Si te pasás de listo… un epigrama

En su origen helénico, el epigrama era un poema ingenioso que tenía que ser breve porque se utilizaba para hacer una inscripción sobre un objeto. Si el objeto era una tumba, el epigrama se convertía en epitafio.

Días atrás leía un epigrama en la Antología Palatina que pienso que se puede inscribir en el ciclo de la poesía para niños sin ningún problema. En tal sentido, qué duda cabe, sería un poema pionero. Dice:

Miro, la niña, en común sepultó al saltamontes,
ruiseñor de los campos, y a la cigarra, huésped
de la encina, y gemía con llanto pueril, porque el duro
Hades sus dos juguetes le había arrebatado.

El asombro de una niña ante la muerte, su juego a la hora de construir una pequeña tumba para sus juguetes, entran en este epigrama con la fuerza de la brevedad que da un alerta: hoy vives, eres niña, pero la muerte acecha, irremediablemente. Epigrama y epitafio se conjugan aquí con un pulso conmovedor en su sencillez más absoluta.

Saltamontes

Saltamontes: juguete de madera, Francia, cerca de 1930. Imagen tomada del blog Animalarium.

Los romanos continuaron con la tradición griega del epigrama. Dos poetas se destacaron en esta forma: Marcial y Catulo. Pero el epigrama latino fue cambiando de carácter respecto del griego, admitiendo una gran variedad temática y de tono, si bien mantuvo en la brevedad y en el ingenio sus fortalezas más evidentes. Los temas del epigrama latino se reparten entre los poemas laudatorios, adulatorios y melifluos, los satíricos y burlescos, los agrios, los humorísticos y otros tantos que combinaban estos aspectos, sin excluir, claro está, los poemas eróticos. Un repaso al libro de Epigramas de Marcial da una clara idea de esa variedad. Hay un epigrama allí que me interesa citar para mostrar eso, la variedad y el ingenio:

Cómo se hace un libro

Hay cosas buenas, hay algunas medianas, son malas la mayoría de las que lees aquí: un libro no se hace, Avito, de otra forma.

Por lo general, y diría que por regla, los epigramas constan de dos partes: una introductoria, donde se reclama la atención del oyente o del lector, y una segunda, que es como un cierre o un desenlace, donde se responde rápidamente al reclamo anticipado. La primera parte avisa, la segunda golpea.

Ideal para la comicidad del equívoco, o para presentar un pensamiento leve sobre asuntos cotidianos, de los que no se excluye el amor y sus fracasos, o para la sátira política, o para provocar mediante un juego de antítesis el desconcierto: el epigrama ha prosperado en la poesía manteniendo su forma primera o insertándose al paso en otras formas poéticas. De ahí que podamos caracterizar cierta poesía como epigramática, más allá de su estructura formal. En todo caso, queda del epigrama aquello que pedía Tomás de Iriarte (sí, ése, el de las fábulas) ya en el siglo XVIII:

A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, dulce y punzante.

No hay para el epigrama una forma métrica específica, si bien en el español se impuso en su momento una forma regular compuesta por dos redondillas con rimas independientes. También le fueron propicias otras formas estróficas, como las cuartetas, las quintillas e incluso las décimas. Pero conviene insistir en que la clave es la agudeza del pensamiento expresado.

En esa dirección, Ernesto Cardenal escribió uno de los epigramas más populares de la literatura latinoamericana del siglo pasado:

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba,
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

Y es que no debe de haber hombre que tras haber sufrido una decepción amorosa no hubiera querido desquitarse acudiendo a ese ingenioso epigrama, y eso por más vano que fuera el intento de desquite, y los resultados. (Claro que, lo sabemos de sobra hoy en día, en el marco del machismo característico del continente, siempre será mejor acudir a un epigrama que a la más burda violencia.)

Me gusta pensar que el epigrama y su forma perdurarán en el correr del siglo que avanza. Para reafirmar esta creencia acudo a uno de los epigramas mejor logrados que he leído en los libros de poesía de mis contemporáneos, publicado en el primer año del corriente siglo:

Dijiste algo y entendí mal.
Los dos reímos:
yo de lo que entendí,
vos de que yo festejara
semejante cosa que habías dicho.
Como en la infancia,
fuimos felices por error.

Sí, ese maravilloso epigrama de Laura Wittner, del libro Las últimas mudanzas (de 2001).

No sé si la felicidad de la infancia siempre ha sido errónea: quizás la niña que enterraba a sus juguetes en el primer epigrama publicado en esta nota desmiente todo el asunto: infancia, error y felicidad. No sé si la felicidad que surge de una confusión en el habla y en la risa íntima de dos adultos tiene que ser errónea por necesidad: quizás el logro de un epigrama, como el de Wittner, también desmiente el asunto.

En todo caso, si algo sale mal, siempre puedes desquitarte con un epigrama: leyéndolo, pensándolo, escribiéndolo. Como sostiene Mugidor en sus Epigramas del emperador:

Hay quienes abandonan una pelea. Hay quienes dejan de pelear y se abandonan.
No todos los abandonos conllevan el mismo resultado, ni todos son posibles: se puede abandonar la lucha, pero no se puede abandonar la derrota.

Por sus frutas la conocerás

Ya estamos en 2013. Un año más, un año nuevo, un almanaque completo por delante. A la hora de la siesta, se me ocurrió estrenarlo con la lectura, hecha por enésima vez, de uno de los libros de poesía más bellos que se publicó en Uruguay: Identidad de ciertas frutas, de Amanda Berenguer. Uno de los libros de poesía que a mí más me gusta.

En el libro "Constelación del Navío. Poesía 1950 - 2002", de Amanda Berenguer (H Editores, Uruguay, 2002).

Reproducción facsimilar de la portada original publicada en el libro “Constelación del Navío. Poesía 1950 – 2002″, de Amanda Berenguer (H Editores, Uruguay, 2002).

Ya escribí sobre Amanda Berenguer en este sitio, en un triste momento. También escribí, en esa oportunidad, sobre este libro. Así que no me repetiré hoy, ¿para qué?

Pero quería traer esta lectura a este blog, porque veo que en 2013 se cumplen 30 años de la publicación de Identidad de ciertas frutas. Entonces, cifra redonda, año que empieza, poesías por atrás y por delante, pienso que una sandía, hecha poema, una sandía de Amanda, es una buena forma de inaugurar el año en Garabatos y ringorrangos.

XI

(la sandía)

Yo buscaba sin saber bien
qué era repartir aquella extensa fruta.
qué era Repartir la sandía -me dije-
y sacrificamos en tajadas
y sacrificamos su fresca encarnadura.

Quedó abierta sobre la mesa mostrando el corazón.
¿De la tarde? ¿De la casa? ¿Del silencio?

Repartir la sandía -me dije-
es repartir una siesta de verano
es repartir una estación con vidrieras rojas
es repartir una estación y desierta
es repartir una cueva verde habitada por la sed.

territorio inseguro

Foto: María José de Barros.

Foto: María José de Barros.

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el ángulo del empedrado que baja y se hunde en el río,
el camino superficial, y el otro, el que cala las aguas:
pasaje, galería, túnel

tomar impulso, saltar por sobre lo que acecha escondido en la línea de la orilla,
saltar ese territorio inseguro, la duda barrosa de las aguas hendidas:
musgo, árboles, monte nativo

una estación donde los trenes se abandonan en los barcos
y los barcos barrenan el tiempo que encadena la espera del viajero indeciso:
guarida, refugio, cobertizo

¿qué nombre, el de los pájaros? ¿qué nombre, el de los peces?
¿qué nombre han de tener los hierros que fijan el camino?:
¿retirada, silencio, cautela, cobardía?

si trasgredís los nombres tendrás lo que no fue
y acaso también tengas lo que pudo haber sido:
los otros cielos

si pronunciás los nombres tendrás un viaje largo
y los pájaros y los peces quizás vayan contigo

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Ecos de “Ver llover”: una lectura irreverente de Ana Silva

Dicen que un libro termina allí cuando llega a las manos de un lector y este lo lee. Si el lector le pierde el respeto al libro y, afortunadamente, se pone a deambular en él sin dejar que el texto y las imágenes lo condicionen mucho, pueden pasar cosas como esta:

Una lectura irreverente de “Ver llover”:
Tapa y contratapa bañadas en agua. Llueve por los dibujos. Me llueve esa lluvia invitadora, que desafía en sus propuestas. Versos e ilustraciones desgranan gotas multicolores, en un diálogo que se expande. La poesía puesta en color; el lenguaje, sonoridad y ritmo en una manera de decir y de mostrar que se hunde en el lector, que lo convoca porque lo obliga a detenerse, a caminar de otra manera y desautomatizar los pasos, la mirada, el apuro: “¿Qué color tiene el aire/ y el agua/ y los soplidos del viento en una tarde de lluvia?”  Esa voz en segunda, que invita a la charla, que propone recorridos de estreno. Y me prendo fácil a la convocatoria y al hablar de mi lectura, de esta lectura irreverente, desparramo piezas de mi vida sobre la mesa. Algunas aletean, otras solo duermen en un frasco vacío. Pero las gotas golpean, lavan, bañan y recorren. Este texto me marca. Hace rato que me marca. No lo descubrí hoy, sino que viene desde 2010 hablándome bajito. En un codo a codo que huele a tierra mojada, a pasos apurados, a paragua desmantelado por el viento.
Ver llover agudiza mi vista y mis recuerdos. Algún café de Buenos Aires, desde el que vi llover y un tango húmedo que trae ciertas cosas que la vida trabajó con dolor porque la lluvia y la poesía del tango tienen una larga e íntima amistad. La lluvia gris golpeando caras y cristales y Cadícamo que me murmura “Afuera es noche y llueve tanto”.  Desde la pantalla, en Lluvia, la cara de Valeria Bertucelli y las gotas salpicando la inteligencia dolorida de su cara. ¿Por qué la lluvia? ¿En qué charco de infancia me quedé para sentirla tan a fondo? ¿Cuántas veces caminé para que las gotas me dijeran algo? “Dependen de tus ojos/los colores.”
                Recuerdo una tarde de febrero, la piel joven. “Las cosas que comienzan con lluvia siempre terminan bien”, eso dijo. La vida se encargó de desmentirlo. Pero ese abrazo mojado prometía un arco iris. Lo hubo, pero tan chiquito que se agitó entre las nubes para después perderse, vaya uno a saber dónde.
                Desde la tapa como en un espejo, leo de arriba hacia abajo y a la inversa. Los autores, inmersos en el mundo poético, participan de la lluvia, ya desde los paratextos. Nada queda librado al azar. Hay poesía en cada trazo, en ese vaivén de juego y color, la imagen recortada, la impronta del niño que con su crayón armó su escena; en cada palabra explotada en su sentido y sonoridad. Un ir y venir de sensaciones. Discurrir de memorias y de miradas. Las lluvias. Mis lluvias, las amigas y las que arrasan. “rojo, azul, amarillo,/ gatos, coches, llovizna”. Y hay rostros, sonrisas, algún llanto, un árbol. La Lluvia a rayas, en gotones, en cascada. Lluvia con luna de Melies que me lleva a Selznick y a Scorsese. Magia del cine y de la literatura puestas allí, desplegando posibilidades.
                 Lectura, que me llevó por un río de gotas. Como la vida en un cauce de días sorprendentes. Nada es opaco bajo la lluvia. La foto de una mujer con sombrero. ¿Delmira Agustini? Busco. Leo poemas. Me inclino por Idea “Estoy/y arrecia el viento/ y truena/y llueve […]
                Sé que la travesía recién empieza. El libro me sorprende cada vez que lo exploro. La boca del huracán captura secretos. Me hundo. En el próximo encuentro, tal vez, pueda sistematizar tantas emociones.
Tapa del libro "Ver llover" (Segunda edición)

Ver llover, Editorial Calibroscopio, Argentina, 2010.

El texto es de Ana Silva, fue escrito como ejercicio final la especialización en Literatura Infantil y Juvenil de la UNSAM. Publicado en el blog “Donde viven los libros“.
Gracias.

Para sacarle jugo: colección de poesía de Mágicas Naranjas Ediciones

Hace unos días, en una entrevista que le hicieron, el escritor argentino Eduardo Abel Gimenez decía algo que me dio que pensar:

Este año me sentí muy identificado y me cambió la vida escuchar a María Teresa  Andruetto, que ganó el Premio Andersen, en un homenaje que se le hizo en la Feria del Libro para grandes… dijo algo que ya había escrito: “No escribimos para chicos”,  lo dijo así, en primera persona plural, “No escribimos para chicos, escribimos para los mediadores. Los que tienen contacto con los chicos y eligen qué darles de leer”. Eso me cambió la vida. Es responsabilidad del mediador encontrar el chico para el cual vaya bien el libro que acabo de escribir.

En esa dirección, considero que el primer mediador es siempre el editor. Al elegir el texto, al pensar la forma del libro, al diseñar la gráfica o al seleccionar un tipo de ilustración ya se están dando los primeros pasos en la dirección del lector.

La colección “Libros para pequeños o grandes lectores de poesía” de Mágicas Naranjas Ediciones está diseñada para mediar entre la poesía de autores con una reconocida trayectoria como poetas y un lector niño (sin que esta última categoría excluya a los jóvenes o adultos). La coordinadora de la colección, Hilda Fernández Oreiro, lo explica en la contratapa de los libros:

Con mirada curiosa y renovada, nos asomamos a las obras de grandes poetas y descubrimos algunas perlas preciosas que, sin necesidad de traducción, queremos acercarles a los más chicos. Textos sin edad, bellos, sonoros, luminosos.

Porque poesía e infancia habitan un mismo territorio, queremos recrear ese universo mágico y lúdico, donde las palabras se encuentran con las imágenes y los nuevos lectores con los grandes poetas.

La colección se lanzó en 2011 con tres títulos:

  • Variaciones de la luz, de Diana Bellessi, con ilustraciones de Pablo Ramirez Arnol.
  • Cartas para que la alegría, de Arnaldo Calveyra, con ilustraciones de Martina Fraguela.
  • Azar y necesidad del benteveo, de Alicia Genovese, con ilustraciones de Martín Mykietiw.
Colección de Poesía de Mágicas Naranjas Ediciones

Los cinco títulos de la colección de poesía de Mágicas Naranjas Ediciones

El impacto de la propuesta fue casi inmediato y la colección obtuvo el premio de los Destacados de ALIJA 2011 en la categoría Colección. En este 2012 la editorial incorporó dos títulos más:

  • Música amable al fin, de Irene Gruss, con ilustraciones de Cecilia Afonso Esteves.
  • Peras, de María Teresa Andruetto, con ilustraciones de Florencia Tabbita.

En su formato, los libros se corresponden con el modelo de un álbum. Integran un poema en cada título. En todos los casos, se le pide al autor del poema que escriba un breve texto, a manera de prólogo dirigido a los niños. Inmediatamente, los libros disponen los versos del poema a razón de uno o dos por cada doble página, integrando el texto de forma dinámica con la ilustración.

que el bicherío inunde todo de música amable al fin

Interior del libro “Música amable al fin”, de Irene Gruss. La ilustración es de Cecilia Afonso Esteves.

Al final de cada libro, con un par de notas biográficas se presenta al poeta y al ilustrador. Por último, los editores tiene el cuidado de publicar el poema entero con su referencia a la edición original del libro al que pertenece.

Pienso que esta colección es un bello ejemplo de como hacer un esfuerzo por acercar la poesía a los niños. La editorial dio el primer paso. Ahora hay que seguirle el tranco, exprimidor en mano.