Vindicación (o no) de las letras capitulares

Ayer leía el primer capítulo del libro de memorias de infancia de Eudora Welty, “La palabra heredada”, donde narra cómo fue formándose como escritora. En un fragmento dice:

Mi amor por el alfabeto –que aún perdura– nació de su recitación pero, antes todavía, del deleite ante la forma de las letras en las páginas. En mis libros de cuentos, antes incluso de aprender a leer, me enamoré de las diversas capitulares entrelazadas y como encantadas con las que Walter Crane abría sus cuentos de hadas. En ‘Érase una vez’, por la traviesa de la ‘E’ saltaba un conejo que se precipitaba sobre un hierbín lleno de flores. Cuando me llegó el momento, años después, de ver el ‘Libro de Kells’, toda la magia de las letras, las capitulares y las palabras, cayó sobre mí con una fuerza mil veces superior, y la iluminación, el oro, los percibí como parte de la belleza de la palabra, de la sacralidad que me esperaba ahí desde el primer momento.

Una página de "The Story of the Glittering Plain" (1894).

Una página de “The Story of the Glittering Plain” (1894), libro de Walter Crane.

Hoy de mañana leía el libro de las “Nuevas Greguerías” de Ramón Gómez de la Serna donde suelta, al pasar, uno de sus ingeniosos aforismos:

Las letras capitulares de los libros antiguos tienen fiesta propia.

No sé por qué razón, seguro que por esa cosa tan moderna de eliminar los ornamentos de todos lados, en algún momento de la historia tipográfica se abandonaron las letras capitulares o, al menos, se les cortó la fiesta y se les arrebató la magia.

Pienso, sin seguridad ninguna, si no estaría bien recuperar, en particular para los libros de literatura infantil y juvenil, aquellos ringorrangos que se entrelazaban con las letras para indicar, como una promesa, el inicio de la lectura, la incursión en la fiesta de las letras.

Y es que las capitulares, que duda cabe, tenían su encanto (y lo tienen, cuando hoy día, por esas casualidades, nos las encontramos en algunos libros muy bien diseñados e ilustrados). En fin, que hay días en que uno se despierta un poco neoclásico…

……………….

Referencias bibliográficas:

Eduora Welty (1983): “La palabra heredada”, traducción de Miguel Martínez-Lage. Editorial Impedimenta, Salamanca, España, 2012.

Ramón Gómez de la Serna, con ilustraciones (poemas visuales) de Chema Madoz: “Nuevas Greguerías”. Editorial La fábrica, Madrid, España, 2009.

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