Mi última descarga de Megaupload (Precisiones sobre derechos de autor: segunda entrega).

Lo último que descargué de Megaupload fue una novela de Eudora Welty, titulada «La hija del optimista». El libro fue publicado originalmente en el año 1972. Los derechos de autor de esa edición corresponden a la autora, Eudora Welty (derechos renovados en el año 2000). Los derechos de la traducción corresponden a José C. Vales. Los derechos de la introducción (porque el libro tiene una introducción) corresponden a Félix Romeo. Los derechos de la edición del libro, del que yo descargué una copia en formato EPUB, corresponden a los editores de la versión española: Editorial Impedimenta, y son del año 2009.

La hija del optimista, de Eudora Welty

La hija del optimista, de Eudora Welty (Editorial Impedimenta, 2009).

¿Por qué descargué ese libro? Porque lo había recomendado una amiga de una amiga que había comprado los «Cuentos completos» de Welty que publicó la editorial Lumen (en una versión de lujo) y le habían gustado; porque leí (de préstamo) algún cuento de ella, y me interesó; porque me gusta lo que escriben las escritoras norteamericanas (las sureñas, en particular); porque lo quería ojear (aún no lo leí todo) para saber de qué iba; porque hasta donde pude saber, la Editorial Impedimenta no tiene distribución en Uruguay; porque la única manera de hacerme con el libro era a través de internet;  porque no estoy dispuesto a comprar libros y pagar costos de envío postal (no tengo dinero para ello y son costos muy elevados); porque no estoy dispuesto a pagar precios españoles por un libro (mis ingresos son uruguayos, no españoles); y, por último, y de manera decisiva, porque la editorial no tiene en su web el libro a la venta en formato digital. Seguro que si el libro hubiera estado a la venta en formato digital en la web de la editorial, a un precio razonable para un lector de Uruguay, lo hubiera comprado allí y no hubiera salido a rastrear por internet para llegar a ese enlace puesto en Megaupload. Pero el libro no estaba en la web de los editores ni en ninguna librería de libros digitales. La única posibilidad de comprarlo hubiera sido enviar un correo a un distribuidor para América Latina, esperar que me contestaran, hacer los arreglos de envío y no sé qué más. Pero esa vía, para mí, ya estaba muerta: mi tiempo es escaso, también lo es mi dinero.

Así que fui y descargué una copia digital del libro de Megaupload. ¿Violé alguna ley o algún derecho con ese procedimiento? Veámoslo.

A diferencia de las leyes de Uruguay, que prohíben y penalizan (con multa) la reproducción de cualquier obra sin la autorización de los propietarios de los derechos —la penalizan con prisión cuando la copia se hace con fines de lucro—, las leyes de España no penalizan el compartir copias, que fue lo que algún español amable hizo conmigo: compartió la copia de esta novela a través de Megaupload (si él no cometió un delito, tampoco lo cometí yo al aceptar su oferta, supongo). Pero, ¿qué legislatura se debería aplicar para juzgar mi conducta y la del español amable: la española o la uruguaya? No lo sé, o, mejor dicho, no lo sabía hasta hace poco. Yo hubiera dicho que era la Española (entre otras razones, porque me conviene), pero eso seguramente es materia de discusión jurídica. Ahora sabemos, de facto, que no se aplica ninguna de las dos. Se aplica, en cambio, la ley de los Estados Unidos, lo cual, por cierto, es bien desconcertante (por decirlo de manera amable). De verdad, si yo hubiera violado alguna ley (a esta altura, leyes transnacionales), cosa que no sé si hice, por lo pronto, ateniéndome a los hechos, sería el juez y gendarme de los USA quien vendría a juzgarme. (El desconocimiento de la ley no exime de las penas, dicen los abogados. Así que, ciudadanos del mundo, ya sabemos qué leyes debemos conocer.)

Pero dejando de lado los aspectos legales, que de última son inciertos (y hasta fortuitos, por no decir, leoninos y arbitrarios), vayamos a las cuestiones morales. Haré el ejercicio de juzgar «éticamente» si yo estuve bien o mal al descargar ese libro sin pagar nada. Juzgaré, fundamentalmente, y teniendo en cuenta un caballito de batalla muy manido en los debates sobre estos temas, si perjudiqué o no a los creadores. Para este caso: Eudora Welty (la escritora),  José C. Vales (el traductor), Félix Romeo (el autor de la introducción) y los editores de Impedimenta (por su trabajo de edición, que a diferencia de muchos, yo creo que tiene un componente creativo importante: no cualquiera edita bien un buen libro).

Vamos por partes:

1) A la autora, difícil que la haya perjudicado: falleció en 2001.

2) En cuanto al traductor y al escritor de la introducción: no conozco los detalles del contrato que firmaron con la editorial. Supongo que por ser titular de los derechos de traducción, el traductor cobra un porcentaje sobre el precio de tapa del libro (precio de tapa que asciende a los 19.99 euros para España, unos 520 pesos uruguayos) en la edición en papel. Eso, siempre y cuando no arreglaron un contrato caché, que si fuera el caso, no percibirían dinero por la venta de ejemplares. De todos modos, yo no iba a comprar un ejemplar de esa edición, ya lo dije. Así que no tenía forma de beneficiar al traductor por su trabajo (y, por lo tanto, tampoco tenía forma de perjudicarlo). Podría haberlo beneficiado si la editorial hubiera publicado una edición digital y yo la hubiera comprado. Pero no fue el caso. Si el traductor se vio perjudicado por mi acto de descargar el libro de Megaupload, que no me culpe a mí: que culpe a los editores que no pusieron a mi disposición, de manera accesible, un ejemplar digital. Lo mismo vale para el autor de la introducción.

3) Se podrá decir que al descargar el libro perjudiqué a la editorial: ahí sí, casi que eso es una fija. Pero veámoslo más detenidamente. En cualquier caso, con mi acción, le resté de ganar a la editorial el porcentaje que hubiera ganado si yo compraba un ejemplar de la edición en papel. Porcentaje que no debe ser más que el 10% sobre el precio de tapa (unos 1.99 euros, como mucho). Pero he aquí que, como ya dije, yo no iba a comprar esa edición en papel. Y el editor, de última, estuvo ausente en el trabajo de conversión del original para imprenta al formato digital para la web, que fue lo que yo descargué: una copia digital. Seguro que esa tarea, el copiado, el formateo, la digitalización, la hizo otra persona. Alguien que desconozco, que se tomó el trabajo de trasladar a formato EPUB el libro de referencia y que luego se tomó el trabajo de subirlo al servidor de Megaupload para compartir con quien quisiera descargar y leer ese libro. En fin, que no pienso que haya perjudicado a la editorial. No pienso que mi acción hubiera generado un lucro cesante o un daño económico para ella. En todo caso, la editorial se perjudicó a sí misma al no asumir por su cuenta la edición digital de este libro y al perderse, en mí, a un potencial cliente. Ese es su problema.

Y entonces, gracias a la persona que subió «La hija del optimista» a Megaupload, gracias a la existencia de los servidores de esa empresa y gracias al libre acceso al archivo, pude acceder a una obra a la que no hubiera podido acceder de otra manera.

Es cierto que los dueños de Megaupload se enriquecían mediante este tipo de interacciones. En lo personal, nunca pagué nada a Megaupload (tampoco subí ningún contenido a sus servidores). Pero seguro que mi descarga contribuyó, junto a las descargas de los otros cincuenta millones de usuarios que accedieron a Megaupload ese día, para que el sitio pudiera posicionar su modelo de negocios en el mercado. No los juzgo ni los condeno (de eso se encargará un tribunal en USA). Lo que me resulta condenable, en todo caso, es que la Editorial Impedimenta (aquí la pongo de ejemplo, podría ser cualquier otra) le hubiera regalado ese filón a unos «gorditos» de Nueva Zelanda.

Y aquí llego al punto con el que quería terminar: entiendo que lo que presenciamos esta semana, en torno al affaire Megaupload (y también, en torno a las acciones contra la Ley SOPA y su retiro de la consideración del parlamento de los USA), es parte de una lucha global por conquistar las audiencias: audiencias que las «sociedades red» han multiplicado, ampliado, expandido, diversificado, individualizado, reagrupado, reconfigurado, etcétera. Se trata de escaramuzas entre grandes capitales relacionados con el lucro en torno a la distribución y comercialización de bienes culturales (los lobbys de las grandes industrias culturales y los lobbys de las empresas de tecnología y comunicación en internet). Escaramuzas que involucran a los poderes políticos (por lo general, de mala manera, pues los Estados y las legislaciones deberían velar por el derecho de la ciudadanía al acceso a la cultura y apoyar todos los procesos que promuevan y garanticen ese derecho, y no involucrarse a favor de las partes en disputas según el grado de presión o el nivel de donaciones que los lobbys hacen para las campañas políticas). Escaramuzas que también involucran a los ciudadanos (los que de última conforman las audiencias, y también, por cierto, las «clientelas» electorales) que por distintos medios quieren elegir qué bienes culturales, y de qué modo, van a consumir, y que también se agrupan y presionan para definir ello.

Uno puede ver estas escaramuzas como una guerra o como un juego: en todo caso, siempre hay competencia (más o menos pautada con arreglo a derechos y razones), acción y resistencia, y, al fin y al cabo, se trata del modo en que las distintas empresas pelean por hacerse de un buen puñado de clientes y usuarios. En ese juego, aquellos que creemos que el consumo de bienes culturales no es algo meramente suntuario sino un derecho de los ciudadanos, apostaremos por ampliar las libertades para el relacionamiento horizontal entre individuos, la formación de colectivos (virtuales y reales) que compartan dichos bienes culturales, la ampliación del acceso a los mismos, la mejora de su difusión, la libre comunicación, etcétera. No nos «casamos» con ninguno de los grandes contendientes: solo estaremos atentos a aquellas instituciones, empresas, productores, creadores y usuarios que nos hagan las cosas más fáciles. Esa es nuestra parte en el juego: esas son nuestras reglas. Y eso también son reglas del  juego que, jugadores como la Editorial Impedimenta (y tantos otros), deberían conocer al dedillo. Les va la vida en ello. Al respecto, me permito terminar con una cita:

La idea de morir no es más extraña que la idea de vivir. Pero sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas.

(Eudora Welty, La hija del optimista, 1972)

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P.S.: Si, llegado el caso, la Editorial Impedimenta entiende que mi acción la perjudicó, y está dispuesta a alcanzar un acuerdo razonable conmigo para que la resarza por mi acción supuestamente perjudicial, no tendría inconveniente en ello, siempre y cuando dejemos bien en claro qué podría significar aquí el sustantivo «perjuicio» y qué el calificativo «razonable». Estoy a las órdenes, entre otras cosas, porque apuesto al trabajo de editoriales como Impedimenta: editoriales que sustentan la bibliodiversidad.

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Nota ampliatoria: El salario mínimo en España es de 641€, en Uruguay es de 278€. Un libro que en España cuesta 20€, es como si en Uruguay costase 46€.

10 thoughts on “Mi última descarga de Megaupload (Precisiones sobre derechos de autor: segunda entrega).

  1. Mucha razón.
    Me resulta curioso que ustedes dicen que no tienen los ingresos de los españoles, y los españoles decimos que no tenemos los ingresos de los alemanes o franceses, nuestros vecinos europeos
    Saludos desde España

    • Y sí, Clio, todos queremos vivir como vive el que vive mejor, ¡es la idea! Comparé con España porque el libro es Español. Si hubiera comparado con Francia o Alemania, tendría que decir que ese libro para ustedes vale 46 y para nosotros 92 :(
      Saludos y gracias por pasar por aquí y dejar señales.

  2. Brillante! (fue lo que surgió espontáneamente, luego tuve que ponerme a pensar).
    Pensar que los derechos de propiedad intelectual son derechos limitados, porque existe un interés público, el acceso a la cultura. Y que ese interés público, que implica un derecho público, viene siendo privatizado desde que se creó. Y que el interés público, manifestado entre otras cosas por las millones de descargas de todos los servidores de intercambio, viene siendo, más que desoído o ignorado, pisoteado y criminalizado. Al punto de dejar indisponibles archivos “legítimos” con esta acción. Y pensar que lograste redondear tu posición, de forma magnífica, sin hablar de ello.
    Brillante. Felicitaciones!

  3. “(El desconocimiento de la ley no exime de las penas, dicen los abogados” Esa frase simpre me ha parecida medio abusiva poque quien realmente conoce las lyes en su totalidad ..y de varios paises…ni los abogados

  4. Germán, muy, muy interesante tu post. Me gusta porque me hace pensar en varios temas que están, desde hace ya largo tiempo, dando vueltas en mi cabeza, como elementos aislados pero movilizadores y a los que no he logrado aún darles forma: los derechos de los autores, los de las empresas que editan, los libros en papel, la posibilidad de acceder a bienes culturales a través de variados medios y que mayor cantidad de personas puedan hacerlo, el deseo de un autor de que su obra sea conocida y leída por muchos, …
    Gracias por compartir tu clara exposición.

    • Me alegro, Alejandra, que sirva para pensar. Son temas complejos a los que se puede, hoy día, responder con otros elementos.
      Gracias a vos por pasar por aquí y dejar tu comentario. Saludos.

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