Por sus espigas la reconocerán: entrevista con Ana Garralón

Ana Garralón es especialista en libros para niños, labor a la que se dedica desde ya hace más de tres décadas. Un repaso a su biografía nos la presenta como un personaje que bien podría habitar en un libro de aventuras o en alguno de esos libros de viaje de científicos exploradores. En todo caso, cuando uno la conoce en persona, luego de haberla leído en libros y en publicaciones en la red, descubre a una mujer espigada, amable, sonriente, con el rostro y los gestos de una niña inquieta y con la picardía de alguien que está pensando su próxima travesura: un proyecto, un taller, una conferencia, la reseña de un libro insospechado o un artículo que, seguramente, una vez publicado en su blog, va a causar revuelo en el ambiente. Ese afán crítico e inconformista, sumado a una sólida formación y a un saber enciclopédico, la ha posicionado como una voz de referencia en el mundo hispanohablante de la literatura infantil y juvenil, donde se la admira y se la estima por sus lúcidos aportes intelectuales y por su generosidad docente. Garabatos y ringorrangos tuvo el gusto de conversar con ella y de entrevistarla para los lectores de este blog. Aquí lo que nos dejó “espigar” en esta oportunidad.

Ana Garralón, en Río de Janeiro, pluma en mano.

Ana Garralón, en Río de Janeiro, pluma en mano.

G&R: A menudo, cuando se habla de Literatura Infantil, se cita la idea de María Teresa Andruetto sobre una literatura sin adjetivos. Según esta destacada escritora y ensayista, lo que importa es la literatura a secas, lo sustantivo de la literatura, y es completamente secundario el aspecto de la edad del destinatario. No obstante, el calificativo sigue haciendo su fuerza cuando nos detenemos a considerar ese espacio de la literatura destinado a los niños. Has dicho que no cualquier escritor, por más bueno que sea, logra escribir para niños. Y pienso que no cualquier libro tiene un carácter infantil o es accesible para los niños sin más. ¿Estás de acuerdo con que la Literatura Infantil, sea cual sea su calidad, tiene sus especificidades en relación con el destinatario? Si así fuera, ¿cuáles piensas que serían esas especificidades? ¿Completarías una lista de ocho de ellas?

Ana Garralón: Estoy completamente de acuerdo con las opiniones de María Teresa Andruetto. Creo que ella se refiere a reivindicar lo literario por encima de etiquetas. Pero no necesariamente la etiqueta de infantil, sino a esos adjetivos que decoran y sirven para clasificar la producción de libros para niños. Respecto a la edad del destinatario, no me parece en absoluto secundario, y creo que en la obra de Andruetto no lo es. Aunque un bello libro como Stefano puede ser leído por adultos -creo que ese es el sueño de muchos escritores de literatura infantil- basta una lectura comparativa con sus obras para adultos (publicadas en editoriales que no tienen el sello infantil) para detectar grandes diferencias de tono, tema, estructura y vocabulario. Y, desde luego, estas novelas suyas no soportarían la lectura en un lector de siete años por ejemplo. Si miramos con un poco de atención la historia de la literatura infantil vemos inmediatamente que valiosas obras para niños fueron contadas a niños, escritas para niños y publicadas por sus autores de forma diferenciada a sus obras para adultos. Podemos comprobarlo en autores como Peter Härtling, Lewis Carroll, Mark Twain, C.S. Lewis, R.L. Stevenson, Mirjam Pressler, Leo Lionni o, por citar el ámbito iberoamericano, Verónica Murguía, Francisco Hinojosa, Juan Villoro, Marcelo Birmajer y otros.

Sobre tu lista, ¡con lo que me encantan las listas!… pero no, sería como una receta. Creo que cada escritor ha ido indagando, a veces como ha podido, esta maravilla creativa que es pensar en los niños, buscar en la propia infancia, dejarse inspirar por ellos, ajustar el lenguaje de manera exacta. Rodari leía sus obras a cientos de niños diferentes para encontrar el tono justo; Leo Lionni improvisó en un tren con su nieto y así descubrió su talento; Roald Dahl contó durante muchos años cientos de historias inventadas a sus hijos antes de dormir: seguramente ese rodaje le sirvió cuando decidió sentarse a escribir para ellos. Sendak decía que siempre exploró su propia infancia, pero la de los temores y angustias, para crear algo nuevo. Tomi Ungerer decía algo así como “soy un cabrón y no puedo dejar esto de lado cuando escribo para niños“. Bueno, te he dado cinco.  Pero al igual que en la literatura, ¿cómo podríamos poner en la lista el talento?

"Historia portátil de la literatura infantil", Ana Garralón, Editorial Anaya, España, 2001. (A estar atentos, pues hay en preparación una nueva edición ampliada.)

“Historia portátil de la literatura infantil”, Ana Garralón, Editorial Anaya, España, 2001. (A estar atentos, pues hay en preparación una nueva edición revisada y ampliada.)

G&R: Tu Historia portátil de la literatura infantil comienza subrayando, en lo que hace al origen de esta literatura, la importancia de la tradición popular oral. Pasa de los mitos a los relatos y subraya que los cuentos “incluían mensajes profundos sobre la vida y el comportamiento”, si bien eso no implicaba grandes lecciones morales, y sí, en todo caso, la nutrición recreativa de un imaginario popular. Otras historias, en cambio, subrayan el hecho clásico, grecorromano, de que unos textos ya existentes fueron adaptados para la formación de los más pequeños dentro de las clases dominantes (Seth Lerer, “La magia de los libros infantiles). En esta dirección, en los albores de la cultura, la literatura infantil se definiría por su función pedagógica, orientada a la preservación de la ideología hegemónica. Pareciera que el dilema entre pedagogía y recreación se inscribe en la historia de la LIJ (y en nuestros acercamientos a ella) con un sentido social muy marcado. ¿Piensas que ese dilema, docere – delectare, sigue vigente hoy en día? Si así fuera, ¿cuáles serían las formas, y el sentido, de la tensión entre formación y diversión para la LIJ actual?

Ana Garralón: La tensión entre pedagogía y fantasía se percibe desde el primer libro que se imprimió para niños. Justo en estos días estoy revisando mi libro para una nueva edición y me queda claro que la función educativa de los libros infantiles estuvo siempre presente, para alfabetizar en un tipo de sociedad y formar ciudadanos vinculados a una clase social y, por lo tanto, a una ideología y moral concretas. En la actualidad, con la gran libertad que existe de poder ir a una librería o una biblioteca y leer cualquiera de los maravillosos libros que se publican para niños, me parece que la muralla entre lo que se lee en la escuela y lo que se lee de manera autónoma es enorme. Los libros van a la escuela, de la mano de planes lectores, con actividades para el currículum escolar, con sus pirls y sus evaluaciones y su gran mensaje de que esa lectura es una tarea más. En este sentido, la tensión entre formación y diversión casi no existe: hay libros llenos de valores y con espíritu formativo que están en el circuito, digamos, no escolar, y libros divertidos que figuran en los planes de lectura. Me parece que en la actualidad, el mayor reto es el de la libertad de elección, el de independizar un poco los libros de literatura infantil de las lecturas escolares que buscan rendimientos de comprensión, velocidad, adquisición de vocabulario, cosas todas muy importantes pero que deberían estar incluidas en los libros de texto. Luego tendríamos los libros de lectura personal y un planteamiento escolar con otras herramientas para crear lectores.

G&R: Acuerdo en que la tensión entre formación y diversión se ha relajado: tanto en la biblioteca escolar como en los estantes de las librerías. Una mayor libertad parece estar ofreciéndose a niños y niñas a la hora de elegir lecturas en un lado y en otro. Pero no dejo de percibir que en la infancia, el niño que elige sus lecturas tiende a escoger libros que los adultos propenden a calificar como “lecturas chatarra”. En ese sentido, la separación entre “lecturas de librería” y “lecturas de escuela” parecería estar delimitando una suerte de bipolaridad en el ámbito de la edición de LIJ, con lo cual la independización de la literatura infantil respecto de la literatura escolar iría aparejada con la presencia de sagas, colecciones con personaje central, autores “de culto” y “best sellers” que circulan en librerías (y en algunas bibliotecas) pero no en la escuela. ¿Percibes ese fenómeno? Si lo percibes, ¿consideras que en lo que refiere a la consolidación de “caminos lectores” las llamadas “lecturas chatarras” ayudan a crear “lectores literarios” o, por el contrario, a la larga desestimulan el hábito de la lectura en la medida que acostumbran al lector a un tipo de lectura que no ofrece complejidad ni retos reflexivos?

Ana Garralón: Sobre la bipolaridad entre “lecturas de librería” y “lecturas de escuela”, lo que yo observo es que las lecturas de escuela mantienen un modesto formato de bolsillo, se ajustan temáticamente a todo lo que tenga que ver con el currículum y no innovan demasiado en temas y géneros. Lo que se encuentra en librerías es muchísimo más que sagas y best-sellers: hay una gran diversidad de formatos, ilustradores, ediciones comerciales, populares, clásicos, clásicos ilustrados, poesía, libros de tapa dura y tapa blanda, y no digamos los álbumes ilustrados. Así que me parece que la oferta de librería y bibliotecas es mucho más amplia que la escolar. Otra cosa es que los niños ejerzan su derecho a elegir, muchas veces amparados por el gusto y la recomendación de sus compañeros de aula (y, de manera indirecta, de modas propiciadas por la publicidad). La última parte de la pregunta tengo que confesar que me molesta. Hay un discurso de mediadores que dicen que es “malo” y “peligroso” darles “lecturas chatarra”, y a mí lo que me parece peligroso son esos mediadores que piensan (¡y dicen!) que un lector se hace solamente con buenas lecturas. Si te hago la lista de escritores que hablan de todas las lecturas chatarras que hicieron en su infancia, estaríamos un rato: desde Umberto Eco a Fernando Savater, todos se han formado con variedad de lecturas. Hay un blog que me encanta, Lo leemos así, de Ellen Duthie que ha ido leyendo a su hijo estupendos libros y compartiendo sus reacciones con nosotros. Una de sus entradas la dedica a reflexionar sobre una experiencia producida después leer una “lectura chatarra”, que no tiene desperdicio: Calidad variable: noches oscuras y tormentosas que aportan luz, pues reflexiona sobre cómo los niños van adquiriendo sus criterios comparando unos libros con otros.

Y, por último, además del texto de Aidan Chambers que Ellen cita (¿Qué hacemos con la basura?), el escritor Peter Dickinson, citado a su vez por Chambers, en un texto que siempre disfruto mucho (A Defence of Rubbish) lanza una buena flecha a favor de crecer como lectores con libros de todo tipo y calidad. La verdad, no quiero ni pensar lo que sería un niño educado únicamente con libros llenos de “complejidad y retos reflexivos”, como tú indicas. ¿Sería algo así como un niño que nunca comió chuches? ¿No te daría un poco de pena?

G&R: Sí, supongo que daría un poco de pena esa ausencia de chuches en la dieta del lector infantil, pero mi pregunta respondía a una discusión que, me temo, no termina de resolverse, al menos entre los mediadores. Lamento tu enojo, pero aprovecho tu respuesta para preguntarte dos cuestiones que van juntas. A menudo se dice que la crítica de LIJ no tendría razón de ser en la medida en que los lectores, los chicos, no leen esas críticas. Por otra parte, hay un discurso muy asentado que dice que las niñas y los niños son los mejores críticos: cuando algo no les gusta, no lo leen, y punto. Tú vienes haciendo un sostenido trabajo de crítica de LIJ desde hace años: ¿Cuál crees que es la mejor utilidad de ese trabajo? ¿Quiénes son los beneficiarios de ese trabajo? ¿Estás satisfecha con los resultados obtenidos?

Ana Garralón: Yo estoy muy contenta con este trabajo. Desde el año 1989, que comencé a hacerlo para la revista Educación y Biblioteca, hasta hoy me parece todavía que tiene valor. En mi caso me dirijo a mediadores: padres, bibliotecarios, libreros, docentes, y cualquier persona que tenga que elegir un libro para niños. Los niños no suelen comprar sus libros y la mediación de los adultos es, por lo general, obligatoria. Mi modesta labor, tal y como yo la veo, consiste en espigar y destacar, dentro de la enorme producción, libros ante los que vale la pena detenerse, marcarlos para que no se pierdan en el montón de novedades, escribirlo de manera atractiva. Por ejemplo, la revista Educación y Biblioteca llegaba a bibliotecas de comunidades pequeñísimas donde no había ni una sola librería. Siempre teníamos cartas agradeciéndonos el esfuerzo y me consta que muchos de los libros reseñados eran comprados para que los niños pudieran leerlos y disfrutarlos. Además, la tarea de crítica (siempre me parece muy seria esta palabra: me siento más reseñadora), también es muy interesante para editores, escritores e ilustradores: hay halagos, detalles no percibidos, críticas… también se apoya el trabajo de ellos. En fin, esto no quiere decir en el fondo nada. Es una orientación, una mirada para enriquecer. Y, por supuesto, a los niños les puede parecer horrible un libro que a nosotros nos encanta. Personalmente, como ya dije, me gustaría que hubiera más espacios donde la gente que trabaja con niños nos dijera qué ven ellos. Como primicia (aunque la página está todavía en construcción), estoy montando un curso online sobre cómo escribir una reseña, me gustaría compartir mi experiencia y ayudar a quienes están trabajando ya en la recomendación de libros para niños.

"Si ves un monte de espumas y otros poemas", antología de poesía para niños por Ana Garralón, Editorial Anaya, 2000.

“Si ves un monte de espumas y otros poemas”, antología de poesía para niños por Ana Garralón, Editorial Anaya, 2000.

G&R: Eres autora de una bellísima antología de poesía infantil hispanoamericana, titulada “Si ves un monte de espumas y otros poemas”. ¿Cómo ves la actualidad de la poesía infantil en lengua castellana? ¿Consideras que se la publica de manera suficiente? ¿No crees que hay cierto conservadurismo en el tipo de poesía infantil que se publica actualmente en España, si la comparamos con algunas propuestas que han surgido en América Latina, con voces tan diferentes como las de Laura Devetach, en Argentina, o María José Ferrada, en Chile?

Ana Garralón: Gracias por el piropo, ¡esa antología me ha dado muchas alegrías! Y siempre agradezco a los editores que se toman el enorme trabajo de preparar una antología con la complicación por el tema de derechos que eso conlleva. Sobre tu pregunta, comparando la poesía de España con la de América Latina, te diré, como si fuera un partido, que un país contra 19 siempre está en desventaja. América Latina es casi un continente con muchas voces y lugares, y donde todavía está hoy muy presente el folclore y las tradiciones orales. Pensando un poco más en esto que dices del conservadurismo (y tienes razón) quisiera recordar que, en el siglo XIX ya había voces escribiendo para niños: Rafael Pombo (Colombia), Emilio Ballagas y el libertador (¡un político escribiendo para niños!) José Martí (Cuba), los microgramas de Jorge Carrera Andrade (Ecuador), Claudia Lars (El Salvador), Amado Nervo (México), Rubén Darío (Nicaragua), Gastón Figueira y Juana de Ibarbouru en tu país (Uruguay), entre muchos otros… poetas nacidos en el siglo XIX que iniciaron una tradición. En España hay que llegar al siglo XX y, con él, a los 40 años de asfixia y bloqueos creativos con la dictadura.

"Leer y saber. Los libros informativos para niños", de Ana Garralón. Edita Tarambana Libros, España, 2013.

“Leer y saber. Los libros informativos para niños”, de Ana Garralón. Edita Tarambana Libros, España, 2013.

G&R: Hace años, cuando fui jurado en un concurso, tuve una discusión respecto de un libro de divulgación. El premio era de literatura infantil y, entonces, el libro en cuestión fue descartado del concurso porque se entendió que, al tratarse de un libro informativo, no era literatura. ¿Qué opinas de esto? ¿Cuál es la actualidad de los libros informativos en relación con la literatura infantil y juvenil?

Ana Garralón: Los libros informativos, muy ligados siempre al libro de texto, están, poco a poco, conquistando un nuevo lugar. Ahora que hay tantos ilustradores haciendo álbumes se encuentran muchos libros que están renovando el género con bellas propuestas. Pero sí, si en un concurso se dice que tiene que ser literario, es decir, ficcional, el libro informativo queda fuera, pues hay poco de invención en ellos. Otra cosa es que el libro informativo pueda dar eso que llaman placer de leer, que es algo que comparte con lo literario.

G&R: Para terminar, en el año que pasó estuviste de visita, por razones de trabajo, en Argentina, Brasil y México. En materia de LIJ, ¿qué fue lo que más te llamó la atención en esos países? O preguntado de otro modo: si tuvieras que contarles a los españoles algo de las cosas buenas que se están haciendo en esos países, ¿qué les contarías en primer lugar?

Ana Garralón: ¡También estuve en Colombia!… Llevo viajando a América Latina desde el año 1992 y me da mucha alegría ver el dinamismo y el empeño que hay en muchos países (diría todos pero algunos hace años que no los visito) por organizar proyectos en torno a la lectura y la infancia. Me conmueven historias de las Salas de Lectura en México, donde de manera voluntaria la gente organiza en su casa o donde puede una modesta biblioteca. El año pasado una mujer de Tijuana me contó que subía a un bus cada mañana para leerles a chicas que iban a trabajar a una maquila (fábrica). Me impresiona que este año el Foro de Resistencia (el cual conoces), de la Fundación Mempo Giardinelli, una actividad fuera del ámbito centralizado que es América Latina en general, vaya a cumplir 20 años de actividad ininterrumpida. O  que el gran proyecto que es Conversas ao Pé da Página convoque cada año a más de 1000 asistentes y reúna ponentes de la talla de Michéle Petit, Yolanda Reyes, o Aidan Chambers, por citar unos poquitos. Eventos, en muchos casos, levantados a pulso por personas comprometidas con su sociedad. Pero hay más, hay cosas pequeñas que me asombran, como el Picnic de palabras que surgió en Colombia y va ramificándose, donde unos entusiastas van con un cesto, un mantel y un montón de libros a parques a compartir libros. Creo que tengo el privilegio, por mis viajes y por hablar con tanta gente diversa, de conocer muchas cosas buenas y mi sueño sería que en alguna parte se iniciara un diálogo latinoamericano para mostrar todo ello, compartirlo y crear una red latinoamericana importante.

Y gracias por tu entrevista.

G&R: El agradecido soy yo. Ha sido un gustazo.

Cuestionario LIJero a Sebastián Pedrozo

Casualidades de la vida. El otro día, hurgaba en la biblioteca y me encontré con el número 4 de Bloc, Revista de Arte y Literatura Infantil. En ese número hay formulado un cuestionario que se elaboró a partir de preguntas extraídas de muy buenos libros de literatura infantil. La revista ya no se publica (pero se encuentra en la web). Al ver la revista, recordé que ese cuestionario circuló hace unos años en la red, allá por el 2010. Por entonces no conocía su origen, pero me lo había encontrado en el blog de Cecilia Varela, y lo respondí en el mío. Ahora, para mi sorpresa, me doy cuenta de que Cecilia lo había tomado de “Librosfera”, blog de una especialista de LIJ muy cercana a Glòria Gorchs, una de las personalidades que responde el cuestionario en la revista, bibliotecaria y especialista en LIJ, a la que tuve el gustazo de conocer hace poco en una actividad de la biblioteca Roca Umbert de Granollers, donde ella trabaja.

Y, más casualidades, justo luego de leer la revista, me encuentro con una publicación del escritor uruguayo Sebastián Pedrozo en su Facebook, donde responde a una pregunta sobre su relación con los libros. Dice el escritor:

LOS LIBROS

He comprado libros que regalé el mismo día. He comprado el mismo libro dos, tres, cuatro veces. Y así.

He comprado libros que sabía no iba a leer.

He comprado libros nuevos y viejos, rotos, sin tapas, con capítulos enteros subrayados. Libros que en su última página alguien escribió con pluma “te necesito, María, por favor”. He comprado libros con cartas cerradas dentro, con postales, con boletos, con recetas de cocina.

Libros que, con solo mirarlos, las hojas se desintegran. He comprado libros para ganar la simpatía de mujeres que no sabían que yo existía. He comprado libros para que me perdonen mis amigos. He comprado libros en supermercados, en farmacias, aeropuertos, en la calle, en las ferias vecinales, en asentamientos, en los patios de las escuelas. Libros en idiomas que desconozco. He comprado libros para los hijos que nunca tuve. He comprado libros toda mi vida.

Ahora están por todas partes: en el baño, la cocina, bajo la cama, arriba del ropero, detrás de otros libros que han estado siempre, antes que esta casa, antes que la vida misma. Y se amontonan y crecen, se multiplican en las zonas oscuras. Un día me echarán, con lo puesto, a los árboles, a la playa. Un día me van a expulsar del propio lugar que yo les construí, de los estantes que colgué con simetría para que no se ladearan, perfectos, sin crujir, ni pudrirse. En equilibrio, que yo nunca tuve. Me van a echar de su propia existencia sin humedad. Sin sol directo. Vamos camino a eso. Lo sé. Lo saben el almacenero, mis compañeros de trabajo, el repartidor de soda.

Su aparente silencio es poderoso.

Van a decir que estoy loco, pero creo que son el centro del mundo, confluyen sus voces en un punto donde se genera la energía que me mueve hacia la palabra escrita. Allá voy todos los días. Un poco ciego, un poco hambriento, agazapado en la noche los reviso, releo los mismos párrafos por enésima vez. Me subo descalzo a la vieja silla y desordeno todo. Uno a uno los huelo, hago torres contra la pared. Los limpio. Los acaricio. Les bailo encima. Los abrazo.

Ellos tienen la culpa de mi insomnio eterno. No. Mentira.

Mientras todos duermen, ellos me hablan, y dicen: “no es tu culpa que no te guste la gente. Pero deberías llamarla, mirar a la gente a los ojos, nosotros no vamos a ir a ninguna parte”.

Al terminar de leer esto, supe que él era el candidato ideal para retomar el juego de aquel cuestionario de la Revista Bloc. Sebastián Pedrozo es un excelente escritor (y mejor lector) de literatura infantil y de literatura sin adjetivos. Le fui haciendo las preguntas, una por turno, sin decirle de dónde habían salido (aunque en varias, él descubrió la fuente antes de que yo se la dijera, cosa que hice luego de que él me respondía).

Sebastián Pedrozo, escritor uruguayo, de "Pinar Town".

Sebastián Pedrozo, escritor uruguayo, de “Pinar Town”.

 

Los invito a leer el cuestionario, y los invito, si quieren, a seguir con este juego intentando ustedes contestarlo. Los dejamos, entonces, con Sebastián, a quien le estamos muy agradecidos en Garabatos y Ringorrangos.

 

¿Se puede saber quién eres y adónde vas?

[El espantapájaros a Dorothy, en el capítulo III de “El mago de Oz”, de Frank L. Baum]

Creo que lo sabré cuando llegue. O mejor, quizás no hay lugar a donde ir, hay lugares donde estar. A mí me gusta donde estoy ahora. En este preciso momento, luego, no lo sé. Me da miedo la quietud. El llano. Me da miedo que no haya viento, que no vuelen ramas, que no llueva, que no haya tormenta, que siempre sea verano.

Eso sí, nunca he podido quedarme quieto. De modo que lo que más me importa es el camino. O los caminos. Son todos distintos, algunos más tranquilos. Otros terribles. En todo caso, me gusta que -en el mejor de los casos- el recorrido sea largo, sinuoso: en los meandros se esconde la sorpresa. Y yo nunca pude estarme quieto. La sorpresa es lo opuesto a la muerte.

A veces creo que soy una buena persona. El resto del tiempo estoy seguro que no. A veces hago demasiada idioteces, a veces me enojo tanto que me doy de lleno con la parte más filosa de la ruta.

Y sigo sin aprender.

¿Y eso es divertido?

[Momo a los niños, en el capítulo XVI de “Momo”, de Michael Ende]

El movimiento es la única forma de diversión que conozco. Solo o acompañado, me he divertido empujando barriles cuesta abajo, o leyendo hasta quedar dormido bajo una higuera.

Hacer mover el cuerpo, las palabras. Del resto se ocupa el viento, la lluvia, las estaciones.

¿Qué es una vida humana?

[El hombre gris a los hombres grises, en el capítulo XI de “Momo”, de Michael Ende]

Es lo que queremos ver en los demás, lo que nos dejan ver, lo que podemos ver, lo que nos enseñan a ver.

Lo que verdaderamente es, no lo sé.

Nadie lo sabe.

¿Crees que un muerto está muerto para siempre, o crees que puede resucitar?

[John Silver a Jim Hawkins, en el capítulo XXVI de  “La isla del tesoro”, de Robert Louis Stevenson]

Creo que el mundo se está muriendo desde el primer día. Eso me han dicho. Pero cada vez que alguien se hace esa pregunta, cada vez que se mira a los demás, que se invita a bailar a una chica, que la dama encuentra una carta con su nombre tirada en el jardín, que los amantes duermen abrazados después del placer, se le inyecta vida al mundo, hasta la próxima desgracia, hasta la próxima miseria.

Es un mecanismo perpetuo. No se puede detener.

Eso también me lo han contado.

¿Qué buscas?

[María, la protagonista, en el capítulo XVI de “El tesoro del Capitán Nemo”, de Miquel Rayó].

Entender a los fantasmas. Mis fantasmas.

Saber qué quieren. Por qué no me dejan en paz.

Estar en paz con ellos.

Un momento, no soy un atormentado.

Simplemente me quejo demasiado.

¿Qué es lo que no consentirías?

[Tommy a Pippi, en el capítulo IV de “Pippi Calzaslargas”, de Astrid Lindgren.]

La impunidad.

¿Te cae simpática la reina?

[El Gato de Cheshire a Alicia, en el capítulo VIII de “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll.]

¿Mi Reina?

Claro que sí, yo soy su Rey.

¿Te… te gustan… los… perros?

[Alicia al ratón, en el capítulo II de “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll.]

Siempre he tenido perros.

Me gustan los gatos.

Me gustan los misterios.

¿Por qué el ocho va después del siete?

[Marta a papá, en “17 cuentos y dos pingüinos”, de Daniel Nesquens.]

¿Quién lo dice? Patrañas.

Tengo ocho cocos, ocho monos y ocho niños. ¿Cuántos imbéciles tengo en total?

[Trunchbull a Wilfred, en el capítulo XX de “Matilda”, de Roald Dahl.]

-Solo usted, Trunchbull.

¿Te has encontrado alguna vez con una bruja?

[Niño a abuela, en el capítulo III de “Las brujas”, de Roald Dahl.]

¿Brujas de verdad? Sí, cada vez que leo a Roald Dahl.

¿Crees en las hadas?

[Peter Pan a los niños, en el capítulo XIII de “Peter Pan y Wendy”, de James Barrie.]

Sí. Creo que un hada es una bruja a la que todavía no le han roto el corazón.

¿Sabes lo que es un beso?

[Wendy a Peter, en el capítulo III de “Peter Pan y Wendy”, de James Barrie.]

Son esas cosas que le rompen el corazón a las hadas y se lo arreglan a las brujas.

¿Qué es el tiempo, de verdad?

[Momo al maestro Hora, en el capítulo XII de “Momo”, de Michael Ende.]

Lo único que existe. La primera regla. El tiempo es dios.

El verdadero rey.

¿Es así eso de ser adulto? ¿El hacer y decir cosas que no entienden los niños?

[Joel a sí mismo, en “El perro que corría hacia una estrella”, de Henning Mankell.]

Sí, ser adulto es aburrido.

Ser adulto está sobrevalorado.

Nunca quise ser adulto. No me gusta ser adulto.

No soy adulto.

 

¿De qué sirve un libro si no trae estampas ni diálogos?

[Alicia a sí misma, en el capítulo I de “Alicia en el país de las Maravillas”, de Lewis Carroll.]

Fácil, sirve para entretener adultos. Eso.

¿Está todo en los clásicos? ¿Todo, todo?

En estos días tuvo lugar el XIX Foro Internacional para el Fomento del Libro y la Lectura, en Resistencia, Chaco, organizado por la Fundación Mempo Giardinelli. Es uno de esos encuentros literarios que generan mucho entusiasmo y dejan a la gente pensando: a la gente que participa y a la que lo sigue a distancia. Y esto, claro está, es el mejor elogio que se le puede hacer a un encuentro literario.

La entrada de hoy viene a propósito de haberse quedado uno pensando en un par de cosas que se dijeron por allá, por el Chaco. En rigor: en una cosa. Dos escritores de referencia sugirieron, a su modo, que la industria editorial está publicando muchos libros de literatura que no valen como tal, y que lo que vale hoy es, fundamentalmente, volver a leer a los clásicos.

Mempo Giardinelli abre el XIX Foro Internacional para el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, Argentina.

Mempo Giardinelli abre el XIX Foro Internacional para el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, Argentina.

Dice Mempo Giardinelli en su discurso de apertura del Foro:

Lo verdaderamente esencial de una política de lectura no es solamente convencer a una sociedad para que lea, ni es lograr índices de lectoría masivos. Siendo todo eso importante, lo verdaderamente significativo es formar a esa sociedad para que lea textos de calidad, que son los únicos que garantizan una buena calidad educativa.

Es necesario y es urgente que todos y todas, empezando por nosotros, maestros y bibliotecarios, nos apartemos de las modas y las imposiciones del mercado, y retornemos a la Gran Literatura.

Para ello, recuperar la lectura de los clásicos es un imperativo. Los clásicos universales, digo, y los de la literatura argentina y latinoamericana. Ahí está todo. De veras, queridas maestras y maestros, ahí en los clásicos está todo. Y disculpen si sueno duro, pero de veras: menos moda y más clásicos, por favor. Menos “novedades” y más lecturas de calidad probada. Que la experimentación está muy bien, claro, pero no a costa de la educación de nuestros 17 millones de chicos y chicas en edad escolar ¿no les parece?

Suena duro, sí. Y ya que nos pregunta, respondo: no me parece.

O al menos, no me parece del todo así. Estoy de acuerdo en lo medular de su discurso completo. Estoy de acuerdo en lo importante que es el fomento de la lectura en la conformación de una sociedad más culta y más democrática. Estoy de acuerdo en que hay que ser más exigente y fomentar la lectura de literatura de calidad. Pero no estoy de acuerdo en que en los clásicos esté todo.

Y hay una contradicción en el discurso: clásicos eran Homero, Virgilio y Dante. Eran clásicos cuando en latinoamérica no había literaturas de carácter nacional o continental. ¿Qué hubiera sucedido si allá por el 1800 se imponía el discurso de que en los clásicos está todo? ¿Se habría animado Esteban Echeverría a escribir “El matadero”?  O viniendo un poco más acá en el tiempo: ¿se habría animado Juan José Saer a escribir “El limonero real”, una vez que Borges ya había logrado su dimensión de clásico argentino? ¿Cómo es posible hablar de clásicos después de los clásicos? La idea de que en los clásicos está todo es paralizante. Pero por suerte, no se cumple.

Y es que hay algo de gran importancia en la lectura de los clásicos: el aliento inconformista para la permanente reinterpretación del mundo que nos rodea. Reinterpretar el mundo es reinterpretar nuestro tiempo. Reinterpretar el mundo es, para quienes leen y escriben, buscar expresar a partir de nuestro choque como personas con el presente lo que nos ha tocado vivir, y cómo, y con qué características nuevas o recicladas. Los clásicos nos cultivan en la sospecha. Los clásicos nos enseñan que, si bien se puede pensar que “no hay nada nuevo bajo el sol”, es buena cosa dejar que la luz ilumine las zonas oscuras del presente, y una vez que las percibimos, dar cuenta de ellas, a nuestro modo, al modo de cómo hemos sabido digerir a los clásicos, al modo de nuestra propia experiencia. Las zonas oscuras, y también las más luminosas.

Esto que nos concierne como escritores también nos concierne como lectores. Leer a los clásicos está muy bien. Es importante. Es formador. Fomenta la conciencia crítica. Abre mundos. Pero eso también lo puede hacer la lectura de la buena literatura contemporánea. Y, a veces, lo puede hacer mucho mejor.

Por esto, también tengo mis discrepancias con lo que en ese mismo foro planteó Ema Wolf respecto de la literatura infantil y juvenil actual; planteo que en cierta forma coincide con el de Mempo Giardinelli.

Momento en el que Ema Wolf lee su ponencia en el Foro.

Momento en el que Ema Wolf lee su ponencia en el Foro.

Dice la escritora argentina:

Me pregunto si la literatura que les brindamos a nuestros chicos, sobre todo la que pasa a través de la escuela, tan domesticada (en el doble sentido de hogareña y amansada), que recurre con tanta frecuencia a protagonistas que son idénticos a los lectores, consigue atrapar a aquellos a los que les gusta meterse de polizontes en cualquier cosa que los lleve lejos. Porque para eso -creía yo entonces- eran los libros: para llevarme lejos, desplazarme a lo ignoto: al mundo de las hadas primero, y después a ese otro de escenarios reales, con paralelos y meridianos, donde se desarrollaban vidas extraordinarias, había sectas auténticas, injusticias que nos convertían en justicieros, gestos de nobleza y de sacrificio, además de pescadores de perlas y romances estrepitosos. Se diría que esos chicos encuentran esos relatos en otros soportes: el cine, la televisión, los comics, los videojuegos. ¿Y en la literatura?

(…) Nunca me imaginé interesada en la historia de una nena que viviera en un barrio suburbano y se hubiera enamorado del nene de la esquina porque para eso me tenía a mí. Mis heroínas eran, por lo menos, vírgenes a punto de ser sacrificadas en un templo, y mis héroes, por lo menos, el correo del zar. Ojo: no desdeño la identificación con lo inmediato, digo solamente: hay quienes buscan otras cosas.

Y luego (o antes), como transcribe Ana Garralón en su blog:

Ema Wolf afirmó tajante que hoy los niños leen autores vivos contemporáneos de literatura infantil llenos de modelos estereotipados y faltos de emoción y, al mismo tiempo, ignoran la obra de un clásico como Javier Villafañe.

Me tocó cursar mi educación primaria en una época en la que la mejor literatura infantil que existía era esa de la que habla Ema Wolf con tanto entusiasmo, si bien no era la literatura que aconsejaban las maestras en los salones de clase, y si bien tampoco era muy fácil acceder a ella. En todos mis años de educación, las lecturas obligatorias eran de escritores muertos o, en su defecto, encerrados en sus casas cumpliendo con sus últimas voluntades. Leíamos letra broncínea, cuando no letra muerta. La experiencia de encontrarnos con un escritor o una escritora viva e intercambiar con ellos nuestros pareceres sobre la lectura de sus libros nos fue ajena. Y ajeno nos resultaba un modo de escritura retórico y ampuloso, lejano de nuestras experiencias vitales o de nuestras fantasías, ya salvajes, ya intergalácticas, ya de capa y espada, ya con efectos especiales incluidos; lejano, también, y por desgracia, de la terrible realidad cultural, social y política inmediata que nos estaba tocando vivir.

Las sociedades tienen una historia. La infancia tiene una historia propia. La literatura tiene historia. Y estas historias se tejen y se destejen en el presente, entrecruzándose, además. Por eso, ni todo ni nada: los clásicos y los contemporáneos, las identidades y las otredades, y que la dieta sea balanceada.

No me animaría a recortar bibliodiversidad en los tiempos presentes, justo cuando recién estamos logrando que las sociedades sean un poco más lectoras, justo cuando los noticieros nos muestran que el mundo no es menos intolerante hoy que ayer, o al menos, no todo el mundo. Y que la criba la hagan los lectores, de a poco, según sus caminos recorridos como tales, y con la mejor o peor colaboración que le puedan brindar los mediadores literarios.

¿Qué de la actual literatura infantil y juvenil soportará el juicio (casi que incuestionable) del tiempo? No lo sabemos ahora, pero lo sabremos más adelante. Mientras tanto, un poco de Twain, un poco de Villafañe, un poco de Ema Wolf, y un poco de ese escritor nuevo que acaba de publicar su primera obra y que parece que anda muy bien.

La seguimos en el próximo foro, el XX.

5 años de Garabatos y Ringorrangos

Abrí este blog cuando supe que me iba a dedicar a la Literatura Infantil y Juvenil, aunque por entonces no sabía muy bien qué era eso a lo que me iba a dedicar. Hoy hace 5 años que escribí aquí la primera entrada. Y al cabo de estos 5 años, el blog ha sido lo que por entonces me había propuesto que tuviera: “algo de diario, algo de estantería y algo de bitácora de viaje”.

Garabatos y ringorrangos de cumpleaños.

Garabatos y ringorrangos: quinto aniversario.

Pero el blog fue más que eso. Se consolidó, para mí, como una instancia de intercambio con “personas virtuales”, muchas de las cuales se convirtieron con el tiempo en personas reales: colegas y amigos de esta peripecia que me permitieron desarrollar un intercambio riquísimo para conocer y aprender más, mucho más, sobre literatura para niños y jóvenes. Un intercambio que me ayudó a ir haciéndome una idea sobre esta forma de la literatura, sobre sus distintos aspectos, sus conflictos, sus intensidades, sus encantos y sus desencantos: esa aventura.

Los números redondos son siempre una oportunidad para revisar, además de lo bueno (¡sí! haber permanecido 5 años es bueno), aquello que no ha ido del todo bien. En este sentido, hoy me doy cuenta de que una de las cosas en la que he fallado ha sido en mantener la periodicidad del blog. Ser constante en la publicación de entradas. Subir entradas al blog con una frecuencia que haga esperable, de algún modo, la nota que se publica. En esta dirección, vengo a proponerme ahora resolver eso y poner una meta de acción: publicar una nota semanal.

Por lo demás, los mejores momentos de este blog se dieron cuando en forma casi simultánea, o en paralelo, produjimos debates con otros blogs amigos. En ese sentido, el blog cumplió con ser un pequeño y tímido eslabón en lo que para mí (como lector y aficionado, primero, como escritor, investigador y comentarista, después) sería una cadena de la blogosfera internacional dedicada a la LIJ: pienso aquí en blogs como Donde viven los libros (de Argentina), Anatarambana Literatura Infantil (de España), Darabuc  (de Catalunya), El Petit Tresor (de Catalunya), editado / infantil juvenil (de Argentina), Palabras en los ojos (de Uruguay), Dobras da leitura (de Brasil), Por los caminos de la tierra oral (de España) y tantos otros que ahora se me escapan. La meta que me (les) propongo, y esto es algo que Anatarambana sugirió en algún momento, es estrechar esos intercambios, pensar en conjunto alguna forma de sistematicidad y acción colectiva, con la idea de fortalecer el espacio virtual de la LIJ en el que esporádicamente coincidimos o (amable y generosamente) discordamos. Eso, pues, una segunda meta y una invitación para los próximos años.

En fin, resumiendo: Garabatos y ringorrangos, 5 años, 275 entradas, más de 1000 comentarios, 2 nuevas metas y la alegría de seguir andando.

Aquí nos leemos.