“Encuentro con Flo”: novela de Laura Escudero

Al final del libro El hombre unidimensional, Marcuse estampa una cita de Walter Benjamin que dice: “Sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza”. Pienso en esa frase y entiendo que allí adonde hay un vacío, los humanos tienden a llenarlo con lo que falta. La constatación de una ausencia exige la necesidad de ser compensada por la presencia correspondiente. Pienso en eso, y luego de la lectura de la novela de Laura Escudero, Encuentro con Flo, fuerzo un par de paráfrasis de esa cita: “sólo gracias a aquellos sin memoria nos es dado el recordar” y “sólo gracias a aquellos sin identidad nos es dado el autorreconocimiento”.

El título de la novela arroja las primeras pistas de lo que vamos a leer: se trata de un encuentro. Esta palabra, “encuentro“, es una de esas palabras maravillosas de nuestro idioma, pues tiene en sí la capacidad de definir dos cosas completamente opuestas: un “encuentro” es la coincidencia, la entrevista y el hallazgo de las cosas o las personas entre sí, pero también es la oposición, la contradicción, la pelea, la riña, la disputa de una contienda. De ese modo, la palabra “encuentro” nos habla de cómo aparece lo que no está en lo que está, de cómo se llenan los vacíos: la esperanza en la desesperanza, la memoria en la desmemoria, la identidad en la enajenación. Eso, en definitiva, es lo que narra esta novela en la que una niña, Julieta, que está entrando en su adolescencia, procesa su “encuentro” (choque primero, coincidencia luego) con su abuela materna, Flora, quien luego pasará a ser Flo.

Flora… esa abuela que había visto algunas veces y casi ni conocía. Esa señora arrugada que no lograba recordar su nombre y le decía Paula, Raquel, Anita… (¿Por qué “Anita”?) Esa vieja lenta que hacía rezongar a su tía, quien la retaba y la retaba porque no entendía nada de lo que explicaba.

(p.7)

La abuela padece el mal de Alzheimer. Un buen día, sin previo aviso, la madre de Julieta, por una necesidad circunstancial, instala a la abuela Flora en el departamento en el que vivien, más específicamente en el dormitorio de la niña, ese lugar propio de ella, ese reducto donde se permite pensar y refugiarse de los avatares de una vida familiar moderna bastante caótica (familia recompuesta, ausencia del padre, madre inestable emocionalmente, un medio hermano pequeño, etc.). En una primera instancia, cuando las fuerzan a convivir, la nieta se horroriza y se molesta con su abuela. Hay una pregunta que se hace Julieta frente a esa circunstancia particular que es clave: “¿Cómo pueden terminar juntas dos personas porque no caben en otro lugar?“. Y es que así como la abuela perdió su lugar en el mundo, dada su enfermedad, también Julieta se siente desplazada, sin espacio, no perteneciente en el “caos” de su mundo inmediato. Entre esa nieta y esa abuela, supuestamente ubicadas en las antípodas de los procesos vitales, estará eso en común: el no caber en ningún lado. Eso, y se verá luego, unas cuantas cosas más.

"Encuentro con Flo", de Laura Escudero, 2005. Ilustración de portada de Gustavo Aimar. Editorial SM, Argentina.

“Encuentro con Flo”, de Laura Escudero, 2005. Ilustración de portada de Gustavo Aimar. Editorial SM, Argentina.

En determinado momento, la relación inicialmente forzada y tensa entre Julieta y Flo se abre a un vínculo nuevo, o dicho de otro modo, da espacio para la construcción de una relación filial y matricial de ida y vuelta entre “la vieja” y la niña. La nieta buscará en la desmemoria de su abuela la propia memoria de sus raíces, buscará saberes nuevos a partir de los cuales podrá reflexionar sobre la identidad de su carácter, sobre la construcción de un propio modo de estar en el presente, estar en el mundo. A la vez, la niña irá devolviéndole a la abuela algunos fragmentos de su memoria perdida, restituyéndole así su propio lugar. Esto sucede a partir de la lectura que hace Julieta de unas cartas que la abuela trajo consigo guardadas en un cofre. Lectura que la niña irá haciendo para su abuela y para sí. Son conmovedores, en el relato, los momentos en que Julieta, luego de la lectura de la primera carta, logra “humanizar” a su abuela, y cómo reacciona Julieta, luego de la lectura de la segunda carta, pasando a una acción decidida en el “cuidado” de Flora.

A partir de la lectura de las cartas, Julieta tendrá el objetivo de reconstruir la historia de su abuela: saber quién era, quién es, esa “vieja”, y descubrirá en ella a “la señorita Flo”. Son cartas que su abuela escribió cuando tenía más o menos la misma edad que Julieta y buscaba su lugar en la familia, en la sociedad y en el mundo. Son cartas que cuentan una historia adentro de otra historia. Pero no están puestas en la novela de forma aleatoria. Las cartas, y la “investigación” que comienza a hacer Julieta sobre la historia de su abuela a partir de ellas, van dejándose leer para dar cuenta de la evolución del vínculo entre Julieta y Flora, por un lado, y entre Julieta y su mundo inmediato, por otro. Mundo inmediato en el que aparece un personaje secundario, José, un chico que ingresa al colegio de Julieta proveniente de otro ámbito y con características bien diferentes a la de los chicos con los que ella se venía relacionando en su curso. José es para Julieta el descubrimiento de que se puede vincular con “un otro” no perteneciente a su mundo más cercano, y avanzar a partir de ello en el descubrimiento de sí. Algo similar a lo que le sucede con el descubrimiento que va haciendo de la historia de su abuela al leer las cartas. Hay un paralelismo excelentemente construido, en clave de misterio, de suspenso y hasta de aventura, entre la historia de la abuela que aparece en las cartas y la historia del vínculo entre Julieta y José. Este paralelismo nos lleva a ver que la historia ya no tematiza un solo “encuentro”, sino que es la suma de varios “encuentros” que se dan a partir de las búsquedas que desarrolla la niña.

Los conflictos que manifiesta Julieta a lo largo de la novela son los propios de su edad: qué querer y qué no querer; detestar algo en el mismo momento en que eso genera atracción y curiosidad; la tensión entre pasar desapercibida al intentar igualarse con sus pares o buscar su ser diferente, su personalidad exclusiva, su unicidad auténtica al confrontar con ellos; querer saber cómo son realmente nuestros progenitores y cómo nos condicionan las historias y las situaciones de nuestras familias en relación con un destino personal o con unas posibilidades de acción decididas para cada uno de nosotros. Pero Julieta no es un estereotipo de la adolescencia. Lejos de eso, la historia está narrada de manera tal que nos presenta los conflictos de este personaje central según las necesidades narrativas que la novela exige. Los conflictos de Julieta se desarrollan siguiendo punto por punto la tensión dramática de la historia particular, y no con el mero afán de abordar un prototipo adolescente, sino con la calidad y la calidez de contar una historia en profundidad. Julieta, en su enfrentamiento con esos conflictos, a medida que avanza la historia, se transforma en un personaje tan entrañable como creíble. Y la historia avanza al ritmo que pauta un encuentro entre la nieta y su abuela enferma de Alzheimer, con las peculiaridades y limitaciones que esta enfermedad conlleva:

A veces, la abuela Flora mira un poco para afuera y trata de hablar, pero parece que los recuerdos se le mezclan. Las palabras se le destejen y va perdiendo los puntos hasta que se queda muda otra vez, perdida, sin encontrar a nadie del otro lado de lo que está diciendo o de lo que quiere decir.

(p. 14)

Uno podría verse tentado a decir que esta novela tiene en la enfermedad de Alzheimer un “tema”. Que la autora quiso abordar ese “tema” y ponerlo arriba de la mesa para su tratamiento. En parte lo hace, claro que sí, y con mucha destreza y sensibilidad. Pero quedarse en eso es recortar groseramente la densidad literaria que la novela conlleva. Y es que el Alzheimer, tal como está tematizado, opera aquí como una metáfora de la búsqueda de identidad que hace Julieta en ese momento vital en el que se encuentra. También Julieta “mira un poco para afuera y trata de hablar”, también a ella “las palabras se le destejen” cuando actúa, también a ella le sucede eso de no “encontrar a nadie del otro lado”, al menos, hasta que al final se “cierran”, relativamente, todas las tramas de este Encuentro con Flo. Y escribo “relativamente”, porque tal como se dice en el momento de desenlace de la historia:

…las cosas no son definitivas… La cabeza de Julieta no podía parar. Armaba y desarmaba los juegos de sentidos. Y con toda facilidad movía a Flora como comodín. Ella misma cambiaba de posición todo el tiempo en un baile loco de posibilidades… Ella misma era parte de todo y de aquel cumplimiento de sueño postergado o actualizado o renovado.

(p. 151-152)

Por último, y no menos importante, cabe agregar que la pulcritud poética de la prosa de Laura Escudero confirma en la lectura de esta novela un cuidado especial que pone la autora en el tratamiento de cada palabra, de cada frase, de cada párrafo, de cada expresión bien ajustada para que la escritura apunte a la construcción de un conmovedor encuentro con la intensidad de la mejor literatura: hallazgo de la belleza, oposición al mundo, vertiginoso tiempo de los descubrimientos. La novela es particularmente loable en este aspecto.

Con esta novela, Laura Escudero ganó el 4º. Premio Barco de Vapor en 2005 y también el Premio Destacado de ALIJA en el mismo año, contribuyendo, seguramente, a prestigiar ambos premios. Más que recomendada su lectura.

De las formas de leer un libro-álbum: “Eloísa y los bichos”

Hace un año me detuve en un stand de la Feria del Libro de Buenos Aires y, allí, de pie, con el gentío pasando a mi lado, leí este libro, Eloísa y los bichos, de un tirón. “Muy bien logrado”, me dije. Registré el título en mi cabeza, y seguí recorriendo la feria.

Leer “de un tirón” fue pasar las 40 páginas encuadernadas deteniéndome apenas en las líneas del texto escrito por Jairo Buitrago: nunca más de una línea por página, linea enmarcada en una franja de un centímetro de alto, franjas sangradas al borde en el margen inferior derecho de las páginas impares (ubicadas a la derecha del libro). Las líneas de texto son de una brevedad contundente. A manera de ejemplo, en la primera doble página del libro tan solo está escrito: “No soy de aquí”. Cuatro palabras, nada más.

Así leí el texto. Fue rápido, claro. Y casi que no me detuve en las imágenes, aunque las repasé para mirar cómo se articulaban con el texto. Esa fue una forma de leer este libro. Una forma que de inmediato me alertó que debía volver sobre él de manera más detenida, de otra manera.

"Eloísa y los bichos", de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, edición argentina de Calibroscopio y Babel (2009, 2013).

“Eloísa y los bichos”, de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, edición argentina de Calibroscopio y Babel (2009, 2013).

Hace unos días conseguí Eloísa y los bichos en Buenos Aires. Calibroscopio Ediciones lo co-editó este año junto con la que fue su editorial original en el año 2009: la colombiana Babel Libros. Y esta vez me lo llevé para leer de una forma que puede resultar bastante extraña. Con una tarjeta de papel iba tapando las líneas del texto y me concentraba en leer, con calma, despacio, minuciosamente, las ilustraciones de Rafael Yockteng. Leía esas ilustraciones —donde el color resalta y multiplica sentidos, donde la cantidad de detalles trabajados le dan al conjunto un carácter de realidad fantástica muy lograda, donde los motivos resultan con una kafkiana naturalidad— y trataba de recordar de qué iba el texto del libro, aquél texto que tanto me había impresionado en la primera lectura: la hecha de un tirón al pie del stand en la feria.

Algunas partes las recordaba, y también recordaba el tema general: el desplazamiento de las poblaciones en los procesos de inmigración y las dificultades de la niña, Eloísa, y de  su padre para adaptarse en un nuevo medio social: la ciudad, cualquier ciudad. Pero la lectura de las ilustraciones me dio mucha más información que la que me daba el texto, y eso es lo más interesante en este juego de lecturas casi que separadas entre ilustraciones y texto.

"...como un bicho raro". Ilustración interior del libro "Eloísa y los bichos".

“…como un bicho raro”. Ilustración interior del libro “Eloísa y los bichos”.

La historia es la de una niña que tiene que crecer y madurar lejos de su gente más querida. Una niña que, además del desplazamiento territorial (¿forzado?) sufre un estado de enajenación y se siente, y se percibe, como viviendo rodeada de bichos (por lo general bastante desagradables: insectos y algún que otro gusano dibujados a la misma escala que la protagonista). La niña, finalmente, se adapta a esas nuevas circunstancias, pero hace el descargo de su memoria de manera tal que a los lectores nos termina por resultar muy exacto el juego de las metamorfosis que se refleja fundamentalmente en las ilustraciones. Leer solo las imágenes me permitió entrar de una manera mucho más sensible en el proceso de enajenación que implica la pérdida del lugar propio (el territorio original) de la niña, además de la pérdida de la madre. Y así, también, me permitió ver (leer) como se va dando paulatinamente el proceso de reversión de esa situación: mientras que al inicio Eloísa se cree una niña única rodeada de “otros extraños” (los bichos), solo acompañada por la figura humana de su padre, en determinado momento comienzan a aparecer otros seres humanizados en las ilustraciones, al punto que al final solo hay un bicho entre los humanos que rodean a Eloísa.

Una última lectura, para preparar esta reseña, me deja convencido de lo bien articulado que están las ilustraciones y el texto para construir este libro conmovedor y movilizador. En este blog hemos discutido en otras oportunidades sobre el carácter del libro-álbum, intentando construir algo así como una taxonomía del “género”: considero que este Eloísa y los bichos de Buitrago y Yockteng es un muy buen ejemplo de esa categoría de libros. El libro obtuvo varios reconocimientos internacionales (entre los cuales, nada menos que el White Ravens de la Internationale Jugendbibliothek de Múnich). Queda entonces muy recomendada su lectura.

Ficha bibliográfica:
Eloísa y los bichos 

Texto: Jairo Buitrago
Ilustraciones: Rafael Yockteng
40 páginas
Edición original: Colombia, 2009
Co-edición argentina: Calibroscopio – Babel Libros, Argentina, 2013

Ayer me escribió Paula Bombara, y bueno, eso, “Nada”: una carta

Cada vez creo más en que un libro culmina recién cuando lo lee un lector. Las lecturas son múltiples y entonces los libros tienen distintos fines, múltiples destinos. Cada lector hace su lectura, y la hace desde su propia experiencia. Y sin embargo, a veces, muy de vez en cuando, me sucede que cuando termino de leer un libro siento que no lo puedo completar, que no lo puedo cerrar, que no lo culmino si no hablo de él con alguien; si no intercambio pareceres, si no lo discuto, si no comparto la lectura. Me sucede eso con aquellos libros que me impactan de manera tal que no puedo terminar de procesarlos en solitario.

Eso fue lo que me sucedió con la novela Nada“, de Janne Teller. Terminé de leerla y sentí que no podía quedarme solo con mi lectura.

"Nada" (título original en danés: Intet), de Janne Teller, Editorial  Seix Barral.

“Nada” (título original en danés: “Intet”), de Janne Teller, Editorial Seix Barral.

Entonces le escribí a algunos amigos y amigas, y los incité a que la leyeran. Los intimidé, casi. Les preguntaba si pensaban que era una buena novela para jóvenes (en algunos lugares fue censurada); les preguntaba si acaso a ellos los entusiasmaría tanto como a mí. Por suerte todavía me quedan amigos y amigas que me dan bola con estas cosas, que me siguen en mis entusiasmos y dilemas de lector, que me acompañan. Uno de esos amigos es Marcos Taracido, con quien hablamos por ahí de la novela. Otra de esas amigas es Paula Bombara. Y he aquí lo que ella me escribe a propósito de su lectura de “Nada“. No agrego nada más a sus palabras. Lean su carta. Después lean la novela. Y después la seguimos.

Querido amigo,

Sé que esto irá a tu blog y será leído por gente que no me conoce pero elijo este formato de carta porque, luego de cavilar varios días sobre el modo de abordar un comentario a esta novela, finalmente creo haberlo encontrado.

Como habrás adivinado, terminé de leer “Nada“, de Janne Teller y a la pregunta de rigor debo contestar que sí, que creo que los jóvenes deben leerla.

Por otro lado, a la otra pregunta de rigor, no sé si el verbo “gustar” se ajusta a lo que sentí. No sé si me gustó la historia en sí misma pero me hizo pensar en tantas cosas que te agradezco el haberme dicho tan enfáticamente que tenía que leerla.

Ya en tu diálogo con Marcos Taracido dicen mucho sobre el nihilismo y la progresión dramática del texto. (¡Aprendí con ustedes ahí!) Yo fui por otro camino y antes que nada pensé en por qué a vos te resonó el clima de mi “Solo tres segundos” en esta novela. Me parece que el punto de aproximación es por oposición: ¿dónde está la amistad como significado de la vida en “Nada“? Hay amigos entrañables en esta novela, hay amistad, pero no se cuestionan encarar a Pierre por ese lado. Es el quehacer productivo de la vida lo que no importa para Pierre. Pero a mí se me hace evidente que él quiere llamar la atención y generar una reacción porque hay algo que está gritando desde su árbol y es que está solo. La amistad importa. Importa tanto cuando se tiene y se pierde, como cuando se tiene y se la cuida, como cuando no se tienen amigos y se detesta al mundo por eso.

Nadie se acerca a Pierre salvo para decirle que baje del árbol al que se trepó. Nadie se sube a ver el mundo desde ese ciruelo y ya. ¿Por qué Janne Teller, cuando oyó la voz de Pierre en su interior reclamando que nada importa, eligió irse hacia la nada productiva en lugar de hacia la nada emocional? ¿Será que sí pensó en eso, pero luego los personajes la llevaron por otro rumbo? ¿Cómo piensan, viven, sienten, los jóvenes en Dinamarca? ¿Cómo los afecta el sol, el frío, la noche? ¿Se abrazan, se besan, se tocan? Yo sé apenas algo de los jóvenes de Argentina, donde, la amistad, la calidez y la proximidad corporal con que se tratan chicos y chicas está lejos de ser “nada”.

Al comenzar a leer esas frases desesperantes del comienzo (“Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo“) que dice Pierre, se me planteó el abismo de lidiar con un personaje que, confieso, me resultó irresistible. ¿Cómo es que ninguna chica está enamorada de él al punto de subirse a una rama? ¿Cómo es que no se suben todos al árbol y desesperan desde ahí al mundo de los adultos? Con el correr de la novela comencé a creer que, en realidad, Pierre no existe. Pierre es la voz colectiva de un grupo desencantado de la vida. Pierre les muestra un camino de rebelión posible que todos intentan ignorar pero no pueden.

Pero no es Pierre el personaje que me fascinó en esta novela sino Sofie. Ella es quien aporta el escenario y la idea primaria de lo que harán: juntar objetos que signifiquen. Y ante la cuestión sobre cuáles son las cosas que sí importan dice “Finjamos, sólo“. Yo aquí creo, querido Germán, que ese “finjamos” tiene mucho de lo no-dicho. Y en “Nada” creo que lo que más significado tiene es lo que no se dice. ¿Cuántas veces “fingimos”, jóvenes y adultos, que lo que sucede en nuestra vida social/personal/profesional no nos importa y luego nos descargamos la angustia en la ducha por lo que otros verían como una nimiedad, un “no fue nada”?  La escalada dramática comienza con ese “Finjamos, sólo“.

Deteniéndome en eso que los jóvenes construyeron, “el montón de significado”, para demostrar a Pierre que hay “cosas” que sí valen la pena, hice una secuencia que quizás traiciona el misterio a aquellos que no leyeron la novela pero que se me hace necesaria a partir de este punto. Si no te parece, quitala sin pruritos, confío en tu criterio:

-los libros de Dungeons Dragon de Dennis

-la caña de pescar de Sebastián

-el balón negro de fútbol de Richard

-los pendientes de cacatúa africanas de Laura

-las sandalias verdes de plataforma de Agnes

-el hámster de Gerda

-el telescopio de Maiken

-la bandera -Dannebrog- de Frederik

-el diario de lady Guillermo

-el certificado de adopción de Anna-Li

-las muletas nuevas de Ingrid

-la serpiente en formol de Henrik

-los guantes de boxeo de Ole

-los restos del hermanito muerto de Elise

-el pelo de Rikke-Ursula

-la alfombra de rezos de Hussain (y la paliza que le da su padre por perderla)

-la bicicleta amarilla del gran Hans

-la “inocencia” de Sofie

-el Jesús en la cruz -que tiene que robar de la iglesia- el piadoso Kai

-la cabeza de la perra Cenicienta decapitada por la guapa Rosa

-el dedo índice de Jan-Johan

Y fijate que es Sofie la única que pierde algo intangible y que recibe dentro de sí la violencia de todos (la del gran Hans al ser penetrada, pero la de los demás en la voz de una de sus amigas cuando dice “Seguro que quiere hacerlo otra vez“). La misma Sofie que provee el lugar secreto de las reuniones, la que más insiste en que el montón de objetos significa, la que no soporta ver lo logrado transformado en mercancía, la que enloquece. Este personaje es el corazón de mi visión de esta novela, es potente en su entrega, en su pérdida, en su violencia, en su locura. Sofie es, para mí, la contracara de Pierre. Ese torrente que encarna Sofie es la vida y desde este punto de vista, el final de la novela se hizo previsible para mí. Me encanta imaginar que Sofie está secretamente enamorada de Pierre y de ahí el ímpetu en intentar demostrarle que sí hay algo que tiene sentido. Algo intangible que podemos poseer aunque nuestras pertenencias sean un gran cero repleto de deseos o nuestro futuro sea de una incertidumbre oscura.

Intet (Nada): Tapa original de la novela editada en Dinamarca

Tapa original de la novela editada en Dinamarca

Si la voz de Pierre hubiera sonado dentro de mí, yo jamás podría haber escrito la novela “Nada“. No se me hubiera ocurrido ir por la vía de lo material. No podría haber dejado solo a Pierre gritando desde su ciruelo. Por suerte Janne Teller sí pudo. Gracias a ella lo no-dicho viene encontrando canales para expresarse. Para mí eso es lo sustancial en este texto: lo que no está allí y por eso mismo nos genera angustia y vacío interior.

Querido Germán, esto no es más que un montón de palabras alrededor de otro montón de palabras. Sin embargo, el que te hayas tomado el tiempo para decirme una, dos, tres veces que leyera esta novela, el tiempo que yo dediqué a leerla y a pensar en ella, el breve intercambio donde me pediste que escribiera lo que pensaba y esto mismo que acabo de escribir para vos y para tu blog, son los actos que le dan un significado especial a esta lectura. Sin embargo, si me agradecieras por lo hecho, te respondería, “de nada” (y, volviendo a Teller, al responderte de ese modo, estaría “fingiendo, sólo”, para minimizar lo emocional que ambos hemos puesto en juego en este intercambio, para que eso se convierta en materia intangible de la que no se habla, ¿no crees?).

Abrazo y gracias a vos por acercarme a esta novela. Ya sé, también dirás “de nada”.

Pau

No te digo que no: a propósito de “Flor de Loto, una princesa diferente”, de María Florencia Gattari

La historia que se narra en la última novela de María Florencia Gattari, “Flor de Loto, una princesa diferente“, se inicia con una profecía que anuncia el día en que llegará una princesa diferente para reinar en las Tierras de sí o sí. Pero la profecía no tenía en cuenta el hecho de que, para algunos, en particular para los médicos de la corte, los bebés, cuando nacen, son todos iguales. La profecía no se cumplía de ningún modo. Entonces, la reina Nenúfar descubre otra versión de la profecía y, cuando nace su hija, Flor de Loto, es fácil darse cuenta de que ella es la princesa anunciada, la princesa diferente.

La reina “que durante tantos años se había desempeñado con firmeza en el gobierno de esas tierras difíciles” está orgullosa de su hija, pero hay algo que la inquieta: ¿cómo criar a una princesa destinada proféticamente a ser diferente?

La reina se preguntaba si estaba cuidando todo lo bien que se podía a su heredera, y no era por cariño de madre únicamente: lo suyo era también una responsabilidad de Estado.

Esta novela está destinada a primeros lectores y, en apariencia, cuenta una historia sencilla, escrita al modo de una fábula oriental. Así y todo, con ese pequeño cuestionamiento deslizado en el pensamiento de la reina Nenúfar, la novela introduce con una sutileza envidiable, por debajo del relato, una preocupación general en nuestro tiempo: allí cuando esperamos que los niños y las niñas logren hacer la diferencia, o sea, se críen como seres auténticos, críticos, capaces de transformar la realidad que les toque: ¿qué tipo de educación deberían recibir? A partir de ese punto, la novela comienza a contar, como en dos niveles superpuestos, una fábula divertida y, a la vez, una alegoría sobre la educación en nuestro tiempo.

"Flor de Loto, una princesa diferente", de María Florencia Gattari, edita SM, Argentina, 2012.

“Flor de Loto, una princesa diferente”, de María Florencia Gattari, edita SM, Argentina, 2012.

La reina escucha en un momento que uno de sus sirvientes impone una prohibición a la princesa Flor de Loto. Sabe que la educación de la niña no depende solo de ella, de la madre, sino que es socialmente compartida. Y entonces toma una medida muy peculiar: “Nadie puede decirle que no a la princesa“. Pero la anuncia de una manera compleja:

Todos en la corte, en la región y en el reino tienen permitido, exclusivamente, decirle que sí a la princesa Flor de Loto.

La perspectiva de criar a los niños sin prohibiciones, la perspectiva de la niña-reina-ama-y-señora en el mundo de los adultos que solo le pueden decir “sí, princesa“, pasa a ser narrada como una doble pesadilla: por un lado, para los sirvientes que deben interpretar los deseos de la niña y conceder lo que fuera, sintiendo en todo momento el temor de fallar o la repulsión por complacer las órdenes; por otro lado, para la princesa Flor de Loto que, si bien en un momento se siente poderosa, enseguida comienza a conocer lo que es el aburrimiento, lo que es la falsedad de la gente (incluso de sus pares, otros niños) que solo actúan bajo mandato y fidelidad a una orden superior.

En esas circunstancias, la princesa diferente comienza a comportarse de modo francamente desagradable: se porta como una niña caprichosa, narcisista, egoísta… Las cosas van de mal en peor hasta que ocurre un incidente: la satisfacción de un deseo de la princesa, tener una mascota que hable, cambia su realidad. La mascota que se le ofrece es una grulla que, por supuesto, no habla. Pero quien se la da hace una pequeña trampa: le dice que la grulla “prometió que hablaría con cualquiera que fuese digno de sus palabras“.

El mutismo del ave pasa a ser para la princesa Flor de Loto un desafío: ella debe saber si es digna de las palabras del ave y entonces ella debe reflexionar sobre sí. El mutismo y la indiferencia del ave ante Flor de Loto pasa a ser una suerte de espejo para el silencio reflexivo de la princesa; un espejo que contrasta con la falsedad afirmativa de su servidumbre. Esto operará un cambio en la niña:

A Flor de Loto le pareció muy sensato que por una vez no le contestaran que sí a cualquier pedido y, por ese silencio, consideró que la grulla era su amiga. De manera que empezó a hablar con ella. Y esta vez no pidió cualquier cosa, ni se puso mandona, ni habló con ánimo de fastidiar.

Su relación con la grulla provocará otro cambio en la princesa: le permitirá tener deseos auténticos y sueños (o pesadillas) que le exigirán hacerse preguntas difíciles sobre la realidad del mundo en el que vive. Flor de Loto sueña que vuela con la grulla y va descubriendo una realidad desconocida y, por lo general, desagradable.

Lo que vio la llenó de espanto. Flor de Loto se sacudió con un temblor que la recorrió desde el flequillo negro hasta la punta de sus pies diminutos, se llevó las dos manos a la cabeza y con una fuerza que no sabía que tenía gritó: «NO».

Viajando en sueños entre la fábula y la alegoría, la princesa diferente termina por reconocer los aspectos negativos del mundo, y con el descubrimiento de esa negatividad (algo antes desconocido para ella) conquistará un logro valioso para la construcción de su persona, de lo que habría de ser diferente en su persona y en su comunicación con los demás: en primer lugar, con su madre; en segundo lugar, con los habitantes de su reino.

Las ilustraciones del libro son de Natalia Ninomiya y acompañan muy bien la fábula con una reconstrucción amena de la iconografía oriental.

Las ilustraciones del libro son de Natalia Ninomiya y acompañan muy bien la fábula con una reconstrucción amena de la iconografía oriental.

A menudo, en la actualidad, se le pide a la literatura infantil que abandone sus afanes didácticos de antaño; que no intente ser pedagógica, allí donde se espera de ella no más que la recreación lúdica o el mero divertimento. Una novela como esta, dirigida a primeros lectores, escrita con pulso firme, amena en su relato, poética en su tono, con un logrado equilibrio entre el humor y la seriedad (que el asunto requiere), una novela como esta, decía, demuestra que el entretenimiento no está reñido con la reflexión profunda sobre cuestiones de primer orden como son la educación, las relaciones entre padres e hijos o el lugar de la infancia en los procesos sociales.

Demuestra además que la literatura infantil, sin dejar en ningún momento de ser literatura, y de calidad, puede abordar asuntos complejos con una forma de tratamiento incluyente; una forma de escritura que no trata al niño como un ser al que hay que concederle todo y no exigirle nada para no generarle rechazo, pero que tampoco lo deja afuera de una cuestión espinosa como es la de su relación con la educación que le brinda el mundo adulto.

Sin caer en el facilismo reaccionario de apelar a la autoridad por la autoridad, sin caer en la bobería de esa prédica de la importancia de poner límites, sin regodearse cínicamente en la señalización del despiste general del mundo adulto respecto de la infancia (las crisis de paternidades, las crisis de autoridad, las crisis de valores y otras pamplinas sociológicas al uso), sin esas taras, esta novela, justamente, invita al niño para que se involucre reflexivamente en el proceso de su propia formación, a la vez que lo impulsa para que se forme con autonomía. Y la novela hace una apuesta alta en pro de la autenticidad, del diálogo, de la autonomía creativa de la infancia, sin saltearse las dificultades que ello encierra.

Pero no hace todo eso como si redactara un manual de autoayuda o un libro-guía-en-valores. Lejos de ello, en su exacta calidad literaria, esta novela predica lo que hace y hace lo que predica: en la Tierra del sí o sí (que también podría ser una caricatura de cierta tendencia en la LIJ actual), esta novela se levanta como un “NO” potente y luminoso, un no que en un punto, como le pasa a la protagonista, alienta al lector a que apunte sus dudas “en ese lugar de su corazón” donde se guardan ideas como la que apuntó Flor de Loto al despertar de un sueño:

Remonto vuelo:
lo que conozco
parece nuevo.


Flor de Loto, una princesa diferente
María Florencia Gattari
Editorial SM, colección El barco de vapor, serie azul (recomendado a partir de 7 años).
Ilustraciones de Natalia Ninomiya
Argentina, 2012.

Ecos y novedades de “Tamanduá Killer”

Mi novela, Tamanduá Killer, fue seleccionada para integrar el Salón de Novedades de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una de las más importantes del continente. La escritora y poeta mexicana, María García Esperón se hace eco de la noticia en su blog Voz y Mirada, donde publica una reseña de la novela (por cierto, muy elogiosa).

Reseña de Tamanduá Killer

Reseña de Tamanduá Killer en el blog de María García Esperón

Gracias, María.