Filosofía con niños: se podría empezar con nada

Hace unos días veía un documental francés titulado “Ce n’est qu’un debut” (“Solo es el principio”), dirigido por Pierre Barougier y Jean-Pierre Pozzi. El documental registra un proyecto que busca introducir la filosofía en los cursos de preescolares. La película se ocupa del trabajo de una maestra con niños de una escuela periférica durante dos años: el primer año, durante el trabajo con un grupo de cuatro años; el segundo año, con el mismo grupo cuando ya tienen cinco años.

Cuando comienza el documental, y el proyecto, vemos a una maestra que enciende una vela y, con ese sencillo ritual, inicia una dinámica de diálogos filosóficos con los niños. La maestra, entonces, le pregunta a los niños: “¿Qué significa hacer filosofía con ustedes?”, y un pequeño responde: “Hablar”. Ella dice, “Hablar, sí. Y tendrán que…”, y otro pequeño, muy enterado, agrega: “Reflexionar”. Y de eso va toda la película. De ese esfuerzo, de esas dificultades. Los temas abordados son múltiples: el miedo, la amistad, la muerte, la inteligencia, el poder, la libertad, la diferencia… Y las discusiones muestran cómo se involucran los niños, ya cargados de prejuicios, ya libres de ellos. En ese punto, la discusión sobre qué es el amor resulta imperdible, cuando se coloca en torno a la luz de esa vela una discusión sobre códigos de sexo-género, homosexualidad y diversidad sexual.

El documental está muy bien logrado en el sentido de mostrar las dificultades y también las muchas oportunidades que se abren al llevar adelante un trabajo de conversación reflexiva con niños tan pequeños. Dificultades propias de la edad. Dificultades propias del intercambio “filosófico” entre el mundo adulto y el mundo infantil.

En esa dirección, me quedé pensando en el papel que pueden jugar los libros alrededor de un proyecto como ese. No digo libros de lectura literaria, libros de LIJ, sino libros de divulgación filosófica (o de divulgación de temas cívicos o sociales) accesibles a esas edades.

Y entonces me encontré con este libro que me resultó una pequeña maravilla: “¿Qué es la nada?”, de Antje Damm, editado en Alemania en 2009, y llevado al castellano por la editorial argentina Iamiqué.

¿Qué es la nada?, de Antje Damm, editado por la editorial especializada en libros informativos y de divulgación científica para niños, Iamiqué. Argentina, 2014 (traducción de Alejandra Villar).

¿Qué es la nada?, de Antje Damm, editado por la editorial especializada en libros informativos y de divulgación científica para niños, Iamiqué. Argentina, 2014 (traducción de Alejandra Villar).

El libro se organiza en base a preguntas que se formulan al lector, a la acumulación de eventos en torno al significado de la palabra nada (que siempre se destacará tipográficamente en el texto), al contraste y la comparación entre ideas abstractas relativas al uso de la palabra nada e imágenes muy concretas que ilustran esas ideas (con fotografías o con dibujos, o con la combinación de ambos), a la puesta en juego de pequeños textos literarios (poemas) o textos reflexivos de niños (que intentan definir, a sus 8, 9 o 10 años, qué es la nada), a algunas informaciones históricas (nombres de filósofos que han reflexionado sobre el asunto, obras de arte sobre el tema). En definitiva, una organización bien definida, donde preguntas, eventos, ideas, imágenes, textos e informaciones confluyen desde sus detalles para aportar a la construcción de una reflexión muy amplia sobre el tema.

En su primera página, el libro comienza con una frase contundente: “Hay muchas cosas sobre las que no sabemos nada”. Y es como si no pudiera haber otro principio que el de esa carencia, el de esa incertidumbre, el del desconocimiento, el de la nada misma para iniciar una conversación y una reflexión con niños y niñas bien pequeños: ya sobre la nada, ya sobre cualquier otro asunto filosófico propio de las inquietudes humanas. Luego, en el libro, se sucederán las afirmaciones tajantes y también las preguntas inquietantes encargadas de sacudir cualquier seguridad sobre el tema, o sobre el modo en que hablamos del tema:

¿Podemos pensar en nada?

¿No hay nada después de la muerte?

¿Realmente no se ve nada cuando está muy oscuro?

¿La nada es un agujero?

¿Nada es imposible?

Un interior del libro, siempre planteado a dobles páginas con textos e ilustraciones en juego.

Un interior del libro, siempre planteado a dobles páginas con textos e ilustraciones en juego.

Quizás este libro sea más apropiado para niños en edad escolar que para los preescolares. No lo sé, no estoy seguro, habría que probar. Pero al margen de eso, su lectura atenta puede aportar muchas ideas para pensar cómo reafirmar, con algún tipo de libro, el proyecto de llevar la filosofía a los más pequeños. Un desafío. Porque en la actualidad, cuando más de un político-tecno-burocráta de turno plantea recortar los programas y los horarios de estudio dedicados a la enseñanza de las materias humanísticas (filosofía, literatura, artes…), es bueno repasar estos proyectos y estos libros, y tratar de entender algo sobre su necesidad y su importancia para todas las edades.

Y entonces, tal vez, volver a abrir la mente, volver a pensar en preguntas ontológicas que nunca son del todo contestadas, como la clásica: ¿Por qué hay algo en lugar de nada?

En fin, sea como sea, se empiece como se empiece: algo es algo. Y bienvenido.

Nada y algo. Eso.

Nada y algo. Eso.

Cuestionario LIJero a Sebastián Pedrozo

Casualidades de la vida. El otro día, hurgaba en la biblioteca y me encontré con el número 4 de Bloc, Revista de Arte y Literatura Infantil. En ese número hay formulado un cuestionario que se elaboró a partir de preguntas extraídas de muy buenos libros de literatura infantil. La revista ya no se publica (pero se encuentra en la web). Al ver la revista, recordé que ese cuestionario circuló hace unos años en la red, allá por el 2010. Por entonces no conocía su origen, pero me lo había encontrado en el blog de Cecilia Varela, y lo respondí en el mío. Ahora, para mi sorpresa, me doy cuenta de que Cecilia lo había tomado de “Librosfera”, blog de una especialista de LIJ muy cercana a Glòria Gorchs, una de las personalidades que responde el cuestionario en la revista, bibliotecaria y especialista en LIJ, a la que tuve el gustazo de conocer hace poco en una actividad de la biblioteca Roca Umbert de Granollers, donde ella trabaja.

Y, más casualidades, justo luego de leer la revista, me encuentro con una publicación del escritor uruguayo Sebastián Pedrozo en su Facebook, donde responde a una pregunta sobre su relación con los libros. Dice el escritor:

LOS LIBROS

He comprado libros que regalé el mismo día. He comprado el mismo libro dos, tres, cuatro veces. Y así.

He comprado libros que sabía no iba a leer.

He comprado libros nuevos y viejos, rotos, sin tapas, con capítulos enteros subrayados. Libros que en su última página alguien escribió con pluma “te necesito, María, por favor”. He comprado libros con cartas cerradas dentro, con postales, con boletos, con recetas de cocina.

Libros que, con solo mirarlos, las hojas se desintegran. He comprado libros para ganar la simpatía de mujeres que no sabían que yo existía. He comprado libros para que me perdonen mis amigos. He comprado libros en supermercados, en farmacias, aeropuertos, en la calle, en las ferias vecinales, en asentamientos, en los patios de las escuelas. Libros en idiomas que desconozco. He comprado libros para los hijos que nunca tuve. He comprado libros toda mi vida.

Ahora están por todas partes: en el baño, la cocina, bajo la cama, arriba del ropero, detrás de otros libros que han estado siempre, antes que esta casa, antes que la vida misma. Y se amontonan y crecen, se multiplican en las zonas oscuras. Un día me echarán, con lo puesto, a los árboles, a la playa. Un día me van a expulsar del propio lugar que yo les construí, de los estantes que colgué con simetría para que no se ladearan, perfectos, sin crujir, ni pudrirse. En equilibrio, que yo nunca tuve. Me van a echar de su propia existencia sin humedad. Sin sol directo. Vamos camino a eso. Lo sé. Lo saben el almacenero, mis compañeros de trabajo, el repartidor de soda.

Su aparente silencio es poderoso.

Van a decir que estoy loco, pero creo que son el centro del mundo, confluyen sus voces en un punto donde se genera la energía que me mueve hacia la palabra escrita. Allá voy todos los días. Un poco ciego, un poco hambriento, agazapado en la noche los reviso, releo los mismos párrafos por enésima vez. Me subo descalzo a la vieja silla y desordeno todo. Uno a uno los huelo, hago torres contra la pared. Los limpio. Los acaricio. Les bailo encima. Los abrazo.

Ellos tienen la culpa de mi insomnio eterno. No. Mentira.

Mientras todos duermen, ellos me hablan, y dicen: “no es tu culpa que no te guste la gente. Pero deberías llamarla, mirar a la gente a los ojos, nosotros no vamos a ir a ninguna parte”.

Al terminar de leer esto, supe que él era el candidato ideal para retomar el juego de aquel cuestionario de la Revista Bloc. Sebastián Pedrozo es un excelente escritor (y mejor lector) de literatura infantil y de literatura sin adjetivos. Le fui haciendo las preguntas, una por turno, sin decirle de dónde habían salido (aunque en varias, él descubrió la fuente antes de que yo se la dijera, cosa que hice luego de que él me respondía).

Sebastián Pedrozo, escritor uruguayo, de "Pinar Town".

Sebastián Pedrozo, escritor uruguayo, de “Pinar Town”.

 

Los invito a leer el cuestionario, y los invito, si quieren, a seguir con este juego intentando ustedes contestarlo. Los dejamos, entonces, con Sebastián, a quien le estamos muy agradecidos en Garabatos y Ringorrangos.

 

¿Se puede saber quién eres y adónde vas?

[El espantapájaros a Dorothy, en el capítulo III de "El mago de Oz", de Frank L. Baum]

Creo que lo sabré cuando llegue. O mejor, quizás no hay lugar a donde ir, hay lugares donde estar. A mí me gusta donde estoy ahora. En este preciso momento, luego, no lo sé. Me da miedo la quietud. El llano. Me da miedo que no haya viento, que no vuelen ramas, que no llueva, que no haya tormenta, que siempre sea verano.

Eso sí, nunca he podido quedarme quieto. De modo que lo que más me importa es el camino. O los caminos. Son todos distintos, algunos más tranquilos. Otros terribles. En todo caso, me gusta que -en el mejor de los casos- el recorrido sea largo, sinuoso: en los meandros se esconde la sorpresa. Y yo nunca pude estarme quieto. La sorpresa es lo opuesto a la muerte.

A veces creo que soy una buena persona. El resto del tiempo estoy seguro que no. A veces hago demasiada idioteces, a veces me enojo tanto que me doy de lleno con la parte más filosa de la ruta.

Y sigo sin aprender.

¿Y eso es divertido?

[Momo a los niños, en el capítulo XVI de "Momo", de Michael Ende]

El movimiento es la única forma de diversión que conozco. Solo o acompañado, me he divertido empujando barriles cuesta abajo, o leyendo hasta quedar dormido bajo una higuera.

Hacer mover el cuerpo, las palabras. Del resto se ocupa el viento, la lluvia, las estaciones.

¿Qué es una vida humana?

[El hombre gris a los hombres grises, en el capítulo XI de "Momo", de Michael Ende]

Es lo que queremos ver en los demás, lo que nos dejan ver, lo que podemos ver, lo que nos enseñan a ver.

Lo que verdaderamente es, no lo sé.

Nadie lo sabe.

¿Crees que un muerto está muerto para siempre, o crees que puede resucitar?

[John Silver a Jim Hawkins, en el capítulo XXVI de  “La isla del tesoro”, de Robert Louis Stevenson]

Creo que el mundo se está muriendo desde el primer día. Eso me han dicho. Pero cada vez que alguien se hace esa pregunta, cada vez que se mira a los demás, que se invita a bailar a una chica, que la dama encuentra una carta con su nombre tirada en el jardín, que los amantes duermen abrazados después del placer, se le inyecta vida al mundo, hasta la próxima desgracia, hasta la próxima miseria.

Es un mecanismo perpetuo. No se puede detener.

Eso también me lo han contado.

¿Qué buscas?

[María, la protagonista, en el capítulo XVI de “El tesoro del Capitán Nemo”, de Miquel Rayó].

Entender a los fantasmas. Mis fantasmas.

Saber qué quieren. Por qué no me dejan en paz.

Estar en paz con ellos.

Un momento, no soy un atormentado.

Simplemente me quejo demasiado.

¿Qué es lo que no consentirías?

[Tommy a Pippi, en el capítulo IV de “Pippi Calzaslargas”, de Astrid Lindgren.]

La impunidad.

¿Te cae simpática la reina?

[El Gato de Cheshire a Alicia, en el capítulo VIII de “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll.]

¿Mi Reina?

Claro que sí, yo soy su Rey.

¿Te… te gustan… los… perros?

[Alicia al ratón, en el capítulo II de “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll.]

Siempre he tenido perros.

Me gustan los gatos.

Me gustan los misterios.

¿Por qué el ocho va después del siete?

[Marta a papá, en “17 cuentos y dos pingüinos”, de Daniel Nesquens.]

¿Quién lo dice? Patrañas.

Tengo ocho cocos, ocho monos y ocho niños. ¿Cuántos imbéciles tengo en total?

[Trunchbull a Wilfred, en el capítulo XX de “Matilda”, de Roald Dahl.]

-Solo usted, Trunchbull.

¿Te has encontrado alguna vez con una bruja?

[Niño a abuela, en el capítulo III de “Las brujas”, de Roald Dahl.]

¿Brujas de verdad? Sí, cada vez que leo a Roald Dahl.

¿Crees en las hadas?

[Peter Pan a los niños, en el capítulo XIII de “Peter Pan y Wendy”, de James Barrie.]

Sí. Creo que un hada es una bruja a la que todavía no le han roto el corazón.

¿Sabes lo que es un beso?

[Wendy a Peter, en el capítulo III de “Peter Pan y Wendy”, de James Barrie.]

Son esas cosas que le rompen el corazón a las hadas y se lo arreglan a las brujas.

¿Qué es el tiempo, de verdad?

[Momo al maestro Hora, en el capítulo XII de “Momo”, de Michael Ende.]

Lo único que existe. La primera regla. El tiempo es dios.

El verdadero rey.

¿Es así eso de ser adulto? ¿El hacer y decir cosas que no entienden los niños?

[Joel a sí mismo, en “El perro que corría hacia una estrella”, de Henning Mankell.]

Sí, ser adulto es aburrido.

Ser adulto está sobrevalorado.

Nunca quise ser adulto. No me gusta ser adulto.

No soy adulto.

 

¿De qué sirve un libro si no trae estampas ni diálogos?

[Alicia a sí misma, en el capítulo I de “Alicia en el país de las Maravillas”, de Lewis Carroll.]

Fácil, sirve para entretener adultos. Eso.

¿Está todo en los clásicos? ¿Todo, todo?

En estos días tuvo lugar el XIX Foro Internacional para el Fomento del Libro y la Lectura, en Resistencia, Chaco, organizado por la Fundación Mempo Giardinelli. Es uno de esos encuentros literarios que generan mucho entusiasmo y dejan a la gente pensando: a la gente que participa y a la que lo sigue a distancia. Y esto, claro está, es el mejor elogio que se le puede hacer a un encuentro literario.

La entrada de hoy viene a propósito de haberse quedado uno pensando en un par de cosas que se dijeron por allá, por el Chaco. En rigor: en una cosa. Dos escritores de referencia sugirieron, a su modo, que la industria editorial está publicando muchos libros de literatura que no valen como tal, y que lo que vale hoy es, fundamentalmente, volver a leer a los clásicos.

Mempo Giardinelli abre el XIX Foro Internacional para el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, Argentina.

Mempo Giardinelli abre el XIX Foro Internacional para el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, Argentina.

Dice Mempo Giardinelli en su discurso de apertura del Foro:

Lo verdaderamente esencial de una política de lectura no es solamente convencer a una sociedad para que lea, ni es lograr índices de lectoría masivos. Siendo todo eso importante, lo verdaderamente significativo es formar a esa sociedad para que lea textos de calidad, que son los únicos que garantizan una buena calidad educativa.

Es necesario y es urgente que todos y todas, empezando por nosotros, maestros y bibliotecarios, nos apartemos de las modas y las imposiciones del mercado, y retornemos a la Gran Literatura.

Para ello, recuperar la lectura de los clásicos es un imperativo. Los clásicos universales, digo, y los de la literatura argentina y latinoamericana. Ahí está todo. De veras, queridas maestras y maestros, ahí en los clásicos está todo. Y disculpen si sueno duro, pero de veras: menos moda y más clásicos, por favor. Menos “novedades” y más lecturas de calidad probada. Que la experimentación está muy bien, claro, pero no a costa de la educación de nuestros 17 millones de chicos y chicas en edad escolar ¿no les parece?

Suena duro, sí. Y ya que nos pregunta, respondo: no me parece.

O al menos, no me parece del todo así. Estoy de acuerdo en lo medular de su discurso completo. Estoy de acuerdo en lo importante que es el fomento de la lectura en la conformación de una sociedad más culta y más democrática. Estoy de acuerdo en que hay que ser más exigente y fomentar la lectura de literatura de calidad. Pero no estoy de acuerdo en que en los clásicos esté todo.

Y hay una contradicción en el discurso: clásicos eran Homero, Virgilio y Dante. Eran clásicos cuando en latinoamérica no había literaturas de carácter nacional o continental. ¿Qué hubiera sucedido si allá por el 1800 se imponía el discurso de que en los clásicos está todo? ¿Se habría animado Esteban Echeverría a escribir “El matadero”?  O viniendo un poco más acá en el tiempo: ¿se habría animado Juan José Saer a escribir “El limonero real”, una vez que Borges ya había logrado su dimensión de clásico argentino? ¿Cómo es posible hablar de clásicos después de los clásicos? La idea de que en los clásicos está todo es paralizante. Pero por suerte, no se cumple.

Y es que hay algo de gran importancia en la lectura de los clásicos: el aliento inconformista para la permanente reinterpretación del mundo que nos rodea. Reinterpretar el mundo es reinterpretar nuestro tiempo. Reinterpretar el mundo es, para quienes leen y escriben, buscar expresar a partir de nuestro choque como personas con el presente lo que nos ha tocado vivir, y cómo, y con qué características nuevas o recicladas. Los clásicos nos cultivan en la sospecha. Los clásicos nos enseñan que, si bien se puede pensar que “no hay nada nuevo bajo el sol”, es buena cosa dejar que la luz ilumine las zonas oscuras del presente, y una vez que las percibimos, dar cuenta de ellas, a nuestro modo, al modo de cómo hemos sabido digerir a los clásicos, al modo de nuestra propia experiencia. Las zonas oscuras, y también las más luminosas.

Esto que nos concierne como escritores también nos concierne como lectores. Leer a los clásicos está muy bien. Es importante. Es formador. Fomenta la conciencia crítica. Abre mundos. Pero eso también lo puede hacer la lectura de la buena literatura contemporánea. Y, a veces, lo puede hacer mucho mejor.

Por esto, también tengo mis discrepancias con lo que en ese mismo foro planteó Ema Wolf respecto de la literatura infantil y juvenil actual; planteo que en cierta forma coincide con el de Mempo Giardinelli.

Momento en el que Ema Wolf lee su ponencia en el Foro.

Momento en el que Ema Wolf lee su ponencia en el Foro.

Dice la escritora argentina:

Me pregunto si la literatura que les brindamos a nuestros chicos, sobre todo la que pasa a través de la escuela, tan domesticada (en el doble sentido de hogareña y amansada), que recurre con tanta frecuencia a protagonistas que son idénticos a los lectores, consigue atrapar a aquellos a los que les gusta meterse de polizontes en cualquier cosa que los lleve lejos. Porque para eso -creía yo entonces- eran los libros: para llevarme lejos, desplazarme a lo ignoto: al mundo de las hadas primero, y después a ese otro de escenarios reales, con paralelos y meridianos, donde se desarrollaban vidas extraordinarias, había sectas auténticas, injusticias que nos convertían en justicieros, gestos de nobleza y de sacrificio, además de pescadores de perlas y romances estrepitosos. Se diría que esos chicos encuentran esos relatos en otros soportes: el cine, la televisión, los comics, los videojuegos. ¿Y en la literatura?

(…) Nunca me imaginé interesada en la historia de una nena que viviera en un barrio suburbano y se hubiera enamorado del nene de la esquina porque para eso me tenía a mí. Mis heroínas eran, por lo menos, vírgenes a punto de ser sacrificadas en un templo, y mis héroes, por lo menos, el correo del zar. Ojo: no desdeño la identificación con lo inmediato, digo solamente: hay quienes buscan otras cosas.

Y luego (o antes), como transcribe Ana Garralón en su blog:

Ema Wolf afirmó tajante que hoy los niños leen autores vivos contemporáneos de literatura infantil llenos de modelos estereotipados y faltos de emoción y, al mismo tiempo, ignoran la obra de un clásico como Javier Villafañe.

Me tocó cursar mi educación primaria en una época en la que la mejor literatura infantil que existía era esa de la que habla Ema Wolf con tanto entusiasmo, si bien no era la literatura que aconsejaban las maestras en los salones de clase, y si bien tampoco era muy fácil acceder a ella. En todos mis años de educación, las lecturas obligatorias eran de escritores muertos o, en su defecto, encerrados en sus casas cumpliendo con sus últimas voluntades. Leíamos letra broncínea, cuando no letra muerta. La experiencia de encontrarnos con un escritor o una escritora viva e intercambiar con ellos nuestros pareceres sobre la lectura de sus libros nos fue ajena. Y ajeno nos resultaba un modo de escritura retórico y ampuloso, lejano de nuestras experiencias vitales o de nuestras fantasías, ya salvajes, ya intergalácticas, ya de capa y espada, ya con efectos especiales incluidos; lejano, también, y por desgracia, de la terrible realidad cultural, social y política inmediata que nos estaba tocando vivir.

Las sociedades tienen una historia. La infancia tiene una historia propia. La literatura tiene historia. Y estas historias se tejen y se destejen en el presente, entrecruzándose, además. Por eso, ni todo ni nada: los clásicos y los contemporáneos, las identidades y las otredades, y que la dieta sea balanceada.

No me animaría a recortar bibliodiversidad en los tiempos presentes, justo cuando recién estamos logrando que las sociedades sean un poco más lectoras, justo cuando los noticieros nos muestran que el mundo no es menos intolerante hoy que ayer, o al menos, no todo el mundo. Y que la criba la hagan los lectores, de a poco, según sus caminos recorridos como tales, y con la mejor o peor colaboración que le puedan brindar los mediadores literarios.

¿Qué de la actual literatura infantil y juvenil soportará el juicio (casi que incuestionable) del tiempo? No lo sabemos ahora, pero lo sabremos más adelante. Mientras tanto, un poco de Twain, un poco de Villafañe, un poco de Ema Wolf, y un poco de ese escritor nuevo que acaba de publicar su primera obra y que parece que anda muy bien.

La seguimos en el próximo foro, el XX.

La cruzada de los niños: poema de Bertolt Brecht ilustrado por Carme Solé Vendrell

Estamos en tiempos de guerra. Ucrania, Palestina, Iraq, Siria… Pero también, África, casi que entera. Y esos hombres de piel negra (inmigrantes sin tierra ni papeles) intentando saltar vallas que son fronteras entre la vida y la muerte, o echándose al mar en unas débiles pateras, que quizás son la última esperanza de llegar a algún puerto, porque el naufragio era en tierra firme, porque el naufragio es de hace siglos, porque esa también es otra guerra, y no se detiene.

Estamos en tiempos de guerra, y ya se sabe: los más débiles pagan las consecuencias. Hoy día no hay “guerras justas”. No puede haberlas. Y esta cruzada continúa.

"La cruzada de los niños",  poema de Bertolt Brecht, ilustraciones de Carme Solé Vendrell. Ediciones de El Jinete Azul, 2011.

“La cruzada de los niños”, poema de Bertolt Brecht, ilustraciones de Carme Solé Vendrell. Ediciones de El Jinete Azul, 2011.

Y entonces, contra esas guerras, a favor de la paz, es bueno volver a poemas como este de Bertolt Brecht, de 1939 (y hacerlo hoy, cuando se cumple un nuevo aniversario de la muerte del escritor alemán). Un poema que en tono épico habla de la cruzada de una centena de niños a través de la nieve, escapando de los desastres con que se anunciaba la Segunda Guerra Mundial, intentando escapar sin más esperanza que un perro que hacía de lazarillo.

Trataban de escapar de la guerra,
nocturno infernal,
y así, quizá, algún día alcanzar,
en otro país, la ansiada paz.

Un poema triste. Sí. ¿Pero acaso no es más triste la realidad? ¿Y cómo acercar este tema a los niños? ¿No es lo mejor hacerlo con un libro que les permita sensibilizarse, y razonar sobre la guerra? ¿Un libro en el que ellos, los niños y las niñas, son los tristes protagonistas? ¿Se debe edulcorar la guerra al modo de Hollywood para mostrarla a la infancia? ¿Es preferible dejar el asunto en manos de la manipulación mediática que no repara en causas y consecuencias y se queda tan solo con la imagen abyecta, escandalosa, obscena: imagen que a la postre terminará por insensibilizar en su perversa función de alejamiento y olvido a todo espectador (sea cual sea la edad)?

Ilustración a doble página en el interior de "La cruzada de los niños", de Carme Solé Vendrell.

Ilustración a doble página en el interior de “La cruzada de los niños”, de Carme Solé Vendrell.

Un libro triste, sí, ilustrado al modo de “los desastres de la guerra”, de Goya, por la artista catalana Carme Solé Vendrell. Ilustraciones que escapan de lo más desagradable de la circunstancia que propone el poema y ayudan a imaginar al niño real, de carne y hueso, de pulmones enfermos, de dolor, de frío, de miedo, pero también de esperanza, de afecto, de humanidad, de lucha y resistencia. Ilustraciones como bocetos, porque imaginar todo el dolor es imposible, pero hay que invitar a hacerlo, para que se evite, o para que se intente evitarlo.

Un libro para estos tiempos oscuros.

 

“Hojas sobre la almohada”: poéticas de la lectura de Natalia Méndez

Quienes hemos recorrido la blogosfera ya conocíamos lo que podía llegar con “Hojas sobre la almohada” antes de leer este libro de Natalia Méndez (bloguera de ley, editora, origamista y recortadora de papeles, lectora refinada y escritora de registros múltiples). El libro viene a confirmar que su autora ha cultivado una voz poética y una experiencia de lectura y escritura muy personal.

El libro de Natalia Méndez que se publicó este año poetiza sobre la experiencia de leer. Leer en reposo, con la cabeza en la almohada, con los pies allá, lejos de toda consciencia. Leer como arte de leer. Leer cuando la lectura del libro se hace experiencia de los proceso de las metamorfosis que la lectura puede provocar: ya las del sueño, ya las de la poesía, ya las de la lectura que nos hacen navegar por nuestra imaginación del lectores:

A veces cuando leo
me voy perdiendo,
y no es bosque de palabras,
es mar abierto.

"Hojas sobre la almohada. Páginas de poesía", de Natalia Méndez. Ilustraciones de Fernando Calvi. Ediciones Abran Cancha, Argentina, 2014.

“Hojas sobre la almohada. Páginas de poesía”, de Natalia Méndez. Ilustraciones de Fernando Calvi. Ediciones Abran Cancha, Argentina, 2014.

En este poemario, y en la concepción poética de quien lo escribe, las páginas de un libro bien pueden ser una mariposa, una pradera, la selva, una ventana, un pájaro, los animales, los peces, un paseo nocturno desde una casa a otra…

PALABRAS CON LUZ

Un libro lleno de estrellas
quisiera,
o con faroles,
o retazos de luna,
­─papelitos brillantes─,
o un reflejo en un verso apenas,
que ilumine el camino
de mi puerta
hasta tu puerta.

Al leer, pareciera que quien escribe está convencida de que los libros tienen vida. Y que, si se diera el caso, incluso, que nadie los leyera, entonces, los libros reclamarían al lector, desde su estante, en un susurro o a gritos.

LA VIDA EN LA BIBLIOTECA

Leí una vez
que cuando nadie anda cerca
los libros conversan entre ellos,
se cuentan alguna historia
y hablan de las cosas
de todos los días:
“Está humedo hoy”
o “Me siento un poco aplastado”
y también
“Qué ganas de ser leído
que tengo esta tarde”.

Este poemario nos regala la idea clara de que lo que dicen los libros, los buenos libros, eso son. Si dicen pájaro, vuelan. Si son de magia, hacen magia.

MAGIA

Me regalaron
un libro de magia
que resultó misterioso.
Los números de las páginas
mienten.
El índice te engaña
y cuando buscás un truco
siempre te aparece otro.

La literatura, aquí, en estas “Hojas sobre la almohada”, radica en la fuerza de las palabras y en esa fuerza especial que ellas tienen, cuando son escritas y leídas, para provocar las más sencillas y las más complejas metamorfosis. La lectura, el lenguaje contenido en la lectura, y las palabras, son vivenciadas por el lector como una experiencia abridora de mundo. Entonces, «flor», «pétalo», «color», «estrellas», no son solo palabras, no son un mero conjunto de referentes del mundo exterior. Las «palabras tambor» acompañan el latido del mundo interior más íntimo, así como las «palabras pájaro» pueden pararse en un cable y dejarse mojar por las «palabras lluvia».

PALABRA PÁJARO

Una palabra pájaro
se paró en un cable
cerca de mi ventana.
Quise hablarle
pero no supe cómo llamarla.

Llovía
y la palabra pájaro
se dejaba mojar
de palabras lluvia.

Así, las palabras, cuando son escritas de manera tal que sintonizan con el lector, pasan a ser formas de acción. Las palabras actúan y hacen lo que son. Hay casos excepcionales, claro. Por ejemplo, el de la palabra «tiempo», u otras de esas difíciles, esas que no tienen un referente inmediato, sea en la realidad o en la imaginación. Entonces puede suceder que las palabras se «despalabren». Y nuevamente, aquí, la poesía de las palabras y las palabras de la poesía hacen lo que dicen.

PALABRA TIEMPO

Una palabra tiempo
pasa.
Se atrasa.
Se disfraza.
Se mira al espejo
y ve
palabras en espejo:
tiempo que se deshace
se desteje
y se descuece.
Tiempo que se destiempa.
Palabra que se despalabra.

Se refleja y se desrefleja
el tiempo que pasa
en el espejo que se queda.

"Palabra tiempo". Página interior del libro.

“Palabra tiempo”. Página interior del libro.

Cuando algunos libros leídos parece que se cierran, cuando parece que se acaban, sus efectos igual permanecen: esperamos encontrar en la vida real a los personajes que antes estuvieron en el libro; esperamos encontrarnos con las fantasías que los libros sugirieron; esperamos volver a leer en el mundo, en la realidad, lo que antes estuvo entre las páginas. He ahí el hechizo de los buenos libros, de las buenas “páginas de poesía”.

HECHIZO

¿Será que se rompe el hechizo
al cerrar el libro
o me puedo llevar algunas palabras
de regalo?

En “Hojas sobre la almohada” se reclama un acto de leer, un modo de leer, que es tan mágico como lo que uno lee cuando lee de manera compenetrada. Cuando uno lee así, cuando uno vive así la lectura, no puede querer más que poder seguir viviendo entre las páginas leídas. Necesita que los libros se reproduzcan como las flores de un árbol y sus semillas. Necesita que los cuentos disparen nuevos cuentos. Necesita que la lectura sea un trance en un hechizo. Necesita de la lectura a perpetuidad, incluso (o a pesar) de saber que todo libro, como la vida de cada uno, tiene su fin, tiene su palabra «fin».

ÚLTIMA PÁGINA
Lo último que quiero
es llegar al final
de esta historia.

Pero la palabra fin está ahí
esperándome
tarde o temprano.

El libro está bellamente ilustrado por Fernando Calvi, en un trabajo a dos tintas (grises y rosa fluo) y con un juego de formas articuladas (al modo del paper cut) que da al paisaje de la lectura una ambientación que acompaña y refuerza sin interferir, y que crea ese ámbito de ensoñación suave, propio de la lectura que se hace “sobre la almohada”. Un buen diseño editorial para un libro que saludamos y bienvenimos.