Guiño literario, y no tanto

Ayer repasaba el cuento “La espera”, de Antonio Ventura, ilustrado por Federico Delicado y editado por Lóguez. Va de un niño que está en cama, enfermo, y que espera mejorarse pronto para retomar su vida, momentáneamente suspendida. Mientras tanto, desde su cama, ve e inventa mundos mágicos, donde los sueños adquieren vida a golpes de imaginación y esperanza.

"La espera", de Antonio Ventura, ilustrado por Federico Delicado, Lóguez Ediciones, 2004.

“La espera”, de Antonio Ventura, ilustrado por Federico Delicado, Lóguez Ediciones, 2004.

En una ilustración del libro, el niño está leyendo. ¿Y qué lee? Un libro de Janosch, que lleva por título “Historia de Valek, el caballo”.

"Me temo que quizá Valek ni siquiera tuvo una madre. Algo en su cara te hacía pensar que jamás la tuvo; ni tan siquiera una madre. Valek era un caballo singular. También, solitario. Y siempre estaba un poco triste." “Historia de Valek, el caballo”, texto e ilustraciones de Janosch. Editorial El jinete azul (2011).

“Me temo que quizá Valek ni siquiera tuvo una madre. Algo en su cara te hacía pensar que jamás la tuvo; ni tan siquiera una madre. Valek era un caballo singular. También, solitario. Y siempre estaba un poco triste.”  “Historia de Valek, el caballo”, texto e ilustraciones de Janosch. Editorial El jinete azul (2011).

 

Los autores de “La espera” hacen así un guiño a un autor del que seguramente gustan. ¿Quién puso ese detalle en esa ilustración: el ilustrador Delicado o el escritor Ventura? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que siete años después de que apareció el libro “La espera”, ya en 2011, el escritor Ventura, cumpliendo con una de sus muchas almas, para el caso la del editor, publicará en su editorial El jinete azul (en el año 2011) el libro de Janosch.

A veces, la literatura y la vida real se hacen guiños, y el lector los disfruta con complicidad.

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Los niños de Japón: el libro, el blog

Ahora lo sé:
cuando el dolor calla
el dolor miente

Alejandra Correa, en el libro “Los niños de Japón”.

"Los niños del Japón", libro de poesía de Alejandra Correa, Ediciones Recovecos, Argentina, 2010.

“Los niños de Japón”, libro de poesía de Alejandra Correa, Ediciones Recovecos, Argentina, 2010.

Es un libro de poesía que lo vas leyendo y lo vas leyendo y es como si un niño, para nada inocente, jugara con una pala a hacerte un pozo en el suelo firme de tus sentimientos, mientras que vos sos consciente de que toda la tierra que él saca no habrá donde volver a ponerla. Es un librazo de poesía.

Por otra parte, este libro da título a uno de los tantos blogs de la autora, en el que se encarga de recoger y recopilar distintas poéticas de la infancia.

Julio Cortázar: su año y sus cuentos favoritos

Como ya saben, este es “el año Cortázar“. No sé quién lo decretó, pero me gusta la idea de hacerle homenajes por todos lados a quien considero que es uno de los mejores cuentistas de la literatura del siglo XX. Cuentista y, además, teórico del cuento.

Tendrá que competir, en esto de los homenajes centenarios, con otros grandes de las letras que también están de aniversario: Octavio Paz, Marguerite Duras y Nicanor Parra (que lo festejará de parranda, seguramente).

Julio Cortázar (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984) . Escritor "rioplatense".

Julio Cortázar (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 – París, 12 de febrero de 1984) . Escritor “rioplatense”.

En Garabatos y Ringorrangos, hoy, homenajeamos a Cortázar, y transcribimos la que fue su colección de cuentos favoritos. Son ocho cuentos (en principio):

William Wilson“, de Edgar A. Poe;
Bola de sebo“, de Guy de Maupassant;
Un recuerdo de Navidad“, de Truman Capote;
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius“, de Jorge Luis Borges;
Un sueño realizado“, de Juan Carlos Onetti;
La muerte de Iván Ilich“, de Tolstoi;
“Cincuenta de los grandes”, de Ernest Hemingway;
“Los soñadores”, de Isak Dinesen.

Los invito a leer estos cuentos, a leer los cuentos de Cortázar (también las novelas y los poemas, que otros ya hablarán de ellos, para bien o para mal), y a pensar en cuáles serían sus ocho cuentos favoritos…

6 de enero

al que me venga
con que los reyes
son los padres
le digo:
muerden los perros
muerden, sí,
por más que ladren

Vindicación (o no) de las letras capitulares

Ayer leía el primer capítulo del libro de memorias de infancia de Eudora Welty, “La palabra heredada”, donde narra cómo fue formándose como escritora. En un fragmento dice:

Mi amor por el alfabeto –que aún perdura– nació de su recitación pero, antes todavía, del deleite ante la forma de las letras en las páginas. En mis libros de cuentos, antes incluso de aprender a leer, me enamoré de las diversas capitulares entrelazadas y como encantadas con las que Walter Crane abría sus cuentos de hadas. En ‘Érase una vez’, por la traviesa de la ‘E’ saltaba un conejo que se precipitaba sobre un hierbín lleno de flores. Cuando me llegó el momento, años después, de ver el ‘Libro de Kells’, toda la magia de las letras, las capitulares y las palabras, cayó sobre mí con una fuerza mil veces superior, y la iluminación, el oro, los percibí como parte de la belleza de la palabra, de la sacralidad que me esperaba ahí desde el primer momento.

Una página de "The Story of the Glittering Plain" (1894).

Una página de “The Story of the Glittering Plain” (1894), libro de Walter Crane.

Hoy de mañana leía el libro de las “Nuevas Greguerías” de Ramón Gómez de la Serna donde suelta, al pasar, uno de sus ingeniosos aforismos:

Las letras capitulares de los libros antiguos tienen fiesta propia.

No sé por qué razón, seguro que por esa cosa tan moderna de eliminar los ornamentos de todos lados, en algún momento de la historia tipográfica se abandonaron las letras capitulares o, al menos, se les cortó la fiesta y se les arrebató la magia.

Pienso, sin seguridad ninguna, si no estaría bien recuperar, en particular para los libros de literatura infantil y juvenil, aquellos ringorrangos que se entrelazaban con las letras para indicar, como una promesa, el inicio de la lectura, la incursión en la fiesta de las letras.

Y es que las capitulares, que duda cabe, tenían su encanto (y lo tienen, cuando hoy día, por esas casualidades, nos las encontramos en algunos libros muy bien diseñados e ilustrados). En fin, que hay días en que uno se despierta un poco neoclásico…

……………….

Referencias bibliográficas:

Eduora Welty (1983): “La palabra heredada”, traducción de Miguel Martínez-Lage. Editorial Impedimenta, Salamanca, España, 2012.

Ramón Gómez de la Serna, con ilustraciones (poemas visuales) de Chema Madoz: “Nuevas Greguerías”. Editorial La fábrica, Madrid, España, 2009.