Por sus espigas la reconocerán: entrevista con Ana Garralón

Ana Garralón es especialista en libros para niños, labor a la que se dedica desde ya hace más de tres décadas. Un repaso a su biografía nos la presenta como un personaje que bien podría habitar en un libro de aventuras o en alguno de esos libros de viaje de científicos exploradores. En todo caso, cuando uno la conoce en persona, luego de haberla leído en libros y en publicaciones en la red, descubre a una mujer espigada, amable, sonriente, con el rostro y los gestos de una niña inquieta y con la picardía de alguien que está pensando su próxima travesura: un proyecto, un taller, una conferencia, la reseña de un libro insospechado o un artículo que, seguramente, una vez publicado en su blog, va a causar revuelo en el ambiente. Ese afán crítico e inconformista, sumado a una sólida formación y a un saber enciclopédico, la ha posicionado como una voz de referencia en el mundo hispanohablante de la literatura infantil y juvenil, donde se la admira y se la estima por sus lúcidos aportes intelectuales y por su generosidad docente. Garabatos y ringorrangos tuvo el gusto de conversar con ella y de entrevistarla para los lectores de este blog. Aquí lo que nos dejó “espigar” en esta oportunidad.

Ana Garralón, en Río de Janeiro, pluma en mano.

Ana Garralón, en Río de Janeiro, pluma en mano.

G&R: A menudo, cuando se habla de Literatura Infantil, se cita la idea de María Teresa Andruetto sobre una literatura sin adjetivos. Según esta destacada escritora y ensayista, lo que importa es la literatura a secas, lo sustantivo de la literatura, y es completamente secundario el aspecto de la edad del destinatario. No obstante, el calificativo sigue haciendo su fuerza cuando nos detenemos a considerar ese espacio de la literatura destinado a los niños. Has dicho que no cualquier escritor, por más bueno que sea, logra escribir para niños. Y pienso que no cualquier libro tiene un carácter infantil o es accesible para los niños sin más. ¿Estás de acuerdo con que la Literatura Infantil, sea cual sea su calidad, tiene sus especificidades en relación con el destinatario? Si así fuera, ¿cuáles piensas que serían esas especificidades? ¿Completarías una lista de ocho de ellas?

Ana Garralón: Estoy completamente de acuerdo con las opiniones de María Teresa Andruetto. Creo que ella se refiere a reivindicar lo literario por encima de etiquetas. Pero no necesariamente la etiqueta de infantil, sino a esos adjetivos que decoran y sirven para clasificar la producción de libros para niños. Respecto a la edad del destinatario, no me parece en absoluto secundario, y creo que en la obra de Andruetto no lo es. Aunque un bello libro como Stefano puede ser leído por adultos -creo que ese es el sueño de muchos escritores de literatura infantil- basta una lectura comparativa con sus obras para adultos (publicadas en editoriales que no tienen el sello infantil) para detectar grandes diferencias de tono, tema, estructura y vocabulario. Y, desde luego, estas novelas suyas no soportarían la lectura en un lector de siete años por ejemplo. Si miramos con un poco de atención la historia de la literatura infantil vemos inmediatamente que valiosas obras para niños fueron contadas a niños, escritas para niños y publicadas por sus autores de forma diferenciada a sus obras para adultos. Podemos comprobarlo en autores como Peter Härtling, Lewis Carroll, Mark Twain, C.S. Lewis, R.L. Stevenson, Mirjam Pressler, Leo Lionni o, por citar el ámbito iberoamericano, Verónica Murguía, Francisco Hinojosa, Juan Villoro, Marcelo Birmajer y otros.

Sobre tu lista, ¡con lo que me encantan las listas!… pero no, sería como una receta. Creo que cada escritor ha ido indagando, a veces como ha podido, esta maravilla creativa que es pensar en los niños, buscar en la propia infancia, dejarse inspirar por ellos, ajustar el lenguaje de manera exacta. Rodari leía sus obras a cientos de niños diferentes para encontrar el tono justo; Leo Lionni improvisó en un tren con su nieto y así descubrió su talento; Roald Dahl contó durante muchos años cientos de historias inventadas a sus hijos antes de dormir: seguramente ese rodaje le sirvió cuando decidió sentarse a escribir para ellos. Sendak decía que siempre exploró su propia infancia, pero la de los temores y angustias, para crear algo nuevo. Tomi Ungerer decía algo así como “soy un cabrón y no puedo dejar esto de lado cuando escribo para niños“. Bueno, te he dado cinco.  Pero al igual que en la literatura, ¿cómo podríamos poner en la lista el talento?

"Historia portátil de la literatura infantil", Ana Garralón, Editorial Anaya, España, 2001. (A estar atentos, pues hay en preparación una nueva edición ampliada.)

“Historia portátil de la literatura infantil”, Ana Garralón, Editorial Anaya, España, 2001. (A estar atentos, pues hay en preparación una nueva edición revisada y ampliada.)

G&R: Tu Historia portátil de la literatura infantil comienza subrayando, en lo que hace al origen de esta literatura, la importancia de la tradición popular oral. Pasa de los mitos a los relatos y subraya que los cuentos “incluían mensajes profundos sobre la vida y el comportamiento”, si bien eso no implicaba grandes lecciones morales, y sí, en todo caso, la nutrición recreativa de un imaginario popular. Otras historias, en cambio, subrayan el hecho clásico, grecorromano, de que unos textos ya existentes fueron adaptados para la formación de los más pequeños dentro de las clases dominantes (Seth Lerer, “La magia de los libros infantiles). En esta dirección, en los albores de la cultura, la literatura infantil se definiría por su función pedagógica, orientada a la preservación de la ideología hegemónica. Pareciera que el dilema entre pedagogía y recreación se inscribe en la historia de la LIJ (y en nuestros acercamientos a ella) con un sentido social muy marcado. ¿Piensas que ese dilema, docere – delectare, sigue vigente hoy en día? Si así fuera, ¿cuáles serían las formas, y el sentido, de la tensión entre formación y diversión para la LIJ actual?

Ana Garralón: La tensión entre pedagogía y fantasía se percibe desde el primer libro que se imprimió para niños. Justo en estos días estoy revisando mi libro para una nueva edición y me queda claro que la función educativa de los libros infantiles estuvo siempre presente, para alfabetizar en un tipo de sociedad y formar ciudadanos vinculados a una clase social y, por lo tanto, a una ideología y moral concretas. En la actualidad, con la gran libertad que existe de poder ir a una librería o una biblioteca y leer cualquiera de los maravillosos libros que se publican para niños, me parece que la muralla entre lo que se lee en la escuela y lo que se lee de manera autónoma es enorme. Los libros van a la escuela, de la mano de planes lectores, con actividades para el currículum escolar, con sus pirls y sus evaluaciones y su gran mensaje de que esa lectura es una tarea más. En este sentido, la tensión entre formación y diversión casi no existe: hay libros llenos de valores y con espíritu formativo que están en el circuito, digamos, no escolar, y libros divertidos que figuran en los planes de lectura. Me parece que en la actualidad, el mayor reto es el de la libertad de elección, el de independizar un poco los libros de literatura infantil de las lecturas escolares que buscan rendimientos de comprensión, velocidad, adquisición de vocabulario, cosas todas muy importantes pero que deberían estar incluidas en los libros de texto. Luego tendríamos los libros de lectura personal y un planteamiento escolar con otras herramientas para crear lectores.

G&R: Acuerdo en que la tensión entre formación y diversión se ha relajado: tanto en la biblioteca escolar como en los estantes de las librerías. Una mayor libertad parece estar ofreciéndose a niños y niñas a la hora de elegir lecturas en un lado y en otro. Pero no dejo de percibir que en la infancia, el niño que elige sus lecturas tiende a escoger libros que los adultos propenden a calificar como “lecturas chatarra”. En ese sentido, la separación entre “lecturas de librería” y “lecturas de escuela” parecería estar delimitando una suerte de bipolaridad en el ámbito de la edición de LIJ, con lo cual la independización de la literatura infantil respecto de la literatura escolar iría aparejada con la presencia de sagas, colecciones con personaje central, autores “de culto” y “best sellers” que circulan en librerías (y en algunas bibliotecas) pero no en la escuela. ¿Percibes ese fenómeno? Si lo percibes, ¿consideras que en lo que refiere a la consolidación de “caminos lectores” las llamadas “lecturas chatarras” ayudan a crear “lectores literarios” o, por el contrario, a la larga desestimulan el hábito de la lectura en la medida que acostumbran al lector a un tipo de lectura que no ofrece complejidad ni retos reflexivos?

Ana Garralón: Sobre la bipolaridad entre “lecturas de librería” y “lecturas de escuela”, lo que yo observo es que las lecturas de escuela mantienen un modesto formato de bolsillo, se ajustan temáticamente a todo lo que tenga que ver con el currículum y no innovan demasiado en temas y géneros. Lo que se encuentra en librerías es muchísimo más que sagas y best-sellers: hay una gran diversidad de formatos, ilustradores, ediciones comerciales, populares, clásicos, clásicos ilustrados, poesía, libros de tapa dura y tapa blanda, y no digamos los álbumes ilustrados. Así que me parece que la oferta de librería y bibliotecas es mucho más amplia que la escolar. Otra cosa es que los niños ejerzan su derecho a elegir, muchas veces amparados por el gusto y la recomendación de sus compañeros de aula (y, de manera indirecta, de modas propiciadas por la publicidad). La última parte de la pregunta tengo que confesar que me molesta. Hay un discurso de mediadores que dicen que es “malo” y “peligroso” darles “lecturas chatarra”, y a mí lo que me parece peligroso son esos mediadores que piensan (¡y dicen!) que un lector se hace solamente con buenas lecturas. Si te hago la lista de escritores que hablan de todas las lecturas chatarras que hicieron en su infancia, estaríamos un rato: desde Umberto Eco a Fernando Savater, todos se han formado con variedad de lecturas. Hay un blog que me encanta, Lo leemos así, de Ellen Duthie que ha ido leyendo a su hijo estupendos libros y compartiendo sus reacciones con nosotros. Una de sus entradas la dedica a reflexionar sobre una experiencia producida después leer una “lectura chatarra”, que no tiene desperdicio: Calidad variable: noches oscuras y tormentosas que aportan luz, pues reflexiona sobre cómo los niños van adquiriendo sus criterios comparando unos libros con otros.

Y, por último, además del texto de Aidan Chambers que Ellen cita (¿Qué hacemos con la basura?), el escritor Peter Dickinson, citado a su vez por Chambers, en un texto que siempre disfruto mucho (A Defence of Rubbish) lanza una buena flecha a favor de crecer como lectores con libros de todo tipo y calidad. La verdad, no quiero ni pensar lo que sería un niño educado únicamente con libros llenos de “complejidad y retos reflexivos”, como tú indicas. ¿Sería algo así como un niño que nunca comió chuches? ¿No te daría un poco de pena?

G&R: Sí, supongo que daría un poco de pena esa ausencia de chuches en la dieta del lector infantil, pero mi pregunta respondía a una discusión que, me temo, no termina de resolverse, al menos entre los mediadores. Lamento tu enojo, pero aprovecho tu respuesta para preguntarte dos cuestiones que van juntas. A menudo se dice que la crítica de LIJ no tendría razón de ser en la medida en que los lectores, los chicos, no leen esas críticas. Por otra parte, hay un discurso muy asentado que dice que las niñas y los niños son los mejores críticos: cuando algo no les gusta, no lo leen, y punto. Tú vienes haciendo un sostenido trabajo de crítica de LIJ desde hace años: ¿Cuál crees que es la mejor utilidad de ese trabajo? ¿Quiénes son los beneficiarios de ese trabajo? ¿Estás satisfecha con los resultados obtenidos?

Ana Garralón: Yo estoy muy contenta con este trabajo. Desde el año 1989, que comencé a hacerlo para la revista Educación y Biblioteca, hasta hoy me parece todavía que tiene valor. En mi caso me dirijo a mediadores: padres, bibliotecarios, libreros, docentes, y cualquier persona que tenga que elegir un libro para niños. Los niños no suelen comprar sus libros y la mediación de los adultos es, por lo general, obligatoria. Mi modesta labor, tal y como yo la veo, consiste en espigar y destacar, dentro de la enorme producción, libros ante los que vale la pena detenerse, marcarlos para que no se pierdan en el montón de novedades, escribirlo de manera atractiva. Por ejemplo, la revista Educación y Biblioteca llegaba a bibliotecas de comunidades pequeñísimas donde no había ni una sola librería. Siempre teníamos cartas agradeciéndonos el esfuerzo y me consta que muchos de los libros reseñados eran comprados para que los niños pudieran leerlos y disfrutarlos. Además, la tarea de crítica (siempre me parece muy seria esta palabra: me siento más reseñadora), también es muy interesante para editores, escritores e ilustradores: hay halagos, detalles no percibidos, críticas… también se apoya el trabajo de ellos. En fin, esto no quiere decir en el fondo nada. Es una orientación, una mirada para enriquecer. Y, por supuesto, a los niños les puede parecer horrible un libro que a nosotros nos encanta. Personalmente, como ya dije, me gustaría que hubiera más espacios donde la gente que trabaja con niños nos dijera qué ven ellos. Como primicia (aunque la página está todavía en construcción), estoy montando un curso online sobre cómo escribir una reseña, me gustaría compartir mi experiencia y ayudar a quienes están trabajando ya en la recomendación de libros para niños.

"Si ves un monte de espumas y otros poemas", antología de poesía para niños por Ana Garralón, Editorial Anaya, 2000.

“Si ves un monte de espumas y otros poemas”, antología de poesía para niños por Ana Garralón, Editorial Anaya, 2000.

G&R: Eres autora de una bellísima antología de poesía infantil hispanoamericana, titulada “Si ves un monte de espumas y otros poemas”. ¿Cómo ves la actualidad de la poesía infantil en lengua castellana? ¿Consideras que se la publica de manera suficiente? ¿No crees que hay cierto conservadurismo en el tipo de poesía infantil que se publica actualmente en España, si la comparamos con algunas propuestas que han surgido en América Latina, con voces tan diferentes como las de Laura Devetach, en Argentina, o María José Ferrada, en Chile?

Ana Garralón: Gracias por el piropo, ¡esa antología me ha dado muchas alegrías! Y siempre agradezco a los editores que se toman el enorme trabajo de preparar una antología con la complicación por el tema de derechos que eso conlleva. Sobre tu pregunta, comparando la poesía de España con la de América Latina, te diré, como si fuera un partido, que un país contra 19 siempre está en desventaja. América Latina es casi un continente con muchas voces y lugares, y donde todavía está hoy muy presente el folclore y las tradiciones orales. Pensando un poco más en esto que dices del conservadurismo (y tienes razón) quisiera recordar que, en el siglo XIX ya había voces escribiendo para niños: Rafael Pombo (Colombia), Emilio Ballagas y el libertador (¡un político escribiendo para niños!) José Martí (Cuba), los microgramas de Jorge Carrera Andrade (Ecuador), Claudia Lars (El Salvador), Amado Nervo (México), Rubén Darío (Nicaragua), Gastón Figueira y Juana de Ibarbouru en tu país (Uruguay), entre muchos otros… poetas nacidos en el siglo XIX que iniciaron una tradición. En España hay que llegar al siglo XX y, con él, a los 40 años de asfixia y bloqueos creativos con la dictadura.

"Leer y saber. Los libros informativos para niños", de Ana Garralón. Edita Tarambana Libros, España, 2013.

“Leer y saber. Los libros informativos para niños”, de Ana Garralón. Edita Tarambana Libros, España, 2013.

G&R: Hace años, cuando fui jurado en un concurso, tuve una discusión respecto de un libro de divulgación. El premio era de literatura infantil y, entonces, el libro en cuestión fue descartado del concurso porque se entendió que, al tratarse de un libro informativo, no era literatura. ¿Qué opinas de esto? ¿Cuál es la actualidad de los libros informativos en relación con la literatura infantil y juvenil?

Ana Garralón: Los libros informativos, muy ligados siempre al libro de texto, están, poco a poco, conquistando un nuevo lugar. Ahora que hay tantos ilustradores haciendo álbumes se encuentran muchos libros que están renovando el género con bellas propuestas. Pero sí, si en un concurso se dice que tiene que ser literario, es decir, ficcional, el libro informativo queda fuera, pues hay poco de invención en ellos. Otra cosa es que el libro informativo pueda dar eso que llaman placer de leer, que es algo que comparte con lo literario.

G&R: Para terminar, en el año que pasó estuviste de visita, por razones de trabajo, en Argentina, Brasil y México. En materia de LIJ, ¿qué fue lo que más te llamó la atención en esos países? O preguntado de otro modo: si tuvieras que contarles a los españoles algo de las cosas buenas que se están haciendo en esos países, ¿qué les contarías en primer lugar?

Ana Garralón: ¡También estuve en Colombia!… Llevo viajando a América Latina desde el año 1992 y me da mucha alegría ver el dinamismo y el empeño que hay en muchos países (diría todos pero algunos hace años que no los visito) por organizar proyectos en torno a la lectura y la infancia. Me conmueven historias de las Salas de Lectura en México, donde de manera voluntaria la gente organiza en su casa o donde puede una modesta biblioteca. El año pasado una mujer de Tijuana me contó que subía a un bus cada mañana para leerles a chicas que iban a trabajar a una maquila (fábrica). Me impresiona que este año el Foro de Resistencia (el cual conoces), de la Fundación Mempo Giardinelli, una actividad fuera del ámbito centralizado que es América Latina en general, vaya a cumplir 20 años de actividad ininterrumpida. O  que el gran proyecto que es Conversas ao Pé da Página convoque cada año a más de 1000 asistentes y reúna ponentes de la talla de Michéle Petit, Yolanda Reyes, o Aidan Chambers, por citar unos poquitos. Eventos, en muchos casos, levantados a pulso por personas comprometidas con su sociedad. Pero hay más, hay cosas pequeñas que me asombran, como el Picnic de palabras que surgió en Colombia y va ramificándose, donde unos entusiastas van con un cesto, un mantel y un montón de libros a parques a compartir libros. Creo que tengo el privilegio, por mis viajes y por hablar con tanta gente diversa, de conocer muchas cosas buenas y mi sueño sería que en alguna parte se iniciara un diálogo latinoamericano para mostrar todo ello, compartirlo y crear una red latinoamericana importante.

Y gracias por tu entrevista.

G&R: El agradecido soy yo. Ha sido un gustazo.

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La novela gráfica: lectura de “La Torre Blanca” de Pablo Auladell

... para María Wernicke, que tiene sus propias torres blancas.

¿Qué es eso de “novela gráfica”? ¿Un comic? ¿Una historieta? Si dejamos de lado el formato de la publicación (formato libro) nos podemos concentrar en los contenidos y en los que serían, en principio, los destinatarios de un nuevo género editorial.

El contenido es el de una historieta (sí, me gusta más la palabra castellana que la inglesa). Y el destinatario sería el adulto, o el joven entrado en años.

Por razones de orden y economía, tomo aquí el listado de rasgos definitorios que propone la entrada de la wikipedia  para definir qué es la novela gráfica y, puestos a modo de subtítulos, iré desarrollando los aspectos, señalados en dicha entrada, en función de la lectura de La Torre Blanca, novela gráfica de Pablo Auladell.

La Torre Blanca, de Pablo Auladell (2005), Ediciones de Ponent, Colección Crepúsculo.

La Torre Blanca, de Pablo Auladell (2005), Ediciones de Ponent, Colección Crepúsculo.

1. Formato de libro.

El ejemplar de La Torre Blanca que manejo aquí es el de la segunda edición, revisada y ampliada, que editó en Alicante, España, Ediciones de Ponent en el año 2010. Es un libro cuidado, de tapas blancas, papel y gráfica de muy buena calidad, con un diseño despejado y limpio de ornamentos. A las 92 páginas de la historia (que fue publicada por primera vez en 2005), esta edición agrega unas 18 páginas con un apéndice que lleva por título: La Torre Blanca: dudas y confesiones, donde el autor reflexiona sobre la factura de la obra, los orígenes y los posibles significados que tendría para él.

La novela se divide en once capítulos: I. Voramar; II. El Guardián; III. Bez; IV. Medusa; V. La Tonta del Cubo; VI. La Torre Blanca; VII. Calle del Mar; VIII. El Rey del Verano; IX. El muro; X. El fulgor; XI. El primer verano. Los nueve primeros capítulos nos cuentan sobre lugares y personajes. Los dos últimos se refieren a la discordancia y los conflictos entre el presente y el pasado (fulgores, primeros veranos) de la vida interior del narrador.

Interior de La Torre Blanca, el primer verano, a todo color.

Interior de La Torre Blanca, el primer verano, a todo color.

2. Un único autor y más raramente un grupo de ellos.

El autor integral de la obra es Pablo Auladell, ilustrador nacido en Alicante (1972), con una trayectoria de quince años que lo han colocado entre las figuras más destacadas de la ilustración en España, además de haberle permitido zanjarse una importante proyección internacional. En su página web encontrarán más información sobre el autor y el conjunto de su obra. También pueden repasar su blog, que de momento (y es una lástima) está inactivo.

Con un trazo inconfundible, apoyado en una imaginería que entremezcla elementos de las mitologías clásicas, bestiarios y representaciones figurativas con leves distorsiones al modo de Marc Chagal, su calidad como ilustrador se ha impuesto a partir de merecidos reconocimientos nacionales e internacionales.

3. Una única historia, extensa y con tendencia a la densidad.

La Torre Blanca es una historia unitaria. Narra la estadía de una semana de un hombre adulto que regresa al balneario de su infancia: Voramar. El mecanismo de narración es complejo. Por un lado, el hilo discursivo central lo dan las notas que el narrador va escribiendo en una suerte de bitácora de viaje. Allí, el protagonista va intentando recrear lo vivido, años antes, en esa playa mediterránea, donde ya nada parece ser lo que era cuando él, un niño tímido, incursionaba en los primeros enamoramientos adolescentes. Las notas cuestionan el presente del viaje así como el pasado de la infancia perdida, y van soltando reflexiones sobre el contraste entre los dos tiempos. Como lo escribe el narrador en su diario, su vuelta a “la calle del mar” es un intento por “escuchar el rumor de aquel tiempo, vagar por mi antiguo territorio sin buscar nada, y así poder quizá encontrar algo, recuperar entre los escombros, la antigua sorpresa”.

De forma magistral, las ilustraciones que propone Auladell juegan con el contraste entre los dos tiempos. Mientras que cualquiera podría pensar que lo normal a la hora de ilustrar los recuerdos sería pasar a unos colores sepias, o al blanco y negro, el autor invierte ese esquema (o prejuicio, o tradición, o cliché) y dibuja las escenas de la infancia, los recuerdos, sueños o pesadillas, en colores, mientras que reserva el blanco y negro para el presente del narrador. Así se nos transmite un claro mensaje: fue en el pasado, fue en “el primer verano”, donde la vida tuvo su color, mientras que en el presente la acción reviste una grisura apenas salpicada por el insistente carmín de los labios de una mujer, Medusa, el único personaje de la infancia del protagonista (a excepción de los personajes imaginarios) que aún permanece en el lugar de la acción.

Interior de La Torre Blanca: un tono de rojo.

Interior de La Torre Blanca: un tono de rojo sobre blanco y negro.

La novela va y viene desde pasado al presente, y viceversa.  Va y viene del color al blanco y negro, y así construye una visión melancólica de la infancia y una visión desencantada del mundo adulto. Pero esto ya corresponde al siguiente ítem wikipédico

4. Pretensiones temáticas de la Literatura con mayúscula, con recurso al subjetivismo autobiográfico, flash backs, diferentes tiempos narrativos, etc.

En distintos momentos de la narración, los diálogos hacen referencia a la “alta” literatura (Proust) o a la “retorcida” filosofía moderna (Heidegger): que esos diálogos se den entre el personaje central y lo que sería una reencarnación imaginaria de su unicornio de peluche (el guardián, lo llama el autor al titular un capítulo) muestra la fina ironía con que Auladell pretende abordar cuestiones de una densidad alta: la melancolía, las obsesiones que impulsan al artista, el avance desolador del progreso sobre el patrimonio histórico de la humanidad (y de la infancia), el lugar del sexo y el amor en el desarrollo biográfico de las personas, los conflictos de la adolescencia, los conflictos de hombres y mujeres cuando pasan de la juventud al mundo adulto…

La Torre Blanca es una narración poderosa (por el guión, por la ilustración, por la historia que se elige contar) en lo que respecta a poner al lector frente lo inconmensurable del destino y de la historia personal, la biografía, la vida, el mundo de la vida. Tiene, en esa perspectiva, un juego de proyección de las nostalgias del futuro propias de todos los veranos de la vida.

Hay un capítulo (y de nuevo, ahí, la fina ironía de Auladell) en la que el protagonista se encuentra con el rey del verano: un personaje imaginario. El diálogo entre el protagonista y el rey no tiene desperdicio. Es un juego de provocaciones. Algo similar había sucedido en el diálogo entre el protagonista y su guardian (sí, el unicornio de peluche). Se miden, en esos diálogos, las posibilidades de todo individuo de asimilar su pasado, su presente y su futuro, y poco importa, entonces, la calidad del color que le podamos dar a la memoria, a las mitologías, a las ilusiones de lo que habiendo podido ser, no fue, o fue de otra manera.

Interior de La Torre Blanco: cuando el rey del verano provoca la reflexión.

Interior de La Torre Blanco: cuando el rey del verano provoca la reflexión.

Hay un momento, en el capítulo II de la novela, donde se define la perspectiva de la historia narrada, y de la combinación de todos los tiempos narrativos, literarios o gráficamente representados. Es cuando el protagonista dialoga con el guardián. En un momento, que se muestra en una página entera, con nueve viñetas repartidas de a tres por línea (3 x 3 en la página), luego de un intercambio fuerte de información, el guardián advierte al protagonista: “…dicen que no se debe volver al lugar donde has sido feliz”. Eso está en la 3a. viñeta de la primera línea. Inmediatamente, en la primera viñeta de la segunda línea, el protagonista, dibujado en un primer plano, le responde: “Lo sé”. Las dos viñetas siguientes de la línea hacen un zoom de alejamiento. Las tres viñetas inferiores de la página continúan ese zoom llevando al personaje desde el primer plano a un plano general, donde una sombra lo cubre por completo. “Lo sé”, había dicho el protagonista, pero ese saber, así representado, no es más que una sombra que se abate sobre el hombre que volvió al lugar de su primer verano.

¿Qué sabe el protagonista en definitiva: que no se debe volver a un lugar donde se fue feliz o que él está volviendo a un lugar, la infancia, donde la felicidad era una promesa, a la vez que una prohibición? En esa línea continuará, obsesivamente, la historia, y la historieta, configurándose, sin dudas, como Literatura con mayúsculas.

5. Destinada a un público maduro o adulto.

La torre blanca es una novela gráfica destinada a todo público. Seguramente, un público maduro o adulto podrá leer en ella una cantidad de resonancias de su propia historia personal(izada). Pero eso no impide que un público juvenil, que transitó su infancia con todos los sabores y sinsabores veraniegos, pueda acercarse a esta novela gráfica disfrutando de un discurso emotivo y hondo: en lo literario, tanto como en lo gráfico.

Pienso que, en general, las novelas gráficas, en tanto género, tienen esa apertura a una diversidad de públicos, sin que cuente mayormente la edad del lector.

6. El último (hasta ahora) de los varios intentos hechos por el cómic de asaltar la fortaleza de la respetabilidad cultural.

No sé qué puede tener de respetable, hoy día, mucho de lo que tiene su “respetabilidad cultural” asegurada. Así y todo, el comic, la historieta, sí, la historieta, hace tiempo que se ganó el respeto de las audiencias.

Que autores de una gran calidad gráfica y literaria se acerquen al género no hace más que confirmar que la cultura respetable cada vez distingue menos sobre aquellas cuestiones de “alta” y “baja” cultura, y que, en todo caso, hoy día, la cultura, o al menos el sustrato comunicativo de ella, tiene la capacidad de no negarse a ningún género literario o artístico, allí donde el autor, el ser humano, sienta, y crea saber, que tiene algo importante para decir, y una fuerte obsesión con decirlo, sea del modo que sea.

Sésamo al seso: Taller online de Literatura Infantil

Hoy día conocemos al sésamo por su reluciente ubicación sobre los panes de las hamburguesas. Poco se sabe sobre larga historia del modo en que estas semillas llegaron al continente, traídas por los esclavos que las utilizaban para dar espesura y sabor a los distintos platos con los que se alimentaban.

Y así como la semilla de sésamo se debate, hoy día, entre ser el adorno de la hamburguesa estandarizada o ser el nutriente de una dieta diversa, del mismo modo pretendemos que las semillas de este taller hagan relucir y nutran los pensamientos y la sensibilidad –¡vaya, sí, el seso!– de quienes se abocan a servir un buen plato de literatura infantil: lectores, bibliotecarios, docentes, libreros y escritores.

 

Sésamo al seso

Toda la información sobre el taller en la web de Ártica

La literatura infantil ha crecido de modo sostenido en el último medio siglo y se ha afirmado en su diversidad. Lo ha hecho en tensión permanente: entre las imposiciones de la pedagogía y las del mercado, entre las tradiciones y el juego de las vanguardias, entre el moralismo del mundo adulto y la infantilización de sus contenidos, entre el dirigismo del ser ″para″ la infancia y el voluntarismo de ser literatura ″desde″ la infancia. En todo caso, la literatura infantil ha logrado despojarse del anatema de ser una subespecie de literatura, y ha conquistado la consideración crítica de su calidad: hay buena y mala literatura, y eso sin importar demasiado el adjetivo ″infantil″.

Toda la información sobre el taller (objetivos, destinatarios, fechas, duración, arancel, modalidad, metodología, requisitos, etcétera) está disponible en la web de Ártica: Centro Cultural Online. Las inscripciones también se hacen en ese sitio. Las plazas son limitadas (12). A los interesados, los espero por ahí.

“El coraje de la palabra”, ponencia de Florencia Gattari en el 2o. Encuentro de Escritores e Ilustradores de Literatura Infantil de la Región

El día 24 de mayo tuvo lugar el 2o. Encuentro de Escritores e Ilustradores de Literatura Infantil de la Región, convocado por la Cámara Uruguaya del Libro para desarrollarse en el marco de la 13a. Feria del Libro Infantil y Juvenil de Montevideo.

Panel del 2o. Encuentro de Escritores e Ilustradores de LIJ de la Región. De izquierda a derecha en la foto: Fernando González, Evelyn Ugalde, Malï Guzmán, Germán Machado, Viviana Bilotti y Florencia Gattari.

Panel del 2o. Encuentro de Escritores e Ilustradores de LIJ de la Región. De izquierda a derecha en la foto: Fernando González, Evelyn Ugalde, Malï Guzmán, Germán Machado, Viviana Bilotti y Florencia Gattari. (Foto de Nancy Urrutia.)

Una buena cobertura de la 13a. Feria del Libro Infantil y Juvenil de Montevideo fue publicada en el periódico La Diaria. La periodista Rosanna Peveroni se encarga, en particular, de cubrir el Encuentro, y también el lanzamiento del Catálogo de la Literatura Infantil y Juvenil del Uruguay. En esas mismas páginas, además, se publica una entrevista a Viviana Bilotti y a Florencia Gattari, las invitadas argentinas al Encuentro.

En Garabatos y Ringorrangos queríamos publicar la ponencia que hizo Florencia Gattari. Sin descaro, fuimos y se la pedimos. Ella tuvo la gentileza de permitirnos presentarla para todos los lectores del blog.

Florencia Gattari es porteña, del barrio de Flores, para más datos. Nació en 1976. Estudió la licenciatura de Psicología y se dedica al trabajo clínico en un hospital y en su consultorio. Sus últimos títulos publicados son “Perra lunar”, “Navegar la noche” y “Flor de Loto, una princesa diferente”. En 2007 ganó el premio El Barco de Vapor, de Argentina, por su novela juvenil “Posición adelantada”. Y esto no necesita más introducción, así que, muy agradecidos, los dejamos con el texto de ella.
Florencia Gattari en el momento de presentar su ponencia: "El coraje de la palabra" (Foto de Nancy Urrutia).

Florencia Gattari en el momento de presentar su ponencia: “El coraje de la palabra” (Foto de Nancy Urrutia).

EL CORAJE DE LA PALABRA

Existe el coraje de la espada y el coraje de la palabra, y el coraje de la palabra es un don poco común.”

Úrsula .K. Le Guin, Voces

Lo primero que traigo es un agradecimiento: a la Cámara Uruguaya del Libro por la invitación, a Germán Machado por tender sin cansarse puentes virtuales y también puentes tangibles entre nuestras dos orillas, y a ustedes, por la compañía y por la disposición a escuchar y a conversar. Las otras cosas que junté por ahí y que traje para compartir hoy con los que estamos son cuatro: un sucedido, una cita, una búsqueda y una esperanza.

1. Un sucedido

Hace poco fue la Feria del Libro de Buenos Aires. Yo estaba en un stand y, mientras ojeaba libros, escuchaba una conversación que ocurría detrás de mí entre una bibliotecaria y una promotora. La bibliotecaria pedía orientación sobre un título y otro y otro… Hasta que en un momento (se ve que había agarrado un libro y lo mostraba, yo no la veía) la escuché preguntar: “¿Y este? ¿Tiene malas palabras?” La promotora le contestó: “Sí, dos.” Y siguió la charla. Mi primera reacción fue un modesto, silencioso fastidio. Ni con la promotora, ni con de la bibliotecaria que, como yo, estaban haciendo su trabajo lo mejor que podían; sí, un poco, con esos modos pacatos de ejercer la escritura y la lectura que tan facilitados tenemos.

Seguí dando vueltas por la feria. Entre ese mar de gente de pronto me recordé chica, con no más de siete u ocho años, secuestrando un libro de mi abuelo Pepe. Mi abuelo leía novela negra, de preferencia con algún que otro pasaje zarpado. Todos los sábados íbamos a cenar a su casa, y hubo una época en que yo le afanaba discretamente esos libros para encerrarme en el baño mientras todos los adultos de la casa hacían la sobremesa. Y buscaba encontrar escrita una mala palabra, cualquiera, de esas que usábamos todo el tiempo entre nosotros, pero que escrita, ah, escrita era otra cosa. Era la marca que decía que eso que los grandes se esforzaban por reducir a cero, eso existía por derecho propio en el mundo adulto y no solo en el desliz de la oralidad, sino respaldado por la tipografía.

Y entonces pensé que la bibliotecaria tenía razón, que de ninguna manera hay que subestimar una mala palabra, porque las malas palabras son poderosas. Claro que suponer que sabemos cuáles son es ser presuntuosos y pavotes.

Me pregunté a renglón seguido cuál es hoy para mí una palabra que todavía tenga esa potencia. Que logre incomodarme, sacarme de donde estoy establecida y mandarme al baño a hacer lo que no se debe, y me contesté: “bovino”.

Y para explicar esa rareza paso a mi punto 2 y les comparto:

2. Una cita

“Resistirse a que le limen a uno las puntas. A volverse romo, bovino, inofensivo.”1

La arenga sigue y es brava, y por eso mismo, muy recomendable para los que andamos navegando por estos asuntos. Viene de un libro de Graciela Montes que se llama “La frontera indómita” que he visitado muchas veces, y que tengo marcado y leído y querido. Pero a decir verdad no recordé la oración entera, que por supuesto tuve que buscarla, sino esa palabra, bovino, que hace años que me persigue. “Bovino” es un norte para mí porque cuando un texto me muge, como lectora o como escritora, yo sé que ahí no quiero quedarme.

María Teresa Andruetto lo dice con otra palabra. Para ella lo inexpropiable, lo no negociable de la literatura es la intensidad. No los temas comprometidos o la belleza del lenguaje, sino la intensidad, que ella define así (y aquí tengo que sincerarme: eran dos citas): “…es un sentimiento que aparece frente a ciertas cuestiones del mundo, cuando nuestra vinculación con esas zonas de lo humano es muy profunda, sin segundas intenciones, compleja, desconcertante y genuina”.2

Me gusta mucho esa definición. Creo que dice bien de ese pulso del que escribe que muchas veces, misteriosamente, puede experimentar el que lee. De esa conmoción o esa inquietud frente a algo de la existencia que me empuja a la escritura en un estado de vulnerabilidad (porque de lo que estoy escribiendo no sé, porque me desconcierta, me hace pregunta, me conmueve). Me parece que es ese desamparo de la escritura lo que, con un poco de suerte, hace una resonancia en el lector. Eso que hace que las palabras tengan ecos en el cuerpo. Porque no somos vacas.

Se constata en el consultorio: los chicos adoptan unos libros más que otros, y no son los más vistosos, ni los más sencillos de leer: son los más intensos. Hay uno particularmente que no deja de sorprenderme. Hace años que lo tengo por ahí, y he visto un montón de chicos darle los usos más diversos, leer las cosas más inverosímiles para mí en esas mismas líneas que lo forman. Se llama Miedo3 y empieza así: “Había una vez un chico que tenía miedo.” Más sencillo que eso, imposible. Y sin embargo es un cuento que los chicos amamos, permítanme ese plural. Yo no conocí a su autora, Graciela Cabal, pero no tengo ninguna duda de que bailó lindo con el miedo, de que eran viejos conocidos. Eso se lee en una cadencia muy particular que tiene el cuento, se lee en los modos de decir, y le aporta a la historia una enorme capacidad de generar resonancias de las que los chicos se apropian sin ninguna timidez.

Y por eso creo que una mala palabra es cualquier palabra, cualquier palabra intensa. “Bovino” es para mí una de las peores. Y de ahí para adelante vaya a saber uno qué palabra para quién. Porque nadie puede decir con certeza qué cosa va a conmover al otro, a revolucionarlo, a ponerlo en situación de desafiar a todos los adultos de su casa para encerrarse en el baño y armarse un espacio propio.

Las palabras, las buenas, las malas, las pretendidamente anodinas, son poderosas. Hay que andarse con cuidado.

3. Una búsqueda

Si las palabras son poderosas, entonces la primera búsqueda de mi escritura es ser concienzuda con las palabras. Perseguirlas, arrinconarlas, pelearme con ellas, dar las vueltas que haya que dar. No al modo del perfeccionismo o de la exigencia (más bien al modo del baile), porque así como son poderosas, las palabras son insuficientes para dar cuenta cabal de lo que nos pasa por adentro. Se quedan siempre un poco cortas, desprolijas, inadecuadas. Pero hay ciertas combinaciones, sin embargo… ciertos modos, que arriman bastante bien el bochín. Y está bueno no negociar por menos.

En mi experiencia, la literatura es cosa de detalle aunque uno escriba la prosa más despojada. Detalle del ojo que mira, de la voz que dice. En el campo del psicoanálisis esto se dice más o menos así: un sujeto es tal porque está sujetado en sus palabras, en sus particulares modos de decir. Y por eso creo que es por el camino de lo singular, de lo más propio, por donde hay algún punto de fuga para esa línea estéril que va del “a favor” al “en contra” del mercado. Porque escribir a favor o en contra de algo que está afuera y es determinado por otro, para mí al menos, es salirse de eje, es una referencia que me desorienta más de lo que me ayuda.

Así que de eso se trata “el coraje de la palabra”, como yo lo entiendo: de una cierta fidelidad a lo que hay adentro. De animarse a escribir lo que uno escribe, a leer lo que uno lee y a compartir lo que a uno lo conmueve, más cuanto más raro, descentrado y singular sea.

4. Por último, pero en el centro de todo: una esperanza

Mi esperanza es esta, tan sencilla como suena: que las palabras se abran camino.

A las palabras se las lleva el viento, dicen, y yo creo que es por eso que no hay nada más difícil de atrapar que una palabra una vez que se la ha soltado. Nos queda confiar en los buenos encuentros que el viento arma. Confiar en que los lectores seamos desobedientes de las consignas, de las guías facilitadoras de todo, de las franjas que las editoriales proponen. La desobediencia lectora es nuestro baluarte y ni siquiera hay que fomentarlo del todo porque nos sale bastante espontáneo. Basta con multiplicar las ocasiones de lectura y la diversidad de la oferta, y no andar queriendo detener al viento. Basta con ser corajudo donde a uno le toque.

1 Montes, Graciela, La frontera indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético, FCE, 2001.

2 Andruetto, María Teresa, Hacia una literatura sin adjetivos, Comunicarte, 2009.

3 Cabal, Graciela, Miedo, Sudamericana, 1997.

Ponencia de Florencia Gattari en el 2o. Encuentro de Escritores e Ilustradores de la Región,

13a. Feria del Libro Infantil y Juvenil de Montevideo, 24 de mayo de 2013

Lo que no te mata, ¿te fortalece?: reflexiones sobre «reseñismo» y «crítica» de literatura infantil y juvenil

En estos días leí una reseña de un libro de LIJ publicada en uno de los semanarios culturales más importantes de nuestro medio: El País Cultural. Esa reseña me llamó mucho la atención y me exigió pensar un poco en la función de la crítica (o en su ausencia).

Hasta hace relativamente poco (¿un año, dos?), la prensa “grande” no tenía la costumbre de reseñar libros para niños y jóvenes. En los últimos tiempos eso viene cambiando. De a poco, despacio y sin una sistematicidad que alcance para considerarla un lugar firme en el medio, se va haciendo costumbre encontrar notas de prensa sobre LIJ. Seguro que eso responde al hecho de que la LIJ va cobrando una importancia editorial sin antecedentes. Con muchos más títulos publicados, con mucha más visibilidad, con muchas más ventas, el negocio de la LIJ no es menor en lo que hace al conjunto de los resultados de la industria editorial. Siguiendo esa lógica, es obvio que la prensa le preste atención.

Pero lo que no había visto hasta ahora en la prensa era un comentario destemplado, duro, descalificador de un título publicado. Y sorprende encontrar una “crítica” así de un libro de un autor importante en nuestro medio, un autor con una trayectoria destacada, alguien que escribió libros de referencia en la última década, libros que significaron un soplo de aire fresco, un autor de títulos galardonados una y otra vez en concursos literarios nacionales, un autor con un merecido reconocimiento internacional. O sea, no se explica que allí donde se dedica tan poco espacio para la promoción de libros de LIJ se coloque una reseña desfavorable: ¿qué necesidad?

Reseña_El_País_Cultural_LIJ

En rojo: breve reseña del libro “Más acerca de novias y fútbol”, de Federico Ivanier, publicada en El País Cultural, No. 1207, del 1 de febrero de 2013.

Conste: no pongo en cuestión el contenido de la reseña, porque no leí el libro. Lo que cuestiono es la pertinencia de la misma: si se dedica tan poco espacio a la LIJ sería mejor que el crítico que se encarga de la sección utilice su cupo para promover libros que él entienda que tienen un valor peculiar, que está bien recomendarlos y destacarlos entre la multiplicidad de títulos que se publican en el año. Si un libro no es del agrado del encargado de la reseña, pues que lo deje a un lado, que le explique eso al director editorial y que le sugiera a éste hacer un comentario de un libro que si le haya gustado y que crea que es conveniente promover. ¿O será que poniendo un comentario así de negativo el periódico intenta subrayar la independencia del espacio, su no adscripción al mercado, su potencial “crítico”? No lo creo.

Como habrán notado, fui cuidadoso al entrecomillar el término “crítica”. Y es que una reseña así, apenas un suelto de 150 palabras, de hecho, no parece reflejar el ejercicio de una crítica literaria que, mal que nos pese, es prácticamente inexistente en nuestro medio (siempre con honrosas excepciones). Y conste que no digo que no sea importante que se reseñen títulos en la prensa cultural, que se seleccionen, que se promuevan: esa tarea puede ser una buena aliada de la crítica. Pero la crítica de LIJ, en sí, es otra cosa.

Y de esa otra cosa quería hablar ahora.

He venido cruzándome una y otra vez con un texto, un decálogo, del escritor polaco Isaac Bashevis Singer (uno de esos «Premio Nobel» que no trascendieron mucho), en el que hace explícitas las razones por las que, en su momento, escribió un par de libros para niños. En el decálogo, que lleva por título “Diez razones para escribir para los niños”, hay tres puntos que refieren a la cuestión de la crítica. Los cito:

1.- Los niños leen libros y no críticas de libros. Los críticos les importan un pepino.

8.- Les gusta leer relatos interesantes y no comentarios, ni guías o notas que acompañan a textos.

9.- Cuando un libro es aburrido, bostezan abiertamente sin sentimiento de culpa o temor a la autoridad.

Seguro que el decálogo del escritor polaco apuntaba a desprestigiar la función de la crítica de su época: crítica que, donde nos descuidemos, le reprochó escribir para niños, como si al hacerlo el Nobel hubiera denigrado la literatura “seria”, o algo así. En ese sentido, su gesto habría sido un lindo desquite. Pero en la actualidad, estos puntos suelen ser subrayados allí cuando se quiere afirmar que la crítica de literatura para niños no tiene mucho sentido y muy poca razón de existir. Los niños no leen críticas; a los niños no les interesan los comentarios; si un libro no les gusta lo abandonan y listo: de este modo, no habría mejor crítico de un libro para niños que el propio niño. Amo y señor en sus lecturas, el ejercicio de la crítica pasaría por su gusto inmediato. Si te apuntas a escribir para niños, es bueno que lo sepas, te leerán si les gusta lo que escribiste, y si no, olvídalo. Puesto así, el asunto tiene un barniz liberador, pero llama a engaño.

Seguro que muchos de los que citan a Bashevis Singer creen que sus apuntes son lo justo y lo correcto. Que es el niño, en tanto usuario directo, el único habilitado para ejercer una crítica adecuada. Y seguro que se equivocan, porque no van un paso más atrás y no consideran que, en muchos casos, que un libro llegue a las manos de un niño depende pura y exclusivamente de la labor crítica, labor que se ejerce por acción o por omisión.

Jorge de Barnola, en un artículo que a mi gusto va en la línea de esos equívocos, “La crítica en la literatura infantil y juvenil“, luego de insistir en que el ejercicio de la crítica (que en el artículo se confunde con el ejercicio de la reseña con fines comerciales) no tiene mayor utilidad en lo que refiere a sus destinatarios, concluye lo siguiente:

“A un niño o a un joven sólo hay que dejarle suelto en la sección de LIJ o en la de cómics (que forma parte ya de nuestra formación cultural y de nuestra personalidad diferenciadora respecto a otros siglos anteriores) para que encuentre lo que necesita leer en ese momento, al margen de la crítica, al margen de la imposición de los medios”.

Este señor, que llega a esa conclusión luego de decir que el mercado es el que regula la LIJ: ¿no se detiene a pensar, por un segundo, qué es lo que hace que un libro llegue a la “sección de LIJ”? ¿No se le ocurre diferenciar cómo se integran las secciones de LIJ de una librería de fondo, o de una librería de una gran superficie, o de una biblioteca pública, o de una biblioteca escolar, o de una biblioteca de una casa de clase media? ¿No se cuestiona cómo se compone la sección de LIJ de un catálogo editorial? ¿No cuestiona que la supuesta libertad de elegir un libro por parte del niño pasa por la oferta general que está a su alcance?

Hace exactamente 20 años, los integrantes del Grupo Peonza, en España, en el marco del primer Congreso Nacional del Libro Infantil y Juvenil, proponían algunas ideas sobre la necesidad de una crítica especializada. Sostenían por entonces que “la avalancha de novedades que inunda el mercado de la L.I.J. viene acompañada de poca selección por parte de los editores lo cual provoca una escasa calidad en la mayoría de los títulos que están a disposición de los lectores” y agregaban que esta situación (hoy día exacerbada) hacía “urgente y necesaria la crítica literaria; el crítico (especialista, profesor, librero, bibliotecario) es un mediador de mediadores (entre profe/padre y lector/niño) y se convierte en un «vehiculizador cultural y social»“.

Para que las secciones de LIJ estén bien surtidas, sea cual sea el lugar en el que estén ubicadas, la función de la crítica se hace cada vez más necesaria, a menos que uno quiera que el mercado, y sólo el mercado, ejerza la función crítica. Y no basta para esto con esos espacios esporádicos que se abren en la prensa, por lo general orientados a la reseña y al comentario superficial. Lo necesario es el desarrollo de una crítica especializada, que trabaje de manera independiente, en equipo, con solidez en su formación, con calidad en sus estudios, conocedora de la tradición universal y local de LIJ, rigurosa en aquellos puntos que definen lo que de verdad es la función crítica, o sea, ese viejo «arte de enjuiciar»: separar, distinguir, discernir, elegir, decidir sobre lo dudoso, determinar sobre lo indeterminado, juzgar por comparación, pronunciarse sobre las obras, juzgar en un proceso histórico y, llegado el caso, condenar.

Que para todo esto último sea importante contar con la voz del lector está muy bien. Pero esto debe ser parte, justamente, de la formación de la crítica, que atenderá a la hora de ponerse en práctica la especificidad de las capacidades evolutivas (lingüísticas, cognitivas, psicológicas y lectoras) de los niños y de sus distintas edades, y que relevará, del modo más sistemático posible, sus opiniones acerca de las lecturas realizadas.

Hoy día, condenar por condenar un libro, hacer eso al margen de la sistematicidad de la crítica, no parece algo muy lógico. Si al menos fuera un acto de provocación que ayudara a fortalecer las instancias de formación de la crítica, si la condena revirtiera en un impulso para que los especialistas se agrupen, generen ámbitos de ejercicio crítico, intercambien ideas, orienten una labor práctica, abran sus espacios de acción (por reducidos, ocultos, o ninguneados que estén) al diálogo con los espacios de otros actores (tanto o más reducidos y ocultos), si ese fuera el caso, entonces esa condena ligera tendría al menos algún objetivo elogiable. Pero no parece que en el horizonte de la LIJ uruguaya, de momento, ese llegue a ser el caso. Ojalá me desmientan.

Nota bibliográfica: las citas referidas a la ponencia del Grupo Peonza están extractadas del artículo de Kepa Osoro: “Creación, difusión y crítica de la literatura infantil: Una aproximación desde la escuela” (publicado en: Cerrillo, Pedro C. y Jaime Garcìa Padrino (2000): “Presente y futuro de la literatura infantil”, Colección Estudios, Ediciones de la Universidad de Castilla – La Mancha, Cuenca, 2000). De este texto también se toman algunas ideas. El concepto de crítica como arte de enjuiciar, que suelto al pasar, responde a una nota de Félix Duque (1998): “Historia de la filosofía moderna. La era de la crítica” (de Editorial Akal, Madrid, 1998). Las demás referencias fueron enlazadas en el texto.

Agradezco especialmente al poeta uruguayo, radicado en Suecia, Hebert Abimorad por facilitarme algunas lecturas teóricas de LIJ de las que aquí hago uso.