¿Vamos los escritores a dejar la Literatura Infantil en manos de los editores?

En la última entrada de su blog, Ana Garralón se declara sorprendida por lo inesperado que resultó el impacto y las discusiones generadas por su post anterior, titulado “¡Urgente! Se buscan escritores de literatura infantil”. Y retoma alguno de los temas de fondo del asunto. De momento, su búsqueda la llevó hacia los editores y no la acercó a los escritores demandados: démosle tiempo. ¡Que los hay, los hay!, como ya le señalaron en otros blogs  y en algunos comentarios de sus entrada anterior.

El post de Ana está muy bien. Se ocupa de los riesgos que toman los editores a la hora de publicar. Lo hace porque en todo el debate anterior, según ella, afloró una animadversión hacia la figura del editor, como si de él dependiera en exclusividad el actual estado de la LIJ. Para demostrar que los editores no son responsables de toda la situación, entrevista a algunos de los mejores del mundo hispanohablante.

Pero su “encuesta”, hay que decirlo, está un poco sesgada. Casi todos los editores que entrevista tienen una peculiaridad: apuestan a lo que se suele llamar longsellers, o sea, apuestan a libros que se editan para durar en el tiempo de los mercados o, mejor dicho, fuera del tiempo de los mercados. Se trata de libros que se comercializan en un largo plazo, de manera lenta pero continua, y que si no dan pérdidas (ni terminan por quebrar las finanzas del editor) es porque se difunden y circulan por canales extra-mercantiles. Por lo general, esos editores son amantes de los buenos libros, y arriesgan, claro que sí. Yo dejaría con mucho gusto la LIJ en sus manos.

No obstante, la LIJ, el grueso de ella, no está en sus manos, aunque sí lo está gran parte de la mejor que se publica (para esa franja etaria de los prelectores y para ese sub-género que es el del libro ilustrado o libro-álbum).

Yo también me quedé sorprendido por las repercusiones del debate generado por la publicación simultánea, el 4 de julio, de artículos polémicos en el blog de Ana Garralón y en el mío (1600 vistas recibió la entrada anterior, donde continué las reflexiones de Garralón y las llevé por otros derroteros). Y también me quedé pensando en el rol de los editores en lo que refiere a la situación actual de la LIJ.

Hoy quiero responder a la pregunta del título apoyándome, en gran parte, en mi experiencia con el mundo editorial. En los últimos tres años publiqué 6 libros para niños: dos novelas, dos libros de poesía y dos libro-álbumes. De estos 6 libros, dos fueron publicados en España, 1 en Argentina y 3 en mi país, Uruguay. Los 6 libros fueron publicados por distintas editoriales: desde transnacionales hasta editoriales digitales con sistema de impresión a demanda. Eso significa que traté con 6 editores distintos. Distintos y diferentes. Y mis experiencias fueron bien distintas y bien diferentes: con alguno me fue muy bien, con alguno me fue muy mal, con otros ni más ni menos. Pero todas mis experiencias me condujeron a una única conclusión: en el campo de la Literatura Infantil y Juvenil no hay libros sin editores de Literatura Infantil y Juvenil.

Uno puede tener una idea genial, puede escribirla muy bien, puede ponerse de acuerdo con un ilustrador y trabajar la complementación entre texto e imagen para obtener un libro muy bien ilustrado, puede hacer todo eso y mucho más. Pero si en un punto no da con un editor que se haga cargo del libro, está perdido. Y es que un editor agrega al libro algo muy importante: el valor de la edición.

Un buen destino para muchos manuscritos

Del editor depende en gran parte que este no sea el destino de un manuscrito o de un libro publicado.

La edición es, por un lado, un trabajo de cuidado en el texto y en el diseño del arte del libro. El editor es, de algún modo, el primer lector de la obra. Si su lectura es buena puede ayudar a mejorar el libro trabajando mano a mano con el autor. De esa primera lectura y de las segundas escrituras (las re-escrituras de un texto) puede surgir la diferencia entre un libro muy bien publicado y uno mediocre.

Por otro lado, la edición es un trabajo de contextualización del libro: ya en una colección, ya en un catálogo, ya en una época, ya en un contexto cultural de legitimación. En este último sentido, la edición es también un trabajo paratextual, que ubica el contenido del libro (una narración textual, un libro de poesía, un narración visual) en el marco de un tipo particular de libros. Ahí, la subjetividad, el buen tino, el sentido de lo que es un libro bueno o malo para un catálogo bueno o malo, está en las manos (en la cabeza y en el corazón) del editor. No hay vuelta.

Finalmente, el editor es un mediador entre el libro y el lector. Es quien debe hacer llegar el libro al conocimiento del público. Es quien genera “hechos de lectura significativos”, sin los cuales ninguna obra literaria está realmente culminada.

Me podrán decir que un libro puede ser autoeditado por el autor (e insistirán en que las nuevas tecnologías de la comunicación y la información facilitan eso). No lo dudo. Pero acepto la sugerencia siempre y cuando el “auto”, que está ahí de prefijo, implique hacer todas las cosas que hace el editor: si no las hace, la autoedición no es más que un volanteo de contenidos sin mayores posibilidades de acceder al público (teniendo aquí por público ese ámbito de personas que está más allá del conjunto de amigos y familiares más o menos cercanos del autor).

Frente a esto, seguramente, me dirán que autores de mucho prestigio ya se están pasando a la autoedición. Cierto, algunos lo hacen, pero seguramente de la mano de un agente-representante que se hace cargo de todos esos asuntos de la edición, y sobre la base de un prestigio acumulado a lomos de libros analógicos. En definitiva, cuando se habla de autoedición, el término encierra una trampa. La autoedición de libros o es edición o no es nada (y aquí me da igual si el libro es analógico o digital). Y entonces volvemos a lo anterior: no hay libros sin editores.

Me podrán decir que el editor no es más que una pieza en el engranaje de una empresa mercantil y que no siempre puede actuar con libertad de criterio. Que no siempre sus acciones se orientan con arreglo a valores literarios. Tampoco lo voy a discutir. Esa es parte del juego (y de los conflictos que enfrenta un buen editor cuando ocupa un puesto de esos en los que decide la suerte de un catálogo que ya le venía impuesto y al que solo le corresponde ir actualizando, para mejor o para peor). Ahí va en juego su nombre y su personalidad como editor. Que haga lo que pueda, que lo haga lo mejor que pueda, y que se arregle.

Ahora bien, ¿dejamos entonces la literatura infantil y juvenil en manos de lo editores? La respuesta es sí y no.

Sí, en el sentido de que el editor será quien va a canalizar la parte del trabajo literario que empieza una vez que el primer manuscrito de la obra está concluido. No, en el sentido de que los escritores tenemos que desarrollar nuestro trabajo lidiando con la materia prima de cualquier libro de literatura infantil y juvenil: las ideas, las ficciones, los fantasmas, los significados, el lenguaje que exprese eso, la narración, el tono, los incidentes, la trama, los personajes, las figuras poéticas que sostengan eso. Ese es nuestro arte y nuestro oficio en el asunto, como lo fue en las obras de los autores que leímos y que, mediante hechos de lectura significativos, nos introdujeron en este mundo, el mundo de la literatura.

Sí, en la medida en que el editor apueste a generar esos hechos de lectura. No, si lo único que espera el editor como materia prima para sus libros de LIJ son los subproductos, el descarte, el facilismo insignificante de esos contenidos que se leen tan rápido como se olvidan.

En definitiva, que haya buena literatura infantil y juvenil depende de muchas manos: que cada uno eche la suya del mejor modo que pueda, a conciencia de que la clave es buscar hacer buenos libros y formar con ellos buenos lectores.

Lo demás no es literatura.

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5 thoughts on “¿Vamos los escritores a dejar la Literatura Infantil en manos de los editores?

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  4. Por mi parte, con mucho gusto dejaría en manos de los editores bastante más trabajo del que suelen estar dispuestos a asumir, en especial en lo que a respecta a la promoción de los libros. En Uruguay, en el ámbito de la LIJ, esta suele quedar en un 50 %, o más, a cargo de los autores. Quien no quiera o no pueda andar de escuela en escuela, de radio en radio, de feria en feria y de web en web, sonó.

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