El último tamanduá

Confieso que no tengo una mentalidad ecológica muy desarrollada en lo que respecta a la protección de las especies en vías de desaparición. Estoy enterado, eso sí, del modo en que el avance de la civilización capitalista y el crecimiento industrial ha ido exterminando especies, y de las muchas que hoy se encuentran amenazadas.

Confieso, también, que no soy de los que se “rasgan las vestiduras” por el maltrato a los animales. Las sociedades protectoras de animales no me incluirán en sus filas. Y no porque sea del todo indiferente a la muerte de animales indefensos, sino porque suelo dar más relevancia a otras cuestiones éticas, culturales y políticas, que considero de primer orden antes que la defensa de unos pocos (y muy interesadamente seleccionados)  integrantes del reino animal.

Nada de lo anterior impide que me alarme cuando me entero de algunos despropósitos humanos (económicos, industriales, irresponsables) que ponen en riesgo el equilibrio del ecosistema, barriendo como de un escobazo miles de especies animales o vegetales.

Y todo lo anterior no impide que me vea afectado cuando me entero del daño innecesario que se ocasiona a ciertos animales: por lo general, animales de esos con los que uno puede llegar a generar empatías.

¿Y cómo, y por qué, uno puede generar empatías con determinados animales? Pienso que en eso tiene algo que ver la literatura y las artes.

El repertorio popular de animales que protagonizan leyendas, fábulas, parábolas e historias (buenas historias) es muy amplio y diverso. En esas narraciones los animales actúan y hablan, casi, como humanos. Y digo casi, porque por regla general se ubican a medio camino entre la estupidez humana y la agudeza de los dioses. En la medida en que uno conoce esas historias —porque las leyó o porque alguien se las contó—, luego, transfiere a los animales una serie de sentimientos típicos de los que, en el uso de sus predisposiciones emocionales y morales, debería transferir a los humanos (a todos los humanos): para bien o para mal. En fin, como ya es sabido, el avance de la ilustración no está del todo reñido con la perduración de los mitos.

Por virtud de estos vínculos entre el arte y la realidad, la ilustración y la mitología, algunos animales ocuparán en el imaginario de las sociedades y las personas unos lugares más nobles que otros. Algunos se ganarán la compasión humana, mientras que otros cargarán con el repudio que, por naturaleza, seguramente, no se tienen merecido. Pero así parece que funciona el reparto de los afectos animales, y el de la animalidad de los afectos.

Todo lo anterior viene a cuento de una noticia que leí días atrás. Una noticia que encierra una coincidencia de esas que a uno lo dejan pensando en que, en algún lado, alguien mueve los hilos.

Resulta que yo estaba por encender un fuego para asar carne. Tomé unos diarios viejos y de pura casualidad leo una nota sobre estos temas de los que estoy hablando: los “animalitos de dios”, las especies en vías de extinción. Si no fuera por una cuestión estrictamente literaria, seguramente la nota me hubiera ayudado a encender el fuego para el asado. Pero como venía a cuento de otras cuestiones de mi interés, la recorté y la guardé. Así hice, porque la noticia está vinculada con ciertos asuntos personales (literarios, del escribir, digamos) de los que, de momento, no hablaré…

¿El hecho?:  se trata del registro de un oso hormiguero, un tamanduá, en el departamento uruguayo de Treinta y Tres, al noreste del país. Sucedió el 7 de noviembre de 2010. La noticia apareció en el diario El país, el día 13 de noviembre. Luego descubrí que la página web de la Intendencia de Treinta y Tres también anunció el avistamiento del último tamanduá.

Dejo aquí colgada la noticia tal como la recuperé del fuego. Y dejo, también, la promesa de volver sobre el asunto. Vale decir: ampliaremos.

El último tamanduá (cliquear para ver con mejor definición)

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2 thoughts on “El último tamanduá

  1. hola como les va no creo que sea el ultimo… yo soy guia de la quebrada de los cuervos normalmente no los vemos porque pasan arriba de los arboles no bajan muy a menudo es probable que muchos hemos cruzado muy cerca de ellos sin darnos cuenta aunque tampoco hay gran cantidad bueno un abrazo….

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