Nunca terminaré de leer este libro, porque ya lo leí: YA. NUNCA, de Grassa Toro y Cecilia Moreno


UNO. No siempre los libros con mayor cantidad de texto son los que duran más en la lectura. Así funciona la ley densidad en cuestión de libros.

YA. NUNCA. Grassa Toro, textos, Cecilia Moreno, ilustración. Edición de A buen paso, Barcelona, 2015.

YA. NUNCA. Grassa Toro, textos, Cecilia Moreno, ilustración. Edición de A buen paso, Barcelona, 2015.

DOS. A contracorriente de lo que creen muchos, pienso que las lecturas breves son las más duraderas. El libro YA. NUNCA tiene 44 páginas, 28 ilustraciones (según cómo se cuenten, porque el libro contiene un juego de páginas caladas que puede hacer mutar algunas ilustraciones y convertirlas en otras), 34 líneas (¿versos?), 117 palabras (incluyendo las dos del título). No tiene portadillas. No tiene guardas. Los datos de registro están en la contracubierta. En la cubierta aparece una casa construida en altura. Mediante una pequeña escalera se accede a una pequeña puerta. La puerta está cerrada, pero vemos una gran ventana con sus postigos abiertos de par en par, y en el interior de la casa se adivina la vegetación de dos árboles: uno crece desde el techo, otro desde el piso. Tanto la casa como los troncos de los árboles son de color negro. Las hojas de los árboles son de color amarillo: el mismo color del humo que sale por dos chimeneas recortadas sobre el tejado. La tapa del libro es intrigante: desde antes de entrar al libro se nos ofrece, en dos palabras y en una imagen, una simetría imposible. La simetría de dos adverbios de tiempo: ya, nunca. La simetría de dos árboles que crecen hacia arriba y hacia abajo. La simetría interna de la palabra hogar: casa / estufa (¿y si la casa que aparece en cubierta fuera una salamandra?, ¿y si el libro al que entramos con el afán de ventilar algo terminara por quemarnos?). Y es como si esas dos columnas de humo, esas señales de humo, que emergen por sobre el tejado, nos avisaran que si entras a este libro, el calor de la química de la poesía y de la termodinámica de las ilustraciones modificará la estructura molecular de tu sensibilidad y de tus pensamientos. El que toca este libro, toca una metamorfosis. Ya no serás como antes. Nunca habrás sido igual. Así me precipito en este libro.

TRES. Entras al libro sin preámbulos. Lo dijimos: el libro no tiene guardas. Entras a este libro y no hay quien te guarde: tampoco hay marcha atrás. Ah, la irreversibilidad de ciertos actos. Las dos primeras líneas del libro están en el reverso de la cubierta. Están en letras mayúsculas. Todo el texto del libro apuesta a una tipografía de letras mayúsculas, como si la voz que habla, más que hablar, quisiera gritar. También marca las palabras NUNCA y YA con un tamaño de fuente más grande y en negritas. Así se entra en algunos libros.

CUATRO. Las dos primeras líneas, esos dos primeros versos del texto de Grassa Toro, dicen:

NUNCA
NACERÉ

En el reverso de la cubierta, donde están inscriptas esas palabras, vemos una ilustración. Es la silueta, negro sobre blanco, de un diente de león al que se le están volando algunas semillas. La imagen ya encierra una contraposición entre texto e imagen. El adverbio nunca, que habla de un tiempo imposible, de un no-tiempo, contrasta con el movimiento, el viento, que sugiere en la imagen el transcurso de una irreversibilidad: la semilla que vuela ya no es el diente de león, ya no integra la flor. Dados ciertos movimientos, es claro, no hay vuelta atrás. También contrasta con la sugerencia simbólica de la fuerza de deseo que propone siempre un diente de león soplado por el viento. Y el texto, en sí, encierra una contradicción, porque hay allí formulada una paradoja: la voz que habla afirma una negación; es como si esa voz naciente se negara a sí misma. ¿Cómo puede hablar algo/alguien que afirma que no habrá de nacer nunca? ¿Cómo puede nacer un libro que dice que no nacerá? Así nace una confusión, así se confunde un nacimiento. Así el arte de las paradojas.

Interior. Doble o cuádruple página (si tomamos a la página con la silueta calada como una doble página inserta entre las otras dos).

Interior. Doble o cuádruple página (si tomamos a la página con la silueta calada como una doble página inserta entre las otras dos). “Nunca naceré. Ya he callado”.

CINCO. El reverso de la cubierta está en contraposición y complementación con la primera página del libro. Esa primera página es una silueta humana: la página está calada, recortada, y dibuja una figura humana que asoma (¿brota?) por detrás de unos matorrales. Si damos vuelta esa página calada (idéntica de un lado y del otro, aunque respetando el eje de simetría), vemos que cambia el ángulo de visión del personaje que asoma. En la página siguiente aparecen dos nuevas líneas. Dicen:

YA
HE CALLADO.

De un lado había un diente de león. Del otro, entre paréntesis, por debajo del YA y por encima del texto “HE CALLADO”, se dibuja la silueta de un grillo. La figura humana, escondida entre los matorrales, mira alternativamente a un lado y al otro del juego adverbial: NUNCA NACERÉ / YA HE CALLADO. Mira alternativamente al juego simbólico que sugiere el diente de león (¿el deseo?) o el que sugiere el grillo (¿lo efímero del canto?). Nosotros, los lectores, desde ese abrupto comienzo, no podremos dejar de mover la imagen humana a un lado y al otro de la página, y no podremos dejar de preguntarnos, ya nunca, cómo es posible que alguien, algo, que no ha nacido, que ya ha callado, vaya a decirnos algo, algo extraño, algo misterioso, algo inquietante, algo importante (sobre el nacer, sobre el hablar, sobre el cantar, sobre el movernos, sobre lo irreversible de la acción humana), algo que exige la máxima atención de los sentidos (mirar, tocar, oír) y la máxima tensión del pensamiento (descifrar, contradecir, recortar la silueta paradójica de lo pensable y de lo impensable, de lo decible y de lo indecible). Así entramos en estado de poesía.

“Ya he mentido. Nunca construiré nidos.”

SEIS. Cada verso, en cada página (o doble página según el caso), comienza alternativamente con uno de estos dos adverbios de tiempo: NUNCA o YA. Eso se cumple en todo el libro con una sola excepción (a mitad del poema hay dos versos seguidos que inician con el adverbio YA). Cuando los versos comienzan con el adverbio NUNCA, el verbo está conjugado en futuro: NUNCA habrá futuro. Cuando los versos comienzan con el adverbio YA, el verbo está conjugado en un pretérito perfecto compuesto, con lo cual se afirma que la acción mentada YA ha acabado en relación con el presente desde el que se habla. Y así, en la alternancia de los versos iniciados en NUNCA y en YA, lo que se tensiona es el tiempo presente en sí: tanto el futuro (¿de verdad no habrá futuro?) como el pasado (¿de verdad ya se ha acabado?) resultan cerrados, pero sin embargo hay una voz que habla aquí y ahora, una voz que nos dice que en los pliegues de este libro, en el calado de las páginas, en el movimiento de superposiciones de las imágenes que alteran y modifican la ilustración a un lado y otro de cada caladura, hay algo que pugna por moverse, por estar, por ser: algo como lo que se mueve en los intersticios del tiempo del decir, del leer y del pensar. Así vive un poema: a favor de la angustia, y en su contra:

“Ya he escuchado cantar un pájaro / Nunca me quedaré dormido en el fondo del mar”
“Nunca volveré a cerrar la nuez / Ya he descubierto donde termina la calle”.

Así seduce el ritmo de las redundancias y las alternancias.

¿Pájaro o señuelo? ¿Rejas o follaje? ¿Libertad o mecánica de la lectura de imágenes?

¿Pájaro o señuelo? ¿Rejas o follaje? ¿Libertad o mecánica de la lectura de imágenes?

SIETE. Cada ilustración de este libro encierra otra ilustración posible. Es como si las ilustraciones de Cecilia Moreno NUNCA estuvieran del todo definidas, porque al mover las páginas, caladuras mediante, descubrimos que lo que veíamos al principio YA no es como era. Me detengo en una de las ilustraciones centrales. Es una doble página donde se dibuja el follaje de un árbol en el que aparecen dos pájaros enfrentados (a un lado y al otro de la página). Superpuesta entre esa doble página, otras dos páginas caladas, completamente negras, como si fueran las ramas o las sombras de las ramas del mismo follaje, o como si fueran los barrotes de una jaula. Se dibuja así una suerte de cuadrícula que alternativamente puede cubrir una de las páginas o la otra, o incluso las dos a la vez, si la doble página calada estuviera abierta sobre la otra doble página. Según el calado y la posición de las páginas descubrimos, por ejemplo, que uno de los pájaros, el del lado derecho, tiene un mecanismo de cuerda sobre su blanco plumaje, a la espalda: ¿jaula o árbol?, ¿pájaros de verdad o pájaros de juguete?, ¿lectura mecánica de las imágenes del libro o lectura de libre vuelo? Al juego de las paradojas que propone el poema en el contenido textual se superpone este juego de paradojas que propone la ilustración: se superpone, y cuando pareciera estar enmarcando el texto, en realidad le da vuelo. O al revés. Así se ilustra un libro de poesía.

NUNCA. El adverbio nunca, por más negativo que resulte, no deja de encerrar una promesa. Es sabido que quien dice “nunca” se compromete a hacer algo: porque en el juego de las paradojas del lenguaje, la negación performativa es a la vez una afirmación, un compromiso. Quien dice “nunca”, quiéralo o no, estará diciendo “siempre”.  Así nos mueven las contradicciones, así nos sacude este libro.

YA. Toda lectura encierra una inmediatez respecto de lo leído: “ya lo leí”. Punto. Pero quien dice que ya ha leído algo, traza una distancia respecto de la lectura en cuestión. Un alejamiento en el tiempo. La lectura del libro “YA. NUNCA” juega también con esa tensión, con esa doble necesidad: la de apropiárselo de inmediato en cuanto entramos en él y la de distanciarnos por un tiempo para poder procesar el cimbronazo que nos provoca incursionar en la poesía que nos ofrece la lectura: poesía verbal, poesía visual, poesía diseñada, poesía editorial.

YA. NUNCA. Hay libros que antes de ser libros cargan con un NUNCA en su proyección. Hay libros como que nunca podrían ser publicados: por su potencial dificultad para ser diseñados editorialmente, por su potencial dificultad para ser leídos, entendidos, comprendidos, disfrutados. Hay libros que, paradoja de las paradojas, miedo y temor de los valientes, nunca serían tales si no mediara en este mundo de libros imposibles gente que gusta de desafiar a los NUNCA con un YA. Así agradecemos este libro, a sus autores, a su editorial, y a los futuros lectores que NUNCA lo terminarán de leer, una vez que YA lo hayan leído.

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Para tu colección de alegorías: “La caja de las palabras”, de Mar Benegas y Eva Vázquez

para Iris Rivera, ella sabe el porqué

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Zapatos, camisas, vestidos, si no son del talle adecuado, pueden quedarle grandes a una niña de cuerpo menudo que anda por los 4 o 5 años y que está empezando a hablar con soltura. También, y seguramente, pueden quedarle grandes algunos muebles: como ser una mesa, un armario, una butaca. ¿Puede, acaso, también, una palabra quedarle grande a una niña así? ¿Qué puede significar que una palabra le quede grande a un niño o a una niña?

Así comienza esta historia:

Cuando Ari le dijo a su madre: –Mamá, ¿qué es metáfora?, ella contestó: –Cariño, esa palabra aún te queda grande.

La niña acude entonces a su padre y repite la pregunta. El padre le contesta lo mismo, y agrega:

Hay palabras que tendrás que guardar hasta que estés preparada para saber su significado.

En las dos escenas ilustradas que abren el libro, “La caja de las palabras” (de Mar Benegas y Eva Vázquez), la niña va paseando por la casa la palabra METÁFORA: la lleva a rastras con una cuerda, como si cargara un juguete. En la primera escena, cuando la niña le pregunta a la madre qué es “metáfora”, del juguete solo se muestra la parte delantera META, mientras que en la segunda escena, cuando la niña le pregunta al padre, se muestra la parte trasera FORA. La palabra en cuestión es un juguete inmenso, un juguete tan grande que no solo le vendría a quedar grande a la niña, sino que, también parece, le queda grande a las páginas del libro, o al hogar donde se desarrolla el asunto, e incluso, por qué no, a los padres de Ari.

"La caja de las palabras". Texto de Mar Benegas. Ilustraciones de Eva Vázquez. Editorial Lóguez, España, 2014.

Interior del libro “La caja de las palabras”. Texto de Mar Benegas. Ilustraciones de Eva Vázquez. Editorial Lóguez, España, 2014.

¿Y qué hacer, entonces, con el caos que emerge ante la pregunta de la niña? La madre sugiere: esperar, tener paciencia. El padre sugiere: guardar las palabras para después, y estar preparado. La niña, que tal vez entendió bien el asunto, actúa: se dispone a coleccionar. Ari busca una caja bonita para guardar dentro las palabras de las que no entiende el significado. He ahí la caja de las palabras. He ahí el motivo que subyace a cualquier coleccionista, esa actitud tan propia de la infancia y de los buenos conocedores.

La niña va a recorrer su mundo y, día a día, se encontrará con nuevas palabras que, tal parece, “le quedan grandes”:

Así las fue coleccionando, y crecieron cada día, y todas las guardaba como un tesoro: anónimo, batiburrillo, condensación, intríngulis, psicología, lar, onomatopeya, acrílico…, pero su preferida entre todas seguía siendo metáfora.

La caja de las palabras va cobrando la dimensión de una colección. Una colección en la que el único orden posible es el que la niña da a las palabras según su caprichosa intuición o según el halo mágico de las constelaciones que cada palabra dibuja, involuntariamente, en la memoria del caos que la niña adivina, registra y repara en su praxis de esperanza y paciencia.

Tapa del libro "La caja de las palabras".

Tapa del libro “La caja de las palabras”.

Así irán las cosas hasta que llegue el momento en que, según sus padres, la niña esté preparada para acceder a un mundo previamente ordenado, un mundo en el que los significados queden ordenados de un modo unívoco, y donde a cada palabra le quepa un sentido correcto en el orden del discurso: el mundo del diccionario.

¿Qué sucede, ahí, cuando la niña descubre el diccionario, o sea, cuando descubre que hay otro orden distinto del de su colección? ¿Pierde acaso el encanto del juego? ¿Pierde la tensión dinámica de su praxis de coleccionista, praxis de esperanza y de paciencia adivinatoria? ¿Será que la espesura, la inmensidad, el sonido preferido de la palabra “metáfora” tendrá también un significado preciso, cristalizado en el orden del mundo heredado, el orden del mundo paterno, el orden de “los grandes”? ¿Cabe otra posibilidad?

Walter Benjamin, el filósofo, reivindica la extraña capacidad del coleccionista: la de quitar de contexto a los objetos coleccionados, dispersos, extraviados en el caos, a fin de redimirlos y crear nuevas constelaciones a partir de cada uno de ellos y de los vínculos imaginarios que ofrece su disposición en la colección. Constelaciones y vínculos que pueden resultar absurdos para los ojos de otro que no sea el coleccionista.

En lo que hace al coleccionista, y sin duda en cada uno de sus objetos, el mundo está presente y ordenado. Pero esto en relaciones sorprendentes, incomprensibles sin más para el profano. Pues se encuentra, en efecto, respecto al orden y esquematización que son habituales en las cosas, más o menos como el orden dominante en una enciclopedia confrontado a un orden natural. […] Así, tanto los datos ‘objetivos’ como por supuesto cualquier otro dato, reúnen para el verdadero coleccionista, en cada una de sus posesiones, una completa enciclopedia mágica, un orden del mundo cuyo esbozo es el destino mismo de su objeto.”

Obra de los pasajes, H 2, 7; H 2 a, 1

Todo coleccionista tiene, sin dudas, algo de la predisposición con la que cuenta Ari, la niña de este cuento, a la hora de juntar y guardar palabras. Todo coleccionista sufre la tensión entre los significados de un orden natural con el que se enfrenta (en el caso de Ari, el orden del discurso), que en principio resulta impenetrable, y un orden creado ad hoc, el “orden desordenado” de la colección, el orden caótico de la frase improvisada (“Creo que estas lentejas saben a metáforas, son muy acrílicas“, suelta Ari en un momento), orden que, de primeras, opera como forma de ajustar la ansiedad del sujeto en pos de comprender lo que le es dado esperar, lo que habrá de advenir, a la vez que evita que los objetos coleccionados se pierdan, se extravíen para siempre, se olviden.

En definitiva, el coleccionista –nos avisa Walter Benjamin– juega entre el “desorden productivo” con el que opera una especie de “memoria involuntaria” (la memoria del coleccionista: Ari va juntando-recordando sus palabras en función de encuentros casuales con ellas, encuentros inesperados que suceden en el discurso de la plaza pública) y un orden que la niña aún no conoce, que es el orden de la “memoria voluntaria”, propia del registro que otorga una posición, un número, un espacio unívoco (el orden del diccionario, por ejemplo, el orden de las taxonomías): orden éste que puede hacer desaparecer incluso al objeto en pos de su significado preestablecido. Porque se sabe que a todo impulso creativo le sigue el frío equilibrio del orden; al descubrimiento, la clasificación; a la revolución, la restauración; a la caja de las palabras, el diccionario… Y esa tensión no se salva sin más.

¿Será que la curiosidad de Ari, su praxis de coleccionista con afán salvador, su tesón esperanzado en conocer el destino de las palabras más extrañas (ese mundo desconocido para ella, y que le queda grande), su capacidad de adivinar y construir nuevos significados a partir de los fragmentos rescatados, todo ello, se habrá de perder inexorablemente en la falsa completitud de un nuevo orden impuesto?

Ilustración interior de "La caja de las palabras".

Ilustración interior de “La caja de las palabras”.

Benjamin, el filósofo que, a su modo, también supo coleccionar saberes, pone junto con la figura del coleccionista una segunda figura que parecería querer dejarlo a buen resguardo: la figura del alegórico, la del creador de alegorías, que tendría mucho que ver con la melancolía propia de la infancia, melancolía que no deja de ser, tal como él la concibe, una fuerza de transformación:

Al gran coleccionista le perturba de modo por completo originario la dispersión y el caos en que se halla toda cosa en el mundo. […] El alegórico en cambio representa el polo opuesto del coleccionista. Ha renunciado a iluminar las cosas con el empleo de la investigación de sus afinidades o su esencia. Así que las desliga de su entorno, mientras que deja […] a su melancolía iluminar su significado. El coleccionista, por su parte, liga aquello en que ve correspondencia; así puede alcanzar una enseñanza sobre las cosas por sus afinidades o su sucesión en cuanto al tiempo. […] En lo que atañe al coleccionista, su colección jamás está completa, y aunque le falte una sola pieza, lo coleccionado permanece como mero fragmento, como desde siempre son las cosas en cuanto hace a la alegoría.

Obra de los pasajes, H 4 a, 1

¿Será que acaso la niña de este cuento logre dar el paso que la lleva desde la actitud del coleccionista a la actitud del alegórico, conservando para sí un poco de cada una de esas dos actitudes cómplices? ¿Será que el significado de la palabra METÁFORA, su palabra preferida, va a tener para ella un destino congelado en el orden del diccionario del mundo adulto? ¿O, por el contrario, logrará Ari convertir esa palabra, con su fragmento de significado, en otra cosa, algo que trascienda acaso como una pieza singular en la cosmogonía única del saber adivinatorio de la infancia y del lenguaje más vivo de los que crecen día a día, los que crecen melancolía tras melancolía?

Ilustración interior de "La caja de las palabras".

Ilustración interior de “La caja de las palabras”.

Si te respondo estas últimas preguntas, me temo que estaré revelando, antes de tiempo, lo que para mí es el significado más profundo de este cuento. Creo que no puedo anticipar (sería un “spoiler”) lo que para mí, y adivino que también para el cuento, sería la respuesta a lo que he preguntado más arriba. Y no es que piense que mi interpretación pueda “quedarte grande”, qué va. Es que prefiero que tengas paciencia y que esperes a conseguir este libro y leerlo a su tiempo, o sea, al tuyo. Quién te dice que, entonces, una vez que lo tengas contigo y que lo hayas leído y releído, no puedas incorporarlo a tu colección de los grandes cuentos de la literatura infantil de nuestra época. ¡Quién te dice!

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La caja de las palabras
Texto: Mar Benegas
Ilustraciones: Eva Vázquez
Número de páginas: 40
Encuadernación: Cartoné
Editorial: Lóquez Ediciones

Receta para ser crueles a conciencia. Wonder Ponder y la primera entrega de Filosofía Visual para Niños: “Mundo cruel”

En 1963, cuando Hannah Arendt quiso explicar el carácter y la mentalidad de uno de los protagonistas de la barbarie que se desarrolló durante la segunda guerra mundial, acuñó una idea: la de “la banalidad del mal”. Con ello no quería decir que los responsables de los actos de barbarie (torturas, asesinatos, violaciones, exterminio masivo) fueran inocentes y no debieran de ser juzgados y condenados. Quería señalar, en todo caso, que esos actos no respondieron a una capacidad excepcional de crueldad humana, y que, en definitiva, las acciones criminales se habían llevado a cabo en el marco de un sistema: un régimen industrial y burocrático del asesinato en masa, orientado a la exterminación del ser humano.

Los responsables de la barbarie habían actuado en cumplimiento de órdenes, de planes y de reglas, sin pararse a pensar, sin reflexionar, sin cuestionarse sobre lo que hacían ni sobre sus responsabilidades. De algún modo, encontraban sus prácticas como algo “normal”. El “mal” no era, así, un asunto humano, sino un resultado sistémico: un engranaje, una pieza de ingeniería, un conjunto de pautas de acción sin necesidad de ser legitimadas.

Planteando el problema de “la banalidad del mal”, Hanna Arendt, que fue muy criticada por esta idea, rompía radicalmente con los conceptos de una “naturaleza humana” buena (Rousseau y el “buen salvaje”) o mala (Hobbes y “el hombre como un lobo para el hombre”), y subrayaba la complejidad de unas condiciones históricas, sociales, culturales, políticas (la condición humana) para alertar luego sobre la necesidad de estar muy atentos a la banalización del mal y evitar, entonces, que se repitiera.

70 años después del final de la segunda guerra mundial, una hora de telediario nos alertará sobre el hecho de que “la banalidad del mal” no solo no se ha detenido, sino que se ha agudizado. Por su lado, la participación en ámbitos de socialización de la infancia también nos dejará ver que, en distintos grados, con distintas implicancias, sin la carga de aberración que comportó (y aún hoy comporta) la guerra, niños y niñas pueden desarrollar actos de crueldad que resultan banales.

¿Por qué las sociedades humanas no pueden detenerse a reflexionar sobre este asunto de la crueldad? ¿Por qué a los humanos nos resulta tan difícil pensar en todos aquellos actos que cometemos a diario, voluntaria o involuntariamente, donde la crueldad se manifiesta de manera más o menos dañina? ¿Y cómo se podría hacer para reflexionar sobre estos temas junto con las nuevas generaciones, allí cuando, de un modo u otro, niños y niñas desarrollan o anticipan actos de crueldad de diversos grados y en distintas modalidades?

Ya sé que no es comparable el acto de torturar a una persona hasta la muerte y la “travesura infantil” de hacer fumar a un sapo hasta que reviente o de aplastar hormigas, pero pienso que si los humanos vamos a ser crueles, es mejor que al menos seamos conscientes de que lo somos, y de qué manera. Quizás eso ayude a corregirnos.

"¡Te pillé!", lámina con escena de crueldad incluida en "Mundo cruel", Filosofía visual para niños, de Wonder Ponder.

“¡Te pillé!”, lámina con escena de crueldad incluida en “Mundo cruel”, Filosofía visual para niños, de Wonder Ponder.

En esa dirección, me gustaría presentar hoy una propuesta que apunta a tomar conciencia sobre la crueldad y sus formas. Visualizar el problema. Hablar de ello. Pensar en ello. Reflexionar sobre ello.

La primera entrega del proyecto de “Filosofía visual para niños” de Wonder Ponder nos ofrece una receta para esto: incluso cuando, estamos avisados, no hay recetas.

Ingredientes:

– una caja de 17 x 17 cms.

– 14 láminas con escenas que contienen un breve relato ilustrado acerca de la crueldad y muchas preguntas sobre el tema

– 3 láminas para crear escenas propias

– 1 lámina con propuestas de uso e ideas para “wonderponderear” (de “wonder”: preguntarse y asombrarse; y de “ponder”: reflexionar).

– 1 lámina con una breve guía de conceptos esenciales para condimentar el conjunto

– 1 poster desplegable para colgar en el dormitorio y mirar mientras hacemos la digestión

Modo de preparar:

En un lateral de la caja indica: “Abre, mira, piensa”. De todos modos, supongo que se puede variar el modo de cocinar los ingredientes. Por ejemplo: mirar, abrir, pensar. O pensar, mirar, abrir. O abrir, pensar, mirar… Y así, sucesiva y alternadamente, a gusto de los invitados.

De mi parte, antes de abrir la caja, me percaté que el asunto está muy bien diseñado, cosa que luego verifiqué al abrirla y al encontrar los ingredientes antes enumerados. Hay aquí una línea de diseño que pone en juego un proyecto entero de comunicación: idea, concepto, textos, imágenes, ilustraciones, dinámicas de uso, propuestas de apropiación, modalidades de compartir, objetivos, destinatarios y preguntas: una cantidad de preguntas, arriba de 100 preguntas más o menos abiertas.

Y que conste: lo de poner en juego no está dicho como una metáfora. La caja de “Mundo cruel” puede ser utilizada como si se tratara de un juego de mesa. Y está bien, porque hay mucho de juego aquí. Pero enseguida nos daremos cuenta de que este “Mundo cruel” también tiene algo de libro, y no solo por el ISBN que figura en una de las láminas destinada a la información sobre las autoras y sobre el proyecto, sino también por todo el trabajo de edición con el que se ha ofrecido este proyecto de “filosofía visual para niños”: se trata de un libro en el que las páginas no están cosidas para facilitar así que el lector pueda definir y alterar cualquier orden de lectura.

"Mundo cruel. Filosofía visual para niños" de Wonder Ponder. Textos de Ellen Duthie. Ilustraciones de Daniela Martagón. Editorial Traje de Lobo, España, 2014.

“Mundo cruel”. Filosofía visual para niños. Proyecto de Wonder Ponder. Textos de Ellen Duthie. Ilustraciones de Daniela Martagón. Editorial Traje de Lobo, España, 2014.

Las láminas presentan escenas de crueldad muy diversas, que van desde la imagen de un león devorando a un cabrito hasta la de una niña aplastando hormigas, pasando por una escena de acoso escolar. Las escenas se conforman con unas ilustraciones de carácter expresionista, con un toque naíf, muy en la línea de los fanzines punk de los años 80. Entiendo que la ilustración, trabajo de Daniela Martagón, es muy apropiada para niños, sobre todo cuando se espera de ellos que se involucren en la creación de nuevas escenas de crueldad. Debajo de las escenas ilustradas, un breve texto (de una línea o dos), hace hablar a algunos de los personajes ilustrados, reforzando con las palabras el acto de crueldad que se ilustra.

En el reverso de la lámina, un conjunto de preguntas muy directas, lo suficientemente próximas al mundo y a la vida diaria de los niños, desordenadas a propósito en torno a globos que no pretenden sistematizar ningún discurso, preguntas que buscan disparar una discusión amplia y profunda sobre el acto de crueldad que se ilustró en el anverso. Una discusión que al modo socrático fomente la conversación y la escucha, que permita expresar el acuerdo y el desacuerdo, que motive a dar razones para justificar la opinión:

¿Los castigos funcionan? ¿Crees que los castigos son crueles siempre o a veces están bien? ¿Es cruel obligar a alguien a hacer algo que no quiere hacer? ¿Pueden ser crueles los animales? ¿Alguna vez se ha reído alguien de ti cuando te has caído o has tenido un accidente? ¿Te gustaría vivir en un zoo? Si el cazador matara a Blancanieves, ¿quién sería responsable de su muerte: el cazador o la reina? ¿Hay vidas que valen más que otras? ¿Hay alguna diferencia entre comer pollo y comer gato? ¿Alguna vez has matado algo sin querer? ¿Cómo te sentiste? ¿Podemos ser crueles con nosotros mismos? ¿Cuándo deja algo de ser un juego y se convierte en crueldad?

Anverso (ilustración) y reverso (preguntas) de una de las 14 láminas con escenas de "Mundo Cruel"

Anverso (ilustración) y reverso (preguntas) de una de las 14 láminas con escenas de “Mundo Cruel”

Como decía, el proyecto tiene un diseño muy pensado. Es claro que refleja y recoge una larga experiencia de trabajo con niños en torno a ese afán de poner la filosofía al alcance de los más pequeños, justamente, a lo que se dedica una de las autoras de “Mundo cruel”, la escritora Ellen Duthie, quien además viene poniendo su trabajo al alcance de todos desde hace dos años, a través de uno de sus blogs: Filosofía a la de tres.

Es claro, también, que se recoge aquí un trabajo de la autora muy inserto en lo mejor de la Literatura Infantil, lo que la aleja de confundir la literatura con la autoayuda, o la autoayuda y la “alfabetización emocional” (sic) con esta propuesta de acercar la reflexión filosófica a los más pequeños, para jugar pensando, para pensar jugando, para invitar a la reflexión y al diálogo sin el afán de adoctrinar, buscando estimular “el desarrollo de un pensamiento propio y facilitando la construcción de un mapa visual y conceptual del tema abordado”, como bien dice debajo de la caja del juego, o sea, en la contratapa del libro.

A mi gusto, esta propuesta de filosofía visual con niños (está recomendado a partir de los 8 años, aunque pienso que se puede ofrecer a niños más pequeños) facilitará la puesta en escena de los distintos temas que se pretenden abordar: al tema de la crueldad, que es el de esta primera entrega, sucederán los temas de la identidad personal, lo posible y lo imposible, la libertad, la realidad y la imaginación, la felicidad y el sentido de la vida. Vale decir, con “Mundo cruel” se da inicio a un proyecto ambicioso que, así lo creo, prosperará, pues contagia entusiasmo y atiende a una necesidad de conversar con los niños, una necesidad cada vez más sentida en los hogares y en los ámbitos educativos.

Y por cierto, a mí este libro-juego me enganchó muchísimo, y no solo me quedé pensando largo en el asunto de la crueldad, sino que además ilustré y creé mi propia escena en una de las láminas que se incluyen para ello:

Mi propia escena de "Mundo cruel": "Pero si yo solo te insulté", y del lado de atrás, algunas preguntas: ¿Qué es más cruel: insultar o golpear?; ¿Está bien responder al insulto con un buen puñetazo?; ¿Cómo te sientes cuando te insultan?; ¿Cómo te sientes cuando le pegas a alguien?; ¿Se justifica, a veces, golpear a alguien?

Mi propia escena de “Mundo cruel”: “Pero si yo solo te insulté”, y del lado de atrás, algunas preguntas: ¿Qué es más cruel: insultar o golpear?; ¿Está bien responder al insulto con un buen puñetazo?; ¿Cómo te sientes cuando te insultan?; ¿Cómo te sientes cuando le pegas a alguien?; ¿Se justifica, a veces, golpear a alguien?

Sí, sí, ya lo sé: no soy bueno dibujando, vale. Pero esto es para seguir con el tema, con el proyecto y con mi entusiasmo…

 

Filosofía con niños: se podría empezar con nada

Hace unos días veía un documental francés titulado “Ce n’est qu’un debut” (“Solo es el principio”), dirigido por Pierre Barougier y Jean-Pierre Pozzi. El documental registra un proyecto que busca introducir la filosofía en los cursos de preescolares. La película se ocupa del trabajo de una maestra con niños de una escuela periférica durante dos años: el primer año, durante el trabajo con un grupo de cuatro años; el segundo año, con el mismo grupo cuando ya tienen cinco años.

Cuando comienza el documental, y el proyecto, vemos a una maestra que enciende una vela y, con ese sencillo ritual, inicia una dinámica de diálogos filosóficos con los niños. La maestra, entonces, le pregunta a los niños: “¿Qué significa hacer filosofía con ustedes?”, y un pequeño responde: “Hablar”. Ella dice, “Hablar, sí. Y tendrán que…”, y otro pequeño, muy enterado, agrega: “Reflexionar”. Y de eso va toda la película. De ese esfuerzo, de esas dificultades. Los temas abordados son múltiples: el miedo, la amistad, la muerte, la inteligencia, el poder, la libertad, la diferencia… Y las discusiones muestran cómo se involucran los niños, ya cargados de prejuicios, ya libres de ellos. En ese punto, la discusión sobre qué es el amor resulta imperdible, cuando se coloca en torno a la luz de esa vela una discusión sobre códigos de sexo-género, homosexualidad y diversidad sexual.

El documental está muy bien logrado en el sentido de mostrar las dificultades y también las muchas oportunidades que se abren al llevar adelante un trabajo de conversación reflexiva con niños tan pequeños. Dificultades propias de la edad. Dificultades propias del intercambio “filosófico” entre el mundo adulto y el mundo infantil.

En esa dirección, me quedé pensando en el papel que pueden jugar los libros alrededor de un proyecto como ese. No digo libros de lectura literaria, libros de LIJ, sino libros de divulgación filosófica (o de divulgación de temas cívicos o sociales) accesibles a esas edades.

Y entonces me encontré con este libro que me resultó una pequeña maravilla: “¿Qué es la nada?”, de Antje Damm, editado en Alemania en 2009, y llevado al castellano por la editorial argentina Iamiqué.

¿Qué es la nada?, de Antje Damm, editado por la editorial especializada en libros informativos y de divulgación científica para niños, Iamiqué. Argentina, 2014 (traducción de Alejandra Villar).

¿Qué es la nada?, de Antje Damm, editado por la editorial especializada en libros informativos y de divulgación científica para niños, Iamiqué. Argentina, 2014 (traducción de Alejandra Villar).

El libro se organiza en base a preguntas que se formulan al lector, a la acumulación de eventos en torno al significado de la palabra nada (que siempre se destacará tipográficamente en el texto), al contraste y la comparación entre ideas abstractas relativas al uso de la palabra nada e imágenes muy concretas que ilustran esas ideas (con fotografías o con dibujos, o con la combinación de ambos), a la puesta en juego de pequeños textos literarios (poemas) o textos reflexivos de niños (que intentan definir, a sus 8, 9 o 10 años, qué es la nada), a algunas informaciones históricas (nombres de filósofos que han reflexionado sobre el asunto, obras de arte sobre el tema). En definitiva, una organización bien definida, donde preguntas, eventos, ideas, imágenes, textos e informaciones confluyen desde sus detalles para aportar a la construcción de una reflexión muy amplia sobre el tema.

En su primera página, el libro comienza con una frase contundente: “Hay muchas cosas sobre las que no sabemos nada”. Y es como si no pudiera haber otro principio que el de esa carencia, el de esa incertidumbre, el del desconocimiento, el de la nada misma para iniciar una conversación y una reflexión con niños y niñas bien pequeños: ya sobre la nada, ya sobre cualquier otro asunto filosófico propio de las inquietudes humanas. Luego, en el libro, se sucederán las afirmaciones tajantes y también las preguntas inquietantes encargadas de sacudir cualquier seguridad sobre el tema, o sobre el modo en que hablamos del tema:

¿Podemos pensar en nada?

¿No hay nada después de la muerte?

¿Realmente no se ve nada cuando está muy oscuro?

¿La nada es un agujero?

¿Nada es imposible?

Un interior del libro, siempre planteado a dobles páginas con textos e ilustraciones en juego.

Un interior del libro, siempre planteado a dobles páginas con textos e ilustraciones en juego.

Quizás este libro sea más apropiado para niños en edad escolar que para los preescolares. No lo sé, no estoy seguro, habría que probar. Pero al margen de eso, su lectura atenta puede aportar muchas ideas para pensar cómo reafirmar, con algún tipo de libro, el proyecto de llevar la filosofía a los más pequeños. Un desafío. Porque en la actualidad, cuando más de un político-tecno-burócrata de turno plantea recortar los programas y los horarios de estudio dedicados a la enseñanza de las materias humanísticas (filosofía, literatura, artes…), es bueno repasar estos proyectos y estos libros, y tratar de entender algo sobre su necesidad y su importancia para todas las edades.

Y entonces, tal vez, volver a abrir la mente, volver a pensar en preguntas ontológicas que nunca son del todo contestadas, como la clásica: ¿Por qué hay algo en lugar de nada?

En fin, sea como sea, se empiece como se empiece: algo es algo. Y bienvenido.

Nada y algo. Eso.

Nada y algo. Eso.