Defender la tristeza

CERO. Escribo aquí sobre el nuevo libro de poesía de Álvaro Ojeda: Aceptación de la tristeza. Escribo desde el lugar del amigo. Me une al autor una amistad que ya tiene unos cuantos años y que está construida en base a un intercambio literario en el cual, básicamente, he tenido la suerte de aprender de un escritor de fuste, uno de los escritores más generosos de nuestro medio. Aclaro esto para que no se piense que encontrarán aquí una reseña crítica. Solo escribo para recomendar este libro que admiro y para intentar oficiar de mediador entre el texto y un futuro posible lector, cualquiera sea este. Además escribo con cierta culpa, porque el día de la presentación del libro, el viernes 6 de mayo, no podré estar presente.

UNO. Se puede decir que el libro se divide en trece poemas. Al menos, así lo indica el índice (valga la redundancia) donde una enumeración remonta desde el I hasta el XIII. El primero de los poemas se divide en siete partes. Los otros doce se dividen, cada uno, en tres partes. Esas partes pueden extenderse hasta llegar a 19 versos (la más larga) o limitarse a un díptico (la más corta). Cada parte comienza con una estricta minúscula y termina con un punto final. Salvo la parcial rigidez de estas acotaciones, la forma de los versos es libre. ¿Importan de algo estas mediciones? Quizás no, pues de última, todo el libro se puede leer como un único poema. Pero quizás sí importe, porque todo el libro parece haber sido construido con la sólida arquitectura de las catedrales: esos lugares donde, en alguna época ya remota, el artista aspiró a remontar por encima de sí mismo. El ritmo del libro tiene su acústica en esa potente estructura.

DOS. Al inicio del libro, la voz del poeta quiere asemejarse con la voz de dios. En la fuente de las etimologías, poesía y creación se emparejan. La voz del poeta pretende la omnisciencia y aspira a la divinidad. No obstante, es una voz que lidia con la mudez, y el poeta lo sabe. Es una voz a punto de silenciarse o de mandarse a callar.

tiene su parte dios

tiene su alcurnia

se lleva una palabra

y devuelve

responsos digeridos

estéticas mudas

fibras

la palabra divina

es dios.

TRES. La voz del poeta en este libro es una voz que sabe que al nombrar, al poner en juego una palabra, al empeñar con altura una palabra, el resultado no tiene porque ser necesariamente feliz. Por la palabra entregada, puede devolvérsele un responso. Por la voz entonada, pude devolvérsele el mutismo. En la voz del poeta, la felicidad y la tristeza surgen como posibilidades que laten en la tensión entre dar y recibir, acertar y fallar, decir y callar, vivir y morir.

[…]

yo digo con los labios fruncidos

digo hasta dónde se va

por qué camino

y me canso

y se acaba la cita

con los labios se besa

y se suprime.

CUATRO. A la hora de aceptar esas tensiones, al momento de no conformarse ni con la tonta felicidad al uso de las mercancías presentes, ni con la apática depresión que paraliza cualquier esfuerzo humano (incluso el esfuerzo por discernir qué es poesía y qué no): la voz del poeta, como la de un dios vengativo, aspira a ser fulminante. Por eso, quizás, se cuida de hablar poco y de hacerlo «definitivamente», vale decir, con concisión y con claridad: «como los dioses paganos / que yo inventé / hablo poco / definitivamente.»

CINCO. Eric G. Wilson escribió un ensayo contra la felicidad. Allí nos advirtió sobre el engaño que concita la idea de ser alegre a toda costa, esa casi imposición a la que nos somete el mundo del consumo fácil, el poder blando, el pensamiento débil y la banalidad ubicua. Por contrapartida, el ensayista reivindicaba el carácter generativo de la tristeza: su hondura, su fuerza cuestionadora, su impulso transformador, su agudeza de miras.

Al aceptar la tristeza, la voz del poeta hace revivir esas fuerzas. Rompe con la costumbre, con el tedio de los rituales, y resucita una perspectiva vital que trasciende la certeza de la muerte que ya está aquí o que llegará, indefectiblemente. Al aceptar la tristeza, la voz del poeta puede indagar a la muerte en su detalles —sus más terribles detalles, pero también su banal presencia en medio de la vida, su disimulada presencia— y luego trastocar ese ánimo indagatorio volviéndolo en fuerza exclamativa:

si el ritual los aburre

puedo resucitar

acercar las manos

a los muros del ataúd

esfuerzo jadeo sobresalto

¿cómo jadea un muerto?

reincorporarme al mundo

recientemente abandonado

asomarme a las puertas

por segunda vez

como dicen que hizo Lázaro

cómo jadea un muerto

y volver

o enconado o absuelto o taciturno

bizqueando en la luz de la sinopsis.

SEIS. Aceptar la tristeza es reconocer que no hay redenciones fáciles: la muerte no es ninguna salida, ningún pasaje hacia otra vida, ninguna salvación, ninguna paz. Entonces, aceptar la tristeza es asumir un afán compasivo ante los semejantes, es adoptar una perspectiva prudente ante los cantos de sirena (Kafka, ese saturnino de ley, llegó a advertirnos que las sirenas quizás guardaron silencio cuando el osado Odiseo pasó cerca de ellas), y es también asumir la vocación reflexiva de los espíritus que buscan la verdad, aún sabiendo que la vida, la caída en la vida, tiene sus secretos inasibles. Aceptar la tristeza es estar con todos y cada uno de los «testigos de una breve franquicia». Aceptar la tristeza es saber que «la ceniza no descansa jamás». Aceptar la tristeza es aceptar la orfandad, reconocerse como un «inmenso vagabundo intransitivo», y saber que en determinadas circunstancias:

el sol no podría

todo el sol

sus enormes tentáculos

no podrían

su corona encrespada

su vergel corrosivo

no podría

no puede

dar luz a ese hombre.

SIETE. Sobre el final del libro, la voz del poeta acusa los golpes, los más duros golpes, y se aleja de las pretensiones de encarnar el verbo divino o la divinidad del verbo. Baja a tierra. Aterriza. Ahora quiere hablar con los seres humanos. Quiere comunicarse con los dolientes. Y entonces, a su modo, nos transmite que aceptar la tristeza es también poner los pies en la tierra: un aprendizaje, un desengaño.

¿Y qué es lo que ha aprendido el poeta luego de este recorrido, de esta aceptación? Aprendió a respetar la muerte sin temerla. Aprendió a no quedarse paralizado ante la muerte. Aprendió a ver «el brillo de lo perdido / en el acto de perderlo todo». Esta es ahora su arte poética: con esa iluminación profana concluye el libro.

OCHO. ¿Qué puede aprender un lector al entrar en este libro? Yo, en particular, he logrado pensar con claridad que para poder compadecerse de verdad ante el dolor del otro, no se puede ser compasivo con la banalidad de las falsas promesas de felicidad de las que nadie se responsabiliza. Y me reafirmo en la idea de que el poeta no puede perdonar la palabra fácil, esa, que tan rápidamente se escurre:

en las tuberías

en los caños

en los desagües

ni una sola referencia acerca del destino.

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