Entrevista (ficticia) con Shaun Tan a propósito de su libro, «El árbol rojo»

G&R: La primera edición de tu libro, “El árbol rojo”, se hizo en Australia, en 2001. La traducción al español la hicieron Carles Andreu y Albert Vitó, para Barbara Fiore Editora, en 2005. Cuéntanos un poco sobre el libro.

S.T.: “El Árbol Rojo” es una historia sin ningún tipo de narrativa en particular, una serie de distintos mundos fantásticos con imágenes independientes que invitan a los lectores a sacar su propio significado en ausencia de cualquier explicación escrita. Como concepto, el libro está inspirado en el impulso que tienen niños y adultos por igual para describir sentimientos usando como metáfora los monstruos, las tormentas, el sol, el arco iris y así sucesivamente. Más allá del tópico, he buscado ilustraciones que puedan seguir explorando las posibilidades expresivas de este tipo de imaginación compartida, que podría ser a la vez extraño y familiar.

G&R: No estoy muy de acuerdo con eso de que no haya una historia. De algún modo, el libro cumple con los preceptos clásicos de presentación, desarrollo, nudo y desenlace. E incluso se puede leer pensando en que en la trama hay un obstáculo a vencer por parte de la protagonista. Obstáculo que al final se resuelve.  ¿O te inclinas a pensar que esa protagonista, la niña, no es en sí un personaje, sino más bien una alegoría?

S.T.: Una niña sin nombre aparece en cada imagen, es un sustituto de nosotros mismos, ella pasa sin ninguna ayuda a través de muchos momentos oscuros, pero finalmente encuentra algo esperanzador al final de su viaje. “El Arbol Rojo” empezó como una narrativa experimental más que cualquier otra cosa: la idea de un libro sin historia.

Interior El árbol rojo Shaun Tan

Ilustración interior de «El árbol rojo». En el costado derecho, sobre un blanco, aparece una frase: «nadie entiende nada». Adentro de la botella, con ese antiguo equipo de buzo, la niña que protagoniza el cuento.

G&R: Sí, no dudo que sea una narrativa experimental, y que las imágenes, cada una por su lado, cuenten una situación, pero insisto en que hay un hilo narrativo que une esas imágenes, una progresión narrativa hasta llegar al desenlace. Uno va leyendo el libro y se encuentra a cada paso con una situación más y más desesperanzada. Todo está resuelto muy bien en las ilustraciones, que son muy potentes en la dirección de transmitir sentimientos, con una factura en óleo y acrílico sobre papel impecable. Pero sigo pensando en que el texto nos conduce hacia un final, hacia la resolución o no de un conflicto. El texto no está descuidado en ese sentido. Y si bien son líneas muy simples, juegan como una fuerza de arrastre en la dirección de afirmar un relato unitario y significativo.

S.T.: Estoy cada vez más convencido de que la ilustración es una poderosa vía de expresión de sentimientos, tanto como las ideas, en parte porque está fuera del lenguaje verbal, y muchas emociones son difícil de expresar con palabras. Pensé que podría ser interesante crear un álbum ilustrado que tratase sobre las emociones, sin encuadrarlas en ningún contexto argumental, en cierto sentido va “directo a la fuente”.

G&R: Entiendo que quieras darle más peso a las imágenes. Está bien. Es tu arte. Evidentemente prefieres narrar con imágenes. Y tienes muy buenos resultados, obviamente. Pero incluso ahí, en el hecho de que en todas las ilustraciones, por más disímiles que sean, aparezca la niña, eso ya nos indica la presencia de un protagonista y, por ende, del curso de una acción.

S.T.: Lo que resultó después de muchos garabatos fue una serie de paisajes imaginarios sólo conectados por un mínimo hilo de texto y la silenciosa figura de la niña en el centro de cada uno, con los que el lector es invitado a identificarse. Al principio ella se despierta encontrando hojas ennegrecidas  cayendo desde el techo de su dormitorio, amenazando con acabar con su silencio. La niña camina por la calle, eclipsada por la sombra de una gran pez que flota sobre ella. Se imagina a sí misma atrapada en una botella lavada en una orilla olvidada, o perdida en un paisaje extraño. Es capturada en una pequeña embarcación por buques a punto de chocar, y después de repente está en un escenario ante un misterioso público, sin saber qué hacer.: Algo así como si toda esperanza estuviera perdida, la niña vuelve a su dormitorio y encuentra una pequeña plantita roja creciendo en el centro del suelo. La plantita crece rápidamente convirtiéndose en un árbol rojo que llena su habitación de una cálida luz.

El árbol rojo de Shaun Tan

«El árbol rojo», de Shaun Tan. Barbara Fiore Editora.

G&R: Me llama la atención que no menciones la tapa del libro. Y es que desde ahí ya se comienza a trabajar para ese final. La niña está en un barco de papel que flota sobre el agua. El papel tiene texto escrito. La niña, con los ojos entrecerrados, adivina la presencia de una hoja roja en la sombra que el barco arroja sobre el cauce de agua. El agua es símbolo de vida. El color rojo es símbolo de vida. Navegar es símbolo de vida. La grafía sobre el papel es símbolo de una vida narrada. La niña, desde la tapa, está imaginando que puede vivir más allá de todos los obstáculos que el mundo le interponga. Todo eso lo transmite la imagen, sí. Pero al interpretarla, así como leo e interpreto libremente las imágenes interiores, me logro conmover.

S.T.: Cada imagen está abierta a varias interpretaciones por la ausencia de una descripción que las acompañe. Cada “mínima” historia nos recuerda que así como los malos sentimientos son inevitables, siempre pueden ser atemperados por la esperanza.

G&R: Tal cual. Eso está muy bien logrado en este libro. Hay un trabajo sobre lo que tu llamas “malos sentimientos” muy cuidado. ¿Trabajaste intensamente en esa dirección?

S.T.: En su origen, estaba planeando hacer ilustraciones sobre los tipos de emociones: miedo, alegría, tristeza, asombro y así sucesivamente.  Pero cuanto más trabajaba en ello, cuanto más encontraba emociones negativas (sobre todo sentimientos de soledad y depresión) eran mucho más interesantes desde un punto tanto personal como artístico. No es que sea una persona infeliz, es sólo que esas ideas parecen ser en última instancia las que provocan mayor reflexión.

G&R: Está claro eso. Ubicarse en la línea de la melancolía es, indefectiblemente, ubicarse en un plano en el que uno debe enfrentar reflexivamente su lugar en el mundo: lugar que siempre aparece como amenazado, como listo a desaparecer. Soy de los que piensa que en la literatura infantil no todo tiene por qué ser diversión y risa fácil, así que, desde ya, tienes en mí a un admirador de tu obra. ¿Te ha generado problemas ubicarte en esa perspectiva melancólica?

S.T.: Los lectores me han preguntado a veces por qué mi imaginario es a menudo tan oscuro, y pienso que es por eso. Estoy más atraído por aquellas cosas que no son siempre las correctas, como la injusticia social y ecológica de “Los Conejos”, o la apatía social en “La Cosa Perdida”, o algunas ideas  sobre la auto-destrucción en “The viewer”. Encuentro estos temas artísticamente atractivos, quizás porque están sin resolver, como un puzzle.

G&R: Por cierto, tampoco hay que pensar que un niño no pueda regocijarse ante las incertidumbres que arrojan tus ilustraciones. El arte, cuando surge del desgarro interior y la reflexión profunda sobre lo incierto de la vida, tiene ese efecto removedor que puede tocar fibras de sensibilidad y hacerlas resonar hondo, sin importar la edad de quién recibe el impacto. No creo, además, que tu libro sólo tenga un carácter melancólico, vale decir, no creo que tu trabajo aquí se quede nada más que en ese aspecto.

S.T.: Al mismo tiempo, disfruto de hacer un trabajo festivo (“El Árbol Rojo” lo es en última  instancia) pero cualquier significado aparente está siempre rodeado de incertidumbre. El árbol rojo puede florecer, pero también se morirá, de modo que nada es absoluto o definitivo; tiene que haber un reflejo fiel de la vida real, como algo que está continuamente en busca de una resolución”.

G&R: Te agradecemos mucho la entrevista. Y vamos a aclarar a los lectores que así como el árbol rojo puede no florecer, esta entrevista puede no haber sucedido nunca, puede ser el reflejo del mero deseo de dialogar con el autor luego de leer y releer varias veces su libro. Y sí, en efecto, G&R no entrevistó a Shaun Tan. Transcribimos aquí, al modo de respuestas a nuestras preguntas e ideas, el texto publicado en el blog Trazos de tinta, que se tomó el trabajo de traducir las opiniones que sobre el libro vertió el autor en su página web. Pero en nuestra imaginación, en nuestro deseo, en nuestra ilusión, este diálogo es muy real. Gracias, Shaun Tan. Gracias también a Ana Garralón (por la idea, que le copié descaradamente, de hacer entrevistas imaginarias así). Y un muy especial agradecimiento a Carola Martínez, de Donde viven los libros, que me obsequió un ejemplar de este formidable libro: “El árbol rojo”.

Un libro, un abrazo

Recibo un correo de Sergio López Suárez con esta noticia, de la que soy parte, y la transcribo aquí (añadiendo algunos enlaces):

«Un libro, un abrazo» es un emprendimiento de la Secretaría de Gestión Social para la Discapacidad de la Intendencia de Montevideo. Tiene particular importancia porque constituye una oportunidad de empleo para jóvenes en situación de discapacidad. Ellos son quienes comercializan los libros y con estas acciones se difunde cultura uruguaya a precios accesibles. Es un programa que resulta de la articulación con la Biblioteca Nacional, Organizaciones de la Sociedad Civil y la Editorial Banda Oriental. Es ejecutado y coordinado simultáneamente por las Intendencias de Canelones y Maldonado.

«Un libro, un abrazo», por suerte, ha funcionado muy bien desde hace algunos años editando títulos y poniéndolos a la venta a través de personas con diversas discapacidades (la gran mayoría muy jóvenes) al precio de 30 pesos (NdE: el equivalente a un dólar y medio). Un porcentaje de lo recaudado (aproximadamente la mitad) le queda como ganancia personal a estos vendedores, y el resto vuelve a un fondo para nuevas ediciones (los autores ceden su ganancia). Con cada título se publican 5.000 ejemplares en casi todos los casos. Los resultados son óptimos y de diversa índole, entre otros: difusión de autores, accesibilidad económica a esta literatura, e integración de personas discapacitadas, muchas de las cuales no encuentran otro contexto laboral.

A partir del año pasado se han integrado Canelones y Maldonado a Montevideo. La idea es ir sumando otros departamentos del interior que coordinen desde sus intendencias ONGs que trabajen en áreas similares.

Los autores publicados hasta la fecha son muchos: Delmira, María Eugenia, Juana, Bartolomé Hidalgo, Florencio Sánchez, de Mattos, Henry Trujillo, Mario Delgado, etc. y etc. Se ha publicado también un libro con literatura juvenil donde participaron: Magdalena Helguera, Gabriela Armand Ugon, Adriana Cabrera y Sebastián Pedrozo.

Este año se editarán tres títulos: una antología de Rubén Lena, otro con crónicas de El Hachero, y uno con literatura infantil creada por los siguientes escritores: Virginia Brown, Natacha Ortega, Sergio López, Germán Machado y Fabio Guerra. Por iniciativa del grupo iluyos (Ilustradores uruguayos de literatura infantil) también contribuirán con sus ilustraciones para los cuentos Matías Acosta, Juan Manuel Díaz, Lucía Franco, Augusto Giussi, Sebastián Santana, Alfredo Soderguit y Denisse Torena.

¿Vamos los escritores a dejar la Literatura Infantil en manos de los ilustradores?

Hace un tiempo le dije a una amiga, que está inserta en el mundo de los libros, que estaba por escribir una entrada para mi blog con el título que lleva esta que ahora publico. Ella se sonrió y me dijo: no lo hagas, no cargues contra los ilustradores. Y eso, viniendo de ella, era toda una advertencia.

Como suelo evitar meterme en problemas y como no era mi intención cargar contra nadie en particular, dejé el asunto detenido. Pero hoy, luego de leer la entrada que publicó Ana Garralón en su blog, titulada «¡Urgente! Se buscan escritores de literatura infantil«, tomé coraje y aquí me leen.

Ana Garralón observa que en la LIJ actual (fundamentalmente en la dirigida a los niños más pequeños, de prelectores a niños de 8 años) hay una discordancia muy grande entre la calidad de las ilustraciones de los libros (muy buena) y la calidad de los textos literarios que las acompañan (mala en general). Por otra parte, Garralón señala la superabundancia de reediciones de cuentos clásicos, que ella atribuye a una apuesta editorial que sabe que tiene a mano buenos ilustradores pero no cuenta con textos lo suficientemente atractivos para que estos trabajen. Su diagnóstico es fulminante: «hay crisis de escritura»; «los escritores no están a la altura de los tiempos»; para escribir bien hay que saber narrar y los escritores no saben hacerlo; los escritores no logran con sus recursos narrativos cautivar a los lectores pequeños… como se puede apreciar, no es una crítica liviana.

En el resto del artículo, hace una serie de recomendaciones a los escritores, o promitentes escritores, para que se hagan con algunos libros que podrían funcionar como manuales sobre cómo escribir bien o cómo desarrollar una historia. Esta última parte me parece secundaria frente a sus aseveraciones iniciales y no la consideraré aquí. En fin, que prefiero quedarme con el diagnóstico y no con el tratamiento sugerido.

Lo que me interesa, de su artículo, y de la situación planteada, es ese comportamiento del mundo editorial (y de la sociedad en general) respecto de la relación entre textos e imágenes. En el presente, es bastante evidente en los libros destinados a la edad que repasa Garralón, los textos habrían quedado en un lugar secundario frente a las ilustraciones. Sospecho que eso se debe, en gran parte, a las exigencias del mercado: a la hora de vender/comprar un libro, seguramente el vendedor/comprador prioriza la imagen. Y es que en nuestro mundo actual la imagen ha cobrado primacía frente a otras formas de comunicación. El diseño se impone por sobre la función. Un libro bien empacado (cuatro tintas, tapa dura, completamente ilustrado) tendrá más posibilidades de venderse que un libro bien escrito. Lo mismo sucede con los jugos de fruta, claro: el sabor no vende primero, sino el packaging (el embalaje, vamos).

Pero quizás eso no sea todo. Días atrás, Marcos Taracido soltaba en su columna de Libro de Notas una tesis temeraria:

Nuestros padres tenían como único modo de acceso a la cultura (a la burguesa, se entiende, a la cultura intelectual) la lectura; nosotros seguimos teniendo, mientras crecíamos, la lectura como el principal recurso (por prestigio, pero también por tradición heredada y por inercia), aunque buena parte de nuestro tiempo ya lo dedicamos al audiovisual. Nuestros hijos aprenden visualmente y la lectura es ya para ellos un anexo, un lujo, una extravagancia con la que juegan más o menos, pero accesoria…

La lectura, la lectura atenta, la lectura que busca oír la voz de un escritor que cuenta una historia, la lectura que al decir de Gadamer es ese “oir interior el hacerse sonido del lenguaje”, esa disciplina, seguramente se ha desvalorizado como bien cultural y, tal vez, en gran parte, como práctica de apropiación social e individual de la cultura. Sin casi darnos cuenta, en el curso de tres generaciones, la lectura habría pasado de ser el único modo de acceso a la cultura a convertirse en un lujo extravagante. Esta es una tesis temeraria, sin duda, y por lo tanto, una tesis más propensa a señalar una tendencia que una realidad consolidada.

Migración lectora (ilustración de Catia Chien)

Migración lectora (ilustración de Catia Chien)

No obstante, es cierto que en el curso de cincuenta años, el lenguaje audiovisual ha pasado a ser el dominante frente al lenguaje escrito y al lenguaje literario. Las posibilidades de que un escritor invente una buena historia, la escriba bien, con un lenguaje cuidado y refinado, con una voz definida claramente, con procedimientos estilísticos más o menos innovadores y adecuados a la realidad actual, con una idea precisa (y preciosa) de lo que quiere decir y cómo: esas posibilidades se reducen porque, de última, el entrenamiento para desarrollar ese arte y ese oficio no está socialmente valorado como antaño. Escribir una buena historia, así como escribir buena poesía, es algo que va a contracorriente de estos tiempos en los que no es lo usual ir a contracorriente, o al menos, es algo que no da crédito ni espacio en las industrias culturales, donde lo que da crédito y espacio es, básicamente, lo que se vende. Escribir para que el lector logre «disfrutar de una experiencia inusual en cada libro», como pide Ana Garralón, se va haciendo cada vez más costoso en lo que refiere a las inversiones personales que debe hacer el escritor (y el editor, claro, el buen editor), y cada vez rinde menos en lo que hace a los beneficios que se puede obtener de ello.

Por ahí, un texto sencillo, escrito sin muchos esfuerzos literarios, forjado sin grandes aspiraciones, que llegado el caso consiga hacerse de unas «bonitas ilustraciones», pues ya es suficiente, y seguro que es más fácil de colocar en el mercado editorial, así que ¿para qué tanto desgaste? Si la literatura para niños va a quedar en manos de los ilustradores, que se hagan cargo y punto. «Escribí algo más fácil», me han sugerido más de una vez. “Jamás vas a ser un best seller”, me llegaron a advertir en otras tantas ocasiones. No son mensajes alentadores.

Así y todo, hay que señalar que los ilustradores no trabajan en el vacío. Ellos también necesitan buena poesía y buena narrativa para poder desplegar una buena obra. Y si esta no se cultiva: ¿será que vamos camino a un cuello de botella donde ya no se podrán escribir (y publicar) más que adaptaciones de adaptaciones de adaptaciones de textos del folclore del siglo XVIII o anterior?

Voy a traer aquí una anécdota que considero que pone de manifiesto lo del cuello de botella ese, a la vez que aporta una revisión sobre lo que antes fue dicho no sin cierta ironía.

En el Primer Encuentro de Escritores e Ilustradores de la Región, que tuvo lugar en Montevideo hace cuestión de un mes, estuvo presente Istvansch. Considero que su intervención en el encuentro fue muy buena, pero que derivó en eso que en filosofía se nombra como una «contradicción preformativa«: lo que dice el discurso niega lo que se está intentando sostener en el mismo discurso (o dicho de manera más técnica: «un acto de habla que en su propia actuación produce un significado que reduce aquél otro acto que intenta realizar», tal como lo explicita Judith Butler).

Istvansch hizo una defensa muy informada y bien argumentada sobre la importancia de la ilustración en los libros para niños. Su ponencia apuntaba a reforzar la idea de que en un libro ilustrado, los ilustradores también son autores. Una discusión que en Argentina se dio hace veinte años, pero que aquí en Uruguay los ilustradores han tenido que promover con fuerza en los últimos tiempos para defender su lugar en la industria editorial.

Estoy bien convencido de que los ilustradores son autores: no es a mí a quien deben aclararle eso. La campaña que en esa dirección llevan adelante los Iluyos (ilustradores de literatura infantil uruguaya) me parece pertinente (si bien, lo dije en algún momento, me molesta hacer del símbolo del Copyright, ©, una bandera: cuestión que en todo caso refiere al tema de la propiedad intelectual, que ahora no viene al caso, y no al rol creativo del ilustrador).

Pero Istvansch, que a su modo vino a apoyar esa campaña y a aportar la experiencia argentina sobre el punto, no es solo un ilustrador de libros para niños. Es mucho más: es un escritor, es un diseñador, es un editor, es un meticuloso lector y es una persona que sabe muy bien la importancia que el texto tiene en un libro ilustrado. A tal punto lo sabe, que terminó su participación en dicho Encuentro, por cierto muy histriónica y muy amigable, haciendo lectura (y mostrando) un libro-álbum de su autoría, ¿Has visto?, en el cual el texto es la clave para su construcción como obra literaria.

¿Has visto? de Istvansch

Tapa del libro ¿Has Visto? de Istvansch, Editorial Del Eclipse, Argentina, 2006.

En cada doble página de ese libro se veía un fondo de color (rojo, verde, amarillo, etc.) sin ningún añadido gráfico (ningún dibujo: solo el texto, la letra). De hecho, si descontamos el cuadro de color pleno, no había ilustraciones en ese «libro ilustrado» (lo cual resulta una atractiva paradoja). Y el texto apuntaba a señalar todo lo que podía llegar a verse oculto detrás de ese fondo de color plano: muchas cosas, muchas situaciones. El texto interactuaba con el fondo de color en un juego en el que la ausencia de imágenes hacía una apuesta fuerte a la imaginación del lector: imaginación desatada, pura y exclusivamente, por lo leído (oído) en el texto. Ese libro, de última, más que una reivindicación de la ilustración, era una reivindicación del poder literario de un texto que, tematizando la cuestión de la ilustración ausente/presente, apunta directamente al oído de la imaginación y no a la vista: y supongo que fue escrito, diseñado, y montado a tales efectos.

La anécdota viene a cuento para afirmar que sin buena literatura, sin buenas historias, sin buenas ideas, sin editores que atiendan a la calidad literaria de los libros, seguramente la LIJ terminará en manos de los ilustradores (en el mejor de los casos), tal como parece diagnosticarlo Ana Garralón. Seguro que no estará en malas manos, si vemos la calidad del trabajo que desarrollan hoy día. Pero lo que sí sucederá, aunque no lo queramos, es que la literatura para niños será cada vez menos literaria.

Me consta que en Uruguay (como en Argentina, en Brasil y en casi todas partes) hay escritores de literatura infantil, de buena literatura infantil, que están preocupados con que esto último no suceda. Y es que los escritores no podemos desentendernos así como así de esta situación, aunque implique un esfuerzo extra, y aunque ese esfuerzo «no garpe», como dice un editor porteño amigo.

Día Internacional del Libro Infantil

El 2 de abril se celebra el natalicio de Hans Christian Andersen, autor por antonomasia de libros para niños. Este día, y por esa razón, fue elegido por la International Board on Books for Young People (IBBY) para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil.

A mí me gusta celebrar estas cosas. Y es que a esta altura de mi vida, estoy convencido de que si soy como soy, en parte, se lo debo a los libros que leí en mi infancia y a los cuentos y a los poemas que me leyeron o me cantaron mis mayores. Celebrar el libro infantil es, de algún modo, celebrar la infancia: la propia y la ajena.

Este año, lo voy a celebrar aquí de un modo particular. ¿De qué manera puede celebrar un escritor de LIJ el día del libro infantil? Pues escribiendo y produciendo libros para niños. Y como en esa andamos con la amiga Cara Carmina, artista e ilustradora mexicana de la cual ya hablé aquí, y como justo acabamos una nueva página de un nuevo libro que habla de eso: de libros, de lecturas conjuntas, de celebración de la lectura, y como el libro lo estamos haciendo de manera internacional: pues ella allá, en Canadá, haciendo los dioramas, y yo aquí, en Uruguay, escribiendo los poemas, nada mejor, entonces, que publicar en el día de la fecha esta página celebrante.

Diorama de Cara Carmina: la biblioteca de los gatos

Para que un gato lea
Es preferible
que en el libro no haya
ningún ratón.
Evite así que el gato,
que es buen lector,
se quede sin lectura
y tenga un atracón.

Dioramas y diademas

Días atrás comentaba que hay dos palabras que se me confunden cuando quiero decirlas o escribirlas: diorama y diadema. La confusión puede venir del parecido fonético o gráfico de las dos palabras. En ese caso, sería un lapsus linguae o un lapsus calami: dos tipos de actos fallidos.

Pero la confusión también podría venir de que unos dioramas muy particulares se me han subido a la cabeza en estos últimos días. En este caso el lapsus sería mental: ¿un diorama subido a la cabeza bien que podría hacer las veces de diadema?

Los dioramas a los que me refiero son obras de una artista plástica, una artista textil, una ilustradora:  me estoy refiriendo aquí a una línea de trabajo de Cara Carmina, artista mexicana radicada en Montreal, Canadá.

Los dioramas de Cara Carmina

Dioramas de Cara Carmina: imagen extraída de su blog con su autorización.

La cuestión es que en los últimos días he pensado mucho en esto de los dioramas. No llegué a ninguna conclusión, pero sí logré formularme un par de inquietudes, y logré escribir algunos textos a propósito de esos dioramas: digamos que en mi cabeza, los dioramas, como diademas, fueron fuente de inspiración y no un mero adorno desubicado.

Se supone que un diorama tiene por objeto colaborar en la explicación de algo: sería como el soporte de una instrucción, pero realizado en tres dimensiones. Nada más lejos, esa vocación didáctica, de aquello que es como un axioma de la postmodernidad para la literatura para niños: «no al didactismo», «la literatura para niños debe alejarse de sus orígenes didácticos y volverse puro entretenimiento», y así sigue.

De ser cierto esto último, no podría haber ningún punto de contacto entre dioramas y literatura para niños: asunto descartado.

No obstante, así lo vengo pensando, el juego que propone Cara Carmina con los  personajes —la niña y los gatos— de sus dioramas, además de tener en sí mismos un alto contenido literario (proponen lecturas que entiendo pueden ser muy atractivas para niños) me sugirieron la posibilidad de escribir unos textos que, al presentarse como unas instrucciones respecto de lo escenificado (en verso y con rima) podrían acompañar, en sintonía, el juego propuesto por ella: trasponer la función didáctica del diorama en algo muy lúdico.

Tendríamos así que, a fuerza de inversiones y traslaciones semánticas, lo didáctico termina convirtiéndose en juego. Si eso fuera válido (y valioso), quizás también lo inverso pueda serlo: convertir el juego en algo didáctico. Ambas alternativas nos habilitan a pensar que en materia de literatura para niños y jóvenes no conviene atarse a ningún dogma (incluso cuando la postmodernidad siga vigente).

He aquí uno de los ejercicios de vinculación/interacción/enredo entre un diorama de Cara Carmina y un texto que escribí para acompañarlo:

Diorama de Cara Carmina para un Lavadero de Gatos

para lavar a un gato

no use lavarropas
use agua tibia
viértala gota a gota
use poco jabón
es preferible el de sebo
de tiburón
y luego del lavado
cuélguelo a secar
con solo dos palillos
y a otro cantar.

Veremos si esta línea de trabajo conjunto con Cara Carmina prospera. Si así no fuera, esto terminará siendo un acto fallido, y quedará flotando en el aire la pregunta: ¿quién le pone la diadema al gato?