Literatura Infantil, Sociedad Anónima

En estos días volvió a saltar la polémica en relación con una colección de libros que comercializará el diario El País. Bajo el lema de “los mejores escritores se alían con los niños”, el diario junto a la editorial Alfaguara lanzarán un refrito de títulos indigeribles escritos por autores de la talla de Almudena Grandes, Mario Vargas Llosa, Eduardo Mendoza, Rosa Montero, Luis Mateo Díez… y Arturo Pérez -Reverte, que parece que fue el de la idea.

Lo del refrito lo digo porque estos libros ya habían salido hace años y, en su momento, recibieron la atención y la critica que les correspondía: hay una nota de Ana Garralón que puso las cosas en su lugar.

No me interesa hablar de los libros, sino del hecho de que esta incursión en el mundo de la LIJ por parte de “los mejores escritores” intente imponer el nombre de los autores como un argumento de venta dentro de un mundo literario en el que el anonimato es norma.

Los «mejores escritores», en este caso donde la hipérbole la ponen los que comercializan la colección, son autores que se han forjado un nombre en la literatura. Y donde digo “forjar un nombre” bien podría decir que han logrado “imponer una marca”. Todo el sistema de márquetin de la industria del libro posicionó estos nombres como una etiqueta de calidad. La gente compra los libros de estos autores sin dudar, porque claro, son “los mejores”. Más de un comprador, a la hora de leer (una hora, la de leer, que no siempre coincide con la de comprar) se lleva el fiasco; pero no pasa nada, porque incluso cuando uno de estos autores le erra, incluso entonces, haber leído su libro está muy bien visto y nos permitirá reafirmar esa “alianza” con los grandes, alianza de la que se habla al lanzar la colección para pequeños.

Hasta ahí, todo tiene su lógica mercantil. Pero lo curioso, incluso lo extraño, es que esa lógica se quiera traspasar, sin más, al campo de la LIJ. Y digo que es extraño porque, mal que le pese a más de un “gran escritor” de LIJ y a más de un promitente editor de LIJ, ese sistema de márquetin basado en la “marca del escritor” no funciona para la literatura infantil.

Es sabido que el público, en general, no recuerda a los autores (aquí van igualados escritores e ilustradores) de Literatura Infantil y Juvenil. A la mayoría de la gente que busca un libro para regalar a un niño, le nombras a un grande de la LIJ y te quedan mirando como si les hablaras en chino mandarín. Si dices Roald Dahl, por ejemplo, debes aclarar que es el de “Matilda”, porque el nombre no les suena de nada hasta que no lo asocian con la película aquella, sí, tan graciosa la niña. Si hablas de Sendak, por ahí, ahora, más de uno podrá asociarlo con los personajes de “Allá donde viven los monstruos”. No estoy seguro. Tienes a Manolito Gafotas, que es conocido, sí, ¿pero su autora? ¿Lograrías recordar el nombre sin consultarlo en Google? Y tienes a Gloria Fuertes, recordada por el programa de televisión aquel donde leía sus poemas, sí, aunque de sus libros, vaya uno a saber cuáles, cuántos, cuándo… Anna Llenas puede publicar un nuevo título con la perspectiva de ser muy bien vendido, porque ha escrito el gran best seller de la LIJ, pero que repita el éxito dependerá de que se marque y remarque que ella es la autora del «monstruo de colores», e incluso así, por ahí la cosa, al final, no sale bien.

Y nada, los autores de LIJ acabamos por ser parte de una sociedad muy particular, una sociedad que se mueve en el desconocimiento autoral más absoluto: una sociedad anónima. Y quizás no está tan mal eso, porque, al fin y al cabo: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor.”

—¿Quién era el que cantaba esto?

—Fue un escritor, creo.

—¿Decías que no era un cantante?

—No sé, recuerdo que era hermano de un famoso, ¿no?

—A ver, vamos a buscarlo a Google…

En cualquier caso, y tomen esto como una advertencia comercial, si hoy por hoy les quieren vender libros para vuestras niñas y niños diciéndoles que no sé qué de las grandezas del autor o la autora de turno, pasen de largo. Es una operación de mercadeo sin garantía de calidad. Seguro que es una historia que depende de la necesidad de autores muy señoros y señoras y señores que no están teniendo todas las ventas que necesitan en el mundo de la literatura adulta y “bajan” (caen, vamos) al mundo de la LIJ, «que has visto tú que cada vez vende más», Arturito.

Pasen de largo, sí, porque además, ya pueden enterarse, la buena literatura infantil, la mejor, seguirá siendo anónima, al menos hasta que no cambien mucho las cosas y se ponga a la LIJ en el sitial que de verdad se merece.

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