En el principio, fue el caos: “Quin caos d’habitació!”, de Xavier Salomó

“Antes del mar y de las tierras y, el que lo cubre todo, el cielo,
uno solo era de la naturaleza el rostro en todo el orbe,
al que dijeron Caos, ruda y desordenada mole
y no otra cosa sino peso inerte, y, acumuladas en él,
unas discordes simientes de cosas no bien unidas.”
Ovidio, Metamorfosis.

Cinco siglos antes de nuestra era, Ovidio dio cuenta del “caos” como origen de todas las cosas. En las cosmogonías clásicas, el caos es la hendidura prexistente a la separación del cielo y de la tierra. Todas las cosas están juntas, entreveradas, pero a la postre se separan y reconstruyen su relación para definir un mundo, un nuevo cosmos, en un orden diferente.

El álbum de Xavier Salomó que vamos a comentar, “Quin caos d’habitació!“, habla de eso. Los protagonistas son dos: un niño y su padre. El espacio de la acción, el escenario, es uno: la habitación del niño.

La historia comienza un lunes a las 7.25h. Es la hora de despertarse. El texto, en la página de la izquierda, luego de marcar la hora con una tipografía al modo de los relojes digitales, recrea la voz paterna que despierta al niño, Pau, y le da algunas órdenes. Sabemos que la voz de mando es la del padre, porque en la ilustración, en la página de la derecha, en el margen inferior izquierdo, vemos su sombra reflejada en la puerta abierta de la habitación del niño. En el otro margen de la página, en diagonal, atravesando toda la habitación hasta el rincón opuesto, vemos al niño arrebujado entra colchas. Se despierta. La habitación luce relativamente ordenada, si bien en el suelo hay dispersos algunos juguetes, algo de ropa, unos papeles.

Quin Caos _ Lunes _ fr

Lunes, 7:25 h.

La acción sigue el día martes, a las 7.25h. La historia, como una rutina, se repite. El padre despierta al hijo y da algunas órdenes. En la ilustración ya podemos adivinar como crece el desorden. Entre las órdenes que da el padre, se demanda la búsqueda de algunos objetos. Para el lector, esas órdenes podrían ser las instrucciones de un juego: buscar en la imagen las cosas que se van escondiendo tras el desorden. Para Pau, es claro, las órdenes son un incordio. Él se está vistiendo y todo es urgencia al levantarse para encarar el día. El padre termina su discurso exigiéndole al hijo que a la tarde ordene la habitación.

Pero llega el miércoles, a las 7.25h. y vemos que la habitación está más desordenada aún que el día anterior. El desorden crece. Las órdenes del padre de recoger ciertos objetos se hacen cada vez más difíciles de cumplir: para el niño, que está sentado en la cama y se restriega los ojos todavía dormidos; para el lector, que debe de prestar más atención si quiere encontrar en la ilustración de la habitación aquellos objetos que el padre demanda.

Quin Caos _ viernes _ fr

Viernes, 7:25 h

Y así pasa el jueves y el viernes. El desorden de la habitación crece a contrapelo del orden rutinario de los días y de las órdenes rutinarias que da el padre, quien expresa su fastidio con la frase que da título al libro: ¡qué caos de habitación! En medio del caos, Pau, sentado en el piso, con la espalda apoyada contra la cama siente la impotencia absoluta y el peor fastidio. Sencillamente, a él le es imposible cumplir con el mandato paterno, poner orden en el caos. Parece abatido. Él mismo es una pieza más en el desorden absoluto de su habitación. La ilustración enseña la exuberancia del caos, su proliferación, la mezcla imposible de objetos impares, el fabuloso desaliño del descontrol. Pau no puede con ello, y el lector se afanará por encontrar allí los objetos que el padre, al modo de una consigna de juego, pide que se encuentren, se lleven, se carguen, se porten.

Entonces llega el sábado. La rutina se rompe. “Sábado, 9.30h” dice el texto con su tipografía digital. El padre abre la puerta de la habitación. Su sombra se dibuja como la de un monstruo enfadado. Cuesta, en medio del caos más absoluto, en medio del abarrotamiento de objetos, encontrar a Pau, que está en la cama, que se tapa con la sábana la cara, que apenas deja ver sus ojos muy abiertos, que muestran una expresión de sorpresa y miedo. Llegados a este punto de lo caótico: ¿Qué hará el padre? La tensión es máxima.

Quin Caos _ Despliegue _ fr

Sábado, 9:30 h: “¡Mordisco!”

En este momento de la historia, la doble página se despliega y deja ver cómo actúa el padre. Por primera vez este aparece de lleno en escena. Irrumpe, gráficamente. Y lo que hace es sumarse al caos, dejarse llevar por el desorden con la pasión del juego sin reglas, del desenfreno. A medida que el juego entre padre e hijo crece, podemos ver cómo la ilustración va despejando con blancos el abarrotamiento de los objetos. La habitación y los objetos que contienen pierden las líneas. Los objetos del escenario se vuelven invisibles. El caos cede su dominio para dejar en el centro de la imagen, solos, fundidos en un abrazo, al padre y al hijo.

Quin caos _ Interior _ Abrazo (2)

“Unas discordes simientes”

La “ruda y desordenada mole” del caos, su “peso inerte”, como lo describe Ovidio, una vez más, ofició como la simiente de algo que debía unirse, y unirse bien. El vínculo entre padre e hijo, una vez liberado del orden rutinario de todos los desórdenes, y de las órdenes rutinarias en contra del gran desorden, ganó su espacio y se colocó en el centro para dibujar, en el despojo final de lo accesorio, lo más importante: el afecto en el que todo vínculo se sostiene. Y así, una ilustración más allá, cuando llegamos al domingo, vemos que todo vuelve a recomenzar, incluso cuando el padre y el hijo ya no aparecen en escena, porque salieron, salieron al mundo.

Xavier Salomó nos ofrece un álbum que no deja de ser un libro-juego, y que, sin pretender plantear ninguna de esas lecciones de hábitos que a menudo instrumentan los libros para niños, pone lo más importante en el centro de lo habitable: los conflictos con los que día a día, más allá y más acá de nuestras fuerzas, nos enfrentamos, y el modo en que, pase lo que pase, orden o caos mediante, a veces logramos solucionar. Y todo lo hace con una simpatía lúdica, con un afecto por los personajes, con un cuidado por el orden narrativo (textual y gráfico), con una calidad de diseño figurativo y con una meticulosidad expresiva que configura este libro como una pequeña joya de la literatura infantil de nuestros días.

Hacía tiempo que lo quería leer, pero el libro agotó rápidamente su primera edición en catalán (de setiembre de 2014) y recién logró su segunda edición en enero del corriente. Un libro que para llegar a Cataluña (en el catálogo de la editorial Curïlla, SM) tuvo que pasar primero por Francia (Éditions du Seuil, 2014), y del cual mucho deseamos que logre pronto una edición en castellano para disfrute de todos los lectores de esta lengua. Mientras tanto, lo seguimos disfrutando en su lengua materna: ¿o deberíamos decir paterna, en este caso?

 

 

 

 

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