El dolor no nos sigue: camina adelante.
Antonio Porchia
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Le gustaban las historias de emigrantes. Esas historias donde ocurren pequeñas casualidades que definen grandes destinos: un encuentro aquí, un desencuentro allá. Por ejemplo, esa mujer, su abuela, procedente de Riazán, que tras un largo viaje, perdida y desfalleciendo por estas tierras del sur, reconoce en un puerto del río Negro a una antigua vecina de su ciudad natal, gracias al tipo de bordado de su pañuelo. La antigua vecina le da hospedaje y ella se radica aquí, en este territorio, donde vivirá hasta el final de su vida.
Sí, le gustaban esas historias donde casualidades pequeñas, ínfimas, salvaban a los protagonistas en una situación acuciante y les definían un destino o les regalaban una vida nueva. Él pensaba que ese recurso narrativo, el de las casualidades, a menudo utilizado como fórceps para resolver el entramado de una ficción, solo era válido para las historias de emigrantes. Historias contadas como testimonios biográficos, donde el protagonista es el narrador y su viva voz es una prueba inmediata de la verdad del relato: «Gracias a esa casualidad, aquí estoy», podrían concluir esos relatos, al modo feliz en que terminan muchas historias.
Le gustaban esas historias, sí. Aunque la suya no fuera de esas; aunque la suya nunca sería de esas.
Nikolái había nacido en el pueblo de San Javier. Era uno de los tantos descendientes de inmigrantes rusos que fundaron esa pequeña colonia a orillas del río Negro. De ellos había heredado el pelo rubio enmarañado, los ojos brumosos, el idioma de Chejov, algunos conocimientos de agricultura, dos o tres secretos de la cocina tradicional, el gusto por elaborar el kuaz y un samovar de latón que en alguna época, ahora remota, había sido utilizado para servir el té y para mantener caliente la cocina de la casa durante las noches de invierno.
Vivía en los ejidos de la colonia San Javier y trabajaba una huerta de su propiedad, en una pequeña parcela de tierra. También tenía algunas vacas, de las cuales sacaba, además de la leche, una exquisita ricota que su mujer vendía en el pueblo puerta a puerta. Con eso y poco más, él y su familia se las arreglaban. La vida era dura, pero Nikolái no se quejaba.
Lo peor que podía sucederle era enfermarse; y eso fue lo que le sucedió a inicios de abril, cuando terminaba el verano y comenzaban los fríos. Al principio fue un dolor tenue, ubicado abajo del costillar. Días después pasó a ser una puntada importante que no le permitía enderezar la espalda. Se quejaba como si tuviera clavada una estaca a la altura del riñón. A instancias de su mujer, y cuando el dolor ya lo desbordaba, resolvió ir a ver al médico.
El sábado por la mañana, Nikolái fue hasta la colonia para visitar al doctor, otro descendiente de inmigrantes rusos, que era amigo de él desde las épocas de la escuela y que tenía su consultorio cerca de la plaza céntrica del poblado.
Tras auscultarlo detenidamente, el médico le indicó reposo. Le explicó que el suyo podía ser un simple dolor lumbar, resultado del trabajo en la quinta, o, en el peor de los casos, algún cálculo en los riñones, lo cual no descartaba de momento. Había que esperar unos días para ver cómo evolucionaba.
Le recetó unos analgésicos potentes y le aconsejó que, por prevención, tomara té de quebra pedra, tres o cuatro tazas por día. Más adelante, si el dolor persistía, le mandaría hacer unos análisis al sanatorio de la capital.
Cuando terminó la consulta, Nikolái, bajando la voz, temeroso de que alguien lo escuchara, le dijo al médico que los militares del batallón habían estado de nuevo merodeando por las afueras del pueblo vestidos de civil. Él los reconocía a la vista, poco discretos, inconfundibles. «Algo están preparando», dijo.
El médico, bromeando, le respondió que cuándo habían dejado de merodear; y esbozó una sonrisa, como si a esas alturas él ya estuviera a salvo, inmune para siempre, ante esa forma difusa de un terror que parecía atravesar continentes y siglos. El mismo terror que había perseguido a sus antepasados en la lejana Rusia. El mismo terror que los había conducido hasta allí, hasta ese poblado con calles de tierra, que extendía las casas a lo largo de unas doce cuadras frente al río. Un pueblito donde solo se destacaban la escuela y el cine entre las filas de casas, alineadas y parejas. Un pueblo donde resultaba inoportuno el declive de los techos, que respondía a una forma tradicional de prevenir las nevadas, algo que en el clima de esta parte del mundo solo podía ser una amenaza para la castigada imaginación de los emigrantes recién llegados.
Nikolái, que pensó que con advertir al médico ya había sido suficiente, asintió a su comentario sin aprobarlo: prefería no bromear con esas cosas. Cuando ya se levantaba para irse, invitó al médico, si quería y si podía, para que fuera de tarde a su casa a jugar a la conga. El médico se excusó. Le dijo que estaba un poco cansado y que últimamente, con el bebé en la casa, las ocupaciones habían aumentado, así que no tendría tiempo para irse de barajas por ahí. Nikolái aprovechó el comentario y le preguntó cómo estaban su mujer y su bebé. «Están muy bien», respondió el médico, y volvió a sonreír. Esta vez, a diferencia de la anterior, se sonrió de veras.
Ya en el zaguán del consultorio, la puerta de calle abierta, el médico asomó la cabeza, miró hacia fuera e hizo un rastreo de la cuadra. Nikolái adivinó, en la mirada alerta del médico, que aquellos ojos también tenían miedo. Más allá de las palabras seguras y de la risa confi ada que había esbozado antes, el temor vibraba en su mirada como un hilo tenso rasgado por el viento. Nikolái conocía ese miedo. Todo el pueblo lo conocía.
Cuando se despedían, el médico, palmeándole el hombro a Nikolái, le sugirió que pasara por lo de la tía Lyuba para que ella le explicara cómo preparar el té de quebra pedra. Le dijo que ella podía suministrarle esos yuyos y hasta quizás lo convidaba con una taza de té caliente, porque seguro tendría el samovar encendido: «Ha de ser la única mujer en el pueblo que aún conserva un samovar», dijo el médico, entre sarcástico y orgulloso de ella.
A Nikolái le hubiera gustado responderle que él también tenía un samovar, y que si bien no lo usaba como Lyuba, lo conservaba en un baúl donde guardaba los recuerdos de sus ancestros. Le hubiera gustado decir que estaba seguro de poder hacer funcionar aquel viejo samovar de latón. Eso pensó, pero nada dijo, pues no quería quedar como presuntuoso ante el médico.
Tras ir por lo de Lyuba para recoger los yuyos, Nikolái volvió para su casa. El resto del sábado lo pasó acostado. Durmió, leyó, escuchó música en la radio. Guardó reposo. El dolor persistía, pero haber visitado al médico le había dado confianza.
El domingo se levantó temprano. Anduvo inquieto, dando vueltas por la casa sin hacer nada preciso. A media tarde, aunque no estaba repuesto del todo, se propuso poner en funcionamiento el samovar para preparar su té de quebra pedra. La mujer intentó disuadirlo, pero él se empecinó. Sacó el samovar del baúl, lo limpió con esmero, le dio lustre con un paño, lo revisó pieza por pieza, comprobó que estuviera en buenas condiciones. Luego le pidió a su mujer que le trajera un poco de leña cortada en pedazos pequeños. Con esfuerzo, ya avanzada la tarde, logró encender el fuego en el hornillo del samovar.
Esa noche, Nikolái, su mujer y sus dos hijos, en la cocina de la casa, sin proponérselo, asistieron a un viejo ritual. La familia se había sentado alrededor de la mesa de madera, que estaba cubierta por un mantel blanco bordado. Colocado en el centro de la mesa, el samovar espejaba en su cuerpo bruñido una ceremonia sagrada. Una ceremonia que, de algún modo, en la oscuridad de la noche y en el secreto del hogar, le daba continuidad a una solidaridad ancestral, la cual, a través de los destellos del samovar, parecía redimir el sufrimiento incomprensible de una estirpe.
El aire de la cocina se fue calentando con la gentil aspereza de aquella liturgia familiar. Los niños cenaron y se fueron a acostar. Luego de tomarse su té de quebra pedra, Nikolái destapó una botella de kuaz y sirvió un poco en un vaso de cerámica. Su mujer, mientras tanto, tostó unas semillas de girasol para acompañar el trago. Los esposos se quedaron solos en la cocina. Estaban en silencio, como si temieran romper con sus voces ese manto de recogimiento que el calor del samovar había extendido contra el frío de la noche. Cuando el fuego del hornillo comenzaba a apagarse, ellos también se fueron a acostar.
A la mañana siguiente, Nikolái no fue a trabajar a la huerta. Se sentía mucho mejor. El dolor había cedido casi por completo, pero no quiso arriesgarse a una recaída. Se quedó en su casa dando vueltas sin saber qué hacer. Su mujer estaba en la cocina y sus hijos hacían la tarea domiciliaria para llevar a la escuela. Lo veían ir y venir del dormitorio a la cocina, de la cocina al galpón del fondo, del galpón al comedor.
Nikolái no estaba acostumbrado a ese vagabundeo ocioso. Necesitaba algo para hacer. Cuando finalmente se decidió a preparar unas semillas de calabaza que quería cultivar en la próxima temporada, en el momento que se disponía a eso, un vecino tocó a la puerta con golpes fuertes y llamándolo a gritos.
Nikolái le abrió y le dijo que pasara, pero el hombre no quiso entrar. Estaba muy nervioso. A media voz, pero lo suficientemente alto como para que lo escucharan quienes estaban en la casa, le avisó que la noche anterior los militares habían hecho una redada en el pueblo. Se habían llevado a varios hombres. Entre ellos, al médico. Pero eso no era lo peor. En la mañana, hacía apenas un rato, le habían comunicado a la esposa del médico que este se había muerto de un infarto. Se murió en el cuartel, adonde habían llevado a los hombres. Toda la gente del pueblo estaba asustada y conmovida, pero nadie sabía qué hacer.
«Asesinos», dijo Nikolái.
«Asesinos», lo escucharon decir su mujer y sus hijos. El vecino se dio la vuelta y se fue antes de oír más nada.
Nikolái cerró la puerta y, tambaleándose, se dirigió hacia la cocina. La mujer y sus hijos lo miraban. Le temblaban los brazos y las manos. Entonces, en un arrebato, que podía ser tanto de dolor como de ira, Nikolái fue hasta la mesa de la cocina, tomó el samovar, salió con él hasta el fondo de la casa donde estaba el leñero y con un hacha lo golpeó una, dos, diez veces, hasta destrozarlo.
Cuando el samovar no era más que un bagazo inútil, Nikolái se detuvo. Alzó su rostro al cielo y respiró hondo. Desde la ventana pequeña que daba al fondo de la casa, los niños pudieron ver cómo corrían las lágrimas por las hendiduras del rostro de su padre.
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El cuento La ceremonia obtuvo el Segundo Premio en la categoría Cuento Breve del Concurso “Roslik en su tiempo” convocado por la Dirección de Derechos Humanos del Ministerio de Educación y Cultura y el Centro Cultural y Museo de la Memoria (MUME).
Germán Machado, Montevideo 2009.
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El tiempo encapsulado en el mundo de aquel universo deja llegar sus astillas cortadas, partidas por el miedo administrado por el hacha, miedo que rompía la ceremonia cotidiana de los humanos. La habitación del tiempo deja su lugar al cual volvemos, la habitación cobija algo de nosotros. Volodia en sus ojos nos regalaba cielos de inocencias que él encontraba en las flores amarillas de los girasoles. Un reconocimiento al autor del relato que sigue paso a paso el nacimiento de las astillas del tiempo roto.
Gracias, Jorge por tu comentario, y por ese reconocimiento. Saludos.