De las formas de leer un libro-álbum: “Eloísa y los bichos”

Hace un año me detuve en un stand de la Feria del Libro de Buenos Aires y, allí, de pie, con el gentío pasando a mi lado, leí este libro, Eloísa y los bichos, de un tirón. “Muy bien logrado”, me dije. Registré el título en mi cabeza, y seguí recorriendo la feria.

Leer “de un tirón” fue pasar las 40 páginas encuadernadas deteniéndome apenas en las líneas del texto escrito por Jairo Buitrago: nunca más de una línea por página, linea enmarcada en una franja de un centímetro de alto, franjas sangradas al borde en el margen inferior derecho de las páginas impares (ubicadas a la derecha del libro). Las líneas de texto son de una brevedad contundente. A manera de ejemplo, en la primera doble página del libro tan solo está escrito: “No soy de aquí”. Cuatro palabras, nada más.

Así leí el texto. Fue rápido, claro. Y casi que no me detuve en las imágenes, aunque las repasé para mirar cómo se articulaban con el texto. Esa fue una forma de leer este libro. Una forma que de inmediato me alertó que debía volver sobre él de manera más detenida, de otra manera.

"Eloísa y los bichos", de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, edición argentina de Calibroscopio y Babel (2009, 2013).

“Eloísa y los bichos”, de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, edición argentina de Calibroscopio y Babel (2009, 2013).

Hace unos días conseguí Eloísa y los bichos en Buenos Aires. Calibroscopio Ediciones lo co-editó este año junto con la que fue su editorial original en el año 2009: la colombiana Babel Libros. Y esta vez me lo llevé para leer de una forma que puede resultar bastante extraña. Con una tarjeta de papel iba tapando las líneas del texto y me concentraba en leer, con calma, despacio, minuciosamente, las ilustraciones de Rafael Yockteng. Leía esas ilustraciones —donde el color resalta y multiplica sentidos, donde la cantidad de detalles trabajados le dan al conjunto un carácter de realidad fantástica muy lograda, donde los motivos resultan con una kafkiana naturalidad— y trataba de recordar de qué iba el texto del libro, aquél texto que tanto me había impresionado en la primera lectura: la hecha de un tirón al pie del stand en la feria.

Algunas partes las recordaba, y también recordaba el tema general: el desplazamiento de las poblaciones en los procesos de inmigración y las dificultades de la niña, Eloísa, y de  su padre para adaptarse en un nuevo medio social: la ciudad, cualquier ciudad. Pero la lectura de las ilustraciones me dio mucha más información que la que me daba el texto, y eso es lo más interesante en este juego de lecturas casi que separadas entre ilustraciones y texto.

"...como un bicho raro". Ilustración interior del libro "Eloísa y los bichos".

“…como un bicho raro”. Ilustración interior del libro “Eloísa y los bichos”.

La historia es la de una niña que tiene que crecer y madurar lejos de su gente más querida. Una niña que, además del desplazamiento territorial (¿forzado?) sufre un estado de enajenación y se siente, y se percibe, como viviendo rodeada de bichos (por lo general bastante desagradables: insectos y algún que otro gusano dibujados a la misma escala que la protagonista). La niña, finalmente, se adapta a esas nuevas circunstancias, pero hace el descargo de su memoria de manera tal que a los lectores nos termina por resultar muy exacto el juego de las metamorfosis que se refleja fundamentalmente en las ilustraciones. Leer solo las imágenes me permitió entrar de una manera mucho más sensible en el proceso de enajenación que implica la pérdida del lugar propio (el territorio original) de la niña, además de la pérdida de la madre. Y así, también, me permitió ver (leer) como se va dando paulatinamente el proceso de reversión de esa situación: mientras que al inicio Eloísa se cree una niña única rodeada de “otros extraños” (los bichos), solo acompañada por la figura humana de su padre, en determinado momento comienzan a aparecer otros seres humanizados en las ilustraciones, al punto que al final solo hay un bicho entre los humanos que rodean a Eloísa.

Una última lectura, para preparar esta reseña, me deja convencido de lo bien articulado que están las ilustraciones y el texto para construir este libro conmovedor y movilizador. En este blog hemos discutido en otras oportunidades sobre el carácter del libro-álbum, intentando construir algo así como una taxonomía del “género”: considero que este Eloísa y los bichos de Buitrago y Yockteng es un muy buen ejemplo de esa categoría de libros. El libro obtuvo varios reconocimientos internacionales (entre los cuales, nada menos que el White Ravens de la Internationale Jugendbibliothek de Múnich). Queda entonces muy recomendada su lectura.

Ficha bibliográfica:
Eloísa y los bichos 

Texto: Jairo Buitrago
Ilustraciones: Rafael Yockteng
40 páginas
Edición original: Colombia, 2009
Co-edición argentina: Calibroscopio – Babel Libros, Argentina, 2013

Entrevista (ficticia) con Shaun Tan a propósito de su libro, “El árbol rojo”

G&R: La primera edición de tu libro, “El árbol rojo”, se hizo en Australia, en 2001. La traducción al español la hicieron Carles Andreu y Albert Vitó, para Barbara Fiore Editora, en 2005. Cuéntanos un poco sobre el libro.

S.T.: “El Árbol Rojo” es una historia sin ningún tipo de narrativa en particular, una serie de distintos mundos fantásticos con imágenes independientes que invitan a los lectores a sacar su propio significado en ausencia de cualquier explicación escrita. Como concepto, el libro está inspirado en el impulso que tienen niños y adultos por igual para describir sentimientos usando como metáfora los monstruos, las tormentas, el sol, el arco iris y así sucesivamente. Más allá del tópico, he buscado ilustraciones que puedan seguir explorando las posibilidades expresivas de este tipo de imaginación compartida, que podría ser a la vez extraño y familiar.

G&R: No estoy muy de acuerdo con eso de que no haya una historia. De algún modo, el libro cumple con los preceptos clásicos de presentación, desarrollo, nudo y desenlace. E incluso se puede leer pensando en que en la trama hay un obstáculo a vencer por parte de la protagonista. Obstáculo que al final se resuelve.  ¿O te inclinas a pensar que esa protagonista, la niña, no es en sí un personaje, sino más bien una alegoría?

S.T.: Una niña sin nombre aparece en cada imagen, es un sustituto de nosotros mismos, ella pasa sin ninguna ayuda a través de muchos momentos oscuros, pero finalmente encuentra algo esperanzador al final de su viaje. “El Arbol Rojo” empezó como una narrativa experimental más que cualquier otra cosa: la idea de un libro sin historia.

Interior El árbol rojo Shaun Tan

Ilustración interior de “El árbol rojo”. En el costado derecho, sobre un blanco, aparece una frase: “nadie entiende nada”. Adentro de la botella, con ese antiguo equipo de buzo, la niña que protagoniza el cuento.

G&R: Sí, no dudo que sea una narrativa experimental, y que las imágenes, cada una por su lado, cuenten una situación, pero insisto en que hay un hilo narrativo que une esas imágenes, una progresión narrativa hasta llegar al desenlace. Uno va leyendo el libro y se encuentra a cada paso con una situación más y más desesperanzada. Todo está resuelto muy bien en las ilustraciones, que son muy potentes en la dirección de transmitir sentimientos, con una factura en óleo y acrílico sobre papel impecable. Pero sigo pensando en que el texto nos conduce hacia un final, hacia la resolución o no de un conflicto. El texto no está descuidado en ese sentido. Y si bien son líneas muy simples, juegan como una fuerza de arrastre en la dirección de afirmar un relato unitario y significativo.

S.T.: Estoy cada vez más convencido de que la ilustración es una poderosa vía de expresión de sentimientos, tanto como las ideas, en parte porque está fuera del lenguaje verbal, y muchas emociones son difícil de expresar con palabras. Pensé que podría ser interesante crear un álbum ilustrado que tratase sobre las emociones, sin encuadrarlas en ningún contexto argumental, en cierto sentido va “directo a la fuente”.

G&R: Entiendo que quieras darle más peso a las imágenes. Está bien. Es tu arte. Evidentemente prefieres narrar con imágenes. Y tienes muy buenos resultados, obviamente. Pero incluso ahí, en el hecho de que en todas las ilustraciones, por más disímiles que sean, aparezca la niña, eso ya nos indica la presencia de un protagonista y, por ende, del curso de una acción.

S.T.: Lo que resultó después de muchos garabatos fue una serie de paisajes imaginarios sólo conectados por un mínimo hilo de texto y la silenciosa figura de la niña en el centro de cada uno, con los que el lector es invitado a identificarse. Al principio ella se despierta encontrando hojas ennegrecidas  cayendo desde el techo de su dormitorio, amenazando con acabar con su silencio. La niña camina por la calle, eclipsada por la sombra de una gran pez que flota sobre ella. Se imagina a sí misma atrapada en una botella lavada en una orilla olvidada, o perdida en un paisaje extraño. Es capturada en una pequeña embarcación por buques a punto de chocar, y después de repente está en un escenario ante un misterioso público, sin saber qué hacer.: Algo así como si toda esperanza estuviera perdida, la niña vuelve a su dormitorio y encuentra una pequeña plantita roja creciendo en el centro del suelo. La plantita crece rápidamente convirtiéndose en un árbol rojo que llena su habitación de una cálida luz.

El árbol rojo de Shaun Tan

“El árbol rojo”, de Shaun Tan. Barbara Fiore Editora.

G&R: Me llama la atención que no menciones la tapa del libro. Y es que desde ahí ya se comienza a trabajar para ese final. La niña está en un barco de papel que flota sobre el agua. El papel tiene texto escrito. La niña, con los ojos entrecerrados, adivina la presencia de una hoja roja en la sombra que el barco arroja sobre el cauce de agua. El agua es símbolo de vida. El color rojo es símbolo de vida. Navegar es símbolo de vida. La grafía sobre el papel es símbolo de una vida narrada. La niña, desde la tapa, está imaginando que puede vivir más allá de todos los obstáculos que el mundo le interponga. Todo eso lo transmite la imagen, sí. Pero al interpretarla, así como leo e interpreto libremente las imágenes interiores, me logro conmover.

S.T.: Cada imagen está abierta a varias interpretaciones por la ausencia de una descripción que las acompañe. Cada “mínima” historia nos recuerda que así como los malos sentimientos son inevitables, siempre pueden ser atemperados por la esperanza.

G&R: Tal cual. Eso está muy bien logrado en este libro. Hay un trabajo sobre lo que tu llamas “malos sentimientos” muy cuidado. ¿Trabajaste intensamente en esa dirección?

S.T.: En su origen, estaba planeando hacer ilustraciones sobre los tipos de emociones: miedo, alegría, tristeza, asombro y así sucesivamente.  Pero cuanto más trabajaba en ello, cuanto más encontraba emociones negativas (sobre todo sentimientos de soledad y depresión) eran mucho más interesantes desde un punto tanto personal como artístico. No es que sea una persona infeliz, es sólo que esas ideas parecen ser en última instancia las que provocan mayor reflexión.

G&R: Está claro eso. Ubicarse en la línea de la melancolía es, indefectiblemente, ubicarse en un plano en el que uno debe enfrentar reflexivamente su lugar en el mundo: lugar que siempre aparece como amenazado, como listo a desaparecer. Soy de los que piensa que en la literatura infantil no todo tiene por qué ser diversión y risa fácil, así que, desde ya, tienes en mí a un admirador de tu obra. ¿Te ha generado problemas ubicarte en esa perspectiva melancólica?

S.T.: Los lectores me han preguntado a veces por qué mi imaginario es a menudo tan oscuro, y pienso que es por eso. Estoy más atraído por aquellas cosas que no son siempre las correctas, como la injusticia social y ecológica de “Los Conejos”, o la apatía social en “La Cosa Perdida”, o algunas ideas  sobre la auto-destrucción en “The viewer”. Encuentro estos temas artísticamente atractivos, quizás porque están sin resolver, como un puzzle.

G&R: Por cierto, tampoco hay que pensar que un niño no pueda regocijarse ante las incertidumbres que arrojan tus ilustraciones. El arte, cuando surge del desgarro interior y la reflexión profunda sobre lo incierto de la vida, tiene ese efecto removedor que puede tocar fibras de sensibilidad y hacerlas resonar hondo, sin importar la edad de quién recibe el impacto. No creo, además, que tu libro sólo tenga un carácter melancólico, vale decir, no creo que tu trabajo aquí se quede nada más que en ese aspecto.

S.T.: Al mismo tiempo, disfruto de hacer un trabajo festivo (“El Árbol Rojo” lo es en última  instancia) pero cualquier significado aparente está siempre rodeado de incertidumbre. El árbol rojo puede florecer, pero también se morirá, de modo que nada es absoluto o definitivo; tiene que haber un reflejo fiel de la vida real, como algo que está continuamente en busca de una resolución”.

G&R: Te agradecemos mucho la entrevista. Y vamos a aclarar a los lectores que así como el árbol rojo puede no florecer, esta entrevista puede no haber sucedido nunca, puede ser el reflejo del mero deseo de dialogar con el autor luego de leer y releer varias veces su libro. Y sí, en efecto, G&R no entrevistó a Shaun Tan. Transcribimos aquí, al modo de respuestas a nuestras preguntas e ideas, el texto publicado en el blog Trazos de tinta, que se tomó el trabajo de traducir las opiniones que sobre el libro vertió el autor en su página web. Pero en nuestra imaginación, en nuestro deseo, en nuestra ilusión, este diálogo es muy real. Gracias, Shaun Tan. Gracias también a Ana Garralón (por la idea, que le copié descaradamente, de hacer entrevistas imaginarias así). Y un muy especial agradecimiento a Carola Martínez, de Donde viven los libros, que me obsequió un ejemplar de este formidable libro: “El árbol rojo”.

Para sacarle jugo: colección de poesía de Mágicas Naranjas Ediciones

Hace unos días, en una entrevista que le hicieron, el escritor argentino Eduardo Abel Gimenez decía algo que me dio que pensar:

Este año me sentí muy identificado y me cambió la vida escuchar a María Teresa  Andruetto, que ganó el Premio Andersen, en un homenaje que se le hizo en la Feria del Libro para grandes… dijo algo que ya había escrito: “No escribimos para chicos”,  lo dijo así, en primera persona plural, “No escribimos para chicos, escribimos para los mediadores. Los que tienen contacto con los chicos y eligen qué darles de leer”. Eso me cambió la vida. Es responsabilidad del mediador encontrar el chico para el cual vaya bien el libro que acabo de escribir.

En esa dirección, considero que el primer mediador es siempre el editor. Al elegir el texto, al pensar la forma del libro, al diseñar la gráfica o al seleccionar un tipo de ilustración ya se están dando los primeros pasos en la dirección del lector.

La colección “Libros para pequeños o grandes lectores de poesía” de Mágicas Naranjas Ediciones está diseñada para mediar entre la poesía de autores con una reconocida trayectoria como poetas y un lector niño (sin que esta última categoría excluya a los jóvenes o adultos). La coordinadora de la colección, Hilda Fernández Oreiro, lo explica en la contratapa de los libros:

Con mirada curiosa y renovada, nos asomamos a las obras de grandes poetas y descubrimos algunas perlas preciosas que, sin necesidad de traducción, queremos acercarles a los más chicos. Textos sin edad, bellos, sonoros, luminosos.

Porque poesía e infancia habitan un mismo territorio, queremos recrear ese universo mágico y lúdico, donde las palabras se encuentran con las imágenes y los nuevos lectores con los grandes poetas.

La colección se lanzó en 2011 con tres títulos:

  • Variaciones de la luz, de Diana Bellessi, con ilustraciones de Pablo Ramirez Arnol.
  • Cartas para que la alegría, de Arnaldo Calveyra, con ilustraciones de Martina Fraguela.
  • Azar y necesidad del benteveo, de Alicia Genovese, con ilustraciones de Martín Mykietiw.
Colección de Poesía de Mágicas Naranjas Ediciones

Los cinco títulos de la colección de poesía de Mágicas Naranjas Ediciones

El impacto de la propuesta fue casi inmediato y la colección obtuvo el premio de los Destacados de ALIJA 2011 en la categoría Colección. En este 2012 la editorial incorporó dos títulos más:

  • Música amable al fin, de Irene Gruss, con ilustraciones de Cecilia Afonso Esteves.
  • Peras, de María Teresa Andruetto, con ilustraciones de Florencia Tabbita.

En su formato, los libros se corresponden con el modelo de un álbum. Integran un poema en cada título. En todos los casos, se le pide al autor del poema que escriba un breve texto, a manera de prólogo dirigido a los niños. Inmediatamente, los libros disponen los versos del poema a razón de uno o dos por cada doble página, integrando el texto de forma dinámica con la ilustración.

que el bicherío inunde todo de música amable al fin

Interior del libro “Música amable al fin”, de Irene Gruss. La ilustración es de Cecilia Afonso Esteves.

Al final de cada libro, con un par de notas biográficas se presenta al poeta y al ilustrador. Por último, los editores tiene el cuidado de publicar el poema entero con su referencia a la edición original del libro al que pertenece.

Pienso que esta colección es un bello ejemplo de como hacer un esfuerzo por acercar la poesía a los niños. La editorial dio el primer paso. Ahora hay que seguirle el tranco, exprimidor en mano.

«El hilo», de Eduardo Abel Gimenez y Claudia Degliuomini

Es un «libro para leer mirando».

Lo anterior podría ser un eslogan o un consejo preventivo y preparatorio para abordar este libro. De hecho lo es, porque así termina la presentación que hace de sí la colección de los libros-álbum de Ediciones del Eclipse, donde fue publicado «El hilo».

El hilo, libro álbum de Eduardo Abel Gimenez y Claudia Degliuomini.

«El hilo», libro álbum de Eduardo Abel Gimenez y Claudia Degliuomini. Ediciones del Eclipse (Argentina, 2010).

Del mismo modo, podría decirse que es un «libro para mirar leyendo».

Los textos son de Eduardo Abel Gimenez. Las ilustraciones y el diseño de arte son de Claudia Degliuomini.

Se trata de un libro que combina cuentos hiperbreves, poemas con efecto final, efecto final de poemas y textos que podrían caer dentro de lo aforístico: esas cosas mágicas que inventa Eduardo Abel Gimenez.

Algo como esto:

Estos pájaros migran hacia el oeste huyendo de la noche.

Pero esa es la parte textual. La otra parte, la plástica, la ilustrativa, no pudo menos que «contagiarse» del texto y soltó amarras: por allí va el hilo de los dibujos hilando todo el libro, hasta el final, en un muy bello trabajo de Claudia Degliuomini.

Algo como esto:

el hilo de Gimenez y Degliuomini

Un interior a doble página de «El hilo».

En fin, que no son dos partes sino una unidad, y que quedó muy bien atada: para leer al hilo de las imágenes; para mirar al hilo de los textos.

(Creo que mejor que decir «muy bien atado», debería haber dicho que este libro quedó muy bien bordado).

Datos en la contratapa del libro.

Algunos datos más en la contratapa del libro.

Día Internacional del Libro Infantil

El 2 de abril se celebra el natalicio de Hans Christian Andersen, autor por antonomasia de libros para niños. Este día, y por esa razón, fue elegido por la International Board on Books for Young People (IBBY) para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil.

A mí me gusta celebrar estas cosas. Y es que a esta altura de mi vida, estoy convencido de que si soy como soy, en parte, se lo debo a los libros que leí en mi infancia y a los cuentos y a los poemas que me leyeron o me cantaron mis mayores. Celebrar el libro infantil es, de algún modo, celebrar la infancia: la propia y la ajena.

Este año, lo voy a celebrar aquí de un modo particular. ¿De qué manera puede celebrar un escritor de LIJ el día del libro infantil? Pues escribiendo y produciendo libros para niños. Y como en esa andamos con la amiga Cara Carmina, artista e ilustradora mexicana de la cual ya hablé aquí, y como justo acabamos una nueva página de un nuevo libro que habla de eso: de libros, de lecturas conjuntas, de celebración de la lectura, y como el libro lo estamos haciendo de manera internacional: pues ella allá, en Canadá, haciendo los dioramas, y yo aquí, en Uruguay, escribiendo los poemas, nada mejor, entonces, que publicar en el día de la fecha esta página celebrante.

Diorama de Cara Carmina: la biblioteca de los gatos

Para que un gato lea
Es preferible
que en el libro no haya
ningún ratón.
Evite así que el gato,
que es buen lector,
se quede sin lectura
y tenga un atracón.