¿Quién no lleva en sus entrañas una canción de María Elena Walsh? Piensen unos segundos y traten de entonar una. Una cualquiera. Sí, ésa, la de La Tortuga Manuelita, o aquella otra, la del País de No-me-acuerdo, y el valiente Mono Liso, y la de Juguemos en el mundo mientras el Diablo no está, y la de Cantando al sol como la chicharra, y la de la Pájara Pinta… Cierto: hay una cantidad de canciones. Las evocamos y van saliendo (o entrando, sí). Canciones. Momentos. Infancia vivida. Vínculos. Y poesía: de la buena, porque María Elena Walsh era, es, será, por sobre todo, una poeta.
Permítanme saludarla con un poema de esos que se piensa que es “para grandes” y no “para niños”. Seguro que María Elena Walsh estará haciendo una mueca frente a esta distinción. Ella escribía para dar vuelta el mundo, para ponerlo del revés, y lo mismo le daba si ese trabajo, ese juego, ese escándalo de sol, lo acometía un lector de 3, de 9, de 27, de 81… ¡Vaya, María Elena Walsh estaba por cumplir 81 años: deberíamos recordárselo!
Buen viaje, Pájara Pinta.
—
CANTO LISO
—
No, no me llamo como los rincones
ni crean que mi lágrima es antigua.
Sucede que en algunas ocasiones
desolación de muerte me averigua
y yo qué voy a hacer, hago su modo,
me pongo su manera y eso es todo.
—
Cansa, pero no estoy amontonada.
Sólo que hasta curar el maleficio
los ojos se me van de la mirada
y desvivir es mi secreto oficio.
De hastío y simulacro me corono,
piso el amor, trabajo el abandono.
—
Les pido por favor que no me quejo,
pero eso sí: vería con agrado
que alguien reconociera en un espejo
mi ser a duras penas dibujado.
Que alguien compadecido no sé dónde
sintiera que mi voz le corresponde.
—
Yo le paso a la gente, le sucedo
al tiempo y el espacio me improvisa.
Entre tinta y papel me tiene el miedo,
el fuego me amenaza con ceniza.
Y a veces no me sirvo para nada,
como una primavera serruchada.
—
Cuando la eternidad parece tanta,
qué puede hacer un corazón solito.
Escribe sombras, para adentro canta
un silencioso grito manuscrito,
y armas de torpe cazador estrena
para buscar arrimo en alma ajena.
—
Esto es unánime porque me pasa,
soledad que en ustedes se perdona.
Esto que en tantos ánimos fracasa
da la casualidad que es mi persona.
Por eso y por amor sólo les pido
que no me olviden cuando más olvido.
—
María Elena Walsh
de Hecho a mano (1970)
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina.

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