Una foto, una feria, un encuentro, un homenaje

Las ferias de libros tienen para los autores múltiples significados. Uno de ellos, que quizás sea el más importante, es que favorecen los encuentros: encuentros con los autores pero también encuentros con otros escritores y artistas.

Ayer, lunes 8 de agosto, participé en una actividad que para mí era importante: hacer una lectura de poesía con niños para homenajear a Elena Pesce, en particular, a su poesía. El lugar del encuentro: La 2a. Feria del Libro de Ciudad de la Costa, organizada por la Libería El Altillo.

Compartí esa actividad junto con Sebastián Rivero y Natacha Ortega, los pulmones de Gato Peludo, y con Magdalena Helguera, una de las escritoras de LIJ Uruguaya de más amplia y reconocida trayectoria.

Gato Peludo, ya todos lo saben, hace música para niños, y tiene entre su repertorio inédito una cantidad de canciones basadas en poemas de Elena Pesce. Unas canciones bellísimas, que se mueven en el arco de las plegarias (un pop algo blusero) y el más suave rock. Me siento privilegiado por haberlos podido escuchar en esta actividad. Creo que es la primera vez que tocan esos temas en público y estoy seguro de que no será la última (que me corrijan si me equivoco).

Magdalena Helguera, por su parte, además de ser gran conocedora de la obra de Pesce, tiene inédito un par de libros de poesía (increíble que aún no los haya editado) que muestran su afinidad con la obra de la escritora recientemente fallecida. Además de contar anécdotas de Elena y de leer algunos poemas de Instantáneas, Magdalena también leyó algún poema de su libro “Cuando sea grande“, que fue premiado en el último Premio Literario Anual del MEC. Por mi parte, me limité a no desentonar con los demás.

Creo que los niños y las niñas de distintas escuelas de Ciudad de la Costa disfrutaron a su modo de este encuentro con la música y la poesía. Quiero creer que a Elena Pesce le hubiera gustado saber que anduvo rondando por ahí, entre voces, risas e instantáneas.

Y hablando de fotografías, al final de la actividad, cuando salimos a recorrer el salón donde esta ambientada la feria, nos encontramos con Sergio López Suárez, uno de esos escritores e ilustradores de LIJ que además de hacer escuela (en todo sentido), se la pasa abriendo puertas y ventanas en nuestro medio.

Fue en ese momento cuando nos tomaron una foto que me gusta conservar por aquí: una foto que atraviesa generaciones y muestra la alegría de estos encuentros. ¡Que se repitan!

En Ciudad de la Costa

De izquierda a derecha: Sebastián (GP), Germán (de Garabatos y Ringorrangos), Natacha (GP), Magdalena y Sergio. En la Feria del Libro de Ciudad de la Costa, lunes 8 de agosto de 2011.

Elena Pesce (1925 – 2011)

Para narrar las historias que integran el libro El cachorrito emplumado (1960), Elena Pesce eligió como voz narrativa la de un roedor de su tierra, o mejor dicho, la de una hembra de roedor. En el pórtico de aquel libro escribía:

Aquí, en esta corteza de árbol, está grabada la historia de Urutí, El Cachorro Emplumado.

Mis hermanas de madriguera y yo, relatamos la historia del pequeño Urutí, que quería ser hechicero de las tribus charrúas.

Que la humedad y el musgo no borren el trabajo de nuestros dientes.

Para su libro anterior, el primero que publicó, en 1958, también había elegido una narradora peculiar: una tortuga. Cric-Zum-Luri es, como se aclara al principio del libro, «el lenguaje de los bichitos», y Gli, la narradora de la historia, es una tortuga acuática que habla el cric-zum-luri con muchos globitos de agua (glu…glu…glu…), lo cual dificulta la transcripción de la historia «al lenguaje de la gente», tal como se nos aclara antes de comenzar la lectura.

Ahora que lo pienso, estas opciones al elegir las voces narrativas de los dos primeros libros de Elena Pesce serían una seña clara de cuál iba a ser su destino literario en su país de origen, el «País de las Muchas Colinas», Uruguay, donde su literatura, como la vida de los roedores, transcurriría de un modo casi subterráneo, y avanzaría con lentitud, mucha lentitud, como a paso de tortugas, entre sus potenciales lectores.

Pero la fuerza de su escritura, afilada y firme, no se iba a borrar con facilidad, porque de algún modo, la literatura de Elena Pesce fue más allá del «Hace Tiempo» en el que concibió sus historias y aún hoy conserva, íntegra, la posibilidad de hacerse efectiva en un mano a mano, en un voz a voz, con los niños de cualquier parte del mundo. Siendo así, poco habrá de importar la lentitud con que sus historias van llegando a sus destinatarios: los lectores, los niños.

Elena Pesce falleció el 5 de mayo de 2011, hace apenas dos meses. Su muerte no fue noticia en la prensa: no hubo ecos de su retiro de este mundo. Quizás ella ya estuviera acostumbrada a esa falta de atención mediática por parte de quienes, en poco y en casi nada (con honrosas excepciones), se hacen cargo de la Literatura Infantily Juvenil en los medios de comunicación del Uruguay: algo a lo que no tendríamos que terminar de acostumbrarnos los demás.

Los mayores reconocimientos para la obra de Elena Pesce no se produjeron en su propio país, sino en el exterior, donde fue finalista, en varias oportunidades, de premios tan importantes como el Lazarillo de España, el Premio Norma-Fundalectura de Colombia o el Julio C. Coba de Ecuador.

Presentación de la versión uruguaya de «El cachorrito emplumado» (2003-2004). De izquierda a derecha: Elena Pesce, Sebastián Santana (ilustrador) y Virginia Sandro (editora). Foto gentileza de Sebastián Santana.

El mayor impacto (cuantitativo) de su literatura también se produjo en el extranjero, básicamente con la publicación de sus obras en Colombia y Argentina. Apenas en los últimos años pudo ver re-editada su obra en Uruguay: El cachorrito emplumado fue publicada por Alfaguara Infantil (en 2003) y La cola de los ingleses fue editada por Fin de Siglo (en 2006).

Entre 1960 y 2000, Elena Pesce apenas logró que Ediciones de la Banda Oriental le publicara en Uruguay una novela, El cangurafo bizco (en 1970), y un libro de poesías, Instantáneas con voces y risas (en 2000).

Pero su literatura, grabada en la corteza, avanzando a paso lento, fue dejando su huella entre quienes promueven la Literatura Infantil y entre algunos lectores que no tienen reparos en leer, actualmente, libros que ya tienen entre 50 y 40 años de escritos. Lectores que leen esos «cacharros» no por una vocación de clasicismo, sino porque, sencillamente, esos libros mantienen plena actualidad: tanto en las historias que cuentan como en el lenguaje que utilizan.

¿Por qué, entonces, Elena Pesce corrió esa suerte de exclusión del canon de la LIJ uruguaya? ¿Por qué no logró hacerse un lugar allá por los años sesenta y setenta, cuando comenzó a publicar? En el libro A salto de sapo (Narrativa uruguaya para niños y jóvenes), al analizar la suerte de El cachorrito emplumado (1960), Magdalena Helguera da una explicación que me resulta muy pertinente. Dice ella:

Si bien el rechazo de los padrinazgos por parte de esta autora y su porfiada negativa a integrarse a cualquier camarilla literaria —lo cual tal vez impidió que su libro se integrara a alguno de los proyectos antes mencionados (proyectos editoriales nacionales del período)— probablemente también hayan influido negativamente en la difusión de su obra las características de su escritura, de una clara tendencia imaginativa, juguetona y matizada con chispas de humor y picardía, que chocaba contra el severo y melancólico realismo (o seudo-realismo), cargado de contenidos didácticos o didactizables, preconizado por entonces como ideal en el género…

La autora no cae en ninguno de los errores tradicionales de la literatura infantil, muchos de ellos legitimados por el canon de la época. Maneja el tema histórico sin didactismo, la ternura sin sensiblería, la picardía y el humor sin chabacanería y un lenguaje sencillo sin menosprecio por la inteligencia del lector. A cuarenta años de escrita esta obra mantiene toda su frescura y parece más actual que la mayoría de las publicadas en nuestro país en las tres décadas siguientes. Tal vez haya sido este adelanto a su época la causa de que este magnífico libro no haya tenido en su momento la difusión que merecía, y que generara, incluso, cierto rechazo en algún momento.

Magdalena Helguera: A salto de sapo. Narrativa uruguaya para niños y jóvenes. Configuración y vigencia del primer canon (1918-1989). Editorial Trilce, Uruguay, 2004 (páginas: 130-132).

Elena Pesce chocaba así con la rigidez del canon literario uruguayo que, al modo de un cuadrado, tenía a Horacio Quiroga (con sus Cuentos de la selva, de 1918), Francisco Espínola (con su Saltoncito, de 1930), Juana de Ibarbourou (con su Chico Carlo, de 1944) y Juan José Morosoli (con su Perico, de 1945) como vértices prácticamente inamovibles. Un cuadrado donde apenas pudo entrar un Serafín J. García (con su Piquín y Chispita, de 1964) o un Julio César Da Rosa (con su Buscabichos, de 1970) en aquella década prolífica para la edición nacional, pero no para dar cabida a la obra de Elena Pesce. Rigidez de un canon que iría a romperse en el transcurso de los años ochenta, con el trabajo pionero de Sergio López Suárez (con su Stoz. El país de los UH, de 1977) y la consagración de Roy Berocay (con Las aventuras del sapo Ruperto, de 1989), abriendo luego el abanico a una nueva etapa de la literatura infantil uruguaya, donde obras como La cola de los ingleses podían ser más accesibles a los nuevos lectores.

En poesía, la suerte de Elena Pesce no se separa de la escasa atención que el género tuvo (y aún tiene) en Uruguay. Considerar los autores y los poemas seleccionados por Washington Benavides para su Antología de la poesía uruguaya para niños, publicada por Banda Oriental en 1999, y compararlos con la obra de poesía de Elena Pesce, Instantáneas con voces y risas, publicada un año después, es un ejercicio que permite ver hasta qué punto la obra de esta última es pionera de un tipo de poesía para niños que en Uruguay no pudo asentarse en el transcurso de los años sesenta a noventa, incluso muchos años después del quiebre que significó la obra de María Elena Walsh en el Río de la Plata.

«La olla mágica», poema de Elena Pesce del libro «Instantáneas con voces y risas» (2000)

La poesía de Elena Pesce se define muy bien en este poema de ese libro, Instantáneas con voces y risas. Un poema que podría transcribirse como una poética completa de toda su obra literaria:

LA OLLA MÁGICA

Con un poco de arena
Y esta sortija
Voy a hacer un poema
Y una vasija
Y mi anillo encantado
Pondrá los sones
Para que mis palabras
Se hagan canciones
Y que el mundo se asombre
Cuando el cacharro
Canti-cuente canciones
De magia y barro!

Elena Pesce se vio a sí misma como una escritora que no podía separar el canto del cuento, la poesía de la narrativa. También concibió su obra como un acto de magia, una búsqueda de la fantasía y del asombro, pero que había de arraigar de manera firme en la arena y el barro, ese espacio local, ese terruño, ese «País de las Colinas Sonrientes» que visita en su obra una y otra vez. Sí, Elena Pesce cocinó su literatura en esta suerte de «olla mágica» que aún hoy, tantos años después de su cocción, sigue esparciendo su aroma y abriendo el apetito de sus lectores.

Bibliografía (provisoria) de Elena Pesce:

(1958) Cric – Zum – Luri (Primera Edición, Librería Barreiro; re-edición de 2006 con ilustraciones de Elena Berrutti).

(1960) El cachorrito emplumado (Premio del Consejo Departamental de Montevideo, 1960, Primera edición en Rex, Montevideo, 1964; Edición ilustrada en Plus Ultra, Argentina, 1977, con ilustraciones de Viviana Barletta; re-edición en Alfaguara, Uruguay, 2003, con ilustraciones de Sebastián Santana).

(1969) El cangurafo bizco (Edición de Banda Oriental en 1970, con ilustraciones de Jaime Parés)

(1997) La cola de los ingleses (Obra finalista del Concurso Internacional Norma- Fundalectura de Literatura Infantil y Juvenil en 1997, Colombia. Editado por Norma en 1999, con ilustraciones de Patricia Acosta; Re-edición en Uruguay, en 2006, Editorial Fin de Siglo, con ilustraciones de Oscar Scotellaro).

(2000) Instantáneas con voces y risas (Editado por Banda Oriental, en 2000, con ilustraciones de Emilio Nisivoccia)

(2001) Dios ama los número impares (Libro de poesía destinado a un público adulto. Editado por la Casa del Poeta Latinoamericano, Separata de la Revista La Urpila, en Montevideo)

Libros como El árbol del pan y Versos para decir sonriendo, anteriores al 2000, no fueron editados, como tampoco los que obtuvieron premios y menciones en concursos de Uruguay u otros países de América, entre los cuales pude listar: Gea y la fruta-pan (Finalista del premio Julio C. Coba, 2001, Ecuador); Gu, ayudadora de necesitados (Mención Honorífica Teatro Infantil en el MEC-Uruguay 2002); Cuando se abre el Cardasol (Mención Honorífica Teatro Infantil en el MEC-Uruguay, 2007).