El año en que la poesía se vendió: poesía “memética” para adolescentes

Quizás el 2015 pase a la historia por haber sido el año en que la poesía se vendió. Aquello de que “la poesía no se vende porque la poesía no se vende”, ingeniosa tautología del argentino Guillermo Boido, ya no será moneda de consolación para poetas que publican libros para que los lean sus amigos, los críticos literarios u otros poetas.

En España, al día de hoy, hay por lo menos 5 o 6 poetas que están vendiendo sus libros de poesía de a miles. Además de tener canales de youtube, blogs, tumblres, twitter, facebook donde han generado audiencias multitudinarias tienen vidriera en las librerías. Recitan sus poemas en festivales a los que acuden espectadores por centenares y compran allí sus libros. Sellos portentosos de la industria editorial mejor aceitada, como Planeta o Espasa, han creado colecciones para publicarlos. Periódicos de gran tiraje han incorporado a sus sesiones de “Los libros más vendidos” una columna para la poesía. Firman con seudónimos como Defreds, Marwan, Rayden, Loreto Sesma y se prestan a colaborar con otros poetas en ciernes. Y venden. Venden muchos libros. Están vendiendo la poesía.

—¿Pero es poesía?

—Sí, es poesía

—Ah, ¿pero es de malísima calidad?

—Sí, también. Como tanta de esa otra que se publica y no se vende.

Sección de poesía en la lista de los libros más vendidos del suplemento El Cultural, del diario El Mundo.

Sección de poesía en la lista de los libros más vendidos del suplemento El Cultural, del diario El Mundo.

El fenómeno no debería sorprender. Hasta mediados del siglo XX, la poesía fue un género popular que llamaba la atención de multitudes: ¿qué decir sobre los homenajes a Juana de Ibarbourou a finales de los años 30, o los conciertos de payadores que llenaban estadios en Cuba por los 40, o las multitudes de lectores que fueron a esperar la repatriación de los restos de Amado Nervo en 1919? La poesía, entonces, era un género literario cercano a la gente, y la gente la leía, la recitaba de memoria, la encontraba en los diarios y revistas, la escuchaba en discos de pasta. Algunos autores también supieron venderla de a miles, incluso después de los años 60, cuando la poesía, a caballo de las subculturas pop, fue todo un movimiento juvenil cercano a la canción y al rock. Incluso Mario Benedetti, hasta no hace tanto, tuvo sus miles de seguidores y vendió sus ciento de miles de libros a un lado y otro del mundo hispanohablante, ¡y eso sin tener cuentas de twitter ni de Facebook!

Pero lo cierto es que la poesía, que se fue desarrollando y evolucionó como un género literario cada vez más sofisticado, cada vez más cerrado sobre sí mismo, cada vez más autorreferente, y por ende, cada vez más para un núcleo exclusivo de lectores muy enterados, con el tiempo (los últimos 40 años, por decir algo) se volvió incomprensible y lejana para el común de los mortales. “La poesía no se entiende”, suele escuchar uno en conversaciones familiares o en charlas durante la cola para entrar al cine. Y uno entiende a los que no entienden. (Por cierto, a la novela y al cuento les sucedió algo parecido: la literatura más sofisticada, la que en términos estrictamente literarios asume y manifiesta una mayor calidad (vale decir: evaluada y criticada en función de las propias pautas y criterios del arte literario), esa literatura, sea cual sea su género, se encuentra cada vez más lejos de las mayorías de lectores pedestres.)

La anterior situación de orfandad de la poesía, claro está, no podía durar mucho en el actual mundo de las telecomunicaciones. Mientras que con las novelas no hubo un corte tan abrupto (al costado de las obras de autores como Thomas Bernhard, Pynchon o Sebald siempre hubo novelas que se vendían a cantidades, ¡ah, los dichosos bestsellers!, y satisfacían la necesidad del discurso narrativo) con la poesía sucedió que ese corte abrupto dejó vacante la satisfacción de las necesidades de un discurso lírico: un discurso que, en algún sentido, diera cuenta de las vicisitudes emocionales y sentimentales del yo autobiográfico, y satisficiera sus pretensiones expresivas más o menos aggiornadas.

Me dirán que las canciones lograban eso de alguna manera. Y es cierto. Pero todos sabemos que no es lo mismo leer en silencio y reflexionar sobre lo leído, que escuchar una canción y cantarla; no es lo mismo, si de lo que se trata es de dar cauce a la reflexión calmada. Así que al menos esa parte de la dialéctica lírica quedaba sin nutrientes en la forma de libros. Me dirán que los poemas de Benedetti, o los libros de poesía de los autores de la “nueva sentimentalidad”, o los libros de cantantes como Sabina bien que podían cubrir esa necesidad. Y también es cierto. Pero sabemos que hoy en día los caminos de la construcción autobiográfica del yo se procesan de maneras que, en cierto sentido, se alejan de las formas en que se construían cuando Benedetti escribía o cuando Sabina todavía tenía voz. En los últimos 20 años, el desarrollo de las nuevas tecnologías de las comunicaciones han dado a luz (o mejor dicho: han dado pantalla) a modalidades de construcción del yo superficiales, instantáneas, discontinuas, dinámicas, flexibles y muy maleables. Modalidades que requieren de un discurso lírico que esté a esa “altura”, en ese plano. Un discurso lírico, por así decirlo, “memético”.

¿Qué quiere decir eso de “memético”? Es un tipo de discurso que responde al juego interactivo de los memes, y al modo en que estos se propagan por las redes de comunicación. Del término (la entrada en la Wikipedia da cuenta de él) me agrada eso de que conjuga memoria y mímesis, o sea, que reproduce una tradición, o incluso, más específicamente, una información cultural de carácter intergeneracional, y que lo hace a través de prácticas imitativas entre pares. Esto, en internet, se manifiesta en la sobreabundancia de publicaciones compartidas con imágenes o máximas: Batman golpeando a Robin y diciéndole que se deje de hacer tal o cual cosa; las frases proverbiales de Paulo Cohelo; las fotos de famosos con una humorada en letras mayúsculas, los dichosos powerpoint… Mensajes superficiales, de rápida amplificación, que permiten a los usuarios decir algo que estaban queriendo expresar, pero que no sabían cómo.

Benedetti en estado memético.

Benedetti en estado memético.

Dados estos ambientes o entornos virtuales, y dadas las necesidades líricas, históricas y humanas, demasiado humanas, el surgimiento de una poesía memética es perfectamente comprensible en la actualidad. Y también será comprensible la baja calidad de esa poesía, si fuera el caso que se la quiera juzgar en términos estrictamente literarios (como aquí, o como aquí).

La lectura de un conjunto de poemas de estos autores superventas, que saltaron de las redes a los libros por gracia de un atento seguimiento que las editoriales hacen en las redes sobre todo lo que se mueve (o se “megustea”), nos hace pensar que todos estos fenómenos comunicativos no soportan del todo bien la crítica literaria. Y seguro que a los autores de esos libros el asunto los tiene sin cuidado. Ellos, así como sus audiencias, van a su bola, y poco les importa si lo que dicen y escriben ya fue dicho o escrito antes con una calidad poética superior (en eso, los autores son tan adolescentes como su lectores). A ellos les interesa la proliferación del meme, su expansión, la multiplicación viral de las audiencias. Supongo que les reconforta el aspecto económico del asunto, sobre todo cuando se lo han currado, pero no creo que sea esa la fuente de motivación última, que a mi entender estará dada, fundamentalmente, en el mero intercambio memético y no tanto en el plano comercial (cosa que sí le interesa a las editoriales que descubrieron el filón, obviamente), y mucho menos en el literario.

En todo caso, para quienes nos dedicamos a la promoción de la lectura literaria y de la creación literaria, y muy especialmente para quienes hacemos estas cosas de cara a la infancia y la juventud, lo que nos pondrá a discutir frente al fenómeno de esta oleada de poesía adolescente (como la define Marcos Taracido) son otros asuntos extra literarios. Otros asuntos que pasan por decidir si le damos la bienvenida al fenómeno, porque de última se trata de material de lectura que agrada a los adolescentes, o si lo repudiamos, porque de primera su calidad está lejos de lo literario y no pasa de un discurso sentimental cursi, superfluo, vano, almibarado, masificado… En todo caso, la actitud de repudio o la de recibimiento amable del fenómeno por parte de los que “estamos en el mundillo” se considerará fundamentalmente en relación con el asunto de si las lecturas de estos libros conducen luego a la lectura de una poesía de mayor calidad, o no.

Marcos Taracido propone en la nota antes citada algunas cuestiones en favor de darle la bienvenida al fenómeno. Y hoy quiero discrepar con él en un par de puntos de los que considera. Dice Marcos que 1) “Estos adolescentes jamás leerán otro tipo de poesía sin ser obligados”; 2) “Es su poesía: la escogen ellos, llegan a ella a través de los círculos de amigos o redes sociales, no es impuesta por docentes o adultos que les dicen lo que es bueno y lo que no”.

El argumento de Marcos, como vemos, es un argumento que se apoya en la libertad de elección. Pues bien, dudo de tal libertad. La elección libre de una lectura ha de ser una elección informada, y en cuestión de literatura, eso implica la elaboración autónoma de un gusto. Cuanto más autónomo sea el gusto, y cuanto más informada sea la elección, más libre será.

Estoy de acuerdo en las bondades de que un niño, una niña, un adolescente o una joven elijan sus libros. A diario, en la librería, me enfado cuando los padres imponen a sus hijos un libro, incluso pasando por encima de lo que eligieron los pequeños: entre otras razones, porque no siempre se cumple que la elección de los padres (o de los maestros o de los profesores de literatura) sea muchísimo más formada e informada que la que hacen niños y niñas en la librería. Pero lo anterior, más allá o más acá de si los adolescentes elegirán leer algún día algún otro tipo de poesía, una poesía que no sea una cima (o una sima) de cursilería, nos conduce a pensar qué estamos haciendo los promotores de la lectura, sea cual sea el lugar que ocupamos, a favor de crear entre las nuevas generaciones un gusto literario autónomo.

Las grandes editoriales, por lo pronto, y basta mirar catálogos y tapas de libros, tienen un plan muy bien diseñado (gráfico, estilístico y memético) que va en dos direcciones: desde el bestseller adulto a los libros para bebes, y desde los libros para bebes hacia los besteseller para adultos. En las dos direcciones, las líneas estéticas (o anti-estéticas) son coherentes y no dejan ningún flanco al azar: diseñan con rigor un criterio y un gusto estético que se expresa con una fealdad contundente en las tapas, las contratapas y el interior de los libros dirigidos a las distintas edades de ese otro “camino lector unidimensional”. Entremedio, hay toda una oferta de lecturas infantiles, adolescentes y juveniles que tienen en la cursilería su punto de anclaje. Que ahora incorporen la poesía (o bien este sucedáneo memético al uso de las redes adolescentes) no debe llamar la atención. Sus asesores editoriales y de marketing saben lo que quieren, saben cuál es el gusto de los lectores que quieren reforzar y multiplicar, y no le hacen asco a las críticas sesudas, mejor o peor informadas. Las editoriales grandes saben, de última, cómo imponer-una-elección-no-obligada (valga la paradoja).

Pero el argumento de Marcos Taracido, al final, manifiesta escepticismo respecto de la tarea de formar gustos literarios autónomos. Su discurso me suena a retirada. Y conste, sé que Marcos hizo y hace (y seguramente hará, como tantos otros) mucho a favor del desarrollo de un gusto literario autónomo entre las nuevas generaciones. El tema es que todo lo que se hace (que para algunos es mucho, y supone un gran esfuerzo personal) parece poco a la hora de enfrentarse con las conclusiones a las que uno arriba cuando considera la máxima de Sánchez Ferlosio: “…primero llega la Fealdad, luego la Estupidez y finalmente la Maldad”. Todo lo que se hace parece poco cuando percibimos que ese camino que arranca en la fealdad, mal que nos pese, a esta altura, resulta un camino ascendente y en espiral, y no tiene nada que ver con el salto desde un poema cursi a un poema de Quevedo, de Pessoa, de Auden o de quien te guste a vos.

En fin, no le doy la bienvenida al fenómeno, pero tampoco me quita el sueño. Sé que hay un trabajo por hacer en el campo de la promoción de la lectura literaria, que es un trabajo que se hace entre muchos, que es un trabajo que se hace en distintos niveles, que es un trabajo en el que, más allá o más acá de las listas de los libros más vendidos: algo siempre queda. Y de última, que cada uno lea lo que quiera, o lo que pueda.

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¿Y qué tal si les damos vacaciones? Por ejemplo, que ellos elijan qué leer

Para envidia de mis amigos del sur, aquí acaban de empezar las vacaciones de verano en las escuelas.

Para envidia de mis amigos del norte, sobre todo de niños y niñas, la época de vacaciones de verano, aquí, no está libre de rutinas de aprendizaje y de tareas.

Vengo de estar, recién, en una librería. Una de esas librerías-mezcla-con-papelerías que venden libros de texto.

En una sala había una mesa muy grande llena de un espécimen de libros casi desconocido en el país de donde vengo: los cuadernos de verano, vale decir, libros de tareas para las vacaciones.

Quaderns d'estiu (Cuadernos de verano) P2 (P de parvuls, 2 de la edad), P3, P4 y P5.

Quaderns d’estiu (Cuadernos de verano) P2 (P de parvuls, 2 de la edad), P3, P4 y P5.

Además de esa mesa, los otros estantes de esa zona de la librería estaban llenas de libros por el estilo, para todas las edades, desde primaria hasta secundaria. Libros muy “vistosos”, libros al modo de juguetes playeros para niños de 3 años, que incluyen un CD con canciones y cuentos, no sea cosa que tengan que andar buscando los complementos en otro lado.

Un libro, un balde.

Un libro, un balde.

Y para los más grandes, libros con problemas y ejercicios, como para no perder el entrenamiento durante las largas vacaciones de verano.

En estas vacaciones, vamos a tener problemas.

En estas vacaciones, vamos a tener problemas.

Salí de la librería con un regusto amargo.

Tengo para mí, desde mi época escolar, que las lecturas de verano son lecturas que uno elige y realiza en completa libertad. Lecturas recreativas. Lecturas literarias. Un tipo de lecturas para las cuales, durante el año, a menudo nos inventamos una falta de tiempo (por la faena, por los estudios, por la tarea domiciliaria) que nos inhabilita a hacerlas con tranquilidad. Y va a ser que no, que ahora, que aquí, así me lo explican, los centros escolares recomiendan este tipo de libros para que los niños, desde los 2 años hasta los 18, se lleven tarea para las vacaciones. También, así parece, se llevan un listado de libros de literatura (cuentos, novelas) para leer en casa.

A la vista de lo que encontré en la librería, la cosa funciona, y bien. (Al menos, para las editoriales.)

Supongo que alguien habrá inventado ya un indicador y un modo de evaluación sobre los beneficios de hacer este tipo de lectura obligatoria en vacaciones y este tipo de faena escolar de verano. Por mi parte, les confieso que durante mi infancia, salvo un verano aciago que recuerdo con malestar, nunca hice tarea escolar. Y las lecturas de verano, obviamente, eran aquellas que se me cantaba hacer, cuando se me cantaba. No sé si puedo presentar mi caso, y el de todos mis compañeros de clase, como indice de nada. Supongo que no. Pero dudo, y mucho, de que esto que se aplica a los escolares de acá vaya a servir de algo.

Por lo pronto, en otros países del norte se ha estudiado la conveniencia de que los niños elijan sus lecturas de verano, y la cosa resultó en que es mejor eso que la pauta obligatoria. Algo es algo.

Me temo que cada vez más, en el mundo adulto, hay como una obsesión con que los niños, y cuanto antes mejor, dediquen su tiempo en “cuestiones productivas”: estudios, tareas, cursos, talleres… Y cada vez menos se deja en manos del niño la libertad de jugar, a lo que sea, como sea; o la libertad de conversar sin pautas escolares; o la libertad de pensar y asombrarse sin guías prácticas; e incluso la libertad del niño de aburrirse de manera más o menos soberana, que se sabe que es algo muy apropiado para el encuentro con uno mismo (en todas las edades).

Y así y todo, llenos de tareas y actividades, los niños se aburren, y cada vez se les hace más cuesta arriba un asunto tan fácil y tan ligero como elegir un libro, cualquiera, para leer en la sombra, debajo de un árbol o de una sombrilla.

Me gustaría poder seguir diciendo que el verano es el tiempo de la infancia por excelencia. No se lo quiten a los niños, por favor.

Lecturas a cara y cruz: “El libro de la suerte”, de Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui

A veces, leer es una suerte.

Se puede creer en ello o no.

O sea, se puede creer en la suerte o no creer en la suerte.

Esto definirá dos tipos de lectores:

  • los lectores que creen en la suerte;
  • los lectores que no creen en la suerte.

Luego, se puede creer que leer es una suerte o no creer en eso.

En ambos casos, habrá tres formas de lecturas posibles:

  • leer antes de leer;
  • leer durante la lectura;
  • leer después de leer.

Si combinamos los lectores posibles y las formas de lectura posibles, y tenemos la suerte de leer “El libro de la suerte” (de Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui, Editorial A buen paso, Barcelona, 2014), veremos que el libro ofrece seis lecturas distintas:

  • La de los lectores que creen en la suerte y leen antes de leer.
  • La de los lectores que no creen en la suerte y leen antes de leer.
  • La de los lectores que creen en la suerte y leen durante la lectura.
  • La de los lectores que no creen en la suerte y leen durante la lectura.
  • La de los lectores que creen en la suerte y leen después de leer.
  • La de los lectores que no creen en la suerte y leen después de leer.

Veamos cómo sería cada una de estas posibles lecturas.

Las dos portadas de

Las dos portadas de “El libro de la suerte”, de Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui, Editorial A buen paso, Barcelona, 2014

  • Lectura antes de la lectura del lector que cree en la suerte 

Al encontrarse con este libro, el lector que cree en la suerte y lee antes de leer, lo mirará por adelante y por atrás haciendo su lectura previa. Para su asombro, descubrirá que no existen esas dos dimensiones: adelante y atrás. Girará y rotará el libro para un lado y para el otro y descubrirá que el libro tiene dos tapas. Y ya ahí, en esa primera lectura antes de leer, verá que las dos tapas representan la misma escena —una escalera mecánica dentro de un aeropuerto— pero vista desde distintas perspectivas. En la tapa donde el título está escrito con letras rojas, la escalera mecánica está enfocada desde un ángulo superior, y la imagen deja ver, en primer plano, una hilera de gente que desciende. En la tapa donde el título está escrito con letras azules, la escalera está vista desde una posición y un ángulo opuestos, y deja ver, en primer plano, una hilera de gente que asciende.

Si el lector que lee antes de leer es muy atento, verá que no solo el escenario ilustrado en las dos tapas es el mismo, sino que también el momento ilustrado es el mismo y, por lo tanto, los personajes son los mismos. Pero como por lo general la lectura antes de la lectura es rápida, nuestro lector que cree en la suerte habrá abandonado la tapa antes de descubrir mucha cosa y ya estará mirando las guardas. En una encontrará una serie de bocetos sobre fondo rojo. En la otra encontrará una serie de bocetos sobre fondo azul. Si avanza por el lado rojo, verá en la portadilla que al título del libro se suma un subtítulo: “El libro de la suerte. El viaje del Sr. Malapata”. Y allí, en primer plano, aparece el personaje mencionado. Si, por el contrario, avanzó por el lado azul del libro, encontrará en la portadilla que el subtítulo es otro: “El viaje del Sr. Buenaventura”. Y también es otro el personaje.

También descubrirá, más o menos atento, que existen dos dedicatorias: una, la escrita sobre fondo rojo, indica que el libro es “Dedicado a los que creen en la suerte”. La otra, sobre fondo azul, indica que el libro es “Para aquellos que no creen en la suerte”.

Con eso, a nuestro lector, que cree en la suerte, le alcanzará para pasar a la siguiente fase de lectura. Lo hará sin miedo, pensando que la suerte estará de su lado, y optará por comenzar a leer por la parte roja: la que cuenta el viaje del señor Malapata.

  • Lectura antes de la lectura del lector que no cree en la suerte 

Al encontrarse con este libro, el lector que no cree en la suerte y lee antes de leer hará los mismos descubrimientos que el otro. De todas maneras, como es descreído en cuestiones de azar, antes de escoger este libro para ponerse a leer averiguará quiénes son los autores. Lo que averiguará lo dejará tranquilo: Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui componen un tándem autoral con una larga lista de títulos en su haber, entre los que destaca “La carta de la señora González”.

Una vez con el libro en su poder, nuestro lector, que no cree en la suerte, y que se siente más identificado con el Sr. Malapata que con el Sr. Buenaventura, preferirá dejar su “zona de confort” para el final, y comenzará a leer por la parte azul del libro.

  • Lectura durante la lectura del lector que cree en la suerte

Nuestro lector comenzó por la parte roja. Allí se encontró con un personaje y una historia. El personaje, el señor Malapata, se nos presenta como alguien a quien la vida no le va bien. Lo han despedido del trabajo y anda como perdido y siempre malhumorado. Encuentra, casualmente, un folleto de una agencia de viajes que promociona un lugar para ir de vacaciones y resuelve tomarse unos días de descanso. Prepara las valijas, se acuesta a dormir y a partir de ahí, todo le irá saliendo mal con su viaje. Las desdichas no le dan tregua, al menos hasta el final, cuando un golpe de suerte le cambia la pisada. El final, en rigor, no es ningún final. La historia del señor Malapata termina en la mitad del libro. Y termina de un modo gráficamente impecable.

En la mitad del libro, una doble página que aparece plegada deja ver un gran barco. El barco se refleja en el agua del canal del puerto. Al desplegar la página, del otro lado, como en un resumen sinóptico, sin texto, mediante doce viñetas, se cuenta el final del viaje del señor Malapata. Si en este punto, nuestro lector quisiera continuar con la otra mitad del libro, deberá cerrarlo y comenzar a leer por el otro lado. Lo hará. Y allí encontrará la historia del viaje del Sr. Buenaventura.

La historia del Sr. Buenaventura es casi la misma historia que la del Sr. Malapata, y a la vez es todo lo contrario (o casi). Resulta que a este personaje, Buenaventura, muy ordenado, muy previsor, muy amable, todo le va bien. El viento le sopla a favor, dice por ahí, y el personaje se deja llevar. Emprenderá un viaje a una isla, Sereré, que es el mismo destino al que viaja el Sr. Malapata. Y en el viaje, cosas de la buena suerte, todo le irá bien, al menos hasta el final, sí, allí, en la mitad del libro, cuando nos encontramos con la imagen del barco reflejado en el agua del canal del puerto. Justo cuando nuestro lector que cree en la suerte acaba su lectura durante la lectura.

  • Lectura durante la lectura del lector que no cree en la suerte

Nuestro descreído lector comenzó a leer por la parte azul, la del viaje del Sr. Buenaventura. Su lectura durante la lectura no diferirá sustancialmente de la que hizo el lector que si cree en la suerte. También este hará los dos recorridos completos, y tendrá tiempo para soslayarse observando las coincidencias de las dos historias cruzadas. Porque sí, este libro logra contar dos historias que corren “en paralelo” (dicho de manera figurada, porque en rigor, una corre de adelante para atrás mientras la otra lo hace en sentido contrario, siempre y cuando no demos vueltas al libro). Dos historias que suceden en el mismo tiempo y que se van cruzando, porque resulta que el Sr. Malapata y el Sr. Buenaventura, lo descubrirán los lectores una vez que comiencen con la segunda historia, viven en el mismo piso, viajan al mismo destino, el mismo día, y se van cruzando por el camino en circunstancias bien diferentes: dichosas para uno, malditas para el otro.

Como el lector que no cree en la suerte es un tanto más desconfiado del azar que el sí cree, la lectura que haga en la segunda parte será un tanto diferente. Cada dos por tres se detendrá cuando esté leyendo la segunda historia y volverá los pasos sobre la primera para buscar un detalle en particular. Y es que el libro está lleno de detalles que se duplican en ambas historias. Entonces, desconfiado, nuestro lector irá a ver si efectivamente, lo que sucede, por ejemplo, en la entrada al aeropuerto, está ilustrado de igual manera en ambas historias. O irá a verificar si el personaje auxiliar que aparece en la primera historia es el mismo que aparece como personaje secundario en la segunda. Y así seguirá, chequeando a cada rato los paralelismos, las coincidencias, los detalles, las azarosas necesidades o el necesario azar de ambas historias.

  • Lectura después de leer que hace el lector que cree en la suerte

El lector que cree en la suerte, una vez que terminó su lectura vuelve a repasar todo el libro. También se detendrá en los detalles coincidentes y los festejará feliz. Por cierto, apreciará lo bien cuidado que están los textos y la riqueza de las ilustraciones, mucho más cercanas a la estética del comic que a la del libro álbum, pero dentro del formato de este último. Pensará que es una suerte el montaje de un libro álbum narrativo de estas características, donde el texto interactúa con la imagen en un juego de redundancias y complementariedades excelentemente logrado, dejando todos los detalles narrativos en el espacio de la ilustración para concentrar en el texto la información más gruesa que hace avanzar la trama.

Puesta en página en la historia del viaje del Sr. Buenaventura.

Puesta en página en la historia del viaje del Sr. Buenaventura.

Su reflexión final, seguramente, irá por el lado de los caprichos del azar, pero le quedará resonando en su cabeza la idea de que hay algo como una fuerza mayor, algo que pasa como a nuestras espaldas, y que rige nuestros viajes y se cruza en nuestros caminos.

  • Lectura después de leer que hace el lector que no cree en la suerte

El lector que no cree en la suerte abordará esta tercera lectura lleno de ansiedad. Ya tuvo tiempo de ir y volver sobre las dos historias cuando hacía la lectura anterior. Ahora, se fijará muy especialmente en el modo en que la puesta en página de textos e imágenes facilitan la lectura simultánea de ambos. A la vez, se fijará en cómo el encadenado de las páginas, diferentes en su articulación gráfica, generan un ritmo de lectura (en algunas partes trepidante) donde los mecanismos de sucesión narrativa quedan resaltados a la vez que parecieran ser puestos en cuestión: nuestro lector desconfiado siente una fuerza que lo impulsa a seguir leyendo muy rápido, a la vez que siente la necesidad de frenar en cada recuadro. Y eso, esa experiencia de lectura, lo deleita, pues no es fácil que un libro álbum te conduzca en ese subibaja de tensión.

Puesta en página de la historia del viaje del Sr. Malapata.

Puesta en página de la historia del viaje del Sr. Malapata.

Sabedor de que “dios no juega a los dados”, la reflexión final de este lector irá por el lado de la gran calidad que pueden tener dos autores compenetrados con su tarea para hacernos creer, en una historia muy bien tramada (o, mejor dicho, en los paralelismos de dos historias muy bien tramadas), que el azar y la suerte están extrañamente repartidos en la cuadrícula de las baldosas por las que avanzamos a diario, paso a paso, tropiezo a tropiezo.

Y tú, futuro lector, seas del tipo que seas, puedes no creer en este libro de la suerte.

Estás en tu derecho.

Pero entonces valdrá para ti lo que me decía un amigo siempre que conseguía un amuleto para mí, y me lo regalaba, y cuando yo, escéptico, le recordaba que no creía en esas cosas: “no te preocupes —decía mi amigo—, el amuleto funciona aunque tú no creas en él”.

Pues eso, si tienes la fortuna llegar hasta este libro de la suerte verás cómo funciona, aunque tú no creas nada de lo que escribí hasta aquí.

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NdE: Las imágenes que ilustran la nota fueron tomadas del blog Biblioabrazo y del blog La coleccionista. Aprovecho para recomendar las dos reseñas. Gracias.

En las botas del gato: entrevista con Glòria Gorchs sobre la actualidad de la LIJ catalana

La primera actividad del mundo de la LIJ a la que asistí luego de radicarme en Catalunya fueron unas jornadas en la Biblioteca Roca Umbert de Granollers. Los días 4 y 5 de julio de 2014 tuvieron lugar, allí, las III Jornades de Laboratoris de Lectura (Camins lectors. El bagatge literari i cultural dels infants). En esa oportunidad tuve la suerte de conocer a Glòria Gorchs, la bibliotecaria que estaba al frente de las jornadas junto a un equipo de lujo.

Glòria Gorchs presentando una actividad en las Jornadas de la Biblioteca Roca Umbert (Foto: Marta Roig).

Glòria Gorchs presentando una actividad en las Jornadas de la Biblioteca Roca Umbert (Foto: Marta Roig).

Glòria es bibliotecaria especializada en LIJ, colabora redactando críticas en la revista Faristol, es cofundadora del projecto Nascuts per llegir, destinado a la lectura en la primera infancia. Más allá de esos datos curriculares, Glòria es una mujer que contagia su entusiasmo por la buena literatura infantil y juvenil, y que además de hacerlo desde la biblioteca, lo hace desde la redacción de blogs tan buenos como “Un chat botté“, o colaborando en “Llibres al Replà“.

En estos días, que andaba yo interesado en compartir en este blog una visión sobre la actualidad de la LIJ catalana, se me ocurrió que ella podía ofrecer una buena panorámica. No me equivoqué.

Le escribí a Glòria y le formulé algunas preguntas. Ella me respondió, aclarando que lo hacía “con sensaciones, desde la experiencia”, según su modo de ver, “más que con números y certezas”. Esas sensaciones, esa experiencia, ese modo de ver es lo que ahora recogemos.

G&R: Luego de un tiempo de recorrer distintos lugares de Catalunya (más allá de Barcelona), luego de charlar con algunas personas informadas y de concurrir a algunas actividades públicas (foros, conferencias, encuentros), uno se queda con la impresión de que la Literatura Infantil y Juvenil catalana es algo muy vivo y muy dinámico. Está presente en librerías, en bibliotecas, en ferias, en exposiciones de ilustraciones, en las escuelas. ¿Puede ser que también en esto las apariencias engañen?

Glòria: Es cierto que al entrar en una librería o biblioteca uno tiene la sensación de que la LIJ catalana está en plena forma. Existe realmente una buena cantera de autores e ilustradores, así como de libreros, y una red de bibliotecas y editoriales que trabajan para hacer visible esta literatura. Pero bueno, no todo es oro lo que reluce.

G&R: ¿Cuáles son, entonces, los falsos brillos?

Glòria: Muchas de las editoriales que editan en catalán sobreviven gracias al mercado educativo. Esta relación con las escuelas ha existido siempre. De hecho, en los años 60, en Catalunya hubo un movimiento de renovación pedagógica: un conjunto de profesores e intelectuales que trabajaron para recuperar el catalán en las escuelas, después de años de prohibición. Nacieron, por ejemplo, la revista Cavall Fort i la editorial La Galera, que fueron muy importantes como plataforma para tener libros en catalán para enseñar a leer en nuestra lengua. Muchos de los autores claves de la LIJ catalana empezaron en esa editorial: Joaquím Carbó, Emili Teixidor, Josep Vallverdú… Incluso poetas como Joana Raspall, que de hecho era bibliotecaria, empezaron a escribir diccionarios y poesía para niños respondiendo a la voluntad de crear textos en todos los géneros para normalizar el catalán.

G&R: Pero la ilustración no parece engañarnos con falsos brillos. Yo, al menos, veo que tiene una presencia bien ganada, ¿me equivoco?

Glòria: Existe una importante tradición en Catalunya de ilustradores, que se remonta a los tiempos del Noucentisme. Autoras como Lola Anglada crearon escuela. Ha habido siempre escuelas de ilustración y hay muy buenos dibujantes.

Ilustración de Lola Anglada para la cubierta del libro "Margarida" (1928).

Ilustración de Lola Anglada para la cubierta del libro “Margarida” (1928).

El problema, supongo, es un tema de negocio. Las tiradas editoriales en catalán son muy pequeñas comparadas a las que se pueden hacer en español. Muchas veces es más fácil comprar traducciones que crear libros desde cero con autores de casa. Son muchos los ilustradores catalanes, sobretodo, que trabajan más afuera que en Catalunya.

Y los escritores se encuentran muchas veces con la dicotomía de hacer libros de carácter “pedagógico” sabiendo que la editorial escogerá antes los libros que responden a temas que gustaran a los profesores… En momentos de crisis, como ahora, muchas de las editoriales que editaban doblemente en catalán y español, (Edelvives tiene Baula, su sección catalana, Anaya tiene Barcanova, SM es Cruïlla en Catalunya…) escogen con lupa los libros que traducen al catalán. Los libros más arriesgados, o que no entraran fácilmente en las escuelas, ya no se traducen.

G&R: Me temo que es un poco la crisis en toda España. ¿Qué otras dificultades ves?

Glòria: Cada vez más hay casos de libros con tiradas muy cortas. Libros que ganan un premio y muy buenas críticas y que al cabo de seis meses está descatalogado. Se da más importancia a publicar títulos nuevos, al movimiento, a la rotación, que a recuperar o mantener en el mercado los buenos libros. Esto ha cambiado un poco este último año porque la crisis ha hecho que algunas editoriales recuperasen libros que tenían descatalogados. Por ejemplo el texto completo de Peter Pan en catalán hacía años que no se podía comprar.

G&R: ¿Quieres hablarme un poco de las organizaciones que fomentan la LIJ? Yo percibo un importante movimiento ahí.

Glòria: Existe el Clijcat (Consell Catalá del Llibre Infantil i Juvenil) que sería el representante del IBBY en Catalunya, que hace mucho trabajo de hormiguita, pero con un presupuesto que hace pensar que no hay mucho interés político en la LIJ. También el Gremi d’Autors, o el Gremi de Llibreters, que trabajan en esta dirección. Así que un poco la LIJ catalana es un movimiento con buenos autores, pero siempre en “lucha”. Ahora existe la plataforma APE (Autors i Autores en Perill d’Extinció), donde los autores intentan romper con la práctica de reaprovechar los libros de lectura en las escuelas. Los autores, y sobre todo los ilustradores, defienden sus derechos y su pequeño tanto por ciento de beneficios con los editores.

G&R: ¿Cuál es el impacto mediático de la LIJ catalana? ¿Existe la crítica de LIJ?

Glòria: En la prensa es difícil encontrar crítica de LIJ, aunque ahora la red ha permitido que florezcan muchas webs y blogs de calidad. Así como pequeñas editoriales, pequeñas librerías que intentan poner en circulación literatura de calidad fuera de los circuitos más comerciales.

Portada de la revista Faristol, de la que Glòria es redactora. Una revista que luce por la calidad crítica de sus notas y reportajes.

Portada de la revista Faristol, de la que Glòria es redactora. Una revista que luce por la calidad crítica de sus notas y reportajes.

G&R: ¿Piensas que todo ese trabajo en torno a la defensa del idioma propio, que se lleva adelante en Catalunya, puede haber representado una suerte de aislamiento de la LIJ Catalana respecto del mundo hispanohablante, en el sentido de la difusión de obras y de autores fuera de fronteras (especialmente, en el resto de España y en América Latina)?

Glòria: No sé qué responderte Germán. Desconozco los autores que se traducen, aunque en alguna ocasión he oído decir a editores catalanes que cuando van a ferias como la de Bologna, están muy claros los roles de países que compran y países que venden. Y nosotros, de entrada, somos compradores. Es una tendencia que se debe romper pero no es fácil. Aunque esto sería hablando de traducciones a otros país. El caso de traducir del catalán al castellano creo que sólo se consigue con algunos autores muy destacados: Sierra i Fabra, por ejemplo, o Maite Carranza, Care Santos… Pero desconozco la realidad.

G&R. Leía días atrás una nota del año 2007 que sostenía que la LIJ catalana fue un referente del auge de la LIJ española de finales de los sesenta y hasta los ochenta, pero que luego se estancó. No obstante, para la actualidad, se habla de un relevo generacional y de nuevas iniciativas literarias. ¿Concuerdas con ese diagnóstico? ¿Qué autores emergentes o qué títulos recomendarías leer a lectores que, como yo, quisieran tener un panorama sobre lo nuevo de la LIJ Catalana?

Glòria: Creo que es cierto esto que dices sobre el cambio generacional. De los autores de ahora que me parecen importantes, a parte de los que ya cita el artículo: Maite Carranza, Care Santos, Lolita Bosch, Maria Mercè Roca, Maria Carme Roca, Lola Casas… añadiría autores que se destacan por su trabajo para pequeños lectores, como Meritxell Martí i Xavier Salomó

Se viene luciendo muy bien en librerías la nueva colección de libros pop-up realizados por "el tándem" de Meritxell Martí y Xavi Salomó, publicada por la Editorial Combel. La colección comenzó con "Caperucita Roja" (La Caputxeta Vermella) y "Los tres cerditos (Els Tres Porquets).

Colección de libros pop-up realizados por Meritxell Martí y Xavi Salomó, publicada por la Editorial Combel. La colección comenzó con “Caperucita Roja” (La Caputxeta Vermella) y “Los tres cerditos” (Els Tres Porquets).

O autores de narrativa infantil, como Carles Sala i Vila, Anna Manso, Eulàlia Canal, Jordi Folch, Miquel Rayó, Antoni Garcia Llorca; y también autores de narrativa juvenil, como Àngel Burgas, Pau Joan Hernández, David Cirici, Pasqual Alapont, David Nel·lo… Seguro que me dejo muchos.

G&R: Creo que para acercarnos a la LIJ catalana está muy bien. Muchísimas gracias, Glòria. Ha sido un lujo.

Juegos de lenguaje: sobre “El idioma secreto”, libro de poesía de María José Ferrada

Creo saber que todo lo que se pueda decir sobre el lenguaje habrá de ser dicho desde el lenguaje mismo, que no hay una posición exterior al lenguaje para hablar sobre el lenguaje. Y si esto que creo es cierto, también podría pensar que todo lo que pueda ser dicho sobre un idioma secreto deberá ser dicho con las palabras de ese mismo idioma secreto.

Sin embargo, esto último no es así. O, al menos, no es del todo así.

El uso de un idioma secreto depende estrechamente del uso del lenguaje común, y este depende de una serie de reglas y de unos registros simbólicos compartidos: un sistema, en definitiva, adecuado para designar con gestos, con palabras, con signos y con proposiciones a la realidad. En este sentido, no es posible la existencia de un lenguaje privado. Y no siendo posible la existencia de un lenguaje privado, entonces podremos tener un idioma secreto, pero este dependerá del conocimiento de otro lenguaje previo, otro idioma común sobre el cual se construirá, se enmarcará y se configurará a su debido tiempo.

¿Cómo hablar, entonces, de este libro de poesía de María José Ferrada, “El idioma secreto“, que consagra, en su voz y en su dicción, el modo de operar de un idioma enigmático, escondido, un idioma compartido de manera privada entre una nieta y su abuela? ¿Cómo hablar de este libro de poesía que versa sobre la profunda y sólida intimidad de un mundo personalísimo, construido en base a objetos tan simples como “ovillos de lana” y “boletas de ferretería”?

"El idioma secreto", de María José Ferrada, con ilustraciones de Zuzanna Celej, editado por Faktoría K de Libros, Kalandraka editora, España, Pontevedra, 2013.

“El idioma secreto”, de María José Ferrada, con ilustraciones de Zuzanna Celej, editado por Faktoría K de Libros, Kalandraka editora, España, Pontevedra, 2013.

Creo que lo mejor será hablar de este libro intentando apropiarme de su idioma no-tan-secreto: el de la prosa poética con la que abre un mundo de sentidos conmovedores. Y es que en un punto, la poesía de este libro resulta absolutamente diáfana: al configurar el idioma secreto va construyendo también el lenguaje poético con el que pone en funcionamiento ese mundo de recuerdos cotidianamente íntimos, recuerdos propios de una forma de vida compartida y transmitida de generación en generación, una forma de vida pretérita que se niega al olvido, así como la voz poética del libro se niega a una retórica ampulosa y vacua. Lo mejor será hablar de este libro, entonces, mostrando el idioma secreto que se configura sobre la base de una prosa poética plena de imágenes y de símbolos de una compleja simplicidad. Una prosa poética que posibilita, además de la identidad compartida entre la niña que habla y la abuela que dona el idioma, la identidad compartida entre el lector que se asoma a estas páginas y el mundo de sentimientos que nos es donado, poema a poema, desde su inicio:

El idioma secreto me lo enseñó mi abuela.
Y es un idioma que nombra las plantas de tomate, la harina, los botones.
Un día me llamó.
Me dijo que antes de que la muerte se la llevara quería entregarme algo.
Mi herencia era una caja de galletas con ovillos de lana y boletas de ferretería.
Ahí dentro estaban las palabras.

El idioma secreto que se establece en la comunión de la abuela y la nieta es también el idioma de las metamorfosis. En ese idioma secreto, las metáforas son iluminadoras:

Había tarros de pintura en los que mi abuela guardaba el trigo.
Trigo que se transformaba en harina y luego en pan.

Había tarros de luz.

El idioma secreto es panteísta, porque cada objeto cobra al ser mencionado la fuerza de una divinidad construida a base iluminaciones muy íntimas:

En las dalias
vivían pequeños dioses,
que florecían al costado de la flor
siempre amarillos, naranjas,
violeta.

Era un secreto que se guardaba con cuidado
como se guarda una estrella en el bolsillo.

Había dioses pequeños en las dalias.
Y yo cada tarde les llevaba
el agua.

El idioma secreto integra y articula muchos idiomas: el de la luz, el de las plantas, el de las flores y las semillas, el de las huertas, el de los pájaros, el de las colmenas, el de los animales del bosque, el del alimento, el de las migas de pan, el de la generosidad que multiplica los peces, el de los insectos, el del frío y los abrigos, el del viento y la lluvia, el que perfuma los recuerdos, el de las despedidas, el de las apariciones, el de las maravillas…

Página interior del libro "El idioma secreto", de María José Ferrada, ilustrado por Zuzanna Celej.

Página interior del libro “El idioma secreto”, de María José Ferrada, ilustrado por Zuzanna Celej.

El idioma secreto pretende nombrar los recuerdos compartidos. En esa pretensión puede asentar —más allá de la experiencia privada, única, identitaria— un idioma común para el lector que se acerca a esta poesía y quiere, en su afán de atrapar el instante, nombrar a la vida que transcurre y se escapa.

No hay un recuerdo igual al otro“, insiste en anunciar la voz poética que rememora. Y sin embargo, hay modos de suspender el devenir del olvido. Los ciclos de las estaciones, la honda sucesión de las palabras y de los silencios, “la marcha de los caracoles al ritmo de los brotes”: bien pueden darnos el ritmo de las poesías en las que florecen las conmemoraciones, los recuerdos únicos, y a la vez comunes, de quienes habitan un mundo humanizado.

El libro termina casi que en el mismo punto en el que empieza: la confesión de que el idioma secreto fue un regalo.

El idioma secreto me lo enseñó mi abuela.
Y es un idioma que nombra las plantas de tomate, la harina, los botones.
Un día me llamó.
Me dijo que antes de que la muerte se la llevara quería entregarme algo.
Mi herencia era una caja de galletas con ovillos de lana y boletas de ferretería.
Ahí dentro estaban las palabras.

Y con ellas
hice mi habitación en el mundo.

Y así, en esa circularidad con la que se cierra este libro de poesía, en esa circularidad con la que se nos da el idioma secreto que este libro alberga, se nos sugiere que tanto la vida, en su estado natural, como el lenguaje, en su estado poético, pueden ser habitados por las generaciones que fueron, que son, que serán.

Más allá de que este libro sea extraordinario en sí mismo, tiene otro mérito que motiva la alegría del lector que aquí lo comenta: en su prosa poética, en la libertad de sus versos, este libro rompe, hasta donde sé, con una cierta tradición de los premios de poesía que suelen entregarse en España, donde el verso rimado y medido suele recoger los laureles con más facilidad. “El idioma secreto” tuvo el gran mérito de ser la obra ganadora del V Premio Internacional Ciudad de Orihuela de Poesía para Niños, editado en 2013 en España, Pontevedra, por Faktoría K de Libros, Kalandraka Editora, con unas bellas ilustraciones de Zuzanna Celej.