Suerte de colibrí

Hace unos meses, cuando estaba cuidando a un colibrí que encontramos en el jardín de casa, una persona me escribió, con cierta molestia, porque suponía que yo estaba haciendo uso del pobre animalito nada más que para escribir una historia.

Me reprochaba que yo hubiera calculado o supuesto “que el colibrí es un buen material para mantener a tu público interesado y quizás para una novela o un cuento”. Esta persona pretendía que yo cuidara al colibrí por el colibrí mismo, sin ningún otro fin que su cuidado. No sé hasta dónde eso puede haber sido así, pero que lo cuidé, lo cuidé; hasta donde pude.

De todos modos, ya en aquel momento, cuando el colibrí todavía vivía bajo mis cuidados, le respondí lo siguiente a mi interlocutor:

Lo he dicho varias veces: no me interesa tener al colibrí como mascota. Me gustaría que se recupere y que vuele (me temo que tiene un ala, la izquierda, lastimada). Si se recupera y vuela y se va, será mi alegría. En cuanto a tomar la experiencia del colibrí como material para una novela, te explico: todo, absolutamente todo lo que le sucede a un escritor, a la postre, filtros mediante, se traduce en escritura. No veas en ello nada malo.

A la postre, yo estaba en lo cierto. El colibrí nunca logró volar, pero la novela “Suerte de colibrí” entró a imprenta en estos días. Si todo va bien, en diciembre la tendremos en las librerías. Los filtros entre la historia real y la historia ficticia fueron muchos, pero sin aquella experiencia personal nunca hubiera escrito esta historia: eso es seguro.

Tapa de la novela Suerte de colibrí

Novela para niños y jóvenes. Edita Edelvives Argentina. La ilustración de portada y las de interiores son de Gustavo Aimar.

Ampliaremos información.

El colibrí caído: ¿novela?

El miércoles pasado apareció en la puerta de casa, bajo un laurel frondoso, un pequeño colibrí. Había caído en el piso, y si se salvó del ataque de los gatos fue por pura casualidad.

Al día de hoy, aún no sé si es hembra o macho: creo que es hembra, por algunas características de su plumaje. No sé si es pichón (tiene todo el plumaje, lo que indica cierto crecimiento) o un pájaro ya maduro (es un poco más pequeño que los colibríes que andan en la vuelta del jardín). No sé si está sano o tiene algún problema en las alas: por lo pronto, su aleteo es débil y desprolijo, y apenas se puede movilizar.

El colibrí caído

Al principio, antes de incorporar la jeringuilla para alimentarlo, le daba de comer con el dedo.

He consultado a través de las redes sociales sobre cómo criarlo, alimentarlo, abrigarlo, prestarle asistencia para que pueda volar e irse por ahí. Me han dado consejos de los más variados. Algunos los intenté poner en práctica. Otros los descarté.

De momento, solo lo alimento (con una mezcla de agua y azúcar) e intento que vuele: lo empujo a ello, pero no hay caso.

La gente en general se entusiasmó con esta experiencia que, lo reconozco, no es frecuente. Como además de las consultas he ido posteando a diario cómo evoluciona el pájaro, se generó una cierta expectativa. Los contactos de mis redes sociales van siguiendo el caso, como si se tratara de una novela por entregas. Y este es el punto: alguien me escribió en un comentario: «es para una novela».

Ello motiva la reflexión de ahora: a mi real saber y entender, contar una historia que atraiga la atención del público exige mantener una suerte de suspenso en torno a un conflicto determinado y a un héroe que lo sostenga. En este caso, el conflicto central está dado por la supervivencia del animal: ¿va a sobrevivir o morirá? Cuando vuelvo de mi trabajo o cuando me despierto por la mañana no dejo de mirar adentro de la caja donde lo acondicioné para saber si sigue con vida o si murió. Otra subtrama es sostenida por la pregunta de si va a poder volar o está condenado a ser un torpe caminante, como el albatros de Baudelaire, ave ridícula en su andadura sobre la cubierta de un barco.

El colibrí al lado de su caja, su casa.

Así puesta la historia, el héroe es el colibrí. Mi papel se reduce a ser un ayudante. No obstante, muchos de los seguidores se empecinan en hacer de mí el héroe, y se preguntan: ¿lo va a adoptar como mascota o no?; ¿va a lograr su objetivo de cuidar al animal y lograr que vuele o lo abandonará a la primera de cambio?

No tengo madera de héroe. Al menos no en estos menesteres. Y además, coincido con la apreciación de una amiga, que días atrás me decía que «con todas las cosas que hay para hacer, mire que andar uno preocupado por la suerte de un pajarito». Ella subrayaba lo inútil de la tarea. Y en esa inutilidad, un sinsentido. Tiene razón: el mundo parece resquebrajarse a diario, cada vez son más los problemas sociales y cada vez son más graves.

Sí, tiene razón: hay una cantidad de cosas para hacer de una utilidad mucho mayor que cuidar a un colibrí, que quizás este condenado a morir en breve. En lo personal, incluso, tengo varios trabajos que atender. Trabajos que no pueden esperar por la sanación de un ala de colibrí o el aprendizaje de las artes de vuelo de este picaflor verde, que así es como se lo identifica en nuestro país: Chlorostilbon lucidus (es el nombre científico); la wikipedia lo identifica como Chlorostilbon aureoventris; los brasileros lo llaman de una manera muy llamativa: besourinho-de-bico-vermelho.

Sí, es cierto: hay muchísimas cosas más importantes para hacer que cuidar a un colibrí. Podría enumerar una lista larguísima, pero no ahora, porque tengo que ir a darle su cuota de agua con azúcar al bicho este. No ahora, porque tengo que continuar con esta fábula.

Permiso.