Devuélvanme mis libros | ¿Para qué escribimos? (II)

Escribir libros que duren en el tiempo. Libros que no viajen en cajas desde la imprenta a la editorial, de la editorial a la librería, de la librería (sin salir de las cajas) de vuelta a la editorial, de la editorial al depósito y, de ahí, vuelta a la pasta de celulosa: materia muda del origen de esos libros que pasan por el mundo en una estela de inopia y de secretos.

Escribir libros para un aquí y ahora insospechado, y no para la muda ucronía del comercio instantáneo y los descuentos.

Escribir libros para que alguien los descubra alguna vez en una biblioteca, en una página web, en el porfiado anaquel de una librería, en las mesas de una feria (donde el tiempo parece detenerse entre las más extrañas encuadernaciones) o en las manos de un lector que viaja en ómnibus, yendo o volviendo.

Escribir libros para que su escritura termine en la lectura atenta de una persona: esa consumación de lo escrito.

Escribir libros dignos de ser libros. La vanidad no excusa la porfía del papel ni tampoco los bits del trasto inconveniente.

Escribir libros que valgan la pena. Y si no, dejar de escribir libros.

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