W. H. Auden y una biblioteca mínima para educación primaria

Por estos días se hizo público el resultado de un trabajo, el primero, llevado adelante por el ProLEE (Programa de Lectura y Escritura en Español), un equipo técnico dependiente del Consejo Directivo Central de la Enseñanza Pública de Uruguay, cuyos objetivos son fomentar y promover la lectura y la escritura en las escuelas públicas. El trabajo consistió en la elaboración de un libro donde se presenta lo que sería una “Biblioteca mínima para educación inicial y primaria“. Esta publicación recomienda 90 libros de literatura infantil, repartidos entre obras de autores nacionales (46) y obras de autores de otros países (44).

Biblioteca mínima para educación inicial y primaria

La Biblioteca Mínima para Educación Inicial y Primaria sugerida por el ProLEE

En lo personal, fue muy grato encontrar dos de mis libros entre los recomendados: Ver llover y Tamanduá Killer. Un poco por vanidad, claro, y otro poco porque me alegra pensar que la guía pueda ayudar para acercar mis libros y los otros 88 a nuevos lectores.

Luego que pasó esa alegría, y cuando llegó el momento de ponerse crítico respecto del trabajo, me puse a pensar en lo difícil que es hacer una selección así. Y pensé que siempre va a suceder, más allá de los criterios dispuestos para la selección, que habrá gente que quede descontenta y que presente reparos más o menos fundamentados, sea sobre los criterios de selección o sobre las obras elegidas. Y es que siempre sucede eso con las selecciones, antologías, muestras, licitaciones, etcétera, donde entran en juego muchos criterios y muy diversos a la hora de elegir un libro y descartar otro.

Pero no voy a entrar a discutir aquí ni los criterios (argumentados en la publicación) ni la selección (debidamente presentada por géneros de obras, autores, y con una breve nota de reseña). Ya habrá tiempo y lugares más apropiados para esa discusión, porque tengo entendido que el ProLEE abrirá una instancia de intercambio sobre este asunto, lo cual me parece una muy buena iniciativa.

Así y todo, de momento, quiero reflexionar sobre un tema que se ha discutido en torno a la primacía de criterios literarios (estéticos) o la de criterios formativos (pedagógicos) cuando se hacen recomendaciones de lecturas en las aulas. En realidad, no voy a plantear un asunto de principios, sino dejar aquí una cita, una perspectiva, que pienso que hay que tener presente a la hora de discutir estos asuntos.

Quiero reflexionar, decía, y eso intento.

Transcribo, entonces, una cita del poeta inglés W. H. Auden donde hace referencia a la evolución de un lector (y de sus motivaciones e inclinaciones lectoras) a lo largo de su vida. Dice el poeta:

La lectura del niño se guía por el placer, pero su placer es indiferenciado; no puede distinguir, por ejemplo, entre el placer estético y los placeres del aprendizaje o la ensoñación. En la adolescencia comprendemos que hay diferentes clases de placeres, algunos de los cuales no pueden disfrutarse simultáneamente, pero para diferenciarlos todavía necesitamos ayuda. Se trate de comida o literatura, el adolescente busca un mentor cuya autoridad sea convincente. Come o lee lo que su mentor le recomienda y, esto es inevitable, hay momentos en los que se ve obligado a engañarse un poco; tiene que exagerar su afición a las aceitunas o a La Guerra y la Paz. Entre los veinte y los cuarenta años estamos comprometidos en el proceso de descubrir quiénes somos, lo cual implica aprender las diferencias que existen entre las limitaciones accidentales que debemos superar, y las limitaciones inherentes a nuestra naturaleza, que no podemos dejar atrás impunemente. Son pocos los que logran aprender esto sin cometer errores, sin tratar de ser más universales de lo que pueden. (…) Cuando entre los veinte y los cuarenta años alguien se refiere a una obra de arte diciendo “Sé lo que me gusta”, en realidad quiere decir: “No tengo un gusto formado, pero acepto el de mi ambiente cultural”, porque entre las edades mencionadas la señal más evidente de que una persona tiene gusto propio es su inseguridad. Después de los cuarenta, si no hemos perdido del todo nuestra individualidad, el placer puede volver a ser lo que era en nuestra infancia, la guía adecuada de nuestras lecturas.

(W. H. Auden, “Leer”, en el libro “La mano del teñidor. Ensayos sobre cultura, poesía, teatro, música y ópera”, de 1948, editado por Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 1999. Páginas 15-16.)

Piense el lector (sea como lector de este blog o como lector de literatura) hasta qué punto es posible diferenciar, a la hora de fijar criterios para montar una biblioteca mínima (la de la escuela o la de toda una vida), entre cuestiones meramente estéticas o meramente formativas. Yo no sabría cómo hacerlo.

2 thoughts on “W. H. Auden y una biblioteca mínima para educación primaria

  1. Germán, esta entrada tuya me suena a que querés tirarles de la lengua (o del teclado) a quienes les (nos) dan urticaria ciertas confusiones… (Y conmigo, al menos, tuviste éxito).
    Hablando de niños y adolescentes, Germán, es obvio que lo formativo siempre está implicado. El tema es qué tipo de formación esperamos de un libro o un conjunto de libros en particular, por ejemplo, de los libros de literatura. La lityeratura, ciertamente, nace de la vida, recrea la vida, inventa mundos y personajes que pueden parecerse más o menos a nosotros, los seres humanos reales, en lo superficial y en lo profundo, que nos hacen vivir experiencias simbólicas que nos enriquecen como personas.
    La lectura de literatura, por lo tanto, no es un lujo para unos pocos sino un derecho para todos, como excelentemente han expresado y explicado en diversas ocasiones autores y autoras como Michele Petit, Ana María Machado, Graciela, Cabal, Graciela Montes, Daniel Pennac… Si poder leer literatura es un derecho, aprender a leer literatura también lo es, y genera a los educadores la consiguiente obligación de desarrollar la necesaria “educación literaria”, expresión que creo muy acertada con al que Teresa Colomer sustituye la de “enseñanza de literatura”, que tantas veces se ha interpretado como la exposición de conocimientos teóricos sobre corrientes, autores, figuras y tropos (y posterior evaluación acerca de estos temas).
    Aunque parezca de Perogrullo, sabemos que lo principal para aprender a leer, es leer, así como paart aprender a caminar hay que caminar o para aprender a patinar hay que patinar. Y para formar lectores de literatura es necesario, antes que nada, garantizar el contacto placentero y feliz con una gran variedad de textos literarios. No alcanza con darles a leer un par de obras de cada género indicado en el (en el Uruguay muy joven) programa escolar de literatura: un par de cuentos tradicionales, otro de cuentos contemporáneos, hoy un haikus, mañana una jitanjáfora, pasado una leyenda, y así sucesivamente. No alcanza. Hay que darles también (y sobre todo) la posibilidad de darse cuenta, y ayudarlos a darse cuenta (que de eso hablamos, ni más ni menos, cuando hablamos de enseñar) de que los “cuentos contemporáneos” no son todos iguales, que no todos empiezan describiendo los escenarios ni a los personajes, que no todos tienen el mismo tipo de narrador, que no todos tienen UN solo narrador, que no todos tienen un final cerrado, que no todos los personajes o situaciones se parecen a las personas o situaciones reales, que no es que ellos sean “burros” si les cuesta trabajo leer alguna obra, porque hay obras que, intencionalmente, dan más trabajo que otras a los lectores, dándoles al mismo tiempo más participación y más libertad en la construcción del sentido…
    En la elección de las obras que un docente (o un equipo de docentes) ofrece o recomienda a sus alumnos (o al alumnado de un país en general), radica, por lo tanto, gran parte de la “educación literaria” que realiza. Y en los criterios en los que se base para elegirlos -más aún si las obras son reseñadas, aunque se abrevemente- se manifiestan sus prioridades.
    Por ejemplo, si las reseñas ponen bajo el mismo paquete de “narración” los cuentos, las novelas y los libros de información o autoayuda que emplean como “gancho” la estructura narrativa, no es fácil deducir que a quienes reseñan les interesa mucho enseñar a reconocer las características y propósitos de la escritura literaria.
    Por ejemplo: Si los dos tercios de las reseñas de obras literarias destacan “valores” morales o sociales presentes en las mismas, y el otro tercio solo menciona el tema y/o resume el argumento de la obra, no es fácil deducir que se intentó ofrecer una gran diversidad de estilos literarios, estructuras narrativas, variedades lingüísticas y demás.
    Por ejemplo: si en la mayoría de las obras elegidas por sus “valores” dichos “valores” aparecen claramente explícitos, encaminando la interpretación de todos los lectores hacia una misma conclusión, no es fácil deducir que interesa enseñar a los niños que la literatura es “plurívoca” y “polisémica”, y que puede decirle algo diferente a diferentes lectores, o a un mismo lector en diferentes circunstanmcias de su vida.
    No estoy diciendo, por supuesto, que todo esto ocurra en la selección de los 90 títulos de esta “Bibloteca mínima”, ni en el conjunto de reseñas que el libro ofrece. (No he podido aún releerlo la cantidad de veces necesarias como para dar una opinión realmente cabal al respecto). Solo planteo, modestamente -y respondiendo a tu cuestionamiento- un camino de análisis para empezar a aclarar ciertas distinciones.

    • Magdalena, te debía una respuesta a este comentario. En parte, creo haberla dado hoy con mi entrada sobre la relación entre escritores e ilustradores en el mundo del libro actual. En parte. Pero es un tema para seguir, obviamente. Tus aportes aquí son muy bienvenidos y enriquecen este blog. Gracias.

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