La vida de la mente: entre la infancia y la juventud (de J. M. Coetzee)

El fin de semana leí el libro Infancia, de J. M. Coetzee. Ahora estoy con Juventud, que sería el segundo tomo de la trilogía de sus memorias.

De Infancia, aunque pueda resultar temerario para más de un promotor de la literatura infantil y juvenil, me atrevo a decir que es un libro apropiado para que lo lean niños y jóvenes que andan rondando la adolescencia, entrando o saliendo de ella.

Infancia, de J. M. Coetzee

Se trata una novela que recrea, en una sucesión de escenas al modo de aguafuertes, algunos años en la vida de un niño sudafricano. Un niño que, sin saber lo que le espera en el futuro, sabe, o cree saber, lo que él espera heroicamente del futuro: convertirse en un artista.

Un niño que sabe, o cree saber, lo que es la «normalidad», pero no se atemoriza viéndose a sí mismo como un «anormal». Un niño, en definitiva, que, a su modo y dadas sus circunstancias, «sabe» muchas cosas:

… Sabe cómo nacen los bebés. Salen pulcros, limpios y blancos del trasero de las madres. Así se lo contó su madre hace años, cuando era pe­queño. La cree sin ponerla en duda: es un orgullo para él que le contara tan pronto la verdad sobre los bebés, cuando a otros niños se les engañaba con mentiras.

Es una señal más de la cultura de su madre, de la cultura de toda su familia. Su primo Juan, que tiene un año menos que él, también sabe la verdad. Sin embargo, su padre se pone nervioso y refunfuña cuando se charla sobre los bebés y de dónde salen; lo que tan solo viene a confirmarle una vez más lo igno­rante que es la familia de su padre.

Sus amigos defienden una versión distinta de la historia: que los bebés salen de otro agujero.

En teoría sabe que hay otro agujero, en el que entra el pene y por el que sale la orina. Pero no tiene sentido que el bebé salga por ese agujero. El bebé, después de todo, se forma en el estómago. De modo que lo más sensato es que el bebé salga por el trasero.

En Infancia nos acercamos a la realidad (¿ficción, memoria?) de un niño que no huye de la complejidad ni de la conflictividad que la vida le presenta: ¿a dónde huir, hacia dónde?

Acercarse a este libro es acercarse a la vida de otros niños en otros tiempos y en otros lugares: y es que un caso particular, bien lo sabemos, puede representar el caso general (un niño, toda la infancia), así como la aldea pintada puede ser un retrato del mundo. Entrar en los pensamientos de este niño (llamémoslo John), compartir sus vivencias, sus búsquedas, sus preguntas, sus miedos, y también sus aficiones, es, sin más, entrar en el imaginario de la infancia, algo que, como se sabe, no es fácil. ¿Cómo es eso posible?: porque Infancia es literatura en su máxima expresión.

Juventud tal vez ya sea más compleja para un pre-adolescente. Pero un joven podría encontrar en esta otra novela cuestiones que hacen a esa edad en la que los conflictos de la infancia se condensan, se tensan y comienzan a chocar con los conflictos de una vida adulta de la que tampoco se escapa así como así.

Es delgado y ágil, pero al mismo tiempo es flácido. Le gustaría ser atractivo, pero sabe que no lo es. Le falta algo esencial, algún rasgo bien definido. Sigue teniendo un aire de niño. ¿Cuánto tiempo va a tardar en dejar de ser un niño? ¿Qué le va a curar de la niñez y lo va a convertir en hombre?

Lo que le curaría, si llegara, sería el amor. Puede que no crea en Dios, pero sí cree en el amor y en los poderes del amor. La amada, la señalada por el destino, será capaz de ver de inmediato más allá de su exterior extraño e incluso insul­so y percibir el fuego que arde en su interior. Mientras tanto, tener un aspecto insulso o extraño es parte de un purgatorio que tiene que pasar a fin de salir algún día a la luz: la luz del amor y la luz del arte. Porque será artista, eso ya hace tiempo que está decidido. Si de momento tiene que ser desconocido y ridículo, se debe a que el destino del artista es sufrir el ano­nimato y el ridículo hasta el día en que se revelen sus verdaderos poderes y quienes se burlan y se mofan de él tengan que callarse.

Hay en esta última novela unas líneas en las que me quiero detener, y con las que quiero culminar esta nota.

Se trata de un momento en la juventud del personaje (la novela está escrita en tercera persona: Coetzee habla de sí mismo como si fuera otro). Un momento particular: el joven Coetzee (¿el personaje, el autor?) está en una biblioteca (en Londres, en la del British Museum) investigando sobre la obra de un escritor inglés (Ford Madox Ford). El joven Coetzee está angustiado y aburrido, pero lee con una férrea disciplina toda la obra del inglés F. M. Ford. En un momento se detiene y reflexiona algo que me parece una pregunta (¿una respuesta?) muy pertinente para cualquier lector y escritor:

La vida de la mente, piensa para sí: ¿a eso es a lo que nos hemos dedicado, yo y esos otros trotamundos solitarios en las entrañas del British Museum? ¿Nos espera alguna recompen­sa? ¿Se disipará nuestra soledad, o la vida de la mente es en sí misma una recompensa?

«La vida de la mente». Darle vida a la mente. Para un joven, para un lector, para un escritor, para una persona quizás esa sea la clave cuando el mero hecho de seguir vivo significa mantenerse en tensión todo el tiempo, intentando no hundirse. Y también, por qué no, darle mente a la vida.

Luego vendrá el Verano.

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