De fraudes (I)

El libro del que extraigo esta cita es del año 1995. No obstante, pienso que el párrafo no resulta anacrónico, sino de una actualidad aumentada:

Hoy, más que nunca, cuando el comercio editorial genera una profusión de títulos casi ilimitada, se hace necesaria alguna clarificación, algún criterio evaluativo, algún deslinde crítico entre los textos artísticos que estimulan, mediante una práctica significante creativa, la competencia literaria de los niños y aquellos otros textos que, sin ser textos literarios, se sirven interesadamente de la «imagen de marca» de la «literatura infantil» para competir en el mercado y ganarse a los lectores. Desde luego, no siempre será fácil delimitar con nitidez las fronteras, pero determinadas publicaciones para niños no dejan el más mínimo lugar a la duda: se venden y se compran bajo el prestigio cultural de la literatura, y en el interior de su discurso el lenguaje literario brilla por su ausencia. El fraude, en este caso, resulta incalificable, puesto que, al carecer de las virtualidades de la competencia estética, contribuyen decididamente a inmovilizar –cuando no a pervertir— la creatividad de sus destinatarios.

Del libro:: “Literatura infantil y lenguaje literario”, de Luis Sánchez Corral, Editorial Paidós, Barcelona, España, 1995. (Las negritas son mías.)

Literatura infantil y lenguaje literario

“Literatura infantil y lenguaje literario”, de Luis Sánchez Corral (1995)

Me importa un “culo” (autocensura en la literatura para niños)

Escribí una novela donde el narrador, que además es el personaje central, es un niño, cuya edad podría estar entre los nueve y los once años. Escrita en primera persona, la novela refiere una experiencia de la infancia del personaje. En una parte de la novela, el niño se pregunta: “¿Por qué habría de molestar a alguien que yo me rasque el trasero?”

Es una pregunta inocente. No obstante, desató varias cuestiones que en principio yo no había tenido en cuenta.

Le di el manuscrito de la novela a una amiga para que lo leyera y lo comentara. Entre unas cuantas observaciones, comentarios y sugerencias de corrección, ella, una mujer muy entrenada, una experta, digamos, en asuntos de literatura para niños, me comentó que la palabra “trasero” estaba fuera del registro de la voz narrativa. Ella me decía que un niño de esa edad no dice trasero, dice “culo”. Y casi que de manera premonitoria agregó: “Si dice culo, escribí culo, y de última que te lo rebote un editor”. Luego, como al pasar, me indicaba que allí, seguramente, estaba operando una autocensura de mi parte al escribir.

Cierto. Mi abuela era maestra y directora de escuela. Creo que nunca la escuché decir una “mala palabra”. Y a menudo, ella, así como mi madre, me reprendía si utilizaba “palabras soeces”. No soy de decir ni de escribir en ese registro, y seguramente no me costó mucho escribir “trasero” allí donde un niño, como es mi personaje, hubiera dicho “culo”.

Autocensura o no, lo cierto es que acepté la sugerencia de mi amiga y corregí el borrador poniendo un “culo” donde había puesto un “trasero”.

Mandé el borrador de la novela a una editorial. Aceptaron publicarla, pero en la editorial me hicieron una observación. Una sola. Una “observación menor”, me dijeron, “pero muy importante”. La observación era sobre la palabra “culo”.

Muy amablemente, me explicaron que esa palabra está vedada en las escuelas y que las maestras no aceptarían la novela, pura y exclusivamente, por el uso de esa expresión. Si un libro de literatura para niños no logra entrar en las escuelas, el libro no funciona comercialmente. La editorial, demás está decirlo, no va a poner en riesgo la inversión que implica publicar un libro por el simple hecho de que un niño que narra utilice la expresión “rascarse el culo”. Quita de ahí esos dedos y que el personaje se rasque otra cosa: la cola, el traste, el trasero, las nalgas… pero el culo no.

Culis Monumentalibus

“Culis Monumentalibus”, escultura de Eduardo Úrculo, ubicada en frente del teatro Campoamor de Oviedo, Asturias, España.

Entiendo perfectamente la posición de la editorial, y no me cuesta nada cambiar esa expresión, que no modificará en un ápice el desarrollo de la historia ni el carácter del personaje. A lo sumo, el cambio de palabras dejará ver un problema del registro expresivo en la escritura o, en su defecto, para que ese problema de registro no exista, me obligará a utilizar una expresión que, rodeos mediante, sugiera, pero no lo diga de manera explícita, que el niño se rasca el “culo” y no otra cosa, y que sea el lector niño el que ponga la palabra correspondiente allí. Ningún problema.

Y sin embargo, pienso en por qué una palabra como “culo”, que es exacta en su carácter de referente (recuérdese que los seres humanos no tenemos cola, tenemos culo), no pueda ser incorporada normalmente al habla escolar.

Los problemas de lenguaje entre los niños de las escuelas no pasan por el uso de “malas palabras”, sino por el mal uso del lenguaje en general, o más precisamente, por su escaso uso. La pobreza lingüística es uno de los mayores problemas que tienen los escolares y que los maestros deben atender especialmente. Se estima que cuando un niño termina la escuela, en su vida cotidiana, usa unas 300 palabras para hablar. A menudo, esos niños se refieren al “coso de los cositos” cuando tienen que explicar que el “teclado” de sus computadoras, por a o por be, no está escribiendo la palabra que quieren digitar, y que no se acuerdan muy bien cuál era.

El idioma español cuenta con cerca de 300.000 palabras, Cervantes usó unas 8.000 en su obra. Usar solo 300 palabras da cuenta de un lenguaje indigente, pero aún peor, también da cuenta de un pensamiento pobre.

Que esos niños digan “culo” o que utilicen otras expresiones soeces no les hará ni mal ni bien. Y casi seguro, el uso de una expresión como “culo” les facilitará acercarse lingüísticamente a una lectura que tiene otras complejidades en el uso del idioma y que los enriquecerá al acceder a ella. O sea, sería mejor que los niños lectores encuentren en lo que leen expresiones que ellos utilizan todos los días, porque eso les facilitará una empatía con la voz del narrador; empatía que los ayudará a acompañar a ese personaje en el transcurso de toda la novela que están leyendo. Y si leen toda una novela, seguramente se familiarizarán con algunas palabras más de las 300 que usan en su vida cotidiana para enfrentar, como Leónidas, el acoso de la barbarie.

Los maestros y las maestras deberían poder entender eso y no andarse con remilgos a la hora de mediar entre un libro y un lector. Pero mientras eso no sea así, los escritores y los editores nos cuidaremos muy bien de no poner en nuestros libros palabras como “culo”, “pija”, “concha”, etcétera, porque no vamos a sacrificar nuestro trabajo por una simple palabra que puede sustituirse por otra expresión más sugerente incluso.

Así y todo, a mí me importa un “culo”, tanto como cualquier otra de las palabras que uso al escribir. Y ahora me voy a cumplir mi penitencia:

No debo escribir la palabra culo en libros para niños.

No debo escribir la palabra culo en libros para niños.

No debo escribir la palabra culo en libros para niños.

No debo escribir la palabra culo en libros para niños.

No debo escribir la palabra culo en libros para niños.

No debo escribir la palabra culo…

¿Vamos los escritores a dejar la Literatura Infantil en manos de los editores?

En la última entrada de su blog, Ana Garralón se declara sorprendida por lo inesperado que resultó el impacto y las discusiones generadas por su post anterior, titulado “¡Urgente! Se buscan escritores de literatura infantil”. Y retoma alguno de los temas de fondo del asunto. De momento, su búsqueda la llevó hacia los editores y no la acercó a los escritores demandados: démosle tiempo. ¡Que los hay, los hay!, como ya le señalaron en otros blogs  y en algunos comentarios de sus entrada anterior.

El post de Ana está muy bien. Se ocupa de los riesgos que toman los editores a la hora de publicar. Lo hace porque en todo el debate anterior, según ella, afloró una animadversión hacia la figura del editor, como si de él dependiera en exclusividad el actual estado de la LIJ. Para demostrar que los editores no son responsables de toda la situación, entrevista a algunos de los mejores del mundo hispanohablante.

Pero su “encuesta”, hay que decirlo, está un poco sesgada. Casi todos los editores que entrevista tienen una peculiaridad: apuestan a lo que se suele llamar longsellers, o sea, apuestan a libros que se editan para durar en el tiempo de los mercados o, mejor dicho, fuera del tiempo de los mercados. Se trata de libros que se comercializan en un largo plazo, de manera lenta pero continua, y que si no dan pérdidas (ni terminan por quebrar las finanzas del editor) es porque se difunden y circulan por canales extra-mercantiles. Por lo general, esos editores son amantes de los buenos libros, y arriesgan, claro que sí. Yo dejaría con mucho gusto la LIJ en sus manos.

No obstante, la LIJ, el grueso de ella, no está en sus manos, aunque sí lo está gran parte de la mejor que se publica (para esa franja etaria de los prelectores y para ese sub-género que es el del libro ilustrado o libro-álbum).

Yo también me quedé sorprendido por las repercusiones del debate generado por la publicación simultánea, el 4 de julio, de artículos polémicos en el blog de Ana Garralón y en el mío (1600 vistas recibió la entrada anterior, donde continué las reflexiones de Garralón y las llevé por otros derroteros). Y también me quedé pensando en el rol de los editores en lo que refiere a la situación actual de la LIJ.

Hoy quiero responder a la pregunta del título apoyándome, en gran parte, en mi experiencia con el mundo editorial. En los últimos tres años publiqué 6 libros para niños: dos novelas, dos libros de poesía y dos libro-álbumes. De estos 6 libros, dos fueron publicados en España, 1 en Argentina y 3 en mi país, Uruguay. Los 6 libros fueron publicados por distintas editoriales: desde transnacionales hasta editoriales digitales con sistema de impresión a demanda. Eso significa que traté con 6 editores distintos. Distintos y diferentes. Y mis experiencias fueron bien distintas y bien diferentes: con alguno me fue muy bien, con alguno me fue muy mal, con otros ni más ni menos. Pero todas mis experiencias me condujeron a una única conclusión: en el campo de la Literatura Infantil y Juvenil no hay libros sin editores de Literatura Infantil y Juvenil.

Uno puede tener una idea genial, puede escribirla muy bien, puede ponerse de acuerdo con un ilustrador y trabajar la complementación entre texto e imagen para obtener un libro muy bien ilustrado, puede hacer todo eso y mucho más. Pero si en un punto no da con un editor que se haga cargo del libro, está perdido. Y es que un editor agrega al libro algo muy importante: el valor de la edición.

Un buen destino para muchos manuscritos

Del editor depende en gran parte que este no sea el destino de un manuscrito o de un libro publicado.

La edición es, por un lado, un trabajo de cuidado en el texto y en el diseño del arte del libro. El editor es, de algún modo, el primer lector de la obra. Si su lectura es buena puede ayudar a mejorar el libro trabajando mano a mano con el autor. De esa primera lectura y de las segundas escrituras (las re-escrituras de un texto) puede surgir la diferencia entre un libro muy bien publicado y uno mediocre.

Por otro lado, la edición es un trabajo de contextualización del libro: ya en una colección, ya en un catálogo, ya en una época, ya en un contexto cultural de legitimación. En este último sentido, la edición es también un trabajo paratextual, que ubica el contenido del libro (una narración textual, un libro de poesía, un narración visual) en el marco de un tipo particular de libros. Ahí, la subjetividad, el buen tino, el sentido de lo que es un libro bueno o malo para un catálogo bueno o malo, está en las manos (en la cabeza y en el corazón) del editor. No hay vuelta.

Finalmente, el editor es un mediador entre el libro y el lector. Es quien debe hacer llegar el libro al conocimiento del público. Es quien genera “hechos de lectura significativos”, sin los cuales ninguna obra literaria está realmente culminada.

Me podrán decir que un libro puede ser autoeditado por el autor (e insistirán en que las nuevas tecnologías de la comunicación y la información facilitan eso). No lo dudo. Pero acepto la sugerencia siempre y cuando el “auto”, que está ahí de prefijo, implique hacer todas las cosas que hace el editor: si no las hace, la autoedición no es más que un volanteo de contenidos sin mayores posibilidades de acceder al público (teniendo aquí por público ese ámbito de personas que está más allá del conjunto de amigos y familiares más o menos cercanos del autor).

Frente a esto, seguramente, me dirán que autores de mucho prestigio ya se están pasando a la autoedición. Cierto, algunos lo hacen, pero seguramente de la mano de un agente-representante que se hace cargo de todos esos asuntos de la edición, y sobre la base de un prestigio acumulado a lomos de libros analógicos. En definitiva, cuando se habla de autoedición, el término encierra una trampa. La autoedición de libros o es edición o no es nada (y aquí me da igual si el libro es analógico o digital). Y entonces volvemos a lo anterior: no hay libros sin editores.

Me podrán decir que el editor no es más que una pieza en el engranaje de una empresa mercantil y que no siempre puede actuar con libertad de criterio. Que no siempre sus acciones se orientan con arreglo a valores literarios. Tampoco lo voy a discutir. Esa es parte del juego (y de los conflictos que enfrenta un buen editor cuando ocupa un puesto de esos en los que decide la suerte de un catálogo que ya le venía impuesto y al que solo le corresponde ir actualizando, para mejor o para peor). Ahí va en juego su nombre y su personalidad como editor. Que haga lo que pueda, que lo haga lo mejor que pueda, y que se arregle.

Ahora bien, ¿dejamos entonces la literatura infantil y juvenil en manos de lo editores? La respuesta es sí y no.

Sí, en el sentido de que el editor será quien va a canalizar la parte del trabajo literario que empieza una vez que el primer manuscrito de la obra está concluido. No, en el sentido de que los escritores tenemos que desarrollar nuestro trabajo lidiando con la materia prima de cualquier libro de literatura infantil y juvenil: las ideas, las ficciones, los fantasmas, los significados, el lenguaje que exprese eso, la narración, el tono, los incidentes, la trama, los personajes, las figuras poéticas que sostengan eso. Ese es nuestro arte y nuestro oficio en el asunto, como lo fue en las obras de los autores que leímos y que, mediante hechos de lectura significativos, nos introdujeron en este mundo, el mundo de la literatura.

Sí, en la medida en que el editor apueste a generar esos hechos de lectura. No, si lo único que espera el editor como materia prima para sus libros de LIJ son los subproductos, el descarte, el facilismo insignificante de esos contenidos que se leen tan rápido como se olvidan.

En definitiva, que haya buena literatura infantil y juvenil depende de muchas manos: que cada uno eche la suya del mejor modo que pueda, a conciencia de que la clave es buscar hacer buenos libros y formar con ellos buenos lectores.

Lo demás no es literatura.

Un libro, un abrazo

Recibo un correo de Sergio López Suárez con esta noticia, de la que soy parte, y la transcribo aquí (añadiendo algunos enlaces):

“Un libro, un abrazo” es un emprendimiento de la Secretaría de Gestión Social para la Discapacidad de la Intendencia de Montevideo. Tiene particular importancia porque constituye una oportunidad de empleo para jóvenes en situación de discapacidad. Ellos son quienes comercializan los libros y con estas acciones se difunde cultura uruguaya a precios accesibles. Es un programa que resulta de la articulación con la Biblioteca Nacional, Organizaciones de la Sociedad Civil y la Editorial Banda Oriental. Es ejecutado y coordinado simultáneamente por las Intendencias de Canelones y Maldonado.

“Un libro, un abrazo”, por suerte, ha funcionado muy bien desde hace algunos años editando títulos y poniéndolos a la venta a través de personas con diversas discapacidades (la gran mayoría muy jóvenes) al precio de 30 pesos (NdE: el equivalente a un dólar y medio). Un porcentaje de lo recaudado (aproximadamente la mitad) le queda como ganancia personal a estos vendedores, y el resto vuelve a un fondo para nuevas ediciones (los autores ceden su ganancia). Con cada título se publican 5.000 ejemplares en casi todos los casos. Los resultados son óptimos y de diversa índole, entre otros: difusión de autores, accesibilidad económica a esta literatura, e integración de personas discapacitadas, muchas de las cuales no encuentran otro contexto laboral.

A partir del año pasado se han integrado Canelones y Maldonado a Montevideo. La idea es ir sumando otros departamentos del interior que coordinen desde sus intendencias ONGs que trabajen en áreas similares.

Los autores publicados hasta la fecha son muchos: Delmira, María Eugenia, Juana, Bartolomé Hidalgo, Florencio Sánchez, de Mattos, Henry Trujillo, Mario Delgado, etc. y etc. Se ha publicado también un libro con literatura juvenil donde participaron: Magdalena Helguera, Gabriela Armand Ugon, Adriana Cabrera y Sebastián Pedrozo.

Este año se editarán tres títulos: una antología de Rubén Lena, otro con crónicas de El Hachero, y uno con literatura infantil creada por los siguientes escritores: Virginia Brown, Natacha Ortega, Sergio López, Germán Machado y Fabio Guerra. Por iniciativa del grupo iluyos (Ilustradores uruguayos de literatura infantil) también contribuirán con sus ilustraciones para los cuentos Matías Acosta, Juan Manuel Díaz, Lucía Franco, Augusto Giussi, Sebastián Santana, Alfredo Soderguit y Denisse Torena.

Traductor, ¿traidor?: una entrevista con Laura Chalar

Laura Chalar, entrevistada

Laura Chalar nació en Montevideo, Uruguay. Es abogada y escritora. Ha publicado dos libros de poemas («por así decirlo», 2005 y  «Por qué los poetas ingleses quieren morir en Italia», 2010) y dos libros de cuentos («El discreto encanto de la abogacía», 2007 y «El vuelo del pterodáctilo», 2009), además de numerosos textos propios y traducciones de otros autores en revistas de varios países. Acaba de publicarse en Uruguay una traducción de su autoría del libro «La niña de alta mar», de Jules Supervielle (Irrupciones Grupo Editor).  Garabatos y ringorrangos la invitó a responder algunas preguntas sobre la traducción de poesía, a lo cual accedió con mucha generosidad. Esta es la entrevista:

GyR: Días atrás nos comentabas que entiendes que la poesía es esencialmente traducible, pero que hay una dificultad cuando la poesía presenta rimas. Eso es bastante obvio. No obstante: ¿piensas que se puede volcar en una traducción el sentido que tiene el ritmo, en tanto forma sonora, en el poema original?

Laura Chalar: La poesía es probablemente el género más difícil de traducir. Pienso que hay poesía que funciona bien en traducción y otra que no. Esto depende de una cantidad de motivos (recursos en base a los que opera el poema original, empleo de juegos de palabras o aliteraciones, «localidad» —por oposición a «universalidad»— de temas y conceptos, etc., etc.); pero, en lo que hace a tu pregunta, en el caso de la poesía que sí puede ser traducida con éxito (me refiero a aquella que puede ser vertida en otro idioma con una calidad o valor artístico propios y —con suerte— no excesivamente distantes del original) en muchos casos podrá llegarse a versiones que respeten el ritmo, textura y recursos del «texto madre». Eso dependerá en buena medida de la habilidad del traductor. Creo, por otro lado, que tratar de forzar estas semejanzas cuando el idioma de destino no lo habilita puede llevar a un texto artificioso, que no atraiga ni convenza. A mí me gustan las ediciones bilingües, donde, aun si el traductor ha optado por renunciar a replicar estos elementos, uno puede ver el texto original y palparlos en él —cosa que siempre es posible y linda, aunque no se conozca el idioma.

GyR: Los que escribimos poesía sabemos que cada palabra tiene un valor sonoro y semántico particular que se hilvana con el conjunto del lenguaje en un juego de alusiones, tanto a objetos, como a ideas, a sentimientos o a tradiciones culturales: ¿no se pierden esa vinculación y esas alusiones en la traducción?

Laura Chalar: Dependerá de en qué medida el idioma de destino comparte esos elementos con el de origen. Uno podría pensar que habrá mayor simetría entre lenguas que compartan un tronco común, pero me parece que es algo para ver caso a caso. En estas cosas no conviene generalizar, porque la poesía siempre sorprende.

GyR: ¿Consideras que la lectura de poesía traducida, al omitir en su sonoridad los ritmos tradicionales, ha favorecido un descuido de la eufonía entre los poetas nativos de nuestro lenguaje y ha facilitado una incursión de lo prosaico en el orden de lo que se lee como poesía en nuestro idioma? ¿Cabe esa posibilidad?

Laura Chalar: En mi opinión, esa incursión en lo prosaico sin duda existe (hay quienes parecen creer que la existencia de versificación o quiebres de línea constituye de por sí poesía); pero sería más cauta a la hora de atribuirle parte de la culpa de este fenómeno al contacto con poesía traducida.

Una buena traducción puede ser un poema por derecho propio (creo que todos los que traducimos poesía aspiramos en definitiva a eso), pero yo, al menos, no exijo de una traducción exactamente los mismos elementos que de un original. Esto no tiene que ver con la calidad o falta de ella, y sí con reconocer que a menudo será imposible reproducir exactamente las tensiones, cadencias, etc., del original (ver pregunta anterior); lo cual no quita que la traducción deba tener un ritmo, una organización y una cohesión cuidados.

Me parece que el fenómeno que tú referís tiene más que ver con haraganería por parte de algunos poetas, un facilismo al que contribuyen muchos factores, entre ellos el endiosamiento de la «accesibilidad», valor falso si los hay, y a menudo disfraz de la mediocridad pura y simple.

GyR: ¿Piensas que el traductor tendría que tener un lugar más destacado en los créditos editoriales e incluso un reconocimiento mayor en el terreno de la literatura? En Uruguay, por ejemplo, entre los premios literarios anuales no se incluye un premio para traductores. Hasta donde yo sé, en nuestro país no hay ningún reconocimiento en ese campo.

Laura Chalar: Totalmente. Sin duda que sí. En muchos países hay premios a la traducción. Un área, como tantas otras, en la que los uruguayos nos hemos quedado atrás.

GyR: ¿Puedes regalar a los lectores de este blog dos poemas traducidos por ti, dos de los que te gusten más?

A esta última pregunta, Laura Chalar respondió con cuatro poemas: dos traducidos del español (del uruguayo, para ser más exactos) al inglés (ambos de Líber Falco) y dos traducidos del inglés al español (uno de T. S. Eliot y otro de A. E. Housman). Los publicamos aquí en formato bilingüe, como ella prefiere leer.

In a vacant lot…

(de Líber Falco)

In a vacant lot
five boys play soccer.
A man passes by
pushing a wheelbarrow. Passes.
A soft breeze fans the afternoon’s face.
In the distance, the downtown palaces
turn their backs on the sun.
The afternoon goes,
with the air of a jilted maiden.

In a vacant lot,
five boys play soccer.
Montevideo lives.
Doesn’t dream. Doesn’t hope.
Lives.
A car honk is heard in the distance.
How sad everything is,
and yet, how fine to see it—
to watch, to hear, to see it.

En un baldío

En un baldío
cinco muchachos juegan a la pelota.
Un hombre pasa.
Lleva una carretilla. Pasa.
Un aire suave
abanica el rostro de la tarde.
A lo lejos, allá…
los palacios del Centro
muestran su espalda al Sol.
La tarde se va.
Lleva un aire de doncella defraudada.

En un baldío,
cinco muchachos juegan a la pelota.
Montevideo vive.
No sueña. No espera nada.
Vive.
Lejos suena una bocina.
Qué triste es todo.
Y sin embargo, qué bello es verlo,
mirarlo, oírlo y verlo.

Tapa de la primera edición del libro «Tiempo y tiempo», de Líber Falco

Herrerita

(de Líber Falco)

Blasphemous, errant and stately
went the artist drinking air
along the streets.

His pipe a cosmic periscope,
hat at a listless angle,
went the poet daring hunger
along the streets.

“Brothers, we are made
of countless hungers”, said
the poet, and vanished
down the longest
street and final.

Herrerita

Blasfemo, trashumante y señorial
iba el bohemio bebiendo el aire
por las calles.

La pipa un periscopio cosmogónico,
el sombrero ladeado y con desgano,
iba el poeta retando el hambre
por las calles.

—Hermano, estamos hechos
de incontables hambres— dijo
y se fue el poeta,
por la más larga,
definitiva calle.

La Figlia che Piange

(de Thomas Stearns Eliot)

«O quam te memorem virgo…»

Párate en lo alto de la escalinata—
Apóyate sobre una urna de jardín—
Teje, teje la luz del sol en tu pelo—
Oprime tus flores contra ti con dolorida sorpresa—
Tíralas al suelo y vuélvete
Con fugaz resentimiento en los ojos:
Pero teje, teje la luz del sol en tu pelo.

Así hubiera querido yo que él se marchara,
Así que ella se quedara de pie y sufriera,
Así la hubiera dejado él
Como el alma deja al cuerpo roto y magullado,
Como la mente abandona el cuerpo que ha usado.
Encontraría
Algún modo incomparablemente leve y hábil,
Algún modo que comprendiéramos ambos,
Simple e infiel como una sonrisa y un apretón de manos.

Ella se apartó, pero con el tiempo otoñal
Atrajo mi imaginación muchos días,
Muchos días y muchas horas:
Su pelo sobre los brazos y los brazos llenos de flores.
¡Y me pregunto cómo hubieran sido ellos juntos!
Un gesto y una pose se me habrían perdido.
Algunas veces estas cavilaciones aún asombran
La inquieta medianoche, la paz del mediodía.

La Figlia che Piange

«O quam te memorem virgo…»

STAND on the highest pavement of the stair—
Lean on a garden urn—
Weave, weave the sunlight in your hair—
Clasp your flowers to you with a pained surprise—
Fling them to the ground and turn
With a fugitive resentment in your eyes:
But weave, weave the sunlight in your hair.

So I would have had him leave,
So I would have had her stand and grieve,
So he would have left
As the soul leaves the body torn and bruised,
As the mind deserts the body it has used.
I should find
Some way incomparably light and deft,
Some way we both should understand,
Simple and faithless as a smile and shake of the hand.

She turned away, but with the autumn weather
Compelled my imagination many days,
Many days and many hours:
Her hair over her arms and her arms full of flowers.
And I wonder how they should have been together!
I should have lost a gesture and a pose.
Sometimes these cogitations still amaze
The troubled midnight and the noon’s repose.

En tranquilos valles verdes

(de A. E. Housman)

En tranquilos valles verdes
Donde los amantes juegan,
Se oye desde el otro lado
Una música que suena.

Detrás del tambor y el pífano,
Junto a espino y hondonada,
Dejando atrás tierra y vida
Van los soldados.

Ser soldado es lo mejor:
Roba, donde sea que esté,
El corazón de muchacha
Y hombre a la vez.

El amante y su chica,
Tendidos bajo el espino,
Han oído pasar la tropa
Y ambos suspiran.

Y ellos, con notas que
A lo lejos se van perdiendo,
Siguen su marcha sonora
A la casa del silencio.

In valleys green and still

In valleys green and still
Where lovers wander maying
They hear from over hill
A music playing.

Behind the drum and fife,
Past hawthornwood and hollow,
Through earth and out of life
The soldiers follow.

The soldier’s is the trade:
In any wind or weather
He steals the heart of maid
And man together.

The lover and his lass
Beneath the hawthorn lying
Have heard the soldiers pass,
And both are sighing.

And down the distance they
With dying note and swelling
Walk the resounding way
To the still dwelling.

Gracias, Laura.