Gorjeos de papel: “Cuentos mínimos”, de Pep Bruno y Goyo Rodríguez

Todos los días, antes de ir a dormir, @Pep_Bruno escribe un cuento con 140 caracteres. Cuando lo escribe con 139, se va a dormir más tarde.

El texto anterior tiene 139 caracteres. Ni uno más, ni uno menos. Podría haber sido un tuit, si lo hubiera publicado en mi perfil de Twitter. Podría ser un microcuento, si se me diera por explicar que cumple con una premisa del género: tiene una presentación, un ínfimo desarrollo de la acción, un nudo y un desenlace. Hoy prefiero tomarlo como el inicio aforístico del comentario de un libro: Cuentos mínimos, de Pep Bruno, ilustrado por Goyo Rodríguez. En todo caso, el texto refiere a las dificultades que presenta la brevedad a la hora de escribir buenos microcuentos.

“Cuentos mínimos”, microcuentos de Pep Bruno, ilustrados por Goyo Rodríguez. Editorial Anaya, 2015.

Hay quienes piensan que los microcuentos no pasan de ser frases ocurrentes e ingeniosas. Si leemos esta colección de 50 “cuentos mínimos” nos daremos cuenta de que no es así: el microcuento tiene sus reglas genéricas, y como en todos los ámbitos donde se aplican reglas de estilo, hay quienes las ponen a jugar en mejor o en peor forma, generando aciertos o errores, aplicando el ingenio con mayor o menor fortuna, logrando ser más o menos ocurrente. Eso es ley. Pero a esta altura de la década, que más no sea por acumulación y expansión, es claro que estamos ante un género muy bien aggiornado.

Pep Bruno, además de ser escritor, es un narrador oral. Sabe muy bien de qué va eso de contar un cuento. Conoce las reglas antiquísimas que definen al género y a sus variantes: el cuento popular, el cuento infantil, la fábula, la leyenda. Sabe que el cuento debe ganarle al lector o al espectador por nocaut. También conoce las reglas que acercan al cuento con otros géneros tradicionales, como son los refranes, los chistes, las adivinanzas, los epigramas…

Además de estar en contacto con esas tradiciones, Pep Bruno es un escritor de redes sociales: tuitero y bloguero desde ya hace mucho tiempo, conoce también las reglas que las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones le imponen a la escritura. Por lo pronto, ya hace un buen tiempo, todas las noches, religiosa y rigurosamente, escribe en twitter un microcuento para su audiencia. Hace confluir allí toda la tradición del cuento con toda la modernidad de los géneros ajustados a las TICs.

Si hace cuatro años escribimos en este blog que Chejov fue un precursor de Twitter, hoy podemos decir que en twitter hay escritores como Pep Bruno que reviven el arte chejoviano del relato breve, y cumplen con una de las máximas del autor ruso: “la brevedad es hermana del talento”.

La selección de 50 de esos microcuentos que nos ofrece este libro, selección que imaginamos que no debe de haber sido fácil, hace justicia a una labor concienzuda y generosa del escritor y el cuentista, y salva al trabajo de lo efímero que comporta la red social. Además, claro, nos regala a los lectores que gustamos de la brevedad uno de esos libros que sabremos visitar de tanto en tanto.

Interior del libro a doble página: dos cuentos mínimos y una ilustración.

Interior del libro a doble página: dos cuentos mínimos y una ilustración.

La elección del ilustrador, para el caso, no podía haber sido mejor. Goyo Rodríguez proviene del ámbito de la comunicación y de la publicidad. Se presenta a sí mismo como “creativo”. Es diseñador gráfico e ilustrador. Para este libro, vuelca en la ilustración la misma condensación que lo fugaz y lo fulminante de la brevedad le impone tanto al relato escrito de un tuit como a la publicidad visual: impactar de inmediato y generar resonancias de largo aliento.

Eso define el juego de ilustraciones, que al mejor ritmo de la poesía visual combina elementos diversos y los hace chocar entre sí, para iluminar en un fogonazo las muchas posibilidades que cada “cuento mínimo” deja abiertas en su juego de brevedad polisémica y de sugerente misterio. Y tiene un mérito mayor aún: cada ilustración, a doble página, interactúa a la vez con dos microcuentos diferentes escritos en cada página, y logra de ese modo reforzar y multiplicar la intensidad de cada uno, sin sobreponerse en redundancia con ninguno de los dos en particular.

“Se agachó y, con un dedo, dibujó en la arena un corazón. El desierto comenzó a latir”.

Comentario aparte exige la inclusión de este libro en una colección de literatura infantil: un “sopa de libros”, de la editorial Anaya, recomendado “a partir de 10 años”.

Es obvio que si alguien publica un cuento en twitter a la noche, sobre el final del día, no espera tener allí a un público lector infantil. Es obvio, entonces, que estos microcuentos no fueron escritos para niños. No obstante, el hecho de que al configurar un libro sean ellos los destinatarios, no hace más que reforzar aquella idea del francés Michel Tournier sobre la literatura infantil que tan grata nos resulta: eso de lograr escribir unos textos “tan bien, tan límpidamente, tan brevemente —calidad rara y difícil de alcanzar— que todo el mundo pueda leerlos, incluso los niños”. Esto, casi seguro, es lo que sucederá con los “Cuentos mínimos”.

Y aún más, la referencia a Michel Tournier nos viene muy bien para considerar cómo han cambiado las cosas en los últimos 40 o 50 años al interior de la industria editorial. Al francés le costó mucho incluir su libro “Viernes o la vida salvaje” en una colección juvenil. Las editoriales no lo veían apropiado para ello, a pesar de que el autor estaba convencido de que era un ejemplar de literatura infantil. Tournier sostenía que eso, la imposibilidad de publicarlo en una colección de LIJ, se debía a que, por entonces, “las ediciones para niños obedecen a leyes que excluyen por completo la verdadera creación literaria”. Si alguien quería leer literatura creativa, en esos años, advertía Tournier, debía saltarse las colecciones juveniles.

Hoy en día, en cambio, un adulto tiene tantas o más posibilidades de leer literatura creativa en un libro destinado a los niños que en la gran mayoría de los ejemplares de libros (bestsellers) para adultos. Y un libro como los “Cuentos mínimos”, que sin duda es un ejemplar de literatura creativa, tiene mayores posibilidades de ser leído por adultos en una colección destinada a los niños que las que tendría si se lo hubiera publicado en cualquier colección destinada a los adultos.

Así están las cosas en el barrio hoy en día. Y la verdad, a mí no molesta en lo más mínimo, como supongo que tampoco le molestará a Pep Bruno.

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Nunca terminaré de leer este libro, porque ya lo leí: YA. NUNCA, de Grassa Toro y Cecilia Moreno


UNO. No siempre los libros con mayor cantidad de texto son los que duran más en la lectura. Así funciona la ley densidad en cuestión de libros.

YA. NUNCA. Grassa Toro, textos, Cecilia Moreno, ilustración. Edición de A buen paso, Barcelona, 2015.

YA. NUNCA. Grassa Toro, textos, Cecilia Moreno, ilustración. Edición de A buen paso, Barcelona, 2015.

DOS. A contracorriente de lo que creen muchos, pienso que las lecturas breves son las más duraderas. El libro YA. NUNCA tiene 44 páginas, 28 ilustraciones (según cómo se cuenten, porque el libro contiene un juego de páginas caladas que puede hacer mutar algunas ilustraciones y convertirlas en otras), 34 líneas (¿versos?), 117 palabras (incluyendo las dos del título). No tiene portadillas. No tiene guardas. Los datos de registro están en la contracubierta. En la cubierta aparece una casa construida en altura. Mediante una pequeña escalera se accede a una pequeña puerta. La puerta está cerrada, pero vemos una gran ventana con sus postigos abiertos de par en par, y en el interior de la casa se adivina la vegetación de dos árboles: uno crece desde el techo, otro desde el piso. Tanto la casa como los troncos de los árboles son de color negro. Las hojas de los árboles son de color amarillo: el mismo color del humo que sale por dos chimeneas recortadas sobre el tejado. La tapa del libro es intrigante: desde antes de entrar al libro se nos ofrece, en dos palabras y en una imagen, una simetría imposible. La simetría de dos adverbios de tiempo: ya, nunca. La simetría de dos árboles que crecen hacia arriba y hacia abajo. La simetría interna de la palabra hogar: casa / estufa (¿y si la casa que aparece en cubierta fuera una salamandra?, ¿y si el libro al que entramos con el afán de ventilar algo terminara por quemarnos?). Y es como si esas dos columnas de humo, esas señales de humo, que emergen por sobre el tejado, nos avisaran que si entras a este libro, el calor de la química de la poesía y de la termodinámica de las ilustraciones modificará la estructura molecular de tu sensibilidad y de tus pensamientos. El que toca este libro, toca una metamorfosis. Ya no serás como antes. Nunca habrás sido igual. Así me precipito en este libro.

TRES. Entras al libro sin preámbulos. Lo dijimos: el libro no tiene guardas. Entras a este libro y no hay quien te guarde: tampoco hay marcha atrás. Ah, la irreversibilidad de ciertos actos. Las dos primeras líneas del libro están en el reverso de la cubierta. Están en letras mayúsculas. Todo el texto del libro apuesta a una tipografía de letras mayúsculas, como si la voz que habla, más que hablar, quisiera gritar. También marca las palabras NUNCA y YA con un tamaño de fuente más grande y en negritas. Así se entra en algunos libros.

CUATRO. Las dos primeras líneas, esos dos primeros versos del texto de Grassa Toro, dicen:

NUNCA
NACERÉ

En el reverso de la cubierta, donde están inscriptas esas palabras, vemos una ilustración. Es la silueta, negro sobre blanco, de un diente de león al que se le están volando algunas semillas. La imagen ya encierra una contraposición entre texto e imagen. El adverbio nunca, que habla de un tiempo imposible, de un no-tiempo, contrasta con el movimiento, el viento, que sugiere en la imagen el transcurso de una irreversibilidad: la semilla que vuela ya no es el diente de león, ya no integra la flor. Dados ciertos movimientos, es claro, no hay vuelta atrás. También contrasta con la sugerencia simbólica de la fuerza de deseo que propone siempre un diente de león soplado por el viento. Y el texto, en sí, encierra una contradicción, porque hay allí formulada una paradoja: la voz que habla afirma una negación; es como si esa voz naciente se negara a sí misma. ¿Cómo puede hablar algo/alguien que afirma que no habrá de nacer nunca? ¿Cómo puede nacer un libro que dice que no nacerá? Así nace una confusión, así se confunde un nacimiento. Así el arte de las paradojas.

Interior. Doble o cuádruple página (si tomamos a la página con la silueta calada como una doble página inserta entre las otras dos).

Interior. Doble o cuádruple página (si tomamos a la página con la silueta calada como una doble página inserta entre las otras dos). “Nunca naceré. Ya he callado”.

CINCO. El reverso de la cubierta está en contraposición y complementación con la primera página del libro. Esa primera página es una silueta humana: la página está calada, recortada, y dibuja una figura humana que asoma (¿brota?) por detrás de unos matorrales. Si damos vuelta esa página calada (idéntica de un lado y del otro, aunque respetando el eje de simetría), vemos que cambia el ángulo de visión del personaje que asoma. En la página siguiente aparecen dos nuevas líneas. Dicen:

YA
HE CALLADO.

De un lado había un diente de león. Del otro, entre paréntesis, por debajo del YA y por encima del texto “HE CALLADO”, se dibuja la silueta de un grillo. La figura humana, escondida entre los matorrales, mira alternativamente a un lado y al otro del juego adverbial: NUNCA NACERÉ / YA HE CALLADO. Mira alternativamente al juego simbólico que sugiere el diente de león (¿el deseo?) o el que sugiere el grillo (¿lo efímero del canto?). Nosotros, los lectores, desde ese abrupto comienzo, no podremos dejar de mover la imagen humana a un lado y al otro de la página, y no podremos dejar de preguntarnos, ya nunca, cómo es posible que alguien, algo, que no ha nacido, que ya ha callado, vaya a decirnos algo, algo extraño, algo misterioso, algo inquietante, algo importante (sobre el nacer, sobre el hablar, sobre el cantar, sobre el movernos, sobre lo irreversible de la acción humana), algo que exige la máxima atención de los sentidos (mirar, tocar, oír) y la máxima tensión del pensamiento (descifrar, contradecir, recortar la silueta paradójica de lo pensable y de lo impensable, de lo decible y de lo indecible). Así entramos en estado de poesía.

“Ya he mentido. Nunca construiré nidos.”

SEIS. Cada verso, en cada página (o doble página según el caso), comienza alternativamente con uno de estos dos adverbios de tiempo: NUNCA o YA. Eso se cumple en todo el libro con una sola excepción (a mitad del poema hay dos versos seguidos que inician con el adverbio YA). Cuando los versos comienzan con el adverbio NUNCA, el verbo está conjugado en futuro: NUNCA habrá futuro. Cuando los versos comienzan con el adverbio YA, el verbo está conjugado en un pretérito perfecto compuesto, con lo cual se afirma que la acción mentada YA ha acabado en relación con el presente desde el que se habla. Y así, en la alternancia de los versos iniciados en NUNCA y en YA, lo que se tensiona es el tiempo presente en sí: tanto el futuro (¿de verdad no habrá futuro?) como el pasado (¿de verdad ya se ha acabado?) resultan cerrados, pero sin embargo hay una voz que habla aquí y ahora, una voz que nos dice que en los pliegues de este libro, en el calado de las páginas, en el movimiento de superposiciones de las imágenes que alteran y modifican la ilustración a un lado y otro de cada caladura, hay algo que pugna por moverse, por estar, por ser: algo como lo que se mueve en los intersticios del tiempo del decir, del leer y del pensar. Así vive un poema: a favor de la angustia, y en su contra:

“Ya he escuchado cantar un pájaro / Nunca me quedaré dormido en el fondo del mar”
“Nunca volveré a cerrar la nuez / Ya he descubierto donde termina la calle”.

Así seduce el ritmo de las redundancias y las alternancias.

¿Pájaro o señuelo? ¿Rejas o follaje? ¿Libertad o mecánica de la lectura de imágenes?

¿Pájaro o señuelo? ¿Rejas o follaje? ¿Libertad o mecánica de la lectura de imágenes?

SIETE. Cada ilustración de este libro encierra otra ilustración posible. Es como si las ilustraciones de Cecilia Moreno NUNCA estuvieran del todo definidas, porque al mover las páginas, caladuras mediante, descubrimos que lo que veíamos al principio YA no es como era. Me detengo en una de las ilustraciones centrales. Es una doble página donde se dibuja el follaje de un árbol en el que aparecen dos pájaros enfrentados (a un lado y al otro de la página). Superpuesta entre esa doble página, otras dos páginas caladas, completamente negras, como si fueran las ramas o las sombras de las ramas del mismo follaje, o como si fueran los barrotes de una jaula. Se dibuja así una suerte de cuadrícula que alternativamente puede cubrir una de las páginas o la otra, o incluso las dos a la vez, si la doble página calada estuviera abierta sobre la otra doble página. Según el calado y la posición de las páginas descubrimos, por ejemplo, que uno de los pájaros, el del lado derecho, tiene un mecanismo de cuerda sobre su blanco plumaje, a la espalda: ¿jaula o árbol?, ¿pájaros de verdad o pájaros de juguete?, ¿lectura mecánica de las imágenes del libro o lectura de libre vuelo? Al juego de las paradojas que propone el poema en el contenido textual se superpone este juego de paradojas que propone la ilustración: se superpone, y cuando pareciera estar enmarcando el texto, en realidad le da vuelo. O al revés. Así se ilustra un libro de poesía.

NUNCA. El adverbio nunca, por más negativo que resulte, no deja de encerrar una promesa. Es sabido que quien dice “nunca” se compromete a hacer algo: porque en el juego de las paradojas del lenguaje, la negación performativa es a la vez una afirmación, un compromiso. Quien dice “nunca”, quiéralo o no, estará diciendo “siempre”.  Así nos mueven las contradicciones, así nos sacude este libro.

YA. Toda lectura encierra una inmediatez respecto de lo leído: “ya lo leí”. Punto. Pero quien dice que ya ha leído algo, traza una distancia respecto de la lectura en cuestión. Un alejamiento en el tiempo. La lectura del libro “YA. NUNCA” juega también con esa tensión, con esa doble necesidad: la de apropiárselo de inmediato en cuanto entramos en él y la de distanciarnos por un tiempo para poder procesar el cimbronazo que nos provoca incursionar en la poesía que nos ofrece la lectura: poesía verbal, poesía visual, poesía diseñada, poesía editorial.

YA. NUNCA. Hay libros que antes de ser libros cargan con un NUNCA en su proyección. Hay libros como que nunca podrían ser publicados: por su potencial dificultad para ser diseñados editorialmente, por su potencial dificultad para ser leídos, entendidos, comprendidos, disfrutados. Hay libros que, paradoja de las paradojas, miedo y temor de los valientes, nunca serían tales si no mediara en este mundo de libros imposibles gente que gusta de desafiar a los NUNCA con un YA. Así agradecemos este libro, a sus autores, a su editorial, y a los futuros lectores que NUNCA lo terminarán de leer, una vez que YA lo hayan leído.

otro día del niño

Un niño encapuchado pasa junto a un vehículo en llamas. Londres, Hackney, 8 de agosto de 2011 (Foto: Peter Macdiarmid / Getty Images)

negarles la voz
decirles no
hasta el cansancio
o no decir
y cansarlos

no darles más
que una triste capucha
de algodón o de paño
y ese mote de marca
para un buen titular

silenciarlos
sentenciarlos
imputarles los actos
despojados de habla

y después
—porque siempre hay
un después—
recordar
que el que juega con fuego
amanece meado

¿Para qué escribimos? (I)

La pregunta no es fácil. Pero me gusta cómo la responde la poeta Tatiana Oroño:

Escribir es una finalidad que se transforma antes de ejecutarse. Se escribe para llegar (para poder llegar) a ser quien se es.

Tatiana Oroño con Homero al fondo

Afligidos

viejo

Viejo _ Ilustración de Fernando de la Iglesia

Cueste lo que cueste:

llegar a la senectud

con los mismos esquemas

de siempre.

Podría ser

como una geometría

de la desolación.