Ecos de “Ver llover”: una lectura irreverente de Ana Silva

Dicen que un libro termina allí cuando llega a las manos de un lector y este lo lee. Si el lector le pierde el respeto al libro y, afortunadamente, se pone a deambular en él sin dejar que el texto y las imágenes lo condicionen mucho, pueden pasar cosas como esta:

Una lectura irreverente de “Ver llover”:
Tapa y contratapa bañadas en agua. Llueve por los dibujos. Me llueve esa lluvia invitadora, que desafía en sus propuestas. Versos e ilustraciones desgranan gotas multicolores, en un diálogo que se expande. La poesía puesta en color; el lenguaje, sonoridad y ritmo en una manera de decir y de mostrar que se hunde en el lector, que lo convoca porque lo obliga a detenerse, a caminar de otra manera y desautomatizar los pasos, la mirada, el apuro: “¿Qué color tiene el aire/ y el agua/ y los soplidos del viento en una tarde de lluvia?”  Esa voz en segunda, que invita a la charla, que propone recorridos de estreno. Y me prendo fácil a la convocatoria y al hablar de mi lectura, de esta lectura irreverente, desparramo piezas de mi vida sobre la mesa. Algunas aletean, otras solo duermen en un frasco vacío. Pero las gotas golpean, lavan, bañan y recorren. Este texto me marca. Hace rato que me marca. No lo descubrí hoy, sino que viene desde 2010 hablándome bajito. En un codo a codo que huele a tierra mojada, a pasos apurados, a paragua desmantelado por el viento.
Ver llover agudiza mi vista y mis recuerdos. Algún café de Buenos Aires, desde el que vi llover y un tango húmedo que trae ciertas cosas que la vida trabajó con dolor porque la lluvia y la poesía del tango tienen una larga e íntima amistad. La lluvia gris golpeando caras y cristales y Cadícamo que me murmura “Afuera es noche y llueve tanto”.  Desde la pantalla, en Lluvia, la cara de Valeria Bertucelli y las gotas salpicando la inteligencia dolorida de su cara. ¿Por qué la lluvia? ¿En qué charco de infancia me quedé para sentirla tan a fondo? ¿Cuántas veces caminé para que las gotas me dijeran algo? “Dependen de tus ojos/los colores.”
                Recuerdo una tarde de febrero, la piel joven. “Las cosas que comienzan con lluvia siempre terminan bien”, eso dijo. La vida se encargó de desmentirlo. Pero ese abrazo mojado prometía un arco iris. Lo hubo, pero tan chiquito que se agitó entre las nubes para después perderse, vaya uno a saber dónde.
                Desde la tapa como en un espejo, leo de arriba hacia abajo y a la inversa. Los autores, inmersos en el mundo poético, participan de la lluvia, ya desde los paratextos. Nada queda librado al azar. Hay poesía en cada trazo, en ese vaivén de juego y color, la imagen recortada, la impronta del niño que con su crayón armó su escena; en cada palabra explotada en su sentido y sonoridad. Un ir y venir de sensaciones. Discurrir de memorias y de miradas. Las lluvias. Mis lluvias, las amigas y las que arrasan. “rojo, azul, amarillo,/ gatos, coches, llovizna”. Y hay rostros, sonrisas, algún llanto, un árbol. La Lluvia a rayas, en gotones, en cascada. Lluvia con luna de Melies que me lleva a Selznick y a Scorsese. Magia del cine y de la literatura puestas allí, desplegando posibilidades.
                 Lectura, que me llevó por un río de gotas. Como la vida en un cauce de días sorprendentes. Nada es opaco bajo la lluvia. La foto de una mujer con sombrero. ¿Delmira Agustini? Busco. Leo poemas. Me inclino por Idea “Estoy/y arrecia el viento/ y truena/y llueve […]
                Sé que la travesía recién empieza. El libro me sorprende cada vez que lo exploro. La boca del huracán captura secretos. Me hundo. En el próximo encuentro, tal vez, pueda sistematizar tantas emociones.
Tapa del libro "Ver llover" (Segunda edición)

Ver llover, Editorial Calibroscopio, Argentina, 2010.

El texto es de Ana Silva, fue escrito como ejercicio final la especialización en Literatura Infantil y Juvenil de la UNSAM. Publicado en el blog “Donde viven los libros“.
Gracias.
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No hay críticas y hay críticas que…

A esta altura, el siguiente reclamo es un lugar común en nuestro medio (escribo desde Uruguay): prácticamente no existe crítica literaria en el campo de la LIJ. Los medios de comunicación no se ocupan de ella. Apenas, con suerte, difunden alguna novedad, y lo hacen a partir de los textos de contratapa, sin más.

Algunos pensarán que es mejor así. Pero a mí me resulta una desventaja, porque nunca está de más el intercambio serio (crítico, digamos) al respecto de nuestra propia labor como escritores.

Con algunos colegas, tengo la suerte de intercambiar ideas, perspectivas, pareceres y comentarios (más o menos críticos) sobre lo que hacemos. Pero nunca es suficiente, o al menos no lo es para mí. Y a menudo, entre nosotros, nos decimos que es una lástima que no haya una mirada especializada que pueda separar el trigo de la paja.

Así y todo, hay otro tipo de crítica en el campo dela LIJ. Una crítica que no proviene de la academia ni de los sectores especializados, sino de los destinatarios del género: niñas y niños que leen, comentan y dicen lo que les gusta y lo que no, y cómo.

Esta crítica, la más grata de todas las posibles, tampoco es fácil de recoger por parte de los autores. A veces nos sucede que en alguna actividad puntual nos encontramos con los lectores y ellos nos dicen algo. Son devoluciones que, más allá de alimentar la vanidad del autor (o de decepcionarla), sirven para saber por dónde van los aciertos y por dónde los errores.

En esta dirección, ayer recibí un correo de una colega, Gabriela Armand Ugón, que además de escribir LIJ, de promover la lectura y de tener un surtidísimo Rincón del Libro en FB, ejerce magisterio. Transcribo lo que me cuenta sobre su práctica de promotora de la lectura en clase:

Yo les leo algo todos los días del año, y contrariamente a lo que piensan muchas personas, la poesía les encanta (…) No analizo los libros como se hacía antes en las escuelas, sino que una vez leído cada libro dejo que fluyan los comentarios solos, y es divino escucharlos… Hay nenes que son tan expresivos, y salen cada cosas… algunos logran transmitir con la oralidad mucho más que en forma escrita, pero otros realmente logran expresar mucho con la escritura.

Resulta que, por estos días, Gabriela les leyó a sus alumnos algunos poemas de Ver llover, y tuvo la gentileza de enviarme los comentarios de ellos, niños y niñas de entre 7 y 8 años. Parece que a Gabriela no le va mal en su práctica de leer poesía, al contrario de lo que a menudo nos dicen editores, libreros y otros: que la poesía no se lee.

A continuación transcribo los comentarios que me llegaron de niños y niñas, y dialogo con mis lectores-críticos, a la vez de hacer cómplices de este intercambio a quienes se quieran sumar:

Germán, me gustó el cuento Ver llover. Me gustaría hacer cuentos como vos. Me dio mucha lástima el niño. Algún día me gustaría tener la misma actitud que vos. Me gustaría tener ese corazón de ángel que tenés vos.

Sabrina

Sabrina, me alegro de que hayas encontrado en los poemas un hilo narrativo, o sea, que los hayas tomado como pequeños cuentos. Hay algo de eso en estos poemas, así que ¡lo has descubierto! Y seguro que eso que llamas «corazón de ángel», es una forma de sensibilidad que tú ya tienes. No tendrás que esperar al futuro para encontrarle los latidos: están ahí.

Uno de los poemas de Ver llover comentado por los niños.

Hola Germán Machado ¿cómo andás? Yo estoy bien. Mi maestra Gabriela siempre me lee libros lindos.

A mí me encantó el poema y me re encantó un montón y a mí me gustó la parte que un niño se fue para afuera y se miró los zapatos y se cayó una gota.

Valentina C

Valentina, ¿verdad que está bueno que los maestros lean libros lindos todos los días? Es algo que debería hacerse en todas las escuelas y en todos los cursos. Algunas maestras y maestros lo hacen, pero no todos. Si a ustedes les gustan esas lecturas y comentan lo que leen con tanto entusiasmo, seguro que Gabriela se sentirá muy satisfecha de andar buscando todos los días un libro para leer. Una suerte para ambos: alumnos y maestra.

Hola Germán Machado: Buenos poemas, está re bueno el poema del huracán y el que dice gris… griss… grisssss

pero me dio tristeza el poema que se llamaba Rojo

Lucas Rueda

Germán, soy Valentina Guadalupe. Me gustó el poema que dice gris… grisss…. grissssss y el poema Rojo. Algunos poemas me gustaron mucho. Cuando Gabriela leyó Rojo me sentí triste y cuando leyó gris, grisss, grissss me dio gracia.

Valentina G.

Otro de los poemas: gris, griss, grissss...

Lucas y Valentina, en ese libro hay poemas juguetones, festivos, alegres, y otros más tristes. Y es que la lluvia tiene eso, ¿verdad? Sus distintos colores y sabores. Hay días que la recibimos con entusiasmo, otos días nos asusta y nos alerta, y hay otros en que nos da una tristeza honda. Bueno, Ver llover trata de captar, en la mirada del que escribe y en la del que lee, esos estados de ánimo. La poesía, en general, sirve para eso: para conectar las distintas experiencias que tenemos de lo que sucede afuera y adentro de nosotros. Y las cosas, como nuestros estados de ánimo, cambian mucho. Es cuestión de estar atentos a esos cambios: mirarlos, verlos, prestarles atención, expresarlos y leerlos. Por así decirlo: dejar que la lluvia nos abrace, y abrazarla.

Hola Germán Machado: Tengo una maestra, te digo el nombre de mi maestra: Gabriela. Me encantó mucho gris, griss, grisss. Todo me encantó. Me inspiró cuando el niño que no tenía zapatos me llegó en corazón. Me hizo llorar.

Dana

Dana, a mí a veces también me pasa eso cuando leo: se me estruja la garganta y me dan ganas de llorar. Y sí, a veces lloro al leer, como tú y como muchas personas. Hay lecturas que conmueven. Es a causa de las emociones que el escritor recrea cuando escribe y que el lector vuelve a recrear cuando lee. Formas de encontrarnos con nuestros sentimientos y con los sentimientos de los otros. Conmover quiere decir algo así como movernos con el otro: sentir lo que él siente. La poesía y el llanto a veces buscan eso: desahogar algunas penas, o celebrar algunas alegrías. Vas por buen camino como lectora.

Germán Machado, me encantan tus poemas ¿Podés hacer más poemas? Si podés te agradezco. A mí las personas pobres me dan lástima y el último poema que leyó mi maestra me dio mucha tristeza.

Clarisa

Hola, Germán: Espero que hagas más cuentos como Ver llover, porque no leímos todas las partes pero las que leímos me gustaron y otras me dieron lástima.

Cristian A.

Hola, Germán: Mi maestra leyó un libro de vos. Sos un gran escritor de poemas. También cuando el niño estaba descalzo y estaba bueno y el que se llamaba Rojo y había y el niño que no tenía zapato y era otro que ese tenía zapato.

Lucas R.

Germán, me gustó el poema Rojo pero me dio tristeza, no me gustan los niños que sufren.

Agustina

Hola, Germán. Me gustó tu poema, espero que hagas más poemas. A mis compañeros les gustó mucho. Es tan lindo tu libro que me dan ganas de tenerlo.

Maximiliano

De Luciano a Germán Machado

Hola, Germán, ¿qué estás haciendo? Mi maestra me leyó un poema y en algunas partes me puse triste por el poema Rojo que un niño se mira los pies y le mira los zapatos a otro niño y se le cayó una lágrima y esa lágrima debe haberle caído en el pie.

Clarisa, Cristian, Lucas, Agustina, Maximiliano y Luciano: si tengo cerca a lectores como ustedes y sus compañeros y compañeras de grupo, seguro que me esmeraré por escribir más poemas. Ya los verán.

En cuanto a la pobreza y al sufrimiento ajeno, sí, es cierto: da lástima. ¿A quién no le gustaría vivir en un mundo en el cual no existiera la pobreza? De tristezas como las suyas y la de muchos más habrá que conseguir la fuerza para que ese mundo sea posible. Los sentimientos son como transformadores de energía: toman una energía negativa y la transforman en una positiva. Y a mí, a veces, me gusta pensar que la poesía tiene mecanismos secretos que ayudan para que eso suceda.

Hola, Germán. Me gustó tu poema y me puse feliz. Me gustó cuando vi al niño descalzo por la calle y sin zapatos pero capaz que tenía frío en los pies porque no tenía zapatos.

Jessica

Jessica, me gusta que tú encuentres en ese poema una experiencia distinta que la que encontraron tus compañeros: seguro que más de una vez te divertiste chapoteando descalza entre los charcos. ¿Está bueno eso, eh! La poesía encierra distintos significados y, de última, por regla general, termina de construirse cuando un lector la lee y encuentra en ella el significado que mejor le viene al momento de leerla. Así que, junto a ustedes, y a esa lectura que hicieron con la maestra Gabriela, el libro Ver llover cobró nueva vida.

Días atrás una persona se preguntaba qué hacen los libros mientras nadie los lee. ¡Intrigante, verdad? Yo creo que lo único que hacen es esperar y tener la esperanza de encontrar sus mejores lectores.

Gracias a todos por sus comentarios. Y gracias a Gabriela por intermediar entre los libros, los niños y los autores. Cualquier día de estos nos vemos y leemos juntos otros poemas. Saludos.

Sobre la vigencia de «Perico» y otros yuyos de nuestra geografía literaria

La renovación de la literatura infantil y juvenil en Uruguay, que se llevó a cabo a principios de los noventa, supuso, para muchos autores, editores, promotores, mediadores y lectores, un pasaje radical desde una escritura en tono neutral y con lenguaje poético a otra en un tono irreverente, con lenguaje informal y coloquial.

También supuso (o impuso) que de los tres mandatos de la poética clásica —educar, conmover y entretener—, sólo el último se mantuviera como valor de intercambio. Un libro para niños y jóvenes tenía que ser divertido, y sanseacabó. Los niños leerían por placer y elegirían, en todo su derecho, qué leer y qué no, y allá el adulto con sus consejos sobre adecuación, bondad, calidad y esfuerzo. El placer y la diversión sólo llegaría de la mano de un relato ameno, humorístico, burlón, fresco, desenfadado, desvergonzado, en fin: irreverente. Y el relato, demás está decir, tendría que estar escrito con un lenguaje llano, directo, descontracturado, al uso de las nuevas generaciones. La fórmula, debidamente comprobada en el parnaso de las cajas registradoras, funcionaba, así que la discusión, literalmente hablando, quedaba saldada.

Claro que, con el paso del tiempo, lo que en un momento fue renovador comenzó a ser repetitivo. Lo que fue nuevo, comenzó a envejecer. Y lo que era divertido… ¿será que ya comenzó a aburrir?

No me considero una persona reaccionaria ni retrógrada. No creo que en las vueltas atrás pueda haber algún tipo de progreso. En todo caso, pienso que dadas determinadas situaciones de estancamiento, una buena alternativa siempre es revisar lo hecho y ver hasta dónde nos es posible plantear un nuevo punto de inflexión que equilibre las tensiones anteriores y sirva como apoyo para un nuevo impulso, nuevas apuestas, aperturas. Pienso que en el terreno de la literatura para niños y jóvenes, hoy día, estamos atravesando una situación de ese tipo. Y que mucha gente está preocupada por retomar un equilibrio entre los supuestos opuestos (didactismo vs. diversión, libre elección vs. orientación; sensibilidad vs. irreverencia…), un equilibrio donde la calidad sea el fiel, y el niño lector sea el que finalmente resulte enriquecido.

Por eso, me parece importante tener una amplitud de miras que nos permita volver a enfrentarnos a un texto como «Perico», de Juan José Morosoli (1899-1957), texto clásico de la literatura infantil y juvenil uruguaya durante un período extenso (por lo menos desde 1945 hasta 1973, con re-ediciones posteriores al período dictatorial) y que también nos permita pensar hasta qué punto podríamos ser capaces de acercar esa obra, hoy día, a los niños y jóvenes. ¿Qué esfuerzos de mediación requeriría llevar ese libro a un lector infantil de nuestra época? ¿Qué tipo de edición requeriría? ¿Qué proyecto de lectura conjunta? ¿Valdría la pena el esfuerzo?

Portada de la primera edición de Perico

Portada de la Primera Edición de «Perico», de Ediciones Liceo (1945).

Nadie dudará, tras leer Perico, sobre las virtudes literarias de ese clásico: riqueza del lenguaje, densidad poética conmovedora, construcción argumental muy bien ajustada en cada relato, vivacidad de los personajes, una visión del mundo aguda e incisiva sobre el contexto social e histórico en que se ambienta el cuerpo de los relatos: el contexto de un mundo rural y tradicional que se diluía ante las nuevas realidades del progreso y la modernidad. Nadie, que pueda leer ese libro hoy día, dudará en considerarlo un clásico, al menos en una de las acepciones que nos da Ítalo Calvino:

«Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.»

(Ítalo Calvino: Por qué leer los clásicos)

Y ahí está el desafío, ¿cuáles serían, hoy día, las mejores condiciones para saborear (disfrutar) el esfuerzo de leer ese libro? Al párrafo antes citado, agrega inmediatamente Calvino:

«En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente.»

Doy fe de esto último contando una anécdota muy personal. Cuando había escrito el núcleo fuerte de los poemas del libro Ver llover, aún no tenía decidido el título del conjunto. Venía reuniendo y ordenando los poemas en un archivo pobremente nominado: poemas pluviales. Un día, ya casi pronto el libro, vino a mi cabeza el título ese: Ver llover. No sabía entonces de dónde me sonaba, pero había en ese título resonancias de algo conocido, algo leído o visto por ahí. Me sonaba bien, por cierto. Me gustaba. Y sin poder recordar el origen del título, lo dejé puesto y así fue publicado. Tiempo después, en una de mis relecturas del Perico de Morosoli, me encontré con el inicio de uno de sus relatos, el que lleva por título, La lluvia:

«Ver llover allí, en aquella chacra, era una cosa que causaba placer. Un placer tranquilo que aún me alegra…»

Página interior de Perico

Interior de la edición de «Perico» de Banda Oriental (1994), con ilustraciones de Lino Scala

Y ahí, en el arranque de la lectura de ese relato, recordé: sí, una lejana resonancia había movido en mí uno de esos «mecanismos internos», inconscientes, de los que habla Calvino. Esa fuerza especial del libro, que había conquistado el olvido, dejó en mí su semilla: y no creo que ese libro de Morosoli solo haya actuado ofreciéndome nada más que el título (dejo a otros el encontrar más resonancias).

Obras literarias como el Perico de Morosoli encierran, por su riqueza y fortaleza poética, una dimensión de pasado y futuro siempre a la mano de cualquier presente. Pienso que saber recoger la fuerza literaria de obras como esta, e intentar liberarla en una actividad de escritura y lectura que sea formativa, conmovedora y entretenida es el desafío para la literatura infantil y juvenil actual y, quizás, fue y será el desafío para la literatura de todos los tiempos. Claro que para ello serán necesarias muchas mediaciones, combinaciones y mezclas diversas en el proceso de lectura: desde el diseño del libro a ser re-editado hasta la puesta del libro en un contexto histórico y literario determinado por parte de quien vaya a promover su lectura, amén de tener al alcance un buen glosario de vocablos poco usados. Y también será necesario dejar de prestar tanta atención a la inmediatez del «diver-timen-tómetro» (algo que hoy día rige mucho mejor la televisión o los video-juegos que la lectura) y al tin-tin de la caja registradora (algo que en la actualidad depende de tendencias comerciales extra-literarias y crisis venidas o por venir).

Portada de Perico de 1994

Portada de la edición de «Perico» de Ediciones de la Banda Oriental (1994), con ilustraciones de Lino Scala

Seguramente, abordar la tarea de acercar libros como este a las nuevas generaciones pueda ser también un modo de abrir puertas a nuevas apuestas literarias: apuestas que sostengan la diversidad y la riqueza del conjunto de libros que el niño pueda elegir de forma autónoma y degustar a su manera. Y viceversa: libros actuales, en la verticalidad de su poesía, pueden fomentar la lectura de clásicos como este.

Los más diversos yuyos, agrupados en la canasta de un yuyero viejo, te pueden enseñar la geografía de un terruño: Morosoli lo sabía bien. También te pueden alertar de que hay más condimentos, además de la ketchup y el pepino.

Poesía y escuela (III): segundo grado

El viernes pasado, a las 7:30 de la mañana, arribé a Buenos Aires en el buque Eladia Isabel. Me preguntaba, mientras hacía esfuerzos por dormir en ese segundo tramo del viaje desde Montevideo, vía Colonia, ¿por qué demonios los de la empresa no apagan las luces y te facilitan la conciliación del sueño? La respuesta es fácil: quieren que vayas al bar y al free shop, y que consumas. Pero lo cierto es que no hice ni lo uno ni lo otro: no consumí nada y no dormí nada.

Llegué a Buenos Aires con el cansancio de la jornada anterior y el acumulado del viaje, pero el aire húmedo de la capital porteña, ese olor a caucho quemado característico que tienen las avenidas en la zona del puerto y un buen desayuno en un café de la avenida Córdoba bastaron para acomodar el cuerpo y el ánimo para el resto de la jornada, que sería larga. Larga, pero con sorpresas muy gratas.

A media mañana tenía planificado visitar una clase de segundo grado de un colegio: el Sarmiento (tal como me lo nombraron). La visita, a donde fui acompañado de mi editora, fue una experiencia digna de ser notificada: por eso escribo ahora.

Nada más entrar al edificio, pude prever un clima propicio para hablar de poesía, que era en definitiva a lo que iba. Encontré pegadas en el suelo unas fotocopias con textos escritos por los niños enmarcadas en la imagen de hojas de plátanos.

Esos textos producidos por los alumnos respondían a un trabajo en clase, donde se había organizado una actividad de aproximación a la poesía a partir del tópico del otoño y la caída de las hojas de los árboles.

La maestra y sus asistentes habían logrado sensibilizar al grupo de chicos (de entre seis y siete años) que yo llegaba a visitar. Además de la experiencia puntual con la materia poética general, ellos habían hecho una lectura previa de Ver llover y, tal como lo manifestaban sus rostros sonrientes y expectantes, querían conocer al escritor. Conocerlo y charlar con él.

Les conté cuál había sido mi experiencia como lector de poesía. Les conté cómo habían surgido mis libros. Les conté lo que uno espera de la poesía al escribirla. Les leí algunos poemas de otros escritores y algunos poemas de mis libros, entre los cuales, ese de Ver llover que dice:

Aquí es invierno.
Pasa un niño descalzo
caminando por la calle.

El cielo está llorando de frío.

Bajas la cabeza,
miras tus zapatos
y agregas una lágrima a la lluvia.

E intercambiamos, dialogamos con un grupo de chicas y chicos que habían estado peleando con el lenguaje y sus sentimientos para elaborar textos poéticos: eso fue la actividad en definitiva.

Para mi sorpresa, sucedió algo que no suele suceder en este tipo de jornadas. Mientras algunos niños charlaban más y preguntaban más, hubo uno que permaneció en silencio. Seguramente estaba reconcentrado. No lo había notado hasta que se me acercó con un papelito. Mientras otros se turnaban para hacer preguntas y charlar conmigo, él escribió algo, y vino en silencio a dármelo. Lo leí en ese momento y quedé sorprendido. El papelito decía lo siguiente:

Hace mucho, mucho tiempo, una noche de lluvia, un chico se resbaló descalzo y a mí se me cayó una lágrima y una hormiga se mojó.
(Corrijo la ortografía del texto sólo para facilitar la lectura)

No voy a hacer aquí un culto de la espontaneidad expresiva de la infancia, más allá de que el acto de ese niño pudiera ejemplificarla. No seré yo quien menosprecie un trabajo previo de sensibilización y formación, que en definitiva fue lo que seguramente alentó este gesto infantil «espontáneo».

No voy a hacer aquí un culto del facilismo en la escritura poética, más allá de que el texto que elaboró este niño logra uno de los afanes de la poesía: hacer chocar imágenes para dar cauce a un sentimiento que no puede expresarse por medio del aislamiento abstracto de las percepciones o la autorreflexión controlada de manera consciente.

Sólo quiero mostrar cómo el trabajo en el aula, un trabajo sensible, motivador, entusiasta y lúdico, puede dar sus frutos en lo que respecta a la formación de chicos y chicas que, sin los encumbramientos vanos de la poesía, se acercan al lenguaje poético, lo disfrutan y son capaces de ponerlo en acción de la manera más inesperada; de la manera menos corriente. Todo un logro. Y un disfrute, por cierto.

Buenos Aires, la Feria del Libro y los premios ALIJA

El próximo domingo, 8 de mayo, a las 20:30hs., en la Sala Leopoldo Lugones de la 37ava. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, se entregarán los premios de los Destacados de ALIJA 2010, que distingue lo mejor de la industria editorial de Argentina para niños y jóvenes.

En la invitación que hace ALIJA, se considera esta actividad como “una cita con la literatura, la lectura y los buenos libros para niños y jóvenes”, y se agrega que:

La ceremonia promete contar con el clima de caramadería y encanto que ha caracterizado las últimas entregas, así que esperamos contar con la presencia de todos ustedes a esta que es un verdadera fiesta para todo el campo de la literatura para niños y jóvenes argentina.

Allí estaré. Viajo a Buenos Aires el viernes y me quedo hasta el domingo de noche. Ya contaremos cómo salió todo.

Dejo por aquí el folleto que publicó ALIJA para la ocasión. ¡Ver llover está muy bien acompañado, eh! Un gusto.

DESTACADOS ALIJA 2010 - 37a. FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BUENOS AIRES

Ver llover en muy buena compañía. Destacados ALIJA 2010