¿Puede la poesía curar a los peces?

Con el título de “Ut pintura”, José Ángel Valente escribe en su libro “Material memoria” (1979), lo que sería una poética que, a la vez de intentar definir a la poesía en general, define el modo muy especial en que este poeta español concibió su propia obra:

Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio. Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como materia natural. Poética: arte de la composición del silencio. Un poema no existe si no se oye, antes que la palabra, su silencio.

Definir la poesía ha sido, para los poetas, un esfuerzo del orden del que hizo el Barón de Münchhausen cuando se estaba ahogando en el fondo del mar: él se tomó de los cabellos y tiró hacia arriba, con lo cual logró ascender a la superficie para salvarse. Claro que no todos los poetas han tenido la suerte del Barón. Los intentos poéticos por definir a la poesía, acumulando tentativas más o menos milagrosas, más o menos enriquecedoras de la definición de poesía, no dejaron de sucederse. Que se acuda al silencio a la hora de intentar una nueva definición de qué es la poesía, entonces, no debería llamar la atención. Y sin embargo, para mí, en el caso que voy a comentar, lo hace.

El libro del que hablaré ahora tiene mucho que ver con lo anterior. Me refiero a “Un poema para curar a los peces”, escrito por Jean-Pierre Simeon e ilustrado por Olivier Tallec (traducido al castellano por Esther Rubio para la editorial Kókinos, que lo publicó en el año 2006).

UN POEMA PARA CURAR A LOS PECES, de Jean-Pierre Simeon, ilustrado por Olivier Tallec. Editorial Kókinos, 2006.

UN POEMA PARA CURAR A LOS PECES, de Jean-Pierre Simeon, ilustrado por Olivier Tallec. Editorial Kókinos, 2006.

En una primera lectura nos encontramos con un cuento sencillo. Adrián tiene un pez que se llama León. Un buen día, el niño descubre que su pez se está muriendo. Y comienza a buscar ayuda para salvarlo.

–¡Mamá, mi pez se muere! ¡Corre!, se muere de aburrimiento, mi querido León.
La Mamá miró a Adrián, cerró los ojos, volvió a abrirlos… Sonrió:
–¡Tienes que darle un poema inmediatamente! Y se marchó a su clase de trombón.
–¿¡Un-po-e-ma!? Pero ¿qué es un poema?

En este punto, la búsqueda del remedio para el pez pasa a ser la búsqueda de una respuesta a esta última pregunta. El niño buscará dos cosas a la vez: el poema que pueda curar a su pez, y la respuesta a esa pregunta.

En esa búsqueda interrogará a varios objetos inanimados: a los fideos que están en el armario de la cocina; a la fregona que está en el armario de las escobas; al polvo que se amontona debajo de la cama de los padres. También interrogará a distintos personajes: a Lolo, el vendedor de bicicletas; a la señora Tortel, la panadera; al viejo Mahmud, que vino del desierto; a la abuela, que pasea con su perro; y al abuelo, que a veces escribe poemas.

¿Es eso? Ah, vale.

¿Es eso? Ah, vale.

Si los objetos inanimados lo desalientan respecto de encontrar un poema entre ellos, las distintas personas a las que pregunta, a cuál más extravagante, le van diciendo cosas muy distintas. El niño, que escucha con atención las respuestas, todas ellas con altas pretensiones poéticas, asiente a cada una con un sencillo “¡Ah, vale!”, pero se queda con la sensación de que nadie logra darle una respuesta acertada a la pregunta sobre qué es un poema: “¡Ni los poetas lo saben!”, comenta, ya al final de su recorrido.

Así, un tanto decepcionado, llega hasta donde está el pez y le dice (o más bien, le recita) lo que sería un resumen de las distintas respuestas que fue recibiendo:

Un poema
es como llevar el cielo en la boca.
Es como el pan recién hecho,
el gusto que queda en la boca
después de comerlo.

Un poema
es escuchar el latido
del corazón de las piedras
Es cuando las palabras quieren volar.
Es un canto desde la prisión.

Un poema
pone las palabras del revés
y ¡ale hop! el mundo es nuevo.

El pez revive al escucharlo. Abre los ojos y habla con el niño por primera vez en su vida. Lo que dice el pez se aproxima mucho a lo que intentó José Ángel Valente en su poética del silencio, y también a lo que intentó el Barón de Münchhausen, cuando estaba a punto de morir ahogado: poesía, sin dudas.

"Lo siento mi querido León, no te he encontrado ningún poema".

“Lo siento mi querido León, no te he encontrado ningún poema”.

El libro, que es una excelente obra para acercarse con los niños a la reflexión sobre qué es y qué no es el poema y la poesía, está ilustrado de forma sencillamente poética, con un trazo dubitativo, a la vez que jugado a la desproporción y al absurdo, lo cual refuerza al texto y lo realza bellamente. Un disfrute pare leer, mirar y pensar.

 

 

 

 

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