Cuando los árboles tienen memoria, los buenos libros no tienen edad: “La memòria de l’arbre”, de Tina Vallès

Hace tiempo comenté aquí uno de esos libros que cambiaron en mí, para siempre, la forma de abordar y de entender la narrativa: En las nubes, de Ian McEwan. El libro, cuando yo lo leí por primera vez, estaba publicado en la colección Panorama de Narrativas, de la editorial Anagrama. Una colección destinada a lectores adultos.

¿Qué lleva a un editor a decidir, frente a un texto que no tiene claramente delimitada la edad del lector al que podría dirigirse, en qué colección publicarlo? ¿Para adultos o para niños y jóvenes? Seguramente no hay nada objetivo, y es el olfato del editor lo que lo inclina a buscar una colección juvenil o una adulta: si es que ello no lo decide antes el autor.

Con el libro En las nubes (The Daydreamer), me pasó que llegué a Cataluña y lo encontré publicado con el título El somiatruites en una colección juvenil de Editorial Cruïlla (SM, Catalunya), en la serie naranja de El Barco de Vapor. Me alegró encontrarlo en una colección así, y lo vi como algo de lo más acertado. Mi experiencia de recomendarlo para niños a partir de 9 o 10 años, hasta donde sé, no fue errada.

Todo esto viene a cuento de lo mucho que le he dado vueltas a mi lectura de La memoria de l’arbre, reciente Premi Llibres Anagrama de Novel·la, de la escritora Tina Vallès.

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La memòria de l’arbre, de Tina Vallès. Premi Llibres Anagrama de Novel·la, Cataluña, España, 2017

La novela está escrita desde el punto de vista, y en la voz narrativa, de Jan. Un niño de 10 años al que le cambia su vida cuando los abuelos vienen a vivir a su casa. Joan es el abuelo de Jan. Fue relojero. Está enfermo. Tiene alzheimer y está perdiendo la memoria. El niño y el abuelo, juntos, y cada uno por su cuenta, poco a poco, tienen que asumir esa realidad y se proponen, secretamente, coincidir en una memoria que se desvanece, inexorablemente.

La novela se reparte en 11 capítulos con 11 escenas cada uno. En el primer capítulo se nos cuenta cómo se vive el cambio producto de la mudanza de los abuelos al piso de Jan y sus padres: una vivencia respecto de la cual Jan duda si puede ponerse contento o no. El segundo nos cuenta cómo van comunicándose Jan y Joan en sus caminatas a la escuela, por las calles, tomando a los árboles como puntos de referencia espacial y temporal de un relato en construcción: el de la novela, el de la transmisión de los mitos y recuerdos familiares. El tercero habla de los cuentos y las fábulas que le explican a Jan cuando se va a dormir: los cuentos, el padre; las fábulas, el abuelo. El cuarto es una suerte de reflexión sobre la letra “o” que marca la diferencia entre el nombre del nieto y el del abuelo: la o es alternativamente un hueco, un vacío, un círculo, un agujero por donde se escapan (o por donde emergen) identidades y diferencias; también es el motivo de un juego lingüístico para el narrador, y de un juego de escritura para la autora. El quinto capítulo narra el primer choque frontal con la enfermedad: el abuelo olvida llevar la merienda de Jan a la escuela y eso genera una crisis y un punto de inflexión en el relato y en los vínculos al interior de la cotidianidad familiar. El sexto narra el momento en que toda la familia se despide de la casa donde vivían los abuelos, en su pueblo: es la oportunidad para contrastar pasado y presente, el mundo que queda atrás y el que adviene lleno de pérdidas para unos y de dudosas ganancias para otros, en especial para Jan, que nunca está del todo seguro de si ha de ponerse contento con el hecho de convivir con sus abuelos. El séptimo relata cómo se acomodan todos en el piso nuevo: el hijo, el padre, la madre, la abuela, el abuelo; y nos muestra los vínculos que se van tejiendo al uso de lo dicho y lo no dicho en torno de la enfermedad. El octavo capítulo retoma el juego de la letra “o”, pero esta vez para poner en palabras el asunto de la memoria y del olvido. El noveno capítulo se concentra en el personaje de la abuela, así como el décimo lo hace con el de la madre: ambas chocan respecto de cómo enfrentar la realidad, si bien prima la perspectiva de la madre de Jan, que exige llamar a las cosas por su nombre contra la perspectiva de la abuela, que bien quisiera remendar y tapar todos los agujeros con un ejercicio de costura. El onceavo, y último, capítulo está referido al yo del protagonista, a cómo él, Jan, asume su lugar en la historia que le ha tocado, la historia que pasa a heredar como continuador de un relato generacional.

Los once capítulos se hilvanan en torno de un objeto ausente: un árbol, un sauce (desmai, en catalán), que es mencionado una y otra vez, que se supone que tiene un significado muy importante para el abuelo Joan, pero del cual no se cuenta la historia, sino que se la menciona y se la posterga. El misterio en torno de esa historia particular genera un suspenso subyacente que le da tensión a todo el relato. Una tensión suave. Una tensión auspiciosa. Una tensión que se libera en el último capítulo, cuando Jan parece decidido a asumir su propia voz, su propia mirada, su lugar en el relato de la historia.

La brevedad de las escenas, las elipsis que se abren entre unas y otras, el estilo pausado y contundente del relato, los juegos lingüísticos y metafóricos que redondean cada escena relatada como si de los anillos del tronco de un árbol se tratara: todo ello contribuye a un clima de intimidad en la lectura, una complicidad, una cercanía que nos permite, a los lectores, compartir la vivencia de entrar en el hueco de un gran árbol viejo, acomodarnos allí, y disfrutar de cómo se nos cuenta una historia relativamente sencilla, una historia sobre los significados más profundos de la vida.

Ahora bien, retomando lo del principio, no dejo de pensar en cómo, a menudo, cuando un libro de carácter infantil y juvenil se vuelve sofisticado en su temática y tratamiento, suele aparecer alguien que pregunta: ¿pero este libro es para niños? Y jugando con eso, haciéndole una mueca a eso, me gustaría preguntar ahora si La memoria de l’arbre es un libro para adultos, o si no tiene el suficiente mérito como para convertirse —llevado a otra colección, o reconducido por un buen mediador de lecturas— en un excelente libro infantil y juvenil, teniendo en cuenta aquella idea del francés Michel Tournier con la que definía lo que era para él la literatura infantil: unos textos tan bien escritos, “tan límpidamente, tan brevemente —calidad rara y difícil de alcanzar— que todo el mundo pueda leerlos, incluso los niños”.

Con un buen puñado de títulos publicados en colecciones de LIJ, Tina Vallès (de quien comentamos su libro Bocababa en este blog) tiene ganado un lugar destacado en la Literatura Infantil y Juvenil catalana. La memoria de l’arbre concursó y calificó con la nota más alta en otra categoría: eso está claro. Pero es tan grande el respeto por los lectores que esta escritora pone en sus textos, vayan dirigidos a la edad que vayan, que no dudo que La memoria de l’arbre encontrará lectores de todas las edades en su recorrido hacia el público, y que incluso los niños disfrutarán y se conmoverán al leerla.

 

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2 thoughts on “Cuando los árboles tienen memoria, los buenos libros no tienen edad: “La memòria de l’arbre”, de Tina Vallès

  1. ¡Es tan lindo leer tus sugerencias! Y qué importante resulta conocer a esos autores responsables que tocan todos los temas. Gracias. Abrazo uruguayo.

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