigas y quedar absorto y babeante ante ellas. La descripción del personaje mueve a risa, primero, y a compasión, después. Bocababa es un esperpento que parece condenado a la exclusión.

Un día sucede algo particular. Una feria ambulante se instala en la calle de Bocababa. En un puesto de juegos, el hombre que lo atiende tiene una cantidad de peces de colores que los jugadores pueden ganar con buena puntería a los dardos. A instancias del hombre, Bocababa lo intenta. Un desastre. El hombre que atiende el puesto, y que se salva por poco de que un dardo le atraviese un ojo, igual le concede un premio al niño. Le dará uno de los peces. Pero uno muy particular. El pez se llama Raquitín (Secalló en catalán y Vira-Tripas en portugués) y es tan esperpéntico como el mismo Bocabava: no tiene color, de tan raquítico es transparente, está viejo porque nadie se lo lleva cuando acierta a los dardos, y además “tiene un ojo distraído y el otro sorprendido”. Por aquello de que siempre hay un roto para un descosido, Bocababa y Raquitín se van juntos.

raquitín

Raquitín (Secalló, en catalán; Vira-Tripas, en portugués): bien alejado de los demás peces de colores, en un rincón, abajo, a la derecha, casi invisible.

A partir de ahí, la vida de Bocababa hace un vuelco. Por primera vez, el niño tiene algo por lo que ocuparse y tiene a alguien que parece preocuparse por él. Pero que nadie espere finales felices ni grandes transformaciones. La vida del niño y la del pez seguirán por los grotescos derroteros de siempre, salvo que ahora estarán juntos, se querrán mutuamente, y hasta habrá alguien que los felicite por eso. Lo demás en el texto, así como en la ilustración, es pura forma, y se sostiene en un humor delicadamente grotesco y brutalmente tierno, si se me permite el juego de los oxímorones: todo muy similar a lo que resulta en el Chico Ostra de Burton. Un humor logrado sin estridencias en el texto y mediante unos dibujos que por sobre lo caricaturesco y lo exagerado, no dejan de expresar la ternura con la que poco a poco nos envuelve la historia.

Si no hemos perdido la facilidad de la risa que tienen los niños ante la deformidad, ante lo que falla, ante el error, ante la bobera, ante lo inadaptado e inadaptable, ante lo incontrolado, ante lo que se desvía de la trayectoria de lo correcto y lo normal, ante lo que se tropieza y cae: este libro nos moverá a risa. Al menos en una primera instancia. Luego, quizás, nos mueva a la melancolía, e incluso a la tristeza. Porque no hay nada más melancólico y triste que la resaca que nos deja la risa (el reírnos de, el burlarnos de, el humor) que nos provocan los defectos, las carencias, los esfuerzos mal encaminados de los demás. ¿Y por qué nos reímos de eso? ¿Y por qué es triste después? Nos reímos para tomar distancia, para protegernos, para apartarnos: cuando nos reímos, los torpes, los deformes, los anormales son los otros, no somos nosotros. Y nos ponemos tristes porque más tarde o más temprano, descubriremos que los defectos, las carencias y los esfuerzos desmedidos para manejarnos con la realidad, de una u otra forma, también son los nuestros.

En la actualidad no estamos siendo conscientes de que la corrección política —que en su esfuerzo eugenésico respecto de los malos pensamientos infantiles, que en su compulsión a ocultar la risa maliciosa (o la maldad misma) de la vista de los niños, que en su intento de eliminar las burlas en pro de falsos respetos, que en su obsesión por intentar borrar de nuestro horizonte de expectativas la tullidez del tullido, la deformidad del deforme o la brutalidad del bruto, la monstruosidad del monstruo— lo que está haciendo, de última, es privarnos de la posibilidad de reírnos y de reconocer, en el otro, nuestros propios defectos humanos, demasiado humanos, para terminar barriendo todo debajo de la alfombra.

La evolución de la conciencia moral del niño, que ha de procesarse por el camino de la autonomía, requiere primero reconocer la diferencia, procesarla, asimilarla en el rechazo, en la burla, en la risa y hasta en el miedo que genera. Luego, una vez confrontada con esas sensaciones y emociones, la conciencia moral podrá evolucionar, por la vía del autorreconocimiento, hacia la aceptación y el respeto por el otro. Castrar el proceso podría significar reprimir la “incorrección-nuestra-de-cada-día” y congelarla en un estadio inconsciente, desde el cual, con el tiempo, no hará otra cosa que emerger, una y otra vez, imposibilitada de ser reconocida por quien la lleva consigo de manera más o menos culposa, de manera más o menos brutal.

Cuando un libro, cuando una ficción, pone delante del niño la brutalidad de la vida, y no ahorra una dosis de humor respecto de ello, y habilita a la risa, puede llegar a facilitar el proceso de empatía respecto del otro de una manera mucho más potente que cualquiera de esos libros que prejuzgan la situación e imponen, moralina mediante, la corrección política de una actitud que no tiene por base la motivación auténtica ni el valor autónomamente generado.

Percibimos, en nuestra cultura contemporánea, que cuanto más se predica sobre ética más inmoral resulta la sociedad. La hipocresía está a la orden del día. Como está a la orden del día el desprecio (etnofóbico, xenofóbico, homofóbico) por los otros, y lo más indigno (e indignante) de las burlas e insultos que los adultos no escatiman, así como no escatiman recursos a la hora de construir muros en las fronteras, creyendo que los bárbaros son, siempre, los que están del otro lado.

Me llevó un tiempo darme cuenta de qué es lo que más atractivo me resultó en este “Bocababa” de Tina Vallés y Gabriel Salvadó: es un libro que seguramente hará reír a los niños a la vez que les permitirá empatizar con la mala suerte del personaje, hasta terminar enterneciéndose con él. Mala suerte que, en una de esas, es similar a la que se ensaña a diario con cada uno de nosotros. “Bocababa”, seguramente, los hará reír, los hará compadecer, y sin ninguna pretensión de adoctrinar en la corrección política, quién te dice que no los haga también crecer en su conciencia moral respecto del cuidado de los otros, los diferentes, los desfavorecidos en la lotería biológica o social.

 

“Prohibido ordenar” y “Tic-Tac”: Punto de vista, tiempos y clases sociales

 

Dos libros para niños me motivan a escribir estos comentarios sobre puntos de vista narrativos en los cuentos para niños. El primero de los libros comienza así:

Tomás trabajaba de sereno en una fábrica. Ese día la noche se le había hecho larga. Cuando llegó la hora de salir, todavía no había amanecido.

El libro se titula “Prohibido ordenar”. Lo escribe Mario Méndez, lo ilustra Mariano Díaz Prieto, lo edita Pequeño Editor (Argentina, 2014).

Prohibido ordenar", de Mario Méndez y Mariano Días Prieto, Pequeño Editor, Argentina, 2014.

Prohibido ordenar”, de Mario Méndez y Mariano Días Prieto, Pequeño Editor, Argentina, 2014.

Todo el cuento está contado desde un punto de vista externo a la historia, pero limitado a la perspectiva de Tomás, padre de familia, integrante de la clase obrera.

No abundan los libros para niños que toman una perspectiva así: la del trabajador que regresa en bicicleta a su casa; la del trabajador que vuelve cansado al hogar y se encuentra allí con los rastros, los deshechos, el desorden de las actividades domésticas y familiares que se desarrollan en lo cotidiano de su ausencia.

Desde la perspectiva narrativa de Tomás, el tiempo de trabajo y el tiempo de juego (que no necesariamente es tiempo libre) quedan, en un primer momento, contrastados, separados y en conflicto.

"Prohibido Ordenar", de Mario Méndez y Mariano Díaz Prieto. Página interior.

Tomás trabajaba de sereno en una fábrica… “Prohibido ordenar”, ilustración interior.

A Tomás le toca trabajar por la noche, cuando en su casa la familia duerme. Tomás trabaja mientras, en su casa, antes de ir a dormir, sus hijas y su esposa juegan. Tomás cumple con un orden de trabajo, mientras en la casa lo que se cumple es el desorden del juego. Esa podría ser una rutina, despareja y desfavorable para el trabajador. Pero va a ser que un día sucede algo especial.

Tomás llega a su casa cuando amanece. Al entrar al comedor de la casa, tropieza con un caos de juguetes tirados en el piso. Al principio se enfada. Luego, a medida que recoge las cosas, se detiene en cada una, observa, piensa y va adivinando quién dejó tirado qué. En determinado momento encuentra un dibujo de una de sus hijas. Lo mira. En el dibujo aparece la familia bajo un arcoíris. El enfado inicial, el del cansancio, el que le provocó tropezar con el desorden encontrado, se transforma en otra cosa. Tras descubrir el dibujo, Tomás comienza a imaginar, a partir de cada juguete que va recogiendo, cómo fue el juego durante su ausencia, quién jugó a qué y con quién, cómo jugaron sus seres queridos.

"Luego empezó a guardar...". Ilustración interior.

Luego empezó a guardar… “Prohibido ordenar”, ilustración interior.

Tomás no solo adivina los juegos, sino que también parece entender su ajenidad respecto de la escena doméstica del juego (¿entiende su enajenación?). En ese momento aparece su esposa, recién levantada, que entre los bostezos matinales se disculpa por el caos. Tomás no se molesta. Es más, desde ese día, prohíbe ordenar. Prefiere hacerlo él, todas las mañanas. Es la forma que encontró para ser parte del juego familiar en el que no puede participar. Es la forma que encuentra para subvertir los tiempos del trabajo y los del juego.

El otro libro que me lleva a pensar en estos asuntos es “Tic-Tac”, escrito por Grégoire Reizac e ilustrado por Jörg, publicado por Takatuka (España, 2013).

"Tic-Tac", de Grégoire Reizac y Jörg, publicado por Takatuka (España, 2013). Hay versión en catalán y castellano.

“Tic-Tac”, de Grégoire Reizac y Jörg, publicado por Takatuka (España, 2013). Hay versión en catalán y castellano.

Este cuento está narrado en primera persona por una niña: su punto de vista es el que da la pauta del relato. El tiempo del cuento comienza a transcurrir por la mañana, cuando el padre se apronta para ir a trabajar. El padre aparece como un personaje desquiciado. Corre por un pasillo, supuestamente desde el lavabo a la cocina. La niña lo ve desde su dormitorio, donde está jugando, dándole una mamadera a un gato. La niña nos informa que su padre ha perdido diez minutos entre que se levantó y desayunó. Las quejas del padre por el tiempo perdido, parecen ser una constante en la rutina de la casa por las mañanas. La niña comienza a reflexionar sobre eso: sobre los minutos que se pierden.

La madre queda en casa. La vemos recostada en un sillón hablando por teléfono. La niña piensa que la madre encuentra los minutos que pierde el padre y los guarda para sí. La niña dice que la madre tiene minutos en cantidad. Por eso, es ella quien reparte los minutos, es ella quien los da. “Te doy diez minutos para ordenar la habitación”, dice la madre a la hija, que regatea y pide veinte. La madre es la que administra el tiempo doméstico: le da tiempo a la hija para despertarse y salir de la cama; le da tiempo para desayunar; le da tiempo para mirar la tele; le da tiempo para hacer la tarea escolar. Le da tiempo para ordenar.

Darle tiempo. "Tic-Tac", ilustración interior.

Darle tiempo. “Tic-Tac”, ilustración interior.

La niña regatea minutos y los guarda como si fueran monedas; los guarda para cuando sea grande, cosa de que si los pierde como su padre por las mañanas, o como los conductores de vehículos en los embotellamientos de tránsito, no haya problemas. El padre dice que el tiempo es oro, y la niña, irónicamente, sueña con enriquecerse a medida que acumula minutos perdidos.

Obviamente, la enajenación del tiempo se vive de manera muy distinta en los dos cuentos. Las clases sociales representadas son distintas. Las actitudes vitales son distintas. Las actitudes de los personajes principales son distintas: uno, Tomás, el padre de la clase obrera, busca reconciliar en la tarea de poner orden los tiempos socialmente separados; el otro, el padre de clase media, no busca más que ganar tiempo, mientras el “tic tac” del título parecería el sonido del mecanismo de un detonante más que el sonido de un reloj.

Embotellamiento. "Tic - Tac", ilustración interior.

Embotellamiento y desquicio. “Tic – Tac”, ilustración interior.

Los puntos de vista narrativos son distintos. Pero ambos cuentos tienen en algo en común: abordan el gran problema de la vida cotidiana en el mundo contemporáneo. La enajenación de la vida cotidiana respecto del tiempo vital (y viceversa) y las posibles vías de reconciliación: abiertas o cerradas.

San Agustín decía que todos sabemos lo que es el tiempo, pero que si nos preguntan qué es, ya no sabemos cómo contestar. En todo caso, hay prácticas sociales distintas frente a la cuestión del tiempo vital. Esas prácticas, de última, son las que definen el asunto. Y la pertenencia a distintas clases sociales (obreros-clase media) o a distintas clases etáreas (niños-adultos) o a distintos géneros (masculino-femenino) brinda distintas experiencias y posibilidades.

Tomar en cuenta esas diferencias puede iluminar un relato y un punto de vista narrativo distinto. No tomarlas en cuenta puede oscurecerlo todo. Contrastar esa diferencia en los cuentos para niños es un ejercicio iluminador sobre los condicionantes sociales que se ejercen sobre la vida misma. Porque en ellos, en los diferentes cuentos, puede radicar, para el lector infantil, la apertura de un tiempo por venir incondicionado, un tiempo que aún no, un tiempo no acumulable ni ordenable. Un tiempo libre, sí: que no es necesariamente el del juego. Tampoco el de cualquier lectura.

Nunca terminaré de leer este libro, porque ya lo leí: YA. NUNCA, de Grassa Toro y Cecilia Moreno


UNO. No siempre los libros con mayor cantidad de texto son los que duran más en la lectura. Así funciona la ley densidad en cuestión de libros.

YA. NUNCA. Grassa Toro, textos, Cecilia Moreno, ilustración. Edición de A buen paso, Barcelona, 2015.

YA. NUNCA. Grassa Toro, textos, Cecilia Moreno, ilustración. Edición de A buen paso, Barcelona, 2015.

DOS. A contracorriente de lo que creen muchos, pienso que las lecturas breves son las más duraderas. El libro YA. NUNCA tiene 44 páginas, 28 ilustraciones (según cómo se cuenten, porque el libro contiene un juego de páginas caladas que puede hacer mutar algunas ilustraciones y convertirlas en otras), 34 líneas (¿versos?), 117 palabras (incluyendo las dos del título). No tiene portadillas. No tiene guardas. Los datos de registro están en la contracubierta. En la cubierta aparece una casa construida en altura. Mediante una pequeña escalera se accede a una pequeña puerta. La puerta está cerrada, pero vemos una gran ventana con sus postigos abiertos de par en par, y en el interior de la casa se adivina la vegetación de dos árboles: uno crece desde el techo, otro desde el piso. Tanto la casa como los troncos de los árboles son de color negro. Las hojas de los árboles son de color amarillo: el mismo color del humo que sale por dos chimeneas recortadas sobre el tejado. La tapa del libro es intrigante: desde antes de entrar al libro se nos ofrece, en dos palabras y en una imagen, una simetría imposible. La simetría de dos adverbios de tiempo: ya, nunca. La simetría de dos árboles que crecen hacia arriba y hacia abajo. La simetría interna de la palabra hogar: casa / estufa (¿y si la casa que aparece en cubierta fuera una salamandra?, ¿y si el libro al que entramos con el afán de ventilar algo terminara por quemarnos?). Y es como si esas dos columnas de humo, esas señales de humo, que emergen por sobre el tejado, nos avisaran que si entras a este libro, el calor de la química de la poesía y de la termodinámica de las ilustraciones modificará la estructura molecular de tu sensibilidad y de tus pensamientos. El que toca este libro, toca una metamorfosis. Ya no serás como antes. Nunca habrás sido igual. Así me precipito en este libro.

TRES. Entras al libro sin preámbulos. Lo dijimos: el libro no tiene guardas. Entras a este libro y no hay quien te guarde: tampoco hay marcha atrás. Ah, la irreversibilidad de ciertos actos. Las dos primeras líneas del libro están en el reverso de la cubierta. Están en letras mayúsculas. Todo el texto del libro apuesta a una tipografía de letras mayúsculas, como si la voz que habla, más que hablar, quisiera gritar. También marca las palabras NUNCA y YA con un tamaño de fuente más grande y en negritas. Así se entra en algunos libros.

CUATRO. Las dos primeras líneas, esos dos primeros versos del texto de Grassa Toro, dicen:

NUNCA
NACERÉ

En el reverso de la cubierta, donde están inscriptas esas palabras, vemos una ilustración. Es la silueta, negro sobre blanco, de un diente de león al que se le están volando algunas semillas. La imagen ya encierra una contraposición entre texto e imagen. El adverbio nunca, que habla de un tiempo imposible, de un no-tiempo, contrasta con el movimiento, el viento, que sugiere en la imagen el transcurso de una irreversibilidad: la semilla que vuela ya no es el diente de león, ya no integra la flor. Dados ciertos movimientos, es claro, no hay vuelta atrás. También contrasta con la sugerencia simbólica de la fuerza de deseo que propone siempre un diente de león soplado por el viento. Y el texto, en sí, encierra una contradicción, porque hay allí formulada una paradoja: la voz que habla afirma una negación; es como si esa voz naciente se negara a sí misma. ¿Cómo puede hablar algo/alguien que afirma que no habrá de nacer nunca? ¿Cómo puede nacer un libro que dice que no nacerá? Así nace una confusión, así se confunde un nacimiento. Así el arte de las paradojas.

Interior. Doble o cuádruple página (si tomamos a la página con la silueta calada como una doble página inserta entre las otras dos).

Interior. Doble o cuádruple página (si tomamos a la página con la silueta calada como una doble página inserta entre las otras dos). “Nunca naceré. Ya he callado”.

CINCO. El reverso de la cubierta está en contraposición y complementación con la primera página del libro. Esa primera página es una silueta humana: la página está calada, recortada, y dibuja una figura humana que asoma (¿brota?) por detrás de unos matorrales. Si damos vuelta esa página calada (idéntica de un lado y del otro, aunque respetando el eje de simetría), vemos que cambia el ángulo de visión del personaje que asoma. En la página siguiente aparecen dos nuevas líneas. Dicen:

YA
HE CALLADO.

De un lado había un diente de león. Del otro, entre paréntesis, por debajo del YA y por encima del texto “HE CALLADO”, se dibuja la silueta de un grillo. La figura humana, escondida entre los matorrales, mira alternativamente a un lado y al otro del juego adverbial: NUNCA NACERÉ / YA HE CALLADO. Mira alternativamente al juego simbólico que sugiere el diente de león (¿el deseo?) o el que sugiere el grillo (¿lo efímero del canto?). Nosotros, los lectores, desde ese abrupto comienzo, no podremos dejar de mover la imagen humana a un lado y al otro de la página, y no podremos dejar de preguntarnos, ya nunca, cómo es posible que alguien, algo, que no ha nacido, que ya ha callado, vaya a decirnos algo, algo extraño, algo misterioso, algo inquietante, algo importante (sobre el nacer, sobre el hablar, sobre el cantar, sobre el movernos, sobre lo irreversible de la acción humana), algo que exige la máxima atención de los sentidos (mirar, tocar, oír) y la máxima tensión del pensamiento (descifrar, contradecir, recortar la silueta paradójica de lo pensable y de lo impensable, de lo decible y de lo indecible). Así entramos en estado de poesía.

“Ya he mentido. Nunca construiré nidos.”

SEIS. Cada verso, en cada página (o doble página según el caso), comienza alternativamente con uno de estos dos adverbios de tiempo: NUNCA o YA. Eso se cumple en todo el libro con una sola excepción (a mitad del poema hay dos versos seguidos que inician con el adverbio YA). Cuando los versos comienzan con el adverbio NUNCA, el verbo está conjugado en futuro: NUNCA habrá futuro. Cuando los versos comienzan con el adverbio YA, el verbo está conjugado en un pretérito perfecto compuesto, con lo cual se afirma que la acción mentada YA ha acabado en relación con el presente desde el que se habla. Y así, en la alternancia de los versos iniciados en NUNCA y en YA, lo que se tensiona es el tiempo presente en sí: tanto el futuro (¿de verdad no habrá futuro?) como el pasado (¿de verdad ya se ha acabado?) resultan cerrados, pero sin embargo hay una voz que habla aquí y ahora, una voz que nos dice que en los pliegues de este libro, en el calado de las páginas, en el movimiento de superposiciones de las imágenes que alteran y modifican la ilustración a un lado y otro de cada caladura, hay algo que pugna por moverse, por estar, por ser: algo como lo que se mueve en los intersticios del tiempo del decir, del leer y del pensar. Así vive un poema: a favor de la angustia, y en su contra:

“Ya he escuchado cantar un pájaro / Nunca me quedaré dormido en el fondo del mar”
“Nunca volveré a cerrar la nuez / Ya he descubierto donde termina la calle”.

Así seduce el ritmo de las redundancias y las alternancias.

¿Pájaro o señuelo? ¿Rejas o follaje? ¿Libertad o mecánica de la lectura de imágenes?

¿Pájaro o señuelo? ¿Rejas o follaje? ¿Libertad o mecánica de la lectura de imágenes?

SIETE. Cada ilustración de este libro encierra otra ilustración posible. Es como si las ilustraciones de Cecilia Moreno NUNCA estuvieran del todo definidas, porque al mover las páginas, caladuras mediante, descubrimos que lo que veíamos al principio YA no es como era. Me detengo en una de las ilustraciones centrales. Es una doble página donde se dibuja el follaje de un árbol en el que aparecen dos pájaros enfrentados (a un lado y al otro de la página). Superpuesta entre esa doble página, otras dos páginas caladas, completamente negras, como si fueran las ramas o las sombras de las ramas del mismo follaje, o como si fueran los barrotes de una jaula. Se dibuja así una suerte de cuadrícula que alternativamente puede cubrir una de las páginas o la otra, o incluso las dos a la vez, si la doble página calada estuviera abierta sobre la otra doble página. Según el calado y la posición de las páginas descubrimos, por ejemplo, que uno de los pájaros, el del lado derecho, tiene un mecanismo de cuerda sobre su blanco plumaje, a la espalda: ¿jaula o árbol?, ¿pájaros de verdad o pájaros de juguete?, ¿lectura mecánica de las imágenes del libro o lectura de libre vuelo? Al juego de las paradojas que propone el poema en el contenido textual se superpone este juego de paradojas que propone la ilustración: se superpone, y cuando pareciera estar enmarcando el texto, en realidad le da vuelo. O al revés. Así se ilustra un libro de poesía.

NUNCA. El adverbio nunca, por más negativo que resulte, no deja de encerrar una promesa. Es sabido que quien dice “nunca” se compromete a hacer algo: porque en el juego de las paradojas del lenguaje, la negación performativa es a la vez una afirmación, un compromiso. Quien dice “nunca”, quiéralo o no, estará diciendo “siempre”.  Así nos mueven las contradicciones, así nos sacude este libro.

YA. Toda lectura encierra una inmediatez respecto de lo leído: “ya lo leí”. Punto. Pero quien dice que ya ha leído algo, traza una distancia respecto de la lectura en cuestión. Un alejamiento en el tiempo. La lectura del libro “YA. NUNCA” juega también con esa tensión, con esa doble necesidad: la de apropiárselo de inmediato en cuanto entramos en él y la de distanciarnos por un tiempo para poder procesar el cimbronazo que nos provoca incursionar en la poesía que nos ofrece la lectura: poesía verbal, poesía visual, poesía diseñada, poesía editorial.

YA. NUNCA. Hay libros que antes de ser libros cargan con un NUNCA en su proyección. Hay libros como que nunca podrían ser publicados: por su potencial dificultad para ser diseñados editorialmente, por su potencial dificultad para ser leídos, entendidos, comprendidos, disfrutados. Hay libros que, paradoja de las paradojas, miedo y temor de los valientes, nunca serían tales si no mediara en este mundo de libros imposibles gente que gusta de desafiar a los NUNCA con un YA. Así agradecemos este libro, a sus autores, a su editorial, y a los futuros lectores que NUNCA lo terminarán de leer, una vez que YA lo hayan leído.

Listas, listas, maravillosas listas: “La llista d’aniversari”, de Anna Manso

No acabamos de entrar en la vida y ya compartimos la experiencia de las listas. La nurse en el sanatorio lleva un listado de los recién nacidos, que por lo general tienen un nombre elegido por sus progenitores en una lista discutida durante meses. Y será ese nombre el que decidirá, en el orden de la lista de los alumnos de la clase, si vamos a sentarnos en los primeros o en los últimos pupitres del salón escolar.

En el origen de la literatura está ese gran listado de héroes y dioses que es La Ilíada. Luego, claro está, las ciencias progresaron con sus taxonomías: esas listas ordenadas de especies, géneros, familias, órdenes, clases… de vegetales, de animales, de minerales, de… Y la tabla de los elementos, cierto, la dichosa tabla de los elementos.

Los diccionarios son listas ordenadas de palabras, puestas una después de otra según como avanzan de acuerdo con una lista ordenada de letras: el abecedario. Los vademécum listan medicamentos para que el farmacéutico no se pierda en el catálogo de las enfermedades y de sus posibles remedios, o placebos. Y en los tiempos líquidos de las tecnologías de la comunicación echamos un poco en falta aquellos gruesos volúmenes de las guías telefónicas.

Desde el más grande hasta el más pequeño, cualquier proyecto implica listar una serie de objetivos, metas, actividades… Yo, por lo pronto, cuando proyecto salir de compras, no soy capaz de hacerlo sin hacerme una lista de lo que debo comprar; claro que ahora no la anoto en ningún papelito: la confecciono directamente en el bloc de notas de mi teléfono móvil.

¿Quién no hizo alguna vez una lista?

¿Quién no hizo alguna vez una lista? “La llista d’aniversari”, página interior.

La literatura infantil juega mucho con las listas. Los grandes cuentos para los más pequeños tienen por lo general una estructura acumulativa donde una misma acción se repite siguiendo una lista de posibles personajes secundarios que ofrecen al protagonista la posibilidad, o imposibilidad, de lograr el objetivo que la acción persigue.

La llista d'aniversari, de Anna Manso, con ilustraciones de Gabriel Salvadó. Editorial Cruïlla, Barcelona, 2010.

La llista d’aniversari, de Anna Manso, con ilustraciones de Gabriel Salvadó. Editorial Cruïlla, Barcelona, 2010.

Y a los lectores, a mí al menos, me encantan los cuentos y las novelas en las que las listas se hacen explícitas. Veamos una:

  1. Bañarme en la charca de los patos del parque.
  2. Aprender a hacer una voltereta triple mortal.
  3. Salir en la tele.
  4. Teñirme los cabellos de color rosa.
  5. Tocar un tigre
  6. Comer sopa de Navidades el día de mi cumpleaños.
  7. Dormir dentro de una tienda de campaña en el patio de la escuela con mis amigos.
  8. Desplegar un rollo de papel higiénico en el camino desde casa hasta la casa de Paula, mi mejor amiga.
  9. Subir al edificio más alto de la ciudad y lanzar cien aviones de papel.
  10. Un hermano.

Esa es la lista que confeccionó la protagonista del libro “La llista d’aniversari”, de Anna Manso. Una niña muy avispada, que gusta de hacer listas y que comienza a escribir la lista de regalos que desea que le regalen unos días después de Reyes y unos meses antes de su cumpleaños. Sucede que los padres, asustados ante la afición de la niña a las listas, le ponen una condición: que los regalos que vaya a pedir no sean cosas materiales, porque tal como se lo anuncian en una reunión familiar, ella ya tiene suficientes cosas.

Con ingenio, la niña, de la que no sabremos su nombre y que relata toda la historia en primera persona, confeccionará esta lista. Y será el cumplimiento o no de sus deseos, ordenado de acuerdo con el decálogo antes transcripto, el que dará forma a un relato entretenido, ágil y con mucho humor. Un humor tan bien logrado en el texto como en las ilustraciones, con las que Gabriel Salvadó logra dar cuerpo y gestualidad a un personaje que desde el comienzo, cuando hace su lista, hasta el final, cuando vuelve a confeccionar una nueva lista, nos recuerda que el infinito, como el ingenio o como los estados de ánimo, puede estar perfectamente ordenado o desordenado, y que tanto una posibilidad como la otra, caben en una lista.

El libro lo leí en catalán, pero hay traducción al castellano. Se recomienda para primeros lectores, aunque me inclino a pensar que puede ser muy disfrutable su lectura en conjunto. Y por cierto, es el primer libro de Anna Manso que leo, y ya tengo una lista de lecturas confeccionada para seguir con su amplia obra…

LA LLISTA D’ANIVERSARI
Texto: Anna Manso
Ilustraciones: Gabriel Salvadó
Editorial Cruïlla. Col. El Vaixell de Vapor. Sèrie Blanca
Barcelona, 2010. Quinta edición, 2015.
Hay edición en castellano: “La lista de cumpleaños”.

“Una nit bestial”, cuento de Meritxell Martí y Xavier Salomó

Cuando era niño le tenía miedo a la oscuridad. No a cualquier oscuridad: le tenía miedo a la oscuridad de la calle. Tengo un recuerdo muy nítido de esa experiencia. Era en verano, en el balneario donde pasábamos las vacaciones. Yo volvía de una cancha de voleibol donde solíamos pasar la tarde y la noche. La cancha estaba a tres calles de mi casa. El balneario no estaba urbanizado y no había luces en las calles, que eran de balastro. El Bosque, se llamaba el balneario. Era una noche sin luna. Yo sentía miedo caminando esos escasos 300 metros que separaban la cancha y la casa. Miedo de verdad. Miedo del que te queda grabado para siempre, y que cada tanto revive con nuevas formas.

Al leer “Una nit bestial”, este cuento de Meritxell Martí ilustrado por Xavier Salomó, recordé aquello, recordé esto, y lo reviví, ahora, con el alivio distante que siempre regala la buena lectura.

Una nit bestial, 2008, de Meritxell Martí y Xavier Salomó. Editorial Cruïlla (Grupo SM).

Una nit bestial, 2008, de Meritxell Martí y Xavier Salomó. Editorial Cruïlla (Grupo SM).

La historia comienza con un niño y una madre que regresan por la noche a su casa. Van en coche. Atraviesan el bosque por una carretera deshabitada. Conversan sobre muchas cosas, pero todo apunta a que conversan para espantar un miedo que sobrevuela la noche y se cuela adentro del auto. Un miedo al que la conversación puede mantener a raya.

A medida que avanzan por la carretera oscura, se van cruzando con distintos animales: primero un zorro, luego un erizo, una familia de patos, una lechuza, una serpiente, un jabalí, una ardilla herida, el perro de un vecino. No se cruzan con ningún auto. Y eso, la soledad de la carretera poblada de animales, genera un misterio que alimenta tanto la conversación de madre e hijo, como el miedo que la noche azuza en medio de la oscuridad y la extrañeza.

Doble página interior: ¿un incendio en el bosque?

Doble página interior: ¿un incendio en el bosque?

Cada cruce con un animal es un episodio en el transcurso narrativo que va acumulando tensión y suspenso. ¿Qué sucede en el bosque que hay tantos animales dando vueltas y atreviéndose a cruzar la carretera? ¿Qué sucede que no hay autos en la carretera? Postergar las respuestas a estas preguntas son la clave que sostiene en vilo la lectura atenta, el querer saber más del lector bien enganchado.

Lo genial de la puesta en página de esta historia está dado por la combinación de dos relatos. El del recorrido en auto sería el “relato uno”, narrado únicamente mediante los diálogos entre made e hijo. A medida que avanzamos en la lectura, y que acompañamos el recorrido en coche de nuestros personajes, cada vez que ellos se cruzan con un animal y comentan el episodio, nos encontramos, inmediatamente, una doble página ilustrada, sin texto, que nos muestra, en retrospectiva, que durante el día hubo un pájaro mensajero repartiendo cartas en el bosque. Luego del encuentro con el zorro, en el primer episodio del “relato uno”, tenemos una doble página que ilustra cómo el pájaro dejó una carta en la casa del zorro. Lo mismo sucederá con el erizo, la familia de patos, la lechuza, la serpiente, el jabalí, la ardilla herida. He ahí un segundo relato, el “relato dos”, que avanza sin palabras mediante las ilustraciones, siempre geniales, de Xavier Salomó, y que genera otra línea de misterio: ¿qué son esas cartas?, ¿acaso contienen la clave del misterio del “relato uno”?, ¿nos explicarán al final por qué esta noche hay tantos animales en la carretera?

Doble página Interior. Sin texto. La imagen contando la historia secreta.

Doble página Interior. Sin texto. La imagen contando la historia secreta.

En la primera de las “Tesis sobre el cuento”, Ricardo Piglia afirma que un cuento siempre cuenta dos historias. Hay una historia que se cuenta en la superficie (para el caso de “Una nit bestial”, la historia del regreso a casa por la noche, el “relato uno”), mientras que hay otra historia que se construye en secreto (para el caso, la historia de las cartas repartidas entre los animales del bosque, el “relato dos”). “Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario”, dice Piglia, y agrega: “El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”, con lo cual se dilucidan a la vez los dos relatos.

En este libro, lo que más me gustó, y me parece una ocurrencia buenísima (no recuerdo haberlo visto así logrado en otros libros dirigidos a primeros lectores: así, con esa combinación de relato dialógico e ilustración silenciosa en retrospectiva), es que la historia secreta se cuenta con ilustraciones que se intercalan, a doble página, sin texto, allí donde narrativamente están los puntos de sutura entre las dos historias. Ilustración y escritura (que van de la mano durante todo el relato, o mejor dicho: durante los dos relatos y la historia única) se fusionan al final, cuando se nos revela el secreto de las cartas repartidas por el pájaro-cartero, y así de dilucidan, en un solo movimiento, y con un toque de humor (que está presente en todo el relato, porque se sabe que es un buen antídoto frente al miedo), las dos historias, que no dejan de ser una y la misma.

La escritura de Meritxell Martí fluye en el diálogo y tensiona la narración, y las ilustraciones de Xavier Salomó refuerzan ese juego de suspenso con una economía gráfica que, a la vez de alimentar lo sofisticado del juego narrativo, aligera el relato, pero sin dejarnos perder detalle y sin disminuir en nada el suspenso que genera la lectura. Escritora e ilustrador hacen un tándem genial, sin dudas, para acometer un libro que fue publicado en 2008 y ya va por la cuarta edición (en catalán, hay otra en castellano), confirmando así que la buena literatura se abre camino cuando está bien tratada y cuando aborda asuntos intensos y básicos de la infancia que, tal como empecé esta nota, dan cuenta de experiencias arcaicas nunca del todo domeñadas.

UNA NIT BESTIAL (2008, 4ª. Edición, 2015)
Meritxell Martí, texto.
Xavier Salomó, ilustración.
Editorial Cruïlla (SM). Colecció El Vaixell de Vapor Blanc, Primers Lectors.
Català (Hay edición en castellano: Una noche bestial.)