¿Vamos los escritores a dejar la Literatura Infantil en manos de los ilustradores?

Hace un tiempo le dije a una amiga, que está inserta en el mundo de los libros, que estaba por escribir una entrada para mi blog con el título que lleva esta que ahora publico. Ella se sonrió y me dijo: no lo hagas, no cargues contra los ilustradores. Y eso, viniendo de ella, era toda una advertencia.

Como suelo evitar meterme en problemas y como no era mi intención cargar contra nadie en particular, dejé el asunto detenido. Pero hoy, luego de leer la entrada que publicó Ana Garralón en su blog, titulada “¡Urgente! Se buscan escritores de literatura infantil“, tomé coraje y aquí me leen.

Ana Garralón observa que en la LIJ actual (fundamentalmente en la dirigida a los niños más pequeños, de prelectores a niños de 8 años) hay una discordancia muy grande entre la calidad de las ilustraciones de los libros (muy buena) y la calidad de los textos literarios que las acompañan (mala en general). Por otra parte, Garralón señala la superabundancia de reediciones de cuentos clásicos, que ella atribuye a una apuesta editorial que sabe que tiene a mano buenos ilustradores pero no cuenta con textos lo suficientemente atractivos para que estos trabajen. Su diagnóstico es fulminante: “hay crisis de escritura”; “los escritores no están a la altura de los tiempos”; para escribir bien hay que saber narrar y los escritores no saben hacerlo; los escritores no logran con sus recursos narrativos cautivar a los lectores pequeños… como se puede apreciar, no es una crítica liviana.

En el resto del artículo, hace una serie de recomendaciones a los escritores, o promitentes escritores, para que se hagan con algunos libros que podrían funcionar como manuales sobre cómo escribir bien o cómo desarrollar una historia. Esta última parte me parece secundaria frente a sus aseveraciones iniciales y no la consideraré aquí. En fin, que prefiero quedarme con el diagnóstico y no con el tratamiento sugerido.

Lo que me interesa, de su artículo, y de la situación planteada, es ese comportamiento del mundo editorial (y de la sociedad en general) respecto de la relación entre textos e imágenes. En el presente, es bastante evidente en los libros destinados a la edad que repasa Garralón, los textos habrían quedado en un lugar secundario frente a las ilustraciones. Sospecho que eso se debe, en gran parte, a las exigencias del mercado: a la hora de vender/comprar un libro, seguramente el vendedor/comprador prioriza la imagen. Y es que en nuestro mundo actual la imagen ha cobrado primacía frente a otras formas de comunicación. El diseño se impone por sobre la función. Un libro bien empacado (cuatro tintas, tapa dura, completamente ilustrado) tendrá más posibilidades de venderse que un libro bien escrito. Lo mismo sucede con los jugos de fruta, claro: el sabor no vende primero, sino el packaging (el embalaje, vamos).

Pero quizás eso no sea todo. Días atrás, Marcos Taracido soltaba en su columna de Libro de Notas una tesis temeraria:

Nuestros padres tenían como único modo de acceso a la cultura (a la burguesa, se entiende, a la cultura intelectual) la lectura; nosotros seguimos teniendo, mientras crecíamos, la lectura como el principal recurso (por prestigio, pero también por tradición heredada y por inercia), aunque buena parte de nuestro tiempo ya lo dedicamos al audiovisual. Nuestros hijos aprenden visualmente y la lectura es ya para ellos un anexo, un lujo, una extravagancia con la que juegan más o menos, pero accesoria…

La lectura, la lectura atenta, la lectura que busca oír la voz de un escritor que cuenta una historia, la lectura que al decir de Gadamer es ese “oir interior el hacerse sonido del lenguaje”, esa disciplina, seguramente se ha desvalorizado como bien cultural y, tal vez, en gran parte, como práctica de apropiación social e individual de la cultura. Sin casi darnos cuenta, en el curso de tres generaciones, la lectura habría pasado de ser el único modo de acceso a la cultura a convertirse en un lujo extravagante. Esta es una tesis temeraria, sin duda, y por lo tanto, una tesis más propensa a señalar una tendencia que una realidad consolidada.

Migración lectora (ilustración de Catia Chien)

Migración lectora (ilustración de Catia Chien)

No obstante, es cierto que en el curso de cincuenta años, el lenguaje audiovisual ha pasado a ser el dominante frente al lenguaje escrito y al lenguaje literario. Las posibilidades de que un escritor invente una buena historia, la escriba bien, con un lenguaje cuidado y refinado, con una voz definida claramente, con procedimientos estilísticos más o menos innovadores y adecuados a la realidad actual, con una idea precisa (y preciosa) de lo que quiere decir y cómo: esas posibilidades se reducen porque, de última, el entrenamiento para desarrollar ese arte y ese oficio no está socialmente valorado como antaño. Escribir una buena historia, así como escribir buena poesía, es algo que va a contracorriente de estos tiempos en los que no es lo usual ir a contracorriente, o al menos, es algo que no da crédito ni espacio en las industrias culturales, donde lo que da crédito y espacio es, básicamente, lo que se vende. Escribir para que el lector logre “disfrutar de una experiencia inusual en cada libro”, como pide Ana Garralón, se va haciendo cada vez más costoso en lo que refiere a las inversiones personales que debe hacer el escritor (y el editor, claro, el buen editor), y cada vez rinde menos en lo que hace a los beneficios que se puede obtener de ello.

Por ahí, un texto sencillo, escrito sin muchos esfuerzos literarios, forjado sin grandes aspiraciones, que llegado el caso consiga hacerse de unas “bonitas ilustraciones”, pues ya es suficiente, y seguro que es más fácil de colocar en el mercado editorial, así que ¿para qué tanto desgaste? Si la literatura para niños va a quedar en manos de los ilustradores, que se hagan cargo y punto. “Escribí algo más fácil”, me han sugerido más de una vez. “Jamás vas a ser un best seller”, me llegaron a advertir en otras tantas ocasiones. No son mensajes alentadores.

Así y todo, hay que señalar que los ilustradores no trabajan en el vacío. Ellos también necesitan buena poesía y buena narrativa para poder desplegar una buena obra. Y si esta no se cultiva: ¿será que vamos camino a un cuello de botella donde ya no se podrán escribir (y publicar) más que adaptaciones de adaptaciones de adaptaciones de textos del folclore del siglo XVIII o anterior?

Voy a traer aquí una anécdota que considero que pone de manifiesto lo del cuello de botella ese, a la vez que aporta una revisión sobre lo que antes fue dicho no sin cierta ironía.

En el Primer Encuentro de Escritores e Ilustradores de la Región, que tuvo lugar en Montevideo hace cuestión de un mes, estuvo presente Istvansch. Considero que su intervención en el encuentro fue muy buena, pero que derivó en eso que en filosofía se nombra como una “contradicción preformativa“: lo que dice el discurso niega lo que se está intentando sostener en el mismo discurso (o dicho de manera más técnica: “un acto de habla que en su propia actuación produce un significado que reduce aquél otro acto que intenta realizar”, tal como lo explicita Judith Butler).

Istvansch hizo una defensa muy informada y bien argumentada sobre la importancia de la ilustración en los libros para niños. Su ponencia apuntaba a reforzar la idea de que en un libro ilustrado, los ilustradores también son autores. Una discusión que en Argentina se dio hace veinte años, pero que aquí en Uruguay los ilustradores han tenido que promover con fuerza en los últimos tiempos para defender su lugar en la industria editorial.

Estoy bien convencido de que los ilustradores son autores: no es a mí a quien deben aclararle eso. La campaña que en esa dirección llevan adelante los Iluyos (ilustradores de literatura infantil uruguaya) me parece pertinente (si bien, lo dije en algún momento, me molesta hacer del símbolo del Copyright, ©, una bandera: cuestión que en todo caso refiere al tema de la propiedad intelectual, que ahora no viene al caso, y no al rol creativo del ilustrador).

Pero Istvansch, que a su modo vino a apoyar esa campaña y a aportar la experiencia argentina sobre el punto, no es solo un ilustrador de libros para niños. Es mucho más: es un escritor, es un diseñador, es un editor, es un meticuloso lector y es una persona que sabe muy bien la importancia que el texto tiene en un libro ilustrado. A tal punto lo sabe, que terminó su participación en dicho Encuentro, por cierto muy histriónica y muy amigable, haciendo lectura (y mostrando) un libro-álbum de su autoría, ¿Has visto?, en el cual el texto es la clave para su construcción como obra literaria.

¿Has visto? de Istvansch

Tapa del libro ¿Has Visto? de Istvansch, Editorial Del Eclipse, Argentina, 2006.

En cada doble página de ese libro se veía un fondo de color (rojo, verde, amarillo, etc.) sin ningún añadido gráfico (ningún dibujo: solo el texto, la letra). De hecho, si descontamos el cuadro de color pleno, no había ilustraciones en ese “libro ilustrado” (lo cual resulta una atractiva paradoja). Y el texto apuntaba a señalar todo lo que podía llegar a verse oculto detrás de ese fondo de color plano: muchas cosas, muchas situaciones. El texto interactuaba con el fondo de color en un juego en el que la ausencia de imágenes hacía una apuesta fuerte a la imaginación del lector: imaginación desatada, pura y exclusivamente, por lo leído (oído) en el texto. Ese libro, de última, más que una reivindicación de la ilustración, era una reivindicación del poder literario de un texto que, tematizando la cuestión de la ilustración ausente/presente, apunta directamente al oído de la imaginación y no a la vista: y supongo que fue escrito, diseñado, y montado a tales efectos.

La anécdota viene a cuento para afirmar que sin buena literatura, sin buenas historias, sin buenas ideas, sin editores que atiendan a la calidad literaria de los libros, seguramente la LIJ terminará en manos de los ilustradores (en el mejor de los casos), tal como parece diagnosticarlo Ana Garralón. Seguro que no estará en malas manos, si vemos la calidad del trabajo que desarrollan hoy día. Pero lo que sí sucederá, aunque no lo queramos, es que la literatura para niños será cada vez menos literaria.

Me consta que en Uruguay (como en Argentina, en Brasil y en casi todas partes) hay escritores de literatura infantil, de buena literatura infantil, que están preocupados con que esto último no suceda. Y es que los escritores no podemos desentendernos así como así de esta situación, aunque implique un esfuerzo extra, y aunque ese esfuerzo “no garpe”, como dice un editor porteño amigo.