Poesía y escuela (III): segundo grado

El viernes pasado, a las 7:30 de la mañana, arribé a Buenos Aires en el buque Eladia Isabel. Me preguntaba, mientras hacía esfuerzos por dormir en ese segundo tramo del viaje desde Montevideo, vía Colonia, ¿por qué demonios los de la empresa no apagan las luces y te facilitan la conciliación del sueño? La respuesta es fácil: quieren que vayas al bar y al free shop, y que consumas. Pero lo cierto es que no hice ni lo uno ni lo otro: no consumí nada y no dormí nada.

Llegué a Buenos Aires con el cansancio de la jornada anterior y el acumulado del viaje, pero el aire húmedo de la capital porteña, ese olor a caucho quemado característico que tienen las avenidas en la zona del puerto y un buen desayuno en un café de la avenida Córdoba bastaron para acomodar el cuerpo y el ánimo para el resto de la jornada, que sería larga. Larga, pero con sorpresas muy gratas.

A media mañana tenía planificado visitar una clase de segundo grado de un colegio: el Sarmiento (tal como me lo nombraron). La visita, a donde fui acompañado de mi editora, fue una experiencia digna de ser notificada: por eso escribo ahora.

Nada más entrar al edificio, pude prever un clima propicio para hablar de poesía, que era en definitiva a lo que iba. Encontré pegadas en el suelo unas fotocopias con textos escritos por los niños enmarcadas en la imagen de hojas de plátanos.

Esos textos producidos por los alumnos respondían a un trabajo en clase, donde se había organizado una actividad de aproximación a la poesía a partir del tópico del otoño y la caída de las hojas de los árboles.

La maestra y sus asistentes habían logrado sensibilizar al grupo de chicos (de entre seis y siete años) que yo llegaba a visitar. Además de la experiencia puntual con la materia poética general, ellos habían hecho una lectura previa de Ver llover y, tal como lo manifestaban sus rostros sonrientes y expectantes, querían conocer al escritor. Conocerlo y charlar con él.

Les conté cuál había sido mi experiencia como lector de poesía. Les conté cómo habían surgido mis libros. Les conté lo que uno espera de la poesía al escribirla. Les leí algunos poemas de otros escritores y algunos poemas de mis libros, entre los cuales, ese de Ver llover que dice:

Aquí es invierno.
Pasa un niño descalzo
caminando por la calle.

El cielo está llorando de frío.

Bajas la cabeza,
miras tus zapatos
y agregas una lágrima a la lluvia.

E intercambiamos, dialogamos con un grupo de chicas y chicos que habían estado peleando con el lenguaje y sus sentimientos para elaborar textos poéticos: eso fue la actividad en definitiva.

Para mi sorpresa, sucedió algo que no suele suceder en este tipo de jornadas. Mientras algunos niños charlaban más y preguntaban más, hubo uno que permaneció en silencio. Seguramente estaba reconcentrado. No lo había notado hasta que se me acercó con un papelito. Mientras otros se turnaban para hacer preguntas y charlar conmigo, él escribió algo, y vino en silencio a dármelo. Lo leí en ese momento y quedé sorprendido. El papelito decía lo siguiente:

Hace mucho, mucho tiempo, una noche de lluvia, un chico se resbaló descalzo y a mí se me cayó una lágrima y una hormiga se mojó.
(Corrijo la ortografía del texto sólo para facilitar la lectura)

No voy a hacer aquí un culto de la espontaneidad expresiva de la infancia, más allá de que el acto de ese niño pudiera ejemplificarla. No seré yo quien menosprecie un trabajo previo de sensibilización y formación, que en definitiva fue lo que seguramente alentó este gesto infantil «espontáneo».

No voy a hacer aquí un culto del facilismo en la escritura poética, más allá de que el texto que elaboró este niño logra uno de los afanes de la poesía: hacer chocar imágenes para dar cauce a un sentimiento que no puede expresarse por medio del aislamiento abstracto de las percepciones o la autorreflexión controlada de manera consciente.

Sólo quiero mostrar cómo el trabajo en el aula, un trabajo sensible, motivador, entusiasta y lúdico, puede dar sus frutos en lo que respecta a la formación de chicos y chicas que, sin los encumbramientos vanos de la poesía, se acercan al lenguaje poético, lo disfrutan y son capaces de ponerlo en acción de la manera más inesperada; de la manera menos corriente. Todo un logro. Y un disfrute, por cierto.

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11 thoughts on “Poesía y escuela (III): segundo grado

  1. Y que conste, Carola, que el mérito mayor es de la maestra que logró motivar a los pibes. Y bueno, también de los pibes, que se motivaron. Y en el caso del pequeño que estaba en silencio, pues eso que tú dices, la voz guardada afloró sin mediar sintaxis ni ortografía, como un hilo garabateado o como uno de esos gráficos de un electrocardiograma: una maravilla, sí. Abrazos desde aquí.

  2. Aplausos, aplausos y que sigan los aplausos a las maestras y su dedicación, y a los niños/alumnos por la enseñanza que su tarea nos deja… Gracias por tu tan bello relato Germán.

  3. Que maravillosa experiencia German ! “Hace mucho, mucho tiempo, una noche de lluvia, un chico se resbaló descalzo y a mí se me cayó una lágrima y una hormiga se mojó.”, definitivamente los niños me chiflan de lo lindo :)….Por cierto, me gusta tu poesía !
    Saludos grandes:)

  4. Qué belleza, Germán. Recién descubro esta nota (más vale tarde que nunca), y ya iba a recomendársela a mis estudiantes de Magisterio, cuando caí en la cuenta de que el título dice “(III)”. ¿Cómo encuentro Poesía y escuela (I) y (II)?

    • Magdalena: abajo del todo, en la nota, dice: “Esta entrada fue publicada en…”. Eso indica las etiquetas. Si haces clic en la etiqueta “Poesía y escuela” te encontrás con los distintos textos (también hay una entrada número IV) sobre el tema.
      Me alegro que te haya gustado esta entrada: fue una experiencia muy linda para mí. Abrazo.

  5. Pingback: 200 | Garabatos y Ringorrangos

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