De cuando Sendak imagina lo que sucede “Al otro lado”

En un autor como Maurice Sendak, que lleva al extremo el concepto de una poética del libro-álbum en la que texto, imagen, diseño y formato han de complementarse sin mostrar las costuras, todos los detalles de una de sus obras (por pequeños o grandes que sean) son significativos, a la vez que ofrecen muchísimas interpretaciones. En el libro del que ahora nos ocupamos, eso está claro desde la tapa.

“Al otro lado”, de Maurice Sendak, 1981. Editorial Kalandraka, España, 2015.

“Al otro lado” es un libro de 1981 (ya tiene 34 años), pero lo acaba de publicar (hace un par de semanas), en todas las lenguas de la península ibérica (castellano, gallego, catalán, euskera, portugués), la editorial Kalandraka. Con la publicación de este título, la editorial completa la publicación en España de la famosa trilogía de la imaginación de Sendak, compuesta por otros dos libros: “Donde viven los monstruos” (1963, que en la edición de Kalandraka hace justicia al diseño y al formato original, que habían sido brutalmente violentados en la edición anterior de Altea) y “La cocina de noche” (1971).

En la imagen de cubierta aparecen una beba y una niña tomadas de la mano. La beba ocupa un primer plano. Mira hacia adelante, y hacia ahí señala con su mano izquierda levantada: ¿señala acaso hacia el futuro? Un poco más atrás, la niña acomoda su cuerpo como para ponerse a la altura de la beba. El brazo derecho traza una línea horizontal para sostener la mano alzada de la pequeña. A la vez, pareciera que ese brazo, firme, está ofreciendo un cobijo seguro a quien da sus primeros pasos. Los ojos de la niña mayor están iluminados y muy abiertos. Su rostro guarda una ambigua tranquilidad: no transmite una completa alegría, pero tampoco termina de transmitir una preocupación o un estado de alerta. Es como si estuviera muy segura de lo que está haciendo a la vez que sabe que la tarea es de cuidar, y de cuidarse. Al inclinarse, la niña apoya en su rodilla la mano derecha, donde lleva un cuerno, que bien podría ser una trompeta de caza o una corneta postal: en todo caso, un instrumento que nos la muestra como la anunciadora de algo. Tanto la beba como la niña están descalzas, vale decir, en contacto directo con la tierra.

El escenario de la imagen, a primera vista, resulta un paisaje bucólico, pero hay algo allí que nos genera una inquietud, como una sensación de agobio, algo desasosegante. Estamos en un espacio vallado, en el campo o en un jardín. Es verano, porque los girasoles están florecidos, y porque se sabe que el verano es la estación de la infancia por excelencia. Y todo indica que estamos en otra época histórica: bien podría ser a fines del siglo XVIII o principios del siglo XIX. La pauta de la época la da la vestimenta de los personajes, y también el estilo de la ilustración artística, que alude, tal como el autor se encargó de aclarar, a la pintura romántica alemana y, muy en particular, a la obra de Philipp Otto Range (1777-1810).

¿Qué es lo inquietante en la ilustración? ¿Qué es lo que genera ese desasosiego? Pienso que es básicamente la ausencia de cielo. Que el cuadro se recorte por encima de los personajes dejándolos casi aplastados, sin aire, genera una sensación de inquietud, una ansiedad que se contagia en la medida que marca una contradicción con lo bucólico del conjunto. ¿Están bien esas niñas? ¿Están felices? ¿Se encuentran en una armonía real con la naturaleza, entre ellas, consigo mismas?

Es en la ausencia de cielo y de aire donde Sendak coloca el título del libro con una tipografía destacada: AL OTRO LADO. Y es como si desde la tapa, el libro quisiera avisarnos que no podemos terminar de saber nada acerca de estas niñas si no trascendemos las apariencias iniciales, si no abandonamos cualesquiera de las expectativas celestiales o angelicales que una primera mirada parece sugerir y bajamos hasta las capas subterráneas del drama que, histórica y cotidianamente, significa la infancia en todas las latitudes: la tensión entre lo natural y lo cultural, entre la individuación y la socialización, entre lo fantástico y lo real, entre el deseo y el deber, entre el placer y el dolor, entre la bondad y la crueldad, entre el amor y el odio, entre la valentía y el miedo.

Pasar al otro lado, tal como lo propone Sendak, es un movimiento doble para la lectura y para la reflexión. Por un lado, es abandonar prejuicios y dogmas adultos para ponerse en el lugar del niño o de la niña. Por otro, es ir más allá de lo aparente y hurgar en lo que queda oculto, soterrado en los meandros de la sensibilidad, la imaginación y el pensamiento infantil. Es, justamente, lo que caracteriza lo más elevado de la obra de Sendak: lo que hace cuando viaja con Max al lugar Donde viven los monstruos; lo que hace cuando visita con Miguel La cocina de noche. Es lo que hará aquí, cuando acompañe a Aida en su viaje fuera de sí, al otro lado, hacia el lugar adonde ella “no miraba nunca”.

El libro no tiene ilustraciones en las guardas y, en la primera portadilla (pag. 3), apenas antes de introducirnos de lleno en la historia, aparece la clave de lo que vamos a encontrar: la niña, ahora con un marcado rostro de pesadumbre (¿desgano, aburrimiento, amargura?), acompaña a la beba en sus primeros pasos. El escenario es el mismo de la tapa pero se ha quitado el fondo. Ahora, en el blanco de fondo, en el airado de la imagen, la ilustración bien perfilada nos permite ver algo que en la tapa del libro no veíamos: sentado en un extremo del vallado (¿donde termina la seguridad?), al lado de la planta de girasoles, hay una imagen espectral, un personaje fantasmal.

Damos vuelta esa página y, de nuevo, en una segunda portadilla, a doble página (pags. 4 y 5), en el mismo escenario, la niña tiene en brazos a la beba y está rodeada por cuatro de esas presencias fantasmales. Su rostro transmite ahora una marcada preocupación: mira de reojo, se siente amenazada. Allí se inscribe, por tercera vez, el título del libro: “Al otro lado”, y es como si esa tercera inscripción nos quisiera indicar que lo que hay al otro lado es el peligro de esas extrañas presencias fantasmales.

Una tercera portadilla, al dar vuelta la página, nos mostrará que la niña huye de ese lugar con la beba en brazos (pags. 6 y 7). Quiere escapar del peligro. ¿Pero cuál es el peligro? ¿Qué son esas imágenes fantasmales?

Las imágenes anteriores deben ser consideradas como preámbulos. Una vuelta de página más y pasamos a lo que en rigor sería la historia que Sendak nos va a contar mediante la articulación impecable de imágenes, texto, diseño y formato. Una doble página aparece con una panorámica ilustrada al modo romántico de la tapa: se trata de una marina. Un texto encuadrado nos dice de un padre que se ha ido a navegar, con lo que se explicita una relación familiar. Lo que antes podíamos haber sospechado comienza a dilucidarse mejor: que la niña y la beba son hermanas. El padre estaba en el mar, suponemos que en una de las embarcaciones que aparecen en la línea de horizonte, o en algún navío similar. En la costa, a la derecha de la gran panorámica ilustrada, una mujer, la niña y la beba que, suponemos, han ido a despedir al padre, o que lo están esperando. Y esa escena, que en el plano ficcional podría resultar como un primer grado de realidad de la historia, aparece contrastada con la presencia de los fantasmas en el sector izquierdo de la imagen. Una presencia que de momento solo podemos entender en un mismo plano ficcional. Los dos fantasmas están sentados en una pequeña embarcación: ¿acaban de llegar?, ¿están por zarpar?, ¿qué hacen?, ¿son reales?

La siguiente doble página nos muestra a la mujer de la escena anterior. El texto precisa que se trata de la madre. A su manera, ella también está ausente. Está ahí, “bajo la pérgola”, pero aparece como enajenada, deprimida tal vez, abandonada en una suerte de melancólica ensoñación que la aleja del llanto de la beba y de las preocupaciones de la niña que la sostiene en brazos, parada a su costado.

La siguiente página va a completar lo que sería la presentación de la historia. “Cuando papá estaba en el mar (pags. 8 y 9) y mamá bajo la pérgola (pags. 9 y 10), Aida tocaba su cuerno mágico para arrullar al bebé, pero no miraba nunca” (pag.11).

Aida con su hermana en el interior del hogar.

Aida con su hermana en el interior del hogar.

En esta imagen, el escenario es el interior del hogar. Aida da la espalda a la beba. En la habitación hay dos ventanas (¡qué juegos de símbolos ofrecen siempre las ventanas de Sendak en sus continuas variaciones!) que conectan, en principio, con el exterior. En una ventana, hacia donde mira la niña mayor y hacia donde ofrece su llamada, los girasoles. La naturaleza entra dentro del hogar. En la otra, la amenaza de las imágenes fantasmales que de manera inquietante están entrando a la habitación.

Una página más allá vemos que la beba es secuestrada por los “duendes”, que al irse dejan en el lugar a un bebé de hielo. Aquí nos damos cuenta de que Sendak, en principio, nos está proponiendo el esquema de un cuento de hadas. Por distintas circunstancias, los padres no pueden atender a sus hijos. Estos están desprotegidos y se enfrentan entonces a un peligro. A la hermana mayor se le había dado la responsabilidad de cuidar a la beba, pero no cumple con ese mandato: se niega a hacerlo o lo hace de manera descuidada, a desgano. Y entonces, las fuerzas del mal pasan a dominar la trama.

Las imágenes del secuestro y de la sustitución de la beba por un bebé de hielo son, sin dudas, de una violencia impactante. La violencia es siempre la inversión de un orden. En este caso, el orden de la seguridad del hogar, el orden del cuidado fraterno y también el orden de la vida misma. Pero a diferencia de lo que sucede en los cuentos de hadas, que aquí apenas son un recurso para Sendak, la historia dejará ver que los duendes son una creación imaginaria de la niña mayor y que todo lo que sucede, de última, sucede en su fantasía, ilustrada y narrada en un segundo plano ficcional. Es ella quien parecería haber convocado a los duendes (y nos sorprenderá descubrir, en seguida, que estos no son más que bebés con una capa), y luego será ella misma quien habrá de alejarlos.

“Pero el trozo de hielo solo miraba y goteaba, y Aida, fuera de sí, supo que los duendes habían estado allí”.

El resto de la historia nos cuenta cómo se da ese proceso. Veremos cómo la fantasía de la niña crece hasta puntos de ira y violencia que ella deberá reconducir, con ayuda de diversos elementos (una capa materna de súperpoderes, una carta paterna con una retahíla que la instruye y la guía, y siempre una importante dosis de humor infantil), para lograr un reconocimiento, primero, de su hermana (mirarla de frente y asumirla como tal) y luego de su papel como cuidadora (abrazarla con fuerza y llevarla de nuevo al hogar).

La secuencia del rescate sucede bajo tierra, en un inframundo, en cuevas, en una suerte de catacumbas infernales. La falta de cielo que resultaba inquietante en la tapa del libro, aquí se manifiesta en una dimensión casi claustrofóbica. Estando allí, Aída no escatimará a la hora de comportarse de manera violenta: hechizos, bailes a ritmos infernales y feroces, una melodía endiablada… para terminar disolviendo (¿ahogando?) a los duendes en el agua del arroyo. Nuevamente, aquí, el esquema de la catarsis de los cuentos de hadas: si los duendes le dieron a Aida un bebé de hielo en lugar de su hermanita —acción horrible, sin lugar a dudas, porque el bebé de hielo es una representación brutal del miedo a la muerte del bebé real—, entonces el castigo de Aida para con los duendes-bebés tendrá que estar a la misma altura de brutalidad: los bebés que se disuelven en el agua son una imagen fuerte de la forma en que la protagonista tiene que liquidar (licuar) sus propios fantasmas. Si en los cuentos de hadas las brujas deben morir, porque si no es imposible para el niño lector su catarsis, y por ende, restablecer el equilibrio emocional, en este cuento tienen que tener un castigo que compense el temor que su amenaza había generado. Y recién entonces, luego de ese “acto justiciero”, la calma podrá volver a instalarse en el relato, y es posible presentar un desenlace es feliz.

Sobre el final, la historia nos propone el restablecimiento del orden. Lo hace en dos dobles páginas donde se da, primero, el rencuentro de Aida con su madre, que la esperaba bajo la pérgola, y luego, el encuentro con su padre, que se produce a través de una carta que su madre le lee: una carta elogiosa en la que el padre le asegura a Aida que volverá, y que mientras tanto, ella, tan valiente, debe cuidar a su hermana y a su madre.

Claro que con Sendak, en los finales, siempre hay un último giro de tuerca que nos obliga a releer (muchas veces) y a repensar todo de nuevo. Y es que en la última página del libro, el texto nos asegura que Aida cumple a cabalidad con el mandato del padre: “Y eso fue exactamente lo que hizo Aida”, se lee. Pero la imagen última es casi idéntica a la que encontramos en la primera portadilla (la de la pag. 3). Otra vez, Aida aparece sosteniendo a su hermanita que está intentando dar sus primeros pasos. La diferencia está dada, ahora, por la ausencia de los fantasmas y por el gesto más distendido de la niña.

¿Qué nos quiere decir este último recurso del autor? Pienso, y es una interpretación personal, que por un lado se quiere subrayar que todo lo que aconteció en la historia es una construcción fantástica de Aida; que en el relato anterior pasamos “al otro lado”, tal como se nos invitaba a hacer desde el título, y que ese otro lado era el lado de la vida interior y el de la fantasía productiva de la niña. Por otra parte, pienso que lo que se nos está diciendo es que todo puede volver a suceder, y de ahí la forma circular que ofrece el libro con este cierre en el que se duplica una imagen casi idéntica a la del inicio.

Aquí los fantasmas han desaparecido, es cierto, porque Aida los venció al enfrentarlos. Pero en la medida que todo habría sido una emanación, un dejar aflorar, de los sentimientos más profundos, de las ansiedades incontroladas, de las tensiones propias de ese ser-infantil, quizás sea necesaria otra historia, tanto o más contundente que esta, para que la niña, contándola para sí misma, pueda volver a luchar contra los fantasmas que vuelvan a aparecer allí, al borde de la valla de contención. Otra historia, o esta misma, una vez más.

Podría cerrar esta reseña con una reflexión a propósito de la pertinencia o no de contar este tipo de cuentos a los niños. Una reflexión sobre las aprehensiones que los adultos tienen a la hora de dejar libros como este, con pasajes tenebrosos, en manos de los pequeños. Podría hacerlo si pensara que mi reflexión pudiera llegar a decir algo mejor que lo que dice en su blog la traductora al castellano de este libro, Ellen Duthie, experta en la obra de Sendak. Como no es el caso, los invito a leerla a ella allí.

Y por supuesto, los invito a incorporar este nuevo Sendak en las bibliotecas. Muchos autores han captado las múltiples posibilidades reflexivas de los niños a la hora de leer literatura infantil y logran, entonces, ofrecerles buenos libros en concordancia. Entre ellos, sin duda, uno de los mejores del siglo XX ha sido Maurice Sendak. Y ya me voy a leerlo de nuevo, porque seguro que se me quedó mucho por descubrir…

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