“Alma y la isla”, o de cómo escribir una novela entre demonios y amuletos mágicos

Llegó de la mano de mi padre. Era muy negra. Solo se le veían los ojos blancos y asustados y los bucles cayéndole por las mejillas.

Para llegar hasta aquí había hecho un viaje muy largo. Yo lo sabía. Pero a mí solo me parecía un demonio.

Quien narra es Otto. Un niño de 10 años que habita en una isla del Mar Mediterráneo, a medio camino entre la costa de Túnez y la península italiana. Y esa es la primera impresión que le causa Alma, una niña de Etiopía, que acaba de ser salvada de un naufragio por el padre de Otto, pescador de la isla, quien la llevó a vivir a su casa, pues estaba sola y perdida.

Es la primera impresión de Otto, sí, y también es la primera impresión que nos causará la lectura de esta novela: “Alma y la isla“, escrita por Mónica Rodríguez e ilustrada por Ester García. Una novela que comienza sin concesiones y termina igual, 43 capítulos y 117 páginas después.

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“Alma y la isla”, de Mónica Rodríguez, ilustrada por Ester García, Editorial Anaya, 2016. XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil.

Los primeros capítulos nos hablan de una isla que se ve enfrentada al drama de la inmigración ilegal: la llegada de los ahogados.

El mar dejó de ser azul.

No fue fácil acostumbrase a ver los cuerpos meciéndose entre las olas. O las filas de muchachos, de mujeres, de hombres empapados, tiritando bajo las mantas que les entregaban los de salvamento.

Habla de cómo los habitantes de la isla se acostumbran a convivir con ese desastre, marcando una cierta distancia: una distancia y un acostumbramiento que se rompe para Otto cuando su padre decide llevar a Alma a su casa.

Los siguientes capítulos hablan del conflicto emocional al que se enfrenta Otto cuando intenta dejar de ver a la niña como un demonio que llegó a complicarle la vida, a ocupar su espacio vital, a exponerlo frente a sus amigos y amigas, a convertirlo en objeto de burla de sus hermanos, a retratarlo frente a su madre y su padre como si él fuera un niño caprichoso y egoísta.

Cuando las cosas se ponen difíciles en la convivencia diaria, rondando la mitad de la novela, Otto acude a un amuleto que le había dado otro inmigrante. Un amuleto mágico, que le permitirá entender a la niña, conocer su historia, reconocerla en su humanidad desvalida, acercarse a ella, ver su dolor y su sonrisa, aceptar sus agradecimientos. Comunicarse. Acompañarla. Entender a la niña y entenderse a sí mismo, sus conflictos, sus temores, sus propias carencias afectivas. Entender a la niña, entenderse a sí mismo y permitir a los lectores acercarse a la historia de Alma, previo al naufragio que la arrastró hasta la isla.

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El amuleto, objeto de mediación entre Otto y Alma. Ilustración interior a media página de Ester García.

Todo el proceso que lleva a Otto desde la impresión demoníaca del inicio hasta un acercamiento entrañable con la niña está escrito con sumo cuidado. Cuidado en el respeto por el conflicto interior del personaje infantil. Cuidado en la maestría que despliega la autora a la hora de iluminar con una concisión rotunda y de un modo entrañable, conmovedor y poético, todo lo que a poco de andar en la novela deja de ser un “tema difícil” y se convierte en una historia, un relato dramático y hermoso, que sucede adentro del lector: un lector que irá hasta el final y llegará conmovido hasta la médula.

Cualquiera podría pensar que, en la vida real, los amuletos mediadores no existen, y que la solución mágica puede ser un atajo para la resolución de conflictos en esta ficción. Pero la escritora parece estar más que avisada al respecto. Por ello, en una de las escenas más conmovedoras de la novela, ya cerca del desenlace, cuando Otto y Alma deciden compartir dos mitades del amuleto mencionado, se produce un diálogo que es iluminador. Otto pregunta a Alma:

—¿Cómo puede ser? —pregunté tocándome el amuleto—. Lo de la magia, ¿cómo puede ser?

Ella se encogió de hombros.

—No magia aquí —dijo señalando su trozo de amuleto—. Magia aquí. —Y puso su dedo en mi corazón—. Y aquí. —Lo llevó ahora hasta mi sien y lo apoyó con suavidad. Sonrió—. Amuleto solo ayuda.

A esa altura, el lector no puede más que dejarse tocar por ese dedo y sentirlo como un roce que pide, que exige casi, acciones verdaderas. Y a tal punto, la autora sabe que no hay soluciones mágicas, que deja un final abierto en la historia. No es un final feliz, no. Nos ahorra esa falsa ilusión. Pero tampoco es un final que paralice. La mesura de la escritora, y su cuidado, llegan hasta el apéndice final.

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Alma, vista por Ester García. Color y juego de detalles poéticos: el barco navegando el pelo azabache de la niña en la dirección de un destino incierto pero mejor; la gacela que escapa del vestido como si quisiera regresar a un estado natural perdido; un sol rojo e intenso en el lugar del corazón.

Una mención aparte merece el trabajo de ilustración de Ester García para esta novela, tan a tono con la escritura en lo que hace a concisión descriptiva y a vuelo poético. Son ilustraciones que en sus detalles subrayan los aspectos mágicos y más sensibles de la trama, y que con su trabajado colorido generan un contraste frente a la oscuridad del asunto, al punto de que parecen querer recordarnos la necesidad de echar luz o la necesidad de ese roce sensible con que los niños pueden indicarnos dónde está el corazón y dónde la cabeza a la hora de entender los dramas de esta vida o de lidiar con los demonios, propios y ajenos.

La novela obtuvo el XIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil; seguramente, de un modo más que merecido.

2016, el año en que muchos desearon salir volando

Hubo en el año muchas novedades literarias de gran calidad. No es mi idea, en este último post del 2016, hacer un recuento de ellas. Me detendré, en cambio, en algunos libros de gran calidad que tienen en común una motivación peculiar: el deseo de volar.

Que en este año el mundo no ha sido un lecho de rosas, todos lo sabemos. Que varias veces, a raíz de ello, en el correr de los días del 2016 nos han dado ganas de levantar vuelo y escapar del mundo, del universo, de la realidad material, debe de ser una coincidencia en la que varios nos encontramos, un día sí, y otro también. Por ello, tal vez, encontrar en la literatura infantil y juvenil algunos libros que, a su modo, expresen eso, ese estado de ánimo, esa actitud emocional, no debería llamarnos tanto la atención.

Así y todo, en el correr del año me encontré en más de una oportunidad leyendo libros que proponían, justamente, eso: las ganas de levantar vuelo, y escapar.

El primero de ellos que transmite la idea y el deseo, y que lo hace con una historia donde prima la fantasía es “El vuelo de la familia Knitter“, escrito por Guia Risari, ilustrado por Anna Castagnoli, publicado por la editorial A Buen Paso.

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“El vuelo de la familia Knitter”, Guia Rissari y Anna Castagnoli, Ed. A Buen Paso, 2016.

En una tarde “demasiado sofocante hasta para respirar”, el padre expresa un deseo: “Daría cualquier cosa por poder volar…”. Y esa misma tarde, guiados por un canario al que le abren la jaula, pero que no se va, los integrantes de la familia Knitter —padre, madre, dos hijos, perro y gato—, comienzan a aprender a volar. Al tiempo se irán de vacaciones, volando. Y cuando acaben esas vacaciones, habrán de replantearse qué hacer con sus vidas. ¿Volver? ¿Seguir volando?

El cuento no pretende transmitir lecciones: ni morales, ni de vuelo. Pero contagia ese deseo de fuga, de evasión, y también de cambio.

La ilustración de Anna Castagnoli resuelve la narración con un trazo muy volátil, de plumilla y de colores aguados, donde prima una perspectiva en picado que resalta la emoción de mantenerse en el aire.

El segundo libro que encontré, y que también aborda el tópico, fue “Sueños de volar”, escrito por Teresa Marquez, ilustrado por Fátima Afonso, publicado por la editorial Kalandraka.

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“Sueños de volar”, de Teresa Marques y Fátima Afonso, Ed. Kalandraka, 2016.

El libro comienza presentándonos el personaje de una joven que no sabe lo que quiere, pero que si pudiese elegir algo, elegiría volar: “Sentía en su interior una inquietud de ave, un deseo súbito y sabe de viajar lejos, hacia un destino sin mapa”. En este relato, también son las aves quienes impulsan el vuelo de la joven soñadora. Aquí no le enseñan a volar, aquí, simplemente, se la llevan. Y de “sueño en sueño”, el deseo de volar incrementa, asciende, se libera del suelo.

Tampoco en este libro hay ninguna intención de transmitir lecciones, si bien al final se cierra con una suerte de máxima sentenciosa que apunta a revertir la introversión del deseo y del sueño y a salir con decisión hacia lo desconocido que nos aguarda “más allá de nosotros mismos”.

El trabajo de ilustración, a lápices, es impecable. La tensión que genera la contundencia de un dibujo realista para reafirmar situaciones oníricas, todo con un aire surrealista, con una suerte de atmósfera al modo de Magritte, realzan la historia y, en cierto modo, contagian el deseo de la protagonista.

El tercer libro que me llamó la atención, y que terminó por hacerme pensar en una suerte de “tendencia”, fue “Dos alas”, escrito por Cristina Bellemo, ilustrado por Mariachiara Di Giorgio, publicado por la editorial Combel.

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“Dos alas”, de Cristina Bellemo y Mariachiara Di Giorgio, Ed. Combel, 2016. (Hay edición en catalán.)

En este libro, ya desde las guardas, nos encontramos con una sociedad que camina alienada, como extraviada de sí en su completa normalidad cotidiana. Es en un rincón de ese mundo, muy temprano por la mañana, donde y cuando el señor Guillermo, un hombre mayor, un jubilado, encuentra un par de alas en su jardín, al pie de un duraznero (melocotonero, en castellano, presseguer, en catalán). El anciano se pregunta por el dueño de las alas, y sale a buscarlo por el vecindario. Pregunta aquí y allá, busca a quien las extravió, espera a que alguien venga a buscarlas, hasta quiere pagar por ellas, si era el caso que fueran para él. Pero nadie las reconoce ni las reclama, y comienzan a tomar al anciano por loco. Un día, don Guillermo toca las alas y descubre que tienen raíces en tierra. Entonces tiene un recuerdo de su infancia, de algo que enterró allí muchos años atrás: un cofre del tesoro, un puñado de recuerdos para el futuro. No encuentra una explicación para el origen de las alas, pero se decide a cuidarlas como si se tratara de la mejor planta de su jardín. Así, hasta que un día, con esas alas, sale a volar.

El final del libro tiene una condensación poética entrañable. Una interpretación del relato nos llevaría a reflexionar sobre el final de la vida, sobre la muerte. Pero yo prefiero leer el cuento en la clave de ese deseo de levantar vuelo y escapar, porque el señor Guillermo “efectivamente, volaba ligero por sobre la ciudad que todavía dormía”. Volaba ligero por sobre todas las historias “de humanos, o de gatos, o de flores”.

La ilustración, aquí, tiene un aire de volatilidad similar a la de Castagnoli: plumilla, lápices, aguadas. Aunque se acerca más a la ilustración del cuaderno de dibujo del típico urban sketcher, con ese aire de improvisación de quien abandona el estudio de trabajo, el ordenador de cada día, y sale a la calle, observa, capta el desánimo real y desea escapar en un par de manchas de aguada o en unos trazos de tinta a mano alzada.

No sé si tres libros llegan a configurar una tendencia, pero creo entender por qué mucha gente, como están las cosas, tiene sus razones y sus sinrazones para salir volando. En cualquier caso, me gusta la idea de que las alas que vayamos a usar tengan raíces sólidas en tierra, y que viajemos más juntos que separados.

Severo en reversa: “Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva

Dentro de lo que se hace hoy día en materia de poesía para niños hay una línea que siempre me pone a la defensiva: es esa línea de poesía tradicional, popular, más atenta a las formas que a los contenidos, donde la rima parece tan obligatoria como el verso de arte menor. Cuando me encuentro a primera vista con libros de poemas para niños que se apuntan en esa línea, en mi interior se encienden alarmas. Comienzo a leer esperando aburrirme al tercer o cuarto poema del libro. Sigo leyendo esperando llegar a ese límite en que la ñoñería o un exceso de vocación moralista y didáctico me cierra el paso, me deja afuera del poemario, me expulsa. Y es que a menudo, por detrás de esas formas, aparecen temáticas que resultan “infantilizadas” por fuerza de visiones distorsionadas y adultocéntricas más que por una clara atención a la realidad de la infancia a la que se enderezan los poemas. Ante esos libros, mi lectura siempre comienza en el prejuicio. Y el prejuicio es como un erizamiento previo al rechazo.

Sé que son prejuicios, porque a decir verdad, escritos en esa línea de poesía para niños, he tenido la suerte de encontrar grandes libros, creados por versificadores que hacen de cada sonido, cada sílaba, cada palabra, cada verso, cada estrofa y cada poema un despliegue majestuoso de esa creatividad literaria y poética que eleva al lenguaje a niveles superiores de imaginación y sensibilidad. Versificadores de una destreza y de una calidad encomiable y envidiable. Pienso en poetas como María Elena Walsh, Cristina Ramos, Mercedes Calvo, Eugenio Montejo (Eduardo Polo), Cecilia Pisos, María García Esperón, Beatriz Osés, Pedro Mañas… por nombrar algunos de los que me vienen de primera a la cabeza.

Ahora bien, también me sucede a menudo que mi prejuicio se confirma, y al tercer o cuarto poema del libro, abandono la lectura. No crean que me regocijo en eso: en confirmar prejuicios. Por el contrario, me regocijo cada vez que, al encontrar un libro de poesía escrito en esa línea, aparentemente tradicional y formalista, mi prejuicio queda desmentido. Y eso es exactamente lo que me sucedió ayer al encontrarme, de manera inesperada, con el libro “Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva, publicado por Inventa Editores (octubre de 2016, en España).

Sabía que este escritor había publicado otros libros de poesía, pero por a o por b, nunca había llegado a ellos. Cuando comencé a ojear los poemas de este libro, se encendieron las alarmas del prejuicio, pero al segundo poema que leí ya se habían apagado, y al cuarto poema leído no dejaba de maravillarme por lo que estaba encontrando. Al cerrar el libro, luego de un par de lecturas, estaba convencido de que ya podía ir agregando el nombre de Enrique Cordero Seva en esa lista de versificadores encomiables y envidiables, de la que hablo un párrafo más arriba.

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“Versos del revés”, de Enrique Cordero Seva. Ilustraciones de Malagón. Inventa Editores, Guadalajara, España, 2016.

Enrique Cordero hace aquí un trabajo con el lenguaje que es, en su elevada apuesta por el juego lingüístico, una delicia. Cada poema nos regala un cuidado ejercicio de versificación. En el libro, que contiene veinticuatro poemas, los hay de arte menor y de arte mayor. Hay sonetos. Hay coplas. Hay una galería de formas estróficas que recogen lo mejor de la tradición poética hispánica, pero en cada caso se nota la tensión de esa forma tradicional contrapuesta a una modernidad centrada en la potencial recepción lúdica de la infancia actual. Cada uno de esos poemas está abierto a la lectura por un título escrito en clave de palíndromo: títulos que se leen exactamente igual de adelante para atrás que de atrás para adelante, del derecho y del revés, por la cola o por la cabeza.

“Anula la mamá la luna”, “Ana, lleva avellana”, “Sopas no como con sapos”, “A Lolo dale helado, Lola”, “A jugar, aguja”, “Se van sus naves”: son algunos de los títulos. Y cada título, buscado en su estricta regla palindrómica, funge como una ganzúa para abrir un poema que es un despliegue del juego encerrado en ese encabezamiento.

El poema con que se abre el libro es, además de una invitación explícita a la lectura de lo que vendrá, toda una declaración poética sobre lo ofrecido en el poemario: dar vuelta al mundo para encontrar allí, en el envés, lo otro de la regla; romper con las rutinas y con lo rutinario para dar espacio al juego y a la anormalidad festiva de lo sorprendente y de lo excepcional; movimiento, mucho movimiento; trabajo y esfuerzo de creación poética, muchísimo trabajo; la vida y la poesía puesta en tensión de verticalidad, siempre a punto de mostrar la verdad y la mentira de lo cierto y de lo incierto, de lo que sube y lo que baja, de lo que va y viene, del trabajo y del juego, de lo fantástico y de lo real, del poema y del antipoema. Dice:

Sé verlas al revés

Hay que ver, hay que ver,
yo sé verlas al revés,
eso es,
con zapatos en las manos
y un sombrero entre los pies,
así es,
desmontando la rutina
desde la óptica invertida,
qué movida,
qué trabajo
da observar día tras día
el mundo cabeza abajo…

Alocada cada cola,
dice adiós y hola un ciempiés,
desde una punta y la otra
de un extraordinario tren.

Ven a ver, ven a ver
de la vida y la poesía
el reverso y el envés.

El libro gana mucho con las ilustraciones del humorista gráfico Malagón, quien parece muy atento a seguirle el juego al poeta, y a cada uno de los poemas del libro, con un tipo de ilustración que apuesta al humor surrealista de la imagen sin pisarse nunca con el texto del poema, sino creando por su cuenta, como en el envés de la letra, una imagen gráfica de por sí poética, compuesta por montajes que, de algún modo, pueden ser vistos también como pequeños palíndromos visuales. Para muestra: unos granos de sal.

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“Sed de sal”, un poema y su ilustración.

Lo dicho: suelo acercarme a esta línea de poesía con las alarmas encendidas, pero cuando las alarmas se apagan, qué disfrute. Y ahora, claro, ya me voy a buscar ese otro libro de poesía de Enrique Cordero Seva, el anterior que publicó, y que lleva por título “La mar chalada”, que no sé cómo se me pasó de leer, porque lo que encontré en la web promete más disfrute.

De JIL a LIJ: ida y vuelta: “Una pierna”, de Grassa Toro y Arnal Ballester

JIL: Juego Ingenioso de Lectura. La sigla no existe. Ni tan siquiera creo que haya una definición posible para el objeto en cuestión. Como mucho, al modo más elemental de Wittgenstein, podemos ofrecer una definición ostensiva: “esto es un JIL”, o señalar un cierto “aire de familia” de todas aquellas actividades que contemplen proximidades entre el juego, la actividad ingeniosa, la lectura.

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Una pierna. Grassa Toro, texto; Arnal Ballester, ilustración. Editorial A buen paso. 2016

¿Qué es, por ejemplo, “Una pierna”? ¿Es un juego? ¿Es un libro? ¿Es un objeto de ingenio? Quizás no es nada de eso, y lo es todo junto a la vez. Pero también nos podemos preguntar: ¿qué es un juego?, ¿qué es un libro? Y difícilmente podamos ir más allá de una definición ostensiva y de un aire de familia entre los muchos objetos a considerar.

En cualquier caso, al tomar “Una pierna” de una estantería de la librería nos encontraremos con un envoltorio plástico que contiene una pieza de cartón rígido, plegada. Una faja roja lo envuelve parcialmente. En la faja leemos el título “Una pierna”, y el nombre de sus autores: Grassa Toro (Texto) y Arnal Ballester (Ilustración). Del lado de atrás, en esa misma faja, hay un texto y una foto, además de un pie de imprenta con los datos de la editorial que lo publica: A buen paso.

El texto que está en la faja, al modo de un texto de contraportada, dice:

“Casi todos los seres humanos nacemos con dos piernas; algunos seres humanos se empeñan en que perdamos una, o las dos. Es la guerra. La guerra no es un cuento ni un juego. Este libro que no parece un libro distingue entre el cuento, el juego y la guerra. Si quieres conocer la diferencia, despliega el tablero: lee, mira y juega en paz”.

La foto que está debajo del texto enseña un tablero propio de un juego de mesa.

Tras quitar el envoltorio plástico, nos quedamos en las manos con el tablero de cartón. Allí, en negro sobre blanco, encontramos un texto.

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“Al Teniente Puesto le gustaba jugar”

El texto está numerado en 20 fragmentos (los números están en tinta roja). Por debajo del texto, en tonos de grises, una serie de dibujos desordenados, que apenas siguen la secuencia narrativa del texto. El texto cuenta una historia. La historia se lee como si el tablero de cartón rígido, debidamente plegado, fuera un libro de 4 páginas: la portada (fragmentos 1 a 5), la doble página central (fragmentos 6 a 15), la contraportada (fragmentos 16 a 20).

La historia nos presenta las peripecias de un teniente que gusta de apostar: un guerrero brutal, un ludópata incontinente. En una partida de dados, cuando ha perdido mucho, el teniente, con el afán de recuperarse, llega a apostar su pierna. La pierde. A partir de ese gesto grotesco, el de la apuesta de la pierna, el de cortársela y pagar su apuesta, toda la historia es un increscendo de disparates y de barbaridades.

El cuento relata las acciones de lo que hace el teniente por encontrar una pierna que sustituya a su pierna perdida. La ironía y el humor negro con el que se propone el relato no escatima detalles de crueldad y de sadismo. Al leer, entre risas, podemos darnos cuenta de que la guerra, en su ficción, bien puede ser un juego absurdo y grotesco, tan absurdo y tan grotesco como lo es la guerra cuando deja de ser un juego.

Por cierto, el final del cuento nos ofrece un efecto de resarcimiento, que es también un efecto de catarsis para el lector. El castigo que recibe el Teniente Puesto (a esa altura ascendido a Comandante en mérito de su crueldad bélica) será tan despiadado como las acciones bárbaras que acometió. En este sentido, todo el cuento parece querer cumplir con las tradiciones del relato infantil y popular clásico: es fiel a esa tradición donde lo maravilloso y lo real se entrecruzan de manera velada. Y tal como lo hacen esos cuentos clásicos, el que aquí se narra cuenta para los niños de forma simple, con toques de fantasía, lo más duro de la vida real, de la locura y la brutalidad de la guerra real, a la vez que, con ese castigo ejemplar que se ofrece al final, ayuda al pequeño lector a aliviar la angustia que el relato fue generando.

Pero lo que venimos comentando hasta ahora parece referirse en exclusiva a un libro, a un libro de cuentos propio de la LIJ. Y lo cierto es que hay más, hay mucho más, aquí, en este Juego Ingenioso de Lectura (JIL).

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El juego de la oca, el juego de una pierna.

El cartón rígido que oficia como soporte del cuento al modo de un objeto libresco contiene, en su reverso, un tablero para un juego de mesa. Y aquí, necesariamente, vuelven las referencias a la historia, a la tradición.

Por la misma época en que los hermanos Grimm compilaban los cuentos clásicos, se extendía la costumbre de los “juegos de la oca” y se comercializaban los primeros ejemplares del juego de mesa. La tradición del juego de la oca remonta a épocas anteriores, a la de Perrault, tal vez, cuando eran miembros de la nobleza quienes practicaban esos juegos en su ociosidad de clase.

El juego de la oca consistía en un tablero con 63 casillas. En la casilla 63 estaba el jardín de la oca. Los jugadores debían mover sus fichas por las casillas del tablero de acuerdo con el azar del lanzamiento de un dado que les indicaba cuántas casillas avanzar. Entre las 63 casillas había algunas especiales (la de la oca, la del puente, la del pozo, la de los dados, la del laberinto, la de la cárcel, la de la muerte). Estas casillas podían hacer avanzar al jugador, o podían hacerlo retroceder, o quedarse quieto en un punto del recorrido. Ganaba quien llegaba a la casilla 63: quien entraba al jardín de la oca.

Todo ello, está, a su manera, en su lógica narrativa, en este Juego de una Pierna.

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Las piernas cortadas (casillas 5 y 41) te hacen retroceder hacia una casilla anterior donde haya otra pierna cortada.

Fiel a esa tradición del juego de la oca, el juego de “Una pierna” reproduce en el tablero alternativas similares. Las “reglas del juego de una pierna”, escritas en el reverso de la faja que envuelve y presenta el JIL, despliegan su ingenio a la hora de indicar qué ha de suceder en cada una de las distintas casillas que contiene el tablero: “De corte en corte he perdido el norte”, dice el instructivo, y refiere a las piernas cortadas que aparecen en las casillas 5, 9, 14, 18, 23, 27, 32, 36, 41, 45, 50, 54 y 59, en las cuales, si caes al tirar el dado, tendrás que retroceder hasta la casilla anterior que tenga una pierna cortada; “Corro con esmero, pero caigo en el agujero”, dice, y refiere a la casilla 31, en la cual, si caes, no puedes volver a jugar hasta que no pase otro jugador por ella; “Maldita sea mi suerte, es la mano de la muerte”, dice, y refiere a la mano mortal que están en la casilla 58, en la cual, si caes, debes retroceder a la casilla 1; y finalmente, la casilla de “El jardín de las piernas”, en la cual, para entrar, y ganar el juego, has de sacar con el dado los puntos justos.

Ya desde el título, en su tipografía, podemos ver que no hay ningún detalle descuidado: a las letras A les falta una pierna. Y esa idea, la de la pierna perdida y buscada, oficia como un leitmotiv del diseño del juego en su conjunto, donde cada casilla está ilustrada con el mismo tono humorístico con que se cuenta el relato del teniente apostador. Cada una de las ilustraciones parece encerrar en sí, además de una posibilidad azarosa de avanzar o retroceder en el tablero, una breve historia, apenas referida por una iconografía simple y contundente a la vez. Y todo el juego de la pierna bien puede ser leído como un relato de aventuras, con su presentación, su desarrollo, su desenlace.

El jardín de las piernas, ilustrado en la casilla 63, es el final de la partida. También es el escenario del final del cuento. La ilustración de esta casilla, figuras en negro sobre fondo blanco, es igual en ambos lados del tablero, con lo que se remarca así el paralelismo sugerido (y muy bien logrado) entre relato y juego.

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El jardin de las piernas: casilla 63.

En este sentido, en este Juego Ingenioso de Lectura (JIL), leer y jugar asumen un parentesco muy cercano: cara y contracara de un soporte en común. El aire de familia de los libros y de los juegos se mezcla. No hay un límite. Hay un ir y volver, desde un cuento clásico de LIJ a este JIL dispuesto en consonancia y en contraposición.

“Una pierna” explora esa mezcla, esos límites, y se nos ofrece para leer y para jugar en cada detalle; en cada ilustración (tanto en las que acompañan en grises al texto del relato literario, como las que acompañan en color al “texto” del tablero de juego de mesa); en cada línea de un texto donde infancia y vida adulta, realidad y fantasía, lo tradicional y lo ingeniosamente innovador delimitan lo permitido y lo prohibido a través de un conjunto de reglas, expícitas e implícitas, que el lector y el jugador pueden operar a su gusto, y a su imaginación. “Es así como el autor diseña su objeto, antes que nada, para jugar a confundir el sujeto poético”, dice Ana Lartitegui en el texto de presentación del nuevo número de “Fuera de Margen” que se ocupa, especialmente, de “El objeto libro”: una apreciación que se aplica perfectamente a este JIL, ¿o debiera decir a este libro?, ¿o debiera decir a este juego?

En cualquier caso, JIL y LIJ, aquí, componen una dinámica capicúa, de ida y vuelta, casi como las dinámicas que se pueden plantear entre la lectura de un relato o el relato de un juego, saltando de uno al otro, adelante y atrás, en una pierna.

El trabajo titánico de querer a un árbol: “Mi gran árbol”, de Jacques Goldstyn

En el libro de las “50 cosas peligrosas (que deberías dejar hacer a tus hijos)” no podía faltar esta: “Trepa a un árbol”. Quien de niño pudo disfrutar de esa pequeña gran aventura, sabe el placer que esa actividad —peligrosa, sí—, nos ofrece. Lo que no es tan fácil saber es el peligro que puede llegar a significar hacerse amigo, muy amigo, de un gran árbol.

El libro que hoy me ocupa contempla la actividad de subirse a un árbol y el desafío de querer tener a este por amigo. Se trata de “Mi gran árbol”, escrito e ilustrado por Jacques Goldstyn, publicado originalmente en Canadá, por Éditions de la Pastèque, fue traducido al catalán y al castellano y publicado por la Editorial Tramuntana en 2016.

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La historia comienza con un niño que pierde un guante. Lo va a buscar a la sala de objetos perdidos de su escuela. Bajo la atenta mirada del encargado, busca en una caja que está llena de guantes perdidos. No lo encuentra, pero no duda en llevarse otro cualquiera, uno diferente. Sale del colegio con los dos guantes distintos: uno rojo y uno verde.

El niño, que cuenta toda la historia en primera persona, está feliz y se siente muy original llevando dos guantes distintos. Claro que no demora en constatar que a la gente le causa risa, y hasta le molesta cualquier gesto original y divertido que implique saltarse una norma. El niño que protagoniza esta historia no parece muy preocupado por ello. A él no parece afectarlo el qué dirán. Es consciente de ser diferente a los demás. No le gustan las actividades en grupo. Prefiere andar solo por la vida. Y aclara: “no se piensen que me aburro. Al contrario”.

El monólogo del niño se acompaña por la ilustración a la hora de contar esta historia. La ilustración es del tipo de un cómic, aunque en esta oportunidad, más que una suerte de novela gráfica, configura un álbum narrativo extenso. Sobre fondos blancos, con trazos de tinta, pocos colores rayados a lápiz, el dibujante nos ofrece personajes, objetos y escenarios dibujados con esa ligereza tan bien cuidada que caracteriza a ilustradores como Sempé o Quentin Blake.

Luego de que el personaje nos dice que no se aburre lo vemos en una doble página, repartida en cuatro viñetas de igual tamaño, pescando en el río, estirando la masa de un pastel en la cocina de su casa, jugando al ajedrez, paseando en patineta durante la noche: siempre en solitario. El “silencio textual” de estas cuatro viñetas generan cierto suspenso luego de lo expresado verbalmente, y anteceden la gran confesión: “De todas las cosas que me agradan hacer, la que prefiero es subirme al mi gran árbol. Mi gran árbol se llama Titán”.

Podríamos decir que hasta este momento, e incluso desde antes de entrar en la historia (ya en las guardas delanteras encontramos dibujadas a lápiz en verde una cantidad de hojas de roble), se venía cumpliendo la presentación del cuento. A partir de aquí, con esta confesión, comenzaría el desarrollo.

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“Una vez escalada la primera gran rama todo fluye, todo es más fácil”

El árbol, que es un roble, gana en presencia, y todo comienza a suceder en su entorno. Con sus 500 años de vida, el roble Titán se nos presenta como un gran amigo del niño. El niño lo conoce en toda su amplitud y en cada detalle. Lo ha recorrido desde las raíces hasta las ramas más altas. Ha vivido con él grandes aventuras. Ha conocido toda la vida secreta que el árbol alberga. Ha sido su escondite panóptico para auscultar los secretos de muchos otros personajes de su pueblo. El niño ha compartido años de su vida con el árbol, y siempre, siempre, espera que llegue la primavera, porque es cuando el roble Titán reverdece y el niño más disfruta de su compañía.

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“Estoy impaciente por que llegue la primavera”

Entonces comienza el drama. Llega una primavera en que Titán no se cubre de brotes ni de hojas. El niño espera y ruega que Titán rebrote, pero un día se resigna a que eso ya no suceda. “El Titán ha muerto”, dice el niño. Y él sabe qué se debe de hacer cuando un gato o un pájaro se muere, pero ¿qué puede hacer con su árbol?, ¿cómo enterrar el cadáver de un árbol?

Tras reflexionar sobre eso, el niño pasará a la acción. El desenlace de la historia se cuenta en las últimas 5 dobles páginas del libro (y también en las guardas posteriores). Allí no hay ningún texto. En silencio, en el más pleno silencio, el niño encontrará qué hacer con su árbol, su amigo, su mejor compañero de aventuras, que ha muerto… ¿ha muerto?

“Mi gran árbol” es una historia contada de principio a fin con un humor tierno y conmovedor. Un gran libro para una gran historia. La edición canadiense del libro es finalista en el Prix TD de Littérature Canadienne pour l’enfance et la jeunesse, que se otorgará el próximo 1 de noviembre. También ha sido seleccionado para la 12ava. Edición del premio Atrapallibres 2016-2017, integrando la terna de finalistas en la categoría de lectores de 9 años.

El autor, Jacques Goldstyn, nació en Quebec, Canadá, el primer día del año 1958. Es muy conocido por sus ilustraciones en el campo de la divulgación científica para niños, donde ha publicado varios títulos y colaborado en revistas especializadas. También se lo reconoce como humorista gráfico, con publicaciones de carácter político. En los últimos años se ha volcado con mayor libertad al trabajo en álbumes como el que comentamos, siendo sus publicaciones más destacadas: “Azadah”; “Le prisonnier sans frontières”; “Le petit tabarnak”, entre otros títulos que ya nos gustaría que lleguen por aquí.